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Chile, la construcción de una constitución creada desde abajo

 

Redacción CLARIDAD

El pasado 8 de agosto, la Constitución Política de la República de Chile cumplió 40 años desde su aprobación. Fue en 1980, en pleno período de dictadura militar de Augusto Pinochet, cuando el país ratificó entonces una Carta Magna que estaría lejos de ser la garantía de derechos sociales y derechos humanos que todo documento de esa índole aspira a ser.

Desde entonces, el pueblo chileno ha arrastrado lo que muchos consideran es uno de los últimos símbolos de una época de sangre y persecución, pero también de saqueo y robo de las riquezas del país. Aunque reformada en 31 ocasiones, la actual Constitución de Chile dista mucho aún de garantizar servicios tan básicos como el derecho al acceso al agua o a la educación pública y de calidad o el derecho a una pensión para los jubilados. A paso constante, la Ley de Leyes chilena creó las condiciones para que hoy ese país sea uno de los más desiguales de la región, pese a tener índices macroeconómicos que hicieron de él un “modelo” para el resto de la región, a tal punto que se le llegó a llamar, incluso, un “milagro económico”.

Sin embargo, esa reputación pareció venirse abajo cuando en octubre de 2019 un estallido social irrumpió en las calles de la capital y se extendió como pólvora a otras ciudades del país austral. Era la más clara señal del hartazgo generalizado y el malestar acumulado por décadas, derivado de un modelo neoliberal que comenzaba a caducar. Imágenes como las de la emblemática ‘Plaza de la Dignidad’ en el centro de Santiago de Chile, colmada a diario de miles de manifestantes, se repitieron durante un año a lo largo y ancho de la nación. Las mayorías populares exigían un cambio de modelo económico y, para ello, era necesario una reforma integral a la Constitución.

Como lo describe la antropóloga y jurista especializada en derecho público, Auxiliadora Honorato, se trató de un “movimiento tectónico [sumido en] un proceso vital para conseguir que el pueblo chileno pueda verse representado e incluido en su propia institucionalidad, sacudiéndose por fin la Constitución Política de la República de Chile, un texto atravesado por una ilegitimidad de origen.”

A esos fines, la primera victoria resultante de las manifestaciones populares llegó el 25 de octubre de este año, cuando en una histórica jornada democrática el pueblo chileno dio el ‘Apruebo’ para la creación de una nueva Constitución. Ese domingo, Chile celebró un plebiscito con una pregunta clara: “¿Quiere usted una nueva Constitución?”;el 78,27% de los chilenos y las chilenas votó afirmativamente. En la misma consulta el 78,99% refrendó la propuesta de que la redacción del documento se haga a través de una Convención Constitucional, es decir, un órgano cuya totalidad de sus integrantes sea electa por el voto popular.

No menos importante es la masiva participación en la consulta del 50,9% del electorado–la mayor desde que se instauró el voto voluntario en 2012– que puso en evidencia la necesidad imperante de poner punto final a la Ley de Leyes vigente.

Chile inicia ahora un largo proceso que durará cerca de dos años antes de poder refrendar, nuevamente en las urnas, una nueva Carta Magna. En ese período, el pueblo chileno deberá antes escoger a los constituyentes que tendrán la responsabilidad de redactar el documento –sólo esta fase durará cerca de nueve meses– y en la que deberán ponerse de acuerdo sobre su contenido todos los sectores sociales y políticos del país, cada uno con sus intereses y agendas particulares. La verdadera labor está apenas por comenzar.

Y para entender mejor el desarrollo de este proceso socio-político, CLARIDAD ha preparado el conversatorio “Chile, la construcción de una Constitución creada desde abajo”, con una excelente selección de panelistas que aportarán nuevas y diversas miradas al proceso chileno.(para registrarse ir al enlace abajo)

https://zoom.us/webinar/register/WN_uBoNhqwNS3GGoe9vCkHCiQ

Contaremos con Yanira Reyes Gil, Catedrática y Decana de Asuntos Académicos de la Facultad de Derecho de la Universidad Interamericana de Puerto Rico. Ha publicado varios artículos y capítulos de libros en temas relacionados a los derechos humanos, derecho constitucional y derechos de las mujeres. Es además feminista y activista en temas de derechos humanos e integrante fundadora del Instituto de Mujeres, Género y Derecho (Inter-Mujeres) y Co-coordinadora de la Red Feminista de Investigación y Educación en Género.

El foro contará también con la participación del periodista chileno Alejandro Kirk, colaborador de la cadena TeleSUR en Chile. En su haber periodístico tiene experiencia en la cobertura informativa en Venezuela, Estados Unidos, Costa Rica, Italia, Portugal, Bélgica, Uruguay y otros países. Ha sido además corresponsal de la cadena internacional de la televisión pública iraní, Hispan TV, en Santiago de Chile.

Como tercer invitado, el Dr. Pablo Sepúlveda Allende, coordinador internacional de la Red de Intelectuales, Artistas y Movimientos Sociales en Defensa de la Humanidad. Nieto del expresidente, Salvador Allende, es además doctor en Medicina y su labor lo ha llevado a realizar atenciones médicas primarias en comunidades indígenas. Además de su vocación médica, su trabajo intelectual le ha supuesto seguir de cerca los procesos políticos de América Latina, en especial, los de su país tras el golpe que acabó con el gobierno democrático de su abuelo en 1970.

Por último, la charla estará moderada por el periodista puertorriqueño Luis De Jesús. Ha laborado como presentador de noticias de la cadena internacional TeleSUR, en su sede en Caracas, Venezuela. Tiene experiencia como corresponsal de la agencia EFE en París y la cobertura de procesos políticos y sociales en España, Francia y otros países de la Unión Europea.

El conversatorio virtual será el próximo 25 de noviembrea las 7:00 PM, utilizando la plataforma Zoom, y tendrá un costo de $10.00 pro-fondo la labor del periódico CLARIDAD.

 

 

 

Será Otra Cosa: Salgo a caminar

 

Especial para En Rojo

 

A Libia, Nadjah y Chloé, por las caminatas en el Jardín.

Presa del interior, camino. Es una forma de recuperar la alegría. También la libertad. Caminar recalibra la energía vital. Tanto como puedo procuro ese estado de felicidad y celebración de salud que brinda la marcha. Parecería que sólo basta poner los pies en movimiento para alcanzar mi deseo. No es así en la ciudad de los carros. La desigualdad de la urbe zonifica los espacios de recreo. Particularmente los públicos.

Desde marzo, repito el ritual de asomarme al portón del Jardín Botánico Sur para enterarme por el guardia, que poco sabe de razones, de que aún está cerrado al público.  Los terrenos del Jardín Botánico Norte y Sur pertenecen a la Universidad de Puerto Rico desde 1933. Me cuenta mi amiga Libia González que, originalmente, la finca pertenecía a la Asociación de Productores de Azúcar de Puerto Rico cuando allí instalaron una Estación Experimental de investigación científica en 1910. En 1914 fue cedida al Gobierno de Puerto Rico y transferida a la Universidad del estado. Inaugurado en 1971, este extenso museo de historia natural conserva cientos de hermosas plantas y árboles endémicos de la Isla y el Caribe, entre sus más de 30,000 especies de flora y fauna. El Jardín se concibe como un centro educativo de investigación científica que cuenta con laboratorios, museo, biblioteca, herbario, huerto y la Extensión Agrícola. Además de ser un invaluable espacio de recreo con sus jardines, veredas, lagunas, cascadas, esculturas y merenderos, alberga en su terreno el Antiguo Acueducto de San Juan.

Insisto frente al portón todas las semanas. Me niego a naturalizar el cierre del espacio público de la ciudad, sin razón y cuando más lo necesitamos. ¿Dónde sacudir el nido de tristeza que provoca el encierro? ¿Dónde airear el aborrecimiento, el miedo a la muerte, la pena de estar solos?¿Dónde agotar la rabia? ¿Cuántos seis pies de distanciamiento habrá en este Jardín de 289 cuerdas? El Covid ha sido coartada de muchas agendas. Privatizar es una de ellas. La Orden Ejecutiva determina qué peceras como los malls, las barras o los cines, pueden abrir; sin embargo, un extenso jardín, cientos de millas de puro aire libre, permanece cerrado.

Hace unos años se instalaron brazos mecánicos a la entrada del Jardín.  Eso supuso el protocolo de informar el nombre, el propósito de la visita y la tablilla del auto. La privatización del espacio público se da así de a poquito. Un día ponen una valla en la acera frente a la farmacia. Otro, extienden el estacionamiento del negocio. Entonces, sin más, desaparece ese listón de camino público que es la acera. La diferencia es que el Botánico es un bien público; nos pertenece.

Hoy regresé a procurar mi alegría. Para mi sorpresa, pasé del umbral. No sabía cuánto puede extrañarse un jardín. Aquí he celebrado la vida en sus mil maneras desde hace veinte años, dejando que la naturaleza, que se resiste siempre a la forma del diseño paisajista, acompañe mi historia y mis afectos. Caminar es muchas cosas: contemplar, dar paso a la reflexión y a la memoria, imaginar proyectos, armar cuentos, iniciar oraciones. También afianzar amistades en la expansiva conversación que incita el recorrido.

Estaciono. Pongo mi cuerpo en marcha. Me reciben las reinas de las flores del camino principal a la derecha, las bambúas a la izquierda. Y allí, justo en la bifurcación entre el camino principal, que da a los edificios de la Administración Central, y el que lleva al Merendero, me recibe con sus troncos abiertos el gigantesco Guanacaste. Es un señor árbol. Un portento natural. El musgo sobre su tronco lo vuelve hirsuto. Barbas verdes de viejo lo humanizan. Me acerco y lo admiro. Siento al instante que el recuento de votos se aleja de mis hombros, de mi cuello y de mi mente. He olvidado el hastío. Le sonrío. No puedo evitar tocarlo. Siento la humedad de su corteza. Querido mío, me hacías falta. Me he vuelto la mujer que habla a la naturaleza. Soy la bruja. Luego del paso de María, cuando después de un año reabrieron el jardín, me alegró que ese anciano resistiera el embate de los vientos.

Continúo la vereda. Al caminar recupero la imagen de salud trastocada en la pandemia. Coincido con Bifo, el cuerpo no es secundario cuando se habla de felicidad. Mientras estoy en marcha, puedo ser todo presente: la brisa en mi rostro, el verde en los ojos, el olor a humedad, el ulular de las palomas. Y esa alegría infantil, que se hace vital, marca mi caminata. Hay algo de prohibido en la ruta de hoy; sospecho que pasé inadvertida por el guardián de la entrada. Caminar se ha vuelto el juego infantil del que habla F.Gros. El estacionamiento vacío y el silencio del espacio me alertan de la transgresión. En qué país vivo cuando caminar se siente una infracción. El traspasar involuntario es divertido; rejuvenece hacer una maldad.

Camino. Olvido que el encierro será mi vida por los próximos meses. Los inmensos mangós me llevan al Palmetum; la colección de palmas del Jardín es estupenda. En la primavera del 2009, la florecida de la palma Talipot fue todo un espectáculo. Esta especie oriunda de Asia tropical florece solamente una vez, antes de morir. Sembrada en los años 40, la altísima palma extendía su panícula de 15 pies de altura con millones de flores crema que se abrían entre las hojas en forma de abanico.

Me dirijo al Jardín Monet. Los helechos azules, mi delirio, espantan la cercanía de la muerte. Contemplo sus rizos, su delicado estambre, la luz plateada que refleja la hoja. Como si fuera poco, en medio de la vereda un Cyathea arborea saluda. Ahí está, en medio del trillo, sin encomendarse a nadie, existe. Ese helecho nativo me da la medida de nuestra juventud; crece entre piedras. Las trepadoras inundan la vereda. Hay troncos caídos que obstruyen el paso. El pasto invade el orden paisajista. Constato mi intrusión. Soy la única caminante. Soy feliz.

Sigo rumbo a la Laguna Grande. Juego a la mujer invisible. Me acerco al estanque. Veo unas cabecitas que nadan lentamente hacía mí. Vienen por alimento. Sus caparazones bajo el agua y sus patitas como aletas moviéndose rítmicamente enternecen. Me hacen pensar en mis hijas. Cuando pequeñas, veníamos a alimentarlas a este mismo estanque al salir de la escuela. Sus diminutas y felices manitas repartían el pan a las tortugas, a las garzas y a los peces.  Pura alegría. No llevo nada más que mi mascarilla y las llaves, no tengo qué arrojarles a los hambrientos reptiles.

Llego hasta el Jardín de las Esculturas. Espero a los guacamayos que atraviesan la explanada todas las mañanas. Hoy, no los oigo, pero los sustituyen el zumbido de cinco libélulas rojizas. Cada nuevo elemento es tan maravilloso como el anterior. Supongo que a este estado le llaman “de feliz contemplación”.

El pasto apenas me deja disfrutar la grácil estructura de las higüeras; los jardineros no han pasado por aquí.  Sospecho que pronto, muy pronto, me expulsarán del paraíso.

Atajo por los Guanacastes, así evado al guardia apostado frente a la casa del Presidente. En la placita bordeada por estos majestuosos árboles, dijimos adiós a un querido amigo. Aquel día, la copiosa lluvia que anticipaba el dolor de la jornada, avivó la celebración de una vida feliz. Es que los jardines son palimpsestos vegetales de afectos y memorias.

Mientras me dirijo a la calle principal, de camino a la salida, percibo la proliferación de carteles señalando Ruta de Desalojo. Obvia premonición. Frente al edificio de la Administración Central, se cae mi capa de invisibilidad. Los tenis delatan. No pasaron cinco minutos, cuando se orilla la patrulla. El guardia, que no parece un querubín, me regaña respetuosamente.  Me dice lo que ya sé: El Jardín Botánico está cerrado al público, señora. Me hago la desentendida. No vi la serpiente en el árbol del bien y el mal, le digo tras la mascarilla. El hombre fingió no escucharme. ¿Cerrado? ¿En serio? Disimulo. Dígame, oficial, ¿a quién contagio al aire libre? Llevo mascarilla. Necesitamos el Jardín. Caminar sana, sabe, y nos alegra.

Él, mareado por mis comentarios, finaliza: Sigo instrucciones, señora. Desaloje.

 

 

 

 

 

 

 

 

¿Qué sabemos de Bulgaria? / El pan de la tristeza

 

Cuando la revista The Economista publicó hace unos años un lapidario informe sobre la Bulgaria poscomunista, caracterizó a los búlgaros como la gente más triste del mundo. Medio siglo antes, cuando el escritor Georgi Gospodinov era niño en la Bulgaria socialista, su abuelo recitaba invariablemente, antes de cada comida, unas palabras sueltas en húngaro, que atesoraba como si fueran piezas de plata. Nadie en la familia sabía húngaro pero el pequeño Gospodinov las grabó en su mente como se nos graban ciertas cosas de la infancia. Szervuz, kenyér, bor, köszönöm, szépség, jó utazás, que significan: “Hola, pan, vino, gracias, belleza, buen viaje”. El abuelo las había aprendido cuando peleó en la Segunda Guerra pero nunca hablaba con nadie de esa experiencia, porque su regreso de la guerra había sido traumático: no volvió con los demás muchachos del pueblo, cuando los desmovilizaron, sino meses después, solo, a pie y sin uniforme, cuando ya lo habían dado por muerto. La familia lo llevó a las flamantes autoridades y allí sometieron a interrogatorio al resucitado, pero él sólo dijo que no podía recordar cómo había vuelto, y su aspecto era tan triste que nadie se atrevió a preguntar más, porque todos en el pueblo sabían lo que le había sucedido en su infancia.

Cuando el abuelo de Gospodinov era niño, su madre había quedado viuda y pobre, con seis hijas mujeres y el abuelo, que era el hijo menor. En lo peor del invierno, la madre cargó en el carro las últimas bolsas de trigo que le quedaban y partió con su prole al molino, para cambiarlas por harina. En el molino, el abuelo quiso ayudar a descargar pero la madre le dijo que esperara adentro para no tomar frío. El niño se echó sobre las bolsas de harina y se durmió. Cuando despertó el carro no estaba afuera. Recién a mitad de camino las hermanas repararon en su ausencia, al parar para que descansara el burro. Miraron con espanto a la madre y vieron que ella dudaba, y cuando abrió la boca no les dijo “Volvamos”, ni ordenó a ninguna que fuera a buscarlo. Simplemente dijo: “Quizá tenga una vida mejor. Si creen que no, alguna debería ir a traerlo”. La hermana mayor saltó del carro y corrió en la nieve hasta encontrar a su hermanito caminando a ciegas contra el viento, sin abrigo, con los labios morados. Nunca le contaron lo que había dicho su madre, pero todo el pueblo lo sabía, así como todo el pueblo vio, a lo largo de los años, a la prole de esa madre crecer y abandonar la casa, salvo el hijo varón, que se quedó a cuidar de esa madre hasta que ella murió.

Gospodinov había oído muchas historias tristes de boca de sus tías viejas y amaba en silencio a aquel abuelo que siempre repetía: “El pan de la tristeza se hace con harina y lágrimas”. Por ser el nieto mayor, Gospodinov llevaba el nombre del abuelo y además era, según las tías, la viva imagen de él cuando era niño. En enero de 1995, cuando Gospodinov tenía veintisiete años, el abuelo tuvo un aneurisma que lo dejó postrado y sin habla. La familia se reunió en la casa esperando el desenlace. El nieto mayor le hacía compañía junto a la cama, cuando el abuelo le pidió con señas que abriera un cajón del ropero y levantara el papel de diario clavado con chinchetas en el fondo. Gospodinov apartó el papel de diario y encontró debajo una hoja de cuaderno amarillenta, doblada en cuatro. Cuando se la tendió al abuelo, él no la tomó sino que le apretó las manos sin decir palabra, con el papel adentro, y las mantuvo apretadas hasta que cerró los ojos y ya no los volvió a abrir.

Cinco meses después el joven Gospodinov viaja a Hungría. Ha convencido a su jefe en el diario de ir a hacer una nota sobre los cementerios de soldados búlgaros caídos en la Segunda Guerra. El más grande de esos cementerios está en Harkány. Harkány no parece haber cambiado mucho desde 1944. Gospodinov averigua por señas dónde queda el cementerio pero prefiere pasar antes por una dirección, la que figura en un viejo papel arrugado y amarillento, doblado en cuatro, que trae en el bolsillo. En el papel se lee esa dirección escrita en tinta y, debajo, con la misma tinta, hay estampada una mano de bebé.

La dirección resulta corresponder a una casa de preguerra. Lo recibe un hombre cincuentón, que habla un poco de ruso. Gospodinov también, así que le explica su propósito: hablar con gente de esa época que siga viva, porque su abuelo pasó por ese pueblo en 1944, cuando era soldado. El hombre señala una silla en el jardín donde está sentada una anciana. “Es mi madre. Tuvo una embolia hace unos meses pero su memoria está intacta”. Se acercan hasta ella y el hijo le explica a la madre quién es el visitante. Gospodinov alcanza a entender la palabra “Bulgaria” en las frases en húngaro. Recién entonces la anciana mira por primera vez al visitante.

El hijo va a traer té. La madre y Gospodinov quedan solos. Hay casi sesenta años de diferencia entre ambos pero la mujer lo mira con una intensidad estremecedora. Muchas veces le han dicho en la familia que es la viva imagen de su abuelo de joven, pero esta es la primera vez que Gospodinov lo siente de verdad. Por un instante logra ver la belleza luminosa de una muchacha en el rostro arrugado que tiene enfrente. Está a punto de tenderle el papel arrugado que lleva en el bolsillo cuando la anciana le toma las manos con fuerza y recita unas palabras sueltas que, para sorpresa de Gospodinov, son en búlgaro. La anciana dice: “Hola, gracias, pan, vino…”. La mirada es de una intensidad inaudita. Gospodinov sólo atina a murmurar, en húngaro: “Szépseg”, que como ya he dicho significa belleza. A la vieja se le llenan los ojos de lágrimas. Dice dos palabras más en búlgaro: una es gracias; la otra es buen viaje.

El hijo llega en ese momento con el té. La anciana suelta las manos del visitante y es como si se apagara: acepta mecánicamente la taza que le ofrece el hijo pero no participa de la precaria conversación. Gospodinov intenta en vano buscar su mirada. Finalmente se levanta para irse y el hijo lo acompaña hasta la calle. En el trayecto se excusa por el estado de su madre y le pregunta a Gospodinov si su abuelo sigue vivo. Gospodinov contesta que murió en enero. El hijo dice que su madre tuvo la embolia en enero y le tiende la mano para despedirse.

Gospodinov se va caminando, desdobla el papel amarillento, mira la dirección escrita a mano y la manito de bebé estampada debajo, pensando que es la misma mano que acaba de estrechar, cincuenta años después. Pero, como Gospodinov es búlgaro, no nos dice nada más. Hasta que The Economistpublica su informe sobre Bulgaria y él se sienta a escribir un libro llamado Física de la tristeza. El libro se traduce a varios idiomas. Cuando Gospodinov recibe los ejemplares de la traducción al húngaro, envía uno por correo certificado, a una dirección en Harkány. Antes de cerrar el paquete pone entre las páginas del libro un papel amarillento doblado en cuatro, que todavía conserva. Recién entonces parte hacia el correo, con el andar cansino y estoico que heredó de su abuelo.

Reproducido de www.pagina12.com.ar

Escogido de filmes para nuestros tiempos: acción y olvido

 

Especial para el En Rojo

Culminó el proceso electoral (¡así espero!) tan esperanzador como temible y con tantas interrogantes. ¿Cómo es posible que un % tan alto de la población adulta de los Estados Unidos todavía le rinda pleitesía a un presidente tan ineficaz, racista, misógino y fascista? Como no vivo allá y el único lugar que visito (cuando eso era posible) con cierta frecuencia es la Ciudad de Nueva York, pues desconozco a esa otra población que no es la mayoritaria en número, pero sí en fuerza bruta, poco conocimiento y aferradas a los grupos fundamentalistas religiosos. ¿Y qué decir de Puerto Rico? Que la gente no aprende, que siguen creyendo en las mentiras de los supuestos líderes de sus partidos, que no les importa y no votan, o lo hacen por el menos malo o por el que conocen y no es tan mala persona. Contestación: “all of the above”. Pero sí coincidimos con todos los analistas políticos serios de mirar la otra mitad de los votantes que favorecieron al PIP y al recién inaugurado MVC e incluyó tanto al Partido Dignidad (hubiera preferido “indignados”) y a Eliezer Molina. Esos son los que escucharon los reclamos de precisamente los indignados (como en España) que se lanzaron a las calles y crearon una multitud de jóvenes y adultos y, sí, tomaron por asalto al Viejo San Juan de donde no se movieron hasta que ese gobernador renunció. Y a pesar del tiempo transcurrido y de la pandemia inmovilizadora dijeron presente y votaron por el cambio. Tenemos cuatro años para seguir movilizando a tantos otros y, como ya sabemos, esa labor comienza hoy.

Con ese preámbulo comento el personaje fílmico—y supongo que literario, aunque no en mi caso—que me dejó sin respiración desde muy jovencita: James Bond. Con el reciente deceso de Sean Connery a los 90 años y en preparación en 2021 para el último Bond interpretado por el maravilloso Daniel Craig, me parece propicio escribir de ambas interpretaciones: la 1era de 1962 al 1971, un ‘comeback’ en 1983 y la 2nda de 2006 al 2021.

Lo interesante de la 1era etapa de Bond es lo corrido de sus filmes, casi uno por año (Dr No1962, From Russia with Love1963, Goldfinger1964,Thunderball  1965), dos años después You Only Live Twicey cuatro años más tarde, supuestamente la final de Connery, Diamonds Are Forever. Como los seis filmes siguen un esquema similar (todavía lo hace), los agrupo para comentar mis impresiones. Aparte de la masculinidad proyectada de este agente secreto británico “al servicio de su Majestad” de ser alto, una boca que invita al acercamiento, cautivante con su mirada y agresividad táctil, elegantemente vestido, moviéndose en los lugares sociales más exclusivos (aunque a veces tiene que enfangarse a lo Indiana Jones para descubrir verdades y enfrentar a sus enemigos), Bond está en una misión que sigue y a la vez se aparta de lo que sus superiores le han encomendado. Ese espíritu rebelde es otro de sus atractivos. Y, por supuesto, están los malos malos (“evil”) cuyo único motivo en la historia es eliminar su presencia y las mujeres que se rinden a su “charm” aunque también quieran contribuir a su desaparición.

Empecemos con los “malvados” (siempre carismáticos como para no olvidarlxs) que muchas veces son dos: uno que planifica y el/la otrx que lo ejecuta. En Dr. Noes el villano del título (Joseph Weisman), en From Russian with Lovees Donald ‘Red’ Grant (Robert Shaw), pero a quien siempre recordamos es a Rosa (la incomparable Lotte Lenya del trio Brecht/Weill) que con su zapato mágico puede despedazar a cualquiera. En Goldfingeres también el personaje del título interpretado por el reconocido actor alemán Gert Frobe, quien junto a Oddjob (Harold Sakata) con su sombrero mortal están a punto de exterminar a Bond. En Thunderballya SPECTRE es el sindicato terrorista que amenaza al mundo y Emilio Largo (Adolfo Celi) es su aparente dirigente, mientras en You Only Live Twiceaparece Biofeld (Donald Pleasance) por 1era vez junto a Osato (Tou Shimada) para intentar causar una guerra entre EEUU y URSS y así favorecer la ascendencia de China. En Diamonds Are Foreverreaparece Biofeld (esta vez interpretado por Charles Gray), ayudado por los asesinos a sueldo, Mr. Kid y Mr. Wint y reaparece el personaje de Felix Leiter, agente de la C.I.A., que será un aliado de Bond aunque algunas de sus decisiones lo afecten adversamente. En Never Say Never Again, Biofeld lo interpreta el gran Max von Sydow, pero el villano “evil” lo es Maximilian Largo en manos del genial Klaus Maria Brandauer.

Las chicas Bond, que pueden seducirlo o dejarse seducir, tienen sus propios intereses que pueden ser de acompañantes, víctimas en busca de reivindicación, amantes de los enemigos de Bond que pueden cambiar sus alianzas o no. Por supuesto (son los 1960 y 70) todas son esculturalmente hermosas como modelos que se mueven, miran y hablan poco, con nombres sugestivos, siempre listas para entrar en los juegos sexuales de Bond y dispensables. Así surgen Honey Ryder (Ursula Andress), Tatiana (Daniela Bianchi), Pussy Galore (Honor Blackman), Domino (Claudine Auger, Kim Bassinger), Fiona (Luciana Paluzzi), Aki (Akiko Wakabagashi), Helga (Karin Dor), Kissy (Mie Hama), Tiffany Case (Jill St. John), Fatima (Barbara Carrera).

Después de haber retirado a Roger Moore como el encantador (“charming”), ‘lite’ y sexualizado Bond con siete filmes desde 1973 a 1985 (en 1983 coincidiendo con Never Say Never Again) y contratado a posibles sustitutos como Pierce Brosnan y Timothy Dalton, llega en 2006 Daniel Craig con un físico en nada parecido a los anteriores intérpretes y dándole así un viraje necesario para mantener a esta figura como héroe de acción, espionaje y drama. Los productores escogen un título conocido de la serie de Ian Fleming, Casino Royale, y hacen un remix de los ingredientes esenciales de los filmes más exitosos—Connery, of course—y actualizan el personaje y las circunstancias para que Craig se desarrolle como el nuevo James Bond. Fue un éxito rotundo y los tres subsiguientes validaron esta versión que finaliza—con Craig como Bond—con No Time to Die.

Al igual que con todos los filmes de Bond, la acción se desparrama por todo el mundo (hayan o no filmado en los lugares que dicen ser) y se basa en encuentros con personalidades raras, atractivas, maléficas dentro y fuera de Mi6 y los lugares donde investigan robos, secuestros, crímenes que afectan a un país, organización, población o individuo. En el Bond de Craig también se repiten personajes del Bond de Connery como Felix Leiter (agente flexible de la C.I.A.) y el maléfico Biofeld (esta vez Christoph Waltz). Ambos aparecen en No Time to Die. Al igual que al final de cada filme hay una promesa de que Bond regresa, también se crea una red de conocidos alrededor de Bond: Rene Mathis (Giancarlo Giannini), Leiter (Jeffrey Wright) y sorpresivamente una mujer que en Connery-Bond era la secretaria de la agencia de inteligencia británica con la que el agente coqueteaba: Eve Moneypenney (Naomie Harris) ahora convertida en mujer inteligente que conoce a todxs, es una gran observadora y se ha entrenado para ser agente de campo.

También en el Bond de Craig, los enemigos son formidables: Le Chiffre (el maravilloso danés Mads Mikkelsen) en Casino Royale, Dominic Green (el francés Mathieu Amalric) en Quantom of Solace, Raoul Silva (qué más puedo decir de Javier Bardem) en Skyfally Biofeld en Spectre. Las mujeres siguen siendo hermosas, pero desde perspectivas diversas y pueden o no estar interesadas en algún romance con Bond o tener sus propias agendas para utilizarlo, algo que ni él puede descubrir a tiempo. Vesper (Eva Green), Camille (Olga Kurylenko), Sévérine (Bérénice Marlohe), Madeleine (Léa Seydoux) y Lucia (Monica Bellucci) son parte integral de las tramas y entran y salen de la vida de Bond afectando el resultado de sus acciones. Y estas tramas no se circunscriben a acciones de organizaciones que intentan desestabilizar algún aspecto de la sociedad, pues en el caso de Skyfall, el centro de todo es Mi6 y su directora M (Judi Dench) y los cambios e infiltraciones dentro de la agencia.

Sean Connery y Daniel Craig hacen de “Bond, James Bond” seres desafiantes y atrevidos que queremos ver una y otra vez. Aquí en espera de No Time to Die.

Dar gracias y esperar

 

Especial para En Rojo 

En los Estados Unidos, cada año, el cuarto jueves de noviembre es el día de Acción de Gracias. Esta fecha, celebrada desde el siglo XVII, da gracias a Dios por las victorias conquistadas durante ese año. La acción de gracias puede ser colectiva, pero también por victorias individuales. En una sociedad con millones de personas en situación de pobreza, un coche de lujo sale a la calle con un letrero: Esto fue Jesús quien me lo dio. En siglos pasados, un propietario de tierras agradecía a Dios por el número de negros que había logrado comprar en África y por los territorios robados a tribus indígenas. Hasta hoy, este tipo de fe se expresa en las palabras escritas en las celdas de dólar: «Confiamos en Dios.

Esta religión civil tiene poco que ver con el evangelio. Por esta razón, en el corazón del imperio, en nombre de Jesús, hermanos y hermanas de diversas iglesias luchan contra el armamentismo esparcido por todo el país, denuncian el imperialismo del gobierno y desacreditan la falsa ética de la sociedad dominante. En países como Brasil y Chile, la acción de gracias fue instituida por gobiernos militares que pretendían ser promotores de la civilización cristiana, así como hasta hoy el Imperio invade países y asesina a pueblos enteros en nombre del Bien que lucha contra el mal.

La acción de gracias es buena y debería ser una actitud permanente del creyente, pero si nos dejamos llevar por la amorosa inspiración del Espíritu. Según la Biblia, «ofrecer a Dios oraciones y ofrendas basadas en la injusticia es como quitarle la vida a un hijo, pensando en complacer a su padre»(Ecl 34:18ff). Podemos estar agradecidos por la resistencia diaria de los pobres, por los gestos y manifestaciones de solidaridad que crecen en las realidades más desafiantes. Incluso cuando la realidad parece estar en un callejón sin salida, siempre encontramos en la fe fuerza y inspiración para retomar la esperanza. Quien busca vincular la fe y la vida mantiene la esperanza de la realización del proyecto divino en el mundo. Esto se hará realidad aquí y ahora, en el hecho de que otro mundo será posible. Según el apóstol, esta esperanza tiene tres características: no se corrompe, no se desgasta, ni se diluye (1 P 1:3- 12). Nos llama, incluso en un año de tanto sufrimiento para la humanidad como lo ha sido en 2020, a permanecer unidos en comunidades, a resistir los virus que amenazan a la humanidad y al humanismo. Como dijo Oscar Romero, pastor y mártir de la Iglesia en El Salvador: «La gloria de Dios, por lo tanto la verdadera acción de gracias es promover la liberación de los pueblos oprimidos.