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Los súper héroes no mueren, se transforman

 

Especial para CLARIDAD

El pasado martes 5 de mayo,  como gran parte del país, sentí una tristeza grande al enterarme de la muerte de probablemente el mejor jugador de baloncesto que ha dado esta tierra, José “Piculín” Ortiz.  Al enterarme de la noticia puse una foto de Picu en mis redes sociales agradeciendo todo lo que había hecho por Puerto Rico y me comuniqué con la compañera Elga Castro para que hiciera la nota.  Me pareció lo apropiado pues Elga, siendo hija de Eliott Castro, tenía una serie de vivencias y anécdotas con Piculín y yo entendía que era ella la persona que merecía hacer esa primera reflexión.

Hoy, una semana más tarde, hago yo la mía de como Piculín influyó en mí.

Nací en 1983  por lo que era muy pequeño para acordarme del día en que Piculín fue drafteado por los Utah Jazz.  Sé que en el 1987, en Indianápolis, fue el abanderado y que sus primeros Juegos Olímpicos fueron en el 1988 en Seúl.

En 1989 comencé a jugar baloncesto y como siempre pasa cuando uno empieza en un deporte buscas conocer quienes son las estrellas de ese deporte.  En mi caso dos me llamaron la atención, una a nivel mundial (Michael Jordan) y una a nivel local  José “Piculín” Ortiz.  Aunque mi jugador favorito era el Quijote Morales, desde la primera vez que tu veías un juego de la Selección Nacional de Puerto Rico la figura de Piculín sobresalía no solo por su altura si no su conocimiento del baloncesto y la habilidad de irse de tú a tú con los mejores.  No había duda de quién era el “caballo” del equipo.

En 1990, mientras disfrutaba de un viaje familiar a México y Costa Rica, nos topamos con la histórica actuación que estaban teniendo los boricuas en el campeonato mundial de ese año. Recuerdo que varias veces mientras almorzábamos veíamos los juegos donde llegamos 4to en el mundo y rozamos la medalla de bronce de la mano del Picu quien mató a las potencias como Yugoslavia, la Unión Soviética y Estados Unidos.  Picu promedió sobre 18 puntos por juego y dejó establecido que Puerto Rico era una potencia baloncelística.

Pese a que Puerto Rico no tuvo su mejor torneo en Barcelona 1992, la consistencia de Picu estuvo ahí.  Durante la década de los 1990 Piculín jugó en varias ligas de Europa.  Cada torneo que jugaba con Puerto Rico veías como seguía desarrollando su juego.  Eso quedó demostrado en Atlanta 1996 cuando Piculín promedió 25 puntos por juego en los 7 juegos olímpicos de ese año.

También fue dominante en la superior

Piculín llevó a los Atléticos de San Germán a tres (3) campeonatos en los años 1985, 1991 y 1994 y luego hizo una dupleta de ensueño con Carlos Arroyo ganando 5 de 6 campeonatos en la liga superior con los Cangrejeros de Santurce. Admito que esa fue la etapa del Picu que más me disfruté.

El juego perfecto frente a Canadá

Pese a que ya su juego había decaído un poco, Piculín y el país tenían una espina contra el equipo de Canadá que nos había dejado fuera de los Juegos Olímpicos de Sídney 2000 al vencernos aquí en Puerto Rico en el 2003.  Tuvimos la oportunidad de vengar esa derrota y Piculín pareció meterse una cápsula del tiempo y jugó probablemente el juego más completo de su carrera:  sobre 20 puntos, 10 asistencias, 10 rebotes y 7 bloqueos.  Ese juego lo consolidó como la figura más extraordinaria en haber jugado por nuestro país.

Siempre he pensado que la hazaña de ese día, la cual vi como fanático en el Roberto Clemente, influyó en mi decisión de convertirme en periodista deportivo en octubre de ese mismo año.

Una figura legendaria

La figura de Piculín trasciende mucho más que las fronteras de Puerto Rico.  Recuerdo que estando en Grecia con mi familia y mencionarle al taxista que éramos de Puerto Rico, éste estuvo 20 minutos hablando de la figura de Piculín y como era un ídolo allá en Europa.  Eso ha quedado demostrado en estos días pues muchos de los equipos con los que jugó han dedicado minutos de silencio y han presentado paquetes de sus mejores jugadas con ellos.

Siempre estuvo dispuesto a ayudar a los hombres grandes nuevos

Tras su retiro, Piculín siempre trató de ayudar a la nueva generación para que siguiera mejorando su juego; sobre todo los hombres grandes, algo de lo que hemos carecido desde su retiro.  En los últimos tiempos ese trabajo se había visto en el jugador George Condit IV  que sin ser Picu (nadie lo es) tenía en sus juegos características parecidas y ha adoptado algunas de las tendencias de él.

Conciencia social

Piculín es de los pocos atletas que se atrevía a opinar aún cuando un tema fuera incómodo.  A petición del compañero Eliott Castro, utilizó una bandana solicitando la Paz para Vieques en el campeonato FIBA  de 1999 para dar a conocer la lucha que eventualmente llevó a la salida de la marina de guerra de los EEUU de la Isla Nena. También se pronunció a favor de la convocatoria del “Ricky renuncia” que llevó a la renuncia del ex gobernador Ricky Roselló quien en un chat se burlaba del país.

Siempre dijo que sí

Lo que más me llama la atención del Picu es que, convirtiéndose en la estrella que fue, siempre puso la representación del país primero no importa si era un torneo grande o pequeño o si tenía que volar horas desde España, Grecia u otros lares.

Su transformación fue tal que ahora estoy seguro lo veré en todo el que nos represente dignamente, aunque estoy consciente de que como Piculín no habrá otro, nunca.

 

 

 

Picu el mas grande

Pamela Rosado junto a Raymond Dalmau y Flor Meléndez

Hoy se nos fue el más grande de todos los tiempos, nuestro GOAT, José “Piculín” Ortiz. Desde pequeña fue mi jugador favorito.Pero con el tiempo entendí que no admiraba solamente al jugador… admiraba el corazón con el que defendía a Puerto Rico. Verlo vestir los colores de nuestra isla me enseñó lo que significa amar una patria de verdad. Me enseñó que cuando uno se pone este uniforme, deja de jugar solo por uno mismo. Todo cambia. Todo se estremece. Todo cobra sentido.

Gran parte de la pasión que vive dentro de mí nació viéndolo a él. Viendo cómo luchaba cada balón, cómo cantaba el himno, cómo cargaba el orgullo de un país entero sobre sus hombros. Ahí entendí que representar a Puerto Rico no es un privilegio cualquiera,es una responsabilidad que se juega con el alma.

Y qué bendición haber podido compartir con él. Poder escucharlo, abrazarlo, recibir sus mensajes y sentir su apoyo incondicional en nuestro último torneo. Aún en los momentos difíciles, en las derrotas, él estaba ahí recordándonos quiénes éramos, levantándonos el corazón y haciéndonos creer.Jamás olvidaré su mirada y su felicidad cuando conseguimos el pase. Verlo emocionado, orgulloso, celebrando con nosotras, fue uno de los honores más grandes de mi vida.

Picu no solo dejó un legado en el baloncesto. Dejó una manera de vivir, de luchar y de amar estos colores. Nos enseñó que las caídas no definen a nadie; lo que define a una persona es cómo se levanta y cuánto corazón pone en seguir adelante.

Hoy duele profundamente, porque nunca estamos preparados para despedir a alguien tan grande. Pero qué privilegio tan inmenso haber vivido en el tiempo de Piculín Ortiz. Qué bendición haber visto al más grande ponerse este uniforme y enseñarnos a todos cómo se representa un país.

Fotos por Christian Medina Rosado

Gracias por despertar en tantos de nosotros esta pasión inmensa por Puerto Rico. Gracias por enseñarnos que este uniforme no se usa, se honra.

Descansa en paz, capitán. Tu legado vivirá para siempre en el corazón de un pueblo entero.

 

La autora es la capitana del equipo de baloncesto nacional femenino.

Palabras pronunciadas en el velatorio de Jose Piculin Ortiz el viernes 8 de mayo, en el Coliseo Roberto Clemente.

 

Honrando al #4

La pizarra y sus laterales marcaban el #4 . Foto Christian Median Rosado

 

CLARIDAD

En lo que debió de haber sido una casa llena, como en tantos encuentros en que José Piculín Ortiz lideró a nuestro equipo nacional de baloncesto, el pasado viernes, 8 de mayo, se efectuaron las honras fúnebres en la Catedral del Baloncesto Puertorriqueño, el Coliseo Roberto Clemente de San Juan. La hermandad del baloncesto nacional se dio cita para rendir tributo a una de las glorias más queridas del deporte nacional.

La actividad comenzó con una misa que Chucho Avellanet acompañó con su voz.  Al culminar el acto religioso, sin aviso, sonó la chicharra del Clemente. Ese sonido tan poco melodioso potenció aún más la solemnidad de los actos y rindió homenaje a una carrera que en tantas ocasiones mantuvo a un país en el borde de las sillas. Otro homenaje visual fue la histórica pantalla setentosa del Clemente que marcaba con el número cuatro todas las estadísticas.

Natalia Meléndez tuvo la encomienda de servir de maestra de ceremonia. Posterior a la misa, el sobrino de Piculín, Fabián Elí,  interpretó la melodía del himno nacional con su violín. La letra estuvo a cargo del público, quien en su mayoría cantó el himno revolucionario, honrando los ideales independentistas del baloncelista olímpico.

Luego del himno, Danny Rivera ofreció una de las canciones que más gustaba a Picu: Mi Árbol y yo. Luego, paralizó el ambiente al cantar Cuando un Amigo se va. El homenaje continuó con los versos del poeta Hermes Ayala, quien le dedicó unas poderosas rimas, de las que erizan la piel.

La esposa, Sylvia Ríos, quien junto a los hijos del fenecido, Gabriel y Neira Ortiz, tomó la palabra, destacó que la inspiración de Picu era su admiración por cuatro mujeres: su madre, Misis Rijos; su hija Neira; ella, su esposa, y la patria, a quien “aprendió a amarla con Armandito Torres”. Culminó sus palabras pidiendo que la ayudaran a mantener su legado.

Natalia Meléndez  invitó a tres grandes figuras del baloncesto, Pamela Rosado, Raymond Dalmau y Flor Meléndez, a  brindar unas palabras. Otras figuras que tuvieron oportunidad de expresarse fueron Yum Ramos, presidente de la Federación de Baloncesto de P. R., y Rolando Hourruitiner, quien compartió cancha con Piculín tanto en la Selección como en la dinastía de los Cangrejeros de Santurce. Rolo recordó que en su primer juego con la selección, Picu le enseñó que “cuando tú te pongas esa camisa, no te la estás poniendo tú, se la están poniendo  millones de puertorriqueños”.  También mencionó que su último juego internacional fue en las Olimpiadas de Atenas 2004, en lo que también fue la última aparición de Eddie Casiano y de Piculín. Recordó, cuando los tres se quitaron la camisa en el camerino por última vez, el sentir todo el peso que representaba llevar la bandera en el uniforme.

Otra voz que habló de la grandeza del Concord Boricua fue William Rosario Cruz, productor del Goatcast, proyecto que describió como una idea de Picu que culminó siendo su despedida al invitar a sus amistades y personas que admiraba.

El acto artístico se completó con Pedro Capó,  Glen Monroig, Oscarito Serrano, Melina León y un cierre de actos con una comparsa de plena liderada por Emanuel Santana.

José Rafael Ortiz Rijos falleció el pasado martes tras una ardua batalla contra el cáncer colorrectal, enfermedad que le fue diagnosticada en 2023.  Su nombre se encuentra inmortalizado en el Pabellón de la Fama del Deporte Puertorriqueño desde 2018 y en el Salón de la Fama de la FIBA desde su exaltación en 2019.

 

Albizu frente al Estado: moral, vigilancia y poder

Especial para En Rojo

 

La historia puertorriqueña está llena de gestos que intentan ordenar el caos. Samuel Silva Gotay lo advirtió hace décadas: la religión en Puerto Rico nunca ha sido un espacio neutro, sino un terreno donde se reproducen las tensiones socioeconómicas y políticas que atraviesan la vida cotidiana. En ese paisaje, Pedro Albizu Campos encontró algo más que consuelo espiritual. Encontró un lenguaje y una arquitectura moral. Una forma de nombrar la opresión sin recurrir al marxismo, sin entregarse al liberalismo criollo y sin aceptar la americanización como destino. Eligió el catolicismo —no el de las devociones populares, sino el de la ortodoxia, la disciplina y la memoria colonial— como columna vertebral de su proyecto político. Ahí comienza la tensión que atraviesa toda su obra. Mientras tanto, el país, hundido en sus contradicciones. Sin una salida clara. Al regresar de la cárcel en 1947 dijo: “La ley del amor y la ley del sacrificio no admiten la separación. Yo nunca estuve ausente”. No hablaba de nostalgia. Hablaba de presencia moral incluso en la cárcel.

Su conversión no fue un arrebato místico. Miguel Ángel Rubero Reyes lo documenta con precisión: ocurrió en Massachusetts, en un entorno donde la fe católica funcionaba como frontera étnica para los irlandeses que resistían al imperio británico. Albizu llegó a ese mundo como estudiante brillante, multilingüe, disciplinado, pero también como sujeto colonial que observaba cómo otro pueblo utilizaba la religión para sostener su identidad frente a un poder que lo quería asimilado. Allí escuchó sermones, discursos, himnos; allí vio cómo la fe podía convertirse en arma política. No encontró a Dios: encontró una épica y la convirtió en nación.

Pero esa historia no empieza ahí. Antes de su vida en Harvard, antes del mito, hubo la invasión de 1898. En ese año la religión no era refugio, era un dispositivo. Nélida Agosto Cintrón lo explica sin miedo en Religión y cambio social en Puerto Rico 1898-1940: la separación entre Iglesia y Estado proclamada por el nuevo régimen fue un gesto retórico. En la práctica, los misioneros protestantes llegaron con Biblias, sí, pero también con informes, mapas, diagnósticos e instrucciones. La americanización no empezó en las escuelas; empezó en los púlpitos. La Iglesia católica, debilitada tras la salida española, no tenía cómo responder pero el Estado colonial sí. El resto era silencio.

En ese vacío surgieron figuras como los Hermanos Cheo: campesinos que predicaban el fin del mundo mientras denunciaban la invasión. La jerarquía católica los persiguió no por herejes, sino por un carisma que no encajaba en la disciplina eclesiástica. Su resistencia fue religiosa porque no tenían otra herramienta. Albizu, décadas después, correría una suerte paralela: perseguido por el Estado por un nacionalismo que no encajaba en el reformismo colonial, y marginado por las izquierdas por un catolicismo que no encajaba en el marxismo. Ese doble filo, de manera implícita, acompañó a Albizu a lo largo de su trayectoria.

Cuando Albizu regresa a Puerto Rico en 1921, trae consigo una mezcla peligrosa: catolicismo ortodoxo, nacionalismo irlandés, misticismo político y una convicción absoluta de que la moral podía derrotar al imperio. No era ingenuidad, era estrategia. Rubero Reyes muestra cómo Albizu se sumergió en el ambiente político irlandés, colaborando con Éamon de Valera y conociendo de cerca la idea de que la identidad católica podía funcionar como arma anticolonial. Pero Puerto Rico no era Irlanda. La Isla no tenía una cultura católica popular tan sólida como la irlandesa, ni una tradición de resistencia religiosa organizada. Albizu importó un modelo que no encajaba del todo y aun así insistió. Ahí es donde la moral se vuelve carga.

Para Albizu, el catolicismo no era solo fe: era frontera moral, disciplina e identidad. Un modo de ordenar un país fracturado y de imaginar una nación que aún no existía. Pero toda estrategia tiene un punto ciego, el de Albizu fue la hispanofilia. Juan Manuel Carrión ha mostrado cómo Albizu convirtió a España en un depósito simbólico: la “madre patria”, la cuna de la hidalguía, la raíz espiritual de la nación. Gordon K. Lewis desmonta esa nostalgia con una frase que todavía incomoda: la Iglesia católica fue durante siglos un brazo del colonialismo español, no una fuerza liberadora. La hispanofilia no era memoria: era mito y toda nostalgia es política. El problema no terminaba ahí. La grieta seguía.

Albizu hablaba de “raza” como perpetuidad de virtudes, no de biología. Pero esa definición —aparentemente inclusiva— borraba jerarquías raciales, silencios de clase y violencias coloniales. Convertía la identidad en moral y la moral en frontera. Mientras Albizu imaginaba una nación moral, el Estado construía expedientes. El FBI ya estaba listo. Su diagnóstico era profético y señalaba directamente las heridas del sistema. En 1933, lo expresó con una claridad que aún persiste: “El imperialismo yanqui en lo moral nos ha conducido al desprecio de nosotros mismos; en lo material, de propietarios nos ha convertido en peones”. Cuando hablaba de sacrificio, el FBI hablaba de subversión. Pero Albizu no se callaba. El 24 de octubre de 1935, ante los cadáveres de los nacionalistas asesinados por la policía en Río Piedras, respondió con un juramento: “Aquí se repite la historia de todos los tiempos: la libertad de la patria se amasa con la sangre y se amasa también con la sangre de los yanquis. Venimos aquí a prestar un juramento para que este asesinato no quede impune. Juramos todos que el asesinato no perdurará en Puerto Rico”. Al mismo tiempo que invocaba a Lares como “tierra santa”, la policía colonial afinaba protocolos de represión que luego se perfeccionarían en 1950, en Jayuya, en Utuado, en Río Piedras y en cada esquina donde el independentismo se atrevió a respirar.

Los archivos judiciales y los informes federales —como los que han estudiado César J. Ayala e Ivonne Acosta, entre otros investigadores— muestran un patrón: vigilancia sistemática, criminalización del independentismo, coordinación entre el gobierno local y las agencias federales, uso de la ley para desarticular movimientos políticos. Sin embargo, Albizu construyó una utopía y el Estado respondió con balas, cárceles y represión. Pero la exclusión no solo vino del Estado: también las tradiciones académicas —el liberalismo moderado, el marxismo, el posmodernismo— no supieron qué hacer con él. Como ha señalado Mario Cancel Sepúlveda, “Albizu no encajaba”. Este aspecto no era un detalle menor.

Cancel ha llamado a esto el “desencaje”: Albizu no encajaba en el relato liberal moderado del Estado Libre Asociado, que celebraba la modernización en buenos términos con Estados Unidos. Tampoco encajaba en la Nueva Historia Social de los setenta y ochenta, más interesada en esclavos, artesanos y obreros que en revolucionarios pequeños burgueses. Ni siquiera encajaba en el escepticismo posmodernista de los noventa, que veía el nacionalismo como un esencialismo superado. El problema historiográfico, sugiere Cancel, no es Albizu: es la incapacidad de nuestras tradiciones interpretativas para lidiar con él sin mutilarlo.

Sin embargo —aquí está la tensión que no se puede borrar— su proyecto no fue fascista. La violencia que generó era defensiva, no conquistadora. Buscaba defender una nación, no expandirse sobre otras. Aquí está la paradoja que Cancel nos invita a no eludir: su anclaje en la hispanofilia y en un catolicismo de ortodoxia más que de arraigo popular terminó por aislarlo. No fue un “error” en el sentido moral o estratégico simple. Fue una tensión interna —una contradicción productiva y limitante a la vez— que explica tanto su radicalidad como su soledad política.

Paradójicamente, el éxito del reformismo del Partido Popular Democrático se debió a la conciencia nacional que sembró Albizu. El mismo gobierno que promulgó la Ley de la Mordaza —que hizo ilegal mostrar la bandera puertorriqueña— no habría existido sin la nación imaginada que Albizu ayudó a forjar.

Pero la paradoja es aún más densa. El Partido Popular Democrático no solo cosechó electoralmente lo que el nacionalismo regó con sangre. También administró la censura y la represión de aquellos sectores a través de la Ley de la Mordaza y de la Policía de Puerto Rico. El mismo Estado que prohibió mostrar la bandera no habría existido sin la nación que Albizu ayudó a forjar. Esa doble operación —apropiación simbólica y aniquilación política— es exactamente el tipo de contradicción que Cancel nos invita a no resolver, sino a comprender. Al final del día el pueblo pagó el precio de la persecución política.

La pregunta que dejó Albizu sigue abierta: ¿cuánto le cuesta a un pueblo imaginar su propio país cuando el Estado decide que ese sueño es un crimen?

Pero Albizu ya había respondido desde la cárcel. En su alegato ante el Tribunal Supremo de Estados Unidos en 1935, no suplicó clemencia. Con la osadía del que no tiene nada que perder, sentó las bases de una verdad jurídica incómoda: Puerto Rico nunca fue una mercancía que se pudiera traspasar en París. Su tesis central era una declaración de principios: “Puerto Rico no era una factoría que España pudiese ceder y Estados Unidos anexar, sino una nación civilizada y cristiana, de superior cultura y personalidad propia, reconocida por la misma España”.

Para él, al momento de la firma del Tratado en 1898, la Isla ya era, por derecho propio, una nación. La pregunta sigue abierta. Albizu le respondió con su propia sangre.

 

La afrosororidad de Bárbara Idalisse Abadía Rexach: del silencio a la memoria reparativa

Especial para En Rojo

 

 

A las niñas, adolescentes y mujeres afropuertorriqueñas que crecimos sin el referente de Bárbara Idalisse Abadía Rexach y sus generosas, audaces y reparativas letras.

Fueron distintos “entonces” y distintos “ayeres” los de las afropuertorriqueñas de hoy. En el turbulento “ahora”, afortunadamente, recibimos de la pluma de la antropóloga y activista antirracista Bárbara Idalisse Abadía Rexach una invitación a la “cofradía afrosorora” titulada AFROfeminista: Raza y Mujer en Puerto Rico (Periodística Editorial, 2025). En menos de doscientas hojas, Abadía Rexach nos traza una ruta hacia la sanación, encamina un ajuste de cuentas reparativo y ejemplifica lo que tan bien expresara la feminista chicana Gloria Anzaldúa: cuán difícil es “distinguir entre lo heredado, lo adquirido y lo impuesto”.

AFROfeminista integra una veintena de textos previamente publicados en medios del País durante la pasada década a los que se suma un texto inédito que cierra con broche de cimarronaje la compilación. Todos, en su cruda verdad y en su conmovedora prosa, resultan, “tristemente” vigentes en 2026, como bien reconoce la autora en la Embocadura del libro.

La impronta de Bárbara Idalisse Abadía Rexach:

Como acertadamente indica la antropóloga sociocultural Lidia Marte, en el prólogo de AFROfeminista, “nadie sale ilesa de la escritura de Abadía”. Su prosa es accesible, afectuosa, abierta, y nos convoca a conocerla desde el vientre mismo de su madre y a acompañarla en relatos auto etnográficos, personales e íntimos a lo largo de su racializada vida. Este desprendimiento de Abadía Rexach devela su franca y consistente devoción por rebasar perímetros académicos, por sacudir los cimientos patriarcales de la antropología y de las ciencias sociales en general y, como diríamos coloquialmente, por “tirarse al medio”. La autora se lanza al batey de las palabras con una genuina radicalidad que encuerpa el afrofeminismo que profesa en su trabajo intelectual, en su creación mediática, en su docencia, en sus relaciones interpersonales y en su vasta humanidad.

Sin embargo, la razón principal por la que no salimos ilesas tras la lectura de su texto es porque su prosa es también acertada, aguerrida, angustiante, atroz. El pasado y la memoria propia, colectiva y ancestral que apalabra la autora están minados por el dolor, el agotamiento, las confrontaciones, las indignaciones y la rabia. Reacciones viscerales en las que se nos va la vida porque, como bien dice la autora en el capítulo titulado Vidas Negras: “hoy, el hostigamiento y la violencia racial que se practican desde ciertas instituciones gubernamentales, principalmente, Educación, Salud, Vivienda, Trabajo y Seguridad, mantienen a cientos de cuerpos negros despojados, en un estado de vulnerabilidad y cercamiento constante”.

No obstante, la impronta de la autora no es derrotista. La denuncia y la rabia impelen su escritura, pero su libro enlaza pasado, presente y futuro y nos convoca así a construir la esperanza que alberga la afro-reparación. En el capítulo titulado Raza Negra, Abadía Rexach nos emplaza: “(Re)pensamos la negritud desde la solidaridad, como un acto de movilización y afirmación y como una fuente de conocimiento y resistencia. Traspasamos el umbral de lo negro desde la victimización para reconocer las voces que han sido silenciadas y analizar la conciencia negra como un movimiento político contrahegemónico, antipatriarcal y contestatario”.

Sankofa, ese pájaro cuyo cuello se yergue hacia atrás para posar su pico en el centro mismo de su cuerpo, es un referente recurrente en los textos de Abadía Rexach. Sankofa es un término que proviene del dialecto twi, perteneciente al akán, lengua viva en Ghana, Costa de Marfil y otras regiones de nuestro común continente de origen, África. Pero sankofa no es solo un ave, es una metáfora reparativa que ha alzado vuelo en todos los pueblos afrodescendientes. Simboliza el llamado urgente a emprender nuestra ruta de regreso: a mirar atrás y confrontar nuestro pasado; a rescatar, recuperar y reparar aquello a lo que le hemos dado la espalda no necesariamente por voluntad propia y sí por la primacía de una narrativa histórica que mancilla nuestro pasado ancestral. Nos dice Bárbara al cierre de su valiente entrega:

«Este libro es mi forma de reconocer a las que ya no están y de hacerles saber a las que están y a las que vendrán que nos tenemos, que siempre nos hemos tenido y que nunca hemos dejado de ser libres.»

 La afrosanación y la afrodignidad como ruta:

 AFROfeminista es de principio a fin una denuncia, un consustanciado archivo de evidencias de que el racismo antinegro y, especialmente, el racismo antinegro dirigido a niñas como Alma Yariela Cruz está vivito y coleando en nuestro País. Según nos recuerda la autora, a Alma, tras un patrón de dos años de acoso racial escolar, denunciado por su madre e ignorado por las autoridades escolares, no le quedó otro remedio que defenderse, y terminó siendo arrestada e imputada con cinco faltas ante el Tribunal de Menores en 2017 a sus once años. Abadía Rexach también narra su propia historia de acoso policial y las consecuencias de rehusarse a seguir la cautela recomendada en casa a la mayoría de lxs afropuertorriqueñxs  para enfrentar la autoridad represiva del estado. “The talk”, la llaman nuestres compañeres afroamericanos: “no hables, no respondas, obedece”.

Las denuncias de la autora, sin embargo, no se limitan al reclamo justiciero antirracista. Esto hubiese sido suficiente, pero Abadía Rexach conjuga este registro y lo potencia afirmativamente con propuestas colectivas de intervención antirracista y feminista. Insiste en que no habitamos una era post-racial. Subraya, además, que en la lucha por la visibilidad de las niñas y mujeres negras, deben salvaguardarse y respetarse todos sus derechos, según los tiempos lo ameriten.

Es de esperarse que con el pasar de los años la lucha se transforme, evolucione, adquiera otros matices y, por supuesto, acoja nuevas voces que han sido silenciadas. Nos dice Bárbara: “La lucha debe dirigirse a responder, con acciones concretas de educación y fortalecimiento de los movimientos de visibilización, si las prácticas de desvalorización, subestimación y desigualdad de las mujeres negras están ¿abolidas?”

Bárbara—la niña fajardeña, la nieta de Prin, “la prietita de Olga y Germán”, que no les nació con ojos verdes y a quien le alisaron su pelo “indomable” por primera vez a los cinco años—va mucho más allá de la denuncia. AFROfeminista es una guía para la afrosanación y la afrodignidad de las niñas y mujeres afropuertorriqueñas.

Afropuertorriqueñas es ese término que resemantiza todos aquellos epítetos con los que nos (des)calificaron a lo largo de nuestras trayectorias personales y, aunque en aquellos “entonces” y “ayeres” no lo sabíamos, también a lo largo de nuestra historia colectiva: trigueña, piel canela, prieta, negra sucia, pasúa, pelo de caíllo, negra linda, jabá, mulata, negrita pero buena, negrita pero inteligente, oscurita, quemaíta, exótica, morena, moyeta y otros tantos que Bárbara tiene la astucia y la valentía de examinar y cuestionar en su capítulo titulado “Yo soy negra”.

AFROfeminista: Raza y Mujer en Puerto Rico es indudablemente el texto que tantas afropuertorriqueñas necesitábamos cuando nos criábamos, crecíamos, nos formábamos y forjábamos un presente y horizontes de futuro que NO nos invisibilizaran y que nos acogieran, tal cual éramos o aspirábamos a ser: en un hogar, en una escuela, en una iglesia, en un equipo deportivo, en un salón de belleza, en un barrio, en una urbanización, en un pueblo, en una tienda de juguetes, en una oferta de programación de medios de comunicación, en una semana de la puertorriqueñidad, en un libro de texto, en un álbum familiar… En fin, en un archipiélago empecinado en invisibilizarnos y negarnos nuestra dignidad.

No tuvimos esta guía en aquellos “entonces”, pero, afortunadamente, la tenemos ahora. En AFROfeminista nuestros “ayeres” se reencuentran en el presente y labran, con la memoria ancestral como pancarta, un futuro digno en cofradía afrosorora.