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perí poitikís: Sabrina Ramos Rubén

Por Rafah Acevedo/En Rojo

 

El primer libro de Sabrina Ramos Rubén fue Mangle Rojo (Secta de los perros, 2016). Desde el título el texto sugiere muchas lecturas anteriores y nos sumerge en las imágenes sensoriales de la desembocadura de ríos en latitudes tropicales y subtropicales. Para los lectores puertorriqueños manglares y estuarios son la costa de la geografía poética de Palés. Uno espera arena, limo, lama. Marisma, pleamar, y sin embargo, el poemario de Sabrina es sobrio, íntimo, de ahí su fuerza. De ese libro ha dicho Marta Aponte:

El tono de sobriedad y distanciamiento como montura de imágenes poderosas es lo que me queda de varias lecturas de este libro engañosamente breve. Cada palabra carga otras palabras, cada denotación abre otras redes, y la pesca de palabras continúa en el interior de las cuevas, en los ríos cubiertos de brea, en las gargantas de las viejas que cantan boleros, en la muerte que quiebra talones, en la voz enmascarada del yo que escribe para ver y para verse, y escribe así: “En mí lo más cercano a la ceguera es la ausencia de las palabras. “ (Angélica furiosa, blogspot).

Sabrina, que es curadora y termina un postgrado en traducción, publicó Charco hondo (Alayubia, 2018) y para mí, es una extensión y desarrollo del universo de imágenes de su primer libro. La metáfora, la sinestesia, la evocación poética singular: “sorbo de agua del olvido”, parecerian, más que repetirse, complementarse como una voz poética cada vez más coherente, fuerte y cada vez más íntima. De su segundo libro ha dicho Vanessa Droz:

Lejos de esa liviandad tan frecuente hoy día en poemillas que parcen consejos de autoayuda, estos poemas breves y poderosos de 

Sabrina Ramos Rubén se yerguen aquí a partir de epígrafes de Gabriela Mistral, Olga Nolla y Jean Rhys, de alusiones eróticas (¡charco hondo puede ser tantas cosas!), de rica interacción entre los “cuatro elementos” y gracias al disciplinado ojo explorador de la autora, cuya trayectoria como curadora y crítica de arte viabiliza que sugerentes imágenes visuales le estructuren la imagen poética (Charco hondo, contraportada).

Como obcecado lector de poesía puertorriqueña puedo constatar que hay una producción lírica muy grande en el país. Podríamos mencionar media docena de poetas excelentes que además son gestoras culturales y estudiosas del género y de las artes en general. Mara Pastor, Yara Liceaga, Irizelma Robles, Margarita Pintado, Nicole Delgado, Zaira Pacheco, Sabrina Ramos Rubén, por mencionar algunas. Pero antes de tratar de presentar mi ejercicio de criterio prefiero que hable quien produce la obra. En ese espíritu le envié a la poeta cayeyana par de preguntas que funcionaran como punto de parti a una reflexión sobre su propio trabajo. Esto fue l que me respondió Ramos Rubén:

Mangle rojo surgió después de mucho tiempo sin escribir poesía. Por lo tanto, mi óptica de la escritura era una similar a la apertura de las compuertas de una represa. En aquel momento percibía que cada esquina de la vida cotidiana se desbordaba de belleza; hubo una correspondencia intensa entre la naturaleza y las experiencias de la maternidad y el erotismo que constituían mi diario vivir. También estaba sumergida en el mundo de las artes visuales y en mi labor como curadora. Los poemas del primer libro reflejan estas realidades, y por eso, abundan la calidez, los colores y las imágenes que provienen de la historia del arte. Además, mucho de mi pensamiento curatorial estaba vertido en la estética del poemario: mientras que lo que en la exhibición era limpieza del espacio y una selección fuerte pero depurada, en la página resultó en una aparente simplicidad y visceralidad similares a las del haikú.

Sin embargo, una vez terminé Mangle rojo a finales del 2015, las circunstancias a mi alrededor cambiaron. Escribí Charco hondo durante eventos que transformaron irremediablemente el panorama sociopolítico de la isla: la crisis de la deuda gubernamental, la imposición dictatorial de la Junta de Control Fiscal, la expulsión masiva de puertorriqueñxs de sus tierras ancestrales y la negligencia gubernamental tras el paso de María. Era inevitable que tales circunstancias transformaran mi vida de manera profunda y que también modificaran mi relación con la poesía. En consecuencia, el segundo libro es más umbrío y doloroso. Asimismo, hay una preocupación por la geografía (incluso, el título del libro es un topónimo de un charco del río Tanamá en Arecibo) y la piedra, lo cual viene de los nexos simbólicos entre la geografía con el país mismo, mientras que relaciono, la piedra a veces con la dureza de las masculinidades violentas, a veces con la estabilidad propia; aunque durante todo el poemario ambas cosas están estrechamente interconectadas. Cuando escribía el segundo libro, pasaba mucho tiempo en norte de la isla y encontré que —con el karso, un sistema de cavernas extenso y la abundancia de ríos subterráneos— era un sitio ideal para trabajar los temas que me interesaban. Aunque hay cosas comunes que atan ambos libros (la tensión entre el amor maternal y el erótico, la flora, la fauna y los cuerpos de agua), la amargura de Charco hondo se origina en un contexto distinto: junto con la pérdida personal, la crudeza del quebranto de la pérdida colectiva de la vida y del paisaje. También entran el viento y el fuego como elementos de destrucción y muerte, pero de purificación y cambio necesario. Creo que de todas esas circunstancias viene la dureza y “cólera correcta” que me mencionaste (Se refiera a un verso de Anjelamaría Dávila).

De la misma manera, aunque preservé y hasta intensifiqué la visceralidad y el uso minimalista de la palabra, el enfoque en las artes visuales , Mangle rojo se transformó en un interés por la traducción: el segundo poemario contiene muchas instancias de canibalización de letras de canciones y poemas de otrxs autorxs que traduje, alargué, condensé o modifiqué. Igual, hay una inmediatez con el paisaje que me rodeaba que es distinta a la del primer poemario. 

Sin embargo, los paralelismos entre ambas prácticas persisten. Por ejemplo, es inevitable que las descripciones del mundo natural de Charco hondo no dialoguen con la tradición del paisaje en el arte puertorriqueño. Más aún, mis intereses como curadora están a la par a aquellos como escritora, como lo son el feminismo y la naturaleza, al igual que continuan en las equivalencias en las experiencias estéticas del visitante de la exposición y la del lector.

La intención del título de esta nota era llamar la atención por el uso del término griego (perí poitikís) que no es otra cosa que un aviso: me interesa la reflexión  de la propia escritora sobre su proceso creativo. Así que, sobre la poética, sobre el proyecto de escritura, ¿quién mejor para apalabrarlo? A mí solo me resta recomendar la lectura de ambos libros. 

 

POEMAS DE SABRINA

HACE TIEMPO HE MIRADO LA SOGA, 

cómo sus vellos

raspan la espesura de la piel.

He mirado mi rostro

en las aguas que moran lo terso y profundo

del pozo

y vuelvo a preguntar

sobre aquella oscuridad que desciende por el túnel rocoso.

Un ruido desolado

retumba suave

y desciende escaso en el albor.

TUS DEDOS MANSOS

como un gamo que se acerca

y bebe en las orillas.

Uno de sus cuernos

perturba, leve,

la corriente.

EL RÍO CRECE BAJO LA TIERRA.

Traspasa la vida perpetua de las piedras,

zanja su longitud en los peñascos.

La vejez de las cavernas crece 

como nódulos duros en mis vísceras.

Las corrientes subterráneas

inundan las arrugas de agua en mi piel.

Fluye hasta lo más profundo de las fosas.

UN OCÉANO CRECE AQUÍ.

Nuestros huesos

trocados en corriente y cal.

Prefiero el amargo de la ceniza 

a un pulmón herido de agua.

Mis pies son cántaros que corren hacia la mañana.

AGUA MARRÓN CUBRE MI CUERPO.

Doblego mi oreja ante las gotas

en la negrura de las tuberías.

Entonces, una visión de mano pequeña:

pálida ante las tumbas,

pálida ante la luna sobre el mar. 

EL AGUA SE ADUEÑA DEL PISO DE LA CASA.

Su frialdad cala la piel,

causa

arrugas momentáneas.

El  olor a marisma dice

que entre la cal, el ladrillo y la arena

urge asumir murallas. 

* De Charco hondo, de Sabrina Ramos Rubén. (Alayubia, 2018)

Y la culpa no era mía, ni donde estaba ni como vestía

Por Vanessa Vilches Norat/Especial para En Rojo

Tendría doce años cuando me ocurrió por primera vez. La fecha se desdibuja, porque la verdad, lo que me sucedió es la suma de muchas veces. Nunca he escrito sobre esto porque da vergüenza hacerse vulnerable, también porque nos ha pasado a todas o a la mayoría y se supone que hayamos aprendido a superarlo, a pensar que es parte de la vida citadina, de crecer, de socializar como mujer o que, simplemente, es “lo habitual”, como lo llama Pilar Adón1. Hay quienes piensan que dedicar páginas a un asunto tan insignificante -para ellos, claro está- es ser melodramática, ir por la vida de víctima, organizar un lloriparty de palabras. Incluso, hasta me sugieren que debo agradecer el nimio incidente que me fortaleció. Recójase, no sea mujercita…

Acababa de entrar a la UHS y el mundo era ancho y ajeno. No sé explicar muy bien por qué estudié en esa escuela. Fui la única de mi familia que lo hizo. El cuento que siempre hago tiene que ver con mi hermana mayor y su deseo de que yo estudiara en una mejor escuela. En esa historia hay una linda escena en la que un joven novio de mi hermana, ahora mi cuñado, me llevó a tomar el examen de ingreso. La escena recuerda el cariño del joven en sus palabras de aliento a la jovencita nerviosa y en el convite a una sabrosa barquilla de tamarindo. Pasé el examen.

Las implicaciones del deseo de superación de mi hermana determinaron gran parte de mi vida. Por ejemplo, la UHS fue mi puente a la Universidad de Puerto Rico, donde enseño hace ya 27 años. También supuso atravesar la ciudad sola: mi rito de pasaje a la adultez. Desde entonces, el miedo y la desconfianza han sido parte de habitar la urbe. Repito, sé que parecería banal la anécdota. Que la sensación de la fragilidad del cuerpo al andar por la calle sola nos es cotidiano a todas. Habrá que escuchar las narraciones de horror de mis estudiantes en su periplo diario a la universidad.

Vivíamos en Bayamón, así que debía tomar dos pisicorres para llegar a la escuela en Río Piedras. Entraba a las 8:00 de la mañana y salía a las 4:00 de la tarde. El viaje diario de Santa Rosa a Río Piedras me consumía al menos unas tres horas. Debía estar en la parada a las 6:45 de la mañana y muchas veces llegaba a casa después de las 6:00, al anochecer. Aprendí a leer y a estudiar en marcha, a soportar el monóxido de carbono en la mañana, a desoír los “piropos” y obviar las miradas, a callarme el miedo para no preocupar a mi madre, a determinar el próximo chubasco, a establecer rutas expeditas para burlar los tapones, a empujar lo suficiente para entrar a la guagüita, a buscar compañía de viaje para no aburrirme y sentirme menos vulnerable, a poner conversación en el trayecto, a escuchar con deleite los cuentos de camino, a observar y aprender cómo viven los demás, a independizarme. Lo que nunca aprendí fue a desentenderme del miedo mientras caminaba por la ciudad. Todavía hoy, cuando me cojo apresurando el paso, intercalando las llaves del carro entre mis dedos o pidiéndoles a amigos que me acompañen al estacionamiento, sé que me está asaltando un ramalazo de miedo y veo a la jovencita asustada de doce años.

Representación en Puerto Rico de «EL asesino eres tú». Foto: Alina Luciano

Son las 4:30 de la tarde. Ella ha entrado a empujones a la guagua y está cansada. En el asiento extendido de la pisicorre se acomodan cinco pasajeros donde realmente caben cuatro. Ya está acostumbrada a la obligación de la proximidad de los cuerpos ajenos que supone la transportación pública. Un hombre delgado con un gran bigote decide sentarse a su lado. Ese rostro nunca lo olvidará. Él tiene un periódico en sus manos. La aprensión se apodera de la jovencita, sabe lo que puede pasar. El hombre del bigote y cara de yo no fui va acomodando el periódico entre su cuerpo y el suyo. Extiende las páginas sobre sus muslos y los de la muchacha. Alarga la mano y va sobando con mucha calma y lascivia los muslos adolescentes. La púber siente la palma de la mano sudorosa en su piel. El asco y el miedo compiten. También la culpa de llevar su cuerpo. Un elefante la aplasta y la vuelve muda.

Muchos finales he querido ponerle a esta historia, que es la suma de muchas ocasiones, como les dije, para poder contarla sin vergüenza. En uno de ellos la pasajera sentada al otro lado del hombre del periódico se da cuenta de lo que ocurre, de seguro le ha pasado antes y reconoce la cara del terror adolescente, y cual deus ex machina interviene: “Desvergonzado, deje a esa niña en paz”. El hombre no tiene otro remedio que bajarse en la próxima parada. La mujer matermatrix consuela a la chica y le da consejos de defensa personal.  

En otro, el final que más me gusta, la jovencita se arma de valor, supera su timidez y se vuelve fiera que le grita al hombre: “!Eche pallá, abusador, pervertido!!!”. (No me he decidido si hay bofetones incluidos en la escena.) El chofer frena abruptamente, pone orden en su comarca y bota al sátiro del transporte, no sin antes avergonzarlo y advertirle que no vuelva a montarse en su vehículo nunca jamás. La joven se volvió adulta en un minuto y más nunca el miedo se apoderó de ella.

Foto: Alina Luciano

En ese final pensaba el pasado viernes 20 de diciembre cuando participé de la performance “Un violador en tu camino”. Frente al Capitolio, y luego en la calle Resistencia, un grupo considerable de mujeres nos dimos cita para repetir la famosa performance del colectivo chileno Las tesis, basado en el análisis de la violencia hacia el cuerpo femenino en la sociedad patriarcal de la brillante antropóloga argentina Rita Laura Segato. Me encontré allí con mis estudiantes, mis profesoras, mis amigas, mis colegas, con las Lolitas, con muchas caras conocidas ya de tantas marchas. Convocadas por Petra Bravo, en colaboración con Maritza Pérez y Cathy Vigo y al son de los tambores de Marién Torres de Tambuyé, conjuramos la vida y nuestro derecho a querernos vivas e íntegras, a existir sin miedo en las calles del país. Conmovida por la convocatoria, por la fuerza de las voces y los movimientos, por la rabia, la tristeza y también la alegría solidaria, esa tarde abracé a la jovencita asustada de doce años que llevo dentro y le prometí este cuento.

1“Lo habitual”, en Tsunami. Miradas feministas. Marta Sanz, ed., (Madrid: Sexto piso), 2019: 179-198.

Crucigrama: Recordando a Carmen Naranjo

Por Vilma Soto Bermúdez/Especial para En Rojo

 

 

Horizontales

2. Carmen _______; escritora latinoamericana. Embajadora y representante de UNICEF en México y Centroamérica.

6. Contracción.

10. Campeón.

11. _____; ciudad donde nació Naranjo el 30 de enero de 1928.

15. _____; ensayo de José Enrique Rodó.

18. Ampara.

19. Señal.

21. Cuando inventé las _______; cuento de Naranjo.

22. Anude.

23. Reúne.

24. Joaquín _____; compositor cubano de origen español.

25. Lufa.

27. Madre de la Virgen.

28. Tisanas.

29. Herramienta agrícola.

31. Licor caribeño.

33. Nombre de consonante.

34. Cabo _______; península del NE de Estados Unidos.

37. Metal precioso.

38. Río de España.

40. Yerno de Mahoma.

41. Posesivo, pl.

43. Interjección.

45. Bahía.

46. Símbolo del bario.

47. Vestimenta hindú.

48. Océano.

49. Líquido seroso.

50. Pronombre.

51. De la Eolia, pl.

52. Agarradera.

53. Cavidad ósea que protege el encéfalo.

Verticales

1. Otro rumbo para la _______; (1989) libro de cuentos de Naranjo.

2. Viene al mundo.

3. Estrella.

4. Plantígrados.

5. _______ Rica; patria de Naranjo.

7. Nota musical.

8. Aumenté de tamaño.

9. Hoy es un _______ día; (1972) libro de cuentos de Naranjo.

10. Símbolo de la plata.

12. Reparan la carena.

13. Suceda, ocurra.

14. Ciudad de Caldea.

16. Porvenir.

17. Del Lacio.

19. Responso por el niño Juan _______; (1971) novela de Naranjo.

20. Lavase.

26. De Soria.

29. Memorias de un _______ palabra; (1968) novela de Naranjo.

30. Zoológico, abrev.

32. Los _______ no ladraron; (1966) novela de Naranjo.

34. _______ Naranjo; autora de Memorias de un hombre palabra; Diario de una multitud; Hoy es un largo día; y, Otro rumbo para la rumba. Falleció el 4 de enero de 2012 en Costa Rica.

35. Olfateábale.

36. _______ de una multitud; (1974) novela de Naranjo.

38. Serie de petardos.

39. Sonreirá.

42. Preposición.

43. Ciudad natal de san Francisco.

44. Ahora.

Para la humanidad vivir en paz

Por Marcelo Barros/Especial para En Rojo

Dos poetas polacos ganaron el Nobel, Czeslaw Milosz y Wislawa Szymborska, y los dos decían que eran tres quienes lo habían ganado porque cuando se escriben los nombres de Milosz y Zymborska se escribe en tinta invisible el de Zbigniew Herbert también. No hablaban del pasado; hablaban de un poeta que era más joven que ellos y que había empezado a escribir después que ellos. Milosz ya había soplado las velitas de los cincuenta cuando pasó dos años de su exilio en Estados Unidos traduciendo 99 poemas de Herbert al inglés. Traducir 99 poemas no es gentileza ni visita turística: es irse a vivir a la poesía de otro. Szymborska también lo hizo, a su manera cuando le dieron el Nobel: “Cada vez que leí un poema de Herbert me senté a escribir”, dijo. Yo no sé polaco pero desde el primer poema de Herbert que leí quiero irme a vivir ahí.

Hay un poema suyo llamado “Cinco hombres”: van a fusilar a cinco hombres sin nombre, ya los sacaron de la celda, ya los pusieron contra el paredón, ya les dispararon, ya están “cubiertos hasta los ojos de sombra”, pero en el eco de los disparos se alcanza a oír como en una nube de qué hablaron en su última noche (“de sueños proféticos, de una escapada a un burdel, de autos, de naipes, de chicas, de frutas”) y en el techo del paladar se siente el sabor metálico de un minúsculo pétalo de sangre que se va esfumando hasta desaparecer. Leer ese poema es ser testigo, ser uno de los fusilados y ser uno de los que aprietan el gatillo y se van. Herbert era jovencito cuando lo escribió; acababa de terminar la Segunda Guerra. La resistencia polaca tenía algo hermoso: hacía terminar sus estudios en la clandestinidad a los jovencitos que interrumpían el secundario para sumarse a sus filas. Había profesores, les tomaban examen y hasta les daban diploma cuando se graduaban, en los sótanos donde estaban escondidos. Así se recibió Herbert, y así quiso seguir estudiando cuando terminó la guerra.

Pero eran nuevos tiempos y había nuevas reglas. Se matriculó en economía porque fue lo único que le dejaron estudiar en la universidad, después cursó leyes, y cuando pudo se pasó a filosofía, y cuando pudo se las arregló para abstenerse de la mascarada reglamentaria y rendirle cuentas a un solo tutor, el venerable Henryk Elzenberg, con quien logró repetir la atmósfera de educación clandestina que lo había formado, hasta que un día le dijo: “No me interesa ejercer la filosofía como profesión; prefiero seguir padeciéndola como emoción”. A partir de entonces alimentó ratas en un laboratorio de vacunas contra el tifus a cambio de que lo dejaran dormir ahí, fue sereno de la Unión de Compositores de Varsovia, vendía su sangre cuando necesitaba plata, el único trabajo que le daban eran suplencias como maestro de escuela, porque en la resistencia había pertenecido al bando anticomunista y no quiso cambiar de opinión cuando Polonia quedó para los rusos después de la guerra. No le importaba mayormente esa vida a salto de mata porque le permitía hacer lo que en realidad quería más que nada en la vida: viajar o, mejor dicho, pisar el pasado viajando, sentir en los pies los lugares donde habían sucedido los grandes momentos del espíritu que lo subyugaban.

En la Polonia socialista, si convencías al estado de que eras poeta, te daban una beca de un salario mínimo y un permiso para salir del país durante lo que te durara ese estipendio, el equivalente en zlotys de cien dólares actuales. Con un poema llamado “Reporte desde el Paraíso” Herbert logró engatusar a los cancerberos de la cultura, acceder a una de esas becas y salir por primera vez de Polonia (el poema: “En el paraíso, la semana de trabajo es de treinta horas / los salarios aumentan y los precios bajan / y el trabajo manual no cansa por la falta de gravedad / al principio iba a ser diferente: pura luz, música, abstracción / pero no pudieron separar bien el alma del cuerpo / y empezamos a llegar con una gota de grasa, una hebra de músculo / y hubo que enfrentar las consecuencias / de mezclar un grano de absoluto con un grano de materia / la contemplación de dios es sólo para los cien por ciento pneuma / el resto está pendiente de comunicados sobre milagros e inundaciones / cada sábado al mediodía suenan las sirenas / y de las fábricas salen fumando los proletarios celestes / con sus alas bajo el brazo como violines”).

Así empezó a viajar, gracias a ese poema, mal comprendido por las autoridades. Para que esos pocos zlotys le rindieran más hacía esos viajes caminando y dormía donde lo agarraba la noche. Recorrió a pie, en escapadas de cien dólares a lo largo de los años, todo lo que pudo de Grecia, y después de Italia, y después de Francia y Alemania, y por fin de su último amor, Holanda. Después volvía y escribía poemas que trataban de acceder a la noche de Pascal y a la ira de Aquiles, al aburrimiento de los dioses y a la alegría del primer pitecantropus dibujando con el dedo en las cuevas de Altamira, al lugar donde Prometeo se tocaba con Vermeer y Paracelso con Beethoven, y cada uno de esos poemas era como un fragmento de la conversación de aquellos fusilados la noche antes de morir.

Para las autoridades socialistas era un católico anticomunista, para los católicos wojtilistas era un pagano solapado, para los disidentes ateos era un enfermo de leyendas, para los nacionalistas a la violeta era un enemigo de la patria, para los jóvenes transgresores era un enemigo de la vanguardia. Herbert ya había decidido dónde vivía, desde dónde hablaba: “En la ciudad estalló la epidemia / del instinto de conservación / como monóxido de carbono impregna casas templos mercados / envenena los pozos cubre de moho el pan las estructuras de la mente / la prueba de la existencia del monstruo son sus víctimas / no es evidencia directa pero alcanza”. No le hizo mayor diferencia cuando cayó el Muro y se disolvió la URSS: “Obtuvimos la independencia como un regalo de la Historia, no derramamos sangre por ella. Fue como si los comunistas dijeran un día No haremos más perradas, vamos a tomar un trago, como le habla un polaco a otro. Nuestros mayores enemigos siguen siendo los de siempre: la hipocresía y la megalomanía, el narcisismo de los pobres de espíritu”.

En un poema llamado “Intento de Disolución de la Mitología” dice que los dioses se juntaron un día y decidieron abandonar el negocio y unirse a la sociedad racional para seguir tirando. A la caída de la tarde encaran hacia la ciudad con documentos falsos y un puñado de monedas de cobre en el bolsillo. Cuando cruzan un puente, Hermes se tira al río pero nadie atina a salvarlo: están demasiado ocupados tratando de decidir si es un buen o mal augurio, como polacos en una taberna. Murió cuando Polonia que llevaba diez años libre de la bota soviética y el desvelo colectivo en las tabernas polacas era ahora el ingreso a la Unión Europea. Milosz y Szymborzka lo sobrevivieron y fueron a su funeral. Tuvieron que hacer un viaje en auto de diez horas para llegar al cementerio en el campo donde lo enterraron. Hubieran debido ir a pie, pero estaban demasiado viejitos. En el auto, mientras Milosz hablaba sin parar de lo sola que quedaba Polonia sin Herbert, Szymborska lo interrumpió casi sin darse cuenta y se puso a recitar mirando el paisaje por la ventanilla: “Y cada sábado al mediodía suenan las sirenas / y de las fábricas salen fumando los proletarios celestes / con sus alas bajo el brazo como violines”.

Tomado de Página 12 con permiso del autor.

Las alas bajo el brazo

Por Juan Forn

Dos poetas polacos ganaron el Nobel, Czeslaw Milosz y Wislawa Szymborska, y los dos decían que eran tres quienes lo habían ganado porque cuando se escriben los nombres de Milosz y Zymborska se escribe en tinta invisible el de Zbigniew Herbert también. No hablaban del pasado; hablaban de un poeta que era más joven que ellos y que había empezado a escribir después que ellos. Milosz ya había soplado las velitas de los cincuenta cuando pasó dos años de su exilio en Estados Unidos traduciendo 99 poemas de Herbert al inglés. Traducir 99 poemas no es gentileza ni visita turística: es irse a vivir a la poesía de otro. Szymborska también lo hizo, a su manera cuando le dieron el Nobel: “Cada vez que leí un poema de Herbert me senté a escribir”, dijo. Yo no sé polaco pero desde el primer poema de Herbert que leí quiero irme a vivir ahí.

Hay un poema suyo llamado “Cinco hombres”: van a fusilar a cinco hombres sin nombre, ya los sacaron de la celda, ya los pusieron contra el paredón, ya les dispararon, ya están “cubiertos hasta los ojos de sombra”, pero en el eco de los disparos se alcanza a oír como en una nube de qué hablaron en su última noche (“de sueños proféticos, de una escapada a un burdel, de autos, de naipes, de chicas, de frutas”) y en el techo del paladar se siente el sabor metálico de un minúsculo pétalo de sangre que se va esfumando hasta desaparecer. Leer ese poema es ser testigo, ser uno de los fusilados y ser uno de los que aprietan el gatillo y se van. Herbert era jovencito cuando lo escribió; acababa de terminar la Segunda Guerra. La resistencia polaca tenía algo hermoso: hacía terminar sus estudios en la clandestinidad a los jovencitos que interrumpían el secundario para sumarse a sus filas. Había profesores, les tomaban examen y hasta les daban diploma cuando se graduaban, en los sótanos donde estaban escondidos. Así se recibió Herbert, y así quiso seguir estudiando cuando terminó la guerra.

Pero eran nuevos tiempos y había nuevas reglas. Se matriculó en economía porque fue lo único que le dejaron estudiar en la universidad, después cursó leyes, y cuando pudo se pasó a filosofía, y cuando pudo se las arregló para abstenerse de la mascarada reglamentaria y rendirle cuentas a un solo tutor, el venerable Henryk Elzenberg, con quien logró repetir la atmósfera de educación clandestina que lo había formado, hasta que un día le dijo: “No me interesa ejercer la filosofía como profesión; prefiero seguir padeciéndola como emoción”. A partir de entonces alimentó ratas en un laboratorio de vacunas contra el tifus a cambio de que lo dejaran dormir ahí, fue sereno de la Unión de Compositores de Varsovia, vendía su sangre cuando necesitaba plata, el único trabajo que le daban eran suplencias como maestro de escuela, porque en la resistencia había pertenecido al bando anticomunista y no quiso cambiar de opinión cuando Polonia quedó para los rusos después de la guerra. No le importaba mayormente esa vida a salto de mata porque le permitía hacer lo que en realidad quería más que nada en la vida: viajar o, mejor dicho, pisar el pasado viajando, sentir en los pies los lugares donde habían sucedido los grandes momentos del espíritu que lo subyugaban.

En la Polonia socialista, si convencías al estado de que eras poeta, te daban una beca de un salario mínimo y un permiso para salir del país durante lo que te durara ese estipendio, el equivalente en zlotys de cien dólares actuales. Con un poema llamado “Reporte desde el Paraíso” Herbert logró engatusar a los cancerberos de la cultura, acceder a una de esas becas y salir por primera vez de Polonia (el poema: “En el paraíso, la semana de trabajo es de treinta horas / los salarios aumentan y los precios bajan / y el trabajo manual no cansa por la falta de gravedad / al principio iba a ser diferente: pura luz, música, abstracción / pero no pudieron separar bien el alma del cuerpo / y empezamos a llegar con una gota de grasa, una hebra de músculo / y hubo que enfrentar las consecuencias / de mezclar un grano de absoluto con un grano de materia / la contemplación de dios es sólo para los cien por ciento pneuma / el resto está pendiente de comunicados sobre milagros e inundaciones / cada sábado al mediodía suenan las sirenas / y de las fábricas salen fumando los proletarios celestes / con sus alas bajo el brazo como violines”).

Así empezó a viajar, gracias a ese poema, mal comprendido por las autoridades. Para que esos pocos zlotys le rindieran más hacía esos viajes caminando y dormía donde lo agarraba la noche. Recorrió a pie, en escapadas de cien dólares a lo largo de los años, todo lo que pudo de Grecia, y después de Italia, y después de Francia y Alemania, y por fin de su último amor, Holanda. Después volvía y escribía poemas que trataban de acceder a la noche de Pascal y a la ira de Aquiles, al aburrimiento de los dioses y a la alegría del primer pitecantropus dibujando con el dedo en las cuevas de Altamira, al lugar donde Prometeo se tocaba con Vermeer y Paracelso con Beethoven, y cada uno de esos poemas era como un fragmento de la conversación de aquellos fusilados la noche antes de morir.

Para las autoridades socialistas era un católico anticomunista, para los católicos wojtilistas era un pagano solapado, para los disidentes ateos era un enfermo de leyendas, para los nacionalistas a la violeta era un enemigo de la patria, para los jóvenes transgresores era un enemigo de la vanguardia. Herbert ya había decidido dónde vivía, desde dónde hablaba: “En la ciudad estalló la epidemia / del instinto de conservación / como monóxido de carbono impregna casas templos mercados / envenena los pozos cubre de moho el pan las estructuras de la mente / la prueba de la existencia del monstruo son sus víctimas / no es evidencia directa pero alcanza”. No le hizo mayor diferencia cuando cayó el Muro y se disolvió la URSS: “Obtuvimos la independencia como un regalo de la Historia, no derramamos sangre por ella. Fue como si los comunistas dijeran un día No haremos más perradas, vamos a tomar un trago, como le habla un polaco a otro. Nuestros mayores enemigos siguen siendo los de siempre: la hipocresía y la megalomanía, el narcisismo de los pobres de espíritu”.

En un poema llamado “Intento de Disolución de la Mitología” dice que los dioses se juntaron un día y decidieron abandonar el negocio y unirse a la sociedad racional para seguir tirando. A la caída de la tarde encaran hacia la ciudad con documentos falsos y un puñado de monedas de cobre en el bolsillo. Cuando cruzan un puente, Hermes se tira al río pero nadie atina a salvarlo: están demasiado ocupados tratando de decidir si es un buen o mal augurio, como polacos en una taberna. Murió cuando Polonia que llevaba diez años libre de la bota soviética y el desvelo colectivo en las tabernas polacas era ahora el ingreso a la Unión Europea. Milosz y Szymborzka lo sobrevivieron y fueron a su funeral. Tuvieron que hacer un viaje en auto de diez horas para llegar al cementerio en el campo donde lo enterraron. Hubieran debido ir a pie, pero estaban demasiado viejitos. En el auto, mientras Milosz hablaba sin parar de lo sola que quedaba Polonia sin Herbert, Szymborska lo interrumpió casi sin darse cuenta y se puso a recitar mirando el paisaje por la ventanilla: “Y cada sábado al mediodía suenan las sirenas / y de las fábricas salen fumando los proletarios celestes / con sus alas bajo el brazo como violines”.

Tomado de Página 12 con permiso del autor.