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Será Otra Cosa: El taxista

Especial para En Rojo

En retrospectiva, ahora sé que hubiera tenido que tomar el tren, no el taxi. Después de todo, tenía una de las estaciones de la línea verde, derechita de Midtown al Barrio, a menos de dos cuadras. Tomé el taxi por cierto miedito al COVID en el tren, y porque andaba con prisa y pensé que sería más rápido. Pero me equivoqué: en Nueva York, contrario a algunas otras ciudades en Estados Unidos, la gran mayoría de la gente se enmascara, especialmente en el subway; y el taxi, contrario al tren, tendría que enfrentar el tapón. 

Y, además, está la cuestión del taxista. Si me resultara fácil escribir ficción, ese taxista me daría contenido no para uno sino al menos tres o cuatro personajes. Así de…pintoresco–por describirlo de alguna manera–era el hombre. Más que cualquier taxista que me había tocado anteriormente, y eso es mucho decir, porque los taxistas en Nueva York son famosos por sus idiosincrasias. Para empezar, contrario a la mayoría de nosotros, no tenía máscara. Pero nada, pensé, tengo puesta la mía, abro bien la ventana, y listo. Además, el taxi estaba equipado con una suerte de cortina plástica que lo separaba de mí.  

Me cogió de boba de entrada con un anzuelo disfrazado de duda, preguntando por las primarias. Una pregunta aparentemente inocente, alguna expresión de perplejidad ante el hecho de que los resultados tardaban y, preguntaba él, ¿cómo es que tardaban tanto en contar los votos? Así que expliqué lo poco que sabía sobre la papeleta de voto por “ranking”, en la que la gente ordena candidatos en orden de preferencia.  

NO, me dijo, triunfante. Nada que ver con la complejidad del sistema. Era “culpa de los judíos”. 

Y en ese momento añoré, con intenso y cariñoso remordimiento, en el tren, con su conductor invisible y sus pasajeros por lo general calladitos y en lo suyo.  

Guardé silencio, pensando que si no le respondía dejaría de hablar, pero el hombre seguía. Los judíos mandaban secretamente en la ciudad, decía, y se habían apoderado además de las universidades, los gremios y la judicatura. Las elecciones las ganaría “el judío”. Sin poder controlarme, comenté que el evidente ganador era un hombre negro. ¡Qué error el mío! Subió la voz, de por sí ya bastante alta, y dijo algo (no lo entendía bien, tenía un fuerte acento de alguna parte) como “a ése, si le miras el fondillo, es blanco y judío”, y añadió que DiBlasio era judío, que Cuomo era judío, y que una ristra de nombres que no reconocí también eran judíos. De paso, aprovechó la coyuntura para pasarse al tema de los negros y los latinos. “The Spanish”, nos llamaba. Según él, somos muchos y podríamos mandar en la ciudad pero eso no ocurría porque 1)peleábamos todo el tiempo entre nosotros, 2)usábamos ridículos piercings (le repugnaban en especial las mujeres con un aro en la nariz) y 3)no éramos judíos. Los cubanos eran distintos, añadió, más decentes, más limpios, dejaban buenas propinas. 

De dónde eres, me preguntó, de Puerto Rico, le dije, y sin perder la compostura (ni bajar el volumen) aclaró que algunos puertorriqueños eran también decentes, no los del Barrio pero sí los de otras partes, y que recientemente una pareja de puertorriqueños from San Juan le había dejado no solamente una buena propina sino un regalito. 

Vaya manera de pescar propinas y regalitos, pensé. Y me pregunto ahora, ¿por qué no me bajé? No sé qué responderme, excepto que la toxicidad masculina, racista y sexista que exhibía el hombre se impone a veces como una jaula invisible en las mujeres de mi generación, que en algún momento aprendimos a callar, no provocar, responder con sobria delicadeza, no prestar atención, en lugar de responder, desafiar, contradecir. O bajarnos del auto. Mi estrategia fue más bien mirar por la ventanilla, hacerme la distraída, a ver si perdía interés. Pero al tipo no le hacía falta interlocución, y sospecho que ni siquiera buscaba debate, no particularmente, más bien me estaba “educando”. En su discurso no había espacio para réplica. Lo suyo no era tanto una provocación como un derecho asumido a imponer, sin más, su desagradable visión del mundo. Su verdad. Contestarle era inútil:mi meta era llegar en una pieza al otro lado. 

 

Me preguntó si era demócrata. No contesté, pero de nuevo, mi silencio no importaba. Mira, siguió, los demócratas son unos estúpidos: si eres demócrata y necesitas ayuda, se la pides a otros demócratas y qué pasa, que éste es pobre, y aquél también, y todo el resto de ellos, pobres, pobres, pobres. Si eres republicano, sin embargo, pides ayuda y éste es abogado, éste doctor, éste otro juez.  

A la altura de la 105, un pequeño milagro: Mira esa planta, me dijo. Y en efecto era una maravilla, el tronco fino de un arbolito emergiendo de un agujero estrecho en un muro cercano. Claramente, se había asomado por el agujero cuando era aún una plantita, y eso seguramente le salvó la vida, porque le dio acceso a lluvia y sol y le permitió (y me permitió) respirar. 

No me duró demasiado, el milagro, pero por suerte ya estábamos en East Harlem y yo con dinero en mano y mano en la manija de la puerta. Déjeme en la próxima cuadra, le pedí. Pero el taxista usó los segundos de la cuadra en cuestión para rematar su impacto en mi día. Qué haces en Nueva York, preguntó. Visito a mi hijo, contesté. Qué hace su hijo, siguió preguntando. Es abogado, contesté. Su reacción fue inesperada y, a la vez, totalmente de esperarse: 

“Bueno, entonces se jodió, porque apuesto que no es republicano, y de todos modos todos los jueces son judíos.”

 

25 de julio 1898: Ante los Bárbaros  

           

Especial para En Rojo

En 1900 J.M. Vargas Vila publicó en Roma un libro con el título Ante los Barbaros, que dice el autor inició el despertar de un nuevo estado de conciencia en América. Vargas Vila luego publicó en 1930 en Barcelona una edición definitiva con el mismo título y su portada era un pulpo con sombrero de Tío Sam, que se apoderaba con sus tentáculos de la isla de Puerto Rico. Este autor tuvo que ser muy importante para el pueblo puertorriqueño puesto que hasta Daniel Santos cantaba un número que se llamaba Vargas Vila.

Lo interesante es que, aunque no era un libro propiamente de historia, es un relato en prosa que tiene un gran apego y compromiso con la verdad histórica que denunciaba y recoge los actos de barbarie del expansionismo norteamericano. A saber, el despojo de Filipinas, de más de la mitad del territorio de México, la anexión de Hawaii, y como botín de guerra, la conquista disfrazada de Cuba y desvergonzada de Puerto Rico. Revela, además, la aventura imperialista de filibustero Walker, ocupaciones de Haití y Santo Domingo (unas de tantas), la intervención y robo audaz de Panamá y el desenlace de esa guerra hispanoamericana que cambio la suerte de los pueblos conquistados. Lanza Vargas Vila el grito más estruendoso contra el imperialismo norteamericano y su destino manifiesto que proclamaba que la raza anglosajona había sido elegida por Dios para civilizar al mundo. Este llego a decir, “No renunciaremos a nuestra parte en la misión de nuestra raza anglosajona, custodios bajo Dios de la civilización del mundo.” El grito de Vargas Vila es una alarma a los pueblos latinoamericanos para impedir la rapacidad resultante de la era el imperialismo.

Traemos este trasfondo ya que, cumplidos 123 años de la invasión norteamericana del 25 de julio de 1898, hay quienes todavía dudan de esa barbarie y no tienen ningún compromiso con la verdad histórica. Decía Vargas Vila que el “espíritu humano es ávido de fabulas y así se hace de la Historia una conspiración contra la verdad”. Ese fue el intento fallido de personajes como Norma Burgos al querer tergiversar nuestra historia con aquella absurda tesis de la auto invasión que no pudo sostener a cumplirse el centenario de la ocupación en 1998.

Si los anexionistas tan solo echaran una mirada a los acontecimientos del Siglo XIX, verían a Puerto Rico en las metas que habían trazado los ideólogos del expansionismo norteamericano. Es muy fácil constatar que desde muy temprano en ese siglo consideraban que las Antillas Mayores eran una extensión natural de la Florida, la cual habían obtenido de España desde 1803.Esa extensión por toda la masa continental hasta el Océano Pacífico, por el Pacífico hasta Hawaii y el norte del continente hasta Alaska, formaría un triángulo estratégico que sería la plataforma desde la cual Washington dominaría el mundo entero.

El interés de Estados Unidos por la zona del Caribe es muy antiguo. Es de hecho, anterior a la constitución de la República. Benjamin Franklin le recomendó a Inglaterra la toma de Cuba. En los planes de Estados Unidos estuvo siempre el apoderarse de la isla de Puerto Rico. Tal ambición ocupó activamente la atención de más de seis presidencias quedando revelada en las declaraciones de Adams (1783), Jefferson (1797), Quincey Adams (1823), Polk (1854), Walker (1856) y otros. Basta recordar algunas de tantas declaraciones que sin duda hablan por si mismas.

El Capitán Alfred T. Mahan afirmaba que desde mucho antes de iniciarse en Cuba las hostilidades contra España, un viejo e inteligente oficial de la Marina Norteamericana le había confesado la necesidad de apoderarse de Puerto Rico. Al Almirante Mahan se le debe considerar ser el verdadero doctrinario del imperialismo norteamericano. Desde la década de 1880 afirmaba que el poderío naval y el comercio marítimo son inseparables y que ambos eran indispensables para la fuerza y la prosperidad del país. Fue quien propuso la construcción de una armada imperial, siguiendo el modelo británico. Según Mahan, el poderío naval era una precondición necesaria para la expansión económica de los Estados Unidos.

La decisión de tomar Puerto Rico militarmente antes de aceptar la rendición de España, así como la de retenerlo como una colonia clásica, se explican en parte por la importancia militar que se le adscribía. Es también por esta razón que los Estados Unidos no retiran sus tropas de Cuba hasta no arrancarle la base de Guantánamo (mediante la cual controlaría el paso entre La Española y Cuba). Se trata pues de sostenerse con la verdad histórica, no por conveniencia ni politiquerías, sino para sustentar posiciones de respeto.

De lo contrario, seremos cómplices, de esa barbarie que adelantara Vargas Vila de filibusterismo, de desembarco y pillaje y botín. En este año, como sabemos, la barbarie nace togada, presta a aprobar consultas coloniales para asegurar el botín.

 El autor es Catedrático de Historia Universidad Interamericana Recinto de Bayamón

 

 

 

Reflexiones: el PPD, el estatus y las artes de la vacilación en la década de 2000

 

La discusión del estatus en el ámbito estadounidense o federal, como se acostumbra a identificarlo en el país, durante la década de 2000 mostró un giro interesante. El 23 de diciembre de ese año, el presidente Clinton ordenó la creación de un “Comité Interagencial del Congreso” para tratar el asunto. Entre las responsabilidades ‘del grupo estaba el deber de rendir un informe durante los primeros meses del 2001: la impresión de que el nuevo siglo estimular el debate y adelantaría una solución era mucha.

Una digresión me parece necesaria: no era la primera vez que ocurría algo parecido. La Carta Autonómica de 1897 había sido esperanzadora para una parte de la clase política porque podía interpretarse como una emanación de la celebración de la hispanidad representada en las fiestas del cuarto centenario del “descubrimiento”, así como un buen augurio para el siglo por venir. Los juristas nacionalistas de la década de 1930 la interpretaron como un acta de soberanía e independencia y algunos investigadores del 1950, Loida Figueroa Mercado por ejemplo, la apropiaron como el cumplimiento de la promesa de Leyes Especiales incumplida desde 1837. La autonomía de 1897 siempre ha significado mucho, quizá demasiado, para un significado sector del independentismo puertorriqueño, sin duda.[1] Desde mi punto de vista la autonomía de 1897 fue algo más vulgar: una decisión ajustada a la situación precaria de la geopolítica del Reino de España y a la amenaza de los separatistas cubanos y filipinos con el respaldo moral (e interesado) de Estados Unidos.

La candidez progresista de un sector de las elites intelectuales y políticas puertorriqueñas también se manifestó en otros momentos. Cuando la Gran Guerra, luego Primera, asomaba a su fin camino y Estados Unidos intervenía en la conflagración de camino al 1918, la imaginación de la clase criolla independentista confió en que las paces adelantarían la conclusión del coloniaje. Y el fin de la Segunda Guerra Mundial en 1945 fue el mojón del cual se abrazó Muñoz Marín como punto de referencia para pronunciar la promesa de que la independencia estaba al voltear la esquina. En los tres momentos las circunstancias traicionaron el apetito libertario: en 1898 Estados Unidos ocupó el territorio; en 1917 se impuso a los portorriqueños una ciudadanía estadounidense especial que no incluía la incorporación del territorio a la unión y se eliminó la portorriqueña; y desde 1943 el PPD abrazó el lenguaje de las reformas entre el dominio, el self-government y la vieja autonomía administrativa, actitud que allanó en camino hacia la configuración del ELA.

La candidez progresista seguía allí en el 2000 a pesar de todo. El sucesor de Clinton, el presidente republicano George W. Bush, hijo (1946- ), extendió en abril de 2001 el periodo de trabajo del Comité Interagencial hasta el mes de agosto. El sentido de urgencia respecto al estatus de Puerto Rico parecía dominar al ejecutivo federal. No se trataba de que la conciencia anticolonial hubiese comenzado a afectar a demócratas y republicanos. La postura oficial de ese gobierno es que su relación con Puerto Rico no es colonial sino territorial y que, en última instancia, se trata de un asunto doméstico que no es de la competencia de la comunidad internacional. El sentido de urgencia más bien tenía que ver con el giro neoliberal de la economía y el tipo de ajuste que habría que hacer a la relación fiscal entre las partes la cual, en efecto, contradecía numerosos principio reguladores neoliberales. Por eso la empresas 936 iban camino al olvido y las exenciones tributarias a beneficios obtenidos por inversores estadounidenses en el territorio no incorporado serían más difíciles conseguir. Todo eso estaba relacionado con el estatus pero, en realidad, nunca ha sido necesario convertir a Puerto Rico en un estado o admitir su independencia, con tratado de libre asociación o sin él, para asegurar los intereses del capital estadounidense aquí. El hecho de que el Comité Interagencial ya no tenga en su agenda la cuestión del estatus en 2021 cuando el presidente Joseph R. Biden, hijo (1942- ) lo convoca, ratifica lo que llevo dicho. Claro está, el componente de la quiebra de las finanzas del ELA y su deuda impagable combinado con el fin definitivo de la economía liberal de posguerra, permite comprender cualquier inactividad en torno al dilema de estatus hoy.

Algo que no debe pasarse por alto es que los cambios de gobierno tanto en Estados Unidos como en Puerto Rico siempre han afectado la discusión del escabroso tema de las relaciones jurídicas entre ambos países. El estatus es siempre un acápite central en el programa de los partidos políticos más visibles en un orden electoralista, bipartidista y, me permito el neologismo, estatuscéntrico como este. El hecho de que en las elecciones puertorriqueñas la cuestión del estatus fuese en 2000, todavía lo es en alguna medida, una de las municiones más eficaces a la hora de llamar la atención del elector común tiene mucha relevancia. De igual modo, las minorías puertorriqueñas, la llamada “diáspora” en Estados Unidos, una población que supera la que vive en el país, son una tajada apetecible para demócratas y republicanos continentales a la hora del voto estatal que luego puede ser echado al olvido. El puertorriqueño de la diáspora ha sido reducido por la demagogia política electoral estadounidense a la caricatura de un latino alegre y fiel que puede “vivir la estadidad” mejor que otras minorías porque le impusieron la ciudadanía en 1917.

En las elecciones de 2000 el triunfo de Calderón Serra sobre el ingeniero Pesquera parecía certificar que el estatus no estaría en issue por aquellos cuatro años. La moderación de la gobernadora y el hecho de que el tono de la discusión pudiera lesionar la imagen del PPD no era, sin embargo, compartida por todo el liderato de la organización. La presión de Washington condujo en enero de 2001 al comisionado residente Acevedo Vilá a proponer que su organización política adoptara la táctica de la Asamblea Constituyente con el objetivo de enfrentar el centenario dilema estatutario. Detrás de ello estaba la intención expresa de crear un espacio de discusión aséptico capaz de atraer tanto a activistas populares como no populares sobre la base del mito del PPD como “casa grande”, “centro”, “tercera vía” o “frente amplio” abierto para todos, cosa que había dejado de ser desde la década de 1940. Desde mi punto de vista la validez de aquel reclamo se apoyaba en dos premisas.

  • Una tenía que ver con el pasado del PPD porque, después de todo, una Asamblea Constituyente avalada y vigilada por el gobierno de Estados Unidos había servido para construir el ELA entre 1950 y 1952. Presumir que sus reconocidas carencias o “déficit de democracia”, la frase era del teórico moderado Hernández Colón, podían ser superadas por otro ejercicio similar apelaba a la tradición de los populares remisos para los cambios radicales.
  • La otra estaba relacionada con la necesidad política y práctica de atraer las simpatías de los electores o activistas antiestadoístas que no fuesen populares en especial aquellos independentistas amigos del PPD, los denominados “melones”; y a los sectores no afiliados o “flotantes” para quienes las preferencias electorales se apoyaban en consideraciones de la inmediatez. Lo cierto es que un segmento influyente del liderato independentista que había sido testigo del 1952 había respaldado la táctica de la asamblea constituyente. El caso más notable era el del mayagüezano Mari Brás, quien había hecho pública su propuesta en un panfleto publicado en 1986[2].

Los populares soberanistas o libre asociacionistas, siempre ha constituido un reto nombrar a este sector tan pletórico de ambigüedades, obtenían con la asamblea constituyente una propuesta plausible entroncada en el derecho internacional que les permitiría evadir la adopción del lenguaje de la libre asociación que, en general, atemorizaba a los soberanistas más blandos y a los populares conservadores. Para los populares conservadores el sector soberanista representaba una “amenaza interna” que recordaba la vitalidad tanto del “Congreso Pro Independencia” como del “Grupo de los 22”. El historiados cultural de la política tiene ante sí una red de interconexiones que todavía espera ser formulada con propiedad.

Lo cierto es que la idea de negociar un tratado desde la soberanía y en igualdad de condiciones con Estados Unidos nunca ha sido simpática para la mayoría de los populares. La insistencia de los estadoístas y estadolibristas moderados en que ello equivale a una “república asociada” otro concepto ambiguo y torpe, ha penetrado a un pueblo con escasa cultura política y mesurado en extremo que no le gusta poner en riesgo lo poco que le garantiza la relación colonial. Desde un punto de vista histórico, la libre asociación no es muy diferente de la república con protectorado, otro tipo de república asociada, soñada por De Diego Martínez a principios del siglo 20. También es difícil distinguirla o de la independencia en “buenos términos” con Estados Unidos que dominó el discurso de ese sector por lo menos hasta la década de 1930.

La situación del PPD en el 2001 poseía sus peculiaridades. Aquella era una maquinaria desgastada por los años con un discurso cada vez más anacrónico. Su liderato sabía que necesitaba votos de opositores a la estadidad que no fueran populares para volver a ganar las contienda electoral. Los plebiscitos de 1967, 1993 y 1998 habían demostrado que el apoyo del al ELA se había reducido a menos del 50 % durante ese periodo de tiempo. Por lo bajo, debían reconocer que el PPD también había perdido la confianza de las autoridades federales desde el fin de la Guerra Fría.

Dado que no podían contar con los nacionalistas moderados o radicales, los pipiolos socialdemócratas o tradicionales, las izquierdas radicales violentas o no violentas o las emergentes organizaciones no partidistas de la sociedad civil, se vieron precisados a pescar en el río revuelto del independentismo esquivo, desconfiado, pragmático, pesimistas y propenso a la desafiliación que se había ido consolidando tras el fin de la Guerra Fría. La lógica de los tiempos de cambio les decía a los populares más astutos que aquellos sectores estarían más dispuestos a colaborar con el PPD por consideraciones de “realismo político” aunque no fuese posible elaborar una alianza formal con ellos. Lo que ideólogos como Acevedo Vilá buscaban era fortalecer la lucha por obtener más soberanía en el marco de las relaciones existentes, sin que ello resultara inquietante para el popular común que se resistía a todo tipo de cambio. Pero también buscaba quitarle protagonismo a cualquier soberanista exigente que retara su concepción práctica de aquel proyecto.

Los resultados fueron paradójicos. Entre 2001 y 2008, aparte de la discusión esporádica en torno al “método” apropiado para resolver el estatus, no se tocó el tema en ninguna de las dos administraciones populares. Calderón Serra (2001-2005) y Acevedo Vilá (2005-2009) evadieron el asunto a pesar de la presiones desde adentro y afuera del PPD. Las fuerzas que detonarían la crisis que hoy se vive, aunque eran inseparables de la cuestión del estatus, fueron mantenidas en otra parte. El periodo de gracia para que el ELA se ajustara a una situación inédita -subsistir sin el sostén de los depósitos de las empresas 936 y demostrar su pertinencia en la posguerra fría y el neoliberalismo- se agotó. La deuda pública, que había comenzado a acelerarse desde 1993 bajo la administración de Rosselló González quien la dejó en 27.6 billones de dólares, se había duplicado al cabo de la administración de Acevedo Vilá llegando a la suma de 53.8 billones.[3]

La presión a favor de una discusión serena y sistemática del estatus provenía, como era de esperarse, de los populares soberanistas y los defensores francos de la libre asociación. En el seno del PPD los alcaldes soberanistas ganaban presencia e influencia pública. En los márgenes del PPD, el independentismo no afiliado, los “melones” y los “flotantes” que habían colaborado con la causa popular, esperaban una “radicalización” del reclamo de soberanía que no maduraba. Desde la oposición, como era de esperarse, el PNP y el PIP insistían en el más convencional discurso “anticolonial”.

La impresión que me producen aquellos ocho años es que el liderato popular, moderado o no, utilizó la carnada del estatus para ganar adeptos para las elecciones cuidándose de cumplir con el compromiso de resolverlo una vez en el poder. Los sectores moderados del PPD, que defendían la legitimidad del ELA con los argumentos de la “Nueva Tesis” de Hernández Colón, pudieron evitar que se debatiera el estatus mientras estuvieron en el poder. La diferencia era que lo que en 2008 resultaba “económicamente inconveniente” para la relación con Estados Unidos era el ELA y que el dilema no se resolvería a menos que ese régimen fuese revisado radicalmente y, en consecuencia, dejara de ser un ELA. El proverbial callejón sin salida estaba allí ante los populares. Ello explica que la ansiedad por la consulta estatutaria alcanzara proporciones extraordinarias entre estadoístas e independentistas, como había sido lo usual desde 1967.

 

[1] Prueba al canto de ello es el hecho de que el 26 de octubre de 1997, de cara al centenario del 1898, se celebró una conmemoración de la Carta Autonómica en San Germán. El acto lo auspiciaba el Círculo de Recreo de la ciudad y la Fundación Puertorriqueña de las Humanidades. El promotor del acto, el sociólogo Juan Hernández Cruz (1938- ) identificado con el independentismo, esperaba contrarrestar los posibles excesos de una recordación oficial edulcorada del 1898. Lo recuerdo porque fui uno de los panelistas con una discusión en torno a la “ideologización” y “tergiversación” del 1897. Véase Juan Hernández Cruz, editor (1998) Centenario de la Carta Autonómica (1897-1997). San Germán: Círculo de Recreo / Fundación Puertorriqueña de las Humanidades / Academia Puertorriqueña de la Historia.

[2] Juan Mari Bras (1986) La Asamblea Constituyente. El destranque del tranque político puertorriqueño. San Juan: Informática Caribeña.

[3] Recomiendo a los interesados el archive Marc D. Joffe y Jesse Martínez (2016) “El origen de la crisis fiscal de Puerto Rico”. Arlington: Mercatus Center, George Mason University. Traducción Mariola Montequín.

Poemas de e.s. ortiz-gonzález

Lo que destruye

pervive en lo más

profundo,

más allá

de lo que duela

o respire.

Se parece al cansancio.

Es más.

Lo que destruye

agota todo acopio

de fuerza,

provoca una apertura total

hacia lo precario.

Hacia una desnudez

no prevista.

Lo que destruye

es eso que acaba

con la voluntad.

Jamás habrás de escuchar

queja alguna.

Jardín secreto.

Ausente de flores.

— Hiroshi Akatagawa

El mundo es una embajada

de palomas y tigres

aparte, el ruiseñor.

En su vuelo está el origen,

y la apertura entre reinos.

Cuando hunde el pico

en la fuente lo hace tal y como

las vestales consultan

el oráculo,

y con ojo poseso

dan a conocer el presagio.

Toda vez que un ruiseñor

se acerca a la fuente

me quedo quieto, y cuando

ya convencido apuesto que al fin

la muerte hace presencia

en sus alas,

de un salto levanta vuelo.

Queda el agua esparciendo

mi rostro

en ondas concéntricas.

El canto que escucho

es el de la renuncia.

Exigen respuestas al secretario de Recursos Naturales

Enmiendas al Reglamento para el Manejo de los residuos de combustión de carbón, que endose el PS 131 y el PC 430 que buscan adelantar la prohibición de la quema de carbón para generar energía; entregue la contabilidad de las cuentas de los fondos de reciclaje de Baterías, Neumáticos y Aceite de motor, y publique cuántos deslindes de Zona Marítimo Terrestre se han solicitado y aprobado desde el año 2019, fueron algunos de los temas de la larga lista que organizaciones comunitarias, y ambientales le exigieron al secretario del Departamento de Recursos Naturales y Ambientales (DRNA) Rafael Machargo Maldonado, tome una acción pro activa en favor del ambiente y los recursos naturales.

Ya hacia un mes que activistas de diversas organizaciones acudieron a la cede del DRNA para entregar al secretario un documento que contenía una serie de exigencias sobre diversos temas ambientales. El grupo le había dado hasta este 30 de julio al secretario Machargo Maldonado para entregar sus respuestas. Este lunes dos de agosto los activistas regresaron a la cede del DRNA para exigir respuestas y lograron llegar hasta las puertas de las oficinas del Secretario del DRNA, en el piso 9 del edificio que alberga la agencia ambiental, las cuales se mantuvieron cerradas y no fueron atendidos inicialmente. Ante tal acción, los manifestantes comenzaron a cantar consignas.

Más tarde, efectivos de la Policía cerraron la entrada a las personas en el vestíbulo del edificio y llegaron a las oficinas de Machargo, quien según les informaron no se encontraba en el lugar. Luego de un tiempo de espera tres líderes del grupo- Vanessa Uriarte Centeno de Amigos del Mar, Victor Alvarado Guzmán de Diálogo Ambiental y Juan Camacho de Toabajeños en Defensa del Ambiente, fueron atendidos por la sub secretaria del DRNA, Cynthia Rivera Morales, quién según les informó desconocía sobre la información de los reclamos entregados el 7 de julio en la agencia.

Ademas de los reclamos ya mencionados también está el establecimiento de una moratoria de construcción en las costas y la aprobación de una Ley de Costas, para evitar situaciones como las que han ocurrido en los últimos años en Playuela (Aguadilla), Jauca (Santa Isabel) y la Playa Los Almendros (Rincón) y la protección y acceso del agua limpia como derecho humano y el trato justo de los animales no humanos.

En este último asunto las organizaciones le han exigido a Machargo el cierre del Zoológico de Mayagüez, reformar el proyecto de canalización para mitigación de inundaciones para el Río Piedras, y la eliminación de la “sombrilla” del DRNA, la cual absorbió funciones de varias agencias como la Junta de Calidad Ambiental y la Autoridad de Desperdicios Sólidos (ADS).

En tanto el grupo informó que la sub secretaria Rivera Morales se comprometió en comunicarse el próximo jueves o viernes con los líderes ambientales, para tener una respuesta sobre los reclamos exigidos a Machargo.

Las organizaciones reconocieron que hay otros frentes de lucha a través del país, que no se están atendiendo de manera adecuada por la agencia, por lo que se han unido al requerimiento, cada vez más amplio, de que Machargo Maldonado renuncie y que se investigue los turbios manejos de la otorgación de permisos en la Oficina de Gerencias de Permisos (OGP).

Además, convocaron a una manifestación este viernes 6 de agosto, a las nueve de la mañana frente al DRNA, para continuar uniendo las luchas ambientales y en apoyo a las actividades realizadas en la Playa Los Almendros en Rincón, ante la celebración ese día de una vista administrativa sobre la polémica construcción de la piscina en la zona costera rincoeña.