martes, mayo 26, 2026
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Será Otra Cosa: La extravagancia del ahora

 

Por Mari Mari Narváez/Especial para En Rojo

 

1.Me había resistido estoicamente a escribir sobre la pandemia y la cuarentena. «Sé que es una gran tentación pero es clichoso», le dije a una amiga al principio de todo esto. Estaba convencida de que especialmente adoptar el tono apocalíptico para escribir sobre la pandemia, era una salida fácil y predecible. ¿Estaría en negación? Puede ser. Sigo creyendo que esto es un cliché pero ahora el tiempo no me está ayudando pues, cada día que pasa, mi vida se convierte más en lo que nos ha traído la pandemia.

Ya antes de toda esta crisis, los grandes temas universales (la vida, el amor y la muerte) iban quedando condensados en un «darle la vuelta al sol», «amar hasta el infinito» y «volar alto» en tiempos de redes sociales y restricción de caracteres. Las ‘amistades’ se iniciaban con la solicitud de un click; los futuros amores se predecían como se anticipa quién comprará una faja: por algoritmos. O sea, el mundo había cambiado bastante. Era, sí, otra vida, otra manera de relacionarse pero era también alternativa. Es decir, aunque a veces podías llegar a preguntarte si, en efecto, existía por sí sola la vida material, una especie de aquí y ahora, o si acaso estábamos todos en el tránsito de las ondas, esperando que nos leyeran el subtexto del texto, sí teníamos la opción de cerrar esa ventana virtual y acudir a la vida corpórea, más o menos como siempre la conocimos: salir con las amistades, comernos una pizza, acudir a reuniones, actividades, hacer visitas, viajar.

Hoy ya es más difícil asumir esa otra vida como alternativa. Si apagamos la ventana virtual, el mundo se reduce al estricto núcleo familiar y tu balcón. Así las cosas, esas «redes sociales», al igual que Whatsapp y sus facsímiles razonables, se han convertido en la casi única plataforma de sociabilidad existente, más allá de tu cuarentenado, si es que tienes uno (o una). Dicen que una es lo que lee. No es exactamente cierto pero sí leía el otro día a Olga Tokarczuk, la escritora polaca que recientemente ganó el Premio Nobel de Literatura, decir que «el mundo es un tejido que tejemos diariamente en los grandes telares de informaciones, debates, películas, libros, chismes, pequeñas anécdotas. Hoy, el alcance de estos telares es enorme: gracias a Internet, casi todos pueden participar en el proceso asumiendo la responsabilidad o no, con amor u odio, para bien o para mal. Cuando esta historia cambia, también lo hace el mundo. En este sentido, el mundo está hecho de palabras».

Hoy las palabras solo se albergan en la casa, este lugar que por años he denunciado como el escenario de la felicidad muy privada que se impone en nuestro país. Por la vía que vengan, las ejercemos desde allí. La casa entonces se ha expandido de debates y películas y libros materiales y virtuales, y chismes y textos grupales y Zooms, de todas las anécdotas del mundo que hemos podido recordar cada noche, sentados en las sillas de plástico. Se ha expandido de silencios también y todos los silencios componen un lenguaje propio. Es el mundo de «allá afuera» el que se va volviendo más pequeño y, muy extrañamente, a veces temo que también menos apetecible.

En algún momento tal vez de desorientación he llegado a preguntarme si el mundo somos (o llegará a ser) mi cuarentenado y yo. Nunca antes me tuvo tanto sentido que dos personas juntas no supongan lo mismo que tres, que cuatro o cinco. He recordado mucho lo que aprendí sobre el lenguaje árabe en un viaje que hice a Marruecos: que dos no son un plural sino otra cosa, una categoría en sí misma. Una persona es una voz singular, dos es una unidad dual. El plural existe sólo de tres en adelante. Desde que lo supe, no he vuelto a entender cómo no lo imaginé antes. Lo que hay entre dos personas, las que sean, no tiene nada que ver con el exceso de un plural. La experiencia de dos no tiene escapatoria. Dos siempre van a encontrar cierta mentira propia en el otro. Como también cierta verdad de las cosas. Dos siempre tienen por dónde unirse, y si se separan, es incómodo no marcar la ruptura, componer una despedida. Entre una multitud, guardar silencio, retirar la mirada, poner una mano, constituyen actos mínimos. Pero ante un solo otro son actos ineludibles.

Son las cosas del lenguaje. Cómo al final siempre vemos el mundo a través de las palabras.

 

1.En mi vida «normal» (pre-pandemia), uno de mis pasatiempos (obsesiones realmente) era buscar pasajes aéreos en liquidación. Desde muy temprano en la pandemia, por primera vez en toda mi adultez, dejé de pensar en los viajes que quería dar. Presumo le pasó a muchas otras personas viajeras, no seré la única. Cuando me percaté de esta fatalidad, intenté animarme haciendo algunas búsquedas de destinos naturales donde pueda practicarse el distanciamiento físico pero no me duró mucho. Realmente creo que he perdido esa obsesión, así sea «de momento», por la crisis (que sabemos puede durar años).

Eso sí, sigo recordando constante, lúcida, también obcecadamente los viajes pasados. Algo que siempre me fascina de los viajes es ese momento en que descubres, no la belleza, no la sorpresa, no la inmensidad (esas son obvias). Me refiero al momento cuando descubres que un lugar no es lo que habías imaginado, cuando le encuentras la degradación. Es un fenómeno. Me ha ocurrido muchas veces. La vida falla bastante en hacerle honor a la literatura, y los lugares que alguna vez imaginaste gracias a un libro o una película, sueles encontrarlos degradados por el tiempo, por la memoria o por el capital. Me di cuenta de esto hace años, en la plaza Jemaa el-Fna de Marrakech, cuando fui con excesivo e inocente entusiasmo buscando ver por fin a los enigmáticos encantadores de serpientes. Me creí que iba a Las mil y una noches, pero realmente me encontré, digamos, con el compendio, o más bien con otra cosa. Al final sales huyendo de los encantadores, no por las intimidantes serpientes sino porque no tienen la más mínima voluntad de ser esos personajes míticos, misteriosos de la literatura. Son más bien unos señores de un demeanorviolento y apresurado, que te amenazan de entrada antes de que se te ocurra incluso sacar la cámara, todo esto sin dejar de exhibirse con su mascota y sus medias sonrisas de pocos y dorados dientes para quienes les pagan las sumas que exigen para ser retratados. Como dice mi amiga Beatriz Llenín, esa degradación, ilustrada en aquella agresividad de los encantadores, es el canje inescapable entre la necesidad económica y la rebelión contra un ordenamiento que, de tanto exigir que la realidad sea como la fantasía, termina violentándola enormemente.

 

Van tres meses y medio y puedo contar con una sola mano las veces que he salido de casa a algo que no sea trabajar, ir a alguna playa en estricto distanciamiento físico (mi única actividad recreacional fuera de casa) o comprar alguna cosa necesaria. Para mi extrañeza, si bien me he sentido hastiada y cansada, muy cansada muchas veces, tampoco he desesperado. Y si bien extraño mucho a la gente, creo que me he ido acostumbrando a esto (lo que sea que es esto) y tampoco tengo ya deseos de volver a aquel pasado, a aquella «normalidad» nerviosa, expuesta, trepidante. Me pregunto si el presente no fue siempre una memoria expansiva del pasado, una ansiosa decodificación del futuro. Si, en este ejercicio de encierro cada vez menos forzoso de ver crecer la casa y sus objetos en dimensiones inimaginables, el ahora se me vuelve una extravagancia cada vez más valiosa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La historia de las hermanas Korvin-Krukovskaya

Pero las hermanas tenían ideas propias. Anya y Sophie iban poner a prueba y a sufrir los límites de la sociedad aristocrática donde nacieron, Anya por sus ideas políticas y Sophie por la absurda idea de dedicarse a las matemáticas.

Sophie Korvin-Krukovskaya tuvo que luchar toda su vida, para desarrollar su pasión y talento para la matemática. En el camino se transformó en la primera Doctora de la Universidad de Goettingen. Los resultados de su investigación fueron importantes y, por eso, es la más conocida de las hermanas. La hermana mayor, Anya, más volcada a la literatura y la política también se sentía prisionera en esa sociedad rígida y ambas se aliaron para escapar de la mediocridad y frivolidad de este ambiente.

Fueron educadas por tutores privados como era habitual en su época y clase social.  Sophia descuidó sus otras lecciones por estudiar álgebra luego de que un tío le prestara un libro sobre el tema. A pesar de que el padre se lo prohibió, ella siguió estudiando a escondidas.

Un «marido» para salir de Rusia

Las hermanas quisieron ir a la Universidad, pero eso en Rusia era imposible. Para ir al extranjero había otra dificultad: la ley prohibía que las mujeres viajaran sin el permiso de un padre o un marido. Como el padre se negaba, la solución que encontraron fue buscar un marido. Un marido “ficticio” entre los jóvenes rebeldes, autobautizados “nihilistas”, que pudieron conocer en San Petersburgo.

Vladimir Kovalevski, que a su vez quería estudiar paleontología en Alemania, estaba dispuesto a esta charada de casamiento. Primero pensó en casarse con Anya, pero después se decidió por Sophie. Relaciones complicadas, como en una novela de Dostoievsky (Fyodor Dostoievsky en persona tiene un papel secundario en esta historia porque conoció y cortejó brevemente a Anya).

Sophie, Vladimir y Anya viajaron juntos a la Europa Occidental. El matrimonio Kovalevsky se responsabilizaba por la conducta de la joven soltera y las apariencias quedaban salvadas. Pero pronto Anya siguió su propio camino y se fue a París. Las hermanas dejaron Rusia atrás y de espectadoras se convirtieron en participantes del fermento político e intelectual de su época.

Darwin, la Comuna de París y Marx

Los Kovalevsky estuvieron en Londres y Vladimir se contactó con Darwin, ya que había traducido algunos de sus libros al ruso. Próxima parada, Heidelberg, donde Sophie quería estudiar matemáticas y física, pero fue una decepción ya que no la dejaron entrar en la Universidad por su condición de mujer. Tras insistir logró permiso de asistir a clase siempre que el docente a cargo diera su acuerdo.

Por su parte, Anya estaba en París cuando estalló el movimiento Revolucionario de la Comuna de París en 1871. Para ese entonces vivía en pareja con Victor Jaclard, un joven francés revolucionario, y ambos participaron activamente en la Comuna. Sophia y Vladimir viajaron a París como apoyo a los revolucionarios. Pero la Revolución fue derrotada y duramente reprimida. Anya fue presa y liberada pero Jaclard fue condenado a muerte.

El General Korvin-Krukovsky viajó a París y se entrevistó con las máximas autoridades. No pudo hacer mucho oficialmente, pero en un episodio confuso, aparentemente con el gobierno mirando hacia otro lado, Vladimir Kovalevsky se encargó de facilitar la huída de Victor Jaclard hacia Ginebra. Allí Anya y Victor se casaron burguesamente, pero no abandonaron su actividad revolucionaria. Viajaron a Londres donde se conectaron con Karl Marx y luego se radicaron un tiempo en Ginebra.

La primera mujer en obtener un Doctorado en Europa

Por su lado, Sophie se mudó a Berlin y Vladimir fue a estudiar a Jena. La movilidad de los alumnos universitarios era la norma en Alemania, pero la exclusión de las mujeres también. Esta vez Sophie no pudo ni entrar a las aulas. Al fin y al cabo, fue una ventaja porque obligó a Sophie a pedir clases particulares a Karl Weierstrass, profesor en Berlin. Weierstrass le envió un problema difícil, pensando que con eso se la sacaba de encima. Sin embargo, la respuesta de Sophie fue tan acertada que decidió tomarla como alumna. Sophie completó el curso, de varios años, que daba Weierstrass en la Universidad.

Sophie completó tres trabajos originales en los años de estudio. Weierstrass evaluó que cualquiera de ellos podía servir como tesis de Doctorado. Lo presentaron en Goettingen, amparados en una disposición que permitía la postulación remota de aspirantes extranjeros, y así Sophie se convirtió en Frau Doktor, la primera mujer en obtener un Doctorado en Europa.

También Vladimir era ahora Herr Doktor en Paleontología y la pareja decidió volver a Rusia en 1874. Los Jaclard también volvieron por esa época. Ninguno consiguió acceso a una cátedra, la policía secreta del Zar los tenía fichados. Sobrevivieron en Rusia con trabajos variados. Sophie abandonó las matemáticas, pero se dedicó a escribir cuentos y una obra de teatro, Jaclard dio clases de francés, Anya hizo algo de periodismo y Vladymir se dedicó a los negocios con algo del capital legado por el General Korvin-Krukovsky.

Sophie y Vladymir decidieron convertir su matrimonio ficticio en algo más, vivieron juntos como pareja y tuvieron una hija. Pero el final feliz, como en tantos cuentos de Dostoievsky, no se les dio. Decidieron separase, Sophia dejó a su hijita al cuidado de una amiga y volvió a las matemáticas y a escribirse con Weierstrass.

A través de otro antiguo alumno de Weierstrass,  Gosta Mittag-Leffler, Sophie consiguió finalmente una cátedra en la Universidad de Estocolmo. Vladimir quedó en Rusia, y por  una serie de malos manejos económicos que amenazaban terminar en escándalo se suicidó en 1883.

Anya y Viktor Jaclard volvieron a París, donde siguieron activos en política revolucionaria. Anya escribía para diferentes periódicos y estaba activa en numerosas organizaciones. En 1887, debido a complicaciones derivadas de una apendicitis, Anya murió con 43 años. Aunque fue otro golpe para Sophie, siguió produciendo matemáticas y llegó a Profesora titular y obtener el Premio Bordin entregado por la Academia Francesa. Dado que se competía anónimamente, el jurado ignoraba el género de la postulante y no solo le otorgó el premio sino que el trabajo era tan bueno que aumentaron el premio en metálico de 3000 a 5000 francos.

La carrera promisoria de Sophie quedó trunca al morir por las complicaciones de una neumonía, en 1891, con 41 años. A pesar de esto, produjo resultados notables, de un nivel que hace que su nombre sea recordado en la historia de las matemáticas.

Reproducido de: www.pagina12.com.ar

El autor  es soci@ de Página/12 y fisico jubilado del Centro Atómico Bariloche- Instituto Balseiro.

Medicinas y vacunas anti-virus, bienes comunes de la humanidad.

 

Por Marcelo Barros/Especial para CLARIDAD

En estos tiempos, la humanidad sufre con la pandemia provocada por el Covid 19, con el agravamiento de las desigualdades sociales y con la intensificación de la destrucción de la Tierra. Sobre el modo de cuidar de las enfermedades, la Organización Mundial de la Salud (OMS) define que todo ser humano tiene pleno derecho a la salud. En 2014, el Comité de Derechos Económicos, Sociales y Culturales de las Naciones Unidas ha definido: «El derecho a la salud es un derecho amplio que incluye no sólo la prestación de una atención de salud oportuna y apropiada, sino también los determinantes subyacentes de la salud, como el acceso al agua potable y a un saneamiento adecuado, el acceso a una nutrición y vivienda suficientes y seguras, salud ocupacional y ambiental, y acceso à la educación y información «(Párrafo 11). Este es el vínculo fundamental entre derecho a la salud y el derecho a la seguridad de la vida para toda la humanidad.

Partiendo de esta premisa, organismos internacionales coordenados por la Ágora de los/las Habitantes de la Tierra enviarán a la 75ª Asamblea General de las Naciones Unidas, que ocurrirá en septiembre, propuestas para acciones claves en la lucha contra la pandemia de Covid-19:

1-Acción de la ONU para erradicar el empobrecimiento – no solo para disminuir la pobreza. Las desigualdades sociales y el empobrecimiento provocado por este sistema económico son responsables por muchas muertes provocadas por esta pandemia. 

2 – Actitud de la ONU para detener la destrucción de la tierra y de la vida en la línea de la Ecología Integral. 

3 – Impedir la comercialización de la salud.  Las patentes privadas con fines de lucro sobre la vida son el instrumento mediante el cual el sistema dominante capta y se apropia del valor de la vida. La vida no es una patente. Las vacunas son esenciales y no pueden ser de propiedad privada. 

4 – Que la ONU impida la política internacional que fomenta guerras y conflictos para vender armas y mantener el mundo en permanente riesgo. En 2019, los poderosos gastaron más de 1,8 billones de dólares en armas. Un solo avión de combate americano, el F-35, cuesta más de 180 millones de dólares. Decenas de miles de vidas podrían salvarse si se invirtieran estos millones en el sistema de salud. Es urgente poner la vida y la seguridad de todos/as como prioridad de la política y de la economía. 

Estamos todos/as llamados/as a luchar pacíficamente para que el bien-vivir sea la meta de la política y de la economía. Eso lo requiere una verdadera espiritualidad humana, fundamentada en el cuidado con la Vida. 

El autor es monje benedictino y ha escrito más de 40 libros.

Cerdos se adueñan de las calles

 

Por Cándida Cotto/CLARIDAD

ccotto@claridadpuertorico.com

 

Como si no fuese suficiente tener que manejar la crisis de la pandemia que provoca el coronavirus, los residentes de las comunidades que bordean el caño Martin Peña continúan lidiando con los cientos de cerdos vietnamitas que han invadido sus patios, sus calles, las riberas del caño y los espacios baldíos.

“Nosotros llevamos desde el 2018 al 2019 tratando de resolver el problema de los cerdos en nuestra comunidad” expresó Iris Rijos, presidenta de la Junta de Vecinos de la Comunidad Buena Vista, en Hato Rey. Aunque la presencia de estos animales data de mucho antes de esa fecha, narró que durante ese año lograron que el Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA, siglas en inglés), junto al Departamento de Agricultura de Puerto Rico iniciara un programa para remover los animales de las comunidades. Pero a finales del 2019 esa iniciativa se frustró. Según les informó el  USDA, los fondos se le terminaron y no tenían personal para continuar.

Iris Rijos,portavoz comunidad Buena Vista. Fotos Alina Luciano/ CLARIDAD

El proyecto, indicó Rijos, llegó a remover alrededor de 800 cerdos de toda el área en las ocho comunidades del Caño, especialmente en Cantera. Esta cantidad no representa una cifra suficiente cuando en Buena Vista nada más había alrededor de 400 a 600 cerdos.

Antes de que las agencias de gobierno intercedieran la comunidad de Buena Vista, tuvo la iniciativa de recoger los cerdos y separarlos por hembra y machos para evitar que se reprodujeran. Esta iniciativa produjo resultados porque al menos los cerdos ya no se veían en la calle. Este era un trabajo arduo porque había que alimentarlos, el olor era fuerte y había días que se veían obligados a limpiar. Además, se les proveía comida a las personas que iban ayudar.

“Pero nosotros no somos las personas ni la entidad que le corresponde hacer ese trabajo. Tocamos puerta y ahí es donde entra Agricultura federal y local y el Departamento de Salud porque realmente es un problema de salud de gobierno. Nosotros no somos el ente para resolver esa situación”.

Tras la retirada del proyecto del USDA, ninguna agencia del gobierno de Puerto Rico ha hecho ninguna gestión o esfuerzo por atender la situación. El Departamento de Salud repartió literatura y orientó sobre el peligro que se tiene al tocar los cerditos y las medidas que se deben tomar para evitar alguna contaminación.

En una ocasión unos veterinarios se interesaron en ayudar en la remoción de los animales, pero debido a la falta de un santuario en la isla adonde llevarlos, no pudieron hacer el trabajo.

«Estamos como empezamos» Foto Alina Luciano/CLARIDAD

“Así que estamos como empezamos”, lamentó Rijos, a la vez que expresó su preocupación de que los niños ven los cerditos como una mascota para juego cuando pequeños, pero esos cerdos pueden llegar a pesar 150 libras, lo que representa un peligro. “La comunidad es la que los alimenta. La gente los acostumbró a darles comida y por eso es que el animal es más peligroso, porque come comida de humano. En el momento que no la tienen se pueden   tornar agresivos”.

Rijos quiso dejar claro que, aunque hasta ahora en la comunidad no se ha reportado que alguien se haya enfermado, Buena Vista es una comunidad que se inunda, lo que la hace más vulnerable porque tanto el orín como el excremento de estos animales transmiten enfermedades como la leptospirosis. Además, declaró su preocupación por que incluso la gente “coja miedo de venir a nuestra comunidad”.

A estas alturas hay muchas versiones de cómo llegaron estos animales a la comunidad de Buena Vista. Lo que sí entienden es que “esos cerdos no llegaron solos; alguien vino y los tiró. Ya han llegado a la Milla de Oro, Floral Park, también camino a Río Piedras por la Barbosa. Pero también he visto gente que se para y los alimentan. Nosotros le hacemos un llamado a la gobernadora, al Departamento de Salud, al de Recursos Naturales y a Agricultura Federal, que ellos son las personas que tienen los expertos para tratar esta situación. No solo en el caño, en todo Puerto Rico”.

Entrevistado por CLARIDAD, el doctor en veterinaria Ricardo Fernández destacó que la proliferación de los cerdos vietnamitas, así como la de cerdos salvajes domésticos representa un   problema de salud pública para la comunidad y un peligro para los porcinocultores.

“En nuestra cultura no se ve mucho utilizar un cerdo como mascota. Sí últimamente se usan como mascotas; pero eso no es la norma. La norma es que el cerdo es criado por porcinocultores, se utiliza para un propósito de consumo. Los cerdos vietnamitas no tienen esas características.  Mucha gente dice que son cerdos enanos y los compran creyendo que van a tener un cerdito bien bonito, chiquitito toda la vida, pero no se instruyen para saber que estos cerdos pueden llegar a pesar hasta 200 libras y son animales que consumen y hay que darles el cuido adecuado”.

Añadió que “desgraciadamente” estos animales se han ido moviendo y ya en Puerto Rico existen lugares donde hay problemas con cerdos vietnamitas y con cerdos domésticos en estado salvaje.

Expuso el doctor Fernández que el problema con todos los cerdos salvajes no es que tan solo dañen las siembras, es que pueden representar un riesgo a la salud de toda la industria porcina porque pueden ser portadores de enfermedades que en un pasado fueron erradicadas en la isla. Enfermedades tales como la pseudorrabia, síndromes respiratorios y reproductivos porcinos. Dado a que estos animales en sí son un reservorio de enfermedades que ya han sido erradicadas, un desorden o un mal manejo de estas especies en la industria porcina se convierte en un problema de salubridad y hasta económico.

En el caso de los cerdos vietnamitas, además son potenciales portadores hacia los humanos de enfermedades como la peste, rabia, gripe aviar y parásitos intestinales. Pueden adquirir leptospirosis, que es la enfermedad de la orina de ratón, y a su vez transmitirla, provocar problemas de piel por parásitos externos como la sarna. Incluso el doctor Fernández reconoció que los cerdos todos tienen una mordedura bastante fuerte y que pueden infligir daño a la gente si se crían un poco salvajes.

“Hay que tener cautela. Por eso es por lo que en la porcicultura de esos animales se manejan procedimientos para evitar que haya problemas de agresividad. Se castran los machos por dos razones: para evitar la agresividad y mejorar la calidad de su carne. Todas las personas que tienen esa dedicación se adiestran para criar un animal de calidad para el consumo humano”, describió sobre los cerdos para consumo.

El doctor Fernández comentó que incluso cuando alguna persona se le acerca y le dice que interesa tener  un cerdo vietnamita para mascota le advierte si sabe en lo que se está metiendo, que no es un animalito pequeño, que va a requerir más comida cuando llegue a los 6,7, 8 meses y ya esté pesando entre 70 a 90 libras.

Estos animales pueden ser fértiles ya alrededor de los seis meses y la reproducción se tarda tres meses y tres 3 días. Una cerda puede tener un promedio de 8 a 9 cerditos. Si se siguen regando, pueden tener de dos a tres partos al año.

El veterinario dijo que, aunque en un principio el cerdo vietnamita es un animal importado, aquí hay crianza de ese cerdito. Su apreciación es que se trajeron con un propósito dual de consumo y como mascota, pero se limitó al área de mascotas porque no tienen el mismo beneficio que otras razas de cerdos que se utilizan para el consumo.

Ante la situación que enfrentan las comunidades del Caño Martin Peña con la proliferación de estos animales, el doctor Fernández no dudó en expresar como salubrista y médico veterinario la importancia que hay de atender ese problema, el cual reconoció se le ha ido de las manos, tanto a los veterinarios como a las entidades gubernamentales.  Este recomienda que se proceda a la captura y disposición adecuada de estos animales, que es la eutanasia, dado a que estos no son animales que alguien los quiera adoptar. Recalcó el peligro que representa para la salud pública, para la economía y la industria porcinocultura de la isla la existencia de estos animales realengos o salvajes, ya que podrían provocar de la noche a la mañana brotes de enfermedades ya erradicadas.

El doctor reconoce que hay grupos de rescatistas y defensores de los animales que no están de acuerdo con esta medida, mucho más ahora con el nuevo código civil.  No obstante, apuntó a que hay que tener una manera sabia de atender el problema, pensando en el bien del animal y manteniendo unos regímenes de salud pública. La captura y disposición humana de estos animales, la eutanasia, es una de las acciones a tomar. Este descarta el que los animales puedan ser capturados y relocalizados.

Para concluir, el doctor Fernández lamenta el que las personas no se eduquen cuando van a adquirir una mascota. “El problema de los cerdos vietnamitas hay que atenderlo de raíz, educando a las personas antes de decidir tomar a un animal como mascota”.

 

 

In memoriam: María Asunción Olivar Piñero

 

Por Vivian Auffant Vázquez

Este 12 de junio del 2020 se despidió a la eternidad una discípula del Maestro Hostos. Mujer de inquieto pensar, llegó a tener en sus manos  la obra del Ciudadano de América, Eugenio María de Hostos. Conoció a su hijo Adolfo  y colaborando como estudiante primero y luego como esposa,  transcribió a maquinilla  la inmensa obra de este mayagüezano universal.  Su nombre, María Asunción Olivar Piñero. Años después se le conoció como la Viuda de Adolfo de Hostos.

Su elegante porte la distinguía a donde fuera. Era muy observadora y analítica  aplicando  el pensamiento y método hostosiano.  El lugar en la primera fila de los actos  de Mayagüez era de ella, muy merecido por su labor de divulgación y enseñanza  del Maestro Hostos. Ese reconocimiento lo ha honrado el Alcalde de Mayagüez José Guillermo Rodríguez dedicando un lugar a la obra del mayagüezano universal. Doña Asunción  fue una incansable colaboradora de las obras hostosianas en la cuidad natal del prócer.

La reconocíamos como  la Hostosiana Mayor, quien la bautiza con ese nombre  es  su hija Teresa y luego se reafirma su título  por quienes estudiamos los escritos del trascendental pensador puertorriqueño. Su  labor fue  incesante,  comprometía su amor al pensamiento de un prohombre postergado aún hoy día. Hostos tuvo la voz valiente que pese a las situaciones  extremas como la ocupación norteamericana, no  imponía su criterio de independencia porque  reconocía que la decisión de estatus era una de conciencia y voluntades unidas. Lo que  no quería era la colonia, la nueva  no  era diferente de España,  es la colonia de  un  naciente imperio. Esa todavía desconocida potencia  cuyos intereses  deslumbraban en las horas más  oscuras de alternativas,  columpiaban la  tempestad de intereses políticos que nublan la razón y el bien común. La diplomacia de Hostos  en sus declaraciones  del 98  ha llevado a opinar que aceptaba la ocupación; nada más lejos de la verdad. Ha sido mal entendido  y  peormente citado. Doña Asunción dedicó su vida a enderezar esos entuertos producto de quienes trastocan palabras y hechos por intereses partidistas.

Todavía las voces actuales imbuidas en el mar de la política de diversas corrientes submarinas piensan que nada  se puede hacer ante la complicada situación histórica. Las circunstancias de  todos estos años demuestran que en muchas ocasiones quienes nadan a contracorriente de la libertad, llegan al fondo de un océano abismal   y contrario a la las leyes de física  que del fondo se sale del remolino, los casos  hasta ahora indican que  se ahogan en el remolino.

A Doña Asunción nuestro agradecimiento por su ejemplo de  conciencia y estudio  del Maestro de América,  pues nos ilustró la lectura y análisis de las circunstancias al invocar la afirmación inequívoca: ni hoy ni mañana ni nunca, mientras quede un vislumbre de derecho en la vida norteamericana, está perdido para nosotros el derecho de reclamar la independencia, porque ni hoy ni mañana ni nunca dejará nuestra patria de ser nuestra.

 

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