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El violinista de aquella mañana de Revolución (2)

(segunda y última parte)

Testimonio de Eladio Lausell*

Los nacionalistas no fueron llevado directamente al cuartel, sino que fueron llevados por la calle Betances hasta la esquina de Washington, y allí fueron linchados.

Según me dijo Carlos Jordán, al que luego acusaron de haber disparado, había tres guardias nacionales con ametralladoras, apostados en esa esquina, uno en la esquina de Carlos, uno en la de Máximo y otro en la de la colecturía.

El profesor Rafael Vidarte fue quien avisó a la policía y dijo: “Ahí los traen”. Entonces, al ir a doblar la esquina, los tres guardias avanzaron y los fusilaron.

Según me dijo José Ángel, uno de los supervivientes que aún vive en Utuado, alguien dijo, “Tírense al suelo, que van a disparar.” Y entonces ocurrió la balacera.

Según lo que me dijo Pedro Matos, que vivía al lado de la clínica, había una ametralladora junto a su casa, que también disparó en dirección a la esquina de Máximo.

Otras personas dicen que el cabo Pardo estaba tendido detrás de un poste junto al Flamingo y también disparó con una carabina.

En el fuego cruzado entre ellos mismos, resultaron muertos un guardia nacional y un policía.

El profesor Rafael Vidarte resultó con heridas de perdigones un pie.

Según varias personas, la policía pasó un jeep sobre los caídos, y un sobreviviente debe la vida a haberse fingido muerto.

Provisionalmente, los arrestados eran llevado a los salones traseros de la Alcaldía.

Según me dijo Millo Cortes, allí los tenían esposados de dos en dos, y cuando alguno de ellos que ir a satisfacer sus necesidades corporales, el compañero tenía que ir con él. La primera noche que pasaron en la Alcaldía, estuvieron muy asustados, pues un jefe le dijo al centinela apostado en la puerta, “Como suene un disparo en la calle, me les limpia el pico a todos.”

Contaba Carlos Jordán, que el día que él, su esposa e hijo, fuero apresados, en el cuartel había un nacional que se jactaba diciendo que le había “limpiado el pico a tres.”

A Carlos querían fabricarle un caso, como él inició el tiroteo de la esquina de Máximo, todo porque Albizu había pernoctado una vez en su casa, que fue la noche en que don Pedro me contrató a mi y a Amor, un técnico de Bayamón, para que le grabásemos el discurso que él pronunció en la plaza, recién llegado de la prisión de Atlanta. Delante de Chu Goitía, don Pedro me pagó $80 por mi trabajo. El se llevó sus discos, pero yo tenía otras grabaciones de otros discursos que él había dicho por la radio, y eso luego me trajo varios problemas.

Carlos Jordán fue exonerado, porque las balas encontradas en los cadáveres, resultaron ser todas del ejército. Yo estaba al lado de Carlos, cuando su amigo, el Lcdo. Torres Gómez, le trajo el dictamen del médico forense.

El día que don Pedro se hospedó en la casa de Carlos Jordán, Pedro Matos lo fue a saludar. Pedro Matos era el presidente del PIP, y tan pronto como don Pedro lo vio, le dijo, “¿Cómo están las cosas, tocayo?”. Pedro le explicó que venía de los campos, de hacer la campaña del PIP, y don Pedro se río y le dijo, “¡Hay tocayo, si el campesino es puro no hay que trabajarlos!. Los que se vendan como cerdos son estos profesionales y pseudo intelectuales de los pueblos, que son los que tenían confundida a la ruralía.”

Pedro Matos sabía que habría de ser arrastrado, y se vistió pulcramente de blanco, desde los zapatos hasta la cabeza. Así, vestido como quien va para un baile, fue llevado a San Juan, al refugio de ancianos, donde ya había como 2,000 arrestados por sospecha. En esos días había llovido copiosamente, y el guardia nacional quería que Pedro se metiera por el fango, pero Pedro le dijo, “Métase usted si quiere; yo voy por la acera.”

Allí, estaba el fiscal José Aponte, hecho un energúmeno, y le preguntó a Pedro ¿si él era nacionalista?. Pedro le contestó que sí, que él era nacionalista cuando el propio fiscal Aponte también lo era, y cuando además lo era doña Inés Mendoza, la esposa del gobernador.

También preguntó Aponte a Pedro, si en Utuado había muchos comunistas, y Pedro le contestó, “Yo no sé como son los comunistas. Enséñeme un comunista, y yo le diré si en Utuado los hay.”

Bien, es el caso que Pedro Matos estuvo unos días preso en el refugio, y mientras permaneció allí, mantuvo allí en alto la moral de los demás presos, que ya estaban a punto de quebrarse.

Sobre los discos que yo grabé para don Pedro Albizu, me visitaron a mi escuela dos americanos del FBI. Querían saber el paradero de ellos. Yo les dije que como don Pedro los pagó, eran de él, y se los llevó. Eso fue todo.

Pero como al mes de los sucesos, fui de nuevo citado a la fiscalía de Arecibo por el entonces Lcdo. Porrata Doria, hoy fenecido. Fue el mismo interrogatorio de nuevo.

Genaro Negrón, que ahora vive en Río Piedras, tenía en Utuado un semanario llamadoArco Iris.Como independentista que era, el FBI allanó la imprenta que tenía en los Pinos, y se llevaron muchas colecciones de muchos años, dejándole firmados unos recibos. Como al mes fueron devueltos.

Genaro y yo resultábamos sospechosos, y la policía se valió de la siguiente estratagema para obtener nuestras huellas digitales. Y fue que el cabo Nieves nos invitó a formar parte de la Defensa Civil, nos llevó al cuartel, y allí nos tomaron las huellas, cosa que o se requería para el caso. Pero como Genaro y yo no habías tenido nunca arma alguna, nos las dejamos tomar, que si las hubiéramos tomado, tendrían que tomarles las huellas a los cadáveres, pues entiendo yo que nadie se decide a tomar un arma para jugar con ella.

Yo, realmente tuve una pistola una vez, en el campo Marín de Patillas. Eso era cuando yo tenía 24 años. La quería para defenderme, pues me gustaba tocar serenatas. Pero, cuando vi que no la necesitaba, porque todo el mundo me quería, la boté y nunca más volví a usar armas.

Esto es lo que vi y lo que me contaron, sobre la Revolución del año 1950, y donde pienso que Muñoz Marín dejó chiquito a Winship.

Astrid Raquel Cruz, maestra utuadeña, nos compartió este testimonio. Su madre, Raquel Negrón, custodió el documento por años. Al entregárselo, Astrid lo cuidó y pensó que ahora, a los 70 años de aquellos sucesos, era buen momento para hacerlo público. Agradecemos que haya confiad en nosotros ara ello.

Crucigrama Manuel Ramos Otero

Especial para En Rojo

 

Horizontales

2. Jesús Manuel _____ Otero; profesor, escritor y poeta puertorriqueño. Autor de «Ficción e historia: Texto y pretexto de la autobiografía», “Concierto de metal para un recuerdo y otras orgías de soledad”, y “El cuento de la mujer del mar”.

7. Ave rapaz diurna.

8. La ética de la marginación en la poesía de _____ Cernuda; ensayo de Ramos de 1988.

9. Venir al mundo.

12. Ernesto “_____” Guevara; el Guerrillero Heroico.

14. El libro de la _____; poemario de Ramos.

16. _____; ciudad natal de Ramos.

18. Achaque, indisposición o molestia.

19. Conjunción latina que significa ‘y’.

20. Río asiático que discurre por el nordeste de China.

22. 7 de _____ de 1990; fallecimiento de Ramos.

25. Labré.

26. Región geográfica rusa situada alrededor de los montes Urales.

28. Del verbo haber.

29. Símbolo del astato.

30. El _____ en los tiempos del cólera; novela de Gabriel García Márquez.

31. _____; novela de Ramos publicada en 1976.

34. Alabanza.

35. _____ Juan; ciudad donde murió Ramos.

37. Juan _____ Campos; compositor puertorriqueño.

40. Utilicé.

42. Montaña del Pirineo navarro.

45. Personaje bíblico que escapó de la destrucción de Sodoma.

47. Toma, sujeta.

48. Universidad de Puerto _____; alma mater de Ramos.

49. Parte de la ópera.

Verticales

1. Nicolás _____ Moros; presidente de la República Bolivariana de Venezuela.

2. Licor antillano.

3. Río del sudoeste de Francia.

4. Ungí a un enfermo con el óleo del sacramento de la extremaunción.

5. Punto cardinal.

6. William _____ Buitrago; escritor colombiano. Premio Rómulo Gallegos por su novela “El país de la canela”.

10. Lengua de los chimúes, aborígenes de Perú.

11. El cuento de la _____ del mar. Libro de Ramos de 1979.

13. Manuel Ramos _____; autor de “La novelabingo”, “Página en blanco y staccato”, “Invitación al polvo”, “El libro de la muerte”, y “Cuentos de buena tinta”.

14. _____ Ramos Otero; autor de “Tálamos y tumbas”. Fue profesor en Rutgers University, LaGuardia Community College, York College y Lehman College.

15. Ciudad de Alicante, en la Comunidad Valenciana.

16. José _____; Héroe Nacional de Cuba.

17. Repiten.

21. Canto con que se arrulla a los niños.

23. Parte de las plantas.

24. Lengua asturiana.

25. Dueños.

27. Acusativo de pronombre.

30. Símbolo de la plata.

32. Seis en números romanos.

33. Negación.

36. 20 de _____ de 1948; nacimiento de Ramos.

37. Concierto de _____ para un recuerdo y otras orgías de soledad; libro de Ramos de 1971.

38. Palpitar.

39. Cuentos de buena _____; libro de Ramos de 1992.

41. Preposición.

43. Ficción e historia: Texto y pretexto _____ la autobiografía; ensayo de Ramos.

44. Aquí.

46. Invitación _____ polvo; poemario de Ramos de 1991.

 

 

 

 

 

 

Silvia

Especial para En Rojo

 La primera vecina que conocí durante mis visitas al apartamento se llama Olga. Tiene ochenta y seis años, es jamona y, según me repitió varias veces, no es gay. Su parecido físico con la mamá de mi hermano es uncanny. Ambas fuman mucho y hablan con el mismo tipo de énfasis al final de las oraciones, poniéndole una fuerza a la conclusión de la idea como para que a nadie le quede duda de que creen lo que dicen, con un tono que sólo puedo describir como de malcriá. Pero Olga está ciega. Se sienta en el balcón de su apartamento en el primer piso y desde allí se entera de todo. Se viste con una bata casera de esas como de Capri, con estampado de flores, botones al frente y convenientes bolsillos para las llaves o cualquier chuchería que una carga dentro de la casa. Para estar en el balcón se pone unas gafas verdes de plástico que parecen de niño. Debe ser porque su cara se ha vuelto muy finita, enjuta por los años, y ahora son las gafas de niño las que le quedan bien. Me gusta el look de Olga y si no hubiera COVID me sentaría todas las tardes a fumar un cigarrillo con ella en su balcón. Pero evito fumar. Contrario a lo que hace cada otra persona con quien me encuentro estos días, Olga no me ha dicho lo que tengo que hacer. En cambio, me ha dado mucha información útil sobre mi nuevo edificio: que puedo programar mi teléfono para abrir el portón a través de llamadas desde donde quiera que esté, que el superintendente se llama Rubén y que es muy buen muchacho, que él recoge la basura si la dejo al lado de mi puerta entre 6 y 10 A.M., pero si se me hace más tarde tengo que bajarla yo misma a los basureros, que la administradora se llama Maritere y que también es muy buena gente, que la señora que vivía en el apartamento arriba del mío se murió hace ya un tiempo y está vacío, pero no sabe si se vende, que los viejitos que viven abajo son muy amables y no molestan, pero eso sí, tampoco comparten con nadie. Me pidió como favor que, cuando vaya al buzón, de una vez le traiga también su correspondencia porque además de ser ciega tiene las rodillas malas y no puede caminar fuera de su casa. Le dije que lo haría con gusto. Pero sospecho que terminaré evitando a Olga, que ha sido verdaderamente muy amable. Hasta me ofreció intercambiar números de teléfono por si cualquier cosa. Le dije que después.

 Quizás es porque sé que se va a morir pronto.

 Nunca he visto una película que capte la torpeza de las despedidas, lo silencioso que es decirle adiós a alguien que está muriendo, lo poco elocuente y afectivo que una puede volverse en el momento, porque la persona moribunda lo último que quiere es que se lo recuerden con exabruptos de afecto que una no tendría en otras circunstancias, mucho menos con palabras grandilocuentes y finales. Todas tratamos de imponerle una cierta normalidad al momento, aunque es imposible. De alguna manera, la persona que está muriendo ya está muerta. Es como si la imposibilidad de futuro cancelara de una vez el presente mismo. No hablamos ni compartimos de la misma manera que si creyéramos que mañana y pasado y después seguiremos juntas. Sin mañana no hay nada, la tristeza de saber lo que no habrá más. Los días finales con Silvia estuvieron llenos de intercambios torpes, de hablar sobre lo difícil e incómodo que era comer por el tubo conectado a su estómago, de seguir sus instrucciones sobre cómo poner la comida en el aparatito, en subir y bajar las escaleras de su casa llevando y trayendo alguna cosa que necesitara, en mirarle los ojos tristes y ansiosos, en no poder decirle nada al respecto, sólo responder a lo más inmediato. Esos últimos momentos estaban llenos precisamente de eso, de la inmediatez banal, torpe y triste de la muerte.

 Silvia, que fue para mí una casa, murió de la manera más desarticulada y cruel. Sufrió una enfermedad degenerativa que le atacó primero la garganta, por lo que no podía masticar ni hablar. Nos escribía notitas que sustituían muy pobremente la conversación. Intentamos seguir con la vida de todos modos, yo en Nueva York, ella y su familia en México. Pero fue tan rápido. En el momento en el que me enteré de la enfermedad, no podía detener mi vida para pasar unos meses en México, como hubiese querido. Fui unos días para verla tan pronto me enteré. Y a los pocos meses volví, de nuevo sólo por unos días. Se murió en el verano, sin que pudiera hacer planes para volver a verla. La última vez que la visité en la Ciudad de México la llevé a ver Whiplashal cine en un centro comercial, creo que en Huipulco. Incluso en esas circunstancias insistió en que fuéramos al cine. Se quedó dormida durante buena parte de la película, como siempre hacía incluso antes de la enfermedad. Pero al salir del cine entre gestos y sonidos pudimos hablar de cuánto nos había gustado. Para mí es imposible saber si me gustó en realidad la película. Silvia dijo que le gustó mucho. Yo todo el tiempo estuve pensando en que sería la última película que vería con ella y que al regresarme a Nueva York al día siguiente no la volvería a ver. Así que la película estuvo todo el tiempo filtrada por ese sentimiento de urgencia y de final. Estoy segura de que ella habría estado pensando lo mismo. Murió unos dos o tres meses más tarde.

 La enfermedad le anuló el habla y el gusto, las dos cosas que más disfrutaba y que una más disfrutaba de estar con ella. Era una persona alegre, con una voz de niña perpetua que no se condecía con su figura gorda y envejecida. Siempre tenía ánimo de hacer cosas, ir al cine, a un restaurante, a una pastelería rica, a Coyoacán, siempre tenía ganas de disfrutar la ciudad sin importar el tráfico ni el cansancio de jornadas largas de trabajo. Cuando viví en su casa durante seis meses, había llegado a México sin ningún  plan, con dieciocho años recién cumplidos y con ganas de conocerlo todo. Y ella me acogió tan naturalmente, como si hubiera entendido lo que ni yo misma podía entender en mi curiosidad y mi deseo.

 Íbamos al mercado sobre ruedas de Tlalpan los domingos en la mañana y luego nos pasábamos horas cocinando para su familia, para la que las puertas de su casa estaban abiertas siempre, pero especialmente los domingos, cuando se daba por sentado que se presentarían a comer y a pasar la tarde hablando, jugando Backgammon o al poker. A mí esa parte con la familia no me gustaba, me sentía fuera de lugar, y las hermanas de Silvia no eran simpáticas conmigo. Pero me encantaba ir al mercado en la mañana con ella, escoger la verdura y la fruta, siempre jitomates, calabacitas, cebolla, hongos, chiles, nopalitos, papas, cilantro y lo que se viera especialmente rico ese día, hacer la fila para las tortillas, probar el guacamole con chicharrón de cerdo, comprar queso oaxaca y panela, del que también siempre te daban a probar. De todo te daban a probar. En los puestos de fruta ponían unas bandejas con alguna fruta picada—piña, sandía, mango, jícama—sazonada con chile, limón, y sal. De vuelta a casa, preparábamos comidas elaboradísimas. Se nos iban las horas mientras Silvia me explicaba con paciencia cómo se debía cortar la cebolla, cómo el ajo, cómo se ponen a secar las yerbas de olor para que no se echen a perder, en qué orden se van agregando los ingredientes a la sartén, qué poner en la licuadora para hacer la salsa de chile, qué especias agregar a qué guiso, cómo se sazona la ensalada. No recuerdo casi nada de las instrucciones específicas ni de las recetas, sólo que en esos meses en esa cocina aprendí a cocinar. Recuerdo bien las tablitas para picar de madera ya muy muy gastadas, incluso se había formado una depresión en el centro, y que el cuchillo preferido tenía el mango de madera también muy gastada y la forma de la navaja se había redondeado formando un rectángulo sin esquinas, pero el filo era siempre el mejor. No había instrumentos nuevos, a decir verdad. No porque Silvia no tuviera el dinero para comprar cosas nuevas, sino porque creo que su comida tenía todo que ver con el tiempo. Era como si los platos se hubiesen empezado a preparar no en el momento en el que nos poníamos a cortar la cebolla y el ajo o colocábamos la olla con agua en la estufa, sino mucho antes, desde que esos utensilios empezaron a usarse en esa casa para adquirir sus formas ajadas y a impregnarse de los sabores que inevitablemente dejan el uso y el jabón de fregar.

 

 

El papa y la ciudadanía universal

 

Especial para En Rojo

Esta semana la Organización de las Naciones Unidas (ONU) celebra su 75 aniversario y recuerda el 24 de octubre de 1945, cuando fue creada. Ahora, la humanidad recibe como regalo la carta del Papa Francisco sobre la fraternidad universal y amistad social. Esta encíclica, dirigida a toda la humanidad, tiene como objetivo proponer caminos nuevos para la convivencia humana. En el primer capítulo, el Papa lamenta que, en la pandemia, la humanidad mostró total incapacidad para actuar conjuntamente. En muchos países, el desmantelamiento del sistema de salud pública fue responsable de la muerte de mucha gente (Cf. n. 35). La sociedad actual ha perdido el sentido de la historia (n. 13). Desarrolla nuevas formas de colonización y de esclavitud (n. 24).

En el capítulo 2, el Papa pide permiso a lectores no cristianos para comentar la parábola evangélica del samaritano. Denuncia que la sociedad dominante excluye a los diferentes y hace del prójimo no hermano y si socio (n. 102). Reafirma: «la mera suma de los intereses individuales no es capaz de generar un mundo mejor para la humanidad» (n. 105). Invita todos a pensar y actuar como parte de la humanidad y como comunidad. Para luchar contra la pobreza, es necesario hacer frente a sus causas estructurales. Toda propiedad debe tener función social (n. 116). El capítulo V propone profunda reforma de la ONU que debe ampliar su tarea, para convertirse en familia de naciones o comunidad internacional (173). Reafirma la dignidad de la política con una P mayúscula, como expresión de amor social (176-177).

En el capítulo 6 cita el poeta y cantante brasileño Vinícius de Moraes cuando dice que «la vida es el arte del encuentro, aunque haya tantos desacuerdos por la vida» (n. 215). El capítulo 7 enseña como tomar posición frente a los conflictos que son inevitables en la vida. Llama la humanidad para que establezca un Fondo Mundial para poner fin al Hambre(263). En el último capítulo (VIII) se dedica a mostrar cómo las religiones pueden y deben ponerse al servicio de la hermandad en el mundo.

Deja claro: «los textos religiosos clásicos de todas las tradiciones pueden ofrecer un significado para todas las edades» (n. 275). “Las religiones deben renovarse a través de dos preocupaciones o perspectivas: concentrarse en lo esencial y volver a las fuentes de la fe” (n. 282).

Independiente de los enemigos que lo atacan, el Papa sigue invitándonos: «Soñemos como una sola humanidad, como caminantes de la misma carne humana, como hijos e hijas de esta misma tierra que nos cobija a todos, cada uno con la riqueza de su fe o de sus convicciones, cada uno con su propia voz, pero todos hermanos y hermanas» (Fratelli Tutti, n. 8).

El “trumpismo” en nuestra televisión

 

CLARIDAD

La insensibilidad, la burla hacia los que son distintos y el odio racial siempre han existido, pero luego de la terrible experiencia del nazismo, cuando sus manifestaciones llevaron a un holocausto, la humanidad hizo lo posible por superarlos. Tanto esfuerzo se puso que hasta llegamos a pensar que se había logrado. Entonces apareció Donald Trump en Estados Unidos y la percepción de superación cambió. Ahora hablamos del “trumpismo” como una nueva manifestación de aquel primitivismo.

Para definir mejor algunas manifestaciones del “trumpismo” es necesario acudir a algunos ejemplos.

Quizás algunos lectores recuerdan cuando, casi al comienzo de la campaña de primarias para las elecciones presidenciales de 2016, en la televisión nacional de Estados Unidos Trump dijo que los inmigrantes que entraban por la frontera con México eran “violadores” y “criminales”. La imputación, a todas luces una generalización absurda producto del odio racial escandalizó a muchos, generando un torrente de expresiones condenatorias. Algunos medios de prensa retiraron las expresiones de sus espacios y llovieron los editoriales de rechazo.

A un grupo grande de estadounidenses, sin embargo, les gustó la diatriba. Era lo mismo que ellos decían en pequeños grupos familiares o bebiendo con sus panas en la taberna del pueblo. Nunca se hubiesen atrevido a expresarle su sentir a un medio de prensa, pero ahora Trump les demostraba que eso era posible.

Algunas semanas después, el mismo Trump, también ante la televisión de su país, se burló de la discapacidad de un periodista del New York Times que antes lo había criticado. Demostrando insensibilidad y grosería a modo extremo, imitó los movimientos involuntarios que la discapacidad física provocaba, riéndose de ellos. El acto también produjo una indignación generalizada, pero el candidato nunca se disculpó. A pesar de ese comportamiento los llamados votantes evangélicos, quienes se consideran fervientes cristianos, mantuvieron su apoyo a la candidatura.

Antes de su postulación en 2016, Trump ya era famoso por sus excesos y por los manejos turbios de sus finanzas, incluyendo la evasión de impuestos y el uso abusivo de los mecanismos legales de quiebra para burlar acreedores. Durante la campaña circuló muchísima información de esos manejos. También se divulgaron expresiones asquerosas sobre mujeres recogidas en grabaciones y videos. Pero a pesar de ese comportamiento millones de estadounidenses votaron por él y, aunque perdió en el voto popular, dada la particularidad del sistema electoral estadounidense (que aumenta el peso relativo de los estados pequeños) ganó la presidencia.

Sé muy bien que, desde el punto de vista de la sociología política, la elección de Trump tiene varias lecturas. Pero ahora quiero destacar un elemento importante de esa mezcla que resulta muy cierto. Lo que hemos dado a llamar como “trumpismo” es un movimiento que sacó flote sentimientos que creíamos superados, pero se mantenían agazapados. El odio racial y el rechazo a los que son diferentes del “mainstream”, convirtiéndolos en objetos de burla, es uno de sus ingredientes.

Durante toda la Edad Media y hasta después del Renacimiento, en las cortes de los monarcas europeos había siempre un enano para que sirviera de bufón y en las ferias se exhibían discapacitados. Se hacía dinero con la burla, y también se ganaban guerras o elecciones con el odio racial y el rechazo étnico como motivación. Muchos habían pensado que el avance de la llamada “civilización”, luego del gran trauma de la Segunda Guerra Mundial, había terminado con ese atavismo, volviéndonos más humanos, pero el “trumpismo” nos recuerda que sigue presente.

En Puerto Rico el “trumpismo”, como movimiento político, tuvo en un principio expresiones tímidas de apoyo, más vinculadas a oportunismo presupuestario que a compromiso real. Sólo figuras del extremo, como la exrepresentante María Milagros Charbonier y la todavía senadora Nayda Venegas (curiosamente, ambas afrodescendientes), junto a la “republicana” Jennifer González, expresaron simpatías desde el principio. Al pequeño coro recientemente se unió nuestra gobernadora de ocasión, Wanda Vázquez, obviamente buscando algún premio de consolación que mejore las perspectivas de su inevitable retiro.

Pero mucho antes de que la insensibilidad del “trumpismo” apareciera retratada en Estados Unidos en la imagen de Trump burlándose del periodista del NYT, aquí hemos tenido un programa de televisión que diariamente hace cosas peores. No menciono su nombre porque me produce asco, dado que es la expresión extrema de todo lo bajo que persiste en el ser humano. El individuo que regentea ese programa (y la emisora que lo difunde) la pasada semana llegaron al extremo de hacer burlas de contenido sexual con una niña, hija de Alexandra Lúgaro, candidata a la gobernación por el Movimiento Victoria Ciudadana.

Además del programa mismo, el “trumpismo” insensible también se manifiesta en las expresiones que hemos visto en las redes sociales en los últimos días tratando de justificar la última barbaridad. En casi todos los casos son personas vinculadas al Partido Nuevo Progresista, que resulta ser el único movimiento político puertorriqueño donde el energúmeno de la Casa Blanca tiene adeptos.

Puede que el “trumpismo” troglodita comience a desaparecer en Estados Unidos después de las próximas elecciones. Ojalá. Pero mientras permanezcan en los medios programas como el aludido, lo retrógrado perdurará en Puerto Rico y mucha gente sufrirá sus efectos.