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El recolector de techos

Especial para En Rojo

 

A los cinco años ya había perdido más cosas de las que un niño debería recordar. Y sin embargo, él recordaba. No todo, pero lo suficiente como para entender que la infancia puede ser una cuerda floja colgada sobre el abismo de la burocracia.

Le decían Josué, pero en su bitácora interna él era simplemente «el coleccionista de techos». Cada vez que la agencia lo arrancaba de un hogar, alguien le prometía que este nuevo techo sería mejor. Más seguro. Más limpio. Más feliz. Y él, que sólo quería quedarse quieto, aprendió a cargar su alma como quien carga una mochila rota.

En el primero perdió su trompo. Ese que giraba como un planeta pequeño en el piso agrietado de su casa original.

En el segundo, olvidó el olor de su madre. No porque quisiera, sino porque el miedo tiene el mal hábito de borrar perfumes.

En el tercero, alguien le enseñó —a golpes— que el cuerpo también se puede usar para castigar.

Y él, niño al fin, pensó que se lo merecía. Que estaba roto. Que si algo malo pasaba, era porque él lo había provocado. Así funcionan las leyes torcidas del trauma.

A veces lo tocaban donde no se debe pero sí confunde. Sintió aún mas vergüenza y culpa… Otras, lo empujaban contra paredes. Y cuando lloraba, alguien le decía que los hombres no lloran. Que si lo hacían, era porque eran débiles. Defectuosos.

Así fue como Josué aprendió a llorar desde el alma.

Después vinieron otros techos: el de las reglas estrictas, el del silencio ensordecedor, el de la rabia que explotaba sin aviso. Pero también hubo uno donde alguien, finalmente, no trató de cambiarlo, sino de entenderlo.

María no era su madre. Pero lo escuchaba. Lo esperaba. Le servía café con leche y le decía que no hacía falta entender todo para seguir viviendo. Con ella, Josué no dejó de tener pesadillas, pero al menos aprendió a despertar con alguien al lado.

Dibujaba cuando nadie lo miraba. Y luego, cuando la rabia ya no cabía en sus dedos, comenzó a tocar música. Primero con miedo, luego con furia. Aprendió que una tuba podía sostener el grito de un niño que nunca fue escuchado. Que una banda escolar podía ser familia, aunque nadie llevara tu apellido.

A veces creía que su historia era una grieta sin final. Pero un verano cualquiera, sonó el teléfono. Alguien al otro lado decía: “Soy Ruth, tu hermana”. Y así, como quien encuentra una canción vieja en la radio, Josué volvió a recordar que no había nacido solo.

El reencuentro fue sin drama. Sólo un abrazo y un café. Y el perdón. No como absolución religiosa, sino como necesidad biológica. Simplemente, no le quedaba espacio para un nuevo dolor… Ignorando la ironía, perdonó a su padre, que ahora era pastor. Perdón a su madre, que había regresado del infierno. Perdón a sí mismo, por haber cargado culpas que no le pertenecían.

Hoy Josué estudia ingeniería, porque aprendió a reconstruir lo que otros dejaron en ruinas. Dice que lo hace para diseñar techos más firmes. Casas que no se caigan con el viento, ni con los gritos. Lugares donde ningún niño tenga que olvidar su trompo, ni su nombre, ni su dignidad.

Cuando le preguntan qué aprendió en su viaje de techos rotos, Josué responde sin dudar:

—Que madre no es la que pare, sino la que cría. Y que no todos los sistemas están rotos por accidente; algunos están diseñados así. Pero también aprendí —dice con los ojos encendidos— que los elefantes caminan kilómetros para despedir a los suyos, que se abrazan con sus trompas cuando uno llora, y que si ellos, animales enormes y silvestres, pueden ser solidarios, nosotros también podemos. Podemos ser más como los elefantes.

Y entonces sonríe, como si la vida aún le debiera muchas respuestas, pero él ya hubiera aprendido a hacer preguntas más hermosas.

 

Colombia llamó a consultas a su embajador en EE.UU. tras las amenazas de Trump

 

«Las guerras que Colombia vive desde hace 5 décadas se deben al consumo de cocaína en EE.UU.», disparó Petro.

El gobierno de Colombia llamó este lunes a consultas a su embajador en Estados Unidos, Daniel García-Peña, en medio de una crisis diplomática sin precedentes con Washington, luego de que el presidente estadounidense, Donald Trump, acusara a su par colombiano Gustavo Petro de ser un «líder narcotraficante» y anunciara el fin de la ayuda financiera al país sudamericano, en medio de su despliegue naval en el Caribe.

La Cancillería colombiana informó en un breve comunicado que el embajador «ya se encuentra en Bogotá» y que «en las próximas horas el gobierno nacional informará las decisiones tomadas al respecto». La convocatoria ocurre tras una serie de declaraciones cruzadas que llevaron las relaciones entre ambos países, históricamente aliados en la lucha contra el narcotráfico, a su nivel más bajo en décadas.

El domingo Trump anunció la suspensión de la ayuda económica y adelantó que prepara la imposición de aranceles adicionales a las exportaciones colombianas tras considerar que el país incumplió sus obligaciones en la lucha contra el narcotráfico. «Colombia fomenta la producción masiva de drogas. Su presidente es un líder del narcotráfico», dijo el republicano en un mensaje difundido en sus redes, antes de advertir que el país «debería cerrar los cultivos de inmediato o Estados Unidos lo hará, y no de buena forma».

«Una amenaza de invasión»

Desde Bogotá el ministro del Interior, Armando Benedetti, calificó las palabras de Trump como «una amenaza de invasión o de acción militar contra Colombia». En declaraciones a Blu Radio, sostuvo que el único modo de «cerrar hectáreas» de cultivo como exigió el mandatario sería «a través de una incursión terrestre», lo que constituiría «una agresión directa a la soberanía nacional».

Las tensiones se profundizaron tras los recientes ataques de fuerzas estadounidenses en el Caribe, en el marco de su «campaña antidrogas» que le llevó a desplegar buques, submarinos y tropas en aguas internacionales. Este lunes el secretario de Guerra, Pete Hegseth, confirmó el operativo del viernes pasado contra una embarcación supuestamente vinculada a la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional (ELN), en el que murieron tres personas.

Tras el ataque, Petro denunció que se trató de una violación de la soberanía y aseguró que las víctimas no eran más que pescadores colombianos. En respuesta, la Cancillería anunció que acudirá a instancias internacionales «en defensa del derecho soberano del Estado colombiano». Petro acusó a Trump de «ser grosero e ignorante con Colombia» y le reclamó que «deje de usar la guerra contra las drogas como excusa para controlar América Latina».

En cambio, el mandatario colombiano propuso «quitar los aranceles a la producción agropecuaria y agroindustrial» para fortalecer los cultivos lícitos y planteó a Washington que invierta en una reforma agraria que permita reemplazar los cultivos de coca por alternativas legales. «El problema no es con Estados Unidos, es con Trump», aseguró Benedetti.

Washington retiró el mes pasado a Colombia la condición de país aliado en la lucha contra el narcotráfico, certificación que le permitía recibir más de 700 millones de dólares anuales en cooperación. También revocó la visa de Petro y varios de sus funcionarios luego de que el presidente colombiano instara a soldados estadounidenses a «desobedecer» las órdenes de Trump en el contexto de las operaciones militares en el Caribe.

La Casa Blanca sostiene desde agosto un despliegue naval frente a las costas de Venezuela, a la que también acusó de estar secretamente manejada por una red de narcotráfico, generando tensión con los gobiernos de Caracas y Bogotá. Petro, cercano al mandatario venezolano, Nicolás Maduro, acusó a Washington de utilizar la «guerra contra el narcotráfico» para justificar acciones de fuerza en la región, con el gobierno chavista denunciando una intención de imponer un «cambio de régimen» por vía militar.

El frente comercial

El presidente colombiano también afirmó este lunes que el Tratado de Libre Comercio (TLC) entre ambos países está «suspendido de facto» desde abril, cuando Trump impuso aranceles del 10 por ciento a las importaciones procedentes de Colombia. «Esa decisión violó unilateralmente el tratado. Estados Unidos rompió las preferencias arancelarias y nos dejó libres», escribió Petro en la red X.

Pese a su discurso punzante, Petro aseguró que prepara una «respuesta inteligente» junto a su gabinete para las medidas económicas. «Jamás Colombia ha sido grosera con Estados Unidos. Pero no aceptaremos que se nos trate como a un enemigo», declaró el mandatario, antes de insistir en que las políticas de erradicación forzada impulsadas por Washington «han fracasado y solo han dejado muertos en América latina».

Con esta nueva crisis, la relación entre Colombia y su principal socio económico y militar atraviesa un punto crítico. El país andino fue durante las últimas dos décadas el principal receptor de asistencia estadounidense en la región, destinada en gran parte a la lucha antidrogas, que carteles colombianos producen para su exportación masiva.

Según argumentó Petro en un mensaje en sus redes sociales, su país «pone en realidad el dinero y pone los muertos en la lucha» para producir la droga contra la que Trump dice estar luchando. «Las guerras que Colombia vive desde hace 5 décadas (…) se deben al consumo de cocaína en EE.UU.», zanjó el mandatario.

Reproducido de www.pagina12.com.ar

 

La acción de exhibir arte en Puerto Rico y “El manifiesto de Pablo Pueblo” en Galería Guatíbiri

Especial para En Rojo

 

 Las exhibiciones de arte en Puerto Rico tienen una magia particular. Son espacios de convergencias y divergencias… espacios de reflexión. Antes de concretarse ante los espectadores, acontece en éstas una conjugación entre conciencia colectiva, voluntad cultural, arduo trabajo e incluso incertidumbre al momento de decidir con relación a la acción de exhibir. ¿Cuáles son los costes de una exhibición desde la idea hasta evolucionar a la “tangibilidad”? ¿Se entenderá su propuesta o lenguaje?  ¿Trascenderá su espacio  in situ?  Esta conjugación tiene su continuidad en un espacio [real]. Y es que hace mucho tiempo en nuestro País comprendimos que para apreciar el arte no sólo existen los museos “más grandes” –entiéndase en la materialidad del edificio vinculado a otros elementos…– sino que los recintos más sagrados se encuentran en donde la llama de la voluntad cultural arde con más ímpetu y fogosidad. Me interesa centrarme en uno de esos espacios que muy bien se encuentra contorneado por la voluntad cultural e incluso patriótica: la Galería Guatíbiri en Río Piedras.

Como historiadora del arte, egresada del Programa de Historia del Arte de la Universidad de Puerto, Recinto de Río Piedras, debo puntualizar que la Galería Guatíbiri fue de los primeros espacios en donde me sentí “convocada” a ejercer la profesión escogida en un país con un gobierno de poca o ninguna inclusión humanística y cultural. Esto es apreciar y analizar el arte y a su artífice como microcosmos de un todo. Interpretar una obra de arte desde su contexto particular y sus conexiones “universales”. Además del Museo de Historia, Antropología y Arte de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras, esta Galería de más de cincuenta años de fundada, fue la que, sin saberlo en aquellos días de estudiante de Bachillerato, me ofreció momentos de intimidad entre el arte  in situ  y mi formación intelectual, y claro, también espiritual. Y ello nada tiene que ver con la formalidad de un empleo o “residencia” como estudiante, sino con darle sentido desde mi imaginario a la decisión de estudiar la Historia del Arte. Un empleo a tiempo parcial vendría mucho después y no fue en ninguno de estos dos recintos de las artes mencionados. No obstante, a ambos espacios los atesoro en mi memoria como lugares de aprendizajes y sueños –de experiencias y expectativas (Koselleck)– que le sirvieron de extensión a las aulas del edificio Luis Palés Matos de la Facultad de Humanidades de la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras.

La Galería Guatíbiri es un recinto sagrado de las artes puertorriqueñas. Su fundador Rubén Darío Malavé ha mantenido este lugar abierto ininterrumpidamente por más de cincuenta años. Un espacio abierto y accesible “en su máxima expresión”. Guatíbiri es mucho más que una galería. Es menester leer la entrevista realizada a este gestor cultural y publicada en “En Rojo” del  Periódico CLARIDAD en marzo de 2023.

La exhibición más reciente en Guatíbiri, inaugurada el viernes, 19 de septiembre, del presente año, es “El Manifiesto de Pablo Pueblo: Reflexión/Rebulución” del artista gráfico y fotógrafo Alí Francis García. Esta exhibición de Alí Francis es un abarcador manifiesto patriótico donde se honran a mujeres y hombres que verdaderamente representan a su patria puertorriqueña. Es una “oda a la alegría” y al «valor y sacrificio» que implica ser puertorriqueña y puertorriqueño. La exhibición cuenta con más de veinte obras de diversas técnicas y cada una se caracteriza por una minuciosidad ornamental dotadas de un simbolismo puntilloso y “pulcro”. Acercarse a cada pieza artística de Alí es desvelar una multiplicidad de símbolos acompañados de su significado. Es como acercarse a una obra impresionista y justo en ese momento se observa claramente cada pincelada, las cuales existen para servir a su magno propósito de recrear la luz sobre el lienzo. Cada obra de la exhibición “El Manifiesto de Pablo Pueblo…” es sugestiva y contestataria. Te “enganchan” sin dilación. Podría ocupar un amplio espacio escritural para describir cada obra, sin embargo, en este instante sólo quiero centrarme en la espléndida y novedosa instalación que es parte de esta exhibición.

“Los doce Apóstoles de la puertorriqueñidad” es una pieza emotiva, incluso poética, y de una gran fuerza discursiva en lo que a la representación de un “fervor” patriótico y de resistencia cultural se refiere. La pieza en cuestión está dedicada en su totalidad al músico José Antonio Rivera Colón, mejor conocido como Tony Mapeyé: «el Apóstol de la Puertorriqueñidad». En esta obra puede observarse un luminoso y vibrante instrumento musical de cuerdas como figura representativa del puertorriqueño homenajeado coronado por doce fulgurantes machetes que proporcionan un movimiento acompasado y que muy bien armonizan con el movimiento que representa la figura del ave en la parte superior de la composición creada. Esta obra transmite dinamismo y un movimiento constante armonioso y libre. La imagen de la música y de la acción del trabajo cultural puertorriqueño han sido plasmados a cabalidad por Alí Francis en esta pieza magistral. Conviene destacar que cada machete ostenta un nombre.

¿Y quiénes son estas personas a las que le rinde tributo el artista en su obra de los doce apóstoles? A continuación, les comparto los nombres de mujeres y hombres que honran al archipiélago de Puerto Rico con su gesta diaria  –desde el presente algunos y otros desde la memoria–. Los doce Apóstoles de la puertorriqueñidad son:

  1. Tony Mapeyé – Apóstol de la Puertorriqueñidad
  2. Zoraida Santiago – Apóstol de la Canción
  3. Javier Santiago – Apóstol de la Cultura
  4. Julia de Burgos – Apóstol de la Poesía
  5. Nelson Sambolín – Apóstol de las Artes Visuales
  6. Héctor “Papo” Valentín Yera – Apóstol de la Solidaridad
  7. Adolfina Villanueva Osorio – Apóstol de la Familia
  8. Edwin Rosario – Apóstol del Patriotismo
  9. Idalia Pérez Garay – Apóstol del Teatro
  10. Juan Bautista Texidor – Apóstol de la Libertad
  11. Agüeybaná “El Bravo” – Apóstol de la Rebelión
  12. Milagros Rivera – Apóstol del Caribe

Esta lista habla por sí sola. Cada una de estas personas en efecto representan el concepto y la idea o imagen que transmite; y, sobre todo, la acción de cada una de esas palabras en su dualidad como significante y significado. La fuerza y materialidad de la palabra a la vez que su esencia y el alma. Ciertamente, cada una de ellas es inspiración en el ámbito cultural puertorriqueño. Es menester conocer acerca del trabajo y activismo de todas estas personas. Cabe señalar que en esta obra se recuerda a Juan Bautista Texidor, el esclavizado de Guayama ejecutado en septiembre de 1822. Él es el “Apóstol de la Libertad” y es la primera vez que se le honra en una exhibición de arte.

La exhibición de Alí Francis García próximamente se desplazará a otros espacios. Cada obra es una puesta en escena de fragmentos de ese devenir cultural y político puertorriqueño y merecen ser apreciadas y analizadas desde espacios de conciencia colectiva y en la continuidad del tiempo presente.

La autora dirige el Museo de Guayama.

 

One Battle after Another y otras revoluciones televisadas

 

Especial para En Rojo

 

Los sábados en la mañana, algo descansado de la semana en la escuela, me despierto temprano y veo una película. Edna la ve conmigo esa mañana, compartir que no ocurre a menudo porque soy mañanero y ella… no tanto. Vemos Inherent Vice (dir. Paul Thomas Anderson, EE.UU., 2015), una película que me gusta mucho y que está basada en la novela de Thomas Pynchon. Edna entiende mejor la experiencia de ver una película en televisión y la comenta. En una sala de cine oscura se mantiene silencio. La intimidad del cuarto invita al comentario en voz alta. Conversamos sobre lo que vemos. Las únicas interrupciones molestosas son los comerciales.

Inherent Vice abre con un plano general donde la costa se ve enmarcada entre dos viviendas. Recuerdo el momento en There Will Be Blood (dir. Paul Thomas Anderson, EE.UU., 2008) cuando Daniel Plainview (Daniel Day-Lewis) flota en medio de un mar que se mueve con la densidad del petróleo que terminará ahogando su humanidad. Edna comenta lo mucho que la imagen se parece a San Demetrio en Vega Baja por las casas en la orilla de la playa. Cuando voy a responder con algo sobre el mar, irrumpe la narración Sortilège (Joanna Newsom) en la película y nos lleva al momento en que Shasta (Katherine Waterston) visita a Doc (Joaquín Phoenix) para pedirle ayuda. Me encanta la entrada lenta de Shasta y mantengo silencio para gozármela. Ella se acerca a la cámara mientras observa con una sutil sonrisa curiosa y, justo frente al lente, chista. ¿Cómo entró en la casa? Qué importa. Luego pasamos a un primer plano de Doc, que descansa la cabeza sobre unos cojines perdido en su arrebato marihuano. Al sonido del tenue llamado de Shasta, Doc gira la cabeza y enseña su grata sorpresa al verla. “La femme fatale del film noir,” dice Edna. Le comento que me recuerda a Chinatown (dir. Roman Polanski, EE. UU. 1974). Sin embargo, mientras Gittes (Jack Nicholson) es un dandy más cuidadoso con su apariencia, Doc es un hippie de patillas largas, que anda en chancletas y eternamente arrebata’o. “Deja que le vea los pies sucios a Joaquín Phoenix,” pienso conociendo a Edna. Entonces recuerdo la única novela que he leído de Thomas Pynchon, The Crying of Lot 49.

Después de solo leer su novela corta y la mitad de una más larga (Mason & Dixon), Pynchon dejó su marca en mí. Releo The Crying of Lot 49 cada cierto tiempo desde que la discutimos en la Universidad de Puerto Rico para la clase de literatura estadounidense contemporánea con Diane Accaria. En uno de mis momentos favoritos, Oedipa Maas, aburrida de su vida con su esposo Mucho Maas (me mata ese nombre), se encuentra en un motel con un abogado que conocemos por su apellido, Metzger. Ambos beben y coquetean mientras ven en el televisor un melodrama olvidado sobre la primera guerra mundial, Cashiered. En la película, un hombre, su hijo y un perro viajan en un submarino, construido por el padre para apoyar a las fuerzas inglesas en contra de los turcos. Metzger se sorprende por la coincidencia de que él era el niño que hizo del personaje del hijo en la película. Oedipa encuentra esto raro, pero lo interroga sobre el posible final triste que tendrá la película. Ella apuesta por un desenlace trágico y, por un momento, piensa que todo es una treta de Metzger para impresionarla. Esa paranoia prevalente en la novela de Pynchon, donde los personajes sobreviven dentro de múltiples conspiraciones y junto a sociedades secretas que los velan desde la oscuridad, también invade a Doc cuando vuelve a ver a Shasta. Me saboreo la escena desde mi cama y siento a Pynchon reconstruyendo mi charla con Edna sobre Inherent Vice en el intercambio entre Oedipa y Metzger sobre Cashiered en la novela corta. Es inevitable pensar en la mas reciente maravilla de Paul Thomas Anderson, One Battle after Another (EE.UU., 2025).

En One Battle after Another, inspirada por la novela Vineland de Thomas Pynchon, Bob (Leonardo DiCaprio) es un revolucionario en los Estados Unidos, experto en hacer y poner bombas. Este se envuelve románticamente con una líder revolucionaria, Perfidia (Teyana Taylor). Aunque ella es ferozmente independiente, Perfidia tiene una bebé con Bob. Pero su relación se ve amenazada por la recién nacida que Perfidia siente le roba la atención de Bob. Por esto, ella comienza una relación sexual peligrosa con el coronel Steven Lockjaw (Sean Penn), un militar que investiga al grupo revolucionario por sus actos y que está obsesionado con Perfidia. Años después, Bob debe proteger a su hija adolescente, Willa (Chase Infiniti), que ha sido secuestrada por las autoridades y cuya vida corre peligro. En One Battle after Another, la revolución continúa años después de que Bob, tanto como Doc en Inherent Vice, se ha dado por vencido y trata de olvidar su pasado con marihuana y alcohol. La búsqueda de su hija le abre los ojos ante las organizaciones revolucionarias que existen escondidas y cuyos líderes inspiran a proteger a los marginados perseguidos por el gobierno. Por otro lado, la organización del Christmas Adventurers’ Club, una sociedad secreta de hombres blancos adinerados que mantienen la pureza racial en los círculos de poder, amenaza indirectamente la vida de Willa. Es una maravilla ver al sensei Sergio St. Carlos (en una actuación sobria y poderosa de Benicio del Toro), que nunca pierde la calma mientras moviliza a un grupo de indocumentados para escapar de las autoridades, y que contrasta la agresividad trinca de Lockjaw. Anderson entiende a Pynchon, a sus personajes raros y la manera en que nuestra realidad se entrelaza con las surrealidades silenciosas que se mueven desapercibidas en los recovecos oscuros dentro de su universo literario. Bob representa la pureza y el heroísmo del revolucionario, hecho que se reafirma cuando se sienta frente al televisor para ver The Battle of Algiers (dir. Gillo Pontecorvo, Italia y Argel, 1966), una de las joyas del cine revolucionario.

En The Battle of Algiers los revolucionarios argelinos se resisten ante la ocupación francesa de Argel. Desde las calles y con recursos limitados, el ejército secreto de liberación argelina asesina agentes de la policía y pone bombas en negocios frecuentados por la población francesa. La historia nos lleva desde los centros de mando franceses liderados por el coronel Mathieu (Jean Martin), que es sistemático en su persecución y tortura de los revolucionarios, hasta los escondites de Ali La Pointe (Brahim Hadjadj), un joven argelino que se ha convertido en un héroe de la lucha por la independencia. Aunque los personajes en The Battle of Algiers representan roles en la lucha revolucionaria que carecen de desarrollo individual, sentimos el precio terrible que pagan los argelinos en su resistencia al gobierno colonial.

Los riesgos que enfrentan los revolucionarios argelinos por la liberación de su país son tan grandes como los que enfrenta Bob en la búsqueda de su hija. ¿Será el final de Bob y Willa tan trágico como el del trío (el padre, el hijo y el perro) que conduce el submarino hacia la batalla en contra de los turcos en Cashiered? Si Oedipa logra sobrevivir la lata de aerosol para el pelo que vuela como un misil en el cuarto del motel donde ve la televisión con Metzger en The Crying of Lot 49 y Doc llega a desenmarañar el misterio que rodea a Shasta en Inherent Vice, entonces la esperanza por la lucha continúa. No se me escapa que vivo junto a Edna entre conspiraciones y luchas que nos hacen perder el sueño, aunque todavía nos podemos reír cuando ella se queja de los pies sucios de Joaquín Phoenix.

 

 

Fragmento de Fábulas de Conejo y Cazador 

11.

Le parece que el bosque no es sino apertura. Que bosque, que no es sino otra palabra para mundo, es una cinta que discurre y sopla y pulsa, que se desenrolla veloz hasta golpear la mano que la sostiene, que estampa la piel de un chicotazo al abrirse furiosa.

En esta cinta hay pliegues y ruedos rotos: cuadros en tela que se expanden hasta abrirse en flor. El bosque es el mundo, y es una cinta, y es abrirse. Una fila eterna de portales, cada uno en expulsa de deseo, algunos en tragos de ruego. El mundo, le parece, no es sino apertura. Este bosque dilata.

Cazador viaja por la arboleda. Corre atento y sigiloso por el soto; evade simas y raíces crecidas mientras busca su presa. Está cansado. Lleva una vida buscando tras estas puertas, en mira de lentes que opacan al instante del toque. Lleva vida, que no es sino otro modo del hoy, buscando el arribo en pieles sin carne. A veces amasa la promesa de un alimento que acaba en sabor ciego: ahí se vierte entonces sin sentir, ahí se da en parvo deseo, ahí la leche corre por la vertiente sin verbo, sin mapa. Está cansado.