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Los frentes de guerra y Puerto Rico

 

NCM

Si bien el principal frente de la guerra se sigue desarrollando en torno al estrecho de Ormuz y en América la atención se centra en el asedio contra Cuba, la pequeña colonia Puerto Rico tiene algunas claves para entender el proceso histórico desde el auge hasta el presente deterioro de la agenda imperial de Estados Unidos.

Se destacan el plan del siglo XVIII para usar a Puerto Rico de base de lanzamiento del imperio, la propuesta de 1922 para una relación “indestructible” con un “Estado Libre Asociado”, el “Gibraltar del Caribe” en la II Guerra Mundial y el presente incierto.

De momento, sin embargo, las noticias de la guerra en el medio oriente y los miedos de EEUU, dejan al margen el tema de Puerto Rico y su relación con la historia imperial.

Fue en 1799 cuando apareció un artículo del periodista John Ward Fenno -tenido entonces como portavoz de Alexander Hamilton- con la propuesta de que la recién nacida república de Norteamérica se uniera a “la causa cristiana” en el lanzamiento de un imperio comercial mundial. La idea era una alianza militar con Inglaterra, potencia de la cual esperaba que le garantizara a EEUU obtener a Puerto Rico como base para catapultarlo porque era “lo que sería más conveniente”.

Aquella condición “conveniente” comenzó a tomar forma histórica real un siglo después, cuando EEUU obtuvo Puerto Rico como parte de los botines de la guerra contra España de 1898. La nueva colonia sirvió de base para el lanzamiento, por parte de los hermanos Sóstenes y Hernan Behn, de la primera empresa transnacional estadounidense -de la entonces nueva tecnología telefónica- que llegó a poner en apuros al Congreso al negarse a rendir informes detallados de sus actividades.

La segunda clave se produjo en 1922.

La guerra de independencia de Irlanda ante Inglaterra había desembocado un par de años antes en negociaciones que condujeron a la implantación de una condición política autónoma denominada “Irish Free State”, que entró en vigor a finales de 1922. Meses antes, en Washington, el congresista nacido en Canadá Philip Campbell, presentó el proyecto de ley para convertir al pueblo de “Porto Rico” en un “associated free state” (estado libre asociado), como “token” de “nuestra relación permanente e indestructible”.

El proyecto no fue aprobado por el Congreso, pero capturó la esperanza de la elite política de Puerto Rico, que dejó de lado el reclamo de independencia y se dedicó a buscar aquella alternativa bajo el dominio de EEUU. Todavía en 1928, la elite política de Puerto Rico pedía a Washington que el país fuera tratado como un “free state”, lo que fue rechazado por la Casa Blanca con el argumento de que Puerto Rico tenía más autonomía económica y libertades que los estados de la Unión.

A finales de la década de los años treinta, cuando ya EEUU se preparaba para la Segunda Guerra Mundial, comenzó el proceso para convertir a Puerto Rico en el Gibraltar del Caribe, y, para ello, se obtuvo la cooperación de la elite del nuevo Partido Popular Democrático. Ese liderato asumió el compromiso de dejar fuera todo reclamo de reformas de gobierno propio y concentrarse en reformas sociales y económicas, además de apoyar todos los esfuerzos para militarizar a Puerto Rico como una gigantesca base para las fuerzas terrestres, aéreas y navales de EEUU.

La historiadora militar Josefa Santiago Caraballo ha publicado, en este año 2026, el libro “Guera y reformas en tiempos de la Segunda Guerra Mundial”, en el que se documenta, con lujo de detalles, cómo con la cooperación de esa elite política criolla, Puerto Rico se llenó de bases militares. El libro da muchos detalles del proceso para el establecimiento de instalaciones de grandes dimensiones, como la base aérea de Ramey Field en Aguadilla, el Décimo Distrito Naval en Isla Grande, las bases en torno al puerto de San Juan, la estación naval de Roosevelt Roads en Ceiba -para barcos y submarinos- que llegó a tener en su perímetro las islas de Culebra y Vieques, la base de comunicaciones y radares de Sabana Seca y la base del fuerte Allen en Juana Díaz cerca de Ponce, entre otras.

Con una gran erudición, Santiago Caraballo demuestra cómo la elite política de Puerto Rico ayudó a movilizar decenas de miles de soldados, proveyó suministros para las bases y ayudó en la construcción de las instalaciones. Pero, sobre todo, la historiadora incluyó muchos documentos sobre cómo ese liderato político mantuvo el orden y el respaldo del pueblo a la conversión del país en una gran base militar para la defensa de “la democracia”, mediante reformas económicas y sociales, a la vez que combatía cualquier intento de obtener cambios a la condición política.

El libro documenta también la ventaja que esa elite política obtuvo del encarcelamiento y persecución del Partido Nacionalista de Puerto Rico, cómo se opuso a los varios intentos en el Congreso de EEUU para otorgarle a Puerto Rico la independencia y la forma en que ayudó a la marginación y, de nuevo, la persecución de los independentistas puertorriqueños. Ya al final de ese proceso, el PPD estuvo dispuesto a respaldar un eventual plebiscito entre independencia, estadidad (anexión) o libre asociación, siempre y cuando se mantuviese a perpetuidad el enjambre de bases militares de EEUU.

Todo eso pasó a la historia y eventualmente fueron cerradas las principales instalaciones militares, algunas de las cuales fueron atacadas por fuerzas armadas clandestinas de Puerto Rico o por alzamientos pacíficos del pueblo. La reapertura reciente y parcial de algunas de esas bases para la guerra actual dista mucho del nivel que llegó a tener el Gibraltar del Caribe.

Hoy, Puerto Rico es regido por una junta de control impuesta por Washington y un alzamiento popular en 2019 culminó en el derrocamiento del gobernador anexionista. En los comicios de 2024, Juan Dalmau, del Partido Independentista Puertorriqueño, llegó segundo al frente de una coalición informal.

 

 

 

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El grosor nuestro de cada día (Reseña de GROSOR, por nibia pastrana santiago)

Especial para En Rojo

 

La propuesta coreográfica GROSOR de la coreógrafa y bailarina puertorriqueña nibia pastrana santiago, presentada el 15, 16 y 17 de junio en el Teatro Victoria Espinosa en Santurce, San Juan, Puerto Rico, fue tan impactante que decidí asistir dos veces. Viví esta doble experiencia en medio de un mes de investigación etnográfica en colaboración con estudiantes y colegas de la Universidad de Puerto Rico en Cayey, centrada en la adaptación ecológica y la agroecología feminista en Puerto Rico.

Para nosotros, ver GROSOR fue un clímax y una catarsis en el proceso colectivo de reflexionar sobre lo boricua, es decir, de analizar la cultura contemporánea y aprender a interpretar sus símbolos. Narrar el entramado que compone la cultura en Puerto Rico desde la experiencia vivida implica enfrentarse a un nudo imposible de desenredar; es contar un vaivén que hiere y abraza a la vez. Así entendí los cuerpos desnudos que se chocaban desenfrenadamente entre sí en esta coreografía de pastrana santiago. Los bailarines se lanzaban unos contra otros con tal fuerza que sus carnes resonaban, evocando choques automovilísticos e interpersonales que conducen a un cansancio íntimo y adolorido en la vida cotidiana.

Fotos suministradas por la autora

Describir la vida diaria en Puerto Rico con toda la amplitud de su agridulce grosor es una tarea que implica narrar o representar las energías contradictorias que recibimos en el espacio y tiempo que compartimos en este archipiélago invadido. Es nombrar un deseo que insiste y persiste a pesar de todo.

El antropólogo Clifford Geertz argumenta que “lo que en realidad enfrenta el etnógrafo (…) es una multiplicidad de estructuras conceptuales complejas, muchas de las cuales están superpuestas o enlazadas entre sí, estructuras que son al mismo tiempo extrañas, irregulares, no explícitas, y a las cuales el etnógrafo debe ingeniárselas para captarlas primero y explicarlas después” (La interpretación de la cultura, Basic Books, NY, 1973, p. 24). Siguiendo a Geertz, quien fundó la antropología interpretativa, interpretar una pieza como GROSOR solo es posible desde algún conocimiento compartido del entramado de multiplicidades y significantes que llamamos cultura.

GROSOR me colocó en el corazón de este (entr)amado enredo. ¿Cómo hablar de lo que ocurre en el presente con la falta de agua en Puerto Rico? ¿Qué más decir sobre lo que ha sucedido en los últimos diez años desde la aprobación de PROMESA en 2016, y a quién hay que decírselo? ¿Qué hacer con lo que aún se siente en el cuerpo desde el verano de 2019 o a casi una década de María? ¿Cómo y para qué describir el entramado de violencias, olvidos, gozos y creatividades inusuales que se entrelazan para sostener la vida en nuestro diminuto pero poderoso archipiélago y su diáspora hoy en día? En el bello y caóticamente preciso lenguaje artístico de pastrana, lo reprimido en la vida cotidiana retorna con energía y salvajismo, abriéndose espacio entre rabietas y momentos de descanso—un “bacalao pa’l público”.

En un final de la pieza que me resultó extático, los bailarines llenaron una casita de goma tipo “bouncy house”. La inflaron en el escenario hasta que se erguía, llena de aire, gorda, rica, temblorosa y acogedora. Uno a uno, los bailarines corrieron y se lanzaron dentro de la casita, brincando desnudos y abrazándose como niños. Saltaron juntos al ritmo de una música electrónica intensa, hasta llegar al cansancio, y luego se tiraron al suelo de entrada de la casita, buscando el aliento mientras esta se desinflaba. Las metáforas abundaron, desde la intimidad del sudor en el baile desnudo, hasta la incertidumbre de un gozo tan imposible de enunciar como ineludible.

A pesar de todo, ese gozo que no nos han podido quitar. La actriz Kairiana Núñez, quien asistió a una función especial el 15 de junio, me comentó durante el posterior jangueo que “nibia hace arte sobre su diario vivir.” Y así es. GROSOR es una pieza que aborda lo cotidiano y contemporáneo boricua desde una corporalidad fuerte, linda, lúdica, graciosa, tecnológica y, a veces, absurda, con una vulnerabilidad que no oculta ni por la que se rinde. Es una “reivindicación de la memoria” a través de la reincorporación del sinsentido de una lucha interminable desde el juego. El baile se convierte en una expresión de la frustración por la falta de democracia, de luz, de agua, de salud… Y por el vacío en el lenguaje que nos impide expresar eso que nos incita, el coraje infinito que nos motiva a seguir luchando, a seguir mirándonos con detenimiento, a veces sincronizando nuestros movimientos y a veces moviéndonos de forma explosiva.

Dentro del exquisito Teatro Victoria Espinosa, el público se sentó en el lugar donde normalmente se ubicaba el escenario, después de desfilar frente a enormes espejos que formaban parte de la escenografía. Al cerrar las puertas, los danzantes movieron los espejos frente a la audiencia y continuaron haciéndolo a lo largo de la pieza. Presenciamos cuerpos que bailaban con libertad, sin limitaciones impuestas artificialmente. Nos acostumbramos a ver bailes en los que se permitían todo tipo de movimientos, dentro de los cuales se valoraba cualquier intento de expresar algo que seguía siendo hermosamente inexpresable. La coreógrafa lideró el espacio, y los movedores Javier Cardona Otero, Awilda Rodríguez Lora y Pepe Álvarez Colón generosamente ofrecieron sus cuerpos. Todos demostraron una calidad de movimiento refinada pero rebelde, con una sutileza indómita y deliberada. Los gestos parecían simultáneamente improvisados y bien ensayados; sus pasos eran raros, conocidos y desconocidos, íntimos y descarados. El diseño de luces fue excepcional ambas noches en que pude ver la pieza, a cargo de Migdalia Luz Barens-Vera.

La iluminación, hermosa y compuesta de tonalidades refrescantes y ligeras, ofrecía momentos de descanso visual y permitía apreciar las variaciones de significado e interpretación sugeridas por los diferentes colores. El entrelazado de luces de Barens invitaba al placer y a la reflexión en diferentes momentos de la pieza, superando mis expectativas y complementando la coreografía.

El diseño de sonido a cargo de vaga (Kennie Miranda) fue divertido, con una sensación de novedad y singularidad. Se incluyeron muchos recursos culturales y refranes pasados y actuales en el diseño sonoro, como el ‘jingle’ de Kress y el de Glidden (“los colores de mi tierra”). Todos los elementos contribuyeron de manera coherente a la fuerza estética y afectiva de la pieza.

Ambas presentaciones que presencié pusieron en escena grandes talentos locales y una emocionante propuesta estética de una artista que sigue impulsándonos hacia el gozo de la danza como brújula liberatoria.

La autora es Profesora Asociada de Antropología en la Universidad Atlántica de Florida en Boca Ratón, agarrigalopez@fau.edu

La demagogia y su ilusionismo conducentes a la quiebra

 

Especial para En Rojo

Los puertorriqueños se han dejado engañar por el ilusionismo de la demagogia. Los problemas que iba enfrentando Puerto Rico se pretendieron resolver con taumaturgia política mediante continuas acreencias contraídas de manera desarbolada e irresponsable. Endeudamientos sobre endeudamientos sin respaldo cierto de una economía productiva para financiar el encantamiento demagógico de una aparente continuidad de progreso que desembocó en la quiebra fiscal y la bancarrota de Puerto Rico.

Las campañas electorales con eslóganes tales como “¡Pedro baila, Pedro!” convirtieron la política en un faranduleo sin contenido de ideas sobre buena gobernanza. El carisma de farándula sustituyó al carisma político. Lo que medió en las campañas electorales fue (y parece que sigue siendo) saber cuán cautivadora resulta ser la presencia escénica de un político, no cuán cautivadoras son sus ideas.

Poco a poco la política fue perdiendo contenido y la gobernanza de Puerto Rico fue atrapada por la financierocracia o financiarización sistémica. Un proceso económico en el que los mercados, instituciones y motivos financieros adquieren una influencia dominante sobre el funcionamiento de la economía y la sociedad. En lugar de que el sector financiero sirviera como una herramienta de apoyo para la producción de bienes y servicios (economía real), la acumulación de dinero a través de instrumentos financieros se convirtió en el centro de gravedad del sistema.

Para entender cómo esto opera, el fenómeno se puede dividir en tres niveles o dimensiones clave descritos por analistas en la materia:

Primer nivel: el gubernamental. Los gobiernos adaptan sus políticas públicas para satisfacer las demandas de los mercados de capitales. Elementos esenciales como la vivienda, la salud o los recursos naturales se transforman en activos financieros negociables (proceso conocido como bursatilización).

Segundo nivel: el corporativo. Las empresas no financieras priorizan maximizar el valor de las acciones a corto plazo. El capital se desvía de la inversión en fábricas, tecnología o empleo (economía real) hacia la recompra de acciones propias o la especulación en los mercados.

Tercer nivel: el doméstico. Las familias dependen de forma creciente del sistema bancario y del crédito para cubrir necesidades básicas como educación o vivienda. Los ciudadanos pasan de ser simples trabajadores o consumidores a convertirse en «gestores financieros» de sus propias deudas y fondos de pensión.

Los efectos y consecuencias se traducen en un aumento de la desigualdad en medio del enriquecimiento de correligionarios de élite a través del padrinazgo político.. El ingreso se transfiere de los salarios de los trabajadores hacia los poseedores de activos financieros, ensanchando la brecha social. Al ser más rentable la especulación financiera que la producción tradicional, se ralentiza el crecimiento de la infraestructura real. La desconexión entre el valor de los activos en el mercado y la economía real genera burbujas financieras recurrentes y crisis globales profundas. De ahí que la economía actual de Puerto Rico no sea realmente productiva, sino meramente funcional.

Siendo una economía cautiva de importaciones provenientes principalmente de Estados Unidos y centradas en el consumo, el aspecto de productividad característico de una economía real queda deformado. Bajo el dominio del consumo de las importaciones de la producción excedente de Estados Unidos y sin una economía productiva, Puerto Rico quedó a merced de la financierocracia.

Así, las prestaciones financieras del mercado de bonos mal utilizadas para crear un ilusionismo de progreso terminaron desembocando en la quiebra fiscal. La consecuencia de ello ha sido la Ley Promesa y la imposición desde Washington del supra gobierno de la Junta de Supervisión Fiscal para reestructurar la deuda y satisfacer el pago a los bonistas, principalmente de Wall Street.

Por no estar la economía de Puerto Rico sustentada en la producción de bienes, el pueblo puertorriqueño terminó atrapado en una burbuja financiera de excesivo endeudamiento. Y, por ende, en la quiebra fiscal y el colapso económico. La burbuja terminó explotando y todo se vino abajo. El endeudamiento sobrepasó los límites de la capacidad de pago relativa al valor total de su Producto Interno Bruto (PIB).Siendo la economía de consumo de Puerto Rico funcional, aunque no realmente productiva, la transferencia de fondos federales es lo que ha brindado al País la respiración artificial que mantiene la economía con vida. Y ante la insuficiencia de una economía real productiva de bienes y servicios, el sector financiero ha venido a ocupar un papel predominante en su economía.

El peligro estriba en no saber hasta cuándo dura la burbuja financiera. Eso no lo supieron detectar los taumaturgos de la demagogia política puertorriqueña. Su taumaturgia ignoró que para contraer tales acreencias se necesitaba una economía verdaderamente fuerte y sólida que complementara la actividad financiera con la riqueza creada mediante la producción de bienes y servicios. Era necesaria una economía real y no dependiente de endeudamientos que produjeron dinero que fue malbaratado.

 

Manual para intentar razonar tres días sin agua

 

Especial para En Rojo

Sacar de un clóset una gran nevera de playa. Encontrar adentro una caja con texto en chino y abrirla.

Confundirse ante lo que parece un experimento de escuela elemental o una instalación de arte contemporáneo. No entender cómo una regadera de ducha parece querer conectarse a un monitor de monóxido de carbono. Apretar primero un botón para luego descifrar el mecanismo. Descubrir una bomba de agua conectada a una regadera, guardada en una nevera de playa en un clóset.

Asimilar un producto inverosímil para cualquiera menos para quien tiene que desconfiar hasta de las funciones elementales del hogar.

Llenar la nevera de agua con la regadera permanente de la ducha, que en ese momento se va tornando más ajena. Comprender que el azar alberga cierta inteligencia. La bomba se sumerge en la nevera llena para hacer una nueva ducha.

Entender que cambian las reglas del juego y en cualquier momento lo elemental entra en estado de contingencia.

Intentar atajar lo previsible y aun quedarse corto. Prepararse con desconfianza para veinticuatro horas sin agua, a partir de las doce que estimaron y que la malicia no permitía creer, para encontrarse en la hora treinta y tres con un nuevo entendimiento de la crueldad del tiempo. No saber que terminarán siendo sesenta. Ir conociendo que hay otros que han dejado de contar las horas.Ver acabarse el agua de beber. Recurrir al agua embotellada y beber con timidez mientras se hace el cálculo ecológico de millones de botellas, por cientos de miles de consumidores, por incontables días y tener una nueva apreciación por el carácter contradictorio de nuestra existencia: que la escasez produzca derroche y que la infinidad astronómica de los números haya que imaginársela hecha de plástico.

Contemplar cómo el paisaje se trastoca con ensayos torpes de la normalidad. Por ejemplo, para evitar abonar a la acumulación de poliestireno, atreverse a comer en los platos de la casa. Recurrir al candungo diseñado para suplir agua en obras de construcción o en eventos deportivos, pero que en la vida aquí ha evolucionado hasta adquirir llave de grifo y hacerse dispensario de emergencia para los trastes del fregadero.

Abandonarse al lado oscuro de los objetos, que significa descubrirles nuevas funciones a cambio de que se les ponga en circunstancias infernales. Calcular cuánto falta para la hecatombe y considerar si pudiera elaborarse una arqueología de este desastre a partir de la ubicación inusitada de nuestros cachivaches.

Cualquier cubo de más de galón y medio para los inodoros. Cualquier vaso para sacar agua de la nevera de playa y poder lavarse las manos, una a la vez. Desplazarse al gimnasio del cuñado, que a diferencia de la tarde anterior sí tiene servicio de agua y, por suerte, tiene baños con duchas. Hacer del tatami de artes marciales el escritorio del día. Luego enterarse que, en la noche, el gimnasio estuvo sin luz. Observar cómo la catástrofe se va pareciendo al parpadeo de una constelación.Olvidarse de la ropa limpia y mirar con extrañeza la lavadora. Buscarle sitio a cisternas inexistentes que ya quieren reclamar un espacio en la casa. Sentir que la vida adquiere un carácter grotesco en la medida en que nada retiene su función o su lugar. Ir entendiendo que todo esto, que es innombrable y que trastoca el lugar de las cosas, también propicia que lo cotidiano se deforme con tal severidad y frecuencia que dificulta recordar propósito de las acciones. Abrir la pluma como si se tratase de una peregrinación de fe: ¿seremos dignos de que nos visite un milagro?

No darle más cabeza. Irse a la protesta de todos modos, apostando a un futuro de llegada incierta, pero probablemente posterior. Abrazar la disfunción impuesta como guía de comportamiento. Seguirle el compás al absurdo, como suena decir que uno puede congregarse frente a un edificio llamado World Plaza, que en dos ocasiones anteriores también ha sido nave espacial y ha aterrizado en un lugar llamado Milla de Oro. Arrestar el tránsito con un caminar circular, que allí debe ser fluido y lineal. ¿Qué mejor ordenamiento del espacio para evocar lo inapelable?

Hacerle ruido a una entidad incorpórea y omnímoda que desde allí ordena la realidad. Marchar y cantar consignas en un acto de ecolocalización, como quien dice “este es el lugar que ocupa aquello que desde la nada traza límites y hace las cosas desaparecer”. Encontrar dirección en el desorden de ese vacío.

Manifestarse es una práctica que queda fuera de la lógica de austeridad. Ante el mandato de guardarse en el mundo de los objetos trastornados, de economizar hasta el sudor y la sed, opone un derroche de existencia. Aparecerse en el espacio público reproduce lo insólito con un sentido constructivo. El cuerpo y la mente se ponen deliberadamente en un lugar inesperado y se disponen a producir algo que no se les ha solicitado.

¿Qué buscarán quienes dan vueltas en medio de la calle?

Los defensores tienen la mirada puesta en ello mientras los detractores afirman que se trata de algo que no existe. Permitirse intuir que es algo a medio camino, como una cosa que debería quedar a la mano y que a la vez tenga el carácter insólito de una dimensión nueva.

Debe ser algo tan simple como abrirle la pluma al agua y honrarla con un recipiente que no tenga la forma de la crisis.

Humor caribeño en estudio de Alejandra Cotto

 

En Rojo

 

El humor siempre ha sido un instrumento subversivo. Liberador. De Aristófanes al circo y al vodevil, o desde aquellas películas de Chaplin, Lloyd o Keaton, el humor ha migrado de las comedias estructuradas con sátira política y cantos, a las calles y teatros, al stand up, y al cine.

El periodismo ha sido también un ejercicio que se ha servido del humor y la ironía para atraer lectores y para hacerlos reflexionar sobre la sociedad. Porque de eso se trata.

Leí La risa subversiva: Humor e ironía en Paliques de Nemesio Canales e Indagación del choteo de Jorge Mañach. En el libro, el primero de la escritora Alejandra Cotto, pone a dialogar a dos escritores caribeños que utilizan la ironía como ingrediente principal de un humorismo que busca la transformación social. Canales, puertorriqueño, Mañach, cubano, escriben en un momento histórico en el que la intelectualidad asume un rol de guía de la sociedad revelando sus males. Obvio que Canales escribe en una colonia norteamericana y Mañach en una Cuba bajo la dictadura de Machado. Ambos quieren reformar actitudes a partí de una escritura amena pero que incite a la reflexión.

El libro es una versión de su disertación doctoral en el Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe. Por tanto, el aparato crítico está presente. Eso significa que no solo asistimos al diálogo de dos voces caribeñas en torno a la idiosincracia de nuestros pueblos, sino que nos ponemos al día con respecto a Bergson y Bajtín, dos teóricos que nos permiten seguir el análisis de la sociedad.

Es un acierto porque nadie escribió de manera más precisa sobre los mecanismos de la risa que Henri Bergson y Mijail Bájtin. En general, Bergson, consideraba que la risa tiene un papel educativo. Sirve para reforzar normas sociales al ridiculizar conductas que no se ajustan a ellas. La risa también se presenta como un medio para liberar tensiones y enfrentarse a la rigidez de la vida.

Bajtín, sobre todo en su análisis de la obra de Rabelais -¡tienen que leer Gargantúa y Pantagruel!-, destaca el concepto del carnaval como un espacio donde se invierten las jerarquías sociales. La risa, en este contexto, se convierte en una forma de resistencia y subversión.

Con ellos, sin olvidar a Sigmund Freud, se logra un análisis riguroso.

Cotto es profesora del Departamento de Español de la Universidad de Puerto Rico en Ponce. Allí dirige el Círculo literario. Ha publicado ensayos académicos y en el semanario cultural En Rojo, del periódico Claridad. Con este libro hace una buena aportación a la discusión sobre los modos en los que la escritura de principios del siglo pasado refleja e intenta definir nuestras identidades. Es un punto de partida para otros estudios sobre el tema.

La risa subversiva: Humor e ironía en Paliques de Nemesio R. Canales e Indagación del choteo de Jorge Mañach de Alejandra Cotto fue publicado por la Editorial Isla Negra, San Juan, 2026.