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Costo económico de los terremotos

Foto Gabriel Soto

Por Cándida Cotto / Claridad

ccotto@claridadpuertorico.com

La actividad sísmica que ha vivido el país -desde el 28 de diciembre hasta el presente -ha dejado daños en la infraestructura por $160 millones, y una pérdida en el producto interno bruto (PIB) por $1,196 millones para un total preliminar en costos de $1,356 millones, de acuerdo a un estudio del economista José I. Alameda Lozada. 

Para el estimado preliminar de los costos, Alameda Lozada utilizó los criterios del Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS, siglas en inglés) respecto al estimado de las probabilidades de sismos durante los próximos15 días, un estimado del consumo y la generación de la energía eléctrica y los daños estimados en la infraestructura, el PIB, horas trabajadas, los empleos (a tiempo completo) y otras variantes. 

Los escenarios del USGS

El USGS creó tres modelos de lo que pudiese ocurrir desde el 11 de enero hasta 11 de febrero de 2020. Según el USGS sólo ocurrirá uno de estos escenarios. Los sismos en estos escenarios pueden ocurrir en el área aledaña a donde las réplicas están ocurriendo actualmente. Indistintamente del escenario, los temblores continuarán posiblemente por días, meses, o hasta por años. No es muy probable que las réplicas dejen de ocurrir durante el próximo mes. 

El escenario uno (el más probable) tiene un 75 por ciento de probabilidad durante los próximos 30 días. En este escenario lo más probable es que las réplicas continúen disminuyendo su frecuencia durante los próximos 30 días, y que no ocurran más terremotos similares al de 6.4 que ocurrió el siete de enero de 2020 (es decir, pueden ser de magnitud 6.0 o menos). Algunas de estas réplicas de magnitud moderada (M 5.0+) podrían causar daños locales, especialmente en estructuras débiles. Los temblores de magnitud menor (M 3.0+) que ocurran en una profundidad llana podrán ser sentidos por personas que estén cerca al epicentro. 

El escenario dos (el menos probable) tiene un 22 por ciento de probabilidad en los próximos 30 días. Es menos probable que ocurra un terremoto de la misma magnitud que el de 6.4. Esto se conoce como un “doblete”, cuando dos sismos fuertes de similar magnitud ocurren en tiempo y lugar cercano. Este sismo pudiese causar daños adicionales en la misma región y aumentaría la cantidad de réplicas. 

El tercer escenario (poco probable): tiene un tres por ciento de probabilidad en los próximos 30 días. Este escenario tiene mucho menos probabilidad, en comparación a los demás escenarios, es que los recientes terremotos pudiesen provocar un sismo mucho más fuerte que el de magnitud 6.4 que ocurrió el 7 de enero de 2020 (magnitud de 7.0 o más). Aunque la probabilidad de este escenario es poca.

Los estimados del consumo de energía. Se estimó que sin terremotos la generación bruta de la Autoridad de Energía Eléctrica (AEE) fuese 1,540 millones de kilovatio hora (kvh), lo que genera en un consumo-venta- de 1,340 millones kvh. Con los terremotos se estimó una generación bruta de 770 millones de kvh y un consumo -venta- de 670 millones de kvh. Esto significa que la AEE podría perder ingresos brutos por $147.4 millones (lo que es igual a 670mkvh x 0.22) por mes. 

Los efectos en la infraestructura

Los daños a la Planta Costa Azul, se calcularon en $50 millones. Mientras los efectos sobre los negocios, vivienda, comunicaciones y otros se estimaron en pérdidas de $110 millones. Esto representa un total preliminar en pérdidas hasta el 12 de enero de $160 millones. 

La pérdida en el PIB

 Para medir la pérdida en el PIB por la falta de energía se tomaron los siguientes supuestos: El valor del PIB por día se estimó en $276,00 millones (lo equivalente a $100,82 millones por 365 días). De estos el PIB privado por día es de es $258.5 millones y el PIB del gobierno es $17.64 millones. Si suponemos que el 65% de ese PIB se pierde por día, bajo el supuesto de un 100% sin energía eléctrica, el efecto directo por 15 días (o sea, desde el 7 de enero a 20 de enero 2020) es de una pérdida del PIB de $1,196 millones. 

El efecto en los empleos

Se calcula que en estos 15 días la pérdida en horas laborales será de 22,279,031. Esto equivale a 304, 358 empleados (equivalentes a tiempo completo). Esto a su vez es igual al 30.8% del total de empleos. El total de empleados es de 987,000. Alameda Lozada repara que esto no quiere decir que las personas perdieron el empleo pero si horas laborales. 

En resumen sobre los efectos directos en el campo laboral, el economista identificó que en el sector privado se afectaron 244,176 empleos y en el sector público 60,182 empleos. Entre ambos el efecto en nómina -dejado de recibir- fue de $8,230 millones (un 31.2% del total). 

Alameda Lozada tomó en consideración además la experiencia internacional en la medición de daños económicos causados por estos eventos naturales para lo cual se suele dividir por un lado el daño a la infraestructura que debe ser reconstruida y por otro en el efecto que pueda tener sobre la capacidad productiva de un país. Trae el ejemplo del del terremoto de Chile en el 2010, se calculó que el terremoto generó pérdidas económicas por $ 24 mil millones,monto que equivale al 12% del PBI chileno. 

La otra experiencia que trae a la consideración es el terremoto que golpeó la región de Zichuan, en China en mayo del 2008 y que dejo 87,150 muertos y casi cinco millones de desplazados. Según los estimados, el golpe a la economía china llegó a los $ 137, 500 millones, poco menos del 4% de su PBI total. 

Una experiencia más cercana lo es el terremoto en Haití, de 7.3 y del cual en este mes de enero se cumplen 10 años. Este provocó la muerte de entre 200 mil a 250 mil personas el 2% de la población total de 10 millones de hermanos haitianos. El Banco Interamericano de Desarrollo estimó que los daños a la economía de Haití en $8.5 billones de dólares. 

Editorial: La alborada del nuevo siglo puertorriqueño

“Guánica ha quedado como si hubiese sido bombardeado”. Con esta frase, una residente de dicho pueblo describió la realidad de lo que se vive hoy en la zona suroeste de Puerto Rico, tras dos semanas desde que una implacable secuencia de temblores sacude los pueblos que transcurren desde Guánica hasta Ponce, que incluyen a Yauco, Guayanilla y Peñuelas.  El desplome de estructuras ha sido masivo. Miles de puertorriqueños y puertorriqueñas han perdido sus hogares y sus empleos, y tampoco abundan los lugares seguros donde refugiarse. El daño ha sido indiscriminado y abarca la zona completa, dejando al descubierto la fragilidad e improvisación de nuestras construcciones y la ausencia del mantenimiento adecuado que requieren las edificaciones para ser seguras. El ánimo general es de aturdimiento y desamparo en una población que todavía no se recupera del impacto y destrucción ocasionados por el huracán María hace dos años. 

Cuatro generaciones de puertorriqueños y puertorriqueñas desconocían lo que es sufrir en carne propia el poder destructor de un terremoto de gran magnitud, o de un huracán de categoría 5. Por un siglo habíamos sorteado los peores pronósticos y  amenazas, hasta que la naturaleza se encargó de recordarnos que estamos en El Caribe- el mismísimo corredor de los huracanes- y que nuestra Isla se asienta sobre fallas geológicas profundas que, de  tiempo en tiempo, se mueven y nos estremecen.  

Cuando en el año 1918, los pueblos de la costa oeste y noroeste sufrieron un gran terremoto de magnitud 7, y un subsiguiente maremoto, Puerto Rico era una isla en condiciones de pobreza extrema, con una población en general poco educada y de escasos recursos, y una metrópoli que acababa de imponernos la ciudadanía estadounidense bajo la Ley Jones como máxima ley de nuestro país. Similares condiciones aún prevalecían diez años después, cuando el huracán San Felipe- de categoría 5- atravesó Puerto Rico en 1928 causando cuantiosos daños y afectando gravemente la economía y la vida de nuestro pueblo. En ese tiempo, la meteorología y la sismología no eran las ciencias que son hoy, ni contaban con los conocimientos, instrumentos y tecnología que les permitiera describir, pronosticar y explicar estos fenómenos a una población asustada y dispersa. Tampoco se contaba con la infraestructura ni las comunicaciones desarrolladas que hay ahora, ni con la cantidad y variedad de organizaciones que brindan ayuda y servicios en desastres, ni con el enjambre de redes sociales que permiten allegar recursos y ampliar los reclamos de la gente. El pueblo puertorriqueño de entonces tuvo que echar mano de sus recursos menguados, y con su propio esfuerzo levantarse y reconstruir. Así se hizo, y las fotos y relatos de la época atestiguan la labor de reconstrucción realizada. El reconstruir sus hogares y restaurar iglesias y otros edificios emblemáticos que habían sido afectados, generó un gran orgullo entre una población que se adentró en el siglo veinte con renovada esperanza. 

Repasar la experiencia del siglo pasado es muy pertinente para obtener lecciones que necesitamos en el presente, cuando aún estamos aturdidos por la realidad de que nuestra tierra sigue temblando, luego de dos semanas consecutivas, y de que no hay certeza científica ni respuestas firmes sobre cuando dejará de temblar. Hurgar en el pasado es muy pertinente también para descubrir las claves que permitieron a nuestra población de entonces sobrevivir y reponerse de tan enormes catástrofes. 

Los temblores del suroeste de principios del año 2020 son los peores ocurridos en Puerto Rico en más de 100 años, pero también ha cambiado mucho el contexto que los rodea. Contamos con muchos más recursos, sobre todo con una población educada, una sociedad desarrollada, instituciones más sólidas, y una comunidad de científicos y expertos de todo tipo disponibles para acompañar a nuestra gente en su proceso de reconstrucción material y anímica. 

Como siempre lo ha hecho, nuestro pueblo se levantará. No podemos aceptar que nadie nos diga que el suroeste de Puerto Rico está a merced de un individuo como Donald Trump, presidente de turno de la metrópoli estadounidense. Eso sería un golpe demasiado bajo a la moral y al espíritu de nuestro pueblo. Si Donald Trump o el Congreso de Estados Unidos quieren ayudar a Puerto Rico en este momento, que lo hagan sin miramientos ni súplicas. Si los miembros de la Junta de Control Fiscal – que operan aquí y ven lo que está pasando- quieren cargar con la responsabilidad por responder a los buitres multimillonarios por encima de la necesidad apremiante de nuestro pueblo, allá ellos y ellas. Como quiera, el pueblo puertorriqueño se recuperará, aunque le tome muchos años. 

Tampoco debemos permitir la falsa narrativa de que los sectores de menos recursos son los culpables de haber perdido los hogares que construyeron con esfuerzo. Los temblores no  solo  han afectado las despectivamente llamadas construcciones informales. Decenas de edificios comerciales, facilidades deportivas y de salud,  carreteras, hoteles y viviendas de nueva construcción- construcción en la que mediaron planos, especificaciones, certificaciones profesionales y permisos- también se han venido abajo. Y lo que es peor, se han venido abajo escuelas, residenciales públicos y edificios gubernamentales de todo tipo, en cuya construcción se supone que se hayan aplicado los estándares de calidad y seguridad más rigurosos, porque albergan a cientos de personas  y costaron millones de dólares del pueblo de Puerto Rico. 

La fase aguda de los temblores habrá de concluir en algún momento cercano porque ese es el orden natural, según han explicado los expertos. Igualmente, concluirán la emergencia y las acciones de socorro inmediato para sus víctimas más necesitadas. A partir de ese momento, comenzará el verdadero nuevo siglo de la vida puertorriqueña; el siglo en el que un pueblo harto de mentiras y humillaciones le ofrezca una lección magistral de lucha, resistencia y voluntad a toda la humanidad

Con daños severos la Catedral de Ponce

Por Ángeles R. Rodríguez Negrón/Especial para CLARIDAD

El terremoto con magnitud de 6.6 en la escala Richter del pasado martes, 7 de enero, dejó al suroeste y partes del centro de la isla en ruinas, tan temprano como a las 4:28 de la madrugada. Miles de familias boricuas pernoctan bajo las estrellas, en sus carros o en refugios del gobierno porque lo perdieron todo o por miedo a que otro sismo cobre sus vidas mientras duermen. 

No obstante, existen otras víctimas que igualmente sufrieron y no sobrevivieron la devastación de los movimientos telúricos: las edificaciones históricas. Una de ellas fue la Catedral Nuestra Señora de la Guadalupe en la Plaza de las Delicias de Ponce. 

Entrar al templo —declarado catedral en 1924— causa asombro, pena y temor. A pesar de que la iglesia ponceña de 101 años no sufrió gravemente en comparación con la ahora destruida Parroquia Inmaculada Concepción en Guayanilla, las imágenes de la catedral divulgadas por las redes entristecieron los corazones de ponceños y ponceñas. 

“Recomiendan que por seguridad y por prudencia no se utilice el templo parroquial hasta nuevo aviso”, expresó el Padre Arturo Ramos Ramos. También permanecerán vacías todas las Iglesias en la Diócesis de Ponce, puesto a que el Obispo Rubén González Medina ordenó el pasado sábado, 11 de enero, que las misas diarias deben celebrarse a la intemperie para salvaguardar las vidas de la feligresía. También desautorizó las misas nocturnas. 

Actualmente, las celebraciones religiosas que se llevaban a cabo en la catedral se realizan los sábados a las 4:00 p. m. y los domingos a las 8:30 y 11:00 de la mañana; luego, a las 4:00 p.m. en la cancha del seminario Regina Cleri.

Templo de los escombros 

Catedral por dentro. foto Angeles Rodríguez

Las afueras de la catedral tienen algunas grietas profundas, una cúpula afectada y un adorno desprendido. No obstante, al entrar por la sacristía, el polvo incomoda la nariz. Ese cuarto oscuro está intacto, pero, por el momento, sirve como almacén. Al cruzar la puerta hacia el altar, se nota de un vistazo todo el daño que ocasionó aquella sacudida que traumó a toda una nación. 

La sobrecúpula se rajó, dejando caer pedazos de empañetado por el altar, y una imagen de San José parece haberse despegado de su posición original. Desde allí, la vista de la iglesia es de una penumbra, que no inspira oración. En lugar de encontrar a una audiencia de feligreses alabando al dios cristiano, se encuentran pedazos del techo sentados en los bancos. Los pasos de los visitantes de aquella triste escena hicieron un eco lúgubre, uno que resonaba con la situación actual del país. 

El ingeniero estructural José García Villamil fotografiaba con su teléfono las curvaturas heridas de los vitrales, mientras caminaba sobre el piso lleno de escombros de adobe. “Los arcos tienen unas varillas. Ya ese refuerzo está inservible, porque esto [la construcción] fue en un tiempo que se utilizaba la arena de playa. Es una arena que no está procesada, y esos minerales entran en reacción con el acero y lo oxida… Es un peligro para las personas que estarían [adentro]”, explicó el experto de la Comisión de Terremotos del Colegio de Ingenieros. 

Otros monumentos históricos del casco urbano de Ponce también están severamente perjudicados, como el edificio Moscoso Hermano & Co., sede de oficinas municipales; la Iglesia Nuevo Testamento de Ponce, antes el Doral Bank; la Casa Vives y una estructura en la calle Villa, esquina Méndez Vigo, propiedad de Damaris Medina.

Estos edificios no cumplen con los códigos de construcción modernos por su construcción en ladrillos, la tecnología de antaño. “Estos movimientos han sido tan bruscos que han agrietado las paredes en la parte de arriba. Se ha ido prácticamente toda [la pared], pero hay que ver si el edificio puede estar en uso”, mencionó Medina. La propietaria de la edificación de 1908 estimó que tendrá que incurrir en algunos $100,000 para repararla. 

Es necesario arreglar la iglesia

Foto: Angeles Rodríguez

El templo original del siglo XVII (1670-1820) fue demolido y reconstruido desde el 1931 al 1937, a cargo de los arquitectos Fernando Gardón y Francisco Porrata, luego de su colapso por el terremoto de San Fermín de 1918. 

Aunque en esta ocasión la magnitud del sismo fue menor a 7.3 y no causó un maremoto mortal de 18 pies de altura, el segundo temblor más fuerte en la historia moderna de Puerto Rico provocó que, por segunda vez, la parroquia necesite rehabilitarse. 

García Villamil opinó que lo más viable sería utilizar encofrados o moldes de fibras de carbón o de planchas de acero para sujetar las estructuras. Igualmente, estimó que la realización de un análisis profundo estructural podría tomar algunos dos meses, y el proceso de rehabilitación, entre uno y cinco años. Esto último depende de la gravedad de los daños que sufrió la edificación sagrada, el método de reparación y del ritmo en que se trabaje el proyecto.

El también profesor de Ingeniería de Caribbean University en Ponce recalcó que, en caso de que la evaluación proponga una demolición de la iglesia, la intervención de agencias gubernamentales, como la Oficina Estatal de Conservación Histórica (OECH), podrían atrasar el proceso de restauración. La Catedral de Ponce pertenece al Registro Nacional de Lugares Históricos desde 1985.

La catedral permanece en pie gracias a sus columnas, con forma de trébol de tres hojas. Las tres juntas logran un buen equilibrio, que crea compresión entre ellas. “Si la carga sísmica viene de norte a sur, pues entra en función una columna; si entra de este a oeste, entra otra, y así sucesivamente”, aclaró García Villamil. Sin embargo, si un temblor provoca que el templo brinque, es muy probable que los pilares no resistan el golpe.

A pesar de que el profesional entiende la necesidad de preservar y proteger arquitecturas históricas, el ingeniero abogó por la seguridad estructural. “Está bien que queramos conservar algo, pero, si vamos a tener personas en riesgo, pues seamos un poco flexibles. Vamos a buscar más opciones. Se puede rehabilitar, pero no va a ser idéntico al original; va a tener el toque de nuestra época con nuevos materiales’, comentó. 

No cabe duda de que permanecer dentro de la icónica parroquia es peligroso. Luego del recorrido evaluativo de los interiores, García Villamil se reunió con el padre Ramos y otros feligreses de confianza. El reverendo le preguntó al experto: “¿Se podrá usar la catedral?” Cayó un peñón del techo y los presentes quedaron perplejos ante el “no” rotundo. La señal fue más que evidente. 

Solidaridad frente a la pequeñez

Por Manuel de J. González /CLARIDAD

En un artículo que escribí el 5 de enero de 2020 (que sólo circuló en la página web de Claridad) decía que en los once meses que faltan para las elecciones generales de 2020 ocurrirán muchas cosas que definitivamente impactarán el resultado electoral. Al escribir esa línea estaba pensando en eventos políticos y no en fenómenos naturales, pero al día siguiente la naturaleza se impuso y comenzaron las sacudidas telúricas que aún no terminan. La región suroeste de nuestro país ha quedado devastada, cientos de familias han perdido sus casas, miles pasan sus días a la intemperie, la economía se detuvo y la ansiedad de todo el pueblo luce desbordada porque toda la isla tiembla. 

Aun cuando, a diferencia del último huracán, sólo el sur y el suroeste están seriamente afectados por los terremotos, el impacto socioeconómico y emocional es en todo el país. En primer lugar, porque toda la isla se quedó sin electricidad luego del gran terremoto del 7 de enero y, en segundo lugar, porque los temblores, con menor o mayor intensidad, los sentimos todos. Pero los elementos que con mayor claridad unen la experiencia de ahora con la que vivimos posterior al huracán María, son la pasmosa incompetencia del gobierno puertorriqueño y el desdén que llega desde el Washington imperial. En ese crucial renglón, enero de 2020 se parece mucho a septiembre de 2017. 

En esta ocasión no está “Ricky” en Fortaleza ni tampoco “Bea”. Tampoco andan en constante media tour los funcionarios de la corte del gobernador, pero observamos el mismo desapego gubernamental que arropó a Puerto Rico después del 20 de septiembre de 2017. Tal como en aquella ocasión la estructura gubernamental apenas existe, salvo la de los alcaldes, y la gente tiene que resolvérselas como pueda. Durante los primeros cinco días posteriores al terremoto miles de personas pernoctaron a cielo abierto sin servicios sanitarios, sin atención médica y con la poca alimentación que ellos y el alcalde del pueblo podían conseguir. Como ocurrió hace tres años, el gobierno central luce ausente mientras las necesidades aumentan y la gente ocupa fincas para seguir viviendo de “camping”.

A pesar de la enorme cifra en millones de dólares que anualmente se gasta en asesores de todo tipo y los miles de contratos que se reparten para “consultaría estratégica”, ni en los municipios ni mucho menos en el gobierno central existía un plan que facilitara una respuesta organizada a la tragedia. Se respondió tarde, de forma improvisada y caótica. En 2017, esa misma ausencia de planes y la similar respuesta desorganizada y caótica, terminó provocando más de tres mil muertes. En 2020 aún desconocemos cuáles serán las consecuencias, pero el caos de tiendas de campaña y toldos que se observa en cada espacio descubierto de los municipios del suroeste, anuncia dificultades. 

A esta nueva tragedia se añade un elemento que, aunque existió, no se manifestó con la misma crudeza en 2017: la politiquería. Por ser año electoral, los funcionarios del Gobierno se han lanzado como fieras a aprovechar el ambiente y los resultados superan lo patético. La foto de los líderes legislativos junto a la gobernadora Vázquez, caminando pegaditos y vestidos de azul por una calle de Guánica parece una escena cómica, pero no lo es. Tampoco causa gracia que la comisionada residente Jennifer González, junto al alcalde de Bayamón, se apropien de los suministros que aportó la gente para repartirlos en bolsas con logos de campaña.

Pero lo que colmó la copa fue lo que ya quedó bautizado como el “debate de las letrinas”, iniciado por la gobernadora de ocasión Wanda Vázquez, quien creyó ver en la tragedia un filón para proyectarse como “líder” de cara a su primera experiencia electoral. Como la alcaldesa de San Juan ha sido criticada por insistir en celebrar las fiestas de la calle San Sebastián, Vázquez quiso sacarle partido a la controversia, pero escogió un tema muy pobre: el de las letrinas que se usarán durante el evento.  “Los baños, alcaldesa, los necesito para los refugiados”, dijo Vázquez ante periodistas nacionales y extranjeros, como si se tratara de un asunto de estado. Ni siquiera provocando ese debate mal oliente la pegó porque a minutos de su declaración una de las empresas que ofrece el servicio de letrinas advirtió que tenía cientos disponibles y que las de la alcaldesa de San Juan no eran necesarias. El debate de las letrinas no llegó a mucho, pero quedará como evidencia de la pobreza del actual liderato gubernamental y del afán politiquero en medio de la tragedia. 

En cuanto a la respuesta de nuestro otro gobierno, el metropolitano, el que retiene todo el poder sobre nosotros, no hay nada que informar. A veces el silencio es el mejor mensaje y en la ausencia de gestos y palabras se refleja el desdén. Ojalá el actual jefe de la maquinaria imperial – el innombrable – siga así, sin decir palabra, porque callado y distante luce mejor. 

Esa ausencia de los dos gobiernos, tanto del de mentira como del que concentra todo el poder, es, en última instancia, una buena noticia. Su distancia y su incompetencia han permitido que se manifieste el esplendor de la solidaridad puertorriqueña. Cuando ocurrió la tragedia del huracán María los vecinos nos ayudamos unos a otros y así sobrevivimos. Ahora, como el golpe se concentra en el sur y el suroeste, el resto del país se está movilizando en apoyo a sus hermanos. Las caravanas desde el norte, el este y el oeste, acarreando todo tipo de suministro, son el mejor testimonio de un pueblo vivo que es capaz de crecer en medio de la tragedia. Esa solidaridad no tiene el tinte sucio de la politiquería ni se enturbia con el desdén. 

Volviendo al principio, evidentemente esta tragedia y la pobre respuesta gubernamental se reflejará en el resultado de las próximas elecciones. Hasta ahora, la gran perdedora es la gobernadora Vázquez quien en su primera prueba ha quedado retratada en toda su pequeñez. 

La Junta de Planificación no tiene reglamentación que regule el uso del suelo en las zonas susceptibles a tsunami”

Guánica

Por Cándida Cotto / Claridad

ccotto@claridadpuertorico.com

Es imposible predecir cuánto tiempo más, ni a qué hora, ni de qué magnitud continuarán las réplicas de los sismos experimentados en la isla desde el 28 de diciembre hasta el presente. “Nadie puede predecir eso responsablemente”, afirmó a CLARIDAD el doctor en geomorfología José Molinelli Freytes. “Dónde va a parar esto, no lo sabemos”, agregó.

Lo que sí se sabe, explicó, es que el patrón de ocurrencia que se ha presentado es un patrón creciente, no solo en magnitud, desde que comenzó la secuencia el 28 de diciembre, sino que a través del tiempo han ocurrido de mayor magnitud que los previos. Los movimientos sísmicos comenzaron a sentirse con uno de 4.7, seguido de otro de 5.0 al día siguiente. Continuaron las réplicas de magnitud menor, incluyendo dos de 4.7, hasta el evento de 5.8 sentido en la mañana del lunes, 6 de enero. Finalmente, durante la madrugada del martes, siete de enero, ocurre uno de 6.4. Estos dos últimos causaron daños mayores en toda esta región. 

Aun cuando hay que admitir que la situación es preocupante, las personas tienen que entender el contexto en que se encuentra la Isla, señaló. Puerto Rico, al igual que el resto de todas las Antillas Mayores y Menores y el norte de América del Sur junto con América Central, juntas son las que demarcan el borde de la placa del Caribe, que se mueve hacia el este “con la rapidez con que nos crecen la uñas”. 

Para entender los sismos y sus causas hay que primero entender que el calor interno de la Tierra hace que se muevan las placas tectónicas: “La Tierra es análoga a un huevo duro. La yema es el núcleo caliente de la Tierra, la clara es el manto y la cáscara es la litosfera. Imagínese que la cáscara está quebrada en numerosos fragmentos. Cada fragmento es representativo de una placa tectónica. El calor interno del planeta, al tratar de salir, crea corrientes de convección que mueven las placas. Estas se rozan en sus bordes, se separan o chocan frontalmente. Estos movimientos causan terremotos cuando las fuerzas que deforman las rocas exceden su resistencia. Es a lo largo de los bordes de las placas que ocurre la mayor parte de los terremotos en el mundo. Puerto Rico y las Islas Vírgenes constituyen una microplaca entre la de América del Norte y la de América del Sur”.

A través de la historia toda esta región del Caribe ha experimentado sismos fuertes, El experto señaló que es importante que la gente vea que esto no es único de Puerto Rico y que esta actividad sísmica es una parte natural de la región donde estamos. Sobre la actividad sísmica que hemos experimentado, describió que esta se ha movido desde la plataforma insular en el mar Caribe hacia tierra adentro; es decir, la ruptura por las fallas se han ido extendiendo desde la plataforma insular a los municipios de Guayanilla y Yauco. Debido a que ya los epicentros están en tierra eso es un factor agravante porque aunque sean pequeños son potencialmente destructivos por la cercanía del epicentro y su poca profundidad. 

Una evidencia de estos efectos es el deslizamiento en la carretera número dos, entre Ponce y Peñuelas. Cuando la actividad sísmica se reubica tierra adentro los daños suelen ser mayores. El doctor Molinelli expuso que se sabe que la probabilidad de que ocurran sismos más fuertes después de uno fuerte se incrementa. Si ocurre un sismo de 6.4, después de esto la probabilidad de que ocurra uno igual o mayor aumenta ligeramente. Aun cuando las probabilidades de que ocurra un sismo fuerte es de uno a siete por ciento esa probabilidad va bajando con el tiempo, pero en los primeros días puede haber un ajuste mayor, si no un precursor de otro mayor.

La frecuencia con que ocurren los sismos también es afectada por la rapidez con que se mueven las placas tectónicas. La del Caribe y la de América del Norte se mueven lentamente comparadas con otras placas. Por ejemplo la placa de Nazca que choca frontalmente con la de América del Sur se mueve casi cinco veces más rápido que la del Caribe.

La magnitud de un terremoto es proporcional a la longitud de la ruptura a lo largo de un plano de falla. A mayor área de desplazamiento a lo largo de la falla, más fuerte es el terremoto. El desplazamiento puede ser de varios a cientos de kilómetros. 

Frente a la imposibilidad de predecir la eventualidad de un sismo, en lo que sí se puede trabajar es en la infraestructura del país. Molinelli denunció que el gobierno nunca ha tomado en serio sus advertencias de la necesidad de reforzar la infraestructura, como la de las escuelas; atender la vulnerabilidad de las viviendas en columnas altas; en fin, todo lo que es construcción sujeta a peligros geológicos inducidos por terremotos. Precisó que la Junta de Planificación no considera la vulnerabilidad a tsunami en sus procesos para determinar la autorización de un proyecto, aun cuando hay mapas que señalan las zonas que se afectan con los estos. Aun así no hay una reglamentación sobre el uso de la tierra con relación a estos maremotos. “Eso lo llevo planteando desde hace décadas: la Junta de Planificación no tiene reglamentación que regule el uso del suelo en las zonas susceptibles a tsunami”. 

En otro aspecto en que se debe hacer hincapié, expresó el doctor Molinelli, es en que las personas se deshagan de los mitos respecto a los temblores o terremotos. Se refirió a que en nuestro país se ha creado un falso sentido de vulnerabilidad catastrófica que presenta nuestra tierra desapareciendo bajo el mar o que sería arrasada completamente por un tsunami. Desde tiempos coloniales de España, las islas fueron vistas como frágiles, inestables y temporeras. Esto puede abonar al desarrollo de una percepción de que nuestra tierra es muy vulnerable, fomentando un sentido de inseguridad nacional. En ese sentido, el deshacerse de los mitos ayuda a bajar la ansiedad ante estos eventos.