Especial para En Rojo
Ya se apagan las torres y los tanques
donde nunca murió en sus labores
ninguno de los dueños extranjeros.
[…]
Para nosotros quedan
ese mar envenenado,
estos campos baldíos,
y los cuerpos desquiciados
de los trabajadores
sin aire para echar a andar la vida.
Nuestras
son las necesidades que se pasan,
y el corazón perplejo en la mendicidad,
sin la tierra ni el mar para el trabajo.
(María de los Milagros Pérez Toro,
fragmento de su poema “Para historia”,
dedicado a Luis Pons Irizarry y los trabajadores petroquímicos)
Escribo en abril de 2026 durante otro episodio de las guerras del petróleo. Israel y Estados Unidos se abalanzan contra Irán en medio del prolongado genocidio palestino del que esos mismos capitalistas son responsables. La llamada “crisis de energía” global de los 1970, producida por las guerras en el “Medio Oriente,” condujo de manera decisiva al desmantelamiento y eventual cierre de la industria petroquímica en Puerto Rico. Hoy, el trumpismo, al servicio de los intereses corporativos de EE. UU. e Israel, toma el control de petroleras venezolanas y conduce otra guerra en aquella región del otro lado del mundo, cuyos efectos apuntan a más crisis energéticas a nivel global, con todo lo que ello conlleva. Se produce una crisis por la dependencia de combustibles fósiles para ofrecer soluciones con más dependencia de los mismos combustibles fósiles. La muerte sigue pagándole muy bien a las grandes firmas capitalistas. Aquí estamos, de nuevo, peor.
En Puerto Rico la historia de la electrificación del país está vinculada de manera profunda a la industria petroquímica. Ahora, nos asfixian las manos de las compañías privadas LUMA y Genera. A comienzos de 2026, aparece en Facebook una carta a Trump en la que un boricua le solicita reactivar las petroquímicas en Puerto Rico como parte de su plan de “grandeza americana”. El asunto se trae a colación en la televisión local. Sería un pésimo chiste si no fuera una obscena verdad. Sobre la industria petroquímica en Puerto Rico hay una sola cosa que decir: ¡justicia y reparaciones!
*
Los conocí por primera vez en un consultorio médico aledaño al Mayagüez Mall, donde me citaron. Don Luis Pons Irizarry, nacido en 1942 en Guayanilla, y doña María de los Milagros Pérez Toro, nacida en 1943 en Cabo Rojo, acudían a una cita médica en la mañana de un día de septiembre de 2025. A comienzos de abril de 2026, volvimos a vernos. Primero, en su hogar de tantas décadas en los montes de Yauco y luego, compartiendo el almuerzo de su menú preferido –bolitas de pescao con ensalada– en un restaurancito en la playa de Guayanilla, donde se crio don Luis.[1]
Ex obrero y líder sindical en la CORCO, así como autor de numerosos libros y luchador ambiental de varias batallas, incluida una exitosa contra la firma PPG, don Luis avasalla con sus cuentos en cadena, a medio camino entre líder agitador, locutor de radionovelas y cuentacuentos popular, con un timbre y un tono de voz en nítida correspondencia con su notable estatura. Su brocha de bigote –ahora canoso y más fino que en las fotos– aún impone un aire decimonónico a su rostro.
Mientras tanto, doña María de los Milagros, de voz transparente y perfecta pronunciación, cuyo cuerpo comunica una vida vivida con lo justo, se retiró como profesora de español de la Universidad Católica en Ponce, tiene un doctorado en Estudios Hispánicos de la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras y ha publicado varios poemarios. Como fundadora de Casa Yaucana: TAINDEC (Taller de Investigación y Desarrollo Cultural), doña María ha sido la principal responsable de corregir los textos de don Luis y gestionar su publicación. “Somos un equipo”, dice, aunque debo reconocer que el protagonismo de don Luis en la historia que convocó nuestro encuentro –la lucha contra las petroquímicas en Guayanilla y Peñuelas– es indiscutible.
Antes de las petroquímicas, en el barrio Playa de Guayanilla nunca se vivió de espalda al mar. “Nos pasábamos en la playa, había competencias anuales de nado desde la orilla hasta la boya, la gente vivía de la pesca; esto es un barrio de pescadores. Yo de niño y muchacho me la pasaba metido en el agua pescando jueyes y langostas, que se podían coger así, con la mano” (don Luis me muestra su aún ágil movimiento). Ya desde finales de los 50, “la contaminación causada era tanta, que cuando las personas se bañaban en la playa de Guayanilla salían con manchas de petróleo en el cuerpo” (Contaminación 32). La hermosa bahía se convirtió en un caldero mortífero para humanos y más que humanos. “Cuando los barcos petroleros desconectaban y conectaban las mangas, siempre caía petróleo al mar. El petróleo contaminaba tanto que toda la pesca de carne blanca, como el jurel y otros peces, se morían” (Contaminación, 23). “Había que ver cómo los peces aparecían boyando, inflados, en la superficie”, añade don Luis en vivo.[2]
Condenadas a tierra, las comunidades costeras de ese sur nuestro tampoco encontraron allí escapatoria alguna. Les perseguía a dondequiera la sentencia de muerte del capital ecocida. Si lo lograban, sobrevivían expuestas a una continua intoxicación por aire, suelo y agua subterránea. El riesgo –y el hecho– de explosiones, fuegos, electrocutaciones, amputaciones, pérdida de audición y desarrollo de condiciones cancerosas, respiratorias, neurológicas, psicoespiriturales eran constantes. Con firmeza, don Luis reclama:
Querían que después de tantas violaciones a nuestros derechos, tantos abusos contra nuestras familias, contra la tranquilidad, contra nuestra salud, contra la alegría de vivir, contra el Barrio Playa, contra el Pueblo de Guayanilla, contra el mar, contra los peces, contra nuestro aire, los aplaudiéramos y les dijéramos: ¡Qué buenos vecinos son ustedes! Cuando lo que debiéramos decirles es que eran unos abusadores, unos criminales y, más que eso, unos buenos cabrones que mientras nos estaban matando, desarrollaban el capital, la ganancia, para los dueños de la empresa que vivían en Norte América disfrutando, dándose buena vida, a costa de nuestros sufrimientos, nuestros dolores, preocupaciones y nuestras angustias y desesperaciones. (Memorias, 54)
Aunque no idealiza su niñez, caracterizada por el “terrorismo de la pobreza” (Lucha, 63), el líder obrero advierte el mortal engaño de la propaganda petroquímica de compañías que “la población de allá [en EE. UU.] no querían porque contaminaban mucho” (Lucha, 70) para contrarrestar dicha pobreza con “miles de empleos en el Sur de nuestro país” (Lucha, 70). Las cifras prometidas nunca se concretaron y los empleados puertorriqueños (independientemente de su preparación o el puesto que ocuparan) siempre ganaron menos que los que venían de EE. UU. (Lucha, 75).
Pese a la apariencia de explotación consumada sin más –incluso comunicada por las ruinas tóxicas aún elevadas en el valle antes precioso–, don Luis recuerda la resistencia con tenacidad. En Lucha en dos tiempos, cuenta la historia de la fundación y luchas de la Unión Independiente de la Industria Petroquímica de Puerto Rico (UIIP de PR) (79-100), en la que participó como co-fundador, vicepresidente y delegado en los 70. Aun con la represión contra obreros y uniones del sur y oeste (Lucha, 101-111) y los continuos intentos de soborno a personas clave, don Luis incluido, la UIIP de PR obtuvo logros importantes: “un aumento de salario de 66 centavos el primer año, para un total de 2.00 dólares en tres años, y otros aumentos económicos y beneficios marginales” (Lucha, 112).
Además, “mientras ejercía mis funciones sindicales, también dirigía un grupo de personas en la Playa de Guayanilla que combatíamos contra la contaminación proveniente de la PPG” (Lucha, 113). Esa lucha contra la PPG en Guayanilla, que comenzó a organizarse en noviembre de 1972, menos de un año después del establecimiento de la compañía, fue una de sus principales como organizador. Junto a la movilización en la calle, don Luis lideró la preparación comunitaria para interponer una exitosa demanda contra la PPG. Aunque modesta e incapaz de restaurar el bienestar y la salud perdidas, la compensación económica para las familias demandantes de los barrios costeros de Guayanilla constituye un gran triunfo en la historia de las luchas de los de abajo.[3]
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Las “zonas de sacrificio”[4] en nuestro sur del sur (como mínimo, Guayama-Salinas y Peñuelas-Guayanilla) encarnan la externalización y ocultamiento de los daños ocasionados por la mortal combustión capitalista. Y aun allí, en “el vertedero de Puerto Rico” y en “la capital de la contaminación”, como señalan lideresas comunitarias de la zona, hemos sobrevivido, luchado, amado. Hemos nutrido memorias y escrito poesía. Si se contara la historia de Puerto Rico desde la interminable lista de acciones en la calle, gestas de movilización en todos los frentes y las catástrofes que con ello hemos logrado evitar, otra sería nuestra percepción sobre la capacidad política del país, otra la historia oficial de este rincón del mundo y otra la larguísima lista de nombres por reconocer.
Al terminar de almorzar en la playa de Guayanilla, mientras doña María me contestaba, “sí, soy feminista y el feminismo ha sido muy importante para mí” al preguntarle sobre su propia trayectoria política en el PSP y otros frentes, por las bocinas del restaurancito salió sonando a todo volumen “El niágara en bicicleta” de Juan Luis Guerra. Don Luis comenzó a dar pasos de baile que a nadie debían envidia. Mi madre, doña María y yo, su público, sonreímos de gusto. A nuestro Niágara, la bahía de Guayanilla envenenada que veíamos al fondo, la aplastaban varios tanqueros en la superficie. Algunos eran de gasolina; otros, creo que de gas metano. El desgobierno de turno lo llama “gas natural”. Lo daría todo porque el corazón del sur del sur, “perplejo en la mendicidad”, rozara su “alegría de vivir” en esto que escribo, como don Luis y doña María lo hicieron en la fugaz bicicleta de aquella mañana de primavera. ¡Justicia y reparaciones!



