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De figuraciones en fibras: “Contorno deshilado” de Ana Rosa Rivera Marrero

 

Por Emeshe Juhász-Mininberg

La palabra ‘caoba’ proviene del taíno “tauba”, 

que quiere decir “año” pues se medía el tiempo 

según el crecimiento de los anillos del árbol.

Raíces

Las técnicas de tejido y la ornamentación en tela y madera, elementos constantes en la obra de Rivera Marrero, se presentan en esta exposición destilados en una economía de líneas y volúmenes centrados en materiales naturales tales como la caoba, el lino de arpillera y la soga. A diferencia de trabajos anteriores en que primaban materiales no orgánicos adquiridos para elaborar piezas específicas, la propuesta de “Contorno deshilado” surge a partir de un tronco de caoba que la artista rescató de los estragos del huracán María – era uno de diez caobos que su padre había sembrado frente a la casa cuando niña (Rivera Marrero utilizó otro que sucumbió, en el huracán Hugo, en una obra anterior). Si el huracán le dejó el caobo que utiliza en esta exposición, también acarreó meses sin electricidad y la incertidumbre rutinaria respecto de las necesidades más básicas de la vida, como fue el caso por todo Puerto Rico. Los estragos naturales devengaron en sociales y se conjugaron con los políticos. Estalló entonces el verano que colmó las calles del Viejo San Juan con ríos de gente en protestas multitudinarias, el espacio público reclamando el compromiso del individuo como ciudadano y el privado el compromiso de la artista con su trabajo y consigo misma. “A veces se piensa que todo tiene que estar atado, que todo dialoga; pero la vida no es así”, señala Rivera Marrero.  “Las cosas no dialogan pareja y conjuntamente; las cosas se superponen”.  El estudio del caobo caído lleva a la artista a desarrollar una serie de cuatro esculturas donde la fibra, tanto de la madera como de la tela, fundamenta una reflexión sobre la producción artística: qué elementos dan forma al lenguaje particular y cómo articula el ser y estar del individuo trabajando en un entorno de zozobra natural y política.

“Con este proyecto he tenido que volver a saber cómo sale una cosa de la otra” observa Rivera Marrero, “me interesa la idea del origen”. El trabajo con hilo y aguja, motivo al que alude el título de la exposición y que aparece en tres de las esculturas, remite a ese interés. Aprendió a tejer con bolillos, bordar y deshilar con su abuela. Esas labores ocuparon largas tardes de su niñez y adolescencia, y años después fueron parte de lo que la motivó a estudiar en la Escuela de Artes Plásticas (EAP). No se trata de nostalgias sino de reconocer raíces y cómo estas alimentan de diversa manera la labor artística y las formas de entender el mundo. En esta exposición la artista descontextualiza las herramientas de costura y las técnicas de ornamentación asociadas al espacio doméstico y femenino, y tradicionalmente excluidas del mundo del arte. Las utiliza como elementos de construcción y codificación cuyo lenguaje original se amplifica para distorsionar las formas habituales de ver y entender. En cierto sentido perfilan una metáfora sobre el trabajo de la artista que se desenvuelve en la tensión entre su espacio privado –el taller—y el espacio público –las calles del Viejo San Juan, donde vive.

El concepto de reutilizar, de rescatar, tanto material como labores tradicionales, para un nuevo propósito, también surge de ese interés por estudiar cómo una cosa forma e informa a otra. La madera utilizada en todas las piezas proviene del caobo caído, y cada una de ellas contiene fragmentos del tronco de caoba en estado natural o rústicamente terminado, ya sea como elemento integral o gesto de reconocimiento en tanto material de donde emerge la construcción. El balaustre que utiliza como bolillo de encaje es el único objeto no fabricado del árbol caído. La artista lo extrajo de un barandal desechado en la basura del Viejo San Juan, removiendo gruesas capas de pintura para revelar la madera original. Así la idea de origen se perfila como punto de referencia dinámico cuyas lecturas varían y se transforman. El “volver a saber cómo sale una cosa de la otra” es un proceso de memoria; ésta pierde y se enriquece con el paso del tiempo, con los ciclos de destrucción y renovación de la naturaleza, con la transmisión de una generación a otra, con algo tan sencillo como la reforma de un edificio.

Arborescencias

A modo de ramas que brotan de un árbol, los paneles flotantes de arpillera blanca aumentan el volumen visual de la escultura en el centro de la sala de exposición.  Los rectángulos de tela, lienzos en que se dibujan los deshilados, son tamices que filtran la mirada y juegan con ella. Según la posición del espectador relativa al andamio central se perfilan múltiples espacios, demarcados etéreamente por una serie de umbrales y paneles como biombos. La noción de lo que constituye el interior y el exterior se manifiesta de manera fluida, continuamente cambiante. En tanto técnica tradicional de ornamentación, el deshilado constituye una confección nítida que oculta/hace invisible la perforación con la aguja, el corte de la tijera y el remate de costura. El objetivo de Rivera Marrero en “Contorno deshilado”, sin embargo, es hurgar en las costuras, desconstruir y revelar estructuras para habitar el “en proceso”.  En esta escultura el aspecto decorativo se ve transformado en uno funcional e íntegro a la arquitectura fluida del espacio por medio de un juego sutil que reduce la mirada al encuadre de las brechas producidas por la extracción del hilo. El deshilado abre pequeñas ventanas, unas más anchas y otras más largas, ofreciendo la posibilidad de ver lo que hay del otro lado, ya sea un panel sólido u otro deshilado que multiplica el fraccionamiento. Rivera Marrero utiliza la técnica de ornamentación para indagar más allá de su valor estético invitando a pensar sobre el espacio público y el privado y cómo definimos la transgresión. ¿Miramos por una ventana hacia afuera o somos el voyeur que espía la intimidad del otro? ¿Quién nos ve en nuestro espacio interior y qué ven? Los paneles deshilados suspendidos en el aire remiten visualmente a la expresión “sacar los trapos al aire”, situación en la cual se entretejen el espacio público y el privado al quedar revelado en el espacio público algo que por definición nunca estaba destinado a salir del contorno íntimo.

Si la dinámica de la escultura en el centro de la sala lleva a la reducción del espacio de la mirada, las dos esculturas que la flanquean presentan un movimiento de ampliación a través del agigantamiento de la escala. A un lado se encuentra una aguja de máquina de coser, tallada en caoba y finamente pulida, suspendida de lo que se intuye es el brazo de la máquina y enhebrada con una soga. El mecanismo de suspensión se halla fijado con una abrazadera de metal al cabo ennegrecido por putrefacción de la mitad de un tronco en estado rústico. Al otro lado de la sala, un balaustre-bobina de hilo blanco, cual bolillo para la confección de encaje, aparece incrustado en un tronco de caoba acostado en el suelo. Las dimensiones de los objetos en estas dos esculturas los hace no utilizables para su propósito original, transformándolos en elementos mas bien arquitectónicos; son objetos que se reconocen por su contexto originario pero que al mismo tiempo afirman legitimidad independientemente de ello. De este modo, la pieza del tronco que contiene el bolillo remite a un cofre, estuche o mueble tipo aparador donde se guarda algún objeto preciado, o bien una especie de cuna, o en un sentido más orgánico un ser en estado de gestación. La pieza de la aguja invita a pensar las líneas de una sierra de banda u otra maquinaria pesada en el taller de la artista, y en un plano simbólico la espada de Dámocles o, en un giro más siniestro, un dispositivo de ejecución tal como una horca.

Las texturas, el aspecto táctil, constituyen un aspecto importante de la dimensión visual en la exposición. La madera pulida y finamente terminada se combina con cortes en estado rústico y materiales ásperos –corteza de árbol, soga, arpillera— desenvolviéndose como un juego de apariencias fuerza-fragilidad que se observa de diversas maneras a través de la serie. Las delicadas líneas de varillas 1×1 de la escultura central, pulidas hasta mostrar la lisa suavidad de la caoba, ocultan lo robusto de la caoba con que fueron confeccionadas. El fragmento de tronco en estado natural que yace tumbado bajo el andamio acentúa la aparente fragilidad del andamiaje y los paneles flotantes. Esa relación se plantea visualmente de manera inversa en la escultura de la aguja gigantesca: es el brazo que sostiene la aguja, un tronco en estado rústico, el que presenta fragilidad al requerir la abrazadera y paño para sostenerse en pie, mientras que la aguja, delgada, destila una fuerza casi agresiva.

La escultura del tronco incrustado con bolillo gigantesco celebra la relación inseparable de fuerza y fragilidad, a veces hasta indiscernibles. La fibra de la caoba protagoniza: sus sinuosidades parecen ser alimentadas por una energía rectilínea y cíclica emanada del extremo hilado del bolillo; ésta circula por el tronco, regresa al bolillo por el otro extremo para transitar por el interior de su forma torneada y sale nuevamente. La fragilidad del bolillo se devuelve al tronco y la fuerza del tronco se devuelve al bolillo en un ciclo continuo. Es una especie de relación simbiótica que articula más ampliamente la relación entre naturaleza y ser humano.  El árbol como estuche-origen que contiene en estado potencial el trozo torneado, y, al mismo tiempo, la mano del ser humano –esa que produce el balaustre y el encaje– como labradora de tierra y madera. Es una relación milenaria a partir de la cual se hilan códigos de sentido que informan la producción cultural, desde la disposición arquitectónica de los espacios, los motivos de ornamentación de edificios, vestuario, útiles, hasta el día a día de las relaciones sociales y estructuras de gobierno.

Recostados contra la pared en un extremo de la sala de exposición yacen erguidos fragmentos de corteza, ganchos y ramas del caobo utilizado para construir las otras tres esculturas en la sala. Son los desechos del árbol, cabos sueltos, que Rivera Marrero colocó allí como ofrenda, un gesto simbólico en reconocimiento y valorización del material de donde originó la propuesta de esta serie de cuatro esculturas.

Filamentos

Tanto la pieza de la aguja como la del bolillo refieren la dinámica de hilar, o sea juntar, construir. La aguja, sinécdoque de la máquina de coser, une dos cortes de tela a través de un movimiento mecanizado que inserta el hilo en un patrón repetido trazando la costura. El bolillo, herramienta para la confección de encaje (encaje de mundillo, como se le conoce en Puerto Rico), refiere el movimiento manual de cruzar, torcer y anudar hilos en la elaboración de patrones. Estas dos esculturas, no obstante, subvierten la expectativa de su función original. Con abundante hilo enrollado en la bobina, el bolillo incrustado en el tronco de caoba yace inmovilizado. Un cabo del hilo de la bobina, casi imperceptible, cuelga como un descuido o quizá una tentación que se insinúa y frustra. La aguja gigantesca, enhebrada con un hilo demasiado largo, se presenta suspendida en un momento que podría ser el antes, durante o después de la costura. Lo que queda claro es el estorbo que constituye ese cabo suelto cuya longitud se acumula descuidadamente enroscada en el piso. ¿Sirve para coser? La única evidencia de tela es el paño de arpillera deshilachado prensado entre las tenazas de la abrazadera que fija la varilla-brazo de la máquina al tronco de caoba. El paño protege la madera, o quizá sea un vendaje aplicado a una herida; en todo caso no es un material destinado a, ni producto de, la costura o las técnicas tradicionales de ornamentación –de deshilachado a deshilado hay un tramo.

La escultura del andamio y los paneles de tela refiere el movimiento de deshilar, o sea separar y abrir espacios o brechas al sacar hilos. Se presenta un lienzo terminado finamente con un patrón tradicional como contraste con el resto de los paneles donde los deshilados horizontales y verticales surgen y quedan a medio camino, revelando el interior del tejido al destejerse el entramado.  Los cabos sueltos, elemento que en la costura se considera imperfección a evitar, aquí cuelgan como parte íntegra de la labor. La mayor parte de ellos son hilos en proceso de extracción de la tela. En el caso de los cabos sueltos de colores, los amarillos y el rojo, se trata de intervenciones puntuales con la técnica de bordado para reemplazar el hilo que se extrajo de la trama de la tela. Los filamentos de colores insinúan el potencial de ornamentación más fantasiosa; no obstante, zanjan la posibilidad al quedar a medio camino, los cabos amarillos colgando como tímidos destellos de luz o lágrimas y el rojo cual hebra de sangre.

Los hilos sueltos invitan a posibilidad de continuar el deshilado o el bordado en la misma hilera, o bien insinuarlos en espacios adyacentes. ¿Contemplaría el ojo la opción de los cabos sueltos como el objetivo final? Es algo que incomoda, desencaja, tanto estética como intelectualmente. Ese es precisamente el objetivo de Rivera Marrero: la abrazadera con el paño en la escultura de la aguja es una coda al concepto y a la realidad de la vida cotidiana pues suscita la impresión de un detalle olvidado o quizá de una idea aún en proceso de formularse — ¿presente incompleto o potencial de futuro? Siempre quedan cabos sueltos.

“Contorno deshilado” apunta a las posibilidades productivas de perder el hilo y retomarlo en un momento dado en el cual la superposición de las cosas –eventos, voces, experiencias– abre espacios para reformular el marco de la mirada y labrar nuevas formas de expresión. Si bien el huracán María puso fin al crecimiento de anillos del caobo que Rivera Marrero utiliza para construir las esculturas, los fragmentos del tronco recuentan otra temporalidad: los retos del quehacer artístico, y más ampliamente de la vida cotidiana, durante los últimos dos años de calamidad climática y desasosiego social en la isla. En un entorno que se deshila, las manos de la artista tejen la urdimbre del ser y estar del individuo en busca de sentido.

 

 

MINUTOS DE CINE: Ford V Ferrari

Por Marcos Iran López Ortiz /
Especial para En Rojo
Marcoslopez614@gmail.com

Ford V Ferrari, dirigido pot James Mangold y protagonizado por Christian Bale, Matt Damon y Jon Bernthal, es un filme dramático basado en la rivalidad de dos compañías de autos. El diseñador automotriz estadounidense Carroll Shelby y el intrépido piloto de carreras británico Ken Miles luchan contra la interferencia corporativa, las leyes de la física y sus propios demonios personales para construir un vehículo revolucionario para Ford Motor. Juntos, planean competir contra los autos de carrera de Enzo Ferrari en las 24 horas de Le Mans en Francia en 1966.
Tengo que comenzar diciéndoles que las actuaciones en este filme son excelentes.
En especial Christian Bale, quien da una presentación llena de emociones, logrando darle vida a un hombre quien tiene el talento, pero todo en su contra. La introducción de esté personaje nos da toda la información que necesitamos de éste y cuando acabó esa escena pensé “Bale lo vas a hacer otra vez”. Matt Damon tampoco se queda atrás y da una presentación de primera. Creo que estos son la carne de la película y ver a estos maestros es sumamente entretenido, carismático y creíble.
=La historia es una que te mantendrá al borde de tu silla. Este se enfoca más en la relación de Miles y Shelby en la construcción del vehículo para Ford, lo cual es algo que me sorprendió mucho. Siempre pensé que el filme sería una batalla entre las compañías, pero me alegra mucho haberme equivocado y, recibir este tipo de historia, no me molesta para nada. También les digo que las escenas de carreras son geniales y sumamente tensas. Vemos cómo estos conductores usan estrategias para ganar en la pista, lo cual nos da otra perspectiva a los personajes que estén participando en dicha carrera.
Ford V Ferrari es un filme excelente. Esta es una de mis películas favoritas este año y no tengo duda alguna que Christian Bale recibirá una nominación por este papel. Quiero enfatizar que esta no es una película de carreras y si entran con ese pensamiento saldrán altamente decepcionados. Con una excelente historia, actuaciones y cinematografía, está es un must para todo amante del buen cine.

Ed Morales: La Isla de la Fantasía

Por Cándida Cotto / Claridad

La Isla de la Fantasía, es un libro tanto para la diáspora puertorriqueña que le inquieta la situación actual de su patria, así como para aquellos boricuas de la isla que todavía no logran comprender el conflicto que representa vivir entre dos culturas.
Ed Morales, nacido y criado en Nueva York, de padres puertorriqueños, presenta en su libro el desarrollo colonial de Puerto Rico bajo el dominio de Estados Unidos, la farsa del estado libre asociado (ELA), y cómo llegamos a una deuda impagable, desde la óptica de lo que aquí llamaríamos un “nuyorican”.
El veterano periodista que entre otros temas ha investigado la política electoral de la ciudad de Nueva York, la brutalidad policíaca, las pandillas callejeras, expresó en entrevista que concibió hacer esa narración en el 2017 luego de su libro anterior “Latinx”, que aborda sobre los latinos en Estados Unidos, además de su interés por la situación de la deuda de Puerto Rico. Morales, quien en la actualidad es profesor adjunto en el Centro de Estudios de Etnia y Raza de la Universidad de Columbia hizo estudios graduados en Economía Política. “Tenía ese deseo de escribir algo sobre Puerto Rico, pero a través de esa narrativa y explicar un poco cómo se montó esa deuda y ponerlo en contexto de lo que está pasando en los Estados Unidos”.
No fue simplemente escribir el libro, confiesa que cuando terminó la propuesta y la entregó a su agente había poco interés en esta, pero de repente ocurrió en el huracán María, entonces ahí entraron muchas ofertas, a lo que calificó que sea triste el que haya pasado un huracán para que los medios en EU cambiaran su postura sobre Puerto Rico.
“Pero yo quería escribir algo también sobre el efecto del colonialismo a mi vida no solo a los puertorriqueños, la emigración de sus padres”. Es de ahí que su narración política económica está salpicada con el impacto de estas políticas en experiencias personales.
Morales, quien ha publicado en medios como Rolling Stone, en el New York Times, The Guardian, Jacobin y The Nation, atribuye el que todavía tanto los estadounidenses y los mismos puertorriqueños no estén conscientes de la relación colonial a que en ese país -Estados Unidos- el colonialismo es una palabra mala, nadie quiere admitirlo, ni quiere pensar que tiene colonias no solo Puerto Rico, sino otros cuatro a cinco territorios más. Esta negación se refuerza con un sistema educativo etnocentrista que margina y niega al resto de los grupos de la sociedad estadounidense como los afroamericanos, latinos en general, e incluso a muchos grupos de países de europeos.
Como nuyorican el escritor reconoce el papel que la diáspora puede desempeñar en la situación de la isla. Comenta en tono sincero que sus padres consideraron retornar en la década de los ’70 cuando él era adolescente, pero decidieron que no. A él no le gustaba la idea. No obstante Morales expresa reservas con gestos de la diáspora de ayuda después del huracán María, que parece desmedida la cual sugiere puede tener segundas intenciones de apropiación.
En términos positivos señala en particular que la juventud
en varias generaciones han buscado cómo reconectar con la isla, y él mismo lo ha visto en su vida, y que ha conocidos activistas de la generación del milenio que han regresado interesados en generar una vida de autogestión.

¿Cómo espera que los residentes en la isla reciban el libro?
“Espero que lo reciban como una expresión sincera de alguien que ama mucho al país, que fue enseñado por sus padres a tener orgullo puertorriqueño profundo y también dar un poco de perspectiva y un poco más de empatía y comprensión de la experiencia de los nuyoricans porque francamente fueron de baja clase, más oscura, hay como una división que se tiene que sanar, yo creo que lo que pasó después del huracán es más positivo que se puede lograr eso. Y también recordar a los puertorriqueños que no es culpa de ellos que haya una deuda, la corrupción existe en los Estados Unidos y la gente está sufriendo una lucha global internacional”.
Morales se refiere a los movimientos sociales tanto en América Latina como en otras partes del mundo que se enfrentan al neoliberalismo. “Yo espero que nada malo pase, pero la situación en Puerto Rico es un ejemplo de todos los problemas que hay mundial. El neoliberalismo está cayendo en crisis y el problema es que la solución sería imponer toda esa austeridad y totalitarismo, sería muy malo si eso pasa”.

El hijo de Fiona Ko CUENTOS DE ANA MARIA RÚA*

Esto es otra cosa, piensan al enterarse de lo que le pasa al hijo de Fiona Ko y Andrés Gómez. El muchacho lleva meses de suplicio, víctima de una condición casi desconocida y hasta ahora inoperable, cuyos efectos visibles en la pituitaria resuenan, inexplicablemente, en los sentidos del olfato y el gusto.
El hijo de Fiona Ko, inglesa cuyos antecedentes asiáticos nunca han sido revelados, aunque conforman el cincuenta por ciento de su genotipo, y de Andrés Gómez, navarro del montón, cuyos compañeros de colegio llamaban El Calvo por razones obvias, huele circunstancias. Lame intenciones, también. El desvarío monstruoso y exponencial de estos dos sentidos lo agota: ha tenido el curioso efecto de drenarle la linfa de los nodos principales de su cuerpo, haciéndolo vulnerable a todo tipo de infección, llenándole el sistema de basura ajena, de la que no puede deshacerse.
Él no lo sabe todavía, naturalmente. No prevé el fin de una vida de sobrecarga papilar y desagravios postergados. Ignacio Gómez Ko cree que pronto encontrará cura o paliativo para su condición, y no se imagina que sus tejidos van hinchándose a diario, como vertederos de temperamentos que son. Sólo que se siente cansado: muy cansado.
\Ignacio sabe ya distinguir, exclusivamente por su olor y sabor, entre los canallas y los mediocres, entre los virtuosos y los tercos, y, más delicadamente, entre los canallas mediocres, los virtuosos canallas y los mediocres tercos. Los antipáticos concretos o literales, contrario a los antipáticos simbólicos, huelen a caucho quemado y saben a root beer. Los deprimidos llenan su capucha desinflada con orgullo, una capa que despide olores a naranja agria y a algodón recién lavado. Los ingenuos traen consigo la circunstancia que sabe a piña pasada de su mejor punto, ácida y dulzona.
El buen amigo huele a musgo, a verde húmedo y noble, a setas silvestres. El amante huele a humo; deja rastros cenizos en la garganta.
Los tontos saben, curiosamente, a aceite de hígado de bacalao, y los engreídos huelen a orina. En esta categoría se hallan algunos arrogantes, que sueltan ondas odoríferas regulares, cronometradas, lengüetazos de amoniaco rancio. De los patios de los niños buenos se escapa el olor a abono y gatos, que se mezcla con el polvo que levantan los carros veloces al pasar cerca de las cunetas secas.
Los que quieren complacer son los peores. Saben a aserrín. Bajo esa categoría están los de risa fácil, los inseguros, cuya ansiedad se huele a leguas y que expelen un aroma parecido al de la paprika, que todos saben que no huele a nada en particular, pues la paprika, una especia fantasma, no merece su popularidad. Así huelen los débiles.
Por eso es que nuestro muchacho, presa del agobio que trae la percepción, se encierra en su cuarto. Está cansado.
Ahora, resulta que Ignacio Gómez Ko ya no tiene por qué sufrir más. Su condición se puede operar, la linfa lograría volver a sus surcos, podemos recalibrarlo, dicen los endocrinólogos. Ya no hay necesidad de clasificar, Ignacio: se acabó tu taxonomía tóxica. Pero él ya ha empezado a dibujar su esquema divino, su boceto de infierno chiquito, con círculos y niveles y columnas que bajan en picada, y está dándole los toques finales. Cada ser humano pertenece a un tipo gustativo y oloroso particular y puede colocarse en los nichos y gavetitas que de estos dos sentidos ha creado Ignacio. Últimamente le ha interesado explorar cómo puede cambiar de tipo la misma persona, según las circunstancias y edad. (Muchos habrán notado el olor particular de los viejos, o el de los bebés, los únicos ejemplos –obvios y crasos– en los que las intenciones a ambos extremos de la vida sueltan moléculas que hasta el más insensible puede captar). Su sistema clasificatorio podría ser de gran beneficio para la humanidad de nariz tupida y lenguas embotadas. Ligadas a los olores y sabores Ignacio ha dibujado (a duras penas porque su talento no se extiende al lápiz y papel) unas lindas figuritas de personas, para que los interesados en esta ciencia, faltos de la agudeza sensorial de Ignacio, aun así puedan identificar visualmente a amigos y a amenazas, evitándose disgustos y atrayendo amores. Imaginen lo mucho que se podría lograr con un buen análisis preventivo. Menos divorcios, al menos. No quiere que lo intervengan, ahora que ve, por fin, la utilidad de su calvario.
El hijo de Fiona Ko se negó rotundamente a la cirugía salvavidas, tomó un último vaso de agua y cerró la puerta de su cuarto con pestillo, no sin antes recorrer la casa y botar todos los saleros. Los amigos de El Calvo lamentaban este giro trágico en la vida de su compañero. Fiona se sentaba a esperar junto a la puerta.
–Maldita sea, váyanse, apártense de mí –les dijo a los niños.
(Los niños olían a mundo, sabían a pura mantequilla, a azúcar y miel).
–Váyanse, que me ahogan. Que me ahogo.
Mientras tanto, en el patio de la vecina, una nena contemplaba el lagartijo que acababa de descuartizar. Le había costado mucho hacerlo, porque los lagartijos son elásticos, y no es fácil abrirlos. Cuando presionó sobre la panza del animal salió un hilito generoso de caca blanda. La niña sintió un peso que presionaba sobre sus hombros, que la anclaba a la tierra. Triunfal, miró hacia arriba, girando el cuello de lado a lado, y se sintió segura, feliz, con la satisfacción del que acaba de terminar un rompecabezas. Olió el cuero maleable de la criatura y luego lo lamió, temblando de alegría.

 

El Bien
Expresiones en torno al Informe anual de progreso, Círculo 4, Comité de derechos de producción
Estina Uprel, Representante de sindicato, P.U.
Fecha: día 5, mes 10, año 16

Saludos solidarios a todos los presentes: socios de Círculo, gerentes de unidad, constituyentes.  Este año nuestro Comité ha dirigido sus esfuerzos al análisis de la recepción comunitaria hacia los derechos laborales de nuestras Personas, dado el cambio aprobado en la Constitución de P.U.  Hemos observado progreso en los renglones de salario y atención médica, pero nos preocupa la resistencia creciente en las áreas de descanso y horas laborables, además del alza en incidentes relacionales negativos. Esperamos crear conciencia en cuanto a las contribuciones y el valor social que aportan nuestras Personas y llamar la atención a lo que vemos como serios atropellos a la dignidad de las Mismas.  Recordemos: sin Persona, no hay Yo.
En los últimos quince meses, treinta y ocho Personas en nuestro Círculo han reportado tener que trabajar cuarenta y cinco minutos o más por encima de la jornada límite, a petición verbal de sus clientes y con el aval (también verbal) de sus administradores.  La alta incidencia de estos casos, provenientes de distritos que no están conectados por Puente –Path, sugiere que no son meramente anecdóticos, sino que exponen una normativización que debemos encarar.
De estos treinta y ocho casos, siete se han negado a rendir servicios sin la presencia de un representante del sindicato.  De ésos, dos han recibido despidos por insubordinación, lo que dificulta su contratación en otros Círculos y acorta el periodo de productividad al que puedan ampararse a la hora de jubilarse.  El aumento en horas no estipuladas por contrato de las otras treinta y una Personas impone un precedente alarmante que traeremos al foro en las próximas negociaciones. No debemos permitir que esta violación de derechos se convierta en uso y costumbre.
En cuanto al tiempo de descanso, los más recientes estudios han confirmado que la producción ideal viene con siete horas de Preparación en Asueto; una hora más resulta en un producto degradado, de altos niveles de glucosa, y una hora menos, como ya se vio en la tragedia del año 14, produce niveles de lípidos tan bajos que el daño a la población puede tardar meses en revertirse, según el gráfico 1a.
Peor aun, a nuestra oficina han llegado querellas de conflicto relacional con clientes.  Las Personas querellantes ya tienen licencia permanente (gráfico 1b), pero esto no las ha protegido.  Solo podemos imaginarnos el daño que están sufriendo las Personas en probatoria, que temen reportar estos abusos por miedo a ser despedidas, y cuyas evaluaciones dependen de la calidad del producto en los primeros tres años, producto que como todos sabemos se evalúa en análisis no anunciados a intervalos impredecibles durante el periodo probatorio.  Estas Personas callan por años, y no debe sorprendernos que el Bien que producen en este periodo de abuso y silencio sea inferior. Entre las quejas de conflicto relacional se encuentran mordeduras, periodos de extracción con aparatos no aprobados y contacto manual. Las multas, si alguna, son mínimas, en clara violación de contrato. Si el ataque a la dignidad humana no conmueve al público en general, esta consecuencia de baja calidad en el producto debería preocuparle.  Hemos comisionado un estudio independiente de los niveles de cortisol y proteínas en estos casos, pero para eso necesitamos libre acceso al producto usado en los análisis del Bien en probatoria.
Todos conocemos los últimos triunfos del movimiento de privatización del Bien, que ha envenenado la percepción y opinión del público hacia nuestras Personas, abogando por una separación absoluta entre la Extracción y la regulación gubernamental.  No olvidemos que nuestros impuestos son los que mantienen a nuestras mejores Personas al servicio de todos nuestros clientes, en especial los minusválidos y los ancianos, que no podrían pagar los precios altísimos del Bien si éste se convirtiera en otro juguete de la Bolsa.  Los únicos ganadores en toda esta farsa serían los accionistas. Tanto nuestras Personas como la clientela sufrirían las consecuencias. Recordemos, además, que nuestros niños dependen del Bien para desarrollarse. (Sin Ellos no hay Nosotros). Nuestras Personas son miembros íntegros de una sociedad que dice llamarse progresista.  Deberían recibir agradecimiento y respeto y servir de inspiración para todas aquellas jóvenes que estén considerando una carrera en nuestra industria. Pero el problema de los privatizadores las ha asustado. Este año tuvimos la clase graduanda más pequeña en la historia de nuestro Círculo. Si la tendencia sigue, nuestro país seguirá bajando en las listas internacionales.
De Bélgica nos llegan informes similares.  Allí las Personas gozan de derechos que aquí, tristemente, se ven como privilegios.  A las Personas belgas se les paga en el nivel más alto de la escala salarial. Muchas de las Personas con licencia permanente tienen su propio cuarto, y hasta se les permite caminar.  Algunas salen a tomar sol durante su tiempo de Preparación en Asueto. No se les cobra por la inserción de tubos, ni por su mantenimiento, y disfrutan de la medicina más avanzada y servicios de cuidado gratuito tan pronto como aparece cualquier tumor.  Pero los privatizadores han llegado allá también. Ahora quieren quitarles muchos de estos derechos bien merecidos. Algunos hasta creen que los hijos de la nueva oligarquía tienen derecho a cinco sesiones al día. Bastante mal estaría que este exceso de extracciones diarias se limitara al producto de la más alta calidad, del que ya queda muy poco.  Pero los privatizadores también exigen acceso libre a múltiples Personas, varias veces al día. Si vemos esto hasta en las naciones más ilustradas, ¿qué nos espera a nosotros?
Y hablando de nosotros, ¿por qué no reconocemos que los pocos avances que hemos alcanzado son necesarios?  Si no fuera por la lucha de nuestras predecesoras en el sindicato en el año 6, estos derechos que las Personas adquirieron habrían desaparecido.  Ya sabemos lo que ha ocurrido en los pocos países que carecen de sindicato. El éxodo de Personas ha sido masivo, y el Bien almacenado no ha dado para alimentar a la población.  El único resultado posible es la hambruna, la violencia y la desintegración total de la sociedad. De estas regiones nos llegan historias de Personas secuestradas antes de llegar al aeropuerto y puestas a trabajar en condiciones infrahumanas.  Sin la regulación indicada y las medidas de cuido pertinentes, el Bien para de fluir. La muerte por sequedad es la más terrible. No tengo que recordarles los titulares y las imágenes que eran tan comunes en el año 2.
Sin las Personas no hay educación, no hay crecimiento, ni economía, ni cultura, ni vida.  Las artes y la investigación científica también dependen de una población librepensadora, ilustrada y saludable, con pleno acceso al Bien.  La dignidad de nuestras Personas es reflejo del valor que nuestra sociedad le adjudica al Bien. Sin Ellas no hay Nosotros.
Estina cerró su tableta a las 8:45, hora de extracción de la media mañana.  Tres clientes ya se habían alineado frente a la tabla láctea. El primero haló del tubo extractor insertado por el pezón y se acomodó.  A esta hora le tocaban los varones de mediana edad, seguidos de seis niñas de preescolar a las dos y luego una visita del asilo de ancianos a las cinco.  Alguien mencionó que mañana llovería. Mientras Estina se acomodaba su propio tubo alimentario, dos clientes discutían sobre el campeonato de baloncesto. Luego se hizo el silencio.  El primer cliente tosió y entonces empezó a mamar.
*Estos relatos forman parte de ‘Neural’, libro que se publicará el año próximo.

La golondrina y el colibrí*

Juan Forn

Cuenta Petronio que en la Roma de Nerón había un esclavo que daba tan buenos consejos de negocios a su amo que éste decidió premiarlo con la libertad. El liberto, llamado Trimalción, siguió haciendo buenos negocios por las suyas y se enriqueció de tal manera que lo celebró con un banquete al cual invitó a todos los amigos de su viejo amo ya muerto. La mitad no lo conocía, pero acudió igual. El banquete fue fastuoso, orgiástico, incluso para los parámetros de la Roma de Nerón. A lo largo de la noche los invitados fueron dando rienda suelta a su envidia hasta terminar destrozando todo y prendiéndole fuego la casa. Entre las ruinas se encontró el cuerpo exánime de Trimalción.
Saltemos ahora diecinueve siglos, hasta el año 1922. James Joyce acaba de publicar su Ulises, nadie habla de otro libro: para algunos resume veinte siglos de cultura occidental, para otros los dinamita. En la Riviera francesa, Francis Scott Fitzgerald tiene un ejemplar del Ulises sobre su escritorio, pero carece de tiempo o de paciencia para leerlo: él mismo está terminando una novela que aspira que sea, para América, lo que era el Ulises para Europa, su celebración y su derrumbe. La novela es, por supuesto, El gran Gatsby. Pero Fitzgerald le anuncia por carta a su editor que quiere llamarla Trimalción. La historia es conocida: Maxwell Perkins, el editor de Fitzgerald, famoso por su paciencia y delicadeza de santo (y por haberse leído todos los libros del mundo), fue convenciendo carta a carta al volátil Fitzgerald de cambiarle el título y de hacer, además, ciertos toques en la novela que, según la leyenda, la convirtieron en la obra maestra que es. El mito tiene su razón de ser: Fitzgerald era el anti-Joyce, era suicida autocompararse con él. Donde uno craneaba cada línea de su texto “para dejar a los críticos discutiendo durante cien años”, el otro escribía sin darse cuenta casi de la resonancia de lo que contaba. Fizgerald no pensaba, su gracia era la del colibrí: su propio vuelo (eso decía Hemingway: “No sabe adónde va, no sabe cómo vuela, no sabe cuándo es tiempo de migrar, pero nadie vuela como él”). El propio Fitzgerald lo reconocía: alguien tenía que pensar por él. Maxwell Perkins lo hizo y, gracias a él, el Gatsby es tal como lo conocemos.
Pero la fama del Gatsby, y el mito alrededor de él, fue creciendo tanto con los años que finalmente, en la edición Cambridge de las obras completas de Fitzgerald, se publicó el Trimalción, tal como era antes de que Scott lo convirtiese en el Gatsby. Juan Boido lleva años queriendo traducirlo, y tiene toda la razón, entre otros motivos porque todas las traducciones al castellano que hay del Gatsby son tan malas que estamos en una situación única para que el Trimalción nos parta la cabeza. Y que después aparezca una buena traducción del Gatsby y que recién ahí el círculo se cierre. Déjenme explicarles por qué.
Jay Gatsby, como todos sabemos, irrumpe de la nada y conquista durante un verano a la sociedad neoyorquina de los Años de la Prohibición, con sus fastuosas fiestas en fastuosa mansión a orillas del Hudson. Todo lo hace para conquistar a una mujer casada que es el amor de su vida, Daisy Buchanan, pero eso nadie lo sabe, así como no se sabe nada de Gatsby, de dónde vino, cómo hizo su fortuna, qué hará a continuación. Cuando terminan esas fiestas, puede verse a Gatsby solo en su terraza, contemplando la luz verde que titila al otro lado de la bahía, en el amarradero de la mansión donde vive Daisy con su marido. El único que ve esa escena es un joven sin dinero que alquila una cabaña pegada a los jardines de Gatsby y que es primo de Daisy. El es el que propicia el encuentro entre Daisy y Gatsby, el testigo de su pasión clandestina, el que nos cuenta la novela que, como todos saben, termina con el cadáver de Gatsby flotando boca abajo en su pileta y su mansión abandonada y cubierta de pintadas insultantes, mientras Daisy parte a Europa con su marido polista y millonario.
No sé a ustedes, pero lo que a mí me enganchó para siempre del Gatsby desde la primera vez que lo leí es ese tránsito de la curiosidad a la fascinación al asco por los ricos que experimenta y nos hace experimentar Nick Carraway, el primo de provincia de Daisy, el vecino pobre de Gatsby, el sapo de otro pozo entre los ricos y famosos de Nueva York, el tipo común y corriente por excelencia: el hombre invisible, el confidente perfecto, el custodio único, en el final del libro, de un secreto que a ninguno de los demás personajes le interesa ya: por qué murió Jay Gatsby. Los fanáticos del libro a lo largo de los años, cuando están en confianza, confiesan que lo único que quizá le falte al Gatsby es un poco de Gatsby, pero siempre se ha dado por sentado que eso era un mérito del libro, que llevaba a releerlo una y otra vez. Doy fe: a pesar de la insistencia de Boido, tardé años en leer el Trimalción. Prefería releer el Gatsby, confiar en Maxwell Perkins, ¿para qué leer una versión imperfecta de un libro perfecto? Cómo me equivocaba.
Dice la leyenda que Perkins creía que era un defecto que a lo largo del libro no se supiera nada del pasado de Gatsby salvo las habladurías sobre él (“¡Dicen que mató un hombre! ¡Dicen que se hizo rico vendiendo armas! ¡Dicen que fue espía alemán! ¡Dicen que hizo un acueducto desde Canadá para contrabandear alcohol!”) y que convenció a Fitzgerald de que fuera dosificando información a lo largo del relato. Dice la leyenda que Fitzgerald, de una sentada, fue agregando pinceladas de cinco o diez líneas a lo largo del relato y mandó el libro de vuelta, mágicamente terminado. No es cierto: lo que hizo Fitzgerald fue romper y diseminar a lo largo del libro un monólogo excepcional de Trimalción, en el que Gatsby le cuenta a Nick su pasado, en una noche insomne, cuando todavía ignora que ya ha perdido a Daisy y que en pocas horas más perderá también la vida. El efecto de ese monólogo es monumental: puesto todo junto, en ese momento culminante, es infinitamente más poderoso que desperdigado en dosis homeopáticas, y aligeradas de lirismo, a lo largo del libro. Parece que dijera el doble, y de hecho lo hace, porque lo dice en el momento en que más ávidos estamos por saber y más abiertos estamos a que nos noqueen: el efecto es tan asombroso que terminé comparando línea por línea mis ediciones de Gatsby y de Trimalción y me asombró el doble cuando descubrí que eran casi las mismas palabras, sólo que dispersas se diluían.
Todo libro esconde su secreto. Era cierta la añoranza de los fanáticos fitzgeraldianos: falta un poco de Gatsby en el Gatsby. Pero eso que falta está en el Trimalción. Fitzgerald necesitó toda la vida que alguien pensara por él, pero esa vez tenía razón: deforme, desequilibrada, su criatura era doblemente bella. Lástima que Maxwell Perkins prefiriera una golondrina a un colibrí. Lástima que Fitzgerald creyera más en él que en sí mismo.

*Fuente: https://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-190212-2012-03-23.html