Inicio Blog Página 115

¡ Qué homenaje al Homenaje al ombligo!

En Rojo

Homenaje el ombligo es uno de los libros icónicos de nuestra literatura. Un poemario en el que dialogan dos de nuestros mejores poetas: Anjelamaría Dávila y José María Lima. Entonces, El Absurdo se propuso reinterpretar ese poemario en una historia de amor en clave surrealista y musical. Desde que lo supe me prometí no perderme ese atrevimiento.  Primero, porque ese libro lo conozco y lo atesoro. Segundo, porque Joaquín Octavio, Cristina Agostini Fitch y su formidable equipo de trabajo son capaces de crear belleza conmovedora.

Hace dos años, El Absurdo adaptó un cuento de Nikolai Gogol, La nariz, con un gran acierto. Hace unos meses  vimos, Hielo Seco, un comedia inspirada en relatos de Virgilio Piñera.  Excelente. Sin embargo, llevar al teatro un poemario es cosa de valientes. Recuerdo en mis años mozos como María Collazo llevó a escena fragmentos de Altazor, de Vicente Huidobro. Teatro Yerbabruja, uno de cuyos pilares era Aurelio Lima Dávila, realizó Historia Natural, que era prácticamente una antología de poesía puertorriqueña contemporánea. La idea de 30 años después, ver este libro amado en escena por una de mis compañías teatrales favoritas era una invitación a una fiesta. Insisto, hay que tener valor.

¿Por qué insisto en que hay que tener valor? Perdónenme el tono profesoral. O no me perdonen nada. Lo digo porque  adaptar un poemario al teatro obliga a traducir lo lírico (que es de suyo fragmentario, centrado en voz/imagen) a lo dramático (acción, personajes, tiempo escénico), es atravesar un camino que genera tensiones estéticas y prácticas que deben negociarse. Y, ¡qué bien se negociaron aquí las imágenes y las voces!

Para empezar hay que crear un hilo dramático (marco narrativo, uno o dos personajes que recorren los poemas) o agrupar poemas en escenas temáticas que progresen.

¿Otro problema? La poesía, digamos que hasta por definición, suele tener una voz interior, monológica o meditativa. El teatro exige interacción y escucha. ¿Qué riesgo se corre? El estancamiento expositivo o el exceso de didactismo. Quien hace dramaturgia, en este caso Joaquín Octavio, debe convertir voces poéticas en personajes, usar monólogos/soliloquios escénicos, transformar versos en réplicas, contrapuntear voces. Además debe “montar” metáforas y alusiones simbólicas que, si bien funcionan en la lectura de un poemario, pueden resultar abstractas o confusas en escena.

¿Cómo fueron resueltos estos problemas? Con la belleza. Me excusan aquí, pero quise decir belleza. Porque no hay pérdida de sentido ni exceso de literalidad visual. Luz, color movimiento. Un banquete. Digamos que se seleccionaron imágenes emblemáticas y fueron traducidas a signos escénicos (luz, movimiento, objetos simbólicos, vestuario, escenografía) y se mantuvo la abstracción mediante un diseño sonoro y una atmósfera coherente, sublime, como nos tienen acostumbrados.

Uno teme con los poemas llevados a escena que la ambigüedad y la densidad semántica desaparezca por hacer los versos “narrativos”. Pero eso nosucedio. Se mantuvieron pasajes poéticos como núcleos interpretativos, se permitió que el diseño (luz, espacio ocupado por cuerpos en movimiento, objetos en magia, sonido) convocara múltiples lecturas en lugar de explicarlas.

Por otro lado, si uno ha leído e interpretado el libro con pasión amorosa, puede pensarse que la lectura propia es la mejor. Lo cierto es que tu lectura es eso, tuya, personal. Que siempre haces una suerte de reescritura interpretativa que a veces puede que hasta traicione el tono o la ética original. Pero eso no lo sabemos. Cada interpretación tiene flujos y miradas libres. Yo vi en esta puesta en escena de El Absurdo que, como en el poemario se alternan tonos (irónico, elegíaco, político), y el montaje lo hace con coherencia estética. Así, por ejemplo, para mí fue un acierto memorable como los personajes de Esqueleto (Aurelio Lima Dávila) y  Ombligo (Yarimir Cabán, Mima) funcionaron como una estrategia unificadora que permitió diversidad sin dispersión con una gracia, humor, gestualidad, sublimes.

Los lectores de poesía esperan cierto tratamiento. Espectadores teatrales esperan acción y claridad. Cuando voy al teatro lo que espero es belleza, y El Absurdo nunca decepciona, hermoso balance entre fidelidad lírica y eficacia dramática. No me quité el sombrero allí porque no llevé mi sombrero.

Felicito a Joaquín Octavio por la dramaturgia y la dirección y por asumir el riesgo, que parece que es lo suyo.  La propuesta visual, de Cristina Agostini Fitch, amplifica la experiencia textual como lo ha hecho en las anteriores puestas en escena. Vemos de manera surreal. Nos ocupa sublimemente la mirada.

En escena, Aurelio Lima Dávila, fuerza interpretativa, gracia cinética. Voz clara y dicción perfecta. Como sus apellidos lo indican, es hijo de los poetas. Me consta que la poesía le corre por las venas. Rosa Lina Lima, maestra de danza, convirtió los poemas y sus metáforas sueltas en movimiento corporal. Lima, es hija de Lima. Y del 14 al 17 de mayo en el Teatro Arriví fue su intérprete. Awilda Sterling, maestra de generaciones y artista cabal, aportó, como la Luna, un enlace vital, una presencia que trasciende el espacio temporal porque sentimos ese mundo con el que se inicia este Homenaje al ombligo en escena. Evocó aquellas lecturas que en los años ‘60’s y ‘70’s fueron el ejercicio de los entonces jóvenes poetas. Por otro lado, siempre es un deleite ver a Iván Olmo. Es profesor de expresión corporal y es obvio. Quienes lo acompañan en escena, y nosotros los espectadores, asistimos siempre a una lección magistral.  También cumplieron con rigor y eficacia los jóvenes Camila Méndez, Millo Canetti y Kiani González. El Poeta y La Poeta fueron creíbles dentro de ese mundo onírica. A veces, por algún instante, creí ver a Anjelamaría en escena.

Por último, porque no quiero alargarme demasiado, aplaudo a rabiar al Ombligo. ¡Qué belleza de interpretación la de Yarimir Cabán! Escondida en un ombligo-nube-doughboy-muñequito de Michelin, pero irremediablemente ombligo, Mima se movió en escena con un balance precario en control. Yo sé que es contradictorio lo que digo, pero traten de entenderme. Era una figuración autónoma del ombligo que con su gestualidad, su instrumental uso de la voz, el uso de los brazos y las piernas, pequeñitas en relación con el gran ombligo, me pareció que con humor y ternura simbolizaba la conexión con la vida, la singularidad del mundo poético, un punto de equilibrio, introspección, ¡qué forma de capturar al público! ¡qué duo fenomenal con Esqueleto! ¡qué manera de complementarse Lima y Cabán!

En fin, mil gracias a todas y a todos, quienes seleccionaron la música antes y durante la obra, quien manejó las luces, quien diseñó el vestuario -por Dios, qué perfección- quien realizó el programa, a todo el elenco, gracias por hacer teatro. Gracias por la poesía.

 

No he podido no ser la que soy

Especial para En Rojo

 

En los últimos días he estado un poco más enfocada e introspectiva de lo habitual. He hablado con el psicoanalista y he repasado, hasta donde alcanza la memoria, los primeros años de mi infancia —apenas tengo 41 años—.

Ya sé que dicen que quien busca en yaguas viejas encuentra cucarachas, pero, francamente, no me asusta. No es que quiera dármelas de valiente (todavía me da miedo la oscuridad); más bien prefiero no andar de fugitiva. También sé que la memoria no es una copia fiel del pasado, que recordar es reconstruir, o volver a pasar por el corazón. De todas formas, no deja de sorprenderme la claridad con que se me presentan algunas de esas reconstrucciones.

De los cuatro a los nueve años tengo recuerdos muy vivos. No son lineales, por supuesto, sino fragmentarios, como estampas o instantáneas que acostumbro a frecuentar; a veces para asegurarme de que sigan ahí, y otras, como en estos días, por si me muestran algo diferente; algo que antes quizá hubiera obviado.

Para identificar la edad que tenía en algunos de esos recuerdos, uso las fechas en que se me empezó a morir la gente. Suena terrible, lo sé, pero la verdad es que me sirve para ubicarme mejor en el tiempo.

Acaso por eso, sabiendo que la vida la mido en lo que me falta, ando indagando en mí. Procuro estar atenta y dispuesta a identificar algún deseo alienado, alguno que no fuera verdaderamente mío, pero que yo haya actuado como propio. Pudiera ser que en ello radique el origen de nuestros sufrimientos. Si una se ofusca, termina construyéndose una vida a base del deseo ajeno. Del deseo de los padres. De la pareja. De los amigos y hasta del mercado.

Consciente de esa amenaza constante, invoco ahora los recuerdos de aquella nena que fui; de la Zahira chiquita que obedeció y que también desobedeció —muchas veces como pudo; otras como le convino— para obedecer a sus propios deseos. Y la veo a los cuatro y a los cinco, brincando la verja para casa de su abuela, con un bolso apretado al pecho, lleno de libros de cuentos que ella misma empacó aunque todavía no sabía leer. Pero es que eran tan bonitos… un montoncito bonito.

Y también la recuerdo señalando la escuela a la que pedía ir cuando pasaba frente a ella en el carro con sus papás. Allí fue donde después empezó el pre-kinder y donde jamás cogió la siesta por estar pendiente de aquellos libros flacos en los que cada día iría aprendiendo a reconocer el sonido de las letras y el sentido de sus palabras. De vez en cuando, al regresar del baño, encontraba niños merodeando la mochila. El día en que finalmente se la abrieron, se preparó para defender lo suyo, hasta que el nuevo amigo, con uno de los libros en la mano, le confesó que «solo quería verlos». Ya en primer grado, la maestra llamó para pedir que le revisaran el bulto a la niña: Simbad el marino no estaba en el currículo, Los viajes de Gulliver tampoco. ¿Dónde estaba la cartilla fonética? Hubiese deseado contar aquí  que a la hora del recreo la intercambié por aquellos libros «prohibidos», pero la verdad es que la había dejado en casa de abuela por estar practicando con ella el «Mi mamá me mima».

Mi afán nunca fue ser la primera en la clase ni demostrar cuántas cosas sabía (eso todavía me produce una rara vergüenza), pero cierro los ojos y me veo un Día de Logros vestida de pollito desfilando por el pasillo de un teatro lleno de padres orgullosos. Me acuerdo que me daba alegría la alegría de los otros y que siempre fui yo mi mayor contrincante.

Una tarde en que bajábamos la cuesta de Guajataca —debió haber sido a finales de noviembre de 1989, porque veníamos de regreso del Hospital de Veteranos, donde mi abuelo materno moriría el 3 de diciembre—, mi papá me escuchó cantar la primera canción que compuse. Se llamaba «Los pajaritos vuelan».  Nada sorprendente; los niños hacen esas cosas. Sin embargo, lo que sí me sorprende es recordar que aquella perogrullada melódica surgió de la necesidad que sentí de consolar a mi madre. Busqué maneras en mi mente, palabras, formas para decirle algo. Como no bastó, entonces miré por la ventana y ante aquel paisaje inmenso le canté bajito que los pajaritos volaban. Abuelo Robert no haría otra cosa.

A veces pienso que, como la muerte tiene sus clichés, quizá ya estaba de moda desearle al muerto que volara alto y que de ahí viniera mi ocurrencia. Pero qué más da, lo que me importa de este recuerdo es que me muestra que no he podido no ser la que soy. Sé que traduzco la realidad para poder soportarla. Lo demás ha sido accidente, consecuencia y también necesidad.

Ya adulta, cuando me recomendaron un perro de servicio, me inventé tres: Jonás, Apocalipsis y Aristóteles. Ni se van ni me esperan. Siempre están. Jonás habita conmigo en el silencio del vientre de la ballena; él ya no huye, y yo espero en su compañía a que bajen las mareas. Con Apocalipsis practico el rigor de los puntos finales, mientras que con Aristóteles calibro el peso de mis asombros. Ellos custodian mi propia verdad.

Mi deseo no ha sido nunca moneda de cambio ni un acto fingido. Lo mío no es un deseo prestado; es el de la nena que se aprieta los libros al pecho porque son su refugio, no su medalla. Así que alzo bandera —no roja, sino rojo clarito—, por si el psicoanálisis insistiera en confundir la gimnasia con la magnesia. No permitiré que me despoje de lo único que con certeza reconozco como verdaderamente mío.

 

 

 

 

 

 

Interpretación de la cabeza de Milton Rua

Exposición de Serrano

 

 

 

 

Hace muchos años, el escultor Pablo Serrano hizo un busto de mi abuelo. Habían sido amigos. Mentira: habían sido amigos, pero no hizo un busto propiamente, sino su cabeza.

Similar a las muchas otras cabezas de Serrano (la de Rubén Darío, casualmente, persiste en el parque homólogo a media cuadra de casa de mis padres, parque del árbol que mis hijos tantas veces han trepado, el que también persiste, ahora casi horizontal pero agarrado de raíces tras María, parque de la cabeza enorme del poeta cuyo ceño parece fruncirse aun más con cada cagada de paloma o lata de refresco que abandonan sobre el pedestal). La cabeza de mi abuelo, por contrario, no está a la intemperie. Y, aunque como otras de esa época pertenece a la serie de piezas subtituladas “interpretación al retrato de…” de las que hay varias de puertorriqueños allegados a Serrano, la de mi abuelo tiene una particularidad: esta cabeza se abre. Y yo ni me acuerdo de la primera vez que mis manos chiquitas la abrieron, de tantas veces que lo he hecho, los dedos hurgando en la ranura difícil y halando la puerta pesada de su rostro para revelar la mano de mi abuelo bañada en bronce.

Yo crecí con esa cosa en mi entorno, con el peso de su gesto inmanente, con esa mano imposible que tantas veces agarró la mía y que aguardaba en esa bóveda imposible, la que tantas veces abrí. Ahora logro ver las conexiones entre esta pieza y los Hombres bóveda del artista (así como su serie anterior Bóveda para el hombre) pero de chiquita ni sabía ni me importaba nada de esto. Era sencillo: la cabeza de Abuelo abría y su mano saludaba desde adentro.

Serrano hizo cuatro de esos bustos-cabeza. Uno estuvo por muchos años en el apartamento de mis abuelos, otro en mi casa, uno más persiste en otra casa familiar; el cuarto viajó hasta Leningrado como parte de una exposición en el Ermitage y ahora reside en el museo Middelheim en Amberes.

A veces camino hacia la cabeza cuando estoy de visita en casa de mis padres. La abro. La mano está ahí, un molde recubierto en metal, ahí como siempre, a la espera. Si fuera de esa gente que se la pasa interpretando cosas, podría decir que esto parece símbolo, testamento, metonimia de lo atroz. El brillo obsceno estalla y grita desde el interior, burlándose con cada apertura de la lápida hermética y plomiza que lo cubre, esa que aún obedece al ábrete sésamo silente que yo recitaba de chiquita cuando me acercaba a ella. El meñique doblado (el meñique que él me decía que yo había heredado, doblado sólo un poco menos, sonriendo con un orgullo que sentí profundo aunque nunca lo entendí). Es una pieza extraña, desconcertante, innecesaria. Y absorbe todo lo que la rodea: se chupa el aire, imanta miradas, convence a quien sea de que ése que está ahí tiene la razón. En uno de esos abrires quise trazar las curvas y rayas y montes de esa mano, como lo había hecho tantas veces antes. Pero no pude. No la toqué: por primera vez, no me atrevía. En visitas subsiguientes no tuve ese problema.

Cierro la bóveda. La mano sigue ahí, pulsando, ahogando un susurro que no sé de dónde viene y que a veces he querido repetir.

De Serrano hay cuatro piezas más en la casa de mis padres. Como yo, mis hijos han crecido con estas formas y sombras sin prestarles mucha atención. En la terraza están los dos bustos de Betances y de Baldorioty; en la sala, la Familia de Carlos IV y una Bóveda para el hombre que me parece lo más bello que haya creado este escultor.

En estas piezas Serrano logra captar los rasgos intangibles de lo que podría considerarse espíritu, para labrarlos y posarlos y empujarlos y sembrarlos y rasgarlos en la superficie espesa, para convertirlos en cosa, para revelarlos como lo que siempre han sido. Con mi abuelo lo hace con los cachetes y los ojos. Igual con el acantilado que baja por los pómulos de Betances, y con ojos de Baldorioty, que brotan como yunta.

Las manos de Serrano torcieron y exprimieron y apiñaron y rasgaron, y ahí sigue ese peso de esos hombres, la cosa que fueron, aun en el caso de un hombre que no fue prócer y cuya frente y mano siguen rigiendo tras tumba de metal.

En las descripciones de catálogo de museo se le subtitula “Interpretación al retrato de Milton Rúa”. Pero recién descubrí su título oficial. Serrano le puso “Mano y cerebro”.

 

Claro de poesía- Ya suenan las trompetas 

 

 

 

 

Marcos Pérez Ramírez (La Habana, 1971) empezó a publicar su poesía en revistas puertorriqueñas de los años noventa. También publicó algunos textos poéticos en el En Rojo y uno en la Antología de la poesía latinoamericana del siglo XXI (Ciudad de México, 1997). En esos años también coeditó, junto a Pedro Cabiya, la separata Aire, que aparecía entre las páginas de este suplemento. En Alejandría (San Juan, 2005), que recoge su producción de ese período, apuesta por un surrealismo de a pie, como lo imaginaran Matos Paoli, José María Lima y Ángela María Dávila. Es notable la continuidad entre el acento de su nueva producción, surgida después de un silencio editorial de veinte años, y el que había consolidado en su obra anterior. En los inéditos que compartimos se aprecia la misma mirada puntillosa a los elementos de la fortuna, el asedio a la pasividad de la acomodación y el convite a echar a un lado la perplejidad para empezar a advertir el asombro.

 

Monarcas 

¿Quién incendió el cielo
y ahora saltan chispas de fuego?
¿Quién vertió tanta hoja anaranjada
para que se las lleve el viento?
¿Cuántos rayos de luz ganará la mirada?
No tengo respuestas
solo asombro y desvelo
por la belleza de este cálido vuelo
que me abrasa
el deseo
de ir
para regresar
ida por vuelta
de las temporadas
y ese mismo cielo
que nunca me abandona.

Ingenio

Te inventé desde la ausencia
apenas me dio tiempo
cuando nunca fuimos
caminando entre la gente
fingiendo ser sombras y apariencias
en un juego de mosaicos
que la luz no pudo romper
¿entonces qué?

Si acaso un pájaro que ya pasó
una conversación postergada
porque realmente no sé qué ha pasado
que todo pasó
y ahora el viento no es otro respiro
ni un deseo
ni un tiempo.
Nada.

Me pesa la carne. Ya suenan las trompetas
y nadie está en el punto de partida.

Mejor perdido que dar a conocer.

En las sombras soy muchos.
En las sombras soy más.

5 pesos

Vino caminando a paso lento
con la mirada caída.

Tocó la ventanilla de mi carro con disimulo.

Aún su cabeza en pos del suelo.

Agitando un vaso de cartón
me pidió dinero.

Lo miré a los ojos.

-Papá, no tengo cambio-, le dije.

Súbito recordé
que tenía algo en la cartera.

– ¡Bródel! ¡Mira, mira! Ven acá.

Y ahí estaba otra vez.
Con mirada alta
preludio a la felicidad.

-Toma. No es mucho,
por favor cómprate algo de comer, quise decir.

Entonces su sonrisa
que nunca me abandona.

El brillo de sus ojos negros, de su sonrisa perfecta
-si no fuera por ese espacio entre sus dientes- su piel y afro ajado.

Su sonrisa fue mía
pero no duró mucho.

Abrí la cartera
y constaté
que regalé
el poco dinero que tenía.

Ante tanta porfía no me quedó sino llorar
dejar salir lo que sentía
un sentido de abandono y rencor
por la suerte
que a ambos nos desafía.

Que yo pueda ocupar su lugar, en cualquier momento,
que la injusticia nos había levantado un monumento
casi imposible de derribar
y que solo es posible derrotar si sabemos amar, si sabemos dar.

Hato Rey 

Para Luis Maldonado, por sus poemas anaranjados.

¿Quién derramó todas esas naranjas en el horizonte?
Todo anaranjado
y los puentes
son perfectos
en sus juegos que derraman sombras
aquel caserío ámbar
es la punta del deseo del sol
y los bancos parecen inofensivos
cuando una grúa se levanta
como una plegaria al cielo
ante las estaciones del tren vacías
y uno que otro chango desaparece
en el resplandor
del barrio La Cerámica.

 

 

Colar café

 

Ana María Fuster Lavín

 

el café danza
su aroma abrazado al salitre
invitándonos a un amor en calma
para sobrellevar otro recorrido
enrutinado al tedio, o a la suerte

igual, en las mañanas
degusto la sagrada cafeína
sobre la marea del periódico
de una vida robada
de un asilo para la paciencia
o una ofrenda
a esos espíritus que me revelan
cada madrugada el misterio
de nuestra resistencia

escucho sus voces
me invocan
respiro, obedezco, transcribo
–el duelo me devolvió la vista–

las emociones se empoderan
luchan con las metáforas
con lo que creímos vivir
y las piruetas del destino,
si este es posible en un territorio
colonizado, asimilado, enmudecido
sea llamado familia o patria

no siempre fui tan trágica
tampoco tan ecuánime
soy metódica desordenada
sistemática y ecléctica
rabiosa introvertida
solitaria multitud

fui aquella niña perdida
que huyó de su enjambre doméstico
también aquella mujer
que se asiló en ­­­­­recuerdos
y acurrucada a la noche
saltó al abismo de sus miedos

–la orfandad me devolvió las pisadas–
es hora de colar otro café
y brindar junto al mar
antes de cerrar mi libro