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Somos todos magos, reyes y reinas

Po Marcelo Barros/Especial para En Rojo

Por toda América Latina y el Caribe, en estos días de inicio del año,  las comunidades tradicionales hacen danzas que unen la fe y la cultura popular. Son tradiciones venidas de la Europa medieval y ligadas al 6 de enero, fiesta de los reyes magos. La página del evangelio que habla de los sabios de Oriente que visitan al niño de Belén es simbólica como una parábola. Sin embargo, aunque no sean figuras históricas, los magos del Oriente se han hecho ejemplo y figura de todas las búsquedas humanas por la verdad y el amor. 

Hoy vivimos en una sociedad del mercado dominado por el capital. Mientras que las antiguas culturas rurales aún hacían sus ferias donde la gente cambiaba todo lo que producía por mercancías industriales, ahora el mercado es totalmente dominado por fantasmas llamados de “personas jurídicas” que tratan solo de multiplicar el capital investido. Las personas reales son solo funcionarios de estos fantasmas que nadie sabe quienes son. Los empleados deben solamente cumplir ordenes anónimas que benefician al capital. Por su inhumanidad, esas corporaciones son más peligrosas que el Herodes y otros asesinos que aparecen en el evangelio. El papa Francisco tiene advertido: ¡este sistema mata! Frente a eso, somos llamados/as a asumir la función de los magos en el camino de Belén. 

Es importante volver a soñar y hacerse capaz de escuchar la voz de las estrellas. No importa si somos de tradiciones, culturas y religiones diversas, nos reunimos para vivir la misma aventura de la búsqueda del sentido para la vida. La razón más profunda de las celebraciones de Navidad es renovar esa búsqueda en lo más intimo de cada uno. Hoy los magos somos nosotros y todas las personas que jamás dejan de buscar y se disponen a profundizar el diálogo unas con los otras. 

En nuestros días, el Papa Francisco ha insistido en que vivamos la fe cristiana insertados en el mundo actual, en solidaridad con todos los grandes problemas de la humanidad. La misión de Dios es hacer como Jesús: crear puentes, no muros. Hacemos eso cuando aceptamos despojarnos de nuestra autosuficiencia y nos insertamos en la comunidad humana y de todos los seres vivos. Para reanudar esta búsqueda interior y abrirnos al diálogo con todos los hermanos y hermanas que nos acompañan en este camino, la Navidad nos invita a comenzar de nuevo y a aceptar ser como niños, abiertos para la mañana. Adelia Prado, gran poeta brasileña, tiene un poema de oración en lo cual dice: “Dios mío, dame cinco años. Dios mío, dame tu mano y cúrame la enfermedad de querer ser grande”.

El autor es monje  benedictino y escritor.

Crucigrama: Recordando a Salvador Brau

Especial para En Rojo

Horizontales

1. Salvador Bartolomé _____ y Asencio; poeta, periodista, historiador, dramaturgo, literato y político puertorriqueño.

3. 11 de _____ de 1842; nacimiento de Brau.

5. Historia de Puerto _____; libro de Brau publicado en 1904.

9. La fundación de _____; escrito de Brau de 1909.

11. Alaba.

13. _____ caídas, poemario de Brau publicado en 1909.

16. Se atreve.

17. Cotillea, cotorrea.

20. Ave similar al avestruz.

21. _____ Rojo; ciudad natal de Brau.

22. La _____ de Vieques: bosquejos históricos; publicación de Brau de 1912.

25. San _____; ciudad donde falleció Brau. Fue enterrado en Cementerio Santa María Magdalena de Pazzis.

29. Antiguo nombre de Tailandia.

31. Del verbo agravar.

33. Las clases jornaleras de _____ Rico; memoria escrita por Brau publicada en 1882 y premiada en el certamen del Ateneo Puertorriqueño.

35. Sustraigan.

37. Salvador _____ Brau y Asencio; militó en el Partido Autonomista de Puerto Rico y ferviente abolicionista. Autor de “El fantasma del puente”, “Héroe y mártir”, “Ecos de la batalla”, “El abolengo separatista en Puerto Rico”, y “La vuelta al hogar: estudio dramático en tres actos y en verso”.

40. El fantasma _____ puente; leyenda escrita por Brau.

41. Ventile, oree.

42. Aquí.

44. El _____; península rocosa en Escocia.

45. El abolengo separatista _____ Puerto Rico; ensayo de Brau.

47. _____ tesoro escondido; escrito de Brau de 1883.

49. Asistir.

50. Señor, abrev.

51. 5 de _____ de 1912; fallecimiento de Brau.

52. Escuché.

Verticales

2. Convictos, prisioneros.

4. _____ de la batalla; libro de escritos periodísticos de Brau de 1886.

6. Natural de la ciudad de Coamo.

7. Mancha pequeña en el cutis.

8. Paño mucho más largo que ancho que se lleva en los hombros como abrigo o adorno.

9. Río de Italia.

10. Apócope de nada.

11. Embrollo.

12. Ameos, planta aromática.

14. Interjección para indicar la risa.

15. Puerto Rico y _____ historia: investigaciones críticas; libro de Brau de 1894.

18. Hemoglobina, abrev.

19. Existe.

21. La colonización de Puerto Rico, desde el descubrimiento hasta la reversión a la Corona española de los privilegios de _____, 1493-1550; libro de Brau de 1908.

23. La vuelta al hogar: estudio dramático en tres _____ y en verso; obra de Brau de 1877.

24. _____ Bartolomé Brau y Asencio; autor de “Un tesoro escondido”, “Dos factores de la colonización de Puerto Rico”, “La fundación de Ponce”, “La isla de Vieques”, y “Puerto Rico y su historia: investigaciones críticas”.

26. Das o tomas a usura.

27. En las antiguas ciudades griegas, plaza pública.

28. _____ y mártir; primera obra teatral de Brau de 1871.

30. Salvador Brau y _____; autor de La colonización de Puerto Rico, desde el descubrimiento hasta la reversión a la Corona española de los privilegios de Colón, 1493-1550.

31. Amarra.

32. Hijo de Noé.

34. Símbolo del rubidio.

36. Conozco.

38. Otro nombre para Tyr, dios de la guerra en la mitología nórdica.

39. Dativo de pronombre.

40. _____ factores de la colonización de Puerto Rico; libro de Brau de 1896.

43. Atolón en las islas Maldivas.

45. Puerto Rico _____ Sevilla; publicación de 1896 de Brau.

46. Negación.

47. Antigua ciudad de Mesopotamia.

48. Símbolo del neón.

Cena para tres

Por Manolo Núñez Negrón

Al doblar cerca del florero con las hortensias moradas, el que está de frente a la consola con velones blancos, vuélvete como quien no quiere la cosa. La de los aretes de rubíes que lleva el pelo recogido en una trenza, con el collar de piedras turquesas: esa es ella. A los veinticinco era igual de hermosa, aunque estaba un poco más esbelta. Entraba a las fiestas pisando fuerte: la minifalda apretada a las caderas y la blusa bien ceñida al pecho. Cortaba la respiración de un tajo: el aire se volvía más pesado, más denso, con su presencia. El tiempo ha sido su aliado, hasta en eso tiene suerte: los años le han venido de maravilla y habrá cumplido ya, si la memoria no me es infiel, los treinta, que es justo el periodo en el que las mujeres empiezan a botar la mancha y a perderle el respeto a los pudores, al qué dirán. El espejo, supongo, les habla: aprovecha, mamita, que la cuerda se acaba.

¿Él? La historia es larga. Te la resumo, para hacerte el cuento corto: un piojo pegao, un muerto de hambre, un soplapote sin talento y sin imaginación. Abogado, imagínate, y con una herencia colgada de las costillas que lo hace ver más atractivo de lo que es. Negocios, rentas, inversiones en fondos mutuos y un par de fincas en el extranjero, he oído decir. También es dueño de un yate de cuarenta metros de eslora que, as we speak, flota libre de impuestos y aranceles en la Marina de Puerto del Rey. 

Entonces, durante la época en que la conocí, fumaba hasta en los ascensores: era la clásica second chain smoker. Por donde pasaba dejaba un reguero de cenizas, un cacharro repleto de colillas y, se entiende, un cojón de corazones rotos. Lo sabía, y eso jugaba en su favor. Al césar lo que es del césar, y a Melanie lo que es de Melanie: la chamaca es brillante, simpática, talentosa y atrevida. O sea: un cóctel molotov. ¿Ya te había dicho que se llamaba Melanie? Bueno, su nombre de pila es Josefa Manuela, pero no sonaba artístico, así que se bautizó Melanie, con todas las letras. De profesión: diseñadora de interiores. Procedencia: nadie sabe. Educación: bachillerato en Parsons, maestría en el Pratt Institute. Medidas: 34-26-34. En resumen: una bestia en lo suyo y en lo ajeno, una promesa de apaga y vámonos. Encima: una dama entre las gentes y una fiera en la cama. 

¿Qué que carajo hace aquí cocinándose en este caldero? Lo de siempre: la nostalgia. Los americanos, que tienen palabras y medicamentos para todo le dicen homesickness. Un día se levantó, miró por la ventana de su apartamento en el Soho, envuelta en el humo de su propio tabaco mientras las hormigas desfilaban por el alfeizar, huyendo de la luz pálida, agonizante, del otoño, y añoró con tanta fuerza el olor a frituras y cervezas de la calle Loíza, la humedad que empaña los cristales y las vitrinas de los negocios de ropa, que en tres semanas había renunciado a su trabajo, vendido cuanto poseía, comprado un pasaje de regreso y alquilado un estudio en la Clara Lair. 

-Lo más pendejo del mundo es dejar que las cosas se resuelvan solas. 

Ese era su mantra: mandaba e iba.  Hay que darle esa. La suya no es, ni de lejos, la única historia de ese tipo: desde la distancia el Caribe te convoca con sus cantos de sirena, con sus relámpagos y sus cotorras, y llega un momento preciso en el que, de camino a tu casa, al tomar el metro en la Catorce, mientras observas la multitud que cruza los andenes con sus abrigos oscuros, sin detenerse, te acuerdas de los sonidos de la playa, de las olas lamiendo la arena metida entre tus dedos, de la claridad germinando en el asfalto, del cabrón coquí acunándote después de la borrachera, y la melancolía te coge por el gaznate y eres out. Los olmos cargados de ardillas, en el invierno, pierden su encanto. Eso fue lo que le pasó y que bueno.  

Creo que el encuentro se dio en Don Pablo. O en El Batey. Un martes, quizás un jueves. No lo puedo precisar. Flechazo a primera vista, all the way y sin frenos. Que es otra manera de decir: ataque implacable de feromonas, pupilas dilatadas, la testosterona y el estrógeno bailando tango en el sistema nervioso central, a su antojo. Cruzadas las miradas iniciales: dos chistes, cuatro shots de tequila, José Cuervo por supuesto, una conversación pendeja y, en el pasillo que da a los baños, sin aspirar el hedor a orines y Clorox de las losetas viejas, nos metimos mano. Fue uno de esos besos que se te graban en el paladar, en el cielo de la boca, arriba, y que every now and then, de improviso, regresan, alterando el sabor de tu saliva. El cuerpo tiene sus reglas: lo más sabio es no pelear con sus impulsos. 

Lo otro: el carro en la Puntilla, la credenza en el Hotel Casa Blanca, el counter de la cocina, el noviazgo fugaz, vino más tarde. Esa noche, y otras muchas antes de darnos pa’ abajo heavy, caminamos hasta el campo del Morro, subiendo por las escaleras del callejón del Hospital, y allí me abrazó con una ternura que hervía, oteando la luna que se reflejaba sobre la bahía dormida, llena, redonda, voluptuosa. Ver aquel disco perfecto elevándose en el firmamento, en pleno verano, me calentó la sangre. Ya te digo: el instinto no necesita un manual de instrucciones.  

Omito los detalles del romance, soy un caballero. Nos quisimos, saltamos a una hoguera, y la pasión nos calcinó. Con el transcurso de los meses, el fuego se apagó y no quedaron ni las piedras calientes. Desde luego, ayuda mucho que aparezca un mamón como ese que ves sentado con la chaqueta sport, un jevo que hace cross fit y que le promete villas y castillas, y que le manda arreglos florales de Zuazo y le regala vouchers de masajes y faciales en la avenida Ashford.  Cuando te dejan de querer, si no eres un iluso enajenado, lo sabes. O al menos, lo intuyes. Te vas dando cuenta de a poco. Escasean, de repente, los mensajes, olvidan las fechas importantes, se van de juerga con las amigas sin avisar, cualquier excusa es oportuna para echarte insecticida. El problema era, lo admito, que yo era un iluso enajenado, o un enajenado iluso, el orden es irrelevante si el resultado es idéntico: enamorado hasta la sota de bastos. Pero hay un punto en el que, aunque te niegues a ver la miserable, cruda realidad, es imposible no rendirse a la evidencia. Ese fue mi caso.

Cierta tarde, en el parking de Plaza Carolina, vi su Mini Cooper estacionado en una esquina.  Me acerqué para ponerle una notita en el parabrisas y, bingo, me la encontré con el fulano, ese escorbejo que ves allí con la camisa Lacoste y la copa de vino, Malbec sin duda, porque la Sutana tiene debilidad por el Malbec, que le estaba cambiando el aceite y chequeándole el tanque de gasolina, in situ, y solo ahí empecé a pensar que no me quería y, claro, en ese mismo instante di shut down y algo en mis entrañas hizo click, y los recuerdos adquirieron otro color, otra perspectiva, otro cariz. Despinta una fotografía con lejía y verás lo que se siente. Te pasan la película al revés, sin anestesia, y es, vamos a decirlo, duro, porque la historia que te habías hecho y que te parecía bella, conmovedora, única, se revela como una farsa, un baile de máscaras, una cogía de soquete.  

Fui, lo confieso, feliz, y he tratado de sobrellevar el desamor guardando las distancias, resignado a que esa música que nace del contacto tibio con la piel deseada se desvanezca a su ritmo, dejando en la memoria un eco lejano de la plenitud tocada por las manos, un aroma vivo de leche y arándanos. Al romper fue calculadora, fría: se terminó, ya yo ya. Así: ni una palabra más. Quise pedirle una explicación, rogarle que me diera una oportunidad. Enseguida comprendí que era malgastar mis escasas energías. Bajé la cabeza, me mordí las lágrimas, agarré mis bártulos e hice lo que un hombre sensato hubiese hecho: cogí para Lips y me jarté de psicotrópicos. 

Coincidíamos, muy rara vez, en la fila del café, ambos cordiales y cariñosos, aunque la herida seguía en su lugar, supurante, oculta. Supe que se había comprometido y que adquirieron una propiedad juntos. Tragué hondo: capeando, entero y en una pieza, la tempestad de la tristeza y de los celos, que es como un huracán categoría cinco al que le meten una enema de esteroides. Es en serio, pensé. Y en una ocasión, mira tú, de la nada, nos topamos en este restaurante que les fascina. Los meseros me dieron la información: tienen reservada la mesa siete los sábados. Un consejo de amigo: hazte pana fuerte de las secretarias, de los guardias de seguridad y de los camareros. Las primeras te protegen de los jefes, los segundos le echan el ojo a las chillas y los terceros, propina de por medio, se ocupan de mantenerte a raya el apetito. Ese es el personal que pica el bacalao: aquí y en Marte. Así que un week end sí y otro no me tiro las telas, desempolvo la peluca, altero el disfraz, y vengo a Trois Cent Onze del brazo de una hembra completa, detonante, blonda por lo general, con los bembes carnosos pintados de naranja, para comprobar que se hallan en la cúspide de la buena fortuna: cordero asado en su plato; escargots y foie gras de pato con pan brioche en el suyo. ¿Pero tú no lees las reseñas de Paco Villon en el periódico? Los escargots son caracoles, colega: a ella lo que le gusta es chupar caracoles. A ver si nos entendemos: los pobres chupan jueyes en las villas pesqueras, y ella chupa caracoles con diez cubiertos, en la loza. ¿Te hago el dibujo en la servilleta? Eso es para que entiendas las reglas del juego, macho: chupa lo mismo el esmayao en su miseria que el rico en su opulencia, chupan el político y el cura, el viejo en su camilla, la rata en la alcantarilla y el niño en su cuna. Y si no chupas, te chupan: a eso se reduce la ley de la selva.    

La verdad es que apenas presto atención a su entorno. Vengo por otros motivos. La comida es exquisita, por ejemplo. Y cada jornada que pasa alcanzo a distinguir que la magia que los unía se ha ido deteriorando. El nicho que se habían construido con esmero no aguantó el viento de la tormenta. El barco les está haciendo agua. Por eso sigo cruzando el umbral de la puerta a las ocho y cuarto, y pido la lista de tintos, y la ensalada de cangrejo y mango, y examino ensimismado los adornos árabes y las columnas con azulejos, y en mi fuero interno, apartando la vista, sonrío discreto, distante, mientras él discute indiferente, hastiado, y ella sale a toda prisa del local, llorando, quizás para corroborar que aquello que se confunde con su sombra en los adoquines atravesados por la llovizna es el fantasma del fracaso y el miedo a la soledad, y que soy el único ser en la tierra que está contemplando, en silencio, en completa calma, sin remordimientos, ese naufragio dulce, lento, que la empuja hacia abajo, hacia al fondo, hacia ninguna parte. 

Apuro el tempranillo de la casa porque regresará a su silla y continuarán los reproches. Lo que sigue lo he vivido, prefiero saltarme los papelones, las escenas melodramáticas a las que todos los despechados tenemos derecho. Además, la chamaca que ves aquí, la rubia de farmacia esta que casi te saca un ojo con una teta, me cuesta la mitad del salario. Así que voy a lo que vine: a quemar petróleo. Un clavo no saca otro clavo, pero ayuda. Apunta, mijo, que la sabiduría no la venden en la ferretería.  

La emoción, sin embargo, me traiciona y, si tuviera el chance, le diría que no desespere, que respire hondo, que haga ejercicios y yoga, que lo intente con la meditación y el té de tila, que la vida le enseñará, como a mí, que hay amores que traen, en el reverso, la fecha de expiración, y que los placeres más intensos surgen cuando menos los esperas. 

El Vértigo horizontal de Juan Villorio

Por  Efraín Barradas/ Especial para En Rojo

…no somos dueños de la ciudad; si acaso, podemos lidiar con los 

desechos para que la ciudad exista. Es nuestra carta de ciudadanía: 

perteneces al sitio donde estás dispuesto a limpiar la mierda.

—J.V.

Antes de llegar a México siempre pienso en la posibilidad, especialmente en su capital, de sentir allí temblores de tierra, terremotos, sismos. El uso de distintos términos para el mismo fenómeno físico no implica que empleo compulsivamente un diccionario de sinónimos, sino que expresa mi miedo, mi temor, mi terror a que la tierra tiemble mientras busco y rebusco tesoros en la librería Rosario Castellanos o mientras deambulo por la calle Donceles por las librerías de viejo o mientras plácidamente me tomo una cerveza, una Negra Modelo, en El Viena temprano, tras esas excursiones bibliófilas. Pienso en esa posibilidad cuando aún no he llegado a Ciudad de México. Pero una vez aterrizo mi miedo desaparece como por arte y práctica de una magia antigua y desconocida. Mientras estoy en México el terreno propenso al temblor se convierte para mí en tierra sólida, en enclave seguro. Y no vuelvo a pensar en la posibilidad de un sismo hasta que salgo del país. No es cuestión de autoengaño ni de ceguera histórica: ¡19 de septiembre de 1985! Es que sencillamente me siento tan bien en la Ciudad de México, allí o en cualquier otra ciudad del país, que los miedos que sentía antes de llegar desaparecen o parecen nunca haber existido. Es que en México, especialmente en su capital, me siento en casa.

¿Por qué esa seguridad? ¿Por qué ese sentido de pertenencia? Creo que se deben al profundo y viejo amor que siento por ese país. Recuerdo que cuando era niño un conocido de la familia anunció que iba para México y yo, carifrescamente y para vergüenza de mi madre, le pedí que me trajera de su viaje un sombrero de los que veía en las películas mexicana de las cuales ya era fanático. Recuerdo – ahora para vergüenza mía – que especifiqué que el sombrero de charro que quería debía ser rojo y con bordados dorados, cuando los que veía en las películas eran unánimemente oscuros y plateados. (Eran películas en blanco y negro…) 

Desde entonces, el cine y la cultura mexicana en general marcaron mi vida para siempre. Y aunque cuando estaba en la escuela graduada escogí un tema cubano para mi tesis doctoral por el impacto que había sentido por la Revolución, poco a poco el mundo cultural mexicano, especialmente su literatura y sus artes visuales, fueron desplazando mi atención de la cultura de la otra ala del mítico pájaro caribeño que imaginó doña Lola, aunque jamás he olvidado por completo ese país que también he adoptado. Por ello y sin darme plena cuenta – lo hago con total naturalidad, como si fuera el destino, y no yo, que lo decidiera –, casi todos mis viajes tienden a tener como meta tierras mexicanas.

En México trato de llenar mis maletas de libros. (De cuando en vez y de vez en cuando cae en ellas un grabado.) Cuando regreso a casa estos sirven para hacerme sentir que sigo allá, que estoy todavía en la Ciudad de México. Aunque mis lecturas no son exclusivamente mexicanas, muchos de los libros que leo son de escritores de ese país o sobre temas relacionados al mismo. Hasta me he atrevido escribir sobre la poesía mexicana y, más arriesgado aún, me he atrevido a dictar cursos sobre la materia. 

Por ello el aburrimiento de estas fiestas navideña – la misantropía no me permite ser amante de la navidad; al contrario, la detesto como un buen Scrooge antillano – lo he llenado en parte con la lectura de El vértigo horizontal: Una ciudad llamada México (México, Anagrama y Almadía Ediciones S.A., 2018) de Juan Villoro. El libro viene con un excelente prólogo del sociólogo argentino/mexicano Néstor García Canclini, experto en ciudades posmodernas; recordemos que la de México le ha servido de arquetipo para definir y explorar esa categoría. 

Por momentos pienso que mi necesidad de ignorar las fiestas navideña pasadas en solitario me hizo apegarme fuertemente al texto de Villoro. Pero sé que este dato autobiográfico es accidental, periférico; sé que la alta calidad del texto fue lo que me hizo leerlo devotamente y lo que me hace redactar esta breve nota que espero sirva, además de para reconocer su valía, para llevar al libro a cualquier lectora que se interese por México o a cualquier lector que se interese por el género de la crónica. Curiosamente, este aparece en una colección llamada “Narrativa”, lo que falsea su naturaleza ya que es claramente crónica. El autor así lo establece al declararse en sus páginas “cronista urbano” (314).

Aunque en el libro no se dice, no cabe duda de que muchos de los textos que lo componen fueron publicados anteriormente en revistas o periódicos. En varias ocasiones Villoro menciona su trabajo como periodística y hace referencias directas al cumplimiento de esa labor con la entrega de textos para publicación en esos medios. El libro, como el mismo autor lo declara, trata de recoger imágenes diversas y amplias de esa ciudad que crece y se expande, no vertical por temor a los sismos, sino horizontalmente: de ahí el título. Pero el libro no pretender abarcarla toda. “La Ciudad de México es una enciclopedia inagotable” (401), declara Villoro y su declaración recuerda las imágenes de las ciudades invisibles de Calvino y la de las bibliotecas infinitas de Borges. 

El vértigo horizontal… ofrece cuadros de personajes que pueblan la ciudad, personajes genéricos o individuales, de su pasado, de los problemas que la consumen – el texto sobre los niños de la calle es conmovedor –, de sus altibajos políticos, de la vida cotidiana en la ciudad – por ello el libro abre con un mapa del metro –, de obras de arte escondidas, entre muchas más escenas citadinas. (En mi próximo viaje a la Ciudad de México, sea como sea, tengo que ir a la sacristía de la iglesia de Santo Domingo a ver el cuadro de Cristóbal de Villalpando que allí se guarda casi escondido y que Villoro califica como la obra maestra de este gran pintor barroco.)  El libro tiene crónicas breves, casi viñetas. Y también incluye textos amplios donde se explora en más detalle una temática y una cara de la ciudad. En uno que está marcado por el empleo de la narración y que es de los más logrados, Villoro presenta un excelente cuadro de los problemas del racismo y las diferencias de clase a través de un conmovedor relato de su juventud. Otro de los textos más efectivos del libro es su retrato de Heberto Castillo, una figura de gran importancia en la transformación de la izquierda mexicana. Por todo ello, la lectura de El vértigo horizontal… es casi el equivalente a un viaje a esa ciudad; pero no llega – por suerte y por necesidad – a ser su sustituto. Pero quien no la conozca podrá tener una idea muy acertada y precisa de la Ciudad de México por su lectura. 

Es que Villoro cabe perfectamente bien en una larga tradición de escritores mexicanos que recrean su capital. Esa tradición se remonta a Bernardo de Balbuena y su Grandeza mexicana (1604) y más recientemente tiene como grandes exponentes a Salvador Novo y Carlos Monsiváis. A este último Villoro lo cita frecuentemente; también cita con frecuencia a José Emilio Pacheco, otro cronista de la capital mexicana. Y es que de estos dos escritores Villoro aprendió mucho y su libro se puede entender, en parte, como una relectura de la obra de estos, de quienes aprendió – me atrevo a decir – a combinar la erudición y la cultura popular para hacerlas bases de excelentes textos donde la erudición y la etnografía se dan la mano.

Como Pacheco y Monsiváis, Villoro ofrece una visión optimista de la Ciudad de México. Esto no quiere decir que deje de ver los serios problemas que la afectan. Los de carácter ecológico y político son los que más frecuentemente trata en estos textos, donde, como buen cronista, también introduce elementos autobiográficos. Villoro, quien nació en una familia de intelectuales de clase media, emplea elementos autobiográficos para retratar una ciudad que tiene muchos paralelismos con la que se presenta en Roma (2018), la aclamada película de Alfonso Cuarón. Los paralelismos son tantos y tan marcados que creo ameritarían un estudio detallado, aunque hay que apuntar de inmediato que la imagen de la ciudad que ofrecen las crónicas de Villoro es mucho más amplia y detallada que la de la película de Cuarón. También hay que apuntar que Villoro se desplaza en la historia de la ciudad y Cuarón se centra en un momento específico. Además, el cronista se centra en personajes reales y no en entes de ficción, aunque estos también puedan encubrir y encubren a gente de carne y hueso. Y los personajes en los que Villoro centra su atención pueden ser genéricos o individuales. Por ello una de las crónicas del libro tiene como protagonista a Paquita la del Barrio, la popular cantante que denuncia muy agresivamente con sus canciones el rampante machismo nacional. Paquita le sirve también para presentar una zona específica de la ciudad y sus habitantes. Villoro nos da el nombre completo de la cantante, Francisca Viveros Barradas. El revelador dato me llevó a adoptarla como pariente lejana. (¡Ya quisiera yo que así fuera!)

Son diversos los barrios y colonias que Villoro presenta en sus crónicas. Uno de los mejor retratado es Tepito, el centro de la piratería comercial y, por ende, un barrio conocido como peligroso, muy peligroso. Eruditamente Villoro nos aclara que el término mexicano para la mercancía pirateada, fayuca, es de origen egipcio. ¿Habrá llegado a México con la emigración de libaneses? Sea como sea, la erudición aquí está, otra vez más, al servicio de la exaltación de la cultura popular.  

A Tepito he ido en tres ocasiones y por distintas razones, dos de ellas para ver obras de arte que allí se encuentran; el tercero fue por error: me bajé en una estación del metro equivocada y me perdí en un laberinto de puesto donde se hallaba de todo a la venta. Con la ayuda de una amable vendedora salí al Zócalo que estaba a unos pasos, aunque no me daba cuenta de ello por tantas carpas, tantos gritos que ofrecían videos, cedés y carteras, todos pirateados. 

Es increíble, pero en este barrio hay un mercado, el Abelardo L. Rodríguez, decorado, entre otras obras, con murales escultóricos del gran maestro Isamu Noguchi, el famoso artista estadounidense de origen japonés y uno de los escultores más importantes del siglo xx. Los hizo temprano es su carrera y en solidaridad con los artistas mexicanos y su pueblo. Estos son un tesoro casi desconocido por muchos y por el cual me aventuré a adentrarme en este temido barrio. Pero el cuadro de Tepito que nos presenta Villoro es atrayente y, por ello, me tienta a aventurarme en otra excursión o a volver a perderme en su laberinto de puestos de fayuca.  

Aún cuando Villoro se centra en personajes genéricos o en amplios cuadros de colonias de la ciudad, el retrato que nos ofrece es muy real y sirve para crear una imagen abarcadora de la capital. Esa combinación entre lo personal y lo social se entiende cuando recordamos que Villoro supedita los ciudadanos a la ciudad. Por ello establece la hegemonía de esta y categóricamente dice que “…la ciudad no nos pertenece; nosotros le pertenecemos” (400). Los chilangos pertenecen a Chilangópolis. 

¿Y los visitantes? No me refiero a los turistas que no aparecen en todo este libro de 405 páginas; me refiero a nosotros, los que vamos a observar y a prender de la ciudad y sus ciudadanos. Según Villoro también pertenecemos a ella: el “…que acaba de llegar … ya es de aquí…” (405). Esa declaración en la última página me llenó de júbilo y coronó mi lectura del libro porque me hizo sentir ciudadano de ese universo casi infinito que es la Ciudad de México. ¡Chilango soy y no lo sabía! Chilangos somos aún aquellos que no nacimos ni vivimos en Ciudad de México y no conocemos esa inmensa ciudad perfectamente bien, pero que la amamos y tratamos de conocerla mejor. 

Este hermoso libro de crónicas de Juan Villoro me ayudó a conocer mejor esta ciudad a la que pertenecía sin saberlo y a darme cuenta de por qué la quiero tanto.   

De la pantalla a NetFlix: The Two Popes y Marriage Story

Los dos Papas

Por María Cristin/En Rojo 

Tanto The Two Popes y Marriage Story se presentaron en los Fine Arts Cinemas y después de par de semanas también estaban disponibles en NetFlix. Esta accesibilidad hizo que ambos filmes tuvieran miles de espectadores y que se volvieran puntos de discusión a nivel personal y por internet: todo el mundo podía tener una opinión con argumentos contundentes porque los habían visto y si tenían dudas, podían verlos nuevamente sin problemas.

The Two Popes

Director: Fernando Meirelles; guionista: Anthony McCarten; cinematógrafo: César Charlone; elenco: Jonathan Pryce, Anthony Hopkins, Juan Minujín, Luis Gnecco, Cristina Banegas, María Ucedo, Germán de Silva, Lisando Fiks, Sofía Cessak.

Lo que parecía ser un diálogo entre dos papas con visiones diferentes de lo que debe ser la misión de la todavía muy poderosa Iglesia Católica, resulta en un excelente filme que sí contiene esas dos visiones pero que también nos ubica en el tiempo tempestuoso del pasado y presente del entonces cardenal Jorge Bergoglio y ahora Papa Francisco. La escenografía detallada de cada habitación y sala que ocupan el Papa Benedicto y el cardenal argentino y los lugares donde se reúnen todos los cardenales para celebrar el cónclave que selecciona al próximo Papa con información minuciosa del ritual, crea el ambiente perfecto para ubicar este intercambio de ideas. Y es esto precisamente lo que mueve la conversación filosófica de nuestra visión del mundo.

Aunque en los intercambios filosóficos entre Ratzinger y Bergoglio, los dos comparten el escenario, los pensamientos, preocupaciones y vida pasada que incluye el filme son del protagonista de la historia, el Arzobispo de Buenos Aires y cabeza de la Orden Jesuita durante la dictadura y guerra sucia de 1976 a 1981. Aunque la tardía conversión de Bergoglio (21 años después de tener su grado en tecnología química) y su ordenación como sacerdote a los 33 años lo hace el candidato más distante de llegar al Vaticano, es precisamente su conexión con el pueblo y no con la jerarquía eclesiástica lo que lo acerca a la Teología de la Liberación, movimiento que tanto Juan Pablo II como Benedicto condenaban enérgicamente. Los dos Papas no deja que quede al margen el gran error de Bergoglio de poner en peligro la vida de sacerdotes y Jesuitas (como Orlando Yorio y Francisco Jalics), defensores de los pobres y perseguidos, en su tolerancia y silencio de las atrocidades cometidas por el aparato militar bajo el mando de Jorge Videla.

Como es de esperarse, las actuaciones son de primera (tanto Jonathan Pryce como Anthony Hopkins fueron nominados para los Golden Globes) y tanto el guión (Anthony McCarten también nominado) como la dirección de Fernando Meirelles (Cidade de Deus y The Constant Gardener) hacen de este filme uno de los mejores de 2019. Para los que vieron o no el excelente documental de Wim Wenders Pope Francis: A Man of His Word (2018), lo recomiendo como la secuela de Los dos Papas ya que nos da su pensamiento basado en su larga experiencia de estar en contacto con el pueblo—y no apartado y protegido en la sede del

Vaticano—y su extenso conocimiento en la ciencia, enseñanza universitaria de literatura y psicología y su compasión por todos los seres humanos de este planeta

Marriage Story

Director y guionista: Noah Baumbach; cinematógrafo: Robbie Ryan; elenco: Adam Driver, Scarlett Johansson, Azhy Robertson, Laura Dern, Ray Liotta, Alan Alda, Julie Hagerty, Merritt Wever, Wallace Shawn, Mickey Sumner.

Aunque hay referentes más obvios para ubicar Marriage Story, es el filme de Ingmar Bergman, Escenas de un matrimonio (1974) el que mejor recoge los sentimientos encontrados cuando una relación se disuelve. La intimidad que presenta la historia dirigida y escrita por Noah Baumbach indaga en el amor, amistad, admiración y distanciamiento de una pareja, Charlie y Nicole, que se admiran mutuamente, se siguen amando, pero no pueden ver su futuro juntos. La razón es primordialmente porque mientras Charlie evoluciona en su profesión—en este caso dramaturgo—Nicole siente que solo tiene espacio para interpretar los personajes que él crea para ella. Y como tan extraordinariamente relata Doris Lessing en su cuento “To Room Nineteen”, la mujer puede convencerse que pone en pausa su carrera para tener y criar sus hijos y que esto no afecta su progreso profesional, pero la realidad es que quien se detiene, quien no evoluciona, quien asume toda la responsabilidad del crecimiento de los hijos es ella. ¿Cómo recuperar ese tiempo detenido/perdido sin romper la relación que lo provocó?

Cada personaje tiene su espacio para casi hacer un soliloquio que nos presente su visión de la situación (recordemos lo que Woody Allen logró en Annie Hall en 1977), además de breves y sustanciales intercambios de Nicole con su madre Sandra, hermana Cassie y abogada Nora Fanshaw y Charlie con sus dos abogados, Bert Spitz y Jay Marotta. Son precisamente los expertos en las negociaciones de separación de parejas—interpretados por Laura Dern (ganadora del Globe por Mejor Actora de reparto), Alan Alda y Ray Liotta—los que ocupan el centro de atención y los que demuestran que por más sentimiento que haya en una relación, es ante todo un contrato legal. Y aunque la separación puede provocar resentimiento y, por supuesto, mucho dolor, siempre hay maneras de reiniciar una vida con esas experiencias y las nuevas por crear. Y esto es precisamente lo que nos presenta Marriage Story donde todo lo bueno que hubo en la relación nunca se pierde y nos hace más fuertes.

Aunque Laura Dern fue la única ganadora de los Golden Globes como Mejor Actora de Reparto, las nominaciones por Mejor Película en Drama, Guión, Música, Actora en Drama (Scarlett Johansson) y Actor en Drama (Adam Driver) son muy merecidos. Y en referencia a estas primeras premiaciones del Círculo de Críticos de la Prensa Extranjera (5 de enero), celebro los comentarios cómico-cínicos de Ricky Gervais, la informalidad de las presentaciones y el espacio para que Russell Crowe/Jennifer Aniston, Joaquin Phoenix y Laura Dern expresaran su tristeza y preocupación por el ambiente al denunciar el cambio climático producido velozmente por la intervención humana como lo atestiguan los fuegos incontrolables en Australia que han destruido millones de fauna y flora. Pero los dos discursos más directos lo hicieron dos mujeres: Patricia Arquette que condenó la guerra que un mal llamado presidente puede provocar por sus decisiones irracionales; y Michelle Williams que desde un plano personal instó a todas las mujeres, de 18 a 98, a defender el derecho de escoger qué hacer con su propio cuerpo y votar por las personas que defienden ese derecho.