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Un pueblo que se queda a oscuras, pero no deja de iluminar

En el palacio de Convenciones en Cuba

Especial para CLARIDAD

Fotos Sebastián Castrodad Reverón

Cuba y los cubanos. Abre una ventana y mira como debajo de sus pies se tiende una ruta hacia un[1] futuro. Mira ese futuro. Pálpalo con la yema de los dedos. Desde este huevo llamado revolución se lucha por abrirle el camino a la humanidad para que crucemos un umbral. Será necesario dejar atrás, pelar la piel, dar un brinco, adherirse a otra raíz: un asunto de vida o muerte. La buitrería norteña tiene sus barcos anclados, máquinas de acero y genocidio, alrededor de Cuba. La estrangulación es una metáfora inadecuada. Esto es peor. Es muerte por tortura. Un país, que, en su fulgurante y sublime belleza, resiste, embiste, y a pesar del asedio de más de medio siglo, se regala al mundo con toda su riqueza cultural, científica, sus vacunas, sus doctores, sus escuelas, sus guarachas, sus gritos y glorias, su alma, su corazón; se queda secuestrado y aislado dentro de este bloqueo criminal que le prohíbe incluso el derecho de vivir del amor y el intercambio vital con otras naciones. Y sí, el amor.

Las revoluciones no son procesos sintetizables, ni reductibles a fórmulas que procuran cuantificar su valor y legitimidad. Son procesos vivos. Duelen, respiran, ríen, se equivocan, se corrigen, se desbalancean, cogen impulso, brincan, se caen, se levantan. Vanguardias nunca son sus estructuras, vanguardia no son sus puestos o la nomenclatura de los rangos. Vanguardias son el pueblo. Su gente, vanguardia son los que salen a crear un mundo nuevo, los que se regalan a su gente y se cuidan, desde la institución o fuera de ella; vanguardias son los que hasta en la crisis más profunda en la historia de la revolución cubana se declaran revolucionarios, listos para seguir luchando por una victoria, aunque les parezca imposible, en un momento en el cual se desploma el rancio orden mundial y la violencia del imperio duplica su crueldad proporcionalmente a cuánto va perdiendo en sus acostumbradas áreas de control y genocidio en Asia occidental.

Estuve en Cuba ahora, en el Convoy Nuestra América. Llevamos ayuda humanitaria. Fuimos a un país bajo amenaza de ser invadido militarmente por los Estados Unidos que en poco más de un año ha bombardeado a 7 países, y además secuestró al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, república hermana de Cuba. Fuimos a una Habana asediada, asfixiada, a una Cuba que sufre más que nunca[2], a practicar el amor que se le tiene a una patria que, aunque no es en la que nacimos, nos recibe como si fuera nuestra. La verdad es que harían falta miles de convoyes para hacerle mella al problema. El castigo colectivo que los Estados Unidos y sus lacayos imperiales desatan sobre el pueblo cubano es criminal, inhumano, cruel y una señal clara de que buscan cometer genocidio. Ya lo hacen con Gaza, una ciudad de 2 millones de personas que quieren convertir ahora en una ciudad tecnofeudal. Ya asentaron las bases discursivas para extender el genocidio a Irán y el Líbano. Ahora se disponen a hacerlo a mayor escala con 10 millones de hermanos cubanos.

Aportamos lo que pudimos llevar: dos maletas por persona, fuimos 14 y llevamos 28 maletas. Todas llenas con entre 50-70 libras de suministros, medicinas y luminarias solares. Entregamos en el Hospital Clínico Quirúrgico Salvador Allende, en el Instituto Psicopedagógico “La Edad de Oro” y en una casa de 10 niños sin amparo parental. Además, estuvimos presente en actividades del Convoy, en dónde abrimos espacios para elevar la solidaridad en los espíritus que nos congregamos en la Habana para hacer lo poco que podíamos y debíamos hacer.

Es la tercera vez que viajo a Cuba. Estuve hace 20 años. La situación era muy distinta a la de ahora. Recuerdo haber llegado a Puerto Rico con una sensación de que la gente cubana, a pesar de ser muy parecida a nosotros, vivían en un mundo distinto. Pude constatar y profundizar muchísimo más ese vago recuerdo que le daba forma al carácter del cubano. A 66 años de la revolución es notable que el proyecto educativo del país ha dado frutos dulces y redondos. Los cubanos son una gente sumamente culta y educada, además de empática y amorosa. Igual de importante es que los cubanos son un pueblo que se enseñó a sí mismo a pensar críticamente, a pensar desde sus capacidades y sus individualidades. Es increíble pensar que dónde más comunalmente se vive, en dónde el colectivo es, no solamente una apariencia que va y viene, si no una entidad viva que habita las calles de la Habana, la individualidad de cada persona es lo que más florece. Un pueblo que pasa su niñez aprendiendo a descifrar el mundo para interpretarlo libremente y en donde la revolución nutre y crea los espacios para que se desarrollen los vínculos entre el sujeto y su comunidad, su tierra y consigo mismo, es un pueblo que posee una estructura vital, de cómo ver y vivir en el mundo, entre sus pares y consigo mismo. Es una visión de mundo radicalmente distinta a la nuestra. Disuelta en la sustancia del supremacismo occidental en los 500 años de capitalismo/colonialismo, nuestra cosmovisión y el sistema que nos contiene nos enajena de nuestra propia voz, nuestro trabajo, nuestra comunidad y nuestra tierra.

Ese quiebre, esa desconexión naturalizada y normalizada por la sociedad capitalista a grados absurdamente delirantes, es la que le abre el paso a esta etapa presente de ser humanos en estas sociedades tecnocapitalistas. Nuestra vida en la colonia y en gran parte de los países capitalistas, está completamente mediada y atrapada por las relaciones de consumo, por el imaginario impuesto de los medios omnipresentes y su magia de crear necesidades en las nubes y en los sueños de quienes transitamos por las vías ocupadas por el mercadeo. Atendemos sólo lo que nos ponen delante, entretenidos, hechizados, adictos y anonadados, vivimos pendientes de lo inmediato, sometidos a las fantasías de la clase Epstein, persiguiendo el último trend, dominados por la artificial inteligencia artificial, mientras que en nuestros parques o reina el vacío, o el abandono; o en algunos casos, los rodean de verjas, los construyen expropiando comunidades, o simplemente los proveen centros comerciales como espacios de captación para el extractivismo financiero de quienes terminan capturados por ese espacio público/privado. Las plazas en uso sólo cuando hay eventos, además de que muchas fueron rediseñadas sin árboles amplios que den sombra, y otras que tienen fuentes de agua seca y no se preocupan por la temperatura infernal.

En cambio, camina por la Habana un fin de semana en pleno apagón en el bloqueo más violento que le ha impuesto el imperio en toda la revolución y dime qué ves. Deshilachados balones de fútbol dando con pies en cada esquina. Pasos que resuenan al ritmo de esos cuerpos cubanos que resisten, como los palestinos, con tal de existir. Ocupan sus espacios públicos, practican lo común, comparten y ríen, trabajan, sudan, velan, aman, piropean, beben, bailan, gozan, sufren, josean, venden, compran, pintan, soplan burbujas, cuidan, saludan, recuerdan. Los niños corren con las palomas, las madres y sus comadres a pleno chiste bajo sombras. Y sí, la fatiga es notable. Es visible e invisible el cansancio, porque resistir es cansón y después de 66 años de resistencia, tener que hacerle frente a un genocidio es insoportable. La desesperación es una reacción lógica, la tristeza y el desamparo. Pero, parecería que esa gente se cría con la gracia de aquellas personas a las cuáles se les es imposible humillar. Como una abuela gazatí que se le para de frente a un soldado genocida, como los iraníes que salen a la calle a defender su república mientras las estelas de los misiles enemigos iluminan sus cielos y explotan en diversos lugares de sus ciudades, en dónde viven.

Estimo yo, que se debe a que los cubanos, incluso los que puedan tener cualquier diferencia con los administradores del país, de veras son seres revolucionarios, que creen en su proyecto común, y que apuestan a él en contra de cualquier imperio. Una de las cosas que pensaba constantemente cuando escuchaba a un cubano hablar de su país era que qué bonito debe ser sentirse así de orgulloso por su país. Y es que ¡cómo no sentirse orgulloso del país de uno cuando su gente se conoce como el pueblo más solidario del mundo! Entre médicos, vacunas, bomberos, hospitales, escuelas, guerrilleros, comandantes, y todas las ayudas que han organizado a ayudar a una cantidad enorme de países del mundo, ya sea para liberarlos del apartheid, regalarles el conocimiento médico en universidades que puedan ayudar a salvar vidas en países sin acceso al financiamiento capitalista que requiere el neoliberalismo para construir hospitales, regalar el conocimiento científico para que las vacunas contra el covid-19 se distribuyan entre todos los pueblos que necesitan acceso a ese salvavidas, mandar a un caudal de doctores en plena pandemia a trabajar en países distantes y en crisis humanitarias, entre tantas otras causas y acciones que el pueblo cubano ha hecho suya practicando sus principios internacionalistas, columna vertebral de la revolución.

“Cuba y Puerto Rico son
de un pájaro las dos alas,
reciben flores o balas
sobre el mismo corazón…”

Somos reflejos inversos. Banderas invertidas, realidades invertidas. En una realidad paralela también estarían invertida nuestras realidades políticas. Aquí en Puerto Rico somos colonia, aún, con la mentalidad colonial ya casi integrada a nuestro ADN político, pocos somos los que pensamos para salirnos de esta desgraciada circunstancia. Allá son soberanos secuestrados por el imperio, acá somos colonizados por el imperio y secuestrados por nosotros mismos sirviéndole nuestras cabezas al invasor. Allá el bloqueo es militar, acá es un bloqueo casi voluntario. Allá la educación emancipa y da paso al verdadero individuo, dotado de una autoconsciencia de sí mismo y su contexto. Acá la educación moldea y va erosionando la potencialidad de un individuo que va dirigido hacia un campo de extracción con una sonrisa que ignora completamente el contexto de sí mismo. Allá hacen demasiado con poco, acá hacemos poco con demasiado. Allá la clave de salsa está invertida. Acá no bailamos en las plazas. Allá y acá, en un juego de hermanos que fueron separados al nacer y cuyas experiencias vitales son radicalmente distintas, pero que aún el amor sigue siendo innato, casi genético, casi imprescindible.

Ahora, como de costumbre, nos volvemos a encontrar. Pero en un contexto novel. Vivimos los tiempos más violentos, el cambio más intenso, la decadencia y el inicio del derrumbe del imperio más poderoso de la historia humana. Sus tentáculos dando fuete por todas partes. Sus mierderos lloviendo en su colonia y la sed de sangre humana de sus armas apuntando a Cuba. Nos encontramos, nos miramos en el reflejo mutuo de nuestras realidades opuestas. Nos vemos el uno en el otro, de lo que pudo haber sido en cada sitio. Desde acá en ese espejo reconozco una gran verdad. Por fin entendí el peligro que Cuba representa para el imperio. Una Cuba sin bloqueo, una Cuba con los mares abiertos en un mundo sin sanciones, una Cuba socialista y revolucionaria completamente soberana, sería el testamento y la maqueta hacia el futuro del mundo que por obligación busca transicionar de sus modelos capitalistas de extinción humana a la sustentabilidad de un orden socialista en dónde las sociedades viven en balance ecológico, desde sus capacidades y sus necesidades, poniendo en práctica la búsqueda real por el florecimiento de las individualidades de la gente y sus pueblos. Cuba es peligrosa sí, pero no por lo que nos dicen. Cuba es peligrosa por que si se le deja vivir, no hay manera de parar el futuro, no hay manera de seguir manteniendo el orden capitalista. Y en un orden mundial del imperio Epstein, a cualquiera que apueste por la dignidad humana, hay que matarlo. Por eso amigo, quieren matar a la revolución, a toda costa, sin importar cuántos cubanos más mueran en el proceso. Y a eso nos toca a nosotros sumarnos a esa revolución, desde nuestras capacidades. ¡Siempre del lado de Cuba y el pueblo cubano! ¡Que viva Cuba! ¡Que viva Puerto Rico libre! ¡Que viva el Caribe libre y socialista!

[1] Un futuro en dónde una Cuba que nos es bloqueada es próspera y sirve de ejemplo concreto a otras naciones en su transición hacia el socialismo.
[2] Muchos aseguran que la situación está peor que el periodo especial.

Mucho más que una tercera cualificación FIBA

Clasificatorio FIBA Fotos por Alina Luciano/CLARIDAD

Especial para CLARIDAD

La pasada semana se llevó a cabo en Puerto Rico uno de los torneos clasificatorios que daba boletos para el Mundial de Baloncesto que se llevará a cabo en Berlín, Alemania, en septiembre de este año.  En Puerto Rico se entregaron tres boletos, al igual que en Turquía y China, mientras que en Francia se entregaron dos.  Eso completó el grupo de 11 y añadió a los 5 que ya tenían boleto en mano:  EEUU, Bélgica, Nigeria, Australia y el anfitrión Alemania.

Con esta clasificación Puerto Rico obtuvo su tercera cualificación corrida al mundial femenino.

Se quedaron las potencias de América

El hecho de que las nuestras hayan conseguido el pase no solo es una gran noticia, sino que hay que ponerla en su justa perspectiva.  Puerto Rico venía de llegar sexto en el último Americup detrás de EEUU (ganador), Canadá, Brasil, Argentina y Colombia.  Todas esas potencias quedaron eliminadas en los otros torneos clasificatorios: Brasil se eliminó en el torneo en China; Canadá y Argentina en el torneo en Turquía; y Colombia en el que se llevó a cabo en Francia lo que dejó a EEUU y Puerto Rico como los únicos representantes de América.

Jerry Batista se consagró como coach

Cuando se habla de los grandes dirigentes de nuestra historia deportiva a veces el nombre Jerry Batista no es mencionado, pero, cada día que logra una hazaña más con esta selección, prueba su carácter y su brillantez.

En este caso Jerry sabía desde un principio que los primeros tres juegos tenían pocas o casi ninguna oportunidad de ganarlos (frente a España, EEUU e Italia) y aunque era obvio que él no dirigió para perder, sabía que en los juegos de Senegal y Nueva Zelandia estaban las opciones reales del pase de PR.   Eso quedó demostrado cuando presentó versiones de defensas distintas acopladas a los “matcheos” contra esos dos equipos particulares.  Además de eso, mantuvo la confianza en Jackie Benítez en una movida de la que hablaré más adelante en este escrito.

Pamela demostró porque es “La Capi” y nos hizo recordar a Piculín

Por cerca de 20 años Pamela Rosado ha sido parte de la selección femenina.  Estuvo ahí desde que practicaban en brea hasta los logros inimaginados de los últimos años.  Por eso se ha ganado el apodo “La Capi” pues es, desde hace muchos años, la capitana del equipo.  Confieso que cuando Puerto Rico cayó abajo, temprano en el último juego, 23 a 12, había un nerviosismo en la cancha de que quizás la oportunidad se nos estaba yendo de las manos.  Al rescate vino La Capi y anotó cuatro bombazos en ese segundo “quarter” que nos hizo recordar a muchos cuando Piculín Ortiz, a esa misma edad (39), se echó el equipo al hombro para ganarnos a Canadá en el 2003.

En este caso Pamela acabó como la líder anotadora del juego con 18 puntos y puso a dormir cualquier comentario de que ya debe considerar el retiro.

Jackie también fue vital

Hace unos años, cuando primero vi jugar a Jackie Benítez, una de las cosas que resaltaba era su puntería: tiro abierto que tomaba, sabías que la iba a meter.  Hacía recordar a figuras como Eddie Casiano o Larry Ayuso en sus mejores días.  Desgraciadamente en los últimos tres torneos Jackie no las había tenido todas consigo y pese estar en un “slump” el dirigente Jerry Batista ignoró muchísimas voces de que quizás ya no debería ser parte de las 12 magníficas.  Jerry siempre dijo: es nuestra mejor tiradora y en un juego de estos va a responder.  Sin duda sus tres bombazos, junto a los cuatro de Pamela, cambiaron el juego frente a Nueva Zelandia y dejó demostrado que sigue siendo una pieza vital del equipo, pues que “arma” es tener a una tiradora así saliendo del banco.

Todo mi respeto a Arella Guirantes

Una de las cosas que no debe pasarse por alto antes de terminar de hablar de este equipo, es el compromiso con el país mostrado por su jugadora estrella Arella Guirantes.  Arella se encontraba jugando en la liga de Israel cuando estalló la guerra y estuvo atrapada al punto de que por varios días ni siquiera la embajada de Estados Unidos podía garantizar que ella pudiera salir sana y salva de allí.

Aunque no ha querido entrar en detalles, por lo bajo se sabe que Arella tuvo que pasar por una odisea para lograr llegar a su casa en Estados Unidos y se había lastimado una rodilla en el intento.  Para ella hubiera sido bien fácil decir que no iba a jugar y que quería pasar tiempo con su familia tras la experiencia traumática. Pero Arella, consciente de lo que esta clasificación significaba, no solo se presentó, sino que fue factor importante en ambas victorias de Puerto Rico.

Su esfuerzo y compromiso es digno de admirar.

Fanático de la llegada de Imani

Soy capaz de admitir cuando me equivoco.  Confieso que hace unos meses cuando anunciaron la naturalización de Imani McGee Stafford me dio un tantrum (recuerdo que llamé a la compañera Natalia Meléndez) indignado.  No podía creer que la Federación “nativizara” a otra jugadora pues eso podía significar el final con la selección de Mya Hollingshed quien había sido una de las jugadoras principales del equipo los últimos años.

Estaba consciente que la regla FIBA solo permite un “nativisado” por torneo y no entendía para qué traer a Imani.  Sin embargo, la federación explicó desde el primer día que una jugadora que mide 6 pies y 7 pulgadas de estatura no se conseguía todos los días y que le daba al equipo una dimensión distinta que no hemos tenido los últimos años al carecer de juego en la pintura.

Tras ver los resultados no hay duda de que la federación tenía razón.  Imani cambió un montón de tiros tanto de Nueva Zelandia como de Senegal y en muchísimas ocasiones su sola presencia intimidaba a las rivales; eso era algo que nos hacía falta y será vital para poder ir de tú a tú con cualquier equipo en Alemania.

Hace falta más apoyo

El torneo fue uno espectacular que en mi opinión graduó a la Federación de Baloncesto como anfitrión, pero no hay duda de que todavía hay mucho que trabajar para que el baloncesto femenino reciba el apoyo de la fanaticada  que merece.

Este equipo es sin duda el de más logros en el país en los últimos diez años, pero tiene que recibir el apoyo necesario que se ha ganado a pulso, corazón y victorias grandes.   Nos vemos en Berlín.

 

 

 

 

 

ICE en los aeropuertos

 

Especial para En Rojo

 

Amigos y amigas viajeros y viajeras, durante décadas, el aeropuerto fue uno de los espacios más fascinantes de la modernidad: un lugar de tránsito, promesa y apertura. Era, en muchos sentidos, la puerta simbólica de entrada a un país. Un umbral donde se materializaba una idea poderosa: puedes venir, puedes entrar, puedes circular. El filósofo Marc Augé los llamó un no-lugar, aunque acabaras enamorándote o echando un polvo en el aeropuerto como nos describe Hollywood. Con Trump en el poder, esa escena está cambiando.

Quien piense o se imagine que la decisión de desplegar agentes de ICE en los aeropuertos de EEUU es simplemente una medida administrativa para manejar flujos o compensar la falta de personal, le patina el cerebro. ¡Búsquese un reemplazo neuronal!

Trump quiere transformar el significado mismo del aeropuerto. Donde antes había tránsito, ahora hay vigilancia. Donde antes había expectativa, ahora hay sospecha. Quienes tenemos millaje de aeropuertos recordamos los aeropuertos militarizados de Buenos Aires, Río de Janeiro y Sao Paulo durante los años 70.

Puede que la industria aérea y los administradores de aeropuertos encuentren filas más organizadas. Pero la experiencia de todos los pasajeros jamás será igual. Nadie viaja con la ilusión de entrar en un espacio donde puede ser interrogado, retenido o simplemente observado como sospechoso. Pero es en el turismo donde el efecto se vuelve estructural. y la JGO sueña con su Marca Puerto Rico.

Según los datos de The New York Times, Business Insider y la revista Times, en 2025, Estados Unidos experimentó una caída significativa en el turismo internacional, con una reducción aproximada del 6% en visitantes extranjeros, lo que equivale a al menos 2.5 millones de turistas menos. Este descenso resulta particularmente relevante porque ocurre en un contexto donde el turismo global estaba en crecimiento, convirtiendo a EE.UU. en uno de los pocos grandes destinos en retroceso. La tendencia no sólo se mantuvo, sino que continuó en 2026 con una nueva caída cercana al 5%, fenómeno que ya ha sido denominado en la industria como el “Trump Slump”. A esto, se suma una pérdida sostenida de competitividad global: la cuota de EE.UU. en el turismo mundial ha disminuido de 8.4% en 1996 a 4.9% en años recientes, quedando rezagado frente a destinos como Francia, Italia, México y Grecia. El impacto económico ha sido igualmente notable, con pérdidas estimadas entre $12.5 y hasta $30 mil millones de dólares en gasto turístico internacional, en un momento en que dicho gasto aumentaba en otras regiones del mundo. Esta contracción no solo implica menos visitantes, sino también menor ingreso por visitante.

El turismo no es un desplazamiento físico; es una economía basada en la percepción. Los destinos no compiten únicamente por precios o infraestructura, sino por algo más delicado: la sensación de bienvenida. Cuando esa sensación se erosiona, el flujo se desvía. Así de simple. La presencia visible de los orangutanes y las orangutanas de ICE en los aeropuertos reconfigura el imaginario del destino “Estados Unidos” o “Puerto Rico”. Lo que antes se proyectaba como apertura global comienza a percibirse como control intensificado. Y en un mundo donde los viajeros pueden elegir entre múltiples destinos, esa percepción pesa —y mucho.

No es casual que ya se observe una caída en visitantes internacionales. Esto no es política. Es semiótica.

Porque el aeropuerto, al final, no es simple un lugar. Es un mensaje.

Y hoy, ese mensaje está cambiando y se convierte en un centro de detención.

 

En Reserva-Cómo maté a mi padre

Especial para En Rojo

Me lo recomendó una clienta cuando ella pasaba por un duro momento. Una semana después ya lo tenía en casa. Tenía un título duro.

No es un libro para llevar a una cita médica. Tampoco para leer mientras esperas a uno de tus padres a las afueras de una fría sala de operaciones. Puede sorprender a los de seguridad si lo ven en tu equipaje de mano en un aeropuerto. Podrías descubrir, demasiado tarde, que hay lecturas capaces de acortar cualquier viaje, incluso los que aún no han empezado. A menos, claro, que incomodar sea tu propósito.

Su título es, cuanto menos, sugestivo y violento. Cómo maté a mi padre retumba en su portada. En esta época de lecturas simpáticas y predecibles, atreverse a exhibir un libro así en público es provocar una escena de tensión: miradas que juzgan, gestos que intimidan y susurros que aumentan como un rumor incómodo.

Cómo maté a mi padre es la primera novela de la colombiana Sara Jaramillo Klinkert. Ese título fue el que intenté leer en los lugares menos apropiados de mi 2025, el año más terrible que recuerdo vivir. Lo llevaba conmigo a todas las diligencias, pero sentía que debía esconderlo en ciertos espacios por miedo a la opinión ajena. Lo retomé meses después al morir mi madre, y fue el libro que necesité leer durante ese primer gran dolor de separación.

El libro no se trata de una confesión morbosa ni de recetas para el parricidio. Por el contrario, es una emotiva novela sobre el duelo narrada desde el recuerdo y la reflexión de una hija. La protagonista, ahora mujer, cuenta lo que vivió luego del asesinato de su padre cuando apenas tenía 11 años. Es una novela en que la muerte no es fin, sino el comienzo de una nueva forma de vivir.

La narradora cuenta la historia de su familia en Medellín, Colombia, durante los años noventa en los tiempos más terribles de los capos de la droga. Expone lo que representó para el entorno cercano vivir sin la figura paternal y todo lo que significó para la narradora el dolor de aquella ausencia.

“Cuando tenía once años, un sicario mató a mi padre. Yo era una niña que no imaginaba que algo así pudiera pasar. Pero pasó. Todavía me cuesta creer que apenas treinta y cinco gramos de acero y un gramo de pólvora hayan podido acabar con una familia”, así comienza la novela más honesta que he leído sobre la ausencia. Es una historia que expone lo que ocurre luego de que un familiar cercano muere, lo que queda inconcluso, las decisiones que se toman nublados por el dolor.

La narradora evita centrarse en el crimen o sus responsables y, más bien, se centra en ella. Se enfoca en matar lo que llega con esa ausencia, todo aquello que le impide respirar. Con ello, se regala otra vida posible y necesaria. No se trata de olvidar a su papá, sino de arrancar o de matar las culpas, las que llevamos todos cuando un familiar fallece.

En el libro de Sara Jaramillo se experimentan todas las emociones que se atraviesan durante el duelo: dolor, culpa, coraje, desprotección, soledad, impotencia, fragilidad, vulnerabilidad, consuelo en ocasiones y amor. Por esa inestabilidad emocional, es una etapa que incomoda a los demás. Todos quieren que las personas “superen” esa pérdida como si se tratara de ausencias intrascendentes. Incluso, algunos establecen en sus mentes un tiempo “saludable” para la recuperación. La narradora reconoce que no hay tiempo límite para transitar por cada una de ellas con esperanza y amor.

Para mí, fue un acompañamiento sanador. Me dijo lo que necesitaba escuchar en mi época de mayor vulnerabilidad. No me juzgó, no me exigió evitar el llanto. El libro me escuchó y sintió mi pena. Compartió conmigo la frustración y me conmovió con su claridad en lo expuesto.

Es una historia escrita para todos, los que han pasado por una pérdida y los que no. Es una novela catarsis que ayuda a aceptar y continuar. Esto es especialmente importante, porque el ser humano está acostumbrado a enfrentar las dificultades buscando soluciones (o culpables). En el caso de la muerte, no hay solución posible. Es un dolor que hay que atravesar.

La novela tiene honestidad y detalle, frases consoladoras y reflexión. Al recordar el momento exacto en que sonó el teléfono con la noticia del asesinato, la narradora describe por lo que todos pasamos: “Fue una llamada la que me volvió invisible”; “Le pregunté qué estaba pasando y ella no me miró”. Así describe Jaramillo la etapa de enajenación que se experimenta en el instante primero del recibo de ese doloroso anuncio, en que las personas no saben cómo reaccionar y se paralizan. Muchas personas lo describen cómo vivir dentro de una pesadilla, en la que la realidad se vuelve lejana.

Mientras reflexiona sobre la muerte, la autora expone: “Cuando alguien se muere, uno tiende a aferrarse a los recuerdos, a unir los retazos. Es una lucha constante contra el olvido, a sabiendas de que no hay manera de ganarle”. Al hablar sobre la fragilidad de la vida, afirma: “Pero incluso las cosas más firmes amenazan con esfumarse”; “Toda partida sin adiós es inconclusa”. Al hablar de los golpes que ha sufrido a lo largo de la vida, confiesa: “Me han disparado muchas veces, pero nunca me muero”.

Es una novela dura pero hermosa, nominada a premios literarios y traducida a varios idiomas. Es una historia para leer en casa, tranquilos, con una taza de café. Es una novela que no pide permiso, que incomoda preliminarmente, pero engancha hasta el final. Cuando cierres el libro, quizás reafirmes certezas incómodas: la vida siempre es frágil, toda presencia es provisional y que, como recuerda la autora, siempre habrá una última vez: “como esa vez cuando no tenía ninguna razón para pensar que habría una última vez y, sin embargo, la hubo”.

 

No todo lo que brilla es oro

La pérdida de tierras agrícolas productivas, posibles impactos sobre el acuífero del sur
—principal fuente de agua potable para el municipio— y el potencial aumento de
temperaturas locales debido a la concentración de equipos en grandes extensiones de
terreno, son las consecuencias que acarrean el desarrollo de megaproyectos solares
industriales en terrenos ubicados al norte del municipio de Salinas.

En una audiencia pública ante la Comisión de la Región Sur de la Cámara de
Representantes grupos comunitarios, organizados bajo la Iniciativa de Ecodesarrollo de
la Bahía de Jobos (IDEBAJO) y el Comité Nos Inundan de Placas, presentaron los
hallazgos de más de tres años de investigación comunitaria y gestiones ante agencias
gubernamentales y empresas desarrolladoras.

Las comunidades afectadas incluyen El Coquí, San Felipe, Paseo Costa del Sur y Las
Trinitarias, así como Mosquito y San Felipe, donde residentes aseguran haber
experimentado inundaciones más severas tras el desarrollo de proyectos solares
industriales como Ciro One y Clean Flexible Energy (AES).

Los portavoces comunitarios aclararon que su denuncia no representa oposición a la
energía renovable ni a la tecnología solar, sino al modelo de grandes fincas solares que,
según sostienen, se están desarrollando sin suficiente transparencia ni análisis público
de sus impactos.

“Sería incoherente con nuestra historia oponernos a la energía renovable, especialmente
después del daño que la industria de combustibles fósiles ha causado en nuestras
comunidades. Lo que denunciamos es la falta de rigor científico, la opacidad
gubernamental y la irresponsabilidad empresarial en proyectos que podrían estar
agravando las inundaciones”, indicaron en su ponencia.

Las preocupaciones comunitarias se intensificaron tras el paso del huracán Fiona en
2022, cuando el municipio de Salinas sufrió graves inundaciones. Según estimaciones
municipales, cerca de 2,500 viviendas resultaron afectadas, lo que representa
aproximadamente una cuarta parte de las casas habitadas en el municipio.

En comunidades como El Coquí, residentes reportaron daños particularmente severos,
incluyendo calles cuyo pavimento fue arrancado por la fuerza del agua y viviendas que
quedaron cubiertas por varias pulgadas de agua y sedimentos.

Ante la falta de investigaciones oficiales sobre las causas de estos eventos, las
organizaciones comunitarias contrataron al hidrólogo Carlos Conde, quien realizó un
análisis de escorrentías en la cuenca hidrográfica que desemboca en estas comunidades.

Según explicaron, el análisis concluyó que la remoción de vegetación y la compactación
de suelos en la parte alta de la cuenca, para construir el proyecto industrial de placas
solares de CIRO One, pueden aumentar significativamente la escorrentía hacia las zonas
bajas, alterando el comportamiento hidrológico del área, y reduciendo la capacidad del
terreno para absorber el agua de lluvia.

Un segundo estudio hidrológico realizado en relación con el proyecto de Clean Flexible
Energy, subsidiaria de AES, identificó patrones similares.

Además de los riesgos de inundación, las organizaciones señalaron otras
preocupaciones relacionadas con estos proyectos, incluyendo la pérdida de tierras
agrícolas productivas, posibles impactos sobre el acuífero del sur —principal fuente de
agua potable para el municipio— y el potencial aumento de temperaturas locales debido
a la concentración de equipos en grandes extensiones de terreno.

Los grupos también cuestionaron el modelo energético de estos proyectos, señalando
que se conectan a la red eléctrica principal y no necesariamente benefician directamente
a las comunidades cercanas durante apagones.

Ante esta situación, las organizaciones comunitarias solicitaron al representante
Fernando Sanabria Colón, quien preside la Comisión, a la Legislatura y al Gobierno de
Puerto Rico varias acciones, incluyendo la divulgación pública de los estudios
hidrológicos e hidráulicos de los proyectos (documentos que la empresa CIRO se ha
negado entregar durante años), la realización de una investigación independiente sobre
sus impactos acumulativos y la evaluación de posibles conflictos de interés en los
procesos de permisos.

Asimismo, instaron a abrir un debate público sobre el modelo de transición energética
del país, proponiendo alternativas basadas en generación distribuida y sistemas solares
comunitarios.