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Buscando palabras para despedir un héroe

 

Por Manuel de J. González/CLARIDAD

¿Qué podemos decir sobre Rafael Cancel Miranda que no se haya dicho ya? La pregunta no viene porque tenga alguna resistencia a repetir las alabanzas que se escuchan desde la noticia de su muerte, sino porque en su caso es necesario buscar palabras nuevas para expresar su grandeza. Las que son de uso cotidiano ya no alcanzan.

Hacen falta palabras nuevas que puedan expresar el sentido verdadero de sus actos. Decir, por ejemplo, que aquel día 1 de marzo de 1954 – igual que Lolita, Irving y Andrés – solo compró “un pasaje de ida” para la capital imperial, no es suficiente para resumir su heroísmo. Desde que tuvo conciencia de sí mismo en el Mayagüez de su infancia ya él sabía que algún día estaría haciendo un viaje sin regreso y por eso durante aquel acto seguramente estaba muy tranquilo, sin dramatismo, como está quien solo cumple con un mandato elemental de su conciencia.

Hacen falta palabras para hablar de su tiempo en prisión a donde llegó sin haber cumplido 25 años y donde estaría otros tantos. Nunca pensó estar allí, no porque no supiera que es el lugar a donde comúnmente van los que de verdad luchan, sino porque creía que el boleto de ida sin regreso lo terminaría juntando con Raimundo Díaz Pacheco y los héroes del ’50.  Como era allá donde esperaba estar, donde lo esperaban desde 1936 Elías Bouchamp e Hiram Rosado, la cárcel no fue más que una molestia. A sus carceleros, acostumbrados a romperle el espinazo moral a los que llegan desesperados por la ausencia, les molestaría la serenidad de aquel joven de mirada tranquila y pies firmes. Lo intentarían mil veces, por iniciativa propia o mandados desde arriba, pero nunca pudieron romper ni una molécula de su serenidad de héroe.

Buscando otras palabras para hablar de la prisión de Rafaelito llego hasta un poeta joven, Guillermo Rebollo Gil: “¿Cuántas décadas promedio tú crees que nos quedan por vivir en compañía de hombres y mujeres con largos años “perdidos” en prisión a causa de una causa? ¿Cuánto más largo es el típico año en prisión? ¿El tiempo adentro se multiplica por sufrimiento o por soledad o por desesperación? ¿Habrá manera de hacer el cálculo brevemente en papel para firmar con nuestros nombres (sin apellidos) y dedicárselo a Rafael a manera de nunca-te-lo-pagaremos-pero lo reconocemos?”

Guillermo también cita una frase de Rafaelito sobre su tiempo en prisión: “Yo estuve 25 años preso, pero libre”. Ese “pero” contesta muchas preguntas. Igual que Pedro Albizu Campos “nunca estuvo ausente” cuando lo desterraron de su patria, Rafaelito siempre estuvo libre en la prisión. Sólo ese sentimiento de libertad pecho adentro puede vencer la soledad y también la maldad de los carceleros. Por eso, cuando con el pelo canoso dejó atrás la celda, tenía la misma serenidad que vemos en la foto de Washington. Lo llevan agarrado y los empujones ya le sacaron la camisa, pero en el rostro no hay la más mínima señal de preocupación. Con ese mismo rostro de vencedor salió de la prisión.

Hacen falta palabras para hablar del amor que empezó a repartir cuando salió de la prisión. De la tranquilidad con que reemprendió la lucha que realmente nunca abandonó. De la constancia mantenida durante una vida de casi 90 años. ¡Qué ironía! ¡Qué derrota la de sus carceleros!  Aquel muchacho que compró un boleto de ida en Nueva York seguro de que no regresaría, volvería a su patria vitoreado por una multitud. Ahora, cuatro décadas después de aquel regreso victorioso decidió irse, pero vencido por los años, no por sus carceleros.

Los que tanto lo quisimos y lo admiramos nos vamos a juntar para despedirlo Y buscando palabras recurro otra vez a Guillermo, porque qué mejor que un poeta joven para despedir a un héroe: “Disculpe el exceso de confianza. Pero su historia es de excesos – de amor, valentía, bondad, sacrificio, ternura, solidaridad, compromiso extendido durante décadas.”

Nota final: A Algunos les sorprenderá que los que estuvimos de una forma u otra cerca del héroe lo llamemos Rafaelito. Por mi parte aprendí a llamarlo así escuchando a un amigo de su infancia, a Juan Mari Brás. Juntos crecieron en el Mayagüez de sus querencias, juntas estuvieron unidas sus familias y juntos emprendieron y recorrieron el camino del sacrificio por su patria. Hoy los junta la muerte, pero qué mucho nos dejan.

Rafael Cancel Miranda- Héroe Nacional

18 de julio de 1930 – 2 de marzo de 2020

Nuestro amado Guerrero de la Patria ha partido.

Sentimos su ausencia, pero celebramos su vida de entrega total a la Patria, a luchar por el derecho de todas y todos los puertorriqueños a vivir en libertad y disfrutar de una vida digna.

La familia Cancel-Vázquez y el pueblo patriota puertorriqueño les invita a acompañar a Rafael Cancel Miranda y celebrar su vida en los actos que se llevarán a cabo en San Juan y Mayagüez del 6 al 8 de marzo de 2020.

A fin de construir un archivo histórico, les agradeceremos que compartan con nosotros cualquier foto, video, audio, entrevista, anécdota o arte de Rafael Cancel Miranda, en sembrandopatria.com o escribiendo al PO Box 361894, San Juan, PR 00936.

María de los Ángeles Vázquez Rafael Cancel Vázquez

Se llega más pronto a la meta de pie que de rodillas

*El programa de los actos de despedida de Rafael Cancel Miranda está disponible en claridadpuertorico.com

Yo siento, Yo opino y el Objeto maravilloso

Por Alejandra Martorell

Mi amiga Ita me pidió que presentara sus libros. 

Yo nunca antes he presentado un libro, y menos tres. 

Y ustedes: ¿A quién se encomiendan cuando van 

a hacer algo por primera vez?

A lo largo de estos años en los que Ita se ha convertido en escritora, he tenido el privilegio de leer sus borradores y admirar sus ilustraciones. Desde el primero hasta el más reciente – al principio con sorpresa, luego con expectativa – empiezo a leer cada libro como quien entra en un laberinto acogedor y cariñoso, pero con truco. Me explico: 

Aunque los títulos de casi todos estos libros declaran el asunto a ser tratado – Yo quiero, Yo opino, Yo solita – y aunque el lenguaje es franco y directo, eso no garantiza saber de antemano por dónde se entra ni se sale del cuento. Son libros que demandan listeza de sus lectores y escuchas; una cierta agilidad para seguirle el paso a un diálogo abierto y multiplicador de voces, y también de imágenes, que se sucede con tranquilidad página tras página. También es cierto que, lejos de encerrar misterios o conjurar suspenso, estos cuentos nos colocan plenamente en el espacio común, en una secuencia de escenas tanto familiares como decisivas en el proceso de aprender a ser. 

Ese mundo de lo ordinario y cotidiano lo componen personajes y lugares por todos conocidos. Son madres, padres, tías, tíos, abuelas, abuelos, primos, mascotas, parejas, amigas, amigos de amigos; y ello en parques, escuelas, playas, hogares, patios y pasillos. En esa comunidad-escenario, el descubrimiento propio es simultáneo al descubrimiento de la diferencia con los otros. En ese sentido, no es el cuento, sino quienes lo cuentan: una red de afectos diversos que confluyen en el amor y que, en el decir de los cuentos, ofrece claves imprescindibles de una ética de la convivencia. A mi entender, Ita escribe en contra de la de-formación del ser humano, como si adivinara que a nuestra actual cuasi-virtualidad y requete-conectada red de ondas celulares y algoritmos mercantiles, le urgiera el reconocimiento de nuestra humanidad más vital: la que vive en relación con otras. 

De esta segunda camada de libros, Yo siento y Yo opino siguen el modelo establecido de los tres libros anteriores: Es mío, Yo solita y Yo quiero. La niña o el niño va mudando el diálogo de uno a otro adulto tutor, en contrapunto con dibujos de colores exquisitos (literalmente para comerse), o aquellos más lineales en los que las emociones bailan exabruptos, flechas, espirales y explosiones. 

Yo siento especial encantamiento cuando leo Yo siento porque percibo con todos mis sentidos la agilidad con la que el diálogo y las ilustraciones persiguen, como saltando una peregrina, la acumulación de sentidos. De oración en oración, de palabra a imagen, de página en página, van sumándose significados, voces y perspectivas múltiples, siempre pasándole el batón o la piedrecita al contrincante lector. 

El sentir, las sensaciones, el sentimiento, el sentido… ¡Toda esa sucesión compleja del conocimiento contenida en el fluir de la conversación de la familia extendida de… Marola! Quien no es protagonista porque no hay protagonistas; hay encuentros, suma de experiencias y voces, es decir, comunidad.

Mi mamá dice que según creces, a veces los gustos van cambiando. Porque la manera que sientes también puede cambiar. ¿Y a ti? ¿Te gustan las cosas que te hacen sentir con energía?

Los gustos hermanados a los sentidos; los sentidos, según se crece, mudan su gusto; la importancia del gusto por lo que se siente, aquí y ahora, bien. 

Estuve buscando si hay una figura literaria que describa ese deslizamiento del sentido por una sucesión de significados que lo acercan siempre a la interpelación del otro. Es como si las ideas “surfearan” de una a otra ola-oración para llegar a la siguiente playa, la playa-lector. No he encontrado si existe esa figura literaria, pero quizás algún experto aquí presente nos puede instruir al respecto. Mientras tanto, el abuelo Jero añade:

…que no es solo por experiencia que se siente de una u otra manera. También nacemos con unas habilidades. 

[Y más adelante:] ¿Y tú? ¿Qué habilidades tienes? 

La subjetividad del sentir se dispara en múltiples direcciones. Hacemos según sentimos, pero según conocemos cambia nuestro sentir. ¿Debe cambiar también nuestro hacer? Además, sentimos físicamente y sentimos emocionalmente. Sentimos diferente a como sienten otros y, dice Maestro Gil: 

…que es importante aprender a comprender lo diferente; que NO es lo mismo que ser indiferente.

Comprender lo diferente es… ¡Una tarea para toda la vida! Comprender es abrazar; incluir en un nosotros más vasto. ¿No?

¿Y tú? ¿Cómo te sientes cuando no te hacen caso?  

Ita me comentó que reconoce cómo su experiencia como bailarina informa su manera de escribir. Yo ya me había percatado. Ese giro en sitio que da la narradora al decir “¿y tú?” para entonces apuntar con convicción y solidaridad el lugar de ese otro tan importante que es el lector o el escucha. Ese giro requiere coordinación y balance, requiere manipulación de fuerzas, uso de los contrastes y requiere, ante todo, autoconocimiento, que es sin duda algo a lo que bailar contribuye. Contribuye, de hecho, a través del sentir.

Además de una defensora de los derechos inalienables de niños y grandes, Ita es una maestra. Su práctica es el decir, y siempre ha sido así: decir lo importante, lo que se piensa, lo que se siente, lo que obstaculiza la harmonía para poder ser harmoniosos. Lo que sea que obstaculice el amor. Es maestra porque defiende que la expresión es, además de un derecho, una responsabilidad. Como lo es la búsqueda de la verdad y la práctica de la imaginación para crear un mundo más justo:

A la verdad que la verdad hay que sentirla y hasta imaginársela…

Hay que imaginar la posibilidad de libertad en convivencia con el respeto. Hay que imaginar y practicar la comprensión para construir relaciones más justas. 

De imaginar trata el más reciente de estos libros – El pasillo y el objeto maravilloso – que es, que yo sepa, el primero que cuenta la historia de un protagonista a todas luces “otro”: un murcielaguito que se ha quedado huérfano; solo, triste y atemorizado. Quizás este cuento se alza por encima del día a día de los otros por ser, de todos, el más personal. Es el libro, que es el cuento, que es el objeto maravilloso, por no decir mágico, que rompe el hechizo de inmovilidad producto de una pérdida. 

La pérdida demanda una búsqueda. Y la lectura crea la nave que hará posible el viaje. 

Esa misma noche, tomó con sus garritas el libro y guindando de sus patitas leyó detenidamente. Se adentró en la lectura. Leyó tan y tan adentro que de repente sintió que ya no estaba en la cueva.

La lectura le permite al joven murciélago moverse de lugar; no así sus alas que no se anima a usar por la pena en que está sumido. Eventualmente sí. Cuando Paco Pepe se enamora de la lectura, sale a buscar a la coquí poeta Angelamaría para que le preste nuevos libros. Y al final del cuento vuela con sus amigos y amigas, y se integra de lleno a su comunidad. Una comunidad que conoce primero a través de los libros, ya que su madre no está para acercarle a ella. Pero antes de poder salir de la cueva, cuando lee, el murciélago entra al pasillo. El pasillo es el espacio intermedio entre la soledad y el colectivo. El pasillo es la nave para emprender el viaje. Pero hay dos viajes, uno hacia adentro y otro hacia fuera. El pasillo tiene un espejo y dos puertas. 

Trató de tocarse y unir su ala a la del reflejo y vio que no se unían. Su cuerpo se duplicaba con una distancia en el medio… Esa distancia era lo que hacía que su imagen se repitiera. Y así fue que, por primera vez, conoció lo que era un espejo… al que se llegaba por un pasillo, abriendo las páginas de un libro. Y descubrió que amaba leer.

El espejo como obstáculo, como aquello que nos permite vernos y sabernos, pero no tocarnos. Era necesario verse, y es la lectura la que provee la manera. Pero no basta con reconocerse uno mismo. Es necesario seguir leyendo para poder salir por una de las puertas y verdaderamente encontrarse. Creo que con este libro, la tesis de los anteriores, se convierte en poesía. 

Así lo resume la portada del libro, que siendo en sí mismo (el libro) la respuesta al acertijo del título, nos muestra al joven murciélago en el pasillo, mirándose en el espejo – el otro objeto maravilloso cuyo descubrimiento abre paso a los demás.  

Texto leído en la presentación de los libros el pasado mes de febrero

El arte olvidado de la desconfianza

Por Ana Teresa Pérez Leroux/Especial para En Rojo

Así como se van acumulando las entradas en el primer volumen de la  Nueva Historia de la Infamia—Tercer Milenio, secuela esperada al famoso texto de Borges, el  lector avisado podrá notar temáticas que sobresalen. Los Weinsteins, Trumps, y Maddoffs de hoy corroboran el principio de la banalidad del mal . Algo nuevo que sobresale en los catálogos de los infames del siglo presente es la relación entre infamia y contexto. La noción de affordances, concepto propuesto por James Gibson, se refiere a las posibilidades que les ofrece el ambiente a un individuo.  En la perspectiva ecológica de la cognición, son las características perceptuales de la herramienta que invitan al uso, al cautivar la imaginación del usuario. Los suicidios bajan cuando se bloquea el acceso a ciertos puentes.  Silvia Plath coqueteaba con la muerte, pero los suicidios de su tip bajaron cuando cambiaron los estándares mundiales en la composición del gas de cocinar.  La poeta que meta hoy la cabeza en el horno, saldrá con un dolor de cabeza, y ganas de vomitar. La teoría de los “affordances” dice que el humano será el que inventa las cosas, pero es el rodar de la rueda el que acoge al burro, y facilita la carretilla. Los triunfos del #metoo y #blacklivesmatter, y otros superhéroes miméticos, se medirán por el efecto que tengan sobre el contexto. Los infames seguirán siendo infames, los macharranos macharranos, y los racistas poco mejorarán.  Pero es el contexto lo que les quita o les pone posibilidades.  

La brisa del Atlántico levantaba arena y espuma, y el sol de la tarde las pintaba de oro viejo.  Respiramos, reímos, y nos quitamos las sandalias para dejar que la arena húmeda se nos colara entre los dedos del pie.  Habíamos salido del hotel al final de un día de congreso y  tomamos un paseo por Playa Cosón. Buscábamos un espacio mas agreste, menos poblado por viajeros (a excepción nuestra), para que el viento nos limpiara el alma. A la hora de volver, mi marido se fue adelante hacia minibús alquilado, cuando se le acercó una joven turista, hablándole animadamente. El parecía decir que no con la cabeza, y siguió hacia la guaguita. La joven se detuvo un momento a hablar por celular, y se volvió a seguirlo hasta el parqueo. Demasiado lejos para escuchar la conversación, nos acercamos con curiosidad. Mi colega Marcela, siempre irónica, se burlaba, “mira, a su edad, no está mal la conquista”.  Cuando nos acercamos, vimos que la joven lloraba mientras el lo escuchaba.  La historia era ésta: la joven estaba quedándose en Las Terrenas, y alquiló una llevada en motor desde Terrenas a Cosón. El de la motocicleta que la llevó, muy simpático al principio, acabó manoseándole una rodilla, haciéndola sentirse muy incomoda.  Habían acordado una recogida a las cinco, y ya eran casi las seis, y el sol bajaba, y en Cosón no hay hoteles, nada mas que un pequeño colmado bar en que comenzaban a recoger las sillas. La turista, alemana, imploraba que  la dejáramos irse con nosotros.  Se había acercado a una mujer en una yipeta, que se había negado, y los del colmado dijeron que no tenían vehículo.  Quedaba ya poca gente, y se estaba desesperando, dudosa de si esperar o no, su moto-taxi, del que ya sentía mucha desconfianza.  Mi marido dudaba.  Samaná tuvo en su época, mala reputación por ataques en carretera, y un extraño es un extraño, aunque tenga cara de cachorrito maltratado.  Se acercó a preguntarme.  Tomamos un voto. Yo miré a la alemana y dije que sí, pero la senté cuidadosamente detrás de mi mamá, al lado de Marcela.

Y yo en la fila de atrás. Los que venían mas atrás no sabían por que habíamos adquirido un nuevo pasajero. Éramos doce en total, colegas del grupo, mamá y marido, y trece con la alemana.  En el camino de vuelta ella trata de explicarse. Recién graduada, había pasado 5 meses viajando por el mundo; había estado en Tailandia, Malawi, Rwanda, Brazil, y otros lugares extraordinarios, y no le había pasado nada.  Decidió pasar la última semana de andanzas descansando en las lindas playas de la República Dominicana. De repente al verse en la playa oscureciendo, esperando al motociclista que la había puesto nerviosa, se le ocurrió que tal vez estaba en peligro. Llamó a su novio en Alemania, quien le dijo que no se montara con el motociclista, que era mejor que pidiera ayuda a algún extraño. Cuando la primera mujer a la preguntó se le negó, comenzó a sentirse desesperada.  La mujer le dijo, lo siento, es un peligro darle bola a un extraño.  Cuando Bill dijo que tenía que consultar, sintió que se le abría la tierra bajó los pies y volvió a llamar a su novio.  “Vuelve e insiste”, le aconsejó él.  Llorosita, nos contaba que se sintió muy intimidada, y que nos agradecía mucho el rescate. Cuando dijimos que éramos profesores, nos explicó que se había graduado de sicología y que pensaba estudiar teología. Había visitado Toronto, y le gustaba mucho.  No entendía porque el joven, inicialmente tan amable, se había convertido en otra cosa, si este país le parecía tan seguro después de otros lugares que había visitado, la gente tan buena.  Yo le expliqué que en este país había mucha gente muy buena, de hecho, la mayoría, pero que la gente que era mala, era muy mala,  y que su novio la aconsejó bien al decirle que no se montará de nuevo con ese hombre.  “¿Y qué hago si lo veo en el pueblo?  Me siento mal porque va a volver a buscarme, y no me encontrará. Aunque habíamos quedado a las cinco. ¿Debo disculparme?”  “De ninguna manera,” Le contesté con firmeza. “Pero no quiero ser maleducada”. “Escúchame, no es ser maleducado. Una vez alguien transgrede, te toca inapropiadamente, se acabó la cortesía y la buena educación. Que mucha gente sea buena no quiere decir que todos lo son. Una vez alguien cruza la raya, tú no le debes nada.”  La dejamos a la entrada de su hotel. Jeanne Marie, profesora europea de raíces radicales, me preguntaba que como sabía yo que no estaría armada la persona.  Marcela se quejaba de que se la hubiera sentado al lado si pensaba yo que podía andar armada.  “Bueno, me senté atrás para vigilarla, Y a mamá al frente, no corrías ningún peligro.” “¿Tu mamá? ¿Y que iba a hacer tu mamá?”  Mamá es hermosa, una bella dama de cabellos de plata y cara de ángel, pero en su época se enfrentó a guardias de Trujillo, a ladrones, y alguaciles armados, sin que le temblara el pulso. Siempre viajó por carretera armada, y no dudaba que tal vez todavía lo hacía. Y aun sin arma, no hay que descontar el poder de la sangre fría.  Bautista, que iba al frente, no entendía nada de que estábamos hablando.  La colega del Perú decía que ella también había especulado la posibilidad de que una turista abandonada fuera parte de un plan maligno para asaltarnos en la carretera. Por el nivel de desconfianza, podías saber de dónde era cada quien en el vehículo. Todos habíamos visto una turista desválida, pero habíamos interpretado distintas posibilidades.

La cultura es un contexto.  Me escandalicé cuando oí por la radio declarar que una de las demandantes en el caso Ghomeshi.  Ghomeshi, popular locutor de radio, estaba acusado de agredir a algunas mujeres con las que había salido. Los ejecutivos de la CBC lo despidieron, cuando vieron fotos de las víctimas—marcas de estrangulación en el cuello, par de costillas rotas. El caso se fue a los periódicos cuando Ghomeshi envió una carta quejándose de su despido, alegando persecución por lo que habían sido relaciones ‘alternativas’ pero ‘consensuales’.  Los casos seguían la narrativa familiar: jóvenes periodistas, atraídas por la fama y el talento del individuo, y las posibilidades de acceso a oportunidades. Como Weinstein, pero buenmozo. Las que lo acusaron perdieron el caso por evidencia que mostraba abundante contacto subsiguiente a los incidentes de violencia.  La juez le preguntó a una de las víctimas que porqué había enviado docenas de textos y un flores al perpetrador, dos días después de que se había escapado de su apartamento con un ojo morado y un brazo maltrecho.  “Temía parecer maleducada”.  

Y uno se pregunta, ¿En qué contexto es ser maleducado evitar que te den golpes? ¿O dejar de montarse en el motor de uno que te manosea? Interpretar un extraño es siempre un riesgo: podemos discernir amenaza donde no la hay, o no percibir el peligro cuando lo tenemos al frente. El contexto de hoy es muy confuso. Las infamias las cometen los infames, pero los contextos las permiten, o las facilitan. Los observadores indiferentes las permiten. Las permiten las víctimas dóciles que ignoran el nudo en la barriga que les avisa la presencia de un predador. Las permiten nuestra complaciente aceptación de que las cosas como son. Las permiten la cultura de impunidad. Las permiten la hipocresía del que declama contra la injusticia, pero no se pone las pilas para contrarrestarla. Las permiten la creencia de que otros nos salvarán y no tendremos que salvarnos nosotros.  Como indicaba el letror ruso:“La responsabilidad de usar el salvavidas le corresponde al ahogado.” Pongamonos todas los salvavidas, y acortemos los capítulos pendientes de la Nueva historia.

Una Cuaresma para el mundo

Por Marcelo Barros/Especial para en Rojo

En las Iglesias antiguas, hoy es el inicio del camino cuaresmal. De hecho, ese tiempo, iniciado en el miércoles de ceniza, comienza su marcha en este domingo. Es un período que recuerda la muerte y resurrección de Jesús. Propone a cada uno y a las comunidades renovación interior y el esfuerzo de cambiar el mundo. Quiere que las Iglesias sean más pascuales, eso es, más renovadas y abiertas al servicio de la humanidad.  Hasta hoy, en la Cuaresma, hay cristianos que se dedican a ayunos, penitencias y oraciones. Lo importante es transformarnos para ser personas más humanas y solidarias, comprometidas con la transformación del mundo. 

En ese domingo, las Iglesias leen el evangelio que narra las tentaciones de Jesús en el desierto. En aquel relato simbólico, Satanás representa las fuerzas que proponen a Jesús ejercer su misión a través del poder religioso y del prestigio político y económico. De hecho, esas tentaciones venían de las comunidades cristianas de la época en que los evangelios fueran escritos (años 80 del siglo I). Satanás era la misma comunidad de los discípulos de Jesús que querían Iglesias con poder, dinero y prestigio religioso. Hasta hoy, hay pastores y grupos eclesiásticos que elaboran una teología de la prosperidad (Dios te ayuda si tu aportas dinero a la Iglesia). Y entran en la política no para servir al pueblo y si para beneficiar a sí mismos y a sus grupos. Esos son las fuerzas diabólicas a las cuales hasta hoy Jesús debe responder con la Palabra de Dios, la opción liberadora del Éxodo y el camino del servicio pobre y sufrido de la cruz.  

Hoy, el mundo es cada vez más violento y menos humano. La violencia es más estructural. El individualismo parece más exacerbado y la destrucción de la naturaleza avanza más. Sin embargo, en medio a todas las dificultades, germina una semilla de paz, justicia y amor que viene del Espíritu y va en la dirección de la realización del proyecto divino en el mundo. Sea como sea, la conciencia de los derechos humanos, la lucha por libertad y igualdad entre hombres y mujeres, de todas las razas y culturas, ha crecido. Es signo de que aquello que los judíos y cristianos llaman de Pascua se va realizando no solo en los corazones de los creyentes, sino también en las estructuras del mundo.  En el siglo IV, Juan Crisóstomo enseñaba: “La Pascua de Jesús viene hacer de nuestra vita, mismo en medio de dolores y luchas, una fiesta permanente de esperanza y comunión”. 

El autor es monje benedictino y ha escrito más de 40 libros