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Crucigrama: Eduardo Lalo

 

Por Vilma Soto Bermúdez/Especial para CLARIDAD

Horizontales

2. _____; país natal de Eduardo Lalo.

5. Eduardo _____; nombre literario de Eduardo Rodríguez, reconocido profesor, escritor y artista plástico y fotógrafo puertorriqueño. Autor de “Intemperie”, “Intervenciones” y “La inutilidad”.

8. La _____ silente; libro de Lalo publicado en 2002.

10. _____ Barreto; pintor puertorriqueño.

12. Yo soy _____ Melé; libro de María Arrillaga de 1999.

15. Navíos.

16. Átomo con carga eléctrica.

17. Persia.

18. Preposición.

19. Tercer hijo de Adán y Eva.

20. Tisana.

21. En _____ Burger King de la calle San Francisco; libro de Lalo de 1986 que incluye varios de sus dibujos.

24. Símbolo del astato.

25. Parte del año.

27. Dicho de un compuesto: de cobre monovalente.

31. Vigesimotercera letra del alfabeto griego.

32. Devotos.

34. Adversario.

35. Eusebio _____ Spengler; se desempeñó como Historiador de la Ciudad de La Habana.

36. Lo contrario al mal.

38. Carta de la baraja.

40. Bahía, ensenada.

41. Conozco.

43. Ave australiana similar al avestruz.

44. Aquí.

46. Sosiega, tranquiliza.

47. Día que antecede inmediatamente al de hoy.

50. Forma de pronombre.

51. Los _____ de San Juan; ensayo fotográfico de Lalo publicado en 2002.

55. Conjunto de tres o más sonidos diferentes combinados armónicamente.

56. _____; novela de Lalo galardonada en Venezuela con el Premio Rómulo Gallegos 2013.

57. Cuerpo de agua dulce.

58. Nasa.

60. Cloruro sódico.

61. La historia de _____; novela de Lalo de 2018, e ilustrada por Consuelo Gotay.

62. El _____ del lápiz: castigo, urbanismo, escritura; libro de Lalo publicado en 2010.

63. _____ Colón Martínez; abogado y dirigente independentista puertorriqueño.

Verticales

1. Utiliza.

2. Sucesos notorios.

3. Color castaño claro.

4. Sábila.

6. Roca de color y textura variables que se emplea como piedra de adorno.

7. Josefina _____; poeta y dramaturga paraguaya de origen español.

8. _____; libro de Lalo, una exploración y vivencia caribeña.

9. _____ países invisibles; libro de Lalo publicado en San Juan, 2008.

11. _____; libro de Lalo de 1918 en el que presenta sus discursos, cartas, etc.

13. Asistiré.

14. La _____; novela de Lalo publicada por Ediciones Callejón, San Juan, 2004.

22. Del verbo leer.

23. Ciudades e _____; libro de Lalo impreso por Publicaciones Yuquiyú, San Juan, 1995.

24. Cocina a la brasa.

26. Leyendas _____ secretos: La hija del verdugo; La mancha de sangre; (2005) leyendas puertorriqueñas adaptadas por Lalo e ilustradas por Walter Gastaldo.

28. Caja para depositar las papeletas en las votaciones.

29. Número 3,14.

30. Juego infantil hondureño.

31. Nombre de la p.

33. Tailandia.

37. _____ Lalo; autor de “Los países invisibles” Premio Ciudad Valencia Juan Gil-Albert, “Simone”, “El deseo del lápiz: castigo, urbanismo, escritura”, “Historia de Yuké”, y “Los pies de San Juan”, entre otras publicaciones.

39. Dios al que Ptolomeo I declaró patrón de Alejandría y dios de Egipto y Grecia.

42. Libro _____ textos, dos monólogos, catorce relatos y varios poemas; libro de Lalo publicado por el Instituto de Cultura Puertorriqueña, 1992.

44. Todavía.

45. Plural de la a.

47. Antes de Cristo.

48. Nueva _____; una de las ciudades extranjeras donde estudió Lalo.

49. Lago entre Estados Unidos y Canadá.

52. Metal magnético.

53. En la “Odisea”, nombre del Señor de los Vientos.

54. Símbolo del estaño.

58. Segunda nota musical.

59. Done.

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Viajar

 

e. s. ortiz-gonzález

1. En el libro de Job, jehová pregunta a satán: ¿De dónde vienes?, y satán responde: De rodear la tierra y de andar por ella.

2. La lectura cristiana al libro de Job lo resume como la historia de un hombre en que su fe es sometida a prueba. Sin embargo, esta es la historia de un hombre víctima de una apuesta por soberbia. En su afán de probar que la fe de Job no tiene quiebre, jehová permite que satán someta a Job a todo escarnio posible: plaga, muerte, pobreza. Aún cuando Job llega a flaquear, termina siendo víctima de su propia creencia. La prueba está ahí, porque es la presencia de dios.

3. Vuelvo a la escena de jehová y satán al comienzo del libro de Job. A la pregunta de jehová, satán responde: De rodear la tierra y de andar por ella. El Antiguo Testamento establece la fundación del mundo, la expulsión del mal y su presencia en el mundo, la gracia y expulsión de la pareja originaria, la salvaguarda de ese mundo con un ángel de espada flamígera, la promesa de retorno con la muerte. El edén terreno se convierte en celestial. El Génesis, en sentido antropológico, es la fundación de la cultura que ocurre en lo sedentario, cuando la tribu nómada se asienta. Los mitos, la ley, son narrativas que organizan los comportamientos de una sociedad.

4. El Libro de Job comienza después de esa narrativa fundacional. He aquí que Job es un sujeto sólido, tanto, que jehová lo pone a disposición de satán para lo que plazca. Recordemos que en el Génesis, fue satán, a través de Eva, que lleva a Adán a la expulsión del Paraíso. Adán, para una narrativa patriarcal, no es una figura fuerte, que resista penurias. La apuesta de jehová es que Job sí es capaz de resistir. Sin embargo Job, en el momento más precario, comienza a cuestionar la presencia de jehová. La mujer de Job incita a la dilapidación final, a la renuncia de la creencia. Es cuando interviene jehová, sólo a través del diálogo con Job, que este reconoce que todos estamos sujetos a una prueba repleta de misterio y sin fin, y de lo que no queda otra alternativa que resistir por el misterio mismo. La prueba es la promesa de una recompensa.

5. La resistencia de Job finaliza con la restitución de lo perdido. Riqueza, salud, hijos, todo regresa a Job. Queda jehová complacido, satán derrotado. La cultura del libro, el archivo, queda salvado una vez más hasta el Nuevo Testamento, en el cual una situación límite como la crucificción abre la redención a límites hasta el momento insospechados.

6. Sin embargo, regresemos a la pregunta de jehová, y la respuesta de satán. De hecho, no nos hemos ido de esa escena. Estamos ahí, testigos de ese momento en que jehová pregunta De dónde vienes?, y satán responde: De rodear la tierra y de andar por ella. Sabemos que satán fue el ángel predilecto de dios, «Lucero de la mañana». Sabemos de su rebelión, y de su caída. Sabemos, también, de su capacidad para infligir dolor y pérdidas sin límite, de acuerdo a una apuesta por soberbia divina. Pero nunca pensamos en satán como una metáfora para el viajero, para quien va «De rodear la tierra y de andar por ella».

7. En su caída, el lucero de la mañana es un eterno extranjero. Hay ensayos donde la figura de satán es muy cercana a la de jehová, donde incluso en su expulsión puede llevar a cabo la voluntad divina. Para ello, vaga por el mundo. Es políglota. No tiene raíz. Es Legión, porque somos muchos. La figura de satán no tiene lugar en el mundo, porque el mundo le pertenece, porque ha recorrido el mundo. Siempre extranjero por donde va.

8. El mundo de Job está en su propiedad, en sus hijos, su riqueza. En el agradecimiento del obsequio de un dios, a pesar de que los frutos llegan por su propio, arduo trabajo. La figura de satán pareciera ser el reto, la situación límite, aquello que desembocaría en la posibilidad de una renuncia. Pero no lo es, satán sólo lleva a cabo una apuesta, y nada más. No hay redención posible ni con uno ni con otro. Pero satán es el viajero. Es lo políglota. Es la Legión. No tiene lugar. Es, a pesar de la iglesia, quien sostiene que viene de rodear la tierra. Es quien somete a cuestionamiento a Job.

9. Viajar es ir al encuentro con satán. Es rodear la tierra, es ser el constante extranjero. Es habitar otra cultura a pesar de la cultura propia, para em una de esas vueltas, ser abordado con la siguiente pregunta: ¿De dónde vienes?

Job en su tierra. Job con su mujer e hijos. Job disfrutando de su riqueza. Job, siendo partícipe del orden social. Job como parte del archivo, de la memoria social de su entorno. El mundo de Job es suficiente. Para Job. Para una narrativa patriarcal del mundo.

10. «De rodear la tierra, y de andar por ella».

¿Estamos todos en un mismo barco?

Por Cristian Roldán/Especial para CLARIDAD

El asesinato de George Floyd fue un golpe nuevo sobre una vieja herida. En cuestión de minutos las imágenes del linchamiento cruzaron las fronteras, catalizando protestas tanto a nivel nacional como internacional. Habían pasado dos meses desde que la pandemia del Covid-19 había forzado la población a quedarse en casa y mantener una distancia social de seis pies. Si lo repensamos en un contexto socio-político, la distancia social no es un concepto nuevo para las minorías en los Estados Unidos. No son seis pies ni dos metros lo que nos separa, son quinientos años. Si bien es pragmático abogar por que cada individuo mantenga una distancia física, ignorar que lo que nos ha separado no ha sido una pandemia, sino el racismo como producto del (des)orden creado por la empresa colonial, es ponerle un vendaje a un cáncer que ha carcomido el desarrollo de la humanidad. Como resultado, las protestas, el saqueo y la represión policiaca mostraron que más que fisuras, la sociedad estadounidense, al igual que la puertorriqueña, están llenas de grietas profundas, que históricamente insisten en resolverse.

Irónicamente la respuesta de la ciudad de Chicago para lidiar con las protestas contra la brutalidad policiaca fue movilizar la policía. Al hacerlo los saqueos se desplazaron a los barrios marginados y hacia los pequeños negocios. Lo que comenzó como una lucha social vertical, se degeneró en violencia horizontal. La gente rompían los cristales de las tiendas y entraban como juan por su casa a llevarse lo que pudiesen. Los meses de confinamiento en el hogar, sin ingresos desataron la desesperación. Mientras las tiendas se vaciaban, los social media se llenaban de hashtags y consignas que iban desde ‘Defund the police’, ‘Justice for George Floyd’, ‘Black and Brown unity’, hasta ‘we are all in this together’.

Esta última consigna, “we are all in this together”, es un argumento miópico que hace alusión al viejo decir de puertorriqueño de que en esta pandemia “estamos todos juntos en el mismo barco”. Esta analogía hace recordar a los barcos negreros de hace quinientos años atrás, cuando los colonizadores cruzaban las aguas del atlántico en los mismos veleros que los esclavos. En aquel entonces, si un brote viral ocurría, era el esclavo quien terminaba en el fondo del mar. Desde entonces mucho ha cambiado. Pero como dice el viejo adagio, todo cambia para que nada cambie.

Tras los saqueos, los negocios locales instalaron paneles en los ventanales que pronto se transformaron en obras de arte mostrando solidaridad y apoyo con el pueblo afroamericano. En el barrio puertorriqueño, los artistas nos organizamos para pintar los paneles y hacer visible nuestra empatía con la causa del pueblo afroamericano en Estados Unidos. Sus causas no han sido ajenas a nosotros. La erosión de la memoria colectiva, el constante desplazamiento, el trauma intergeneracional, las olas migratorias, la educación colonial y la fragmentación sistemática son algunos de los retos que compartimos los pueblos marginados en los Estados Unidos. Estos síntomas son producto de una colonización tanto externa, en el caso de Puerto Rico, como interna en el caso de las minorías en los Estados Unidos. Colonización que hemos internalizado incluso dentro de la isla, y se refleja en la escasez diversidad en el liderato tanto de la élite colonial, como de la oposición. Los negros en Puerto Rico que han sido los padres de la puertorriqueñidad como identidad cultural y cimiento de nuestra nación, creadores de la bomba, la plena, los vejigantes, el tumba’o, los tambores, entre otros elementos culturales, rara vez pueden hacerse un espacio en el liderazgo y la vanguardia de la isla. Han sido ellos los oprimidos que través del arte y la imaginación han vocalizado su necesidad de igualdad, y tejido con sus agonías las bases de nuestra identidad.

Hoy en día el arte público tanto en la isla como en la diáspora ha funcionado para seguir abogando por la igualdad, y la representación de aquellos que han sido ignorados. En Paseo Boricua, como se le conoce al Epicentro de la comunidad puertorriqueña en Chicago, los murales han funcionado como una plataforma para denunciar las injusticias sociales que se viven tanto en la isla como en la diáspora como producto de la relación desigual socio-política que confrontamos. Paseo boricua sirvió como galería para una exhibición orgánica de arte público que reclama la solidaridad mutua y reciproca entre las minorías oprimidas en los Estados Unidos y denuncia al racismo como una manifestación más de una estructura colonial.

El colonialismo busca justificar lo injustificable en los aspectos más superfluos como lo es la apariencia, el color de piel, las diferencias en creencias religiosas, el lenguaje o el estatuto migratorio. En adición al arte público, la comunidad llevo a cabo una vigilia para conmemorar la vida perdida a causa del racismo. La misma se llevó a cabo frente a la iglesia unida metodista Adalberto donde varias mujeres indocumentadas han tomado santuario en el centro de nuestra comunidad puertorriqueña, comenzando con Elvira Arellano. Actualmente el Museo Nacional de Arte y Cultura Puertorriqueña en Chicago está organizando una exhibición con las obras de arte en los paneles.

Decir que estamos todos en el mismo barco es hacerse de la vista larga mientras se tira por la borda al negro a la primera crisis que surge. El linchamiento de George Floyd, la apropiación de las tierras palestinas por Israel, las reservas indígenas en Estados Unidos, la encarcelación de niños inmigrantes en la frontera, la junta de control fiscal y la ley de cabotaje en Puerto Rico, son manifestaciones de un colonialismo que no solo se limita a la geopolítica Estadounidense, sino que abarca otras naciones, tanto externas como internas, como un cáncer metastásico que comenzó hace cinco siglos en el renacimiento, con la conquista y hasta el son de hoy se propaga por la humanidad. Es un colonialismo definido por el binario entre los países “desarrollados” y los que han sido “subdesarrollados”, los primeros sostenidos por el discurso de la supremacía blanca y nutrido por “las venas abiertas” de “los condenados de la tierra”.

Joven artista de Chicago.

Lecciones de la pandemia en América Latina y el Caribe.

 

Por Abel Prieto/Presidente Casa las Américas

Algunas valoraciones en torno a posibles políticas públicas en el campo de la educación y la cultura

 

Quiero, en primer lugar, agradecer a la UNESCO la invitación para participar en este panel y la posibilidad de compartir con figuras que sigo y admiro desde hace muchos años.

(1)

El mundo entero está en shock. Lo único positivo que ha dejado hasta ahora esta tragedia es que nos ha obligado a reflexionar, a pensar críticamente, a tomar distancia del clima frívolo predominante en la llamada “normalidad”, para preguntarnos con dolor, con angustia, si la especie humana podrá salvarse, no solo de la epidemia misma, sino de la crisis climática, de la relación depredadora con la naturaleza, de la codicia de las élites, del olvido y exclusión de las mayorías, de un modelo basado en la injusticia y en el afán de lucro.

Para acercarnos a las “percepciones de los desafíos”, hay que acudir a los numerosos textos que han sido publicados por algunos de los intelectuales más lúcidos de nuestra región, a los debates virtuales que se han organizado y a llamamientos realizados por artistas y colectivos en riesgo.

La más importante lección de la pandemia podría resumirse con la idea, muy clara, de que el virus ha revelado las esencias del modelo neoliberal. La industria hegemónica informativa y cultural ha trabajado durante décadas para hacernos creer que este sistema es la única forma “natural” e imaginable de organizar la vida económica y social. Nos ha repetido cotidianamente, como Pangloss, que vivimos en el mejor de los mundos posibles. Ha tenido tanto éxito que hasta las víctimas del sistema se culpan a sí mismas de sus desventuras y no son capaces de impugnarlo.

El nuevo coronavirus lo ha desnudado de súbito y ha abierto grietas muy hondas en ese espejismo cultural.

La pandemia ha provocado un verdadero estallido en el campo del pensamiento social en nuestra región y en todas partes. Hemos visto, como pocas veces antes, una avalancha de cuestionamientos muy serios y muy bien pensados sobre las causas de esta situación tan siniestra, sobre sus consecuencias y sobre el futuro postpandemia.

Muchos analistas han hablado del íntimo conflicto, dramático y doloroso, en que se ha colocado a los profesionales de la salud al tener que aplicar “mecanismos de selección” entre sus pacientes y decidir quién es “salvable” y quién no. Este conflicto, por supuesto, no llegó al mundo con el coronavirus. Llegó antes, con el carácter privado de la atención sanitaria, que excluye, incluso, a muchos que ni siquiera pueden ingresar en los hospitales.

La visión de los servicios de salud y de la industria farmacéutica como negocio lucrativo, donde no hay pacientes sino clientes, sienta las bases para la división entre los seres humanos con respecto al derecho a la vida y no puede, como se ha demostrado con cifras escalofriantes, dar respuesta a una emergencia sanitaria como la que estamos viviendo.

Las secuelas del neoliberalismo nos han dejado un paisaje dantesco en América Latina y el Caribe, sobre todo en algunos países. Entre ellas, desigualdad y pobreza extremas, desempleo, exclusión, falta de acceso a servicios básicos, desplazados a causa de inversiones del capital transnacional y por conflictos armados. El crecimiento de las tendencias fascistas es otro resultado de la crisis neoliberal.

(2)

El neoliberalismo es, además, un sistema profundamente anticultural. Su filosofía ha reducido el arte y la literatura a mera mercancía, a mero entretenimiento pueril, y los ha llevado a perder sus funciones de indagación y crítica. El mercado ha fungido como un censor implacable. Las manifestaciones artísticas que convocan al pensamiento libre son rechazadas por la gran industria y condenadas a circuitos marginales. Los monopolios de la industria del entretenimiento favorecen y multiplican la difusión de productos culturales de carácter comercial. La defensa de la diversidad cultural, que ha sido uno de los reclamos admirables de la UNESCO, es derrotada día a día por poderosos intereses corporativos.

La pandemia ha reforzado de manera dramática las desventajas del arte y de la cultura de la resistencia, de la vanguardia y de la creación popular, frente a los modelos promovidos por las corporaciones. Por una parte, las medidas restrictivas y de distanciamiento social suprimen drásticamente los proyectos comunitarios, las tradiciones y festividades asociadas al patrimonio inmaterial y despojan de todo sustento a los artistas que trabajan sin respaldo institucional. Tales efectos se suman al conocido desamparo de estas manifestaciones bajo gobiernos neoliberales, sin ningún interés por promover políticas efectivas de protección a la cultura.

Se ha producido en consecuencia una fractura en la vida cultural de las comunidades, con la consiguiente contracción de los ingresos de los creadores, la disolución de proyectos artísticos y un empobrecimiento espiritual de la población, precisamente en los momentos en que el acompañamiento del arte puede ser irreemplazable.  Si bien es cierto que se ha multiplicado la intervención de la cultura en las redes, con resultados valiosos, hay algo básico del diálogo entre creadores y público que no puede replicarse a través de las tecnologías, por no hablar de las desigualdades en términos de acceso a estas herramientas. Estas diferencias dañan en particular a los más vulnerables.

La revista de teatro latinoamericano y caribeño Conjunto de la Casa de las Américas hizo circular un mensaje donde señala:

“El movimiento de teatro independiente ha sido por décadas baluarte fundamental de la cultura de nuestra América. (…) Los grupos que lo integran (…) ya estaban en crisis cuando los alcanzó la pandemia, pues no cuentan con subvenciones ni apoyos estatales regulares, ni seguridad social ni médica. Colectivos de sostenida trayectoria (…) se han visto obligados a abandonar sus salas, adquiridas y mantenidas con mucho esfuerzo, por la imposibilidad de costear sus gastos, y hay muchas más al borde del cierre… Como reclaman en las redes Patricia Ariza, desde la Corporación Colombiana de Teatro, y Ana Correa, del grupo Yuyachkani (…), es necesario que los Estados declaren en emergencia el sector cultura y en particular el teatro.”

Entretanto, los monopolios de la industria del entretenimiento y de las plataformas de Internet han multiplicado sus ganancias en tiempos de pandemia. De este modo, mientras el arte no comercial se asfixia, las producciones rentables, muchas veces mediocres, se hacen más visibles. Esto ocurre en un momento en que la crisis global de la cultura, en términos cualitativos, venía alcanzando expresiones cada vez más inquietantes.

Mención especial merece la situación de extremo peligro a que están sometidos los pueblos originarios y, con ellos, sus lenguas y culturas. Se requiere promover acciones inaplazables de protección y apoyo para frenar lo que puede ser ya un etnocidio.

(3)

A pesar de que, como ya dije, se ha venido agrietando el espejismo cultural que legitima el neoliberalismo, los medios hegemónicos han seguido haciendo lo imposible por maquillar el modelo y distraer a sus críticos. De hecho, no han informado de manera adecuada a la opinión pública en un momento de tanta incertidumbre, cuando conocer objetivamente lo que está pasando es más imperioso que nunca. Por el contrario, les han dado la espalda a los criterios científicos para tratar la pandemia con ligereza, irresponsabilidad y falta de ética.

Patricia Villegas, presidenta de Telesur, en un panel de la serie “Voces múltiples en red”, de la Red “En defensa de la humanidad”, aseguró que el discurso mediático durante la pandemia se había caracterizado por tres tendencias: ocultamiento, fragmentación y espectacularización de las noticias, es decir, omitir aquellos -aspectos de la realidad inconvenientes para el sistema, evitar una visión integral de los procesos a través de imágenes fraccionadas, inconexas, aisladas, y contaminar toda noticia del lenguaje propio de la farándula, del mundo del espectáculo, de un anecdotario sin valor alguno. En ese mismo panel, el sociólogo Marcos Roitman se refirió al manejo que han hecho los medios de la incertidumbre y del miedo. El “control de las emociones” es un instrumento del poder para mantener a la gente aturdida, manejable, bajo su dominio.

Todas estas manipulaciones se producen en un entorno intoxicado por el uso político y específicamente electoral del tema.

(4)

Cuba ha sido un blanco protagónico en este panorama mediático. Hemos sufrido campañas constantes de los grandes medios que ocultan los esfuerzos que se han venido haciendo para frenar la epidemia en el territorio nacional y para colaborar con otros países en esta batalla.

Estados Unidos ha recrudecido en estos meses el bloqueo contra Cuba. Ha desatado al propio tiempo una campaña de descrédito contra nuestros médicos y contra su labor en unos cuarenta países para ayudar en el enfrentamiento a la pandemia. Washington ha llegado a presionar directamente a algunos gobiernos de la región a fin de evitar la colaboración de personal sanitario cubano. Estas acciones vergonzosas desconocen los llamados que han hecho la Organización Mundial de la Salud y numerosas personalidades del mundo en el sentido de que solo la cooperación entre naciones nos permitirá vencer al nuevo coronavirus.

(5)

¿Qué pasará después de la pandemia? Muchas opiniones atendibles coinciden en que regresar a la antigua “normalidad”, después de vencido el azote epidémico, no puede aceptarse desde ningún punto de vista.

El propio António Guterres, Secretario General de la ONU, ha sentenciado:

“Simplemente no podemos regresar a donde estábamos antes de que golpeara el COVID-19, con sociedades innecesariamente vulnerables a la crisis. La pandemia nos ha recordado, de la manera más dura posible, el precio que pagamos por las debilidades en los sistemas de salud, las protecciones sociales y los servicios públicos. La pandemia ha subrayado y exacerbado las desigualdades, sobre todo la desigualdad de género. Ha puesto de relieve los desafíos actuales en materia de derechos humanos, incluidos el estigma y la violencia contra las mujeres.  Ahora es el momento de redoblar nuestros esfuerzos para construir economías y sociedades más inclusivas y sostenibles, que sean más resistentes frente a las pandemias, el cambio climático y otros desafíos globales.”

¿Cómo construir economías y sociedades más inclusivas y sostenibles, más solidarias, más justas?

Más Estado y menos mercado, ha resumido el politólogo Atilio Borón al imaginar la sociedad postpandémica. Un Estado comprometido con la erradicación de la pobreza, con garantizar el acceso de todos a los servicios básicos, capaz de impedir que siga aumentando la brecha colosal entre la élite privilegiada y las masas hambreadas y desposeídas. Son obscenas las cifras de las fortunas de un pequeño grupo de supermillonarios. Una ínfima parte de ellas bastaría para contribuir decisivamente al enfrentamiento al cambio climático y garantizar la subsistencia digna de millones de personas.

Podría seguir enumerando problemas muy graves que el mundo tendrá que enfrentar y solucionar en todos los campos para escapar de este callejón sin salida y lograr que la especie humana sobreviva. Prefiero, sin embargo, concentrarme en los temas educativos, culturales y de la comunicación y proponer algunas ideas para la conformación de posibles políticas públicas en estas áreas.

(6)

Hay un problema gravísimo con respecto a la formación de las nuevas generaciones que por lo general no se tiene en cuenta: me refiero al “aparato educativo paralelo”, al margen del sistema escolar, que significan la industria hegemónica del entretenimiento y la publicidad comercial. Ningún Ministerio de Educación tiene autoridad sobre el influjo que ejercen estas grandes corporaciones sobre los modelos de vida y las conductas de niñas, niños y jóvenes.

Con respecto a este asunto específico, en el Foro “Cultura y Desarrollo Sostenible” organizado en 2018 por la Asamblea General de la ONU, expuse lo siguiente:

“Valores como los necesarios para construir una sociedad sustentable, el altruismo, la cooperación, la solidaridad y la sensibilidad hacia los más necesitados, no son temas tenidos en cuenta por esta industria del entretenimiento. Puede incluso la educación institucional fomentar en niños, niñas y jóvenes una sensibilidad ecológica y formarlos dentro de un concepto de desarrollo humano sostenible, pero, si al lado de esta formación están recibiendo la influencia de estos productos con modos de vida totalmente ajenos y hasta contrarios a los recibidos en la escuela, el valor de la formación institucional se minimiza. (…) Es imprescindible evaluar y debatir con rigor qué puede hacerse para contrarrestar la influencia de esta industria del entretenimiento, concentrada hoy en cuatro o cinco empresas transnacionales. Son quienes diseñan el imaginario infantil y juvenil de casi todo el planeta y están ajenas a todo compromiso cultural, ético o de responsabilidad social.”

Por otra parte, si en otros tiempos los Objetivos de Desarrollo Sostenible se planteaban metas muy ambiciosas, ahora, con la pandemia y la pavorosa crisis económica que ya estamos viviendo, habrá que trabajar mucho más arduamente y en condiciones más difíciles para aproximarse a aquella Agenda 2030 aprobada por la Asamblea General el 25 de septiembre de 2015.

(7)

Volviendo al tema del debate que nos ocupa hoy, creo que deberíamos empeñarnos, en primer lugar, para extender la conciencia sobre la necesidad ineludible de hacer cambios profundos. Múltiples actores, entre ellos, la sociedad civil de nuestros países, podrían desempeñar un papel en el diseño e impulso de una plataforma conceptual muy amplia, nada dogmática ni sectaria, a la que pudieran adherirse personas de buena voluntad de cualquier signo político, conscientes de que la “normalidad” anterior a la pandemia llevaba en su propia lógica el horror de enfermedad y muerte que se haría visible con el virus.

Si vamos a proponer políticas públicas que abran el camino hacia ese mundo superior de la postpandemia, habría que empezar por preguntarse si la humanidad no debería aspirar a que el acceso a las instituciones educativas, en todos los niveles, sea universal y gratuito y beneficie a todos los ciudadanos sin excepción, independientemente de que procedan de familias con escasos recursos económicos.

Reforzar decididamente el respaldo estatal a la educación se hace más urgente teniendo en cuenta el peso de los medios, de la publicidad, de la industria del entretenimiento, de toda la telaraña de mensajes que mantienen secuestrada la subjetividad de los ciudadanos en el planeta.

Hay un informe de la Relatora Especial sobre Derechos Culturales de la ONU Farida Shaheed, de 2014, donde se manifiesta preocupación “sobre la presencia sobredimensionada de los mensajes publicitarios y de comercialización en los espacios públicos” y “el uso de técnicas destinadas a impedir que las personas tomen decisiones de forma racional”. El informe analiza cómo la publicidad juega con los deseos subconscientes de la gente, y no hay normas legales que regulen el llamado neuromarketing. “Los Estados [añade] deben proteger a las personas frente a unos niveles excesivos de publicidad comercial (…) y al mismo tiempo aumentar el espacio a expresiones sin fines de lucro.”

Habría que releer este importante informe para comprender hasta qué punto hemos estado conviviendo con procesos muy riesgosos que colocan las utilidades en el centro de todo e influyen en la conducta de los seres humanos, en su forma de entender la vida, precisamente en un sentido contrario a lo que requerimos en las circunstancias actuales y futuras.

El propio concepto de felicidad que se va instalando en las nuevas generaciones, más allá de lo que pueda hacer la escuela, refuerza el individualismo, el culto a la riqueza y a la fama. Desde series hasta videojuegos, se inculca la división entre triunfadores y fracasados, entre razas, entre clases sociales, junto al machismo más brutal, la ley del más fuerte y el uso de la violencia.

Nuestra visión de futuro tiene que incluir la responsabilidad de los Estados en proteger a niñas, niños y adolescentes de toda esa industria, inspirada hoy en un espíritu puramente mercantil. Estamos hablando de salud moral y espiritual, de formar seres humanos capaces de convivir en paz y de ayudarse mutuamente. Es tóxica y dañina gran parte de la producción destinada a “entretener” a toda costa y a vender.

Desde Estados más fuertes, habría que legislar para poner límites a la carrera publicitaria desenfrenada que a partir de edades muy tempranas promueve el consumismo e impone modelos y estereotipos que atentan contra las identidades nacionales y locales y contra la propia diversidad cultural. Este sería un paso de carácter estratégico, con efectos a largo plazo.

Junto a la educación formal, que puede estar trazada por políticas estatales correctas, no puede ignorarse la enorme influencia en niñas, niños y adolescentes de otro aparato “educativo” paralelo: el conformado por la industria hegemónica del entretenimiento y la publicidad comercial. Los Estados no pueden subestimar el peso creciente de esta realidad y deben legislar sobre el asunto.

Sería importante que educadoras y educadores promovieran entre sus estudiantes un debate permanente sobre los mensajes de ese aparato “educativo” paralelo para tratar de crear una distancia crítica entre jóvenes consumidores de esos productos y la carga de violencia y estupidez que por lo general contienen. ¿Los Ministerios de Educación no podrían encargar producciones audiovisuales, videojuegos, documentales, etc., que sirvan como material auxiliar a maestras y maestros en su esfuerzo por crear un “consumidor crítico” de la cultura chatarra entre sus alumnas y alumnos? ¿Las emisoras estatales de radio y televisión no pueden contribuir a este tipo de empeño?

Del mismo modo, habría que colocar en la agenda de los Estados los temas vinculados a las TICs.

En un debate organizado por Internet Ciudadana para abordar la situación de la comunicación y la legislación en contextos digitales en América Latina y el Caribe (“Aportes sobre comunicación, acceso a Internet y economía de plataformas”), se destaca que

“…si no se modifican las reglas de uso de datos personales, si se mantiene (…) la ausencia total de transparencia sobre el desempeño de las plataformas privadas y no se produce un amplio debate sobre la gobernanza de los algoritmos, la tendencia será a la profundización del poder de estas plataformas, que ya es mayor que la de los Estados nacionales. Esta tendencia será la de una sociedad marcada por el control de la vigilancia, donde las personas pierden por completo la autonomía sobre sus vidas.”

Se subraya asimismo que

“Políticas públicas orientadas a la regulación de estos servicios son determinantes (…). De no ser así, esto mantendría una cobertura restringida, como la actual, a lugares en los que por nivel de población resultase rentable hacerlo. (…) Nuestra región necesita de Estados con políticas públicas que promuevan un modelo de desarrollo soberano con integración regional, para la operación de las infraestructuras de telecomunicaciones.”

Las valoraciones citadas representan una alerta de la mayor importancia en la construcción de un futuro postpandemia que apueste por la emancipación, la equidad, la justicia social y el derecho universal a la cultura. Encontramos aquí preocupaciones similares a las expresadas en el informe sobre los Derechos Culturales: la conducción de las opiniones de los individuos por intereses corporativos y políticos y el dinero como algo central en la vida de la gente, como la llave que abre todas las puertas.

Más allá de las diferencias que señala el debate citado en la conectividad entre países, poblaciones y clases sociales dentro de América Latina y el Caribe, uno de los participantes habló del “rol que el uso malintencionado de las redes sociales y la difusión de la desinformación tuvieron en los recientes procesos electorales” de la región. Tenemos que soñar el mundo postpandemia libre de esta grosera desnaturalización del ejercicio democrático, basada en la manipulación de las emociones, en la mentira y en la tergiversación de la realidad.

También hay que salvaguardar desde el punto de vista normativo a todo el patrimonio y en particular a individuos y grupos portadores del patrimonio inmaterial.

Los Estados deben prestar especial atención a las manifestaciones culturales que tienen que ser subvencionadas para sobrevivir. El papel funesto que ha tenido y tiene el mercado en la promoción de la cultura es difícil de calcular. Los Estados tienen que defender la idea de que la cultura, aunque puede moverse a través de circuitos mercantiles, no es una simple mercancía. Encierra valores de incalculable trascendencia.

Los Estados deben promover un amplio movimiento de personas de todas las edades aficionadas al arte, una intensa vida cultural en las comunidades y la formación de públicos para todas las manifestaciones artísticas, incluso las más complejas. Deben proponerse llegar a amplios sectores de población con el mensaje auténtico del arte, sin acompañar jamás estas acciones de concesiones estéticas. Una de las trampas de la llamada “cultura de masas” se fundamenta en difundir un arte mutilado, infantilizado, concebido como entretenimiento vacío.

Todas las políticas públicas en el campo de la educación, la cultura y la comunicación deben dirigirse a crear las condiciones para la emancipación plena del ser humano.

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Quiero añadir, por último, algunos comentarios sobre el tema desde el punto de vista de la Casa de las Américas. Fundada en marzo de 1959, muy poco tiempo después del triunfo revolucionario del primero de enero, la misión de la Casa ha sido desde entonces contribuir a la integración cultural latinoamericana y caribeña y al diálogo entre intelectuales y artistas de la región.

Entre los efectos negativos que ha sufrido la cultura a causa de la pandemia, hay que incluir la paralización brusca de los intercambios entre países en ese campo. La Casa ha mantenido eventos internacionales de mucho prestigio, como su Premio Literario, en primer lugar, además de los eventos organizados por las direcciones de Teatro, Música, Artes Plásticas, el Centro de Estudios del Caribe y los Programas de Estudios de la Mujer, de Culturas Originarias, de Afroamérica, y de Latinos en Estados Unidos. Hemos tenido que posponer muchos de estos encuentros y llevar adelante otros por la modalidad virtual.

En estos meses de pandemia, se han reforzado los vínculos de la Casa de las Américas a través de las redes con CLACSO, con la Fundación Rosa Luxemburgo, con el Ministerio de Cultura de la República Argentina, con las Fundaciones Mario Benedetti y León Ferrari, entre otras muchas instituciones de promoción cultural. Hemos presentado juntos revistas y libros digitales y exposiciones virtuales; y hemos organizado discusiones, encuentros, reuniones. Especialistas de la Casa han intervenido en paneles internacionales virtuales, como portadores de la vocación latinoamericanista y caribeña que ha caracterizado a nuestra labor y del generoso concepto martiano de Nuestra América. Somos todos parte de una misma familia espiritual y compartimos cultura, tradiciones, historia y enemigos.

Intervención  en el foro on line de la UNESCO «Impactos y desafíos económicos, políticos y sanitarios derivados de la Covid-19 en Latinoamérica y el Caribe», realizado el 10 de septiembre de 2020.

 

La falacia del concepto “administrar la colonia”

 

 

Debate fraternal con el Post Antillano

Por Ángel (Chuco)G. Quintero Rivera/Especial para CLARIDAD

            El diario digital Post Antillanose unió hace varios años a la larga trayectoria de Claridad y a otros valiosos esfuerzos más recientes, como 80 grados, en la muy loable misión de ofrecer al público lector puertorriqueño una información y opiniones comúnmente ausentes de la prensa comercial. No compite, sino más bien complementa los otros medios, pues su formato consiste en tres comentarios cortos de los aconteceres diarios cada mañana y cada tarde. Su director, el compañero Daniel Nina, merece nuestro agradecimiento por esta iniciativa, además de por todas sus otras contribuciones en libros sobre nuestra realidad, historia y cultura popular.

Me imagino que, para mantener la naturaleza de su formato, el Post Antillano(y cito verbalmente a Nina) “no es para entrar en debates con los que aquí de forma regular plasmamos ideas”.No permitir el debate, constituye una seria limitación al diálogo tan necesario para los que nos definimos de izquierda, sobre todo cuando los escritos del Post Antillano son con mucha frecuencia intencionalmente provocativos y polémicos.

            Espero a través de Claridad ampliar el diálogo respecto a un concepto muy manoseado en el Post Antillano,pero también presente en numerosos escritos de la tradición independentista, pues lo considero limitante. Se trata del concepto de “administrar la colonia” como forma de minusvalorar la participación electoral en busca del apoyo de mayorías para lograr la representación democrática que conduzca a ocupar puestos públicos. Si bien podría quizá referir este a algunos políticos de los dos partidos principales, el Post Antillano lo ha usado constantemente en estos últimos meses para definir al Movimiento Victoria Ciudadana (MVC).Es absolutamente legítimo discutir si es correcta o no la estrategia de un movimiento liderado por independentistas y soberanistas de buscar consensos con personas que prefieren otras opciones de statuspara quebrar la larga y pesada cárcel ideológica del bipartidismo y abogar por unas políticas públicas que en lugar de responder a los grandes intereses económicos estén pensadas para el ciudadano común y para un Puerto Rico más justo, solidario y humano. Lo que me parece incorrecto es evadir ese importante y legítimo debate simplemente descalificando a los que piensan que es una estrategia correcta con el concepto (convertido en epíteto o insulto) de que solo buscan “administrar la colonia”.

Recordemos, por ejemplo, la importancia del trabajo hacia el consenso del movimiento “Todo Puerto Rico con Vieques” liderado también por independentistas (especialmente el Ché Paraliticci) que no solo aceptó, sino además alimentó los posibles endosos de personas no independentistas para lograr liberar a Vieques de la Marina de guerra. No por esa búsqueda de consensos -sin perder el liderato y protagonismo- vamos a ponerle el “san Benito” de “colonizado”. “Todo Puerto Rico con Vieques” tiene ya un sitial de honor en la historia contemporánea del país, en su compleja y difícil lucha contra la colonialidad.

Y es que en estos tiempos post Foucault, ya no vemos el poder, como en la época de Max Weber o de Albizu, concentrado en el Estado (que en el caso de una colonia significaría en la metrópolis colonial), sino diseminado en diversas instancias de la vida. Los micro-poderes se manifiestan en las relaciones de género, en las relaciones salariales, y en muchas otras instancias del intercambio social e interpersonal. Añadiendo a estas nuevas concepciones las enseñanzas de Aníbal Quijano, la colonialidad del poder no estaría sólo en la relación jurídica metrópoli – colonia, sino en múltiples instancias de la cotidianidad y del saber.

Como Daniel Nina, el PIP, el movimiento hostosiano, y como muchos activistas y simpatizantes de Victoria Ciudadana quisiera que Puerto Rico lograra alcanzar su independencia. Pero en nuestra incompleta y deficiente, pero valorada democracia, las elecciones no son plebiscitarias, como ha querido el PNP fraudulentamente convertir estas últimas ante su desastrosa administración. Las elecciones son para elegir nuestros representantes y funcionarios que estarán a cargo de elaborar las políticas públicas que la colonia nos permite. No son muchas, pero suficientes en la microfísica del poder como para afectar la cotidianidad, el día a día de numerosos puertorriqueños. Menospreciar esa cotidianidad frente al ordenamiento jurídico añorado denota una lastimosa insensibilidad a los avatares de la vida.

Unos ejemplos evidentes nos pueden ayudar a entender mejor la falacia del menosprecio a las políticas públicas por el concepto de “administrar la colonia”. Cuando se creó la Procuraduría de la Mujer gracias a la lucha de organizaciones feministas, la labor de María Dolores “Tati” Fernós sentó las bases para unas relaciones más equitativas y justas de las mujeres frente al Estado. ¿Sería correcto despachar su labor como que “estaba administrando la colonia”? Cuando Georgie Rosario dirigió el Departamento de recreación y deportes, y trabajó políticas para una mayor democratización de la actividad deportiva que tocaron a tantos niños y jóvenes, ¿estaba sencillamente “administrando la colonia”?  Cuando mi padre Ángel Quintero Alfaro desarrolló junto a todo un grupo de innovadores maestros y profesores universitarios una serie de nuevos programas educativos que -como me expresan a menudo tantas personas- cambiaron la vida de estudiantes de estratos sociales “desventajados” ¿sería justo despachar su obra como que “estaba administrando la colonia”?

Puede a uno gustarle o no la candidata a la gobernación de Movimiento Victoria Ciudadana, pero un debate serio sobre las alternativas políticas de Puerto Rico hoy tiene que aceptar que el MVC es mucho más que su candidata a la gobernación. De hecho, contrario a la tradición política de los dos partidos tradicionales en el país la presidenta del movimiento no es la candidata a gobernadora, sino Ana Irma Rivera Lassen, una mujer negra y feminista, como no hay nada semejante en ningún otro de los partidos, lo que ya denota que se trata de una política distinta. El MVC ha desarrollado una política que denominan “Red de redes” con una amplia participación ciudadana a base de las ubicaciones sociales de sus prácticas laborales y sus acercamientos políticos: red de colectividades, red de trabajadores de la cultura, red de educadores, red de trabajadores de la salud, red de la diáspora, red de economistas… etc. Estas están elaborando desde abajo el Programa de las políticas públicas que se han de impulsar. Menospreciar olímpicamente el arduo trabajo de tantos buenos puertorriqueños que aspiran a un Puerto Rico más justo, participativo, democrático y solidario, como si sólo aspiraran a “administrar la colonia” no propicia conversaciones y discusiones serias en torno a las más convenientes rutas hacia la independencia y, añadiría yo, al socialismo que le daría a la independencia sentido.

En la edición del pasado lunes 7 de septiembre en la tarde, Nina celebra en el Post Antillano la acción de un grupo de puertorriqueños residentes en los Estados Unidos de reclamar la independencia de Puerto Rico (“Dile sí a la independencia, los boricuas de la diáspora la endosan”). Omitió mencionar parte fundamental de la noticia: el líder de Puertorriqueños Unidos en Acción le ofreció al presidente Trump hacerle campaña a favor si éste se compromete con la Independencia. Pero es que (sobre todo en la visión más abarcadora de la colonialidad) además de puertorriqueños somos humanos del planeta Tierra, cuyo futuro mismo se encuentra amenazado por las políticas de Trump. Darle prioridad a nuestra puertorriqueñidad sobre nuestra humanidad denota una estrechez de mira que más que motivo de celebración es motivo de preocupación. Trump, claro, le hará caso omiso, pero de hipotéticamente concretarse sería muchísimo peor que el pacto posibilita de Muñoz Rivera con el partido monárquico de Sagasta a finales del siglo XIX.

Invito a los queridos compañeros del Post Antillano a repensar lo que nos piden que pensemos.