Con la mandíbula rota como resultado
de un intento suicida fallido,
el 28 de julio de 1794
Robespierre dirige
toda clase de insultos al populacho
que se aglomera a los pies
de la tarima en la Place de la Révolution.
A unos pies del cuello del francés,
descansa el filo de la guillotina
que un año antes decapitara a Luis XVI.
Noventa y cinco años después,
Friedrich Nietzsche se abalanza al cuello
de un caballo azotado por su amo
en la Plaza Carlo Alberto.
Este incidente precede
la entrada del filósofo alemán
en la etapa final de la sífilis.
En un ensayo sobre Franz Kafka,
Walter Benjamin narra una anécdota
sobre el ruso Potemkin
y un oficinista de nombre Schuvalkin.
Favorito de Catalina la Grande,
Potemkin sufre de un episodio depresivo
que lo mantiene encerrado en su cuarto,
mientras decretos y otra documentación
imperial aguardan por su firma.
Schuvalkin irrumpe
en la habitación de Potemkin.
Descorre las cortinas,
y con pluma en mano demanda
del consejero su firma
en el plego de documentos
que ahora descansa
sobre las rodillas del ruso.
Tras un momento de asombro,
Potemkin procede
a firmar un papel tras otro.
Cuando termina, Schuvalkin
recoge el pliego y se marcha.
En 1924 Kafka muere
por complicaciones con la tuberculosis.
Nueve años después,
los nazis suben al poder.
Franz escapa al terror.
Sus escritos y hermanas
no corren con la misma suerte.
La noche del 25 de septiembre de 1940,
Walter Benjamin,
ante el espejo del baño
del cuarto en Portbou,
sopesa el discreto frasco
de morfina en pastillas.
En la corte rusa
entra Schuvalkin triunfal.
Entrega los documentos firmados
por Potemkin.
Tras un largo silencio,el pliego le es devuelto.
Con el mismo terror
de la mirada del Ángel de la Historia
que Benjamin describe
en sus Iluminaciones,
Schuvalkin comprueba
que es su nombre y no el de Potemkin
lo que firma cada documento.
A la mañana siguiente,
Benjamin abre el frasco de pastillas.
Morir por la propia mano
resulta preferible a la muerte
en el Lager.
En la cama de la posada en Portbou,
ante Benjamin aparece
la visión de un soldado alemán,
cuyo índice acusador solicitasus documentos.
Al rostro del soldado
se superpone el de Nietzsche,
que susurra
«Mutter, Ich bin dumm»
días después de abrazar
el cuello de un caballo.
Le sigue el suplicante
ante el guardián de la puerta
en el relato Ante la Ley, de Kafka,
el rostro espantado
de Schuvalkin,
y el desolado de Robespierre,
quien susurra «Merci, Monsieur»
al ciudadano que presta
su pañuelo para detener el sangrado
en la quijada desencajada.
Un instante después,
la navaja cercena la cabeza
del resto.
Benjamin sonríe.
El sopor lo adentra
por un pasaje sin retorno.
(de Seibutsu. Riel Editorial, 2026)








