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La Goyco

 

Juan Otero Garabís

“Si el Papa no quiere losán, el Papa no cree en Eribó”

Justi Barreto

“Soy de allí, de los que sobrevivieron”

Rubén Blades

Allí nos reunimos, pocos días después de María, para iniciar una parranda plenera de supervivencia con la que deseábamos alegrar un poco nuestra sacudida comunidad de Cangrejos abajo. No, no fue allí exactamente: fue en la esquina Loíza y Las Palmas. La Goyco estaba cerrada desde el 2015.

Pero no por mucho tiempo, pues la devastación causada por la huracana María nos animó a rescatar la Escuela Pedro G. Goyco en la Calle Loíza para que fuera centro de resiliencia comunitaria en vez de nido de sabandijas. Con mucho entusiasmo vecines y comerciantes nos dimos la mano para limpiar escombros, pasar manguera y habilitar baños y el comedor. El entusiasmo fue contagioso y muy pronto vecines aledaños, organizaciones sin fines de lucro y hasta turistas se sumaron a las tareas que algunos sábados del mes realizábamos, ganándole terreno a escombros, mugre, polilla y comején. Gracias al Programa del Estuario de la Bahía de San Juan el antiguo comedor se habilitó con luz solar, nevera y estufa de gas accesible para la comunidad en situaciones de emergencia. Gracias a Optico Fiber hoy también tenemos conexión a internet.

Antes de María, ya la comunidad había comenzado a reunirse frente a la Goyco, sin luz, cada cual con su silla, y en su patio frontal comenzaron las conversaciones sobre qué hacer con una escuela cerrada en medio de la Calle Loíza, en Santurce. Poco antes de su cierre, con la colaboración del entonces director de la Escuela, estudiantes y vecinos pintaron un mural para la primera de las tres Fiestas de la Calle Loíza. Después de María, con la escuela ya cerrada,pintamos un mural —diseñado por Yolanda Velázquez y Lío Villahermosa—con el lema “En la Loíza vive gente”. Mensaje con el que recibíamos a nuestros visitantes y nuevos vecines con el ideal de mantener un ambiente de convivencia y respeto. Mensaje de una comunidad legendaria; fundada por afrodescendientes sobre las tierras arenosas de la ciénaga y el manglar. De una comunidad hoy social, racial y étnicamente diversa, pero mayormente de trabajadores y trabajadoras, muchos ya jubilados. Comunidad que en gran parte se forjó casa a casa, o ladrillo a ladrillo como Maelo construyó la de Doña Margot; comunidad con vecinos y vecinas organizados para defender su litoral. Con mujeres activistas y emprendedoras como Jenny, Iliana, Johanna, Cristina, Puchi y Mariana, líderes de nuestra comunidad.

Tras las huracanas Irma y María y para un país en quiebra y sediento de inversionistas, la Calle y el sector lucían como paraíso de oportunidades para pequeñas empresas, las que inicialmente ocuparon locales vacíos y poco a poco han ido empujando a residentes y antiguos negocios. Negocios que prestaban servicio a la comunidad han sido y son desplazados a manos de especuladores y negociantes que quieren lucrarse sirviendo a turistas locales y extranjeros. Que dejan la basura, agravan el alcantarillado y se llevan las ganancias a sus palacetes en otros lares. En el 2018 el Gobierno sin consultar a ningún residente la declaró Centro Gastronómico y Cultural (Ley 275 2018), sin contemplar si había infraestructura para tamaño título ni aprobar planes ni presupuesto al respecto.

Sin embargo, si bien estas medidas han favorecido a estos nuevos corsarios que comercian con la zona; quienes parecen beneficiarse más son las barras que tras las huracanas asedian el barrio. Algunas ocultas tras permisos de comida o de café teatro atraen a visitantes que se estacionan indiscriminadamente frente a las residencias y hacen frente a nuestras casas cosas que en las suyas no harían. La tranquilidad de la vecindad está amenazada por fiestas que enriquecen a los piratas de turno con sus tráficos divertidos y liberales. Y por las especulaciones de esos turistas invitados por las leyes 20 y 21 se ha inflado el valor de la propiedad, se ha inundado la zona con alquileres turísticos y se ha puesto en competencia desleal a inversionistas o familias locales que no gozan de las excepciones contributivas ni les fluye tanto efectivo por sus manos para establecer hogares en la zona.

Mientras tanto continuamos rescatando La Goyco. El Municipio estableció allí un almacén de materiales para emergencia y otros utensilios y cedió un salón a Operation Blessing, organización que realizaba esfuerzos de purificación de agua post María; puso vigilancia y posteriormente reinstaló la luz y el agua. Pero fuimos les residentes con la ayuda de algunos de los comerciantes quienes nos unimos para convertir La Goyco en un centro cultural comunitario. Sueño que veíamos crecer al limpiar salones, arreglar baños y comenzar un huerto; con cada Feria comunitaria, en las que se provee servicios de salud gratuitos, gracias a la Asociación de Médicos y Enfermeras, venta y distribución de productos agrícolas, ferias de libros, presentaciones cirquenses, entre otras actividades. Actualmente también se ofrecen consultas de psicoanálisis gratuitas, gracias a la Clínica Psicoanalítica Comunitaria, dirigida por la doctora María Victoria García. Servicios generados por vecinas y vecinos que de un modo u otro hacen o buscan en La Goyco un espacio donde crecer o al menos resistir las embestiduras económicas y sociales de un país en quiebra y con ayudas federales retrasadas hasta la impaciencia.

Los proyectos seguían corriendo y decidimos organizarnos como Taller Comunidad La Goyco (https://www.lagoyco.org/) para contar con una entidad para los procesos burocráticos y tener una personalidad con la cual negociar con las autoridades gubernamentales. El Museo de Arte Contemporáneo (MAC), bajo su programa MAC en el Barrio fue quien primero reconoció las posibilidades comunitarias y artísticas del espacio y Yolanda Velázquez —nuestra artista residente— en julio 2019 montó su taller La Ciénaga y su exposición en La Goyco como parte del Mac en el Barrio. Ese diciembre, Héctor Tito Matos curó la exposición fotográfica y musical el Paseo de la Plena Cangrejera: un recorrido que junta las biografías de los baluartes de nuestra música con la historia de Santurce y de la Calle Loíza. Inicialmente el paseo terminaba frente a lo que fue La Junta, negocio de plenazos domingueros. Exposición y Paseo hoy localizados en La Goyco con una parada adicional en La Casa de la Plena. Pues en la Loíza también la plena vive y hoy tiene su Casa en La Goyco: rincón de memoria y creación, forjada a pulmón y galillo por Tito Matos, gracias a muchos auspicios y donativos. Donde el tercer sábado de mes concluye el Paseo de la Plena con Tito y “tos los pleneros —y pleneras— que hacen una tarima en cualquier esquina”, como reza el mural de Gustavo Castrodad a la entrada de la Casa de la Plena. Mientras más vengan, más la máquina se enciende y el barrio entonces suena como sonara cuando La Goyco era la escuela de Maelo.

En octubre pasado, la alcaldesa de San Juan nos la traspasó oficialmente tras tres años de ocupación por la comunidad. Durante este periodo hemos servido para la recuperación tras los huracanes, los apagones, los terremotos y durante la pandemia. La cuarentena no impidió que continuáramos prestando servicios: repartimos alimentos e hicimos pruebas y vacunaciones covid-19; por iniciativa de la fotógrafa Laura Magruder se colocó un cartel exhortando el uso de la mascarilla; ofrecimos consultas sicológicas de forma virtual, clases de yoga, talleres de bomba y de plena a distancia; continuó el jazz los domingos, luego se ‘reabrió’ el cine al aire libre —que gracias a Michelle Malley y Cinema Paradiso se exhibe todos los meses— y comenzó “Pan de Libros”, conversatorio semanal sobre literatura y cultura con les profesores Juan Otero y Lydia Platón. Las plataformas sociales nos sirvieron de vehículo para continuar abriendo estos espacios para la comunidad, algunos gracias a aportaciones de Hispanic Federation, Miranda Foundation, Fundación Flamboyán y la Jazz Foundation, entre otras entidades no gubernamentales. Y como si fuera poco, orgullosas de nuestras tradiciones, en mayo celebramos las Fiestas de Cruz: fiestas de pueblo que en la Calle Calma organizaba Ivelisse Rivera.

Tomar posesión del edificio nos responsabiliza de su mantenimiento, además de continuar enriqueciendo nuestra oferta social, cultural y comunitaria. Para ello rentamos espacios a pequeñas empresas con intereses afines a nuestro lema de convivencia, respeto y solidaridad. De este modo y junto a las aportaciones de nuestros visitantes podemos dedicarnos al fortalecimiento de la comunidad con más servicios, pero sobre todo con un espacio diferente para su disfrute. Por ello se ha reservado el primer piso para co-trabajo y co-creación de arte, música, danza y teatro y de servicios de salud. Nuestro huerto —iniciativa de Ricardo Burgos y el Estuario, motorizado por Cristina Sesto y con la ayuda del Departamento de la Comida— ya nutre a la comunidad con albahaca, recao, orégano, tomate, berenjena y mostaza. El antiguo comedor escolar es centro resiliente y salón de reuniones y actividades; semanalmente se ofrece a precio módico talleres de plena, de baile de bomba, de movimiento y clases de yoga. Los primeros en la Sala de Música y los segundos en el Salón de Teatro y Danza donado por la PRAI de Northwestern University y Mellon Foundation; instituciones que también auspician residencias para artistas en el espacio. Actualmente, gracias al diseño y las manos de José Luis Gutiérrez, del Laboratorio Comején, estamos habilitando nuestra Sala de Lectura, todo con el trabajo voluntario de vecinos y vecinas, y en la colindancia con la librería La Esquina. La Sala es la sede del Comité de Educación y aspira a ser centro de intercambios literarios, lecturas de libros infantiles y de poesía y proveedora de servicios educativos a adultos y adolescentes. Música, cine, danza, teatro, literatura y educación: en La Goyco la cultura vive.

Muchos quisiéramos que La Goyco continuara siendo una escuela. Allí se educó el barrio y el aula es parte de la memoria colectiva de generaciones de cangrejeros y cangrejeras. A muchos les hemos visto sonrientes al regresar y verla viva, con las banderas de Puerto Rico y de Santurce recibiéndoles en la entrada. Ese sueño no ha muerto y de cierto modo renace con el quehacer del grupo de trabajo y la comunidad. Sí, porque hoy sus pasillos albergan otro tipo de educación auto gestada e improvisada cada vez que nos reunimos para decidir nuestros planes de trabajo, redactar propuestas para fondos, diseñar programación, trabajar en el huerto, en la composta, lavar baños y pasillos. Aprendemos a reciclar responsablemente el plástico, el cartón, el cristal, el aceite y los desperdicios orgánicos. Aprendemos tanto con los talleres de arte y de reúso de materiales como en la interacción diaria de los que la habitamos y hacemos de ella un espacio público en medio del desenfrenado impulso económico y privado de la zona.

Porque sí, hay quien quisiera ver un hotel o un centro comercial donde hoy construimos el Taller Comunidad La Goyco. Inversionistas extranjeros se pasean por la calle y confieso que veo signos de cryptonita en sus pupilas. Lo que fue y todavía es un resuelve económico de unos, se ha convertido en una inversión de capital desenfrenada e injusta que amenaza con destruir el barrio. San Mateo de Cangrejos fue el único pueblo fundado por africanos libres en Puerto Rico. Sus forjadores y forjadoras fueron quienes “junto al borincano” defendieron la isla —y su litoral— frente a la invasión inglesa de 1797, según recuerda Tite Curet y probablemente muchos de los Cortijos, Cepedas y Riveras que han vivido en la zona. Todavía falta mucho por reconstruir de la historia de Santurce y sus barrios. Historia que continúa escribiéndose: historia de relaciones, comercios, migraciones, evasiones; en fin, de relaciones vecinales entre sí y con los ímpetus capitalinos y capitalistas.

Sé que suena romántico mi entusiasmo, pero sé que no somos únicos ni estamos solas. Esfuerzos similares se dan en otras partes como en Piñones, donde se formó el Centro Comunitario Emiliano Figueroa Torres, y les vecines de San Antón, Saint Just y el Residencial los Mirtos en Carolina desarrollan un proyecto innovador para la escuela Carlos Conde Marín, cerrada en el 2017. Estos son solo dos ejemplos más de muchos otros proyectos colectivos que persiguen el desarrollo comunitario y el derecho a la ciudad y al uso de los espacios públicos, sobre la base de la auto gestión, el respeto y la solidaridad. Esfuerzos transformadores de espacios y mentalidades que nos enseñan que podemos mejorar entre todes nuestra condición de vida. Comunidades organizadas que, sin embargo, tienen que competir por los mismos fondos gubernamentales y de organizaciones no gubernamentales.

A unas cuadras de La Goyco están el Centro Gubernamental de Minillas y el Centro de Bellas Artes, cuyas construcciones desplazaron a los vecinos de la Parada 21 y calles aledañas. Cerca de la 21 está la Escuela Superior Central —donde Maelo y Cortijo se conocieron—, pero sus toques de bomba fueron la escuela musical del dúo que puso la herencia africana a vibrar por toda la isla. En su memoria, Los Pleneros de la 21 —otros cangrejeros— en Nueva York continúan cultivando y desarrollando nuestros ritmos afroboricuas. Acá, en Cangrejos abajo está La Goyco, taller de una comunidad que se aferra a su mangle y sus palmares: resistiendo al embate del trópico, de bucaneros y piratas. Escuela que nos enseña que la historia no está escrita en piedra ni se escribe exclusivamente en las academias; sino que día a día se vive, se labra, se canta y cada granito cuenta.

Visto desde la comodidad del trópico puede que el proyecto parezca muy grande y seguramente hay quien apuesta a nuestro fracaso. Visto desde dentro de la olla, donde se cuece el caldo, también parece inmenso, pero eso solo nos anima a continuar. Nos anima también ver la vertiginosa transformación del espacio en menos de un año de ser oficialmente dueños de La Goyco. El aula vacía de años atrás está llena de actividades y sueños y, a pesar de la pandemia, se han ampliado los servicios y la tarima Nilita Vientós Gastón ha sido escenario del mejor jazz y las mejores películas de la temporada. Nos anima también vernos crecer como grupo de trabajo: nutrirnos mutuamente, equivocarnos y soportarnos, pero sobre todo al compartir esfuerzos y alegrías. Sí, puede que nos quede grande el proyecto como a otros les queda grande el país. Se nos hará más liviano y quizás también te contagie si nos das la mano.

 

La revolución de las apetencias. Conversación con Melanie Pérez Ortiz

 

En Rojo

Melanie Pérez Ortiz hace muchas cosas. Bueno, algunas no hay por qué contarlas pero se puede decir que obtuvo un doctorado en literatura Hispanoamericana de la Universidad de Stanford en California. Es catedrática en el Departamento de Estudios Hispánicos de la Universidad de Puerto Rico. En esa institución asediada por el neoliberalismo colaboró en la creación del área de Escritura Creativa para el Programa en Estudios Interdisciplinarios de la Facultad de Humanidades. Ha participado como co animadora y productora en par de programas de Radio Universidad. También colaboreo con la producción del Festival de la Palabra que organiza el Salón Literario Libroamérica y como productora ejecutiva del Congreso de Ciencia Ficción del Caribe. Ha viajado por el mundo dando conferencias. Una vez la encontré en New Orleans desayunando mientras unos músicos de jazz que fueron famosos durante la Segunda Guerra Mundial tocaban sus últimas piezas para irse a dormir pues ya era media mañana. Además ha escrito varios libros.

Hace poco más de una década (2008) se publicó Palabras encontradas. Antología personal de escritores puertorriqueños de los últimos veinte años (conversaciones). Melanie conversó con los escritores y las escritoras que formaban un grupo heterogéneo desde los años ’80 y con algunos de los precursores. Mayra Santos, Rafael Acevedo, José «Pepe» Liboy, Eduardo Lalo, Áravind Adyanthaya, Urayoán Noel, Noel Luna, Pedro Cabiya, Juan López Bauzá, Che Melendes, fueron algunos de los convocados. Ese libro, que recuerde, fue el primero que se ocupó de los encuentros, desencuentros, diálogos y silencios de quienes comenzaron a publicar en esos años y que ya en la primera década del siglo XXI tenían una obra bastante amplia.

Acaba de publicarse La revolución de las apetencias. El tráfico de muertos en la literatura puertorriqueña contemporánea. Decidí entonces conversar con Melanie.

ER- Hola, Melanie.

Más que preguntas te envío temas de conversación.  Es decir, termino de leer el libro por segunda vez y me pregunto si ese necrofilia literaria que nos domina desde el siglo XIX no será parte de una teoría y práctica del poder que se ha instrumentalizado e institucionalizado de modo que hacemos literatura “así” porque el poder nos conduce, nos hace practicar esa conducta. No es que no te refieras a ello. Es que quisiera seguir dándole a ese tema.

Por otro lado, entre las muchas cosas que agradezco de este libro y el anterior, Palabras encontradas, es la atención a escritores contemporáneos -tuyos- porque es una constatación de que la cultura es un proceso dinámico, cosa que parecen olvidar los relativamente escasos críticos literarios. No es lo que ocurre con los lectores, pero esos son otros 20 pesos. Por otro lado, y no pretendo hacer una lista, me gusta mucho que la atención se dirige a la narrativa y a la poesía con igual intención y tensión crítica.

Vuelo al inicio: creo que tu libro es ejemplo de un análisis crítico de la literatura que señala de alguna manera la pertinencia de la biopolítica en nuestra cultura. Aunque hay referencias al cuerpo individual en algunos textos que analizas, ves en ello una regulación del cuerpo político -la población-. No sé si estoy haciendo una lectura exagerada, ¿qué crees? Habría que hacer una distinción, claro, porque la necropolítica es una política de la muerte y la biopolítica es una administración de la vida. Una no está separada de la otra en la práctica.

En fin, yo solo quiero agradecerte el libro. Es un artefacto total, completo, generador de ideas, hace preguntas y respuestas. Entonces, quiero escribir una nota pero me interesa que tú me hables de cómo fue el proceso de escribirlo, qué lo indujo, que lo trató de impedir, que le permitió fluir, cómo se puede escribir-investigar mientras se trabaja en una academia que te exige labor en exceso,. ¿Por qué? ¿Por qué escribiste este libro?

MELANIE- Gracias, Rafa, por tus preguntas y la posibilidad de conversar, porque entiendo mi trabajo de producción de conocimiento, de mentoría, la cátedra, todo como distintas variantes de la conversación pública. Solo a partir de escucharnos, valorarnos y, además, confrontar los límites de las ideas propias y las de otres es que podemos crecer como comunidad. A ello apuesto todos los días. 

Quiero comenzar por responder a las preguntas que aparecían al final de la invitación a reflexionar que me enviaste: 

 En fin…yo solo quiero agradecerte el libro. Es un artefacto total, completo, generador de ideas, hace preguntas y ofrece respuestas. Entonces, quiero escribir una nota pero me interesa que tú me hables de cómo fue el proceso de escribirlo, qué lo indujo, que lo trató de impedir, que le permitió fluir, cómo se puede escribir-investigar mientras se trabaja en una academia que te exige labor en exceso,. ¿Por qué? ¿Por qué escribiste este libro?

Primero, gracias por esa caracterización de mi libro. Me honras. Respeto mucho tu criterio. Me conmuevo, sobre todo, porque el libro es la suma de años de trabajo. Sobre tu último porqué, te cuento. Cuando llego a Puerto Rico de mis estudios graduados en el año 2000–fui de las últimas camadas de profesores que se contrataron a partir de una convocatoria abierta–venía con un proyecto de investigación sobre el Siglo XIX en Puerto Rico. Escribiría sobre cómo se pasa de la cultura oral a la letrada y cómo la esfera pública incluye y excluye, aunque habermasiana al fin, de ella rescato la idea de que hablando es que nos ponemos de acuerdo. Ese libro todavía lo voy a escribir. Tan pronto pueda acceder a la colección puertorriqueña. Me detuvo la primera constatación de que cuando los expertos hablaban de literatura puertorriqueña actual siempre se referían al grupo que se terminó por llamar «la generación del setenta». Se trata de Luis Rafael Sánchez, Edgardo Rodríguez Juliá, Ana Lydia Vega, Carmen Lugo Filippi, Magali García Ramis, Edgardo Sanabria Santaliz… Son sobre todo narradores. Te confieso que la lectura de esos autores fue lo que me hizo estudiar literatura y en mi tesis doctoral analizo con detenimiento el trabajo de Edgardo Rodríguez Juliá y Ana Lydia Vega.

Sin embargo, ya en el 2000 me parecía que estaba claro que había otra gente que ya no era tan joven (éramos treintones tirando pa los cuarenta algunos) y que llevaba tiempo escribiendo, pero de ellos no se había dicho prácticamente nada. Me pareció sencillo investigar a partir de conversaciones y ello condujo al libro de entrevistas que terminó por publicarse en 2008 por Callejón. Pero ese libro era una investigación inicial. Había apenas encontrado las coordenadas por las cuales me parecía que se podía empezar a explicar las inquietudes propias de este nuevo momento histórico porque, en realidad, me parecía que lo que se llamó la «crítica posmoderna» explicaba el momento a partir de una proyección de inquietudes propias, visto que los críticos que la producían en Puerto Rico vivieron el mundo polarizado de la guerra fría en su juventud.

Yo había leído a los franceses, hijos del 68, sobre todo (Faucault, Derridá, Baudrillard) y me parecía que no bastaba hablar de errancia y de la convivencia con la contradicción para entender el momento desde la perspectiva de ese grupo posterior que llamé «la generación inquieta». Sobre todo porque mucha de esa crítica quería superar el «discurso nacional» por patriarcal y burgués pero, me preguntaba yo, después de matar al Padre, así, en términos de Lacan, al que me puse a leer bien a partir de ese momento (de hecho mi apropiación «irresponsable» del psicoanálisis es lo que más pudor me da en el libro y lo digo claramente), después de matarlo, qué queda… Y me sonrío mientras escribo esto porque es el título de un poema tuyo muy temprano que cito en Palabras encontradas, que es el título que le dí a mi libro de entrevistas. Me acordaba de la aversión a las nostalgias en esa época, en diálogo con la cátedra de quien fuera mi profesora de literatura caribeña durante el doctorado, Sylvia Wynter, quien decía que el ser humano no existe sin cultura, fuera de la cultura y la cultura es una narrativa que impone tareas e impone límites a la comunidad. También lógicamente se puede inferir que no toda cultura es patriarcal.

A partir de allí, pensé, que la característica fantástica en mucha de la escritura de fines de milenio estaba hablando en lenguaje mitológico, porque se trataba de una exploración del lenguaje para encontrar las narrativas que darían sentido a la vida común en el futuro. Me parece que mucho de ese discurso filosófico llamado posmoderno valoraba en exceso lo individual, el goce privado. Últimamente estoy pensando en el goce compartido que es práctica diaria en el Caribe y al que Chuco Quintero ha dedicado más de un libro. Quiero ver si logro ponerlo a dialogar con las teorías del psicoanálisis que me parece que supera, pero esa curiosidad en este punto es todavía semillita para mí. Retomando el hilo, este libro que habría hecho en uno o dos años para regresar al siglo XIX, me consumió una década. 

Me detuvo el pensamiento mismo. Fue un proceso lento porque estaba construyendo una manera de mirar que no tenía precedentes claros para mí. Creo que las generaciones más jóvenes que yo no ven la dificultad que supuso pensarse fuera de las dicotomías para llegar al lugar plural que construyen a diario con prácticas diversas, pero a finales de los noventa, principios del dos mil, era difícil imaginar lo común fuera de los clichés que estaban más claramente desprestigiados que los clichés del capitalismo. Ello me condujo a repasar lecturas viejas, adquirir mayor soltura con ciertos aparatos críticos, leer con voracidad lo nuevo, que era el corpus que quería analizar. Me detuvo la vida, que se puso complicada para todes, puesto que los años previos a la crisis ya eran difíciles en el ámbito universitario que desde mi punto de vista estaba muy acomodado en un lugar tan precario que se ponía a sí misma sin darse cuenta en riesgo de desaparecer pronto. 

Habría sido mejor no tener razón sobre esto. La Universidad aguantó el primer tercio de este nuevo milenio y no estoy segura de que resista el golpe. Y es que un cambio de época necesita un cambio en las instituciones y al valorar lo individual sobre lo común se pierde el sentido mismo de la Universidad. Hoy en día hay universidades de gypson board (en la Piñero arriba) y de no sé qué más chupándose los fondos Pell y los clientes pasan por ellas pensando que obtuvieron un grado universitario, cuando lo más importante que se adquiere en ese medio es la capacidad de pensar. Todo esto lo veía desde otro lugar privilegiado, además de la universidad, que es la plaza, la permanencia luego de un tiempo. Más allá de ello, quien habla con un lenguaje distinto muchas veces se confunde con el loco y a los locos se los trata con condescendencia. Para lograr pensar en un contexto donde otros escuchan balbuceos, hay que tener el norte claro y mi norte era producir un libro que dijera algo nuevo. Espero haberlo logrado. 

El libro fue fluyendo, entonces, a empujones de terquedad en medio del caos que fue criar un niño sola y perder muchas comunidades en el camino por razones que no vienen al caso. Cuando une está pensando una idea, de repente todo lo que hace se vuelve parte de ese proyecto mayor. Así, ofrecí cursos de literatura policial, de literatura gótica, de literatura puertorriqueña contemporánea. La conversación con les estudiantes me enriqueció mucho. Siempre apoyo a les estudiantes, por ellos nos salvan todos los días.

> Más que preguntas te envío temas de conversación.  Es decir, termino de leer el libro por segunda vez y me pregunto si ese necrofilia literaria que nos domina desde el siglo XIX no serán parte de una teoría y práctica del poder que se ha instrumentalizado e institucionalizado de modo que hacemos literatura “así” porque el poder nos conduce, nos hace practicar esa conducta. No es que no te refieras a ello. Es que quisiera seguir dándole a ese tema.

Me estás preguntando por el sentido de la muerte y les muertes en la literatura puertorriqueña desde sus inicios. Mira, yo cambié el título del libro varias veces. Se nota porque el libro tiene dos títulos y en mi mente sigo cambiando la segunda parte. Pienso que debería ser: «Comerse un muerto». Esto porque sí; el Caribe ha sido laboratorio del capitalismo mundial desde que se lo insertó violentamente en los procesos modernizantes del planeta.  Se titula La revolución de las apetencias porque quería mantener la idea de revolución para describir una literatura que surge justo en el momento en que se proclama que la revolución está muerta. Contrario a lo que han escrito muchos, no se trata de literatura apolítica. Mi adiestramiento foucaltdiano me previene: no existe nada fuera de la política. Lo que sucede hoy en día es más bien que lo que mueve el deseo, lo que apetece, es distinto. Ya no es construir una sociedad patriarcal utópica. Es más bien construir una hermandad, muchas hermandades que… A ver… que honren violencias pasadas y sí, superen al padre en el sentido de un discurso único que nos jerarquiza.  Porque el capitalismo es necrófilo, como bien dices. Mucha de su estabilidad la construye a partir de sacrificios que se vuelven sagrados y lo que se sacrifica siempre es al otro, la otra, quien no cuenta como persona en la narrativa que se construyó para imponer un orden. Entonces, sostengo que las violencias pasadas no se pueden pasar por alto porque acosan el presente como fantasmas. Así, los muertos a que me refiero son nuestros ancestros que exigen que se cuenten las historias de violencia de su momento histórico. No solo eso. Nosotres mismes somos muertes vives. En el sentido de que nos están engordando como lechón de navidad desde la colonización, el cambio de imperio, el ELA, y ahora la Junta. El punto aquí es que ya estamos muertos para la narrativa con la que libremente y alegremente muchas veces cooperamos. Es absurdo porque basta alzar la vista y mirar el cielo, bañarse en el mar, bañarse en un río, meterse debajo de una cascada, comer verduras con bacalao para darse cuenta que este país sin esos aparatos (económicos, políticos, sociales) es pura vida.

Por otro lado, entre las muchas cosas que agradezco de este libro y el anterior, “Palabras encontradas”, es la atención a escritores contemporáneos -tuyos- porque es una constatación de que la cultura es un proceso dinámico, cosa que parecen olvidar los relativamente escasos críticos literarios. No es lo que ocurre con los lectores, pero esos son otros 20 pesos. Por otro lado, y no pretendo hacer una lista, me gusta mucho que la atención se dirige a la narrativa y a la poesía con igual intención y tensión crítica.

Aprendí mucho haciendo este libro. Hace veinte años me costaba leer poesía más allá de reconocer el movimiento literario: esto es un poema barroco, neoclásico, romántico, modernista, de vanguardia. Luego la vanguardia rompió con todas las reglas y hoy en día pues cada poeta inventa su modo de poetizar. Quiero decir que no entendía bien la diferencia entre un buen poema y otro mediocre, más allá de creer y repetir lo que la crítica pasada había establecido. Pero sucede que, como se trata de un momento en el cual la literatura en general está buscando su lenguaje, hay que prestarle atención a la poesía porque ese es su trabajo, precisamente. Encontrar lenguaje, modos de expresar una realidad que no ha sido nombrada. Por ello, pensé, si se quiere entender la negociación que se está dando en la escritura para describir el mundo que necesitamos para no morir, pues hay que comenzar con la poesía. Y leí mucha poesía. Espero haber demostrado en el libro que hay un proceso de diálogo, intercambio, préstamos, colaboración entre el mundo de la poesía y el de la narrativa. Por ejemplo, normalmente nos acordamos de la generación del setenta en la narrativa, pero la poesía hizo mucho trabajo que permitía ver críticamente el momento histórico desde Guajana  y Ventana. Sinceramente, eso lo aprendí entrevistándolos a ustedes: A Mayra Santos, a tí, a Noel Luna… Yo creo que te habrás dado cuenta, Rafa, que soy medio lentita. Yo pienso lentamente. Escucho bien, creo, y trato siempre de no juzgar. Yo parto  para la vida de la idea roussauniana de que todo el mundo es bueno. Si difiero de alguien en mi mente, más que ponerme a discutir, presumo que no nos estamos entendiendo, que yo no estoy en los zapatos de esa otra persona, que lo que expresa tiene que tener su contexto. Pues, así, no solo para el libro sino sucesivamente en dos distintos programas de radio que conduje y produje, en los congresos que analizan y nos presentan con las prácticas de la ciencia ficción y la literatura fantástica en el Caribe, en conversaciones con amistades, me fui dando cuenta de que mucho de lo más importante del trabajo de pensar el presente se lleva cabo en la poesía. Fue una decisión tardía la de terminar cada capítulo refiriéndome a una poeta. De momento ví el libro como iba y la gente con quienes estaba teniendo las conversaciones más importantes para mí y eran todes poetas. Tenía que cerrar cada capítulo aludiendo al trabajo de une de elles. Y hay capítulos que analizan poesía en unidades completas. No podía creer cuando me puse pa eso, que NADIE hubiera dicho nada del trabajo que lleva haciendo el Che Meléndez por tantos años. Sobre Ángela María Dávila, Iván Silén, por ejemplo, se ha dicho muy poco. Es un área ciega de nuestro mapa literario que hay que seguir trabajando. Fíjate que los capítulos trabajan temas, formas de mirar, de poetizar. Es por ello que no se trata de una historia literaria ni nada que se le parezca. Es, como dices, una caja de herramientas para seguir pensando. Apuesto a ese libro como un sembradío de semillas que espero que nazcan. Esas semillas son miradas, recortes, temas…

 Vuelo al inicio: creo que tu libro es un ejemplo paradigmático de un análisis crítico de la literatura que señala de alguna manera la pertinencia de la biopolítica en nuestra cultura. Aunque hay referencias al cuerpo individual en algunos textos que analizas, ves en ello una regulación del cuerpo político -la población-. No sé si estoy haciendo una lectura exagerada, ¿qué crees? Habría que hacer una distinción, claro, porque la necropolítica es una política de la muerte y la biopolítica es una administración de la vida. Una no está separada de la otra en la práctica.

Eso ya lo contesté, creo. Fuera de la necropolítica y la biopolítica está la vida, que es nacer, aprender, jugar, reír, ir a la playa, al río, comer rico, dormir protegido, sufrir, incluso, protegido, parir, criar, sembrar, bailar, cantar, pintar, contar cuentos, crear ideas para mejorar la vida en comunidad, envejecer con dignidad, cuidados y amor y morir. No necesitamos a quienes nos colonizan para ello. Para ninguno de los aspectos de la vida que ahí menciono. Creo que la literatura se imagina ese mundo, como tu Exquisito cadáver, que termina con Lem, que visita a un amigue y le lleva una botella de agua, en un afuera, luego de haberse quitado el chip, en un mundo en el cual la escasez de agua determina las relaciones humanas. En la poesía ya existe el hombre nuevo (perdonen el término que trato de limpiar de su carga mientras lo uso), en un poema de Nicole Cecilia Delgado. En poemas de Ángela existimos como especie que vive en comunidad, porque aprendemos a reir mirando otros rostros que ríen. En un poema de Mayra Santos Febres están las víctimas del esa necropolítica hundidas en el mar, donde han hecho una casita que barren todas las mañanas viendo pasar las escuelas de atún. No recuerdo la imagen precisa, pero yo no puedo leer ese poema sin llorar. Esa señora que barre la entrada de su casita debajo del mar es mi ancestra. Ella cuenta en mi cuento. Se lo debemos y lo estamos haciendo en la literatura. A ver qué resulta con el país.

 

No se diga más, a leer, a conversar, a encontrarnos.

Piedra de Luna

Reseña

Por  Kristine Drowne

La novela Piedra de Luna, del periodista y escritor Richard Rivera Cardona, nos ilustra con lujo de detalles, con todos sus colores y matices, la vida casi predeterminada a la prostitución de las personas transgéneros y transexuales en Puerto Rico.

Lejos de ser una historia triste y trillada, el autor expone con maestría la dura vida, de prejuicios y violencia que pocas veces sobrellevan ilesas ante todos los riegos que entraña el valor afirmativo de su identidad.

Situada en el año 2017, el texto comienza cuando un conocido periodista radial, Martín Class, va en busca de una musa, un ser a quien anclarse para utilizar como punto de partida para su próxima novela. Mientras divaga por el internet, se encuentra con el anuncio de los servicios que ofrece nuestra protagonista, Piedra de Luna.

Este extraño par, que de otra manera no se hubiese cruzado, comienzan una relación estrictamente profesional, basada en el deseo de un periodista de llevar a cabo una serie de entrevistas a una trabajadora sexual, con el objetivo de recopilar información valiosa y útil para su texto. Sin embargo, como suele suceder en la mayoría de las relaciones interpersonales, el vínculo transgrede fronteras inesperadas, causando una incomodidad entre los protagonistas que a su vez sirve como elemento de crecimiento personal para ambos.

El periodista, a través del contacto con Piedra de Luna, pone a prueba sus propios prejuicios y nociones de identidad varonil que al momento le identifican. Ella tiene el poder de escarbar en las heridas de su pasado, que cree tener sepultadas en del apartamento donde vive. Mientras, Piedra de Luna, mediante de las preguntas de Martín Class, revive el pasado impregnado de rechazo por parte su familia y la sociedad retrógrada y poco compasiva en la que vivimos.

Es por medio de las intervenciones de Class y el compartir entre ambos, que ella, a cuentagotas, va transformándose de oruga a mariposa, toma su vida por los cuernos y decide dejar atrás ese pasado doloroso e ir tras esa vida tan soñada.

Además del dominio de los temas que se recoge en la novela, Rivera Cardona sirve de lupa y pone foco a una minoría invisibilizada dentro de la misma comunidad LGBTTIQ+. Es por ello que Piedra de Luna pasa de ser una historia a un punto de referencia para toda la sociedad, en especial, para la comunidad LGBTTIQ+, que suele carecer de textos que le identifiquen.

Lolita, mi madre y yo

 

Sophie Collins Arroyo

En el apartamento de Lolita, las cajas estaban en pilas altas. Había mucha gente que entraba y salía. Querían ver a esta mujer: la mujer libre, la mujer “perdonada”. Mi madre solía decir, “no la recuerdo recibiendo el trato que merecía, como persona con necesidades como cualquier otra”.

En 1979, ella se mudó al complejo de apartamentos en Trujillo Alto donde mi madre vivía. Un día, mi madre llegó a la casa de su trabajo y encontró que sus mecedoras no estaban en el balcón y preguntó a su esposo “¿dónde están las mecedoras?” El contestó, “Lolita no tiene ningún sitio para sentarse. Se las llevé a ella”.

“A veces llegaba a medianoche y la gente seguía sentada y haciéndole preguntas. Eso me molestaba—ella está aquí, pueden volver mañana. Ella perdió la voz. Yo era una de las pocas personas regulares; yo no era un miembro del partido ni del movimiento, nada así. Simplemente era una vecina, con un niño y un marido. No me sentí como algunas personas que estaban tratando de conseguir algo de ella. Ella estaba cansada. Ella estaba muy cansada”, así la recuerda mi madre con la mirada en un espacio sin tiempo.

Cuando Lolita estaba en la cárcel, rechazó el correo. Las cartas tenían que estar escritas en inglés. Ella prefería no leer ninguna. Ella rechazó la libertad condicional, porque aceptarla era mostrar arrepentimiento. Y ella no se arrepintió. Además, ella ni acató ni aceptó la ley imperial de los Estados Unidos y a sus compañeros no les dieron la misma oportunidad.

“Le torturaron tocando música funeraria, la música que te recuerda a la muerte. Y ella dijo que, mientras tocaban esta música, una mujer de velo caminaba de aquí para allí, de frente de su celda. Experimentaron con ellos, tú sabes. Definitivamente hubo tortura psicológica. No permitirte ir al funeral de su niño, eso es tortura de la peor”.

“Este joven del barrio dijo, ‘tengo que encontrar un amigo para que nos lleve. Tengo que ir y llevar a Lolita a las cuatro de la mañana para hacer la fila de los cupones’. Ella fue y rogó al imperio por dinero para poder comer. Para mí, ¿como que nunca tuvimos un plan de qué hacer cuando lleguen aquí? Sabíamos que iban a venir. Todos estaban presionando por su perdón, presionando por su perdón. Durante veinticinco años, todo lo que escuchaste fue ‘¡Libertad! ¡Libertad! ¡Pa’ Lolita y los demás!’ Pero no recuerdo que con las palabras le trajeran comida”.

“Ella tuvo encuentros con extraterrestres. Ella tuvo encuentros con Dios. Y le decía a la gente. Y la gente pensaba ‘Guau, está loca’. Empezaron a echarla a un lado y a darle más importancia a los prisioneros varones. Decía que Rafael Cancel Mirando estaba celoso de ella porque la eligió Pedro Albizu Campos para liderar esto”.

“Entonces había rumores de que estaba loca. La gente estaba hablando sobre su religión, cosas que algunos de la izquierda no podían soportar.. Y fue, como de repente, ¡te olvidaste que esta era Lolita Lebrón! ¿A quién le importa? ¿A quién le importa?”

¿No se necesita la misma fe de ver a Dios, y a los extraterrestres, como se necesita para ver la libertad en una isla que no ha conocido la libertad en siglos? Si ella estaba loca porque vio a Dios, también ante los ojos de sus seguidores debía estar loca por entrar al Capitolio y apuntar a los cielos. Se condena a las dos fes o no se condena a ninguna.

“Me decía, ‘Sé que la cura para el cáncer está en la piña’. Me decía, ‘Tu nene va a ser el presidente de La República de Puerto Rico’”.

“Lolita tiene una misión en su vida. La independencia de Puerto Rico. Separar la isla del imperialismo yanqui. No hay mucha gente en Puerto Rico que toda su vida sean dueños de sí mismos y sus convicciones. En Puerto Rico le llaman compromiso, tú tienes un compromiso con la Patria, con la libertad de la Patria. Y nunca cambian. Esa gente, se dice que tiene verticalidad porque creció verticalmente. Crecieron hacia arriba, siempre subieron en sus ideas, en sus conocimientos, en su aprendizaje. Eso es todo lo que quieren. Y son bien combativos. Su cosa es esta isla, primero con los españoles y ahora con los otros cabrones, merece mejor. No creo que Lolita tuviera una agenda, nada así. Eso es todo. Eso es lo que ella hizo hasta el día en que murió”.

Mi madre tiene dos cartas de ella. Una de ellas dice “¡Cuánto celebramos en el centro del alma que la nena sigue mejorando! Ustedes han hecho magníficamente bien con su hija y pa’ allá donde ella tiene los mejores cuidados médicos. Esperamos en Dios y la Virgen que ella se recupere totalmente. De la Patria, ya ustedes saben; la República está cerca, demos gracias a Dios”. Mi hermana (“la nena”) estaba enferma de leucemia en ese momento. Estas son palabras generosas de una madre que perdió a un hijo y a una hija a una madre que pensó que podría perder una. No puedo parar de leer estas líneas. No puedo parar de pensar en los rezos de Lolita. Mi hermana sí se recuperó. Ella ya no es la nena; es una mujer—una madre, con su propia hija. En cuanto a la República, han pasado treinta y dos años desde que Lolita dijo que estaba cerca, y todavía no está aquí.

Mi madre frunce el ceño mientras me lee las cartas en voz alta. Se interrumpe para murmurar “Qué bien escribe, ¿eh?” Cuando termina, digo “había olvidado qué conmovedoras son sus palabras”. Dice “yo también”.

 “No recuerdo si respondí. Soy mala en eso. Era tan mala en eso”.

Voy a escribir por ti, Mami.

Querida Lolita,

Mi madre me ha hablado tanto de usted, pero todavía tengo tantas preguntas.

En su carta, dice que La República está cerca. Usted estaba equivocada, pero le creo. El futuro, por lo que luchamos, siempre está cerca, si no la lucha sería insoportable. Sé que no está en paz. Sus restos están enterrados bajo suelo americano. Corretjer dijo, “yo sería borincano, aunque naciera en la luna.” Sus restos, también, están enterrados bajo suelo americano. ¿Importa dónde mueres? Puedes ser puertorriqueño sin importar donde nazcas, pero ¿dónde puedes ser libre? Quiero libertad, libertad, pa’ Lolita y los demás.

Espero que algún día salga el sol sobre la República Independiente de Puerto Rico. En ese momento, por fin, usted podrá descansar. Cuando aterrizó en Puerto Rico después de su liberación de la cárcel, fue al cementerio para besar la tumba de Pedro Albizu Campos. Ahora está enterrada allí, también.

¿Cuántas generaciones más de nacionalistas van a besar las sepulturas de los que vinieron antes? ¿Cuántos monumentos más pueden caber? ¿Cuántas tumbas blancas más, de cara al mar?

Creo que entiendo que usted estaba nostálgica. Nostálgica por un lugar que no había existido en más de cuatrocientos años. Nostálgica por Borikén. Gracias por tener la imaginación de verla, ahí en el horizonte. Creo que yo también la veo.

Se despide con mucho amor su compañera,

Sophie Collins Arroyo

 

Sophie Collins Arroyo nació en Boston, Massachusetts en 2001. Estudia matemáticas en la universidad de Harvard. Su madre nació en Arecibo, Puerto Rico en 1953.

Descubriendo series durante los meses de verano-1

 

En Rojo

A pesar de la apertura de las salas de cine y debido a estar cerradas por tanto tiempo, el ofrecimiento es muy limitado ya que Caribbean Cinemas y sus allegados necesitan volver a las épocas veraniegas de las superproducciones familiares y por eso las mismas películas se exhiben en varias salas con diferentes formatos. En Fine Arts sucede algo similar ya que la cartelera la componen comedias de temas repetidos ad infinitum mayoritariamente de España, México y Argentina. Así que escojo adentrarme a las series de NetFlix, Prime, HBOMax, HULU, Apple TV, PBS que llevan varias temporadas o que recién empiezan.

“Line of Duty” (creador Jed Mercurio; 2012-2021; BritBox/Prime/AppleTV)

Esta es una de esas series que desafía nuestra memoria y poder de asociación porque una necesita recordar todos los personajes de principio a fin por su constante referencia y enlace desde el 1er episodio (2012) hasta el último (2021). Ha sido una de las series más populares de la TV británica (por supuesto, “Downton Abbey” no cuenta) y existe la posibilidad de otra temporada. Nos recuerda otra serie de muchos años que elevó a Helen Mirren a la mirilla del cine: “Prime Suspect” (1991-2006) donde su personaje tiene que encarar continuamente el sexismo dentro del cuerpo policiaco. Lxs tres protagonistas de “Line of Duty” son parte de la oficina de anticorrupción de la policía (AC-12) lo que significa que todos los miembros de la policía los miran con sospecha, temor y odio. Al investigar a su propia gente, se convierten en blancos de ataques verbales y físicos. Lo distinto y sobresaliente de la serie es la rigurosidad de su investigación que tiene que seguir al pie de la letra todas las leyes y a la vez no violar los derechos del individuo. La unidad la dirige el Superintendente Ted Hastings (Adrian Dunbar) y es él que recluta al detective sargento (DS) Steve Arnott (Martin Compson) y la detective agente (DC) Kate Fleming (Vicky McClure) quienes han probado ser leales a los principios de su unidad, seguidores de las leyes para que los casos a ser presentados al fiscal y al/el juez/a nunca se caigan, recogedores de la más mínima evidencia y estudiosos de todos los exámenes pertinentes. Como los sospechosos son del mismo cuerpo policiaco y, muchas veces, de rango superior a Arnott y Fleming, saben montar sus defensas y minimizar o invalidar los argumentos presentados en su contra.

Tanto Arnott, Fleming y Hastings tienen sus propias debilidades/demonios con que tienen que lidiar, pero el 90% del tiempo están entregados a descubrir la verdad y responsabilizar a los culpables, a los que han abusado de la autoridad que ostentan. Cada oficial que investigan es porque algún protocolo se ha violado. No es solamente soborno—que es lo más común en las series de EEUU—sino también ocultando información para beneficiar o proteger a allegados, engordar expedientes personales de crímenes resueltos para conseguir ascensos o favores especiales y, principalmente, apurar casos, aunque la evidencia sea cuestionable para llevarlos a los tribunales. Lo interesante aquí es que el énfasis está en ese proceso de investigación, en nunca violar los derechos de cada sospechoso para así pasar a la parte de la acusación porque una vez esto sucede, el caso está tan bien montado que el/la acusadx va del juicio a la cárcel. Por eso ese proceso de interrogatorio tanto de lxs acusadxs como de lxs testigxs es detallado y nos sentimos que hemos recibido un curso intensivo y extremadamente interesante de las leyes en el Reino Unido. También vemos la violación de esos derechos especialmente en las cárceles supuestamente seguras, limpias y ordenadas.

Aparte de los tres protagonistas de la serie—Hastings, Arnott y Fleming—lxs protagonistas de los casos (la mayoría con rango de detective inspector en jefe (DCI), lo que significa que los mismos investigadores por tener un rango menor no pueden interrogarlos) son actorxs muy reconocidos en el teatro y cine ya que para la clase artística en el Reino Unido no hay distinción entre una experiencia actoral y otra. Thandiwe Newton, Kelly MacDonald, Keeley Hawes, Polly Walker, Lennie James, Craig Parkinson, entre muchos otrxs se destacan por la complejidad de sus personajes. Aunque nunca identifican la ciudad donde se desarrolla la serie, por los mapas que aparecen en los precintos sería muy semejante a Birmingham, segunda ciudad más poblada y económicamente importante, centro de trabajo con una población diversa en áreas de servicio, manufactura y educación superior y universitaria. La inclusión racial, étnica y de género en el cuerpo policiaco presentado como normalidad en “Line of Duty” debiera ser el modelo a seguir en toda programación televisiva, teatral y cinematográfica.