Especial para CLARIDAD
Siempre es en parte a ciegas que uno habla sobre la libertad porque por definición no toda ella es visible de un cantazo. Parte de la libertad es una especie de apertura anticipatoria a algo que aún no es, algo que no he dicho, no he intentado, no he siquiera imaginado, pero que en principio yo sería libre de hacer sin interferencias o consecuencias que lamentar. Esa parte fantasmagórica o imaginada de la libertad o libertades que presuntamente poseo es como un enorme cojín contra el cual las partes más arriesgadas de mi ser pudieran resacarse, corriendo sin parar o haciendo piruetas a lo alto, con la esperanza de que su mullidez oportunamente me protegerá de la piedra vertiginosa contra la cual reventaría si el cojín no estuviera ahí para protegerme. La piedra –piso, pared-, maciza y desacojinada, sería el poder del estado o de las corporaciones o de otros actores privados o públicos cuando no les gusta lo que hice o dije o cuando interfiero con sus propias libertades concretas o imaginadas y me vienen a acallar o a forzar o a detener o me niegan el paso o me violentan con una espada, una mordaza, un revólver o un rotén.
Pareciera que en el país donde yo vivo (EEUU) muchos se conciben a sí mismos como habitantes de un mundo donde cada cual va desplazándose de un punto a otro dentro de una inmensa armadura acojinada, empaquetada de libertades y derechos, flotando intactos y protegidos de las turbulencias y colisiones y abusos que plagan a la gente de cualquier lugar pero no a ellos. Cuando sucede que chocan fuerte o seguido (contigo, conmigo, con las instituciones, con ‘la autoridad’) se enojan y gritan desde adentro ‘It’s a free country! I have the right to do whatever I want! You can’t stop me from…’
Sólo que desde el 20 de enero del 25 los límites de esa concepción acojinada e individualmente empacada de la libertad se han ido volviendo más claros. Resulta que las libertades también hay que poder imaginarlas en forma de piedra, como suelos o paredes firmes que nos sostienen y protegen colectivamente ante algo fuerte que nos amenaza. Si un día un tirano de cualquier edad se imaginara a sí mismo como el habitante todopoderoso de una inmensa armadura acojinada dentro de la cual pudiera abalanzarse contra quien fuera o lo que fuera para derrumbarlo, en un mundo con todos los flancos abiertos hacia él: ¿quién o qué lo detendría? ¿Quién o qué nos protegería?
Reactancia
A eso que se tranca dentro de mí cuando otro me detiene o me obliga o me ajora o me empuja o me dice lo que tengo que hacer, sentir o pensar, los psicólogos lo llaman reactancia. A unos más y a otros menos, nos acompaña toda la vida, desde que empezamos a gatear y descubrimos el ¡no! de la sociedad, que nos hará estallar en llanto o persistir o truquear o doblegarnos pero no por siempre. La reactancia es un factor motivacional básico que anima muchos de nuestros rechazos y desquites, sean grandes o chiquitos, reales o imaginarios: no me pongo los zapatos, no me tomo las medicinas, no me salgo del medio, si me lo dices tú. Pero estaría también ahí en los rechazos ejemplares de nuestros grandes liberadores, que no aceptaron el mundo que encontraron y se le opusieron con todo, aunque conllevara castigos, pérdidas o muerte. Es ese pequeño impulso gruñón o guerrero que nos electrifica por dentro cuando nos vienen a limitar o a quitar lo nuestro, moviéndonos a afirmar o recuperar un grado de autonomía que la acción o expresión que la activó al parecer amenazaba. Para mí es como un recordatorio de que en la base de nuestra relación psicológica con la libertad hay dos cosas: afirmación y rechazo.
Estado
Cuando estudiaba en la Iupi conocí el trabajo del filósofo político Nicos Poulantzas, que decía que el estado había que verlo como la condensación de una correlación de fuerzas. Es decir, que lo que llamamos estado no es sólo la expresión de los intereses de las clases dominantes, sino que su composición misma refleja y en parte resulta de las luchas de los trabajadores y sus aliados. Lo que eso implica es que ver al estado como algo completamente homogéneo y fijo es un error y que, en principio, con más fuerza se puede cambiar lo que el estado ‘es’ -de qué está hecho- y cuánto de su materialidad y sus funciones son movilizadas a favor de lo que queremos. Esto sin negar lo obvio: que unas clases tienen mucho más poder que otras y que el estado realmente existente refleja y protege primordialmente sus intereses.
Cualquiera que haya sido la teoría del estado -implícita o explícita- de gobiernos anteriores en EEUU, para mí parece claro que desde el 20 de enero hay un gobierno que trata al estado exactamente de la forma que Poulantzas lo describía, como incluyendo partes cuya existencia expresa los intereses o las victorias de sectores que este gobierno considera enemigos y que ha decidido destruir, incluyendo dependencias y agencias completas desmanteladas o disminuidas en masa porque pesaban en contra del reajuste de fuerzas que esta administración vino a imponer.
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Los cojines de la libertad son invisibles, pero no son simplemente imaginarios. Los creamos y mantenemos ‘entre todos’ mediante esa especie de coreografía sincronizada que sostiene la ‘vida en sociedad’ que tácitamente acordamos compartir. Pero además son cojines institucionales, cuya suavidad y blandura son inseparables de la firmeza de los pisos y techos y paredes y puertas y ventanas que esa ‘sociedad’ y sus instituciones y en última instancia el estado -porque es en parte una ‘condensación’ de luchas libradas y parcialmente ganadas por quienes se le oponen- debe poner a funcionar a mi favor cuando algún elemento de su maquinaria apabullante está a punto de engullirme o demolerme o ya lo ha hecho. A cojinazos o a puertazos ocurre a veces que las instituciones y el estado mismo, tras mucho insistirle, de hecho acaban protegiéndome.
Es fácil acabar viendo esas protecciones y libertades como un gesto hipócrita del poder o el capital, un mal chiste repetido ad nauseam para que yo no me dé cuenta del grado hasta el cual mi vida está organizada por las necesidades del sistema o de aquellos a quienes más beneficia. Pero ver cómo tras la Inauguración de Donald Trump, cojines y piedras volaban en pedazos, descuartizados por la sierra o por fiat presidencial, abona a la idea de que eran capas de materialidad protectiva, condensaciones de relaciones de fuerza en las que ‘la gente’ y ‘el bien común’ (y las élites liberales?) habrían ganado algo, sucumbiendo ahora al ataque ejecutivo, sin legisladores o jueces muy dispuestos a detenerlo. No que el neoliberalismo no hubiera estado socavando esas ganancias ya por cuarenta años. Pero el neoliberalismo siempre disfraza a la razón política de razón económica. Mientras que tras la Inauguración la hostilidad política hacia los residuos de protección anteriores se presentaba cruda, desatando a la vez la fosilización de los cojines y el desmoronamiento de las piedras.
Ciudad
Aunque un municipio no es un estado yo espero que a partir de este enero, la composición misma del poder municipal de la ciudad de Nueva York cambie, como el estado poulantziano, y que la proporción que refleja los intereses de los trabajadores y el bien común frente a los intereses corporativos que nos la quieren quitar crezcan sustancialmente.
Estoy loco por ver el despliegue de la albañilería de la libertad que evocan los vientos de año nuevo tras esta inauguración, la de Mamdani como alcalde. La libertad cojín me encanta, pero la libertad estructura, piso, pared, ventana, techo, puerta, poder público ahora mismo me gusta más. Sobre todo si esas paredes y puertas pueden proteger a la gente de esta ciudad de las fuerzas que no cesan de intentar arrebatársela.
Pero hay algo que me entusiasma todavía más del momento Mamdani. Y es la forma en que el alcalde y su campaña han logrado neutralizar la reactancia mala y activar la buena. Cualquiera que haya sido la teoría psicológica implícita o explícita sobre la persona individual o los grupos humanos que haya dominado el alma de la izquierda o los sectores progresistas en los últimos tiempos, es claro que la campaña y Mamdani mismo nos dan mucho que aprender sobre cómo pensar a los que no han estado a favor de lo que queremos, ya sea ocasionalmente o nunca.
La campaña muestra cómo superar ese tranque de lo político (esa trabazón de reactancias) que ocurre cuando nos damos el lujo de asumir que hay una vasta clase de irredimibles a los que podemos expulsar para siempre de nuestro reino. Que haya individuos o grupos tácticamente irredimibles se entiende. Pero que uno asuma casi a nivel de ontología que todo el que votó republicano (o penepé?) o todo el que se expresó a favor de esta o aquella mala idea queda completamente definido por ese voto o esa posición por siempre jamás es exactamente lo que le recriminamos a otros cuando estigmatizan o hablan de un grupo o una persona como si no formaran parte de la misma humanidad. Al menos antes, cuando hablábamos de ‘falsa conciencia’, la culpa de los disparates de la gente se la echábamos al sistema. Oyendo y leyendo lo que alcanzo a ver ahora, a veces parece que todo es culpa de la persona o el grupo que piensa o siente o parte desde otro lugar y pues, no queda más que insultar su inteligencia y su forma de ser o estar en el mundo. ¿Habremos pasado de la arrogancia epistémica de suponer que la gente está enajenada y repite pasivamente el libreto de la ideología burguesa a la arrogancia ontológica de pensar al adversario como algo categóricamente distinto a mí? Lo más fácil siempre es culpar a la persona, a la gente. ¿Pero no nos valdría más volver a enfocar en antagonismos sistémicos que no requieran negar o despreciar tan visceralmente al otro?
Gente
Es en este punto que Mamdani abre un camino. Para mí la mejor lección que ha dado hasta ahora es la que salió a dar en el Bronx dos o tres días después de la derrota demócrata de noviembre de 2024. En medio de la angustia y la decepción, Mamdani se fue a Fordham Avenue a preguntarle a los que votaron por Trump por qué lo hicieron. No para culparlos sino para entender. En esos mismos votantes, a juzgar por el resultado de su elección, Mamdani logró desactivar la reactancia mala y activar la buena. Es claro que el rechazo es parte clave de su victoria. El triunfo de Mamdani implica el rechazo enérgico de muchísimas cosas: Cuomo, Trump, ICE, las prácticas genocidas en Gaza, el encarecimiento urbano… Ganar, sin embargo, iba a requerir que los que votaron por Trump pudieran ahora votar por él para alcalde. Y si los hubiera rechazado como traidores o como mancillados por una lacra indeleble de la cual jamás podrían deshacerse, cómo se les acercaría? Puede pensarse que ese tipo de política de brazos abiertos es sólo parte del cálculo de cualquier campaña que necesita votantes para poder ganar. Que si no estoy buscando tu voto no te tengo que aguantar. Yo pecaré de ingenuo, pero pienso que la campaña por construir una ciudad más vivible y asequible no fue sólo una estrategia electoral para ganar la alcaldía sino un movimiento realmente dirigido a mejorar las condiciones de vida de la gente imperfecta y concreta, a veces insoportable y a veces adorable que habita esta ciudad, gente al fin y al cabo no muy distinta de la gente que hay en cualquier parte.
Resistencia
El hecho de que Nueva York sea después de todo un municipio me pone a soñar. ¡Puerto Rico está repleto de ellos! ¡Cuánto podría hacerse o al menos intentarse a nivel municipal! Por otro lado, el hecho de que Nueva York sea sólo un municipio me recuerda que le quedan por lo menos tres años a este ‘wrecking ball’ de la reacción capitalista e imperialista en Casa Blanca, con perímetros de destrucción cada vez más amplios, irritados por apetitos de dominación cada vez menos contenidos.
El momento Mamdani en esta ciudad nos da un respiro. Pero no ha tomado dos días despertar a la realidad del asalto contínuo y a las formas en que este segundo año (T 2.2) puede desatar ráfagas de destrucción y caos mayores que las del primero. Quiero pensar que Nueva York generará (y tomará prestados de todas partes) algunos buenos modelos de estabilidad y resistencia en este contexto de ataques por todos lados, incluyendo modelos de infraestructura motivacional y emocional como los que parecen haber sido tan exitosos en la campaña de Mamdani.
Meter la reactancia aquí es un intento de nombrar lo preciso del subsuelo de rechazo sobre el cual la campaña positiva de Mamdani pudo florecer. Que tu reactancia te lleve a un rally de Trump o a haber apoyado sus acciones es feo por demás, trágico. Pero que la mía me mueva visceralmente a ponerte el sello de irredimible o deplorable me hace más difícil abrazar nuestros rechazos en común, tan crucial en un momento que requerirá reorientar nuestras respectivas reactancias hacia una resistencia masiva contra el torbellino de reacción anti-democrática que quiere imponerse por todas partes, con un emperador rebotando desbocado contra cuanto lo rodea, rompiendo paredes y barandas para abalanzarse contra todos nosotros sin restricción.


