Pitorro sin ICE

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El Mundo, 19 de agosto 1966, p. 26.

 

José Orlando Sued

En los pueblos no metropolitanos en los que abuelo se desempeñó como guardia en las décadas del 1940 y 1950, los pitorreros lo querían. Cuento largo corto: cuando los federales planificaban las redadas en contra del ron clandestino, acudían a las autoridades a cargo del municipio para que los asistieran con el operativo. En ese contexto, todos los guardias eran convocados al cuartel o a la sala del juez municipal sin mediar explicación. El objetivo de esta acción era que los policías no supieran el porqué de la reunión y que una vez llegaran al lugar fueran acuartelados por varias horas para evitar que alertaran a los pitorreros sobre el operativo. En pueblos rurales, en donde todos conocían a todos, los guardias no solían meterse con el fulano o el mengano quien probablemente era amigo o primo del hermano o del vecino.

Al narrar esas historias, abuelo contaba con gran regocijo cómo el juez o el sargento solían llamarlo aparte, darle las instrucciones correspondientes y sacarlo del acuartelamiento con cualquier excusa. La encomienda era clara: “Avísale a los muchachos que van para allá. Diles que dejen un par de botellas de las malas para que se crean que confiscaron algo y no sospechen que ya sabíamos…”.  Aunque su superior no le hubiese dado esas órdenes, abuelo habría hecho todo lo posible por proteger a esos productores locales de ron artesanal.

Este tipo de historias y complicidades solían darse a lo largo y ancho de la Isla. Es curioso como el concepto “pueblo chiquito” suele emplearse por algunos para minimizar y ofender cuando en este término se esconden tantas cosas maravillosas. Este tipo de proximidades, más allá de fermentar chismes vecinales o de crear brechas a la privacidad, también son capaces de fundar solidaridades y empatías. Cuando conocemos a quién le hacemos daño y para colmo no hallamos un solo motivo para provocar ese mal, se activa algo en nuestra conciencia que nos detiene. Esta decisión se nos facilita aún más cuando quien nos pide que hagamos ese mal es un forastero prepotente, con traje y corbata y ajeno a nuestro entorno sociocultural.

Fueron muchas las historias de comunidades que protegieron a sus vecinos de intervenciones federales viciosas que solo buscaban imponer leyes que nadie pidió ni nadie necesitaba. Por más embustes que inventaron para criminalizar el ron clandestino no lograron frenar su producción. Hoy en día ese producto es considerado como un símbolo de nuestra cultura nacional al que se hace referencia en múltiples canciones. Incluso este ron clandestino es un manjar más cotizado que muchos licores legales. La persecución viciosa hacia los pitorreros logró hilvanar empatías, complicidades e historias de resistencia. Los discursos de odio tienen ese poder: o nos destruyen o nos hacen más fuertes.

Tan solo espero que esas historias de resistencia y complicidades que se vivieron y todavía se viven ante la criminalización del pitorro se repliquen en el modo en que tratamos y protegemos a los hermanos latinoamericanos que residen en Puerto Rico. Espero que las lecciones que nos dio el pitorro sobre qué hacer cuando se implementan leyes discriminatorias, sean una brújula que nos tracen el camino a seguir sobre el trato que les debemos dar a las trabajadoras y trabajadores inmigrantes que día a día enriquecen nuestra cultura y economía.

Confío que aprendamos de nuestra historia y no nos dejemos vencer por el miedo; espero que tengamos bien en claro que el buen pitorro no se toma con ICE.

 

 

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