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Nueva crónica cotidiana

 

 

Por Sylvia Figueroa

En esta crisis, la distancia es irrelevante. No podemos acompañar a los seres que amamos, aunque vivamos en el mismo edificio, ciudad o país.

Mi hija está en el centro de un campo de batalla. Una cantidad considerable de habitantes de Nueva York abandonó la ciudad, mientras el número de infectados incrementa. Apartamentos amueblados, en barrios costosos, ya han bajado de precio. Donald Trump por fin concede la cuarentena, pero suelta la mano de los gobernadores que le piden respiradores, recursos y que comande la pandemia con un enfoque humanitario. Andrew Cuomo exige a los ciudadanos medidas extremas. En medio del pulseo, algunos vecinos no captan la gravedad de la emergencia y no guardan la distancia recomendada en lugares públicos. Cuando se cruzan los mensajes, todo se vuelve confuso.

En el diminuto apartamento en el que vive junto a su pareja, no hay espacio suficiente para estirarse, caminar, distraerse unos segundos, trabajar sin interrumpirse, ni almacenar provisiones. Las ventanas son pocas y la luz del sol más bien se presiente. Hoy pasan lista de los alimentos que todavía tienen y estiman el tiempo que pueden pasar encerrados sin hacer una nueva compra. Evalúan los riesgos entre salir o esperar unos días y optan por quedarse. Lo que les queda en la alacena les durará una semana.

Ayer me planteé por primera vez la posibilidad de que una de nosotras no sobreviva a un contagio. Nuestras conversaciones han sido muy crudas al respecto, pasamos de un argumento a otro y por todo tipo de emociones. Hoy la muerte está más cerca. Nos recuerda que no hay tiempo que perder, tenemos que pensar con claridad, considerar e imaginar opciones y escenarios.

Optamos por expresar todo lo que no nos habíamos dicho hasta ahora. Comparto con ella mis torpezas como madre, nos sinceramos y nos disculpamos de parte y parte. Sabemos qué decir cuando se presenta la oportunidad; ella recoge mi ánimo o yo el de ella como si pudiéramos hacerlo con las manos, y con delicadeza lustramos toda nuestra historia acumulada. Estamos bien, concluye. La interrumpo para hacer planes futuros, propongo que imaginemos proyectos; razones hay de sobra. Tenemos que vivir, tenemos que proponernos vivir, insisto.

Paso de un recuerdo a otro. Su nacimiento a mis diecisiete años, su primera mirada, el extraordinario instinto animal que despierta la maternidad, su inconfundible olor entre otros bebés, la sorpresa al descubrir emociones nunca antes sentidas, la conexión a través de la teta y el apoyo recibido de una pequeña tribu compuesta por tías y otras madres con más experiencia, que me ayudaron en momentos clave. Todo lo llevo en mi cuerpo.

De repente, esta situación límite trae a mi memoria un accidente que creía olvidado. Lo sufrió mi hija en casa de sus abuelos cuando tenía siete años. En esa casa había un portón eléctrico cuyo control instalado en una pared, impedía ver hacia afuera a quien lo abriera o cerrara. Ese día me estacioné, como de costumbre, frente al portón en espera de que ella saliera. Cuando por fin se asomó, el portón se cerró repentinamente apretando su torso, asfixiándola. Habrían sido los gritos lo que logró que su abuela reaccionara a tiempo. El incidente por suerte duró apenas unos segundos. Mi hija se salvó, pero caigo en cuenta de que mi recuerdo fue guardado como si hubiera ocurrido en cámara lenta. Seguramente lo viví de esa manera porque el shock inmovilizó mis piernas.

Los días pasan, resultan indistinguibles en este encierro. Vuelvo a hablar con mis hijos, acortamos las distancias a través de la pantalla de la computadora. Siempre estoy disponible. Cada uno, atrincherado en el lugar donde lo encontró la cuarentena, va y viene con la idea del aislamiento. Hacemos comentarios livianos, mi hijo comparte algunos videos, por momentos lo olvidamos todo y reímos.

Mañana comenzaremos de nuevo.

“La cuestión sartreana”

 

Por Juan Forn  

El 18 de julio de 1936, el pintor español Fernando Gerassi estaba charlando con amigos en la vereda del café La Rotonde, de París, cuando pasó Malraux y les dijo que Franco se había alzado en España y que había empezado la guerra civil. Gerassi, que estaba cuidando a su hijo de cinco años mientras su mujer trataba de terminar su maestría en La Sorbonne, depositó al pequeño sobre la falda de uno de sus amigos, le pidió que le explicara a la madre lo que había sucedido y se fue a España a defender la República. Miles de españoles en el mundo hicieron lo mismo, ese día y los días siguientes. Pero el amigo en cuyos brazos depositó Gerassi a su hijo Juanito era Jean-Paul Sartre. Hasta entonces, Sartre creía que había encontrado a su igual en el mundo: Gerassi pintaba como Sartre escribía, en ninguna otra persona habían encontrado ambos un nivel similar de autoexigencia, en eso se bastaba su amistad. Y de pronto Gerassi se levantaba de su silla en La Rotonde y abandonaba la pintura. En su afán de entender las cosas escribiendo sobre ellas, Sartre convirtió a Gerassi en uno de los personajes de Los caminos de la libertad, su famosa novela sobre el compromiso. En una mítica escena, Gómez (Gerassi) se encuentra fugazmente en París con Mathieu (Sartre) cuando ya ha caído Madrid y le anuncia que esa misma noche volverá a cruzar la frontera para retomar su puesto de lucha. Mathieu le pregunta para qué, si la guerra ya está perdida. Gómez contesta su famosa frase: “No se combate el fascismo porque se le pueda ganar; se lo combate porque es fascista”.

Gerassi era español de alma: había nacido en Estambul, hijo de judíos sefaradíes, su próspera familia lo había mandado a estudiar con Husserl en Alemania. Gerassi pasó de esquiar con su compañero de estudios Heidegger a dejarlo todo por la pintura, robarle una novia al gran músico vienés Alban Berg (la ucraniana Stepha, que sería la madre de Juanito y el amor imposible de medio Quartier Latin) e irse juntos a morirse de hambre en París. Ella trabajaba para que él pintara y, cuando podía, se anotaba en un curso en La Sorbonne. Así conoció Sartre a Gerassi: Simone de Beauvoir quedó deslumbrada con Stepha en un curso (y siguió siendo íntima de ella después de la pelea entre los maridos). Gerassi sólo abandonó Barcelona en el último avión republicano que zarpó antes de que cayera la ciudad. Se tiró en paracaídas del otro lado de los Pirineos porque Francia metía en campos a los republicanos que cruzaban la frontera. El playboy Porfirio Rubirosa, que además de vendedor de armas ocasional era yerno del dictador dominicano Trujillo, le consiguió unas visas a cambio de favores prestados (Gerassi y Malraux le compraban a Porfirio las armas para los republicanos). Gerassi repartió las visas entre sus amigos judíos en París y se quedó con las últimas tres para su mujer, su hijo y él. Llegaron a Nueva York poco antes de Pearl Harbor. Dos semanas después, él estaba con las OSS: su misión (por su experiencia de campo en las brigadas republicanas) fue ir clandestino a España, armar una red y estar listo para volar ciertos puentes estratégicos si los tanques nazis decidían pasar por la España franquista para defender Africa del Norte.

Gerassi se había peleado con los comunistas en España y después de la guerra se volvió un sospechoso permanente para los norteamericanos también; en la era macartista le hicieron la vida imposible. Sobrevivía con Stepha y Juanito en una escuela perdida en Vermont, que ella convirtió en un establecimiento educativo modelo, la Putney School of Arts. Después de ponerla en marcha, Gerassi la dejó en manos de Stepha y volvió a la pintura. Era una suma de desencantos. Nunca quiso exponer, ni volver a militar, ni tampoco enseñar. Echó a su hijo de la casa a los quince años: Juanito quería estudiar marxismo y hacer su tesis sobre Sartre. Poco antes había tenido lugar el único encuentro de Gerassi y Sartre después de la guerra, que empezó con una visita al MoMA a ver una muestra de Mondrian (“Sí, pero pintar así es no hacerse preguntas difíciles”, murmuró Gerassi) y terminó cuando ambos se acusaron a gritos de haber claudicado moralmente, como si frente a frente no pudieran no ser los personajes de Los caminos de la libertad.

Juanito nunca hizo su tesis sobre Sartre pero en 1970, luego de recorrer el globo como activista internacional intentando en vano conciliar en él las tendencias del hombre de acción y del hombre de ideas (Tribunal Russell, Cuba, Vietnam, Revolución Cultural china, Bolivia con el Che), Sartre lo ungió inesperadamente como su biógrafo oficial y arreglaron encontrarse una vez a la semana a charlar delante de un grabador. Sartre está cansado: la tarea de ser la conciencia del mundo lo abruma un poco desde que los médicos le prohibieron las anfetaminas. Encontrarse con Juanito lo hace sentir en familia: Juanito conversa durante la semana con aquellos cercanos a Sartre en distintas épocas y, cada viernes, le cuenta lo que dicen (que es bastante, ya que a todos les pasa lo mismo que a Sartre con “el hijo de Stepha y Fernando”). Pero Juanito, como su padre, no tiene paz: desde el principio cree que ser biógrafo de Sartre es erigirse en fiscal de cada uno de sus actos, tal como había hecho con su padre biológico, noche tras noche, hasta el portazo final (y el instante siguiente, en que oyó a Gerassi gritarle a Stepha detrás de la puerta: “¡Déjalo! ¡Si puede sobrevivir esta noche, significa que era hora de irse de casa!”).

 

Juanito Gerassi durmió sobre esas cintas casi cuarenta años. Nunca escribió la biografía. Luego de la muerte de Sartre publicó sin pena ni gloria un voluminoso estudio sobre él (“La conciencia odiada de su tiempo” es el subtítulo). Veinte años más tarde, cuando le quedaban sólo tres años de vida, entregó las cintas a Yale a cambio de que publicaran una desgrabación y selección de ellas hechas por él. Es un libro patético y tristemente conmovedor a la vez, con su padre, con Sartre y con él mismo. Marechal decía (y yo no me canso de repetirlo como mantra) que de todo laberinto se sale por arriba. Juanito Gerassi tenía delante de sus narices la salida a su laberinto, pero no la vio porque no supo mirar por arriba de aquel duelo de machos cabríos y hacer foco en Stepha Awdykovicz, su madre, esa mujer que enseñó filosofía, música, botánica y astronomía a tres generaciones de jóvenes dotados sin recursos en Norteamérica. Los interesados encontrarán un capítulo entero dedicado a ella en las Memorias de una joven formal, de Beauvoir. Yo prefiero cerrar con un hermosísimo retrato que le hace el hijo sin darse cuenta, cuando Sartre le pregunta en una de las últimas conversaciones cómo anda de los achaques la hermosa Stepha: “Ya casi no ve, pero conoce tanto las plantas de su jardín que puede distinguir a tientas los yuyos y sacarlos. Le duelen tanto las manos que, cuando toca, le caen lágrimas, pero la música la consuela igual. Está demasiado sorda para oírla, pero dice que la siente a través de los dedos”.

 

*Tomado de www.pagina12.com.ar

 

Los hijos de la pluma pública

Por Francisco (Pancho)Velázquez

Es un viejo sobrante que se la pasa en el balcón de su casa haciendo bordes en ruloté a  pañuelos de algod 

Entre ratos mira la calle;  da puntadas y está al pendiente de la ceniza del cigarrillo, el café frío como lengua de muerto y la memoria  incontinente

…a ver, como se llamaba; Caífás no era, no, le decían Cleo y era químico en la central. La pasta eléctrica, eso… de eso se acordaba, de eso y de los gritos de la mujer y que su papá lo cargó al hombro  camino del hospital — a lo mejor alguien les dio pon—y alcanzó  a verlos en medio de la histeria de aquel domingo,  desde el balcón, dos hombres flacos calle abajo tratando de llegar a la avenida que corría perpendicular a su calle, por entonces vivía en el pueblo,  y  más tarde esa noche oyó murmullos de los mayores  en la mesa de la cocina, hablaban de una cura de corte medieval, una manguera y una lata de manteca de cinco galones y carbón para sacarle el veneno pero el tenía siete años y de aquello hacen sesenta y no entendía cuatro carajos. Siguió otro recuerdo de  Cleo en otro domingo, de aquellos domingos que eran como de fiesta, convenciendo entre risas a su papá, que era viudo,  ninguno de los dos era hombre viejo — carajo si no era él más viejo ahora que todos ellos juntos entonces– y Cleo lo convidaba a pasar por la casa que habían alquilado unas gitanas al doblar la esquina, tres mujeres que leían la mano y él las había visto camino de la escuela y a sus gustos eran bonitas, ojos grandes,  pañoletas y aretes, y apoyaban los codos en el balcón mirando la vida pasar. 

 Se ha dispersado  un momento, mente en blanco, hiato  a la tarea, y después retoma el hilo de aquel episodio y recuerda que los vio salir con lo justo y una propina si había buena lectura y dejaron las carteras en la mesita de la radio en la sala, y a la vuelta llegaron riendo y no soltaron prenda de lo que pasó con las gitanas. También, fugaz, vio  a Cleo a punto de llorar en el funeral de su papa ni seis años más tarde.  

…y el otro, el otro que era pintor de brocha gorda, ese se llamaba Milton, huesudo y feo, que bebía ron de caneca y los domingos empezaba temprano y ya para mediodía pasaba por la calle –ya no vivía en el pueblo, más tirando al campo– cantando aquel tango que decía: misa de once ya yo no soy el de entonces…y se vestía de domingo de verdad, traje azul marino de  casimir y una camisa blanca, acerada y corbata negra, muda de  entierros, y canturreaba y se le olvidaba la letra y repetía la frase y luego se recostaba de un poste a darse un palo y cuando se le acababa el ron escurría la caneca, mirándola a contraluz la echaba en un zafacón y seguía calle abajo dando tumbos…. con su brizna  de tango. Ese era Milton.  

De todos los que convocó solo queda Tuto vivo, poco  mayor que él, y quien le explicó un método anticonceptivo que se usaba en los campos, la pluma pública que era signo del progreso y agencia para llevar agua potable a la ruralía. Era algo que tenía que ver con un embudo y había estacionar el carro al lado de la pluma en la esquina y abrirla y la acompañante tenía que sentarse en el marco de la puerta del automóvil mientras se verificaba la lavativa y  puso cara de incredulidad y Tuto le dijo que se lo había contado Héctor y Papotin que estaban  motorizados, dos chichones de oficio que trabajaban en el pueblo como vestidores de vitrinas o dependientes de tiendas de ropa de hombre que viene a ser lo mismo.  

Pero con el tiempo supo que eso no funcionaba porque había oído cuentos sobre la ducha de coca cola caliente que al igual que la pluma comunal, promovía el resultado contrario y empujaba a ese pobre espermatozoide bañado en agua, o coca cola, hacia dónde tenía que llegar y cada vez que veía a un hijo del privilegio de esos que le agarraban el culo en la fila del comedor, pensaba que a lo mejor era hijo de la pluma, que no tuvo que nadar ni joderse desde el saque y los maestros opinaban que estaba sobre protegido y él sabía que no era eso, que se hubiera quedado melancólico por 24 horas en el marco de la puerta del carro y el viento lo secaría a no ser por el empujón de la gaseosa o el chorro impetuoso de la pluma pública.

Puntada aquí, puntada allá, dos hilos a lo sumo y luego halar para el rollito coqueto del borde y la mente se le va en blanco y buscó entre los recuerdos borrosos de hace más de medio siglo y no encontró a nadie salvo aquel legislador que visitó la barriada detrás de casa y se congregó un grupo de cien personas y el de pie, traje y corbata, detrás de un micrófono de cabaret como los que había visto en el cine, y estuvo casi una hora hablando de la obra y asoció la frase con un espiritista que decían que cobraba por la obra y eso no se hace, pero el senador hablaba de la obra del partido popular y se dirigía a los hombres y repetía, ¨trabajas en la caña pero tu hija estudia en la universidad, eso es el progreso¨ y cosas así  y la gente aplaudía poco para no interrumpirlo y recordó cómo miraba hacia su mano derecha y se acercó un poco y vio que tenía cuatro cosas apuntadas en una cajita  de fósforos y le echaba un vistazo y seguía hablando y ese año de mil novecientos sesenta el partido popular barrió en la elecciones y hubo caravanas que el miraba desde la esquina de su calle que daba a la carretera militar y cientos de carros pasaron con escobas sujetas a la parrilla, a cada lado de los faroles y el de pendejo creyó que era una metáfora de la victoria pero alguien le explico años más tarde que eran para barrer las tachuelas que los republicanos tiraban en la carretera.

Al final recordó a Marcelo el prestamista que lo mataron al lado del cafetín de Manolin, jugando domino al sombreado de las cuatro de la tarde y fíjate que no era mal tipo Marcelo, prestaba menudencia aquí y allá, veinte y cincuenta al 25 por ciento y siempre andaba riéndose con dos dientes de oro que cegaban la vista, reloj de oro y sortijas y aquellos espejuelos con tinte verde claro y un sombrerito de ala breve. El había estado en el cafetín y lo había visto no hacía ni 25 minutos mientras compraba una cajetilla de Chesterfield que eran los que fumaba su abuela y que no bien salió la desensetó y sacó cinco para él, la cuota del mandado, y estaba en el balcón fumando y leyendo El Mundo cuando sonaron los balazos. Contó cinco. Ni siquiera fue a averiguar. 

Esa temprana noche cuando  le contó a Rubén lo de Marcelo, éste le preguntó,

 

—¿Y el libro?

 

—No se, ni importa. Los muertos no cobran.

 

—Coño, tenía los cinco pesos para el interés. Esos veinte pesos me van saliendo caros…qué leche, y hoy viernes…

 

Aprendizajes del virus Corona

Por Chiqui Vicioso

Ha pasado un mes de absoluto silencio.  En el atardecer una luz roja y neblinosa desciende sobre la ciudad.  Bandadas de cotorras surcan el cielo y no hay  un perro o gato en los alrededores.  Solo un infeliz vendedor cada mañana anuncia sus frutas a unos compradores que detrás de sus ventanas vacilan, porque pueden estar infectadas de pobreza y del virus.

El alma se sobrecoge frente a una isla convertida en ataúd flotante a la espera de los náufragos de esta inesperada imposición, de este silencio que obliga a pensar, de este encierro que demanda conversar, compartir, contestes de que hoy puede llegar a nuestra puerta, como el ángel de la muerte de las plagas bíblicas, el virus.

Quienes tenemos familiares en New york nos horrorizamos con las predicciones de que habrán 240,000 muertos en las próximas dos semanas; la fila de camiones en Italia, transportando las víctimas de este holocausto, nos acongojan.  Antes del virus, nada parecía sacudir la inmensa indiferencia del ser humano frente a sus congéneres.  En Siria un millón de niños refugiados muere de hambre; en Irak, aun no se secan las lágrimas por el millón de muertos, pero eso era allá y la gente podía cambiar el canal cuando salían los rostros de la infancia llorando en los refugios fronterizos, en jaulas de metal, y poner alguna comedia cómica de Eddy Murphy. Ahora, ya no hay blancos ni negros, ni ricos ni pobres.  La naturaleza enarbola su guadaña de manera indiscriminada e implacable.

Y, mientras la preocupación universal es como superar este virus y como preservar la vida, el gobierno republicano de USA persiste en su agresión contra Cuba y Venezuela.

A Cuba acaban de impedirle el acceso a los suministros que envía China y  dudo que los cubanos de Miami, a pesar de haber hecho una profesión muy lucrativa del anti-comunismo, se queden con los brazos cruzados frente a las implicaciones genocidas de este bloqueo para sus familiares en Cuba.

Lo mismo sucede con Venezuela, donde USA aprovecha que la atención mundial está en el Corona virus para enviar sus portaaviones, no acabando de entender que no es de su incumbencia determinar quien gobierna o no ese país, como no es la nuestra invadir a los Estados Unidos porque no apoyamos a Trump y exactamente la mitad de la población de USA lo rechaza y denuncia permanentemente.

¿Debemos armar brigada latinoamericanas de apoyo a los Demócratas? ¿A la Pelossi? ¿Para destituir a Trump?

Si algo enseña este virus es que la humanidad es una y que tenemos que reconocernos y respetarnos como hijos de un solo planeta. Ponerse en lugar del otro y otra. Paz.

 

En Memoria: Rafael Ruiz, íntimo

 Por  Juan E. Hernández Cruz /Especial para CLARIDAD

En un hotel de Madrid, entre la Puerta del Sol y la Gran Vía, murió Rafael Ruiz Garofalo, Rafi como le llamábamos sus amigos.  Un empleado gerencial contesta mi llamada hace unos días y me informa que el hotel está cerrado, pero ante mi insistencia de que se trata de un huésped fijo, me pregunta el nombre y contesta secamente: ʺdon Rafael murió hace dos semanas de un ataque cardiacoʺ.

Quedo sobrecogido con la noticia y paso el resto de la tarde angustiado, pensando en la última conversación telefónica que tuvimos y los planes futuros que trazamos.

Me había llamado en la noche, hace unos meses, para quejarse de su hija Camila, quien estaba viajando por China y debido al cambio de horario le era imposible localizarla. Le cambio el tema para que se calmara y entonces la conversación gira alrededor de varios temas.  Primero, la alegría de continuar con su participación en el programa de política internacional con Radio Universidad y el estar preparando una cápsula sobre Putin y su opinión de que este era el líder internacional más hábil en los momentos actuales.

Me informa, en segunda instancia que está organizando, o que está preocupado con su colección  de arte y me pregunta mi opinión sobre algunas obras que tenía y que yo conozco, de Cuevas, de Matta, de Hernández Cruz y de Homar. Quedamos en que prepararía una lista para que yo opinara el valor artístico de estas e indagara con alguien experto de algún museo o galería local.  Ignoro el propósito, ¿o sería tal vez un presagio?

Llegamos entonces al tema recurrente entre nosotros, la conveniencia de que su obra fotográfica (él era más que un aficionado a la fotografía, era un artista) fuera conocida y la urgencia de publicar un libro que yo debía prologar y comentar sobre la diáspora puertorriqueña en Nueva York. Rafael tenía  miles de fotos inéditas, entre ellas de Raúl Juliá (su antiguo vecino y amigo) y otras de valor histórico como la del asesino convicto Agrón, ʺel  hombre de la capaʺ de las cuales reseñé algo en Claridad  hace unos años, bajo el título ʺSalvador Agrón, Rafael Ruiz y la noticiaʺ.

Siempre le estimulé a que hiciera una lista de sus fotos, sobre todo, de la etapa de Nueva York en que se manifestaba ese relato testimonial reflejado en las caras y en los cuerpos de esos transeúntes anónimos de las calles de El Barrio.  En sus fotos se recogía magistralmente la esencia del drama de ese exilio doloroso y cruel de nuestra emigración.

El otro proyecto del que siempre hablábamos era el de sus columnas de política internacional publicadas en Claridada lo largo de los años.  Había que contextualizarlos y organizarlos por temas y regiones ya que su valor es incalculable para historiadores y estudiosos. ¡Y me habló de Rusia y de Putin y sobre estos también son los últimos mensajes que aún puedo leer en mi computadora!

Rafael Ruiz nació en Santurce en 1937.  Hijo de don Rafael Ruiz Soler y doña Ana María Garofalo.  Padre también de Camila Ruiz.

Estudió en la escuela militar Valley Force Academy y en la Universidad de Georgetown en Washington, donde hizo una maestría y cursos doctorales en política internacional.  Profesionalmente se dedicó a la enseñanza en Washington, Nueva York y Puerto Rico.  En Nueva York enseñó en John Jay Community College y en Puerto Rico, en la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras.

Fue un independentista cabal desde que le conocí en la década de 1960, asiduo lector del legendario semanario uruguayo Marcha; inconforme con la realidad neoliberal que le tocó vivir y feroz enemigo del capitalismo salvaje.

Al despedirlo hoy evoco un funeral vikingo y la oración fúnebre que recoge la última despedida; ʺnavegando entre las llamas en tu barco, rumbo hacia la eternidadʺ… hacia Helga Fell (la montaña sagrada) donde reina la paz.

Rafi fue incinerado en Madrid y sus cenizas esperan que se aplaque la pandemia del coronavirus y se reanuden los vuelos aéreos para ser trasladados a Virginia donde vive su hija.

Descansa en paz, amigo, y hasta pronto.

 

La Junta Directiva y el Colectivo de trabajo de CLARIDAD  le envían un fuerte abrazo a la familia de Rafi Ruiz. Rafi por años fue nuestro redactor de asuntos internacionales y consecuente amigo de CLARIDAD. A  su hija Camila  y a toda su familia les deseamos mucha fortaleza en estos momentos tan triste. Hasta siempre compañero.