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Encontrado en las Redes:Como Juan Forn llegó al Caribe

Jorge Lefevre

Juan Forn llegó al Caribe de manera misteriosa. Supe de él (es imposible no hablar de uno al hablar de un otro que ha inspirado tanto) en mis años universitarios, cuando la lectura de CLARIDAD se volvió una obligación autoimpuesta de formación política, y la lectura de En Rojo casi un corolario gozoso de aquella obligación, con un resultado formativo similar en el terreno cultural.

A Juan Forn se le publicaba en En Rojo semanalmente su famosa columna de los viernes en la contraportada (¡!) de la revista Página 12. (Es también novelista, editor, traductor, pero eso no nos interesa). La primera columna que leí fue sobre Nick Drake («El más triste de los Drake»), un cantau- tor que en ese momento yo no conocía. En una página, mezcló anécdota, interpretación musical, has- ta una puesta al día de las grabaciones encontradas. (Pero, ¿qué es esto? Biografía, reseña musical, impresionismo?) Con la columna de Drake, me volví admirador de su música incluso antes de es- cucharla, semanas después, gracias a la piratería musical. Gracias a Juan Forn, en realidad.
Hablaba de trozos de vida cultural (luego de varias horas, esta es la mejor descripción que se me ocurre sobre su labor). Historias de música, de literatura, de arte, de la guerra fría, que a veces aparecían curiosidades de aficionados, pero no eran más que marcas cotidianas de acontecimientos en la vida de artistas y personas. Hablaba de Argentina con la misma naturalidad que de la Unión So- cialista de Repúblicas Soviéticas, señal de un gran escritor y de alguien que ha vivido intensamente la vida artística. (Por algo, el amigo Eugenio Ballou me dijo, alguna vez, que Cezanne Cardona es como nuestro propio Juan Forn. ¡Hasta habla de sombrillas para hablarnos del Caribe! De esos hala- gos que me dan envidia de la buena. )

Han descrito su trabajo como «periodismo cultural», «crónica cultural». No está mal. Yo casi siempre hablo de «crónicas de lo no vivido», de «arqueología cultural». En varias ocasiones, temprano en mi vida universitaria, le pregunté a dos personas cercanas a la dirección de En Rojo cómo llegó Juan Forn a sus páginas. «¿Quién?», me respondían. Dejé de indagar. Su entrada al periódico resultó misteriosa, pero fortuita y productiva, por lo menos para mí. Años después, cuando Rafael Acevedo regresa a la dirección de En Rojo, me contó que formalmente se le comunicó a Juan Forn sobre la reproducción semanal en el suplemento cultural. Y él, encantado. ¿Cómo no lo estaría, el gran narrador de la cultura de entre guerras y de la guerra fría, de formar parte del último vestigio institucional del Partido Socialista Puertorriqueño, un periódico que antes era «el periódico de la clase obrera» y lo era ahora, en la degeneración del marxismo en Puerto Rico, «el periódico de la nación puertorriqueña»?

Desde temprano, debo admitir que supe que Juan Forn hace lo que yo quisiera. Si me preguntaban si era escritor, bromeaba (bromeo todavía) que solo escribo correos electrónicos. Pero ex-istía el interés, y el disfrute de sus columnas eran la mejor motivación. Las paredes de mi casa (siem-pre en tránsito: Río Piedras, Chicago, Arecibo, Dorado) estaban adornadas por los recortes de En Rojo: sus columnas de Paul Erdos, Kafka, Nicanor Parra hablando de Neruda, la cabeza de Stalin en el cementerio de Praga, Lucian Freud, Cortázar abandonando su biblioteca… No estaban expuestos todos a la vez. Después de ciertos meses, cambiaba, como si mi espacio cerrado tuviera una esquina, una continua exhibición rotante, de las páginas que me marcaron.

Cuando regresé a Puerto Rico en el 2016, lo intenté. Me comuniqué con Rafael Acevedo y le propuse colaborar mensualmente con En Rojo. Originalmente, pensé que podía ser una columna mensual sobre Bob Dylan. «Diantre, Lefevre, en todos mis años en En Rojo, nunca había escuchado una idea tan mala como esa». Me aceptó mis primeras dos columnas de Dylan, pero en la tercera ya hubo un impasse. El mensaje implícito, para mí, era: «piensa en Juan Forn. Repite forma, pero no contenido. Y si la forma se repite, se debe a la vida misma, no a agotamiento estético». Pero fracasé en la empresa. Sobresalgo en borradores, no en obras.

Si describo esta tangente no es para regresar a la autobiografía, sino para recalcar mi admiración total hacia Juan Forn a partir de la derrota personal: lo que yo fui incapaz de hacer mensualmente, hacía él cada semana. Cuando sus amigos le preguntaban cuándo regresaría a trabajar novelas (género en el que se inició como escritor), solía remarcar: «¿Pero no ven que estoy trabajando en contraportadas?»
Mis próximas crónicas sobre música y cultura siguieron ese mismo hálito de su crónica, pero ya de manera aficionada, como quien llega a la música a los 35 años y es capaz de hacer buenas composiciones, pero con la humildad de saber que está ya fuera de carrera y ambiente, que los logros no son hitos sino interrupciones.

No creo en la vida después de la muerte. Aprendí (por los filósofos de la época que ni tú ni yo vivimos, Juan, pero que tanto aparecen en tus columnas) que el ateísmo es una gran apuesta (no algo que se conoce con toda seguridad) por el desamparo existencial, vacío desde el cual debemos erigirnos. Pero, si me equivoco, y en alguna otra esfera nos encontráramos, te pediría que me dieras un momento, te daría un abrazo fuerte y te daría las gracias.

Nota editorial: Aprovechamos esta nota de Lefevre para aclarar que durante un tiempo  (poco mas de 2 años) estuvimos «tizando» la columna de Forn, hasta que nos entraron cargos de conciencia, así que nos comunicamos con Forn y aquí su respuesta:

hola, alida.
una sorpresa muy divertida tu mail.
te cuento que cuando dirigía radar, en la segunda mitad de los 90,
antes de internet (al menos en el diario: ninguno de nosotros tenía
banda ancha, ni en su casa ni en la redacción), yo tenía una carta
preparada para todos los autores que me gustaban y cuyas notas
reproducía en radar. la carta decía «somos un pequeño diario de
izquierda y no encanta cómo escribe y publicamos siempre sus notas
pero no tenemos para pagar». una vez me contestó hitchens: dijo que
éramos unas ratas, pero le caíamos simpáticos así que nos autorizaba.
te digo lo mismo, alida.
pero nobleza obliga, como con otros pequeños diarios del continente:
una vez al año, me tenés que mandar un paquetito de uno o dos libros
que creas que me pueden gustar, o dar una contratapa.
mi dirección es:
paseo 115 nº 70,
depto 3,
(7165) villa gesell
argentina.
te mando un texto de regalo, lo voy a leer la semana que viene en
chile, donde publican una edición ampliada de el hombre que fue
viernes, mi librito de contratapas. beso grande

Nadar de noche

 

Era demasiado tarde para estar despierto, especialmente en una casa prestada y a oscuras.
Afuera, en el jardín, los grillos convocaban empecinados y furiosos la lluvia, y él se preguntó cómo podían dormir en los cuartos de arriba su mujer y su hijita con ese murmullo ensordecedor.
Tenía insomnio, estaba en pantalones cortos, sentado frente al ventanal abierto que daba a la terraza y al jardín. Las únicas luces prendidas eran los focos adentro de la pileta, pero la luz ondulada por el agua no conseguía matar del todo la sensación de estar en una casa ajena, el malestar indefinible con aquel simulacro de vacaciones.
Porque, en realidad, no estaba ahí descansando sino trabajando. Aunque el trabajo no implicase ningún esfuerzo en particular, aunque no tuviese que hacer nada, salvo vivir en esa casa con su mujer y su hija y disfrutar las posesiones de su amigo Félix, mientras éste y Ruth remontaban el Nilo y gastaban fortunas en rollos de fotos y guías egipcios sin dientes, a cuenta de una revista de viajes italiana.
Para calmarse, para atraer el sueño, pensó que no Iba a pisar Buenos Aires en todo el mes.
Viviría en pantalones cortos y sin afeitarse, cortaría el pasto, cuidaría la pileta, vería videos y escucharía música mientras su hija crecía delante de sus ojos y su mujer inventaba postres raros en la cocina. Y en todo ese tiempo quizá le dejaran algún mensaje mínimamente estimulante, o al menos catastrófico, en el contestador automático de su departamento.
Mientras tanto, a lo mejor Félix y Ruth decidían prolongar su viaje un mes más, o tenían un accidente, o se enamoraban los dos de un mismo Efebo andrógino y analfabeto en Alejandría. Un mes podía ser mucho tiempo en algunos lugares; un mes podía ser casi una vida. Para su hijita, por ejemplo. Tenía que empezar a vivir al ritmo de ella, como le había dicho su mujer. Día por día, hora por hora, lentamente. Tenía que asumir la paternidad de una vez, como dirían Félix y Ruth, si es que no lo habían dicho.
Entonces oyó la puerta. No el timbre sino dos golpecitos suaves, corteses, casi conscientes de la hora que era. Cada casa tiene su lógica, y sus leyes son más elocuentes de noche, cuando las cosas ocurren sin paliativos sonoros. Él no miró el reloj, ni se sorprendió, ni pensó que los golpes eran imaginación suya. Simplemente se levantó, sin prender ninguna luz a su paso y cuando abrió la puerta se encontró con su padre parado delante de él. No lo veía desde que había muerto. Y, en ese momento, supo incongruentemente que ya se había hecho a la idea de no verlo nunca más.
Su padre tenía puesto un impermeable cerrado hasta arriba y el pelo tan abundante y bien peinado como siempre, pero totalmente blanco. Nunca habían sido muy expresivos entre ellos. Él dijo: “Papá, qué sorpresa”, pero no se movió hasta que su padre preguntó sonriendo:
– ¿Se puede pasar?
-Sí, claro. Por supuesto.
El padre cruzó el living a oscuras y el ventanal abierto y fue a sentarse en una de las reposeras de la terraza. Desde allá miró hacia adentro, lo llamó con la mano y tocó la reposera vacía a su lado.
Él salió obedientemente a la terraza. Dijo:
-Dame el impermeable, si querés ¿Te traigo algo para tomar?
El padre negó con la cabeza. Después se estiró todo lo que pudo y respiró hondo sin perder la sonrisa.
-No, no así está bien. Va a llover en cualquier momento-dijo-. Qué maravilla. ¿De día es así, también?
-Mejor. Para Marisa y la beba, especialmente.
Marisa, y la beba. Debés tener un montón de cosas para contarme, ¿no?
Él sintió que se le aflojaba apenas la mandíbula. En los sueños en que volvía a verlo, su padre siempre estaba al tanto de todo lo que les había pasado a ellos en su ausencia.
-Sí, claro-dijo-. Supongo que sí.
-Por supuesto, no pretendo que me pongas al día con las noticias. Obviemos la política, el trabajo, el mundo en general, si es posible. Las cosas domésticas, me interesan. Tus hermanas, vos, Marisa, la Beba. Esas cosas.
A él le sorprendió que mencionara la palabra domésticas. Y mucho más aún que hubiese nombrado a todos menos a su madre, pero no supo qué decir.
-Voy a servirme un whisky ¿Seguro que no querés?
-No, no, gracias. A propósito, qué buena idea, las luces adentro de la pileta.
-No es mía-dijo él antes de entrar. La casa, quiero decir.
Cuando volvió a aparecer, con un vaso bastante lleno, se frenó detrás de la reposera de su padre y de golpe sintió que todavía no se habían tocado.
-Yo creí-dijo, desde ese lugar-que vos veías todo lo que pasaba acá, desde donde estabas.
La cabeza de su padre se movió levemente a uno y otro lado, varias veces.
-Lamentablemente no. Es bastante distinto de lo que uno se imagina.
Él miró la pileta y tuvo la sensación de que no controlaba lo que decía ni lo que iba a decir.
-Si supieras la cantidad de cosas que hice en estos años para vos, pensando que me estabas mirando. -Y se rió un poco, sin alegría pero sin amargura, para vaciarse los pulmones nomás. —
O sea que no sabés nada de estos cuatro años. Qué increíble.
El padre se reacomodó en la reposera y lo miró de costado.
-A lo mejor hay cambios, adonde nos mandan ahora. Si te sirve de consuelo.
Él lo miró sin entender.
-Hubo un traslado. Voy a estar en otra parte, a partir de ahora. No sólo yo, muchos más. Las cosas allá no son tan ordenadas como se supone. A veces pasan estos imprevistos. Digo, que esté ahora con vos.
– ¿Y por qué conmigo? ¿Por qué no fuiste a ver a mamá?
El padre miró un rato la luz ondulante de la pileta. Su cara cambió muy levemente, hubo un ínfimo matiz de tristeza en su inexpresividad.
-Con tu madre hubiera sido más difícil. Una noche no es tanto tiempo, y yo necesito que me cuentes todo lo que puedas. Con tu madre hablaríamos de otros temas. Del pasado, especialmente, de ella y yo, de muchas cosas buenas que vivimos los dos juntos. Y eso hubiera sido injusto de mi parte.
Hizo una pausa.
Hay ciertas cosas que son técnicamente imposibles en mi estado actual: sentir, por ejemplo. ¿Entendés? En cierta medida, lo que soy esta noche es algo que no tendría ningún valor para tu madre. Con vos, en cambio, es más sencillo, para decirlo de alguna manera. Siempre te ubicaste en una posición panorámica en cuanto a las emociones. Con tu madre, con tus hermanas, con vos mismo. En fin.
Hizo otra pausa.
-También pensé que podrías arreglártelas mejor con los sentimientos que te provocará esta visita. A fin de cuentas, yo nunca fui tan importante para vos, ¿no es cierto?
Él sintió algo que hacía mucho tiempo que no sentía. Una especie de sumisión y de necesidad de oponerse a esa sumisión. Supo de pronto que en los últimos cuatro años no había sido esto que ahora era, nuevamente: hijo de su padre. Fue hasta el borde de la pileta, se sacó los mocasines y se sentó con las piernas dentro del agua.
-Si no hubieras sido tan importante para mí, entonces no habría hecho las cosas que hice para vos, por vos, en estos años. ¿No se te ocurrió pensar eso?
-No.
Él quedó perplejo. La respuesta le había parecido tan rápida y brutal que sonó sincera. Y justamente por eso inverosímil. Cobarde. Casi injusta.
-Y ahora qué sabés-atinó a decir.
-Nada-contestó el padre.
Después se levantó, llevó la reposera hasta el borde de la pileta y se sentó con las manos en los bolsillos.
-Supongo que no cambia nada. Lo que hiciste, ya lo hiciste. Y me parece que no tiene sentido que te enojes ahora, con vos o conmigo, por eso. ¿No?
No sólo era inútil, además empezaba a sentir que no le era lícito, frente a la condición de su padre, cuestionar nada, ni permitirse esa insólita belicosidad. La necesidad de oponerse se desvaneció y sólo quedó la sumisión, no ya dirigida a su padre sino a un estado de cosas, a una abstracción obtusa e inabarcable.
-Es cierto-dijo-. Perdón.
Se quedaron callados un rato, hasta que él dijo:

-De todas maneras, exageré un poco. No fueron tantas las cosas que hice pensando en vos.
El padre soltó una risita.
-Ya me parecía.
Un relámpago rajó en dos el fondo del cielo. Cuando sonó el trueno el padre se encogió y su risita volvió a oírse.
-Ya casi no me acordaba de estas cosas. Es notable cómo funciona la memoria, lo que conserva y lo que deja de lado.
-Los grillos-dijo él-. ¿Los oís? No me dejaban dormir. Por eso estaba despierto cuando llegaste.
Después de decir estas palabras dudó ¿Los grillos? Pero lo pensó mejor y prefirió quedarse con la duda.
-Bueno-dijo el padre con voz muy suave.
A lo nuestro.
– ¿Puedo preguntarte algo, antes?
La reposera crujió. Él hizo un esfuerzo para mantenerle la mirada a su padre.
-Como quieras. Pero ya sabes cómo es eso: una vez que te enteras, difícil que puedas borrártelo de la cabeza. No es una amenaza. Lo digo por vos, simplemente.
-Sí, ya sé-dijo él. Y preguntó, con voz insegura: – ¿Todos van al mismo lugar? ¿No importa lo que haya hecho cada uno?
-Eso es algo que podría haberte contestado desde los veinte años, más o menos. Siempre sospeché que importaba más en vida que después. En cuanto a la otra pregunta, no es exactamente un lugar, adonde van. Pero sí: todos van al mismo, en la medida en que todos somos relativamente iguales. El modo de vida de tu vecino y el tuyo, por ejemplo, se diferencian tanto como tu estatura y la de él. Son matices, y los matices no cuentan. Digamos que hay, básicamente, sólo dos estados: el tuyo y el mío. Es bastante más complejo, pero no lo entenderías ahora.
-Entonces vos y yo vamos a encontrarnos de nuevo, en algún momento-dijo él.
El padre no contestó.
– ¿Importa algo estar juntos, allá?
El padre no contestó.
– ¿Y cómo es? -Dijo él.
El padre desvío los ojos y miró la pileta. -Como nadar de noche-dijo. Y las ondulaciones de la luz se reflejaron en su cara. -Como nadar de noche, en una pileta inmensa, sin cansarse.
Él tomo de un trago el whisky que le quedaba en el vaso y esperó a que llegase al estómago.
Después tiró los hielos en la pileta y apoyó el vaso vacío en el borde.
– ¿Algo más? -Dijo el padre.
Él negó con la cabeza. Movió un poco las piernas en el agua y miró la base de la reposera, el impermeable, la cara blandamente atemporal de su padre. Pensó en lo reticentes que habían sido siempre en todo contacto corporal y le parecieron increíblemente ingenuos y artificiales aquellos abrazos en los sueños en que aparecía su padre. Esto era la realidad: todo seguía tal como había sido siempre, y recomenzaba casi en el mismo punto en que quedara interrumpido cuatro años antes. Aunque sólo fuese por una noche.
-Por dónde querés que empiece-dijo.
-Por donde quieras. No te preocupes por el tiempo: tenemos toda la noche. Hasta que termines no va a amanecer.
Él respiró hondo, largó el aire y supo que había entrado en la noche más larga y secreta de su vida. Empezó, por supuesto, hablando de su hija.

El autor es escritor, traductor y fundó el suplemento Radar del periódico Página12. Murió el pasado domingo 20 de junio de un infarto masivo. ¡Hasta siempre, compañero!

De un cine en solo y en plural, uncut

 

Ana Marina Rúa

Especial para En Rojo

 

En 1995 estaba en mi tercer año de universidad y hacía estudios de un semestre en una ciudad que calificaba para el “study abroad”. Tuve la suerte de contar con familia en esa ciudad y poder quedarme en el apartamento de mi tía, que en esos meses estaba de visita extendida en Puerto Rico. Mis primas también vivían en ese apartamento, pero la que lo habitó en aquel tiempo fui yo, ya que entre sus propios viajes y trabajo y estadías de extensión variada ellas no siempre coincidían en espacio conmigo, aunque sí en afinidades y en un cariño de siempre que aún perdura. En mi recuerdo está la persistencia de una libertad y de la facilidad de movimiento que nos convenía a las tres. Esa libertad iba acompañada de un sentido de posibilidad típico de casi toda juventud: la distorsión de lo que era el ser, de lo que sería el hacer, de lo que se abría como amplio y variado.

Recuerdo moverme, desplazarme por calles y puentes. Para ese entonces tenía yo la costumbre de empezar conversaciones con quien fuera, de presentármele sin reparos a quien estuviera parado al lado, de forjar relaciones de todo tipo en el contexto que fuera: la fila de la caja de la FNAC, el tabac de la esquina, el balcón del apartamento de un desconocido en medio de una fiesta a la que llegué desconocida. Relaciones que duraron lo que esa libertad abreviada duró, en esos meses. Los días prometían.

Entre estos sitios móviles y este festejar movible se hallaban los cines. Fueron para mí una fortuna.

Vi muchas películas ese semestre, sola y acompañada: estrenos y retrospectivas, cine pretencioso y miserable y maravilloso y recomendado, cine ignorado e ignorante y clásico e iraní. Vi cine olvidado y enfurecido, cine pobre, cine chino. Vi The Shawshank Redemption doblada al francés y El espíritu de la colmena en versión original. En mi recuerdo veo tantas salas de cine enhebradas como cuentas, salas apretujadas en barrios de maravillas humeantes, salas que olían a bondad en esa ciudad tan rasgada, tan amada. Esas salas de cine eran mi casa, por un tiempo al menos. Un atisbo de la posibilidad: cerrado él y cerrada ella casi tan repentinamente como me di cuenta de su existencia.

Una noche, mi prima Elizabeth (que unos años después empezaría justamente a dirigir películas y cuyo cortometraje Manon sur le bitume fue nominado al Oscar, cosa que siempre hallo la oportunidad de mencionarle a quien sea) me preguntó si quería acompañarla a ella y a su amigo Bernard a una función uncut de Salò. Un año antes había estado yo tomándome muy en serio, así como todos los que llevábamos nuestros libritos de S/Z y suéteres negros nos tomábamos en serio, bebiéndome a Lyotard en traguitos cortos y lamentando la extinción de la verdadera obscenidad, y leyendo a Sade así, voraz e incauta, como dios manda. Así que sabía de la conexión deseada de Pasolini con el marqués y de todo el rollo fascista-escatológico. En aquel entonces me jactaba de verme como cínica, aunque temía que en realidad fuera sólo imbécil. Ahora se me han gastado las posturas, y veo mejor: conozco, ya sin tanto temor, mi imbecilidad.

Así que ¡cómo no iba a querer mirar la versión uncut! Me encontré con ellos esa noche, feliz de mi suerte, lista para el placer de mirar en otro cine enhebrado. Entramos a la sala, y nos sentamos cerca, aunque no juntos. ¡Versión uncut! Las escenas desfilaban ahí, frente a una luz que entraba de algún modo a unas pupilas a ratos en pestillo, a veces dilatadas. A mediados del filme Elizabeth se levantó y se me acercó, diciendo que no podía más, que se iba. Que si quería acompañarlos, que se iban a tomarse una copa a cualquier sitio porque no aguantaban más de la violencia y la mierda. Que qué me parecía. Y yo la miré en la sombra y le vi esa cara de angustia –siempre ha sido tan sensible, y considero que ahora lo que hace es justamente cine, y pienso en su mirada, en lo delicada que es, en que uno lo que quiere es no romperla, en esta sensibilidad que tiene que yo no quiero nunca alterar– y me sentí como una salvaje, pero le dije que no, que yo estaba muy bien ahí, que quería seguir mirando. Porque la verdad es que yo nunca podría parar de mirar. Quería beberme cada instante de cada toma en ese celuloide de grano y polvo. Había otra gente que se había levantado ya: la sala se vaciaba lentamente, aires de juicios pobres, cabezas ladeadas en queja sutil. C’est trop, ce truc, c’est tellement trop, creí oír. La sala se iba vaciando.

Pero yo quería estar. Quería ver, tragar. Había una belleza tremenda y a la vez risible, y decepcionante, en los juegos que estos señores tan propiamente fascistas hacían en la pantalla. Algo obvio, llano, en estas partidas de flores y ofrendas de mierda y orgasmos forzados entre bandejas propiamente servidas con tazas de té. Después del golpe, el bathos. Y al instante te volvían a martillear: toda una ideología ahí, en esos cuerpos lampiños, en esos actores que me parecían de papel, en esa historia de carne y gotas. Años después, al leer sobre las peripecias y escollos de la producción de Salò, entendí quizás un poco el todo a la vez de mi reacción contradictoria –el sentir que me daba risa y a la vez me aburría, que me mantenía en alerta terrible, que me evocaba estar en un salón de clase y deber memorizar una lección pesada y llena de datos, que deseaba, sin querer queriendo, ese erotismo imbécil en esas pieles y hojas enrevesadas de un sol toscano. Parecía que aquí Pasolini había convertido a Sade en panfleto, con su ristra de preceptos puestos bajo un sello de productora antes vanguardista, ahora turista extraña de lo étonnant. Y a la vez se podía ver esa mueca de dolor ante su propia historia, ese ver a su Italia en el mierdero mientras trata –trata él y trata su Italia– de reclamar una estética, de formar una belleza no sólo a pesar de sino gracias a ese mierdero. No había manera de que me fuera antes del fin. Y así me quedé, mirando, mirando con párpados destajados y boca entreabierta, enamorada de algo que sabía no lo merecía. Pendiente a cada movida, atenta y ansiosa y hastiada y divertida. Todo a la vez.

Me sentía y me sentaba ahí, en ese espacio cerrado y público, en esa caja de luz y sonido que aísla y aúna los ojos de los que la ocupan.

Escuchando un jadeo cerca.

Sabiendo que los pocos que quedábamos no aspirábamos a nada bueno. Pero sintiendo una solidaridad en el cansancio, en el ansia de mirar.

No supe si era yo o si venía de otro ese aire desigual, dos ruidos en ahogo, el mover de telas. Una tos cortés.

Cuando acabó me fui, como todos, y caminé en una humedad oscura hasta la estación de metro y por fin llegué al apartamento, donde esa noche Elizabeth sí se quedaba, y ninguna le dijo nada a la otra. Al otro día tampoco nadie dijo nada, ni al otro. Pero siempre pensé que me gustaría poder saber que alguien en el mundo sintió igual que yo al ver Salò, la versión uncut. Que alguien sintió el placer de ver, en imagen, el asco y la risa y la vergüenza y el recogimiento. Ese onanismo de verse a uno mismo viendo. En un cine sólo: solo, sola, múltiple. Ahí también había esa posibilidad, ahora cerrada: la libertad de lo posible, el momento extendido en que aún veía promesa.

 

 

Será Otra Cosa: Allí amamos salvajemente

 

Beatriz Llenín Figueroa

Especial para En Rojo

Las vi cuando caminaba el otro día por un pedacitito de acera junto a una carretera rural con muchas curvas. La vía es presa de engaño respecto a su identidad. Sobre su superficie, las gomas se desplazan a una velocidad que parecería presumir la PR-52. Es un desafío que una paseante en Puerto Rico contemple el entorno, se deje encandilar por alguna visión, levante la cara y se acontezca de sol. Es desafiante, también. (Y eso es sin contar la cosita esa que llamamos patriarcado y lo que supone para nuestros cuerpos en la calle.)

Así, contra todo pronóstico, las vi. Crucé la calle a toda prisa porque, en esa misma curva, del otro lado, hay un inmenso árbol de mangó, de cuya exuberante generosidad resultaban decenas de frutos rodando por el suelo. Hice una canasta con mi camiseta y recolecté lo que pude, antes de volver a su encuentro. Mientras, ellas habían subido a toda carrera la lomita en la que las tienen encerradas y asomaban sus cabezas gigantescas entre los pelos de alambre de púa. Estoy convencida que anticiparon lo que me proponía al cruzar la calle.

Estrujaron, gatas, sus frentes contra mis manos. Las acaricié. Tomaron cada fruto ofrecido y de un solo bocado, se lo tragaron. Ver muy de cerca las dimensiones de sus dientes me provocó un levísimo temor. Pero ellas lamieron mis manos, mis brazos. Rogaron por más. Les expliqué que se habían acabado los frutos y no busqué otros porque me inquieté pensando que, a causa de mi ignorancia, podía ocasionarles indigestión por exceso. Con la vocecita esa chillona y chiquitera que usamos casi involuntariamente cuando la ternura nos sobrecoge, les dije también que eran bellas y que las quería.

Los carros, durante ese ratito, redujeron la velocidad. Y ellas, las vacas, tesoros nacionales, me vaciaron de toda angustia.

—

La apertura del taller fue una pregunta suya: ¿cantarían conmigo? Durante más de dos horas, en las calles de una ciudad secundaria que alguna vez fue arquetípica del Caribe portuario colonial, cantamos con ella “en honor a los abuelos.” Aprendimos el rito de reconocimiento y gratitud a las plantas (“Te veo, te reconozco y te respeto. ¡Gracias!”), que incluye la importante ofrenda de tabaco fresco. Viajamos por conocimientos ancestrales no reconocidos como tales, quizá porque anteponen la ofrenda a la extracción.

Ella nos enseñó que hay vida y pedagogía vegetal hasta en la más improbable de las escenas apocalípticas. Nos aleccionó sobre cómo hacer guarapos y ungüentos y cataplasmas. Nos deslumbró con las capacidades curativas de plantas diversas: el árbol de María, la trinitaria, el yagrumo, el aguacate, la variedad de leguminosas, la higuereta, el meaíto, el árbol de nim, el ilán ilán. Disertó sobre la estupidez del adjetivo “ornamental” y explicó que, “hay que pedir su ayuda sin prisa porque la planta necesita tiempo para dar lo mejor de sí.”

Todas eran plantas, arbustos, árboles, aparecidos a nuestro paso. En grietas y ruinas. Detrás de carros funerarios abandonados. En terrenos que yo creía “baldíos,” tomados por “yerba mala” y pastizal.

Corteza, hojas, semillas. Cera, aceite, pulpa.

Ya en la última estación del taller, frente a la antigua (y cerrada) escuela Hostos, nos encontramos con él. Ella, María Benedetti, etnobotánica, tesoro nacional, le pidió que nos alcanzara algunas flores del ilán ilán. Él se dispuso a ello, pero casi de inmediato, nos suplicó, ¡paren, que mi hija me llama!

Quedó inmóvil, su cuerpo debatido entre petición y llamado. Un brazo en alto agarraba la rama con la que se proponía atender la solicitud de María, mientras el otro impulsaba, en eco, la cabeza ladeada, que protagonizaba una escucha atenta, diría que transfigurada, al llamado.

Superada por mucho nuestra necesidad de flores, desde abajo, en la calle, contemplé la escena, que se suscitaba sobre un muro de al menos ocho pies de altura y bajo el filoso fulgor de nuestro sol a mediodía. De pronto y sin aviso, improvisado como casi todas nuestras creaciones, había irrumpido el teatro en la vida, la vida en el teatro.

Fuimos quedando todes en silencio mientras él, en alerta a la hija ausente, comandaba sin palabras aquel escenario dilapidado. Tuve la sensación de que pasaron muchos, largos minutos.

Emergió eventualmente la minúscula hija del enorme edificio abandonado. Corrió hacia él, quien soltó el ilán ilán para tomarla en sus brazos. Del cuello de la hija colgaba un cascabel y sus renovados maullidos confirmaron, según él nos informó, que necesitaba a su papá.

Veintiséis años llevo yo aquí, procedió, y de aquí no me saca nadie. Esta escuela yo la cuido. Ayer talé –¡a mano, a machete!– tó esto aquí. Señalaba el patio frontal de la escuela, inmenso, en el que se yerguen al menos cuatro árboles de ilán ilán y uno, colosal, de nim. Tras una dramatizada lectura de calle que hicimos mi nueva amiga Fifí y yo de un boletín informativo preparado por María, ya habíamos aprendido que el árbol de nim es el árbol farmacia, dándose todo, dándolo todo.

Ya consolada la hija, él, tesoro nacional, le alcanzó varias flores a María. Repetimos el rito de reconocimiento y gratitud. Cerramos el taller cantando, en un círculo de intenciones.

Debemos este acontecimiento, inmenso en su pequeñez, a la gestión de Bemba PR en Mayagüez. En colaboración con Vueltabajo Teatro, Taller Libertá, ISER Caribe y otres artistas y gestores, Bemba organizó FECA, una feria de arte callejero que incluyó en su programación el taller de etnobotánica, y que forma parte de una constelación de esfuerzos suyos por democratizar, desde y para abajo, el arte, el agua, la electricidad, la conexión a internet, la vegetación…

Al margen del dictamen de la jurisprudencia oficialista, desafiando el régimen sanguinario del capital, en el umbral siempre líquido entre arte y vida, poesía y política, Bemba PR asume el imprescindible desafío: hacernos, día con día, los países soberanos que hemos sido, somos y seremos.

—

Lleva una vida escarbando nuestros otros países, “la patria líquida,” “las historias íntimas,” entre las piedras, las ruinas, las arenas. Su gesta de archivista anónima, trabazón incesante de conexiones insospechadas, es inigualable en Puerto Rico. Ella junta millares de cantitos, lamenta los muchísimos más que nunca aparecen, y escribe libros incategorizables, tanto como nuestra realidad política. Y como el insólito hecho de que persistamos, sobrevivamos, aquí, acá.

No sé si algún día pueda abarcar del todo lo que para mis cauces interiores supuso peregrinar al tope de la cima en la que viven la escritora-archivista y su compañero igualmente aguerrido, así como una legión de perras y perros con el amor en la cola. La brisa fría. La neblina en el paisaje de monte sobre monte, reversos de los sumergidos. La conversación oscilante entre alegría y llanto, certeza e inquietud, convicción y duda. Las islas que hilvanamos con palabras y cadencias y entonaciones y gestos mucho más allá y mucho más acá del yo.

Marta Aponte Alsina, tesoro nacional, se pregunta –¿trenza o bucle?– sobre la forma del libro imposible que la ronda. Asume el desafío. Y escribe, aunque no tiene respuestas. Escribe, desafiante.

La miro, con deliberada intensidad, queriéndole decir por encima de la mascarilla tanto más que no puedo.

Por lo pronto, a ellas, a él, a ustedes, les escribo:

En nuestra literatura, en nuestras artes, en nuestras flores, en nuestras aguas, en nuestras vacas, en nuestras gatas, en nuestras perras, hemos sido, somos y seremos, sí, otra cosa. Allí amamos salvajemente, sin posesión ni explotación, este lugar trágico de extravagante belleza.

 

 

Diógenes Valdez o las estatuas derribadas de la ficción

 

Chiqui Vicioso

Tímido, reservado, el escritor cristobalense Diógenes Valdez fue un asiduo lector. Le conocí en lo que era la Dirección General de Bellas Artes, donde siempre visitaba, junto con Reynaldo Disla, a su mejor amigo: el artista grafico Frank Almánzar.

Eran artistas del interior del país, con experiencias comunes frente al quehacer artístico y, los tres, grandes trabajadores de nuestra vida cultural, con muchos logros, y gran respeto dentro del gettoe de los creadores.

Diógenes, nacido un 29 de mayo de 1941, fue galardonado en tres ocasiones con el Premio Anual de Cuentos José Ramon López, por sus El silencio del caracol 1978; Todo puede suceder un día, 1982; y La pinacoteca de un burgués. En 1983 obtuvo el Premio Siboney de novela con Los tiempos revocables.

Otros de sus libros son: La telaraña, novela de 1980; Lucinda Palmares, novela, 1981; Retrato de Dinosaurios en la Era de Trujillo, novela, 1997, y el libro de ensayos Del imperio del caos al reino de la palabra (1986).

En el 2005 recibió el Premio Nacional de Literatura.

Leyendo este impresionante currículo, me he preguntado por qué en su novela Las estatuas derribadas, del 2014, Diógenes se aventura a cometer uno de los errores mas cuestionados de la ficción: especular con la vida real de personajes históricos que son, además de muy conocidos y estudiados, figuras fundamentales de la historia política de un país y de sus luchas.

En esto no está solo. Hace años participé en una Feria del Libro en Nueva York dedicada a la poeta Julia de Burgos, donde el escritor galardonado se había inventado una historia truculenta sobre cómo había muerto la poeta, un hecho muy documentado por biógrafos de Julia.   Y mientras esto sucedía, la historia real del significado de Julia para la dominicanidad, narrada por los únicos dos dominicanos que compartieron episodios de su vida con la poeta borinqueña: las entrevistas de Don Juan Bosch y Juan Isidro Jimenes Grullón, que publiqué en un libro que se llama Julia de Burgos la nuestra, y en su segunda edición Julia de Santo Domingo, se pasó por alto. Son gajes del mundo intelectual dominicano que no cesarían de asombrar a los estudiosos, si a la gente fuera de aquí no le interesara tan poco el devenir literario nacional.

Empero, antes de adentrarme en la novela de Diógenes escrita sobre Julia de Burgos, poeta nacional de Puerto Rico y bastión de su lucha independentista, permítaseme informar sobre algunas de mis búsquedas en la ficción, las cuales en vez de esclarecerme me dejan cada vez más desorientada.

En mi último viaje a New York me esperaba un libro de Gerald Murnane, considerado por una crítica del el New York Times, del 2018, como: “El mejor escritor vivo en el idioma inglés del que la mayoría de la gente nunca ha oído hablar”.

El libro de este novelista australiano (Melbourne, 1939), (que se considera como el próximo Premio Nobel): Un millón de ventanas, parte de una frase del novelista ingles Henry James: “La casa de la ficción tiene, en resumen, no una ventana, pero un millón”.

Si les menciono a Murnane es porque en este libro el autor define lo que considera como “Ficción verdadera”, término del cual solo rescato algunas características que nos pueden ser útiles para analizar las estatuas derribadas de Diógenes Valdez.

“La ficción:

-Debe evitar los diálogos, crudísima forma, para no dar la impresión de estar influenciada por el cine o el teatro (mea culpa).

-No depende para su justificación con el lugar que podemos llamar “verdadero mundo”, sino del mundo invisible que radica en la mente, porque los personajes preexisten a sus narradores, se comunican con sus narradores, y habitan mundos invisibles que se revelan cuando escribimos.

-Los flashbacks, o retrocesos y avances en el tiempo, son una tontería, a menos que conecten dos dimensiones de tiempo en una sola.

-El narrador es siempre un lector, no suplanta al protagonista, cuenta las historias mientras reflexiona sobre el arte de narrar.

-Lo que importa no son los episodios de nuestra vida reciente, sino lo que generalmente se pasa por alto, se ignora, o apenas se ha visto, o sentido, pero continuamente se revela porque es parte de un patrón de significado que se hace presente durante toda la vida”.

Para la generalidad de la narrativa dominicana estas afirmaciones implicarían repensar el estilo imperante. Bosch inicia La mañosa con un diálogo; y lo mismo hace Diógenes Valdez cuando comienza su novela con una conversación entre Juan Isidro Jiménes y la poeta, evitando el largo preámbulo que explica el cómo y el dónde se conocieron, de muchas de nuestras novelas.

Detenerse en “el hombre” le permite a su vez darnos a conocer esa “antesala del infierno” que fue el manicomio y cárcel de Nigua… “La peor de las pesadillas”, y presentarnos un personaje fascinante cuya vida y permanencia en el centro carcelario desconocíamos: Eduardo Brito.

Diógenes inicia tramas paralelas, donde se alternan Nigua, la biografía de Julia, su amado, y Brito, y precisamente hace uso del flashback “como si fuese una película en blanco y negro” donde Juan Isidro, “comienza a entrever pedazos de su vida” Pág. 15.

De esta novel me gusta la agilidad en la estructura y su manejo de los tiempos narrativos, la secuencia, el dominio de los datos históricos y el lenguaje.

Lo extraño es que Diógenes, con dominio del arte de narrar, haga de la estatura de Julia, en una novela sumamente bien documentada sobre el exilio dominicano, el movimiento de resistencia a la dictadura, las peripecias de Bosch y su relación con Juan Isidro, un tema central de su novela, tanto que la termina con un hecho truculento: la mutilación del cadáver de Julia, a quien por ser “tan alta” le tuvieron que cortar las dos piernas y enterrarla en dos ataúdes.

Carmen De Lucca, quien ha escrito un libro con sus investigaciones sobre el cementerio donde se enterraban a las personas que no se podía identificar, narra con datos exactos lo acontecido con Julia: una mujer de mi estatura, no un fenómeno de circo.

Leí con agrado que Diógenes incluyera en su novela mi crítica al concepto “viril” para definir la poesía de las mujeres; así como los datos que aporta mi entrevista a los dos Juanes, y la afirmación del querido José Emilio González sobre Julia “condenada de antemano a un combate feroz con la maledicencia del ambiente”, de cuya frase adopta el titulo de la novela: Las estatuas derribadas.

Con lo que no podía estar de acuerdo era con el final de la novela, no solo porque no se corresponde con la verdad, sino porque nada aportaba sobre la biografía de Julia, de quien se han subrayado mas sus amores que su rol como bandera de la lucha nacionalista en su país, algo que cierta critica masculina siempre enfatiza cuando se trata de analizar la vida y obra de las mujeres escritoras.

Nunca supe cuántas supuestas amantes tuvieron Bosch o Juan Isidro; o cuantas novias Juan Pablo Duarte, porque lo que importa son las ideas que defendieron, las que los convirtieron en paradigmas indispensables de la conciencia nacional.

De eso se trataba, querido Diógenes.