Inicio Blog Página 1237

Saludando a Vanessa Droz

Por Vilma Soto Bermúdez/Especial para En Rojo

Horizontales

1. _____ Droz Martínez; escritora, educadora y periodista puertorriqueña. Autora de “Permanencia en puerto”.

6. Vicios de _____ y otras pasiones privadas; (1996) poemario de Droz. Primer premio del Instituto de Literatura Puertorriqueña. 

11. Brazo de _____; apelativo dado a Mariana Bracetti.

12. _____ un cuerpo que anda; poema de Droz.

14. Utilice.

15. La cicatriz a _____; (1982) primer poemario de Droz.

16. Ciudad de Nicaragua.

17. Plural de la a.

18. Hermana religiosa.

20. Río de Cataluña.

21. Soledad de la _____; poema de Droz.

22. Amarré.

23. Astrágalo para _____ calle; poema de Droz.

24. Pájaro.

30. Carta de la baraja.

31. _____ todos los gatos por Barbieri; poema de Droz.

33. Composición poética lírica.

36. _____; poema de Droz.

38. _____ Luna; novela de Isabel Allende.

41. Proporcionar a alguien armas.

43. _____ pinta para nosotros; libro infantil de Droz y María A. Ordóñez.

45. Gran cantidad de dinero en billetes.

48. Asustó, sobresaltó.

50. Eleva la bandera en el asta.

51. Bambú y _____ horizontes; libro de haikús de Droz de 2016.

54. _____ ciudad infinita: versiones de San Juan; libro de la Comisión San Juan 2000 en el cual participó Droz.

55. Divinidad egipcia.

56. _____ de la catedral; poemario de Droz de 1999.

Verticales

1. Observamos.

2. Perteneciente o relativo al nodo.

3. Gran lago entre Estados Unidos y Canadá.

4. Del verbo soasar.

5. Amperio-hora, abrev.

6. Quejido.

7. Agrada.

8. Punto cardinal.

9. Pasará la vista por lo escrito.

10. Las cuatro estaciones: _____ caribeña; poemario de Droz de 2016.

13. Anillo.

18. El lamento que _____ esfuma; poema de Droz.

19. Símbolo del rutenio.

25. _____ Baja; ciudad natal de Droz.

26. Vanessa Droz _____; autora de “Envidia”, “Yo, la no querida”, “Nada”, “Soledad de la sal” “Te amo y su espectro” y “El lamento que se esfuma”.

27. _____; poema de Droz.

28. Permanencia _____ puerto; (2019) poemario de Droz con fotos de Doel Vázquez Pérez.

29. _____, la no querida; poema de Droz en su libro “La cicatriz a medias”.

32. Algún.

33. Juego infantil hondureño.

34. Vanessa _____ Martínez; autora de “Estrategias de la catedral”, “Las cuatro estaciones-Suite caribeña”, “Bambú y otros horizontes” y “Oller pinta para nosotros”.

35. Ante Meridiano.

36. Erial.

37. Echó mal de ojo.

38. _____ ángel del vino; poema de Droz en su libro “Vicios de ángeles y otras pasiones privadas”.

39. Prohibición, censura.

40. Símbolo del argón.

42. Bahías no muy extensas.

44. Cada uno de los signos gráficos del alfabeto.

46. Capital de Perú.

47. Cerré con la tapa.

48. Te ____ y su espectro; poema de Droz.

49. Cierto baile andaluz.

52. A nivel.

53. Nota musical.

Para qué poetas en tiempos de crisis

Por Néstor E. Rodríguez/Especial para en Rojo

Con el trasfondo de la debacle del modelo económico que vio en el desarrollismo la panacea de la encrucijada colonial, la poesía puertorriqueña del nuevo milenio ha transitado el accidentado camino de la crisis con propuestas osadas que dan la medida de su notable vitalidad. Hablo de un archivo amplio que ha crecido a la vera del auge de las publicaciones digitales y editoriales independientes como Folium, La Secta de los Perros, Aguadulce, Callejón, La Impresora y Alayubia, así como la estatal ICP.  

La mirada atenta a este singularísimo archivo descubre los relieves de dos modos de abordar el hecho poético en la coyuntura actual. Por un lado, se aprecia una poética que tiende a reaccionar de manera directa a la inmediatez política en su empeño por registrar el lugar el sujeto en el escenario de ese desasosiego. La poesía que se ajusta a estas coordenadas es por fuerza cruda, sin tamizar y portadora de la prisa e instantaneidad propias a la era de las redes sociales. Como ejemplo de esta tendencia se puede mencionar la producción de Raquel Salas Rivera y Gamelyn Oduardo Sierra. Con un registro más cuidado, también se podría incluir en este conjunto Huracanada (Trabalis, 2018) de Mayra Santos Febres, Falsa heladería (Aguadulce, 2018) de Mara Pastor y Hacernos el adiós (ICP, 2019) de Yara Liceaga Rojas. 

En las antípodas de esta modalidad de escritura se halla un archivo igualmente singular, caracterizado por una meticulosa atención a la economía del lenguaje y la profundidad con que se aborda el tema de la inconmensurabilidad de los ritos cotidianos en el escenario de la precariedad. Sobresalen en esta corriente Islandia (EDP, 2015) de Cindy Jiménez Vera, Campo minado (ICP, 2017) de Juan Carlos Rodríguez, Estrategias de combate (ICP, 2018) de Eddie Ortiz González y El libro de los conjuros (Folium, 2018) de Irizelma Robles. 

Quisiera detenerme en dos recientes adiciones a este segundo archivo: Charco hondo (Alayubia, 2018) de Sabrina Ramos Rubén y Despertar en el Sahara (Alayubia, 2019) de Zaira Pacheco. De la lectura de estos impresionantes poemarios salta a la vista su filiación, al nivel del tratamiento del lenguaje y el esmero por el ritmo, con la obra de tres grandes poetas de generaciones precedentes: Vanessa Droz, Áurea María Sotomayor y Servando Echeandía. 

Charco hondo es el segundo poemario de Sabrina Ramos Rubén (1985), quien irrumpió con autoridad en la escena literaria puertorriqueña en 2016 con la publicación de Mangle rojo (La Secta de los Perros). En Charco hondo, Ramos Rubén afina lo que ya en su primer libro se revela como una sólida poética: el itinerario de un sujeto enfrentado a la contingencia de la precariedad con la garantía de una salida viable por cuenta de los afectos:       

No hay luz.

Arde el verano

y es ironía el nombre de Río Piedras.

Mi perra dormita 

bajo la influencia del calor.

Una vez más 

todo se resume

entre el techo y yo:

a ver quién de los dos pierde la partida.

Tanto mirar al estucado

endurece la piel.

Puede ser que mañana

cuando 

salga el sol nuevamente

me haga reptil.

En medio de la ciudad,

del abandono,

de la levedad,

de los afectos,

los amigos del tuétano

pesan más que la frescura,

más que la sangre.

Eso que en la poética de Ramos Rubén es atisbo de la inminencia de la ruina del sujeto que habita una ciudad igualmente inestable, se traduce en el memorial de esa pérdida en el extraordinario 

Despertar en el Sahara, segundo libro de Zaira Pacheco (1987). En el poema “La casa”, cuyo título apunta por igual al espacio de lo doméstico como al símbolo arquetípico de la nación, el sujeto arriba al escenario del desastre con ánimo restaurativo: 

Rocé la arena

que se deshizo entre mis pies.

No hallé los cimientos.

De mi pecho salió apenas un débil gorjeo.

Rebordeé la costa con el torso.

Solo quedaba vapor de la noche anterior.

Moho, madera, hormigón y algunos clavos.

Detrito sobre un terreno boscoso.

Reconozco el grafiti rojo sobre la pared sucia.

He llegado

El hablante poético de la obra de Pacheco no llega al lugar de la fundación de la casa con intención meramente descriptiva; su búsqueda es más bien de índole conceptual o filosófica. El trazo de esa mirada se dilata en el resto de los poemas de Despertar en el Sahara para subrayar un espacio que sobrepasa las marcas de lo real histórico, gesto con el que la poesía de Zaira Pacheco se entrecruza con la de Sabrina Ramos Rubén. Desde sus distintivas apuestas estéticas, ambas ejercitan una dicción llamada a perdurar. 

Seguimos respirando el premio Casa de las Américas y el hilo de la araña sigilosa

Por Ivette López/Especial para En Rojo 

En 1922, el joven Yasunari Kawabata contó, en el folletín que estaba escribiendo por entregas para un diario de Tokio, que acababa de ver descender del cielo una brigada de sonrientes chicas paracaidistas. Como el diario era de gran tirada, mucha gente lo repetía como si lo hubiera visto: del cielo de Tokio caían chicas en paracaídas. El ruso Boris Pilniak estaba en Japón por esa época. Cuando volvió poco después a Moscú empezaron los años difíciles, para él y para muchos otros. De la caída en desgracia de Pilniak ya hablé en estas páginas y de su colega nipón también, pero lo que nunca conté (porque lo descubrí hace muy poco) es la elíptica influencia que tuvo Kawabata en uno de mis autores rusos favoritos. Me refiero a Andrei Platónov, el mejor amigo de Pilniak, que cayó en desgracia como él cuando tuvo la peregrina idea de escribir una novelita llamada Moscú la dichosa, donde una chica huérfana llamada Moscú Chestnova (porque fue criada por la Revolución) estudia para ser paracaidista y, en un momento memorable y fatídico, desciende del cielo de Moscú fumando un cigarrillo.

Del cielo de Moscú, en esos años, no podía esperarse que descendieran muchas cosas buenas. Pero lo que hace Andrei Platónov con esa escena es una novela inolvidable. Y yo no puedo evitar imaginar a Pilniak contándole la escena a Platónov en alguna caminata por las calles moscovitas (el único lugar donde se estaba a salvo de oídos indiscretos) tal como se la habían contado a él en Tokio. Creo que al propio Kawabata lo hubiera conmovido la escena no menos que la visión aérea que tuvo aquella tarde en Tokio; me refiero al momento en que Platónov miró el cielo de Moscú y se imaginó qué pasaría si caía en ese instante una chica en paracaídas.

Platonov era un soñador. Y, en ese gran quilombo que era la Rusia de los primeros años soviéticos, un hijo de obrero parecía tener más oportunidades que cualquier otro para soñar: el mundo se había dado vuelta y los hijos de proletarios ahora estaban arriba, tenían derecho a sus sueños por primera vez, el mundo nuevo sería construido por ellos, con sus propias manos. Cuando el joven Platónov publicó su primer cuento, en una revista ferroviaria, se presentó así: “Nací en 1899 en un asentamiento ferroviario cerca de Voronezh, compuesto no de casas sino de barracas. Éramos diez hermanos y yo era el mayor, así que empecé a trabajar antes de aprender a leer. La campana de las locomotoras eran la única música que teníamos y los días de descanso estaban dedicados a eufóricas batallas a puño limpio con otros asentamientos. Además del sonido de las campanas, los colores del crepúsculo y la paciencia de mi madre, amo los máquinas a vapor y el sudor del trabajo. Creo que existe un vínculo, una afinidad secreta, entre el sonido de las campanas y la electricidad, entre las locomotoras y los terremotos, entre el crecimiento del pasto y la jornada en la fábrica. Ese es el mecanismo que me propongo retratar en lo que escribo”.

Las leyes del cosmos, las leyes de la naturaleza, las leyes de la historia y las del corazón humano se tejen en asombroso mecanismo en cada libro que escribió Platónov. En vida no pudo publicar ninguno, pero todos sus colegas lo veneraban igual, en secreto, porque lo que hacía Platónov era único: dinamitaba la realidad soviética en nombre del ideal soviético, hacía realismo y ciencia-ficción al mismo tiempo. Dice Tatiana Tolstaya que la grandeza del pensamiento ruso no está en su lucidez sino en su escala, en su fuerza más que en su atención al detalle. En cada libro de Platónov, los personajes siempre destruyen todo (puede ser una fábrica, una ciudad, un corazón o una hormiga) en nombre de una idea, en nombre del futuro. “En lugar de la esperanza, sólo nos queda la paciencia, sí, pero más allá de la secuencia de las noches, del marchitar y florecer de los campos, allí existe nuestro tiempo”, escribió Platónov en un cuento que tuvo la desgracia de llegar a manos de Stalin, como le pasó antes a Pilniak, a Babel, a Mandelstam, a Ajmátova, a Bulgákov

Se salvó de ir a Siberia porque Gorki convenció a Stalin de que Platónov sólo aspiraba a ser “un buen escritor soviético”, pero no pudo pasarla peor a partir de entonces. Vio cómo se le cerraban todas las puertas en las narices, vio cómo se llevaban a su hijo de quince años al gulag. Por intercesión de Shólojov se lo devolvieron nueve años después, tuberculoso y agonizante, pero siguió buscando maneras de darle a esa patria hostil lo que sentía que podía darle para que surgiera el mundo nuevo. Acumuló cuadernos con los cuentos que no le querían publicar. Su mejor amigo en los últimos tiempos fue Vasili Grossman, que leyó con devoción esos cuadernos y después dijo que lo único que salvó a Platónov de un destino peor fue no haber publicado.

El único trabajo que consiguió que le dieran después de la guerra fue de barrendero en la Unión de Escritores. Vivía en una habitación en el sótano con la puerta siempre abierta, para demostrar a la KGB que no tenía nada que ocultar. Cuando se estaba muriendo de hambre, Shólojov acudió de nuevo en su ayuda: le dio a traducir al ruso (anónimamente, por supuesto) una recopilación de leyendas folklóricas baskirias. La traducción era tan buena que se ordenó que la retradujeran al baskir y que reemplazara las versiones originales en los manuales de enseñanza, razón por la cual, durante los años siguientes, millones de escolares leyeron a Platónov sin saber de quién era esa prosa sublime.

Murió en aquel cuarto del sótano de la Unión de Escritores de Moscú, en 1951, de la tuberculosis que le había contagiado su hijo. Sus libros se empezaron a publicar recién durante la Perestroika, cuarenta años después. De todos ellos mi favorito es la historia de la chica paracaidista, que fue de los últimos en rescatarse porque estaba en dos cuadernos distintos, que no parecían tener relación: distinta tinta, distinta letra, distinto papel; uno era pura alegría, el otro estremecedora desazón. Platónov bautizó “Moscú” a esa huérfana de la Revolución y le puso de apellido “Chestnova”, que significa dichosa, virtuosa. En la España más ultramontana existía un conjuro para espantar a los malos espíritus: los padres bautizaban a sus hijas con una palabra que fuera el opuesto de lo que deseaban para ellas, y de ahí vienen nombres como Soledad, Dolores o Martirio. Uno se pregunta qué nombre le hubiera puesto Platónov a su criatura moscovita de haber conocido en vida ese conjuro.

Una chica en paracaídas

Por Juan Forn

En 1922, el joven Yasunari Kawabata contó, en el folletín que estaba escribiendo por entregas para un diario de Tokio, que acababa de ver descender del cielo una brigada de sonrientes chicas paracaidistas. Como el diario era de gran tirada, mucha gente lo repetía como si lo hubiera visto: del cielo de Tokio caían chicas en paracaídas. El ruso Boris Pilniak estaba en Japón por esa época. Cuando volvió poco después a Moscú empezaron los años difíciles, para él y para muchos otros. De la caída en desgracia de Pilniak ya hablé en estas páginas y de su colega nipón también, pero lo que nunca conté (porque lo descubrí hace muy poco) es la elíptica influencia que tuvo Kawabata en uno de mis autores rusos favoritos. Me refiero a Andrei Platónov, el mejor amigo de Pilniak, que cayó en desgracia como él cuando tuvo la peregrina idea de escribir una novelita llamada Moscú la dichosa, donde una chica huérfana llamada Moscú Chestnova (porque fue criada por la Revolución) estudia para ser paracaidista y, en un momento memorable y fatídico, desciende del cielo de Moscú fumando un cigarrillo.

Del cielo de Moscú, en esos años, no podía esperarse que descendieran muchas cosas buenas. Pero lo que hace Andrei Platónov con esa escena es una novela inolvidable. Y yo no puedo evitar imaginar a Pilniak contándole la escena a Platónov en alguna caminata por las calles moscovitas (el único lugar donde se estaba a salvo de oídos indiscretos) tal como se la habían contado a él en Tokio. Creo que al propio Kawabata lo hubiera conmovido la escena no menos que la visión aérea que tuvo aquella tarde en Tokio; me refiero al momento en que Platónov miró el cielo de Moscú y se imaginó qué pasaría si caía en ese instante una chica en paracaídas.

Platonov era un soñador. Y, en ese gran quilombo que era la Rusia de los primeros años soviéticos, un hijo de obrero parecía tener más oportunidades que cualquier otro para soñar: el mundo se había dado vuelta y los hijos de proletarios ahora estaban arriba, tenían derecho a sus sueños por primera vez, el mundo nuevo sería construido por ellos, con sus propias manos. Cuando el joven Platónov publicó su primer cuento, en una revista ferroviaria, se presentó así: “Nací en 1899 en un asentamiento ferroviario cerca de Voronezh, compuesto no de casas sino de barracas. Éramos diez hermanos y yo era el mayor, así que empecé a trabajar antes de aprender a leer. La campana de las locomotoras eran la única música que teníamos y los días de descanso estaban dedicados a eufóricas batallas a puño limpio con otros asentamientos. Además del sonido de las campanas, los colores del crepúsculo y la paciencia de mi madre, amo los máquinas a vapor y el sudor del trabajo. Creo que existe un vínculo, una afinidad secreta, entre el sonido de las campanas y la electricidad, entre las locomotoras y los terremotos, entre el crecimiento del pasto y la jornada en la fábrica. Ese es el mecanismo que me propongo retratar en lo que escribo”.

Las leyes del cosmos, las leyes de la naturaleza, las leyes de la historia y las del corazón humano se tejen en asombroso mecanismo en cada libro que escribió Platónov. En vida no pudo publicar ninguno, pero todos sus colegas lo veneraban igual, en secreto, porque lo que hacía Platónov era único: dinamitaba la realidad soviética en nombre del ideal soviético, hacía realismo y ciencia-ficción al mismo tiempo. Dice Tatiana Tolstaya que la grandeza del pensamiento ruso no está en su lucidez sino en su escala, en su fuerza más que en su atención al detalle. En cada libro de Platónov, los personajes siempre destruyen todo (puede ser una fábrica, una ciudad, un corazón o una hormiga) en nombre de una idea, en nombre del futuro. “En lugar de la esperanza, sólo nos queda la paciencia, sí, pero más allá de la secuencia de las noches, del marchitar y florecer de los campos, allí existe nuestro tiempo”, escribió Platónov en un cuento que tuvo la desgracia de llegar a manos de Stalin, como le pasó antes a Pilniak, a Babel, a Mandelstam, a Ajmátova, a Bulgákov

Se salvó de ir a Siberia porque Gorki convenció a Stalin de que Platónov sólo aspiraba a ser “un buen escritor soviético”, pero no pudo pasarla peor a partir de entonces. Vio cómo se le cerraban todas las puertas en las narices, vio cómo se llevaban a su hijo de quince años al gulag. Por intercesión de Shólojov se lo devolvieron nueve años después, tuberculoso y agonizante, pero siguió buscando maneras de darle a esa patria hostil lo que sentía que podía darle para que surgiera el mundo nuevo. Acumuló cuadernos con los cuentos que no le querían publicar. Su mejor amigo en los últimos tiempos fue Vasili Grossman, que leyó con devoción esos cuadernos y después dijo que lo único que salvó a Platónov de un destino peor fue no haber publicado.

El único trabajo que consiguió que le dieran después de la guerra fue de barrendero en la Unión de Escritores. Vivía en una habitación en el sótano con la puerta siempre abierta, para demostrar a la KGB que no tenía nada que ocultar. Cuando se estaba muriendo de hambre, Shólojov acudió de nuevo en su ayuda: le dio a traducir al ruso (anónimamente, por supuesto) una recopilación de leyendas folklóricas baskirias. La traducción era tan buena que se ordenó que la retradujeran al baskir y que reemplazara las versiones originales en los manuales de enseñanza, razón por la cual, durante los años siguientes, millones de escolares leyeron a Platónov sin saber de quién era esa prosa sublime.

Murió en aquel cuarto del sótano de la Unión de Escritores de Moscú, en 1951, de la tuberculosis que le había contagiado su hijo. Sus libros se empezaron a publicar recién durante la Perestroika, cuarenta años después. De todos ellos mi favorito es la historia de la chica paracaidista, que fue de los últimos en rescatarse porque estaba en dos cuadernos distintos, que no parecían tener relación: distinta tinta, distinta letra, distinto papel; uno era pura alegría, el otro estremecedora desazón. Platónov bautizó “Moscú” a esa huérfana de la Revolución y le puso de apellido “Chestnova”, que significa dichosa, virtuosa. En la España más ultramontana existía un conjuro para espantar a los malos espíritus: los padres bautizaban a sus hijas con una palabra que fuera el opuesto de lo que deseaban para ellas, y de ahí vienen nombres como Soledad, Dolores o Martirio. Uno se pregunta qué nombre le hubiera puesto Platónov a su criatura moscovita de haber conocido en vida ese conjuro.

Sakoto Tamura

Por Luisa Vicioso

Conocí a Sakoto Tamura en El País de las Nubes, encuentro poético que organizaba Emilio Fuego en Oaxaca. Me hizo gracia que usara kimono en las ocasiones oficiales y su lentísimo andar con medias y calypsos.

Desconocía que en ese momento era la traductora por excelencia de la literatura latinoamericana en el Japón, y que había traducido a Borges, a Jorge Franco (Rosario Tijeras, Paraíso Terrenal y El Mundo de Afuera), al Gabo y a Mario Vargas Llosa (El Héroe Discreto y Cinco Esquinas), y que era miembro de número de la Academia de la Lengua de Chile por sus traducciones de la obra de Gabriela Mistral (su tesis doctoral) y Pablo Neruda.

Tampoco sabía que había traducido a Cesar Vallejo y a Julio Cortázar, y  que había publicado varios libros de poesía en castellano y ensayos, entre ellos: “Al sur. Lo poetas con quien me encontré”; “Y los caminos de 100 años de Soledad. Un cuarto de siglo con Gabriel García Márquez”.

Traductora, ensayista y poeta, Sakoto estudio literatura Hispanoamericana en la UNAM y Teoría de Expresión Poética en la Complutense de Madrid.

Premio de Poesía Contemporánea, Premio de la Tierra, Premio de Traducción, Premio de Cultura, Premio Centenario Azul, Premio Pablo Neruda, Gran Premio de Poesía de Rumania, Sakoto era profesora emérita de la Universidad de Tokio desde 1989.

Desde que la conocí me propuse interesarla en la poesía nuestra y aprovechando la Feria del Libro dedicada a Aida Cartagena Portalatin, cuya poesía le presté y la impresionó, logré que (financiándose el viaje) viniera a Santo Domingo, junto con las poetas Camille Aubade; Leda García ;  Graciela Genta, y Adela Fernández (hija del Indio Fernández), novelista y especialista en cine.

Anuncié su llegada, informé quien era, pero como era yo que la traía se impuso la mezquindad sobre la oportunidad de ser traducidos al japonés y Sakoto solo llegó a conocer a César Zapata, nuestro edecán, cuya poesía por cierto le encantó.

Para mí era incomprensible tanta estupidez (esto saldrá en mis memorias literarias, las cuales pienso publicar antes de morir) y se me caía la cara de vergüenza cuando el entonces ministro de cultura se negó a recibirla (quizás no quería evidenciar su ignorancia), ni ninguno de los llamados poetas reconocidos, quienes pensaban que ignorándola me ignoraban a mí.  ¡!!Islamismos de la ignorancia!

¿Qué me queda de su visita?

Su asombro cuando fuimos a Barahona, a la Casa de Tarzán, cortesía de Polibio Díaz.  Era tiempo de mangos y el camino estaba tan lleno de mangos que el vehículo resbalaba. Sakoto estaba en éxtasis y repetía con un mango en la mano:  ¡En Japón cinco dólares!

¡!!Ese día fuimos millonarias!!! 

¡!!Paz!!!