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Todos los buenos ensayistas son escritores

Todos los buenos ensayistas son escritores, en el sentido que Barthes dio a esa palabra. El ensayo escribe (y describe) una búsqueda. Su modelo podría ser la novela de Proust: escribir para encontrar, para mostrar las maquinaciones y dificultades a las que obliga seguir un rastro, los desvíos y desvaríos; no se escribe para contar lo que ya se ha encontrado: “Veo en mi pensamiento con claridad las cosas hasta el horizonte. Pero me empeño en describir solo aquellas que están al otro lado del horizonte”. El ensayista no dice lo que ya sabe, sino que hace (muestra) lo que va sabiendo; sobre todo, indica lo que todavía no sabe. En el ensayo se dibuja un movimiento más que un lugar alcanzado. Como la flecha del arquero zen, el ensayo es el trayecto más que dar en un blanco. Pero, a diferencia de la flecha, el movimiento discurre en varias direcciones, exploratorio, muchas veces incierto. Si hay alguna seguridad en el ensayo, ella, más que de su argumento, es un atributo de su escritura que se precave de una incertidumbre completa.

A diferencia del “tratado”, el ensayo no puede resumirse en sus partes. Estas se sobreimprimen, reaparecen sin sintetizarse, desaparecen sin explicaciones. El plan del ensayo debe ser descubierto en sus restos, siempre dispersos a lo largo de un texto que a veces oculta su plan y a veces lo muestra sin cumplirlo. Una forma del ensayo es la pregunta, y su desenlace no necesariamente ofrece una respuesta, sino una nueva pregunta, bordeando lo que no se sabe, que se ha ampliado como resultado en negativo: después del ensayo, un nuevo horizonte (para usar la palabra de Proust) desconocido. Otra forma del ensayo es la afirmación radical, cuya radicalidad, precisamente, desencaja los pasos argumentativos.

La incompletitud es su regla porque si el ensayo se completara, daría cierre a una forma que, en cambio, se caracteriza por desafiar la clausura, incluso cuando alguien (el escritor, el lector) se ilusiona con un cierre definitivo de la argumentación.

Tomando un famoso ejemplo de los hechos y dichos de la Revolución Francesa, Heinrich von Kleist escribió que pensamos mientras hablamos, no antes de hablar:

Después de la disolución de la última sesión de la Asamblea bajo la monarquía, el 23 de junio, cuando el Rey había ordenado que se disolvieran los Estados Generales, el maestro de ceremonias se apersonó en la sala de debates, donde la asamblea todavía continuaba, para preguntar si habían escuchado la orden del Rey. “Sí”, respondió Mirabeau, “escuchamos la orden del Rey”; estoy convencido de que con esta entrada en materia, llena de cortesía, todavía no se le había pasado por la cabeza la palabra “bayoneta”, que le serviría para concluir: “Sí, señor”, repitió, “la hemos escuchado”. Está claro que todavía no sabía lo que quería decir. “Pero ¿qué le permite a usted”, prosiguió –y justo en este punto se abrió la fuente de ideas no dichas–, “darnos aquí estas órdenes?”. Esto era lo que necesitaba Mirabeau: “Es la Nación la que da las órdenes, y no hemos recibido ninguna de esa fuente”, momento en el cual se lanzó hacia la cima. “A fin de hacerme entender claramente” –y es aquí donde encontró lo que expresaba toda la resistencia de su alma–, “decid a vuestro Rey que no dejaremos nuestro puesto sino por la fuerza de las bayonetas”. Con esto, satisfecho de sí mismo, volvió a sentarse.

Como la famosa réplica de Mirabeau, el ensayo se piensa mientras se escribe o, por lo menos, deja la impresión de asistir siempre a la escena de un pensamiento en el momento en que ese pensamiento se está haciendo: “No somos nosotros los que sabemos; ante todo, la que sabe es cierta disposición de nuestro ser”.

Contrastando ideas opuestas, incompatibles, salteando nexos lógicos y pasos demostrativos, el ensayo es un sistema de desvíos. Todos los lectores de Simmel, hoy muy numerosos, reconocen ese instante en el que se balancean tantas de sus argumentaciones, en que se desecha la supuestamente última formulación alcanzable, y en que se observa y relativiza el resultado que acaba de obtener situándose en el resultado contrario, en el mundo de las posibilidades.

Esta sería una definición ejemplar, el ideal typus, al que, sin embargo, sería injusto ajustar todos los ensayos. Digamos, por lo menos, que es la cualidad “ensayística”, que habla de la condición del ensayo entre los discursos. Hay ensayo donde se cambia de dirección, se inventan atajos o se dan rodeos. Sobre todo: se improvisa en un sentido musical, trabajando sobre un tema hasta alejarse por completo, dar la impresión de que se lo ha perdido y encontrar en ese tema las notas de otro en el que no se había pensado.

Así como no se resume en sus partes, un ensayo no se resume en sus hipótesis. Resiste el resumen y, como la poesía, cuando la cualidad ensayística es intensa, rechaza la paráfrasis. Parafrasear un ensayo es escribirlo mal o escribirlo mejor, nunca exponerlo de nuevo. No hay síntesis posible del ensayo. Puede ser sometido a la “explicación”, pero no puede ser reducido a sus ideas. A diferencia de las Bases, un tratado constitucional y un programa político, Facundo no existe fuera de su escritura.

Se dice que la extensión del ensayo es siempre más breve, pero ¿más breve que cuál otro tipo de texto y por qué? Es más breve porque no alcanza siempre un final, o porque ese final no existe en ninguna parte. Pero hay ensayos que tienen la extensión de un libro; y, en el límite opuesto, están los aforismos, ensayos que todavía no fueron escritos más allá de la frase, que no podrían ser escritos, probablemente. La brevedad fue una cualidad estadística del ensayo (el ensayo inglés, el que publicaban las revistas desde fines del siglo XVIII), pero no un rasgo obligatorio. El idiota de la familia tiene más de mil páginas, y, sin embargo, nadie podría sustraerlo del ensayo por su circularidad, su obsesividad recursiva, su abundancia fuera de todo límite “necesario”. La extensión exagerada de El idiota… reivindica el ensayo como forma de la acumulación. Pero también está el ensayo como demostración que escamotea sus pruebas y no previene las objeciones, que se resiste a presentar un pleno argumentativo.

Entre estas dos puntas, el ensayo trata (essayer, en francés, tiene este sentido) de articular dos rasgos diferentes: el carácter tentativo (exploratorio) de la argumentación y su carácter conclusivo. Tiene, entonces, una relación problemática con la exposición y la prueba, una relación que está tensionada entre considerar la prueba como innecesaria, sosteniéndose en la escritura de la idea, y acumularla con la obsesión benjaminiana del depósito de citas, tantas que vuelvan imposible la escritura, como en el proyecto del Libro de los pasajes. Ensayo y argumentación: el ensayo acepta algunas formas de la argumentación y tiende a expulsar otras. Presenta una condensación: una idea no completamente desplegada (a la cual le falta a veces la historia; a veces, los pasos lógicos). Los recursos del ensayo son la paradoja, la elipsis, la polémica, la metáfora (los desplazamientos y las condensaciones), el aforismo. Una retórica del ensayo podría explorar el plano de estos dispositivos del discurso.

¿Por qué estas figuras y procedimientos son tan típicos del ensayo? A la elocuencia se le planteó la misma pregunta: ¿por qué los discursos deben ser no solo argumentativos, sino poéticos? ¿Por qué la retórica es inseparable de la elocuencia? Preguntas que se hizo Barthes. Bien vistas, todas son formas discursivas abiertas: la paradoja deja un vacío como efecto de una demostración posible e imposible al mismo tiempo; el anacoluto es la fisura que atraviesa el texto, impidiendo que se complete no solo sintácticamente, sino en sus grandes articulaciones; la elipsis atestigua una falta que señala la imposibilidad de lo pleno; la polémica, género dialógico, presupone una respuesta posterior al cierre mismo de la escritura, un futuro de objeciones todavía no escritas; la ironía ensambla un doble discurso que nunca termina de estabilizarse.

El ensayo, como un oxímoron, une la seguridad y la duda. Lo hace de modo muchas veces hábilmente disimulado, presentando una seguridad de la que carece, o recurriendo a la cortesía de una duda que no se experimenta. Hay algo de propagandístico en el ensayo: la decisión de defender o atacar una posición desde la escritura, haciendo de la escritura el argumento principal donde se articula toda otra argumentación. No hay ensayo sin escritura; por eso se puede hablar de una retórica del ensayo, cuando solo en un sentido débil conviene hablar de una retórica del tratado.

Publicado en Las dos torres (Editorial Siglo XXI). Tomado de Eterna Cadencia.

El fracaso del G20 y el pincel de Milei

Por Jorge Elbaum

 

La reunión de ministros de finanzas y presidentes de bancos centrales del G20, realizada la última semana en Asheville, Carolina del Norte, expuso la impotencia de la Casa Blanca para encolumnar a sus socios atlantistas y volvió a poner en evidencia su incapacidad para intimidar a la República Popular China.

El cónclave fue planificado como una puesta en escena del mando estadounidense sobre la economía global. El evento, coordinado por Scot Bessent, exhibió un Occidente fragmentado que aún ostenta su señorío mediático, digital y bélico, sin que dichos bagajes puedan ser reconvertidos en obediencia global. Como otras tantas veces, el lenguaje de la “coordinación internacional” de Washington operó como un barniz diplomático para imponer el disciplinamiento. Para el Secretario de Tesoro no se trataba de una convocatoria para deliberar. Era una cita para obedecer.

El resultado del encuentro, en ese marco, no fue económico, sino geopolítico. El dato sustancial fue que la reunión terminó sin un comunicado conjunto porque China rechazó una redacción que condenaba a los países con “superávits externos excesivos y persistentes”.

Ese eufemismo se refería a la capacidad exportadora de Beijing, cuyos representantes se encargaron de recordar que Estados Unidos tuvo durante el siglo XX —hasta la década de los 70— ese mismo superávit sin que sus actuales funcionarios se avengan a recordarlo. Ante el veto de China, Estados Unidos publicó una declaración unilateral de la presidencia. Esa escena condensa el giro de época: el Departamento de Estado, dirigido por Narco Rubio, todavía ordena, pero ya no persuade. Presiona, pero no conduce.

La presencia del ministro de Finanzas ruso, Antón Siluánov, además, puso en evidencia las contradicciones de la OTAN. En Asheville, Moscú volvió a sentarse en la mesa donde se discuten dimensiones de la economía global, mientras la indignación europea se hacía explícita. El aislamiento de Vladimir Putin no pudo convertirse en la foto del encuentro.

Por su parte, el veto de Beijing volvió a poner en evidencia las contradicciones de Estados Unidos, que insiste en predicar la libertad económica mientras aplica repetidas regulaciones tanto a nivel doméstico como en su política exterior. Hacia adentro, regula, invierte y empodera a los megamillonarios con cortesías tributarias e inversiones del propio Estado federal. Los casos de Internet, el GPS, la microelectrónica y ahora la Inteligencia Artificial (IA) alcanzaron su madurez con la planificación estatal, el financiamiento público, la participación de los laboratorios nacionales, el involucramiento de las agencias militares y los subsidios encubiertos. El ecosistema corporativo estadounidense se consolidó y se mantiene gracias a un entramado de subsidios estatales indirectos, contratos militares y exenciones fiscales masivas.

En la actualidad, el AI Action Plan, creado por Donald Trump, no inaugura una política pública científico-tecnológica: actualiza una matriz histórica. Invierte el dinero de la recaudación tributaria en programas públicos de desarrollo y en corporaciones privadas vinculadas con la innovación. En términos económicos, ha auxiliado a las grandes empresas y ha socializado los riesgos de sus pérdidas entre los contribuyentes.

El viejo mecanismo Hood Robin que ahora se ve reforzado: hasta el segundo mandato de Trump, los incentivos federales se limitaban a subsidios, contratos, préstamos a tasas preferenciales o rescates financieros a bancos y compañías de seguros (como los viabilizados durante la crisis iniciada en 2009). Desde 2024, el magnate naranja le sumó la participación accionaria del Estado en empresas privadas, bajo el argumento de la seguridad nacional y la competencia con China. Hacia afuera, exhorta a la apertura a terceros países para que las corporaciones estadounidenses se expandan.

Esta dinámica confirma una tesis central de la economía política crítica: la innovación tecnológica estadounidense nunca descansó en el propagandizado laissez-faire, sino en una combinación de financiamiento público, planificación industrial y captura privada de los beneficios. La hipocresía se presenta así de forma estentórea. Estados Unidos invoca el libre mercado cuando pretende subyugar al Sur Global o frenar a Beijing, pero despliega licencias de exportación, aranceles y sanciones cuando su supremacía aparece amenazada.

Tal como Mariana Mazzucato documentó para el caso del iPhone, el Estado nunca es neutral. En el caso de la IA, esa matriz vuelve a hacerse manifiesta: Bessent invoca el libre mercado cuando busca legitimar la expansión de sus corporaciones, pero les otorga sustento a sus corporaciones cuando necesita preservar su primacía. Lo obsceno no es que Estados Unidos intervenga; lo sórdido y despreciable es que pretenda prohibir a los demás hacer lo propio.

Para América Latina y el Caribe, la escenificación de Asheville supone una nueva admonición injerencista. Washington se repliega cada vez más sobre lo que califica como su patio trasero, ante la creciente multipolaridad reinante. El caso argentino es ilustrativo.

La desregulación comercial celebrada por el gobierno de Javier Milei deja al país más expuesto a los mismos desequilibrios que Estados Unidos denuncia cuando afectan sus intereses. La participación de Luis Caputo en la reunión del G20 prologó la ampulosa discursividad oportunista de Javier Milei, referida a las Malvinas, que confirmó que no era el topo que venía a destruir el Estado, sino el insectívoro que llegaba para entregarle la soberanía a Estados Unidos.

En ese marco, el Atlántico Sur y la cuestión de las Malvinas se transforman en una transacción ajena a la soberanía nacional, a través de la cual Trump castiga a Londres por no participar en la guerra contra la República Islámica, extorsiona a su premier Andy Burnham para que aumente el presupuesto militar e intenta debilitar a los laboristas en el poder.

Esta disputa externa expone también el oportunismo grotesco de Milei: la causa inalienable de las Malvinas deja de ser pensada desde una perspectiva soberana y pasa a ser una moneda de cambio de una nueva tutela imperial. Frente a esta realidad, la tarea consiste en sumarse a los actores globales que proponen el multilateralismo y el respeto a las soberanías.

La tarea emancipatoria del Sur Global es construir poder propio: integración regional, soberanía tecnológica, mecanismos financieros autónomos y una política exterior que no disfrace la obediencia con el nombre de pragmatismo. Asheville no fue apenas una reunión fallida. Fue una postal del agotamiento de un orden que durante décadas convirtió sus intereses particulares en reglas universales.

Occidente llamó “multilateralismo” a su mando; “libre mercado” a su proteccionismo selectivo; y “seguridad internacional” a sus guerras preventivas, sanciones y bloqueos. Ese vocabulario empieza a gastarse porque la realidad ya no lo sostiene. Milei esta colgado de un pincel global al que se le está agotando su pintura. De ahí su intento de emular a Leopoldo Fortunato Galtieri.

Reproducido de www.cubadebate.u

 

Una chica soltera y cabezota

El ritual de los cuentos antes de dormir, susurro a susurro, año tras año, ha transformado a tu hijo. También a ti. Desde que comenzaron las historias a la orilla de la cama, las noches son otro cantar. Te has convertido en espigadora de trabalenguas, rimas, chistes, nanas, adivinanzas, relatos de miedo y misterio, de amor y horror, historias guiadas por los caprichos del hado o de las hadas. Dos palabras mágicas abren las ventanas de la imaginación y orean la estancia donde nacen las ideas: y si… Ahí nacen las ficciones, tomando un camino divergente de la terca realidad. Y si. Y si lo maravilloso sucediera cotidianamente. Y si las preguntas comunes necesitasen respuestas extrañas. Y si algunas de nuestras certezas fueran solo convenciones heredadas.

A finales del siglo xix, el escritor y filólogo Samuel Butler lanzó una hipótesis sin precedentes: ¿y si el autor de la Odisea hubiese sido una mujer joven? No fue la ocurrencia de una intelectual feminista, sino de un victoriano iconoclasta, bromista, volteriano y disfrutador —del arte, del paisaje, del deseo textual—, que publicó en 1897 un libro defendiendo esa escandalosa tesis. La primera sospecha le asaltó al traducir el episodio de Circe, la hechicera. Aunque vive sola en una casa aislada en la espesura, Circe no tiene los rasgos de la inmemorial bruja del bosque. Es una figura fascinante y fuerte, amante del héroe durante un año. Cuando Odiseo decide partir, ella lo deja marchar, sin despecho: “No permanezcas en mi palacio contra tu voluntad”. Es más, lo ayuda con sus consejos y revelaciones, salvándole la vida. Al zarpar su barco, le envía un viento favorable que hincha sus velas. Nacía así un arquetipo femenino que unía de forma insólita sabiduría, erotismo, poder e independencia.

Un gran abismo separa la mirada de la Ilíada y de la Odisea. En la primera reinan la ira, el apetito de honor, la batalla. La segunda es un relato de viaje, deseo, añoranza del hogar y hospitalidad hacia los extranjeros. No todos los personajes son guerreros, también se asoman a sus versos mendigos, porqueros y nodrizas. Con estos y otros indicios, Samuel Butler concluyó que no hay un solo Homero, sino que sus epopeyas tienen distinta autoría. En su opinión, la creadora de la Odisea tuvo que ser una mujer: una chica siciliana que se retrató a sí misma en el personaje de Nausicaa, salvadora del héroe cuando naufraga en su isla desnudo. La idea misma de poner a Odiseo en semejante aprieto le parece una travesura de adolescente. “El poema es tal tour de force que nadie salvo una muchacha soltera, terca, joven y entusiasta, acostumbrada a salirse con la suya, lo habría intentado y concluido de manera tan brillante”. Esta hipótesis inspiró a Robert Graves una novela, titulada La hija de Homero, y a Miyazaki el manga y la posterior película Nausicaä del Valle del Viento.

Homero sigue siendo hoy un fantasma, un nombre sin biografía en la niebla del pasado. Sin embargo, sí sabemos quién inventó el yo literario al firmar, por primera vez, un texto con su propio nombre. Hace más de 4.000 años, en el actual Irak, Enheduanna, hija del rey Sargón, poeta y sacerdotisa, escribió un conjunto de himnos que rubricó con orgullo en tablillas de arcilla. Afirmó: “Lo que yo he hecho, nadie lo hizo antes”. Su poesía nos legó una bella metáfora de la creación como una experiencia erótica y, a la vez, maternal, pero su nombre continúa todavía en el silencio. En este “y si” aún por contar, dos grandes pioneras habrían alumbrado con sus voces el nacimiento de la literatura escrita.

Nunca sabremos si una joven testaruda y soltera urdió la Odisea, tampoco si el propio Butler lo creía realmente. Se dice que ni siquiera sus amigos sabían distinguir cuándo bromeaba o hablaba en serio. Su libro La autora de la ‘Odisea’ fue una audacia y un desafío. Quizá simplemente pretendía irritar a los académicos, como también haría Joyce en su Ulises. Aun así, anticipándose a la célebre frase de Virginia Woolf —anónimo es una mujer—, demostró que los clásicos albergan lecturas revolucionarias para todas las épocas. Y, de paso, juguetonamente, probó que la risa tiene razones que la razón ignora.

Publicado originalmente en El País.

Vivo en un pueblo de cuento 

Especial para En Rojo

Vivo en un pueblo del Caribe que huele a café y en el que hace frío. Está como acurrucado con gustito, rodeado de montañas adjuntas que, cuando llueve, se visten con vaporosas bufandas de neblina. Camuflado entre esas montañas, descansa un gigante dormido cuyo sueño velan en Casa Pueblo, donde hay otra casa que se llama la Casa de las Mariposas, desde donde escribo estas líneas y veo por las ventanas parejas de pitirres cortejarse todas las tardes. Hoy creo que he visto a un santo, nada más y nada menos; quiero decir, un san pedrito. Y donde haya comida siempre aparece un chango, como en el resto de Puerto Rico. El julián chiví ya se fue para Venezuela para regresar la próxima primavera a chichar aquí. En el Pentágono están considerando declarar narcotraficante al pajarillo.

En este pueblo, las doñas te dan un beso al verte o al despedirse después de haber hablado con ellas la primera vez. Si en esta isla todo el mundo dice buen provecho, en este pueblo todo el mundo te da los buenos días, las buenas tardes y las buenas noches. Permiso, por favor, gracias, gracias a ti, mi amor.

En este pueblo había una señora a la que llamaban Yeya, que cuentan que no se bañó en toda su vida. Vivía bajo un árbol, arbusto, enredadera, que llaman palo de piojos (capparis flexuosa) en la plaza del pueblo, y los niños se asustaban al cruzarse con ella. Pedía dinero a las puertas de la iglesia. Cuando murió y la fueron a amortajar, encontraron entre sus ropas miles de dólares. Una supuesta hija regresó de Estados Unidos para reclamar los apestosos billetes.

El pueblo tiene un barrio, Castañer, que comparte con el municipio vecino, Lares. De ese barrio era el recordado Toño Bicicleta, quien mató a su esposa a hachazos, porque, según cuentan los locales, ella se acostaba con el padre de él. Se ha extendido la leyenda de que en uno de los juicios en su contra le dijo al juez, al fiscal y a otro abogado que los iba a matar y que efectivamente los mató, pero esto es solo un cuento, o lo hizo otro boricua de otro pueblo. Escapó en bicicleta, de ahí el apodo, pero realmente solo la usó para la huida en la primera de sus múltiples fugas. Parece ser que normalmente se desplazaba en un Jeep y sobrevivió furtivamente dos décadas en el monte por sus conocimientos de la flora y la fauna locales. También por la asistencia de los agricultores del área, que lo ayudaron por solidaridad unas veces y otras por miedo. Otro mito dice que raptó a una menor a la que se llevó al monte a esconderse y la muchacha se enamoró de él, por lo que se podría decir que existe una variante caribeña del síndrome de Estocolmo.

Lo que sí está documentado es que se escapó en numerosas ocasiones del cerco policial, a menudo a tiros, y que se le atribuyen robos, agresiones y violaciones a la gente de la zona que, en lugar de condenarlo, lo engrandecieron como a un Robin Hood. Cuando la policía finalmente lo tuvo cercado y lo mató en un intercambio de disparos a sus 51 años, varios negocios de la región pusieron de moda el sándwich Toño Bicicleta, un emparedado que podía contener cualquier cosa menos huevo. Toño murió de un tiro de la Policía en sus partes íntimas.

Un héroe de este pueblo acunado por montañas adjuntas de vegetación salvaje fue Kike el Bobo, que asistía a todos los entierros. En el camino al cementerio elegía la flor más hermosa para posarla en el féretro del difunto. Cuando murió, todo el pueblo fue a su entierro.

Estas historias me las cuentan mientras espero para jugar al dominó en el colmadito de Sharon en el Alto de Cuba, que está muy cerca de Casa Pueblo, pero yo me pierdo siempre antes de llegar porque no está en Google Maps.

Varios parroquianos hicieron sus aportaciones, pero la mayoría de los datos de esta nota provienen de la memoria enciclopédica de Wilfredo Piazza Monroig, un ya bisabuelo que pasa las tardes allí bebiendo Coors Light.

Piasita, como llaman a Wilfredo, me contó sobre Willian el Brujo, que estaba dándose un baño en La Playita cuando la corriente se lo llevó y nunca más se le volvió a ver.

En 1974, cuando Ismael Ríos era alcalde, pusieron unos paneles en el río creando una especie de playa donde todo el pueblo y turistas de otros municipios iban a bañarse, La Playita. Esa idea inspiró al alcalde Roberto Vera para construir una piscina olímpica. Bueno, semiolímpica, se corrige mi contertulio. En la piscina se celebraron las fiestas patronales de este pueblo durante algunos años. Luego volvieron a celebrarse en la plaza porque allí está la iglesia a la que asisten los católicos de los diecisiete barrios del pueblo. Este pueblo de diecisiete mil habitantes tiene unas 80 iglesias, algunas de ellas, de marquesina.

Su abuelo don Plácido Monroig fue el encargado de pavimentar las calles del municipio bajo el mandato de Bartolo Barceló, que fue alcalde del pueblo durante 28 años por el Partido Popular Democrático.

Asegura que la primera calle embreada del pueblo no estaba cerca de la plaza con la alcaldía y la iglesia, como es usual, sino que fue la calle Canas detrás del Alto de Cuba.

Wilfredo nació en la calle del Agua, donde antes estaba la Cueva de los Leones y que ahora se llama Chelo Román.

En el Alto de Cuba había una panadería que se llamaba La Planta y más arriba estaba la fábrica de dulces La Pasta, donde servían jugos de parcha, guayaba “y toda clase de sabor”. El dueño se llamaba Carlos Delgado.

Me cuenta también de un anciano que tenía la mano cerrada en un puño y que no la podía abrir. Casi ciego, los niños del pueblo le agarraban el puño para acompañarlo a la plaza a pedir limosna. Le decían Vilme, porque pedía diciendo vilme, vilme, vilme.

Cuando entregaban los víveres Boliche y Américo, la mixta de arroz, habichuelas y chuleta costaba un dólar y medio. Al lado, Chago Pagán cobraba la media caja de cigarrillos a quince centavos y la completa a veinticinco.

Esos negocios estaban frente al cine de Víctor, que había empezado a trabajar en el teatro Isis como empleado y se acabó casando con la esposa del dueño, Carmen Pilar, y del marido, un gringo apellidado Simons de quien nunca se volvió a saber. Narra Wilfredo que cuando en el resto de la isla pedían dos dólares por estreno, Víctor cobraba cincuenta centavos, así que se arruinó y el cine cerró. Víctor y Carmen Pilar tuvieron tres hijos.

Los picos de las montañas que rodean este pueblo de bruma y simpatía se acercan a los 1,200 metros cubiertos defrondosos tabonucos, palmas de sierra, bambú y helechos gigantes que se entrelazan para sostener una red natural que captura las nubes, purifica los ríos y mantiene fresco el corazón de la Cordillera Central durante todo el año.

A finales de los años setenta, una amenaza industrial se cernió sobre el corazón de las montañas adjuntas cuando el gobierno pretendió entregar las entrañas del gigante dormido a la minería a cielo abierto, dispuesto a canjear mantos acuíferos, valles y arboledas por cantos de oro, cobre y plata.

Contra ese pronóstico de devastación, en 1980 germinó una trinchera insospechada: un colectivo de vecinos que eligió la cultura, el rigor científico y la dignidad comunitaria como escudo. Bajo el impulso de Faustina “Tinti” Deyá, Alexis Massol y el pueblo organizado, nació Casa Pueblo. Durante más de tres lustros, la comunidad ha convertido el conocimiento en herramienta de combate, desmontando las promesas del desarrollismo hasta convencer a todo un país de que el verdadero tesoro insular está en el agua y en la vida de sus montañas.

La victoria final no solo detuvo el avance de los tractores; transmutó la amenaza en milagro. Aquellos predios condenados a la cantera se recuperaron para dar paso al Bosque del Pueblo, la primera reserva natural administrada por manos ciudadanas en la isla. Un hito histórico que demostró cómo la tenacidad popular puede salvar el paisaje y sembrar las bases de la autogestión.

Arturo, uno de los cuatro hijos de los Massol Deyá, recuerda haber visto en los setenta cómo llamaban a su madre, Tinti, que falleció hace cinco años, “comunista”, “machetera”, “terrorista” cuando lideró causas como la de meterle mano al asbesto en las escuelas y evitar construir un gasoducto sin sentido.

Cuando pasa un huracán y Puerto Rico se queda sin electricidad, en este pueblo no se va la luz del todo gracias a uno de los muchos proyectos de Casa Pueblo: la energía solar que ha promovido instalando miles de placas solares entre los vecinos.

Esta mañana me encontré casualmente con don Alexis Massol. Yo regresaba de hacer unas compras y él había salido a tomar un poco de aire para despejarse. Está inmerso en la escritura de sus memorias. Me cuenta que hoy viene a visitarlo un profesor de no recuerdo qué universidad de no sé qué país a su casa museo, Casa Viva. En su hogar está recogiendo la historia de la lucha contra la mina: cómo empezó, cómo se organizaron, cómo persistieron y cómo el pueblo de las montañas adjuntas ganó a los grandes intereses para que otros pueblos y comunidades aprovechen la experiencia de esta extraordinaria y amorosa victoria ciudadana. Y aunque viviendo en este pueblo me siento a menudo como si residiera entre las páginas del cuento más bonito que pudiera haber escrito Gabriel García Márquez, me dice Don Alexis que esta lucha “no fue realismo mágico”.

El autor es periodista residente en Casa Pueblo.

El Bourdain reimaginado de Matt Johnson en Tony

Especial para En Rojo 

En mi última reseña para Claridad, publicada el 26 de agosto, escribí sobre la representación de la juventud en la novela, Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño. Veo mi vida universitaria reflejada en el dinamismo de ese grupo de escritores jóvenes en los setenta que roba libros, que recorre los antros del DF y cuyos miembros experimentan con todo. La angustia romántica de los diferentes narradores, la mayoría en sus veintitantos años, es peligrosa por momentos y siempre fascinante.

El centro de mi reseña era la película colombiana, Un poeta (dir. Simón Mesa Soto; Colombia, Alemania y Suecia; 2025). El protagonista, Óscar Restrepo (Ubeimar Ríos) vivió una juventud de melancolía y poesía. Pero a sus 50 años solo le queda la tristeza profunda por la duda y la pérdida de su juventud. Sin embargo, la película Tony (dir. Matt Johnson, EE.UU. y Canadá, 2026) se resiste a la tristeza de la adultez de Un poeta. Conocemos el trágico futuro de Anthony Bourdain, el joven Tony de la película. El silencio de la voz de Bourdain todavía es duro para muchos de nosotros. Su voz maldita, cuyo timbre nos recuerda las delicias del cigarrillo, es idónea para narrarnos las rutinas y sacrificios en las cocinas de los restaurantes de Nueva York (sus libros en Audible están entre las mejores grabaciones) y contarnos sobre sus viajes por el mundo con curiosidad auténtica y suficiente cinismo.

Tanto como el personaje de Óscar Restrepo, Anthony Bourdain vivió una melancolía tan arraigada que lo llevó a la autodestrucción. Pero en Tony, Matt Johnson se concentra en el caos juvenil de Bourdain durante su estadía en Provincetown, Massachusetts. Aunque en la película es solo un verano, Bourdain pasó cuatro en el pueblo costero durante la primera mitad de la década de los setenta. Aquí Tony Bourdain saboreó la vida de los real visceralistas de la novela de Bolaño, pero como un escritor entre los piratas de la cocina del Flagship, un acogedor restaurante de pescado y mariscos cerca de los muelles.

En Tony, Matt Johnson reconstruye con una mezcla de ficción y con elementos de la vida real las experiencias del joven Tony Bourdain (Dominic Sessa). Este llega a Provincetown detrás de Nancy (Emilia Jones), una chica que le gusta, y después de haber perdido una beca para un programa de escritura en Vassar College. Para mantenerse en el área, Tony encuentra trabajo en la cocina del solitario Chef (Antonio Banderas). El jefe de la cocina y dueño del restaurante es uno de estos capitanes que habla en gruñidos que suenan más a sabiduría que a amenaza. Chef observa todo lo que ocurre a su alrededor y, a pesar de que es católico practicante, entiende y respeta sin juicios la intensidad de la vida de un empleado de cocina. Banderas actúa al personaje como un viejo marino abatido por el mar y que ha creado un espacio seguro para jóvenes perdidos como Sal (Leo Woodall), un cocinero algo patán que le enseña a Tony la delicia de las drogas.

A pesar de que la cocina tiene otros personajes interesantes como Stavros (en una participación bien limitada, pero muy divertida de Stavros Halkias), el enfoque de la película es Bourdain. Las prevalentes tomas en primer plano de la cara de Dominic Sessa develan el aislamiento de Tony y la intensidad con la que observa todo. Sessa refleja la impredecible inocencia que asociamos con la voz narrativa de Bourdain en los primeros tres capítulos de su primer libro, Kitchen Confidential, que cuentan sus vivencias en Massachusetts y sus comienzos en el Culinary Institute of America (CIA).

Tony no es una película perfecta. La visión juvenil de Matt Johnson, que brilla junto a su compañero Jay McCarrol en Nirvanna the Band the Show the Movie (dir. Matt Johnson, Canadá, 2025), le da a Tony una inocencia setentosa que recuerda las películas de Hal Ashby, como The Last Detail (EE.UU., 1974). La cámara de Michael Bauman retrata las arenas blancas de Provincetown y la energía de la pesca nocturna con Chef, dándole al lugar una resonancia mítica en la formación de Bourdain.

Sin embargo, muchos de los personajes de la cocina permanecen como tipos sin definición limitando el desarrollo del grupo de trabajo. No sabemos nada sobre Mary (Monica Raymund), la bartender con la mirada de que lo ha escuchado todo, o de Tyrone (Michael Jibrin), el cocinero veterano que agarra sartenes calientes sin quejido alguno. Inclusive, el personaje de Nancy, que lleva a Bourdain a Provincetown, demuestra las limitaciones más problemáticas en la escritura de Johnson. Nancy es un personaje sumamente acartonado y solo sirve de justificación para que Bourdain llegue a Provincetown, para que el joven se mantenga en el lugar y para ser la confidente de los planes futuros del protagonista.

No obstante, Tony es un interesante, aunque imperfecto, relato visual de un joven que encuentra su voz de escritor en la cocina, que descubre la calma junto a la disciplina de Chef y que se asoma a los demonios que lo perseguirán por décadas. La película se exhibe en la pantalla grande, el lugar idóneo para vivir el Provincetown imaginado que formó a Anthony Bourdain.