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El asedio

Emilio Díaz Valcárcel

Una familia normal y feliz, pensó apoyada sobre el vo­lante. Un padre gordo y de apariencia próspera, recién afei­tado, una bella pareja de niños, y una madre que alcanza ya los treinta años, mofletuda, satisfecha como toda mujer que siente colmados sus instintos cardinales.
Sintió subírsele a la garganta el confuso sentimiento de ilegitimidad que permanecía anclado en ominoso acecho en el fondo de su espíritu. Un espíritu contrahecho, pensó, regocijándose en su propio flagelo. O tal vez el espíritu esté intacto, murmuró agarrándose a una posible reconciliación consigo misma. Pero ningún alivio provino de este pensa­miento. Y, sin saber por qué, tiró molesta de su falda hacia abajo, como si con ello cortara el torturante fluir de pen­samientos que había comenzado justamente cuando ella detuvo el automóvil frente al edificio de departamentos. La falda, que delataba unas caderas secas, no era lo suficiente­mente larga para cubrir las rodillas nudosas, casi masculinas.
Neida no vendría a las tres. Tenía que cumplir compro­misos con sus amigas, hablar del matrimonio, del joven actor de la última hora, de la temporada playera. Tenía que desenvolverse naturalmente entre los suyos. La podía ver sin mucho esfuerzo: menuda y ágil, primorosa en su ceñido traje beige.
Esperó quince minutos, apoyada aún sobre el volante. El hombre gordo y de apariencia próspera, la madre mofletuda y la bella pareja de niños, que durante un largo rato habían estado detenidos frente a la escalera principal del edificio en actitud de esperar a alguien, decidieron al fin entrar por la gran puerta de cristal esmerilado. (El macho vigilante y serio, cumpliendo a cabalidad su tradicional misión, seguido de la sumisa hembra y de la cría —meditó.) Imaginó esa familia ubicada en un siglo remoto: una tosca guarida en una cueva. el macho y la hembra en cueros, la cría comida por piojos y pústulas hoy desconocidos, trepando dificultosamente el primer peldaño de la historia humana. Esta imagen del origen del hombre la movía a risa. Era su desquite.
Neida, la maldita, la irresponsable Neida no vendrá —se dijo. Atisbó hacia el tercer piso torciendo el cuello por la ventanilla del auto hacia afuera: allí estaban las begonias, los geranios, la jaula con el canario que nunca canta, todo lo que resultaba familiar a su figura. Pero no vio la fina mano posada en la baranda, ni el dorado cabello reflejando el sol de la tarde. Encendió el motor y arrancó calle arriba. Al infierno si no quiso venir, se dijo.
Manejó durante quince minutos por las calles abando­nadas. Eran las calles del domingo. Estaba aburrida. La radio sólo le ofrecía sermones religiosos. Se dirigió a las afueras de la ciudad.

II
Vio el letrero (LUGO’S) y se detuvo. Estacionó su automóvil cerca de la entrada y entró al establecimiento. En el patio interior danzaban lentamente unas parejas. Se sentó a una de las mesitas y pidió una bebida. Era su rutina. De casa de Neida al Country Club y de ahí al infierno. Afuera, los automóviles pasaban rugiendo por la ancha carretera de cemento..
Sospechó que tendría visita. Unos hombres la miraban moviendo los labios. Exactamente lo de siempre. Dos vientres abultados pasaron rozándose ante su nariz, movidos por la ligera música del gramófono, bajo el revuelo de hojas arrancadas por la incipiente brisa veraniega. El árbol de mango se elevaba en medio de la plazoleta, una plazoleta resquebrajada y llena de hojarasca. A la gente, a la estúpida gente le gusta la naturaleza, meditó. Neida con sus geranios y su canario machorro. El amor a la naturaleza, al orden, a la perfección…
—¿Bailarnos, señorita?
Se sintió incómoda. Era como si le acreditaran un acto heroico que no le pertenecía, como si efectivamente hubiera habido una terrible equivocación al dirigirse a ella y condeco­rarla con las palabras. Pero tenía que participar de la farsa.
—Gracias. Espero a alguien.
No dio importancia al gesto del hombre. Ya no la alcan­zaban. Estaba sola en el fondo de una soledad sin nombre, sin esperanzas de salir alguna vez hacia un mundo cálido y deseado, el mundo de los otros.
Desde una mesa, cuatro hombres la miraban y sonreían. Pensó que la habían descubierto. Se levantó y fue hasta el salón de las damas. El letrerito le despertó la amarga sensación de ilegitimidad que la abrumaba siempre que debía que enfrentarse a sí misma. Se empolvó la nariz descuida­damente, ojeó su cuerpo seco y anguloso, se arregló distraída el severo cuello de anchas solapas, abotonado casi hasta la asfixia, y salió nuevamente a la plazoleta de baile. Sentía un ligero dolor de cabeza. Vas a tener problemas a la noche, se dijo. Tendrás que tomar por centésima vez ese maldito sedante.
Un matrimonio joven y dos niños ocuparon la mesa de al lado. Otra vez la imagen del matrimonio feliz, pensó. Los niños, como si hubiesen estado esperando el instante en que sus padres apoyaran los codos sobre la mesa, irrumpieron en el salón de baile, saltando, interrumpiendo en ocasiones a los bailadores. No los quiso mirar. Los odiaba. Temía que se le acercaran con sus latentes amenazas. Frente a ellos siempre estaría desarmada. Cada niño encubría el embrión de un enemigo: mientras mantuvieran su inocencia, no había por qué temer al peligro escondido en cada uno; pero sabía que con el correr del tiempo el conocimiento de la desgracia ajena les daría suficientes armas para la maldad. Había que esperar a que el germen creciera y se manifestara para en­tonces atacarlo debidamente. Entretanto, no tendría razones suficientes para demostrar su odio.
—¿Bailamos?
Hubiera golpeado aquella mano de dedos tabacosos ex­tendida ante sus ojos, pero en cambio alzó la cara y movió negativamente la cabeza. Los niños la rozaron con su juego.
—Cuidado, pueden darse un golpe —dijo con disimulada furia (tuvo que decirlo, tuvo que aceptar que dos chicos jugaban frente a su mesa y que cuatro ojos paternales la observaban llenos de orgullo y estudiando en ella una posible reacción).
Pegó los labios a su vaso y sorbió con lentitud el gintonic. Adivinaba un sordo movimiento subterráneo, manos y rodillas acariciadas debajo de las mesas; un rumorante mundo de palabras íntimas y pasos bailados. Vio, sin proponérselo, al grupo de hombres que la vigilaban desde una mesa. Había aprendido a esquivar con éxito esa clase de mirada. Siempre que observaba a un hombre con detenimiento advertía su pronta petulancia, su inmediata preparación para el combate. El primitivo cazador, orgulloso y sobreposeído por sus dotes: el oscuro origen de la primacía y la actual petulancia mascu­lina, meditó. Tendrás que quedarte recluída en casa. Tendrás que huir antes de que te encierren como a un animal extraño.
La camarera le trajo otro vaso de bebida. La miró un momento.
—¿Qué le pasó a tu prima?
—Se fue. No quiere trabajar más aquí.
—¿Dónde trabaja ahora?
—No lo sé. Dijo que se iba a casar.
—¿Sí?
—Sí. EIla dijo eso.
—¿Y tú, cuándo te casas?
—¡Cristiana!
—Todas las mujeres ambicionan casarse. ¿No te gustaría a ti?
—Claro. Pero los hombres son tan difíciles de entender que a veces es preferible quedarse soltera.
—Sí, algunas mujeres preferimos quedarnos solteras.
—¿Usted es soltera?
—Desde luego. Tengo mala suerte.
—No diga eso —dijo la chica—. La suerte la hace una misma.
—Es verdad. Yo misma he hecho mi mala suerte. Pero no me arrepiento. Y prefiero salir con amigas, no con hombres. Las amigas somos más sinceras.
Sorbió el brebaje mirando de reojo el cuerpo enjuto de la muchacha, los tirantes que le prestaban un aire absurdamente infantil, el talle alto, ridículo. Sin embargo, estaba formada exactamente igual que las demás.
—¿Y usted, espera a alguien?
La pregunta de la muchacha era inútil, pero el ritual debía ser ejecutado en su más mínimo detalle.
—Vine a tomar el fresco. No hay mucho que hacer los domingos por la tarde. ¿Por qué no te sientas un momentito?
—Ahora no puedo. Usted comprenderá, el trabajo.
No, no era sólo el trabajo, pensó mientras sonreía amable­mente a la muchacha. Las curiosidades (ella era una cu­riosidad, estaba segura de eso) interesan a las personas, pero no tanto como para acercárseles peligrosamente. Sólo sirven para ser observadas desde lejos, desde la seguridad de un balcón, o a través de un espeso cristal, o desde un enrejado de zoológico.
La camarera le devolvió la sonrisa y se fue a atender a otros clientes.
—Estoy segura de que Dios Nuestro Señor no permitirá que nuestros hijos vayan a otra guerra —gritaba una mujer de mediana edad en una mesa cercana.
—Las guerras son fenómenos que pertenecen a los hombres —graznó el vejete que estaba a su lado—. Ellos saben cómo sacarles buen partido.
—Tú te olvidas de Dios —chilló la rubia mujerona, pegando los labios al vaso de cerveza—; tú te olvidas de Él, y todos nos olvidamos y ahí está el resultado, las muertes, mi marido muerto en la guerra.
—Eso estuvo bien —dijo el vejete—. Si no hubiera sido por eso, no estaríamos juntos disfrutando esta hermosa tarde.
—¡No hables de mi difunto marido! —sollozó la mujer, apresurándose a ingerir un largo sorbo—. Por lo menos respe­ta su memoria, ya que no respetas a su pobre viuda.
—Dios lo tendrá en su regazo.
—Eso es lo único que me tranquiliza, Liborio. Sírvete otro trago.
Si es verdad que Dios existe, pensó ella, debe ser lo más sadista que conoce la humanidad.
Los niños, después de corretear un largo rato por entre las mesas, regresaron jeremiqueando donde sus padres.
—Yo se los decía —gruñía la madre—. Encima de eso debiera darles una paliza.
—¡Agustina, Agustina! —intervenía el hombre.
La camarera la observaba desde el fondo del salón. Ella le hizo una discreta señal con la mano. Es ridícula, pensó, ridícula. La muchacha le sonrió y caminó hacia la barra. (La mujer de los primeros siglos, sin espejos, sin almizcle, sin Revlon… ahora los afeites, los tirantes, el rouge, la absurda estrategia.)
La camarera puso la cuenta sobre la mesa.
—¿A qué hora sales?
—A las doce. a la una, depende de los clientes. ¿Por qué?
—Por nada. Pensé que podría venir a charlar un rato. Podríamos dar un paseo; no te imaginas lo sola que me siento.
La muchacha limpió la mesa, cobró, luego dijo:
—Lo siento de veras. Será otro día.
—¿Pero por qué? Yo tengo un carro, te puedo llevar a tu casa. Tú y yo nos podríamos llevar muy bien.
—Venga otro día. Hoy viene a buscarme un amigo.
Estaba mintiendo, pero se vio obligada a sonreírle. Ridícula, pensó envuelta en una súbita llama de rabia, ningún hombre se preocuparía por tu asqueroso cuerpo. Bebió un sorbo más. Las parejas bailaban en alegre torbellino, bajo la fresca brisa del anochecer. Es hora de que te largues, se dijo; no vale la pena gastar el tiempo entre esta basura.

III
Su departamento estaba ubicado en un quinto piso, frente a la avenida central del elegante suburbio capitalino.
Entró al amplio dormitorio y encendió la luz. Se contempló en el espejo. Te estás poniendo vieja, murmuró; te estás poniendo vieja sin haber logrado nada de la vida, sin haber sido ni siquiera un poco sincera. La imagen de Neida apareció en su memoria: sonriente, juguetona, un poco inocente ante sus palabras, burlándose de sus continuas lecturas, de las reproducciones de pintura moderna, pero seria, intolerante cuando llegaban los momentos íntimos, incapaz de ceder ante sus impulsos.
Levantó el auricular y marcó un número. Contuvo el aliento mientras hablaba:
—… sí, soy yo… ¿está Neida?
Mientras escuchaba la respuesta, le llegaba el ruido acolchado por la altura, de voces humanas y de bocinazos. A esa hora la ciudad entera empezaba a hervir llena de vida. Neida tal vez estaría perdida en ese tumulto. Tenía los ojos fijos en la primorosa reproducción de un Modigliani: una mujer en tonos ocres y rojizos, con un largo cuello estilizado. La copia fue comprada en Macy’s el invierno pasado, luego de la visita al Museo de Arte Moderno, después de las largas charlas sobre Arte y Personalidad Contemporáneos. Neida se había reído mucho de ese cuadro, y se había dejado caer sobe el canapé descuidadamente mostrando una blanca rodilla. Esa noche ella descubrió la furia con que Neida subrayaba sus negativas. Y el cuadro quedó allí, testigo mudo e inútil de otra noche perdida.
—…sí… muchas gracias, cuando regrese le dice que la llamé, gracias…
Colgó el auricular de un golpe. Miró hacia la ventana, cerca de la cual colgaba un grabado de Rafael Tufino. Un grupo de hombres desyerbando, trazados con vigorosas líneas. Esa puede ser la felicidad, meditó; en esos brazos nudosos y en esos rostros contraídos por la miseria hay un serio compromiso con la vita, una sinceridad de propósitos que tú, la scholar, la humanista, nunca has tenido.
Escuchó el creciente rumor nocturno. Domingo en la noche. Las parejas enamoradas bailaban bajo la luna, o hablaban en su particular jerga en los automóviles estratégicamente estacionados. El mundo, ese brillante mundo poblado de ruidos y luces fluorescentes se le desplomaba encima. Los cinematógrafos estaban repletos de jóvenes parejas, de jadeos; dedos ciegos como el instinto se sumergían en un mar de enaguas almidonadas. No quería pensar en la honradez del campo —representada en cierto sentido, en parte, por el grabado junto a la ventana— en la honradez amatoria del campo, en las orillas de los ríos, en el cálido abandono de los bosques, en los anónimos jergones primitivos donde el amor es más puro y menos dialéctico. El mundo seguía su curso, el curso normal, trazado por algún asesino. El rumor subía por la ventana: voces de hombres, de mujeres, risas, risas que golpeaban el centro mismo de su existencia.
Se asomó a la ventana. Vislumbró las siluetas en trajes de noche, los abrigos, la alegría, los descotes, el constante bullicioso fluir humano por la puerta del Casino. Casi podía adivinar la blancura de los dientes, la suavidad innominable de los cuellos femeninos, el concienzudo acicalamiento general, las espantosas manos de los hombres.
Sacó la cabeza ventana afuera. La brisa caliente, bochornosa, que pesaba sobre el ruidoso tráfago de la ciudad, le produjo vértigo. Escupió hacia la noche, hacia la humanidad, hacia aquella multitud de seres altivos y bárbaramente normales que la asediaban con el alarde de la felicidad. Escupió una, dos, tres veces, hasta que sintió que el llanto, un llanto duro que se negaba a humedecer su rostro, se cuajaba bajo sus párpados.

 

LA BIBLIOTECA DE EMILIO DÍAZ VALCÁRCEL CELEBRA JORNADA LITERARIA
Rafael Acevedo / En Rojo

Emilio Díaz Valcárcel nació en Trujillo Alto el 16 de octubre de 1929. Muy joven fue reclutado por el ejercito norteamericano y enviado a la guerra en Corea. La experiencia marco parte de su obra. “El sapo en el espejo”, “Los héroes” o “Napalm” relejan el drama de los conflictos bélicos propios de la Guerra Fría. Además, como otros escritores de su generación, la transformación política y económica de Puerto Rico a partir del ‘48 está en su trabajo. Junto a René Marqués, Pedro Juan Soto, José Luis González, y César Andreu Iglesias, entre otros, podríamos leer la narrativa de ese momento como un leucido documento histórico.
Es después de la guerra cuando Díaz Valcárcel realizó estudios en la Universidad de Puerto Rico. Becado por la Fundación Guggenheim vivió un año en Nueva York, y otra beca, del ICP le permitió residir en Madrid, becado por el Instituto de Cultura Puertorriqueña, en 1969.
Trabajó como guionista en la División de Educación de la Comunidad y como redactor de textos publicitarios. Dirigió la revista cultural Cupey y se desempeñó como catedrático de Lengua y Literatura en la Universidad de Puerto Rico, de donde se jubiló en 1995. Fundó el Taller de Narrativa del Instituto de Cultura Puertorriqueña de donde surgieron escritores que hoy forman parte del canon de nuestra literatura.
Entre sus obras se destacan:
El asedio (relatos). (México, Arrecife, 1958.) Premio del Instituto de Literatura Puertorriqueña
Proceso en diciembre (relatos). (Madrid, Taurus, 1963).
El hombre que trabajó el lunes (relatos). (México, Era, 1956 )
Napalm (relatos). Madrid, ZYX, 1971.
Figuraciones del mes de marzo (novela). (Barcelona, Seix y Barral, 1971 ) Finalista en el Premio de novela Seix y Barral.
Panorama (narraciones 1955-1967). Río Piedras, Cultural, 1971 )
Harlem todos los días (San Juan, Cultural, 1978)
Mi mamá me ama (San Juan, Cultural, 1981)
Laguna y Asociados San Juan, Plaza Mayor, 1995)
En conmemoración de sus 90 años, La Biblioteca y Centro Literario Emilio Díaz Valcárcel dirigido por la escritora Gretchen López, celebra una jornada de conferencias, charlas y lecturas a partir de este martes, 3 de diciembre. El espacio es desde hace unos años lugar de desarrollo de toda gestión literaria. Hay club de lectores, talleres de escritura, computadoras e internet para investigadores, archivo.
Nos dice la directora López que allí también puede verse la colección de libros de Díaz Valcárcel, incluyendo una interesantísima selección de libos firmados por sus autores, dedicaos al escritor trujillano. En el archivo se encuentra una novela inédita, libretos de la DIVEDCO, recortes de periódico. Todo ese material ha sido catalogado, organizado y está disponible para investigadores.
López, autora de Nueve, microrrelatos, nos dice que le llama la atención en la biblioteca de Díaz Valcárcel la gran cantidad de literatura norteamericana que legó el escritor: Roth, Philip K. Dick, los clásicos, y muchos textos sobre teoría política y socialismo. Además una colección de premios Casa de las Américas (La Habana) de 1962 al 1982.
Para los estudiosos de revistas ahí no solamente están varias colecciones nacionales sino una gran cantidad de revistas rusas. La memorabilia es digna de ver. “Hay una foto, señala Gretchen, de Maldonado Denis, Luis Rafael Sánchez, José Luis González, Miguel Meléndez Muñoz, Juan Mari Bras, juntos, con una nota del propio Emilio que los llama “los radicales libres”.
Es un orgullo para los trujillanos que esta biblioteca se le dedicó en vida al escritor que hoy estaría orgulloso de que se ha convertido en un taller literario. “Pero no solo es escribir, que es un acto sanador, sino que permite la introspección y la creación de lectores que poco a poco en el ejercicio se van amoldando a otros paradigmas de lectura y de modos de ver la realidad e interpretarla” manifiesta con entusiasmo Gretchen López.

 

DÍAZ VALCARCEL, ESE JOVEN ESCRITOR CONTEMPORANEO
Gretchen López/ Especial para En Rojo

En 1959, “un joven escritor contemporáneo” que había colgado varias colaboraciones en El Puerto Rico Ilustrado, enviaba impetuoso y decidido, copias de su reciente libro a las plumas más importantes de la época. Así fue como llegó a las manos de Miguel Meléndez Muñoz el primer libro de Emilio Díaz Valcárcel: El Asedio. La misiva en respuesta, más que un agradecimiento por el detalle, se me antoja como una suerte de pase de batón entre dos generaciones que apenas convergen en esta segunda vuelta de narradores insulares del siglo XX.
Recién alcanzaba los 30. Había estado en Corea antes de entrar a la universidad. Y había visto cosas de las que los universitarios hablaban entre cafés luego de leer el periódico. Y de ello relataba en el Asedio. Debe ser eso lo que el autor de Yuyo alcanzó distinguir “con cerrada apreciación” del novel escritor, así como su habilidad para narrar con “cruda, pero bella realidad”; característica que le daría a Millito (apodo con el que lo conocieron sus amigos en nuestra Península de las Ocho Calles) un espacio dentro de las primeras manifestaciones del Boom en la isla.
“Le felicito por su libro, y no me olvide cuando publique otro” se despide Meléndez Muñoz, quien murió seis años después de El Asedio. Luego, Proceso en Diciembre se publicó en Madrid en el 63; El Hombre que trabajo el Lunes, Napalm y Figuraciones en el Mes de Marzo le siguieron. Entonces, el gran salto a la novela. En su obra y en su gesta de vida en general, Millito siente y participa “de la agonía de nuestro pueblo por sobrevivir y defender su cultura peculiar, contra la adversidad de su destino -revocable-.” Son pocos los escritores nuestros que no pueden desprenderse de esa agónica realidad, con excepción de algún “puritano castrado” o alguna “doctora en la primavera frustrada de su vacuo existir” Pero eso no lo digo yo, tampoco Millito. Lo dice Miguel Meléndez Muñoz. Y si Emilio estuviera con nosotros, sin duda estaríamos en su salita-despacho, comiendo tortilla española que nos hizo Lydia e imaginando nombres para la doctora, para el antologista puritano.
Con los años, y luego de una prolífica carrera con más de una docena de libros, Millito también caería “enfermo del cuerpo y dolido del alma”. De su obra conocía poco. Mi viejo, orgulloso trujillano, insistía en que le fuéramos a visitar “porque estaba malito”. Nunca fui. Hoy me toca el privilegio de conocerle a través de su legado literario y más allá, le encuentro en las anécdotas de su viuda, en las cartas de amigos y colegas, en las notas que escribió al pie de página de alguna novela medio leída: esas sorpresas que encuentro a diario al colaborar en el Centro Literario Emilio Díaz Valcárcel del Municipio de Trujillo Alto.

No hay comandos

Melanie Pérez Ortiz / Especial para En Rojo

Les recomiendo que no caigan en la trampa de la levedad. Esta galería de cuentos hay que atravesarla con calma, diseñando distintos derroteros que iluminarán lecturas posibles.

Como si se tratara de una pulsión, los miembros de un comando atacan en unidad. Siguen órdenes que vienen de otra parte. Deberían reaccionar como un ordenador o una computadora, de manera ordenada. Es decir, debería suceder que han recibido la orden o el comando y se desplazan de manera concertada hacia el objetivo. El término implica el orden de una guerra, la orden de un sistema cuya inteligencia está en otra parte.
Galería de comandos, escrita por Alejandro Álvarez Nieves es una colección de cuentos que desconcierta. Me fijo en la contratapa, donde dos escritores contemporáneos leen las mismas historias de manera muy distinta y empiezo a sentirme perdida. Para Frank Báez, el escritor dominicano, los personajes son repulsivos, veremos porqué. Para Cezanne Cardona, coterráneo nuestro, los comandos o unidades de ataque se han disuelto y los personajes andan desorientados buscando sus grupos. Yo leí la colección en el primer intento como una disolución del patriarcado, nuevamente, porque me evocó su hermoso poemario publicado hace pocos años por Travalis, titulado Quiebre de armas (2018), donde ya la voz poética claudicaba, abandonaba el patriarcado, transformando el héroe en algo lejano al híper macho del relato clásico. En fin, que el desconcierto que menciono es un indicio de que se trata de un buen libro, puesto que no se da completo en la primera lectura y hay que manosearlo bastante para ir sacándole lo que tiene que decir por medio de los relatos que cuenta.
Con la segunda o tercera lectura decidí que el desconcierto reside en que los personajes y la manera de contar sus historias son deliberadamente contradictorios y ésa es la cifra de la reflexión que nos plantean estos cuentos sobre lo contemporáneo isleño. Se trata de un libro pleno de violencia y ternura, de momentos iluminados desde poéticas cercanas cierto entendimiento que conviven con lo banal en ambientes que albergan las violencias que nos negamos a abandonar, tal vez porque nos ubican en una posición cómoda. En esa medida es también un libro incómodo.
Me recuerda los Cuentos de la universidad (1935) de Emilio S. Belaval, el narrador puertorriqueño de los años treinta que más se atrevió a meter la mano, precisamente, en las contradicciones entre la retórica oficial y la vida de su momento, en el campo, en la Universidad o en la Plaza Fuerte, aleph caribeño y latinoamericano de las contradicciones productivas y asfixiantes de las transculturaciones coloniales. Ello, porque, porque los protagonistas de más de un cuento son universitarios y además porque se trata de personajes atrapados por la sociedad que no los entiende, que no entienden, mientras hay una especie de guerra entre ellos y las estructuras atrapantes y violentas que forman el ambiente en que nadan. Es un pulseo que genera violencias que a veces parecen gratuitas sin que lo sean y que nos implican a los lectores en el proceso morboso de observar con una sonrisa burlona sus vidas, a veces graciosas desde un humor cruel, hasta que al final es nuestra vida la que se cuenta y la sonrisa deviene en mueca.
El individuo contemporáneo está en la admiración al tramposo que siempre gana de una manera vistosamente sucia hasta que el narrador y el lector se convierten en la víctima de este juego que anuncia que las reglas no son iguales para todos, que la realidad es un montaje organizado en concierto por los que creemos buenos y los que creemos malos, quienes dirigen el espectáculo público en armonía para que nos odiemos, para que reaccionemos con admiración o desprecio cuando nos toque de cerca la narrativa que nos hace víctimas y victimarios.
Se puede también ser nadador, acosado por una madre asfixiante y sentirnos libres en la soledad de la piscina de agua clorinada, aunque odiemos este deporte y sepamos que la libertad terminará cuando se complete esta precisa carrera a nado que coincide con la universitaria. Entonces la libertad es hacer lo que la madre le impone (nadar), antes de que la vida lo devuelva a la madre ya sin agua y sin cloro, y no queda claro, pero está clarísimo, cómo es que termina la libertad cuando se la consigue por fin.
A esa madre autoritaria nos sometimos todos los que tenemos ciertos años, cuando la psicología infantil se transformaba en chancleta, en varita de guayabo, en correa de cuero y más si nos crió una madre soltera. No había modo de escaparse de ella sin evadir la casa que es la que disciplina a la vez que protege de la intemperie. ¿O es la intemperie la que protege de la casa y disciplina?
¿Hacemos comunidad por puertorriqueños o es que hay compatriotas que nos dan vergüenza ajena? ¿Es que la liberación sexual libera? ¿Pueden los padres que nos han empujado a la vida dejar de atraparnos con su bondad? ¿Podemos evitar ser los chivos expiatorios de un sistema corrupto lleno de complicidades mudas, aunque haya instantes en los que nos pensamos depredadores?
Finalmente, la pregunta por el padre regresa en “#puertoricoselevanta”, cuento cuya fábula transcurre en las primeras postrimerías del huracán María, cuando todavía las calles estaban llenas de escombros; cuando todavía no sabíamos si nuestros seres queridos estaban bien; cuando no teníamos claro si nos iba a tocar un muerto de los que dejó el abandono por todas partes. Me recuerda el magistral cuento titulado: “No oyes ladrar a los perros”, del mexicano Juan Rulfo. En aquél cuento un padre campesino carga como en viacrucis el cuerpo moribundo de un hijo herido por sus asociaciones criminales. Acá, vemos al hijo que busca medios para llegar al hospital con el padre enfermo cuando no hay gasolina, ni caminos, ni recursos en el Centro Médico. Las historias son distintas, pero quizás sea la guerra civil la que me ponga el corazón pesado con nuestro patetismo actual al leer estos cuentos, tanto como me ha pesado alguna vez leer la realidad de pobreza absoluta (material y espiritual) en el México posrevolucionario.
Es galería porque se entra y se observan estos cuentos en un gesto idéntico a quien visita una exposición en cualquier medio de las artes visuales. Se mira en silencio tenso una pieza, se pasa a la próxima y a la próxima. Luego hay que volver a caminar hacia atrás, para regresar a ver un detalle de aquella pieza, y ya se vive con el ansia de a qué nos expondrá la próxima pieza mientras vamos atando cabos.
Les recomiendo que no caigan en la trampa de la levedad. Esta galería de cuentos hay que atravesarla con calma, diseñando distintos derroteros que iluminarán lecturas posibles. Los ambientes, las historias y los personajes retornarán, como advertía Frank Báez en la contraportada, porque lejos de ser inocentes, la insidiosa construcción de estos cuentos es un ataque a la falsa paz que hoy vivimos.

El bloqueo: embargo como problema cultural

Victor Fowler / La Jiribilla

 

Cuando mis años de infancia había este chiste: “Un elefante cruza por encima de un hormiguero y, como es de suponer, ello implica la inmediata muerte de millones. En un primer momento las sobrevivientes se encuentran aterrorizadas y afligidas, sucede a ello un sentimiento de rabia compartida hasta que, finalmente, la rabia es transformada en deseo de venganza. A partir de aquí, las hormigas intercambian opiniones, planifican, conspiran, transmiten sus emociones a las recién nacidas, a los hormigueros vecinos; durante generaciones la venganza es el centro de cualquier conversación entre hormigas, es una obsesión, una meta colectiva. Todas, todas quieren lo mismo: destruir al elefante asesino. Vigilan y un día el enemigo aparece, los diminutos insectos corren, se encaraman encima del inmenso paquidermo, se distribuyen para tejer una suerte de collar alrededor del cuello de la bestia y entonces una de las hormigas grita con entusiasmo guerrero: ¡ahórquenlo!”.
La razón de que esto sea una situación cargada de comicidad estriba en la diferencia de escala entre los contendientes. ¿Qué cantidad de presión sería necesario ejercer para conseguir asfixiar a un elefante? ¿Qué tipo de abrazo para que, aunque sea, se entere de que intentan estrangularlo? La imposibilidad o absurdo de la venganza es lo que hace risible la escena, una imagen o cuadro que no es posible siquiera “pensar”. Dicho de otro modo, una situación que invita a reír, pero que no es concebible pensar.
II
¿Cómo “pensar” millones de muertes por causa de enfermedad y hambre? ¿Qué hay que hacer con “lo humano” para, por ejemplo, negar a un paciente la medicina que lo puede salvar? ¿O el alimento que puede evitarle una enfermedad, o hay que separar la enfermedad de la muerte como si no tuvieran ninguna relación? ¿Qué tipo de desconexiones y distancias hay que establecer? ¿Qué monstruosidad es necesario poner en práctica y, de inmediato, olvidar o relativizar para poder seguir viviendo? Mientras más grande es el daño al otro, mientras más crece la cantidad de personas que padece, ¿qué tiene que dañar, contaminar o matar en su interior el que planifica la orden, la ejecuta o la vigila? Peor aún, ¿qué muere, sufre daño o es contaminado en aquel que se considera desconectado de la orden y su consecuencia?
Si en el chiste del comienzo lo cómico tiene su basamento en lo desmesurado de la asimetría, ¿cómo entender la asimetría cuando se trata de países?, ¿existe alguna posibilidad no risible de que, por ejemplo, la isla de Tonga, Fidji o Saint Kitts y Nevis pongan en práctica una política de “embargo/bloqueo” contra los Estados Unidos? Después de más de un centenar de años con una economía estructuralmente dependiente de la economía estadounidense, ¿podemos siquiera imaginar que Puerto Rico anuncie un “embargo/bloqueo” contra los Estados Unidos? ¿No habría que disponer, como condición previa, de un contexto de desbalance económico y militar, además de una maquinaria de producción de mensajes de un poder incalculable para que sea posible convertir lo nuevo en aceptable y lo aceptable en normal?
Como mismo los cubanos vamos caminando hacia un momento a partir del cual los habitantes todos del país habremos nacido dentro del embargo/bloqueo, ¿llegará ese punto en que la humanidad entera habrá nacido dentro del bloqueo también? Al mismo tiempo que esto, y en su reverso, ¿qué significa para un ciudadano estadounidense común vivir en un país que aplica, como herramienta política, un embargo/bloqueo que dura ya varias generaciones?, ¿qué tipo de deformación silenciosa, larval, ha ocurrido en la mente de personas que —a la vez que son instruidas, desde niños y hasta siempre, acerca del orgullo que deben sentir por ser el país con el poder económico, militar, mediático y de industria cultural más grande de la historia humana— también son enseñadas a aceptar que nacieron “embargando/bloqueando” a un país descabelladamente más débil y pequeño, y que eso es correcto? ¿Qué hay que romper en la razón, la imaginación y la realidad misma?
III
La pregunta esta vez no es ¿cuáles son las consecuencias del embargo/bloqueo?, sino una cadena de inquietudes: ¿qué nos “hace” su existencia?, ¿qué realidad nos ofrece o entrega?, ¿cuáles cosas ocurren (y pudieran suceder) en ese mundo donde el embargo/bloqueo existe?, ¿qué cantidad de poder es imprescindible para poder “embargar/bloquear”?, ¿qué tipo de relación previa necesitan haber tenido dos países para que uno decida “embargar/bloquear” al otro?, ¿a partir de qué límite tiene sentido un “embargo/bloqueo?, ¿quién saca estas matemáticas, sobre qué base?, ¿decide tan solo un Presidente o detrás hay un abanico de consejeros, gente con formación científica, que maneja datos, expertos de todo tipo?
Gente que solo saca cuentas, que hace cálculos: el embargo/bloqueo como asunto de flujos, gráficos, tablas.
Una amiga, hace años, estuvo en una oficina de la OFAC (Office of Foreign Assets Control) para entregar alguna información reglamentaria a propósito de su viaje a Cuba con un grupo de estudiantes. En aquella ocasión, como parte de la conversación con los funcionarios que la recibieron, se refirió ella al “sufrimiento del pueblo cubano” a consecuencia del embargo/bloqueo; la respuesta, que según me dijo le causó escalofríos, fue: “No nos interesa el sufrimiento del pueblo cubano”.
El folleto titulado Economic Sanctions, Agencies Face Competing Priorities in Enforcing the U.S. Embargo on Cuba , publicado por el Departamento General de Contraloría del gobierno de Estados Unidos en noviembre de 2007, dice lo siguiente en su página 11: “El embargo contra Cuba es el más completo conjunto de sanciones impuesto por Estados Unidos a cualquier país[1], incluidos los demás países designados por el gobierno estadounidense como promotores del terrorismo”. (United States Government Accountability Office (GAO-08-80 Cuba Embargo), p. 11). ¿Qué decir hoy, cuando ya fue activado el capítulo III de la Ley Helms-Burton que, en términos de propiedad, propone regresar el país entero a la posición, divisiones y control en que se encontraba el 31 de diciembre de 1958?
IV
En el conjunto de los siete mil millones de seres que integramos la humanidad, los diez millones de cubanos que viven en la Isla somos un número pequeño, apenas el 0.00143 % del total. Lo que me gusta de la cifra es que nos enfrenta a nuestro tamaño relativo, nuestro lugar mínimo en el orden de las cosas. Podríamos desaparecer todos (por ejemplo, debido a un tsunami), la Tierra seguiría girando e incluso habría poblaciones enormes que ni siquiera se enterarían y continuarían creando y poblando el planeta; de hecho, hasta se ha especulado con la probabilidad de una ola gigante que afecte al Caribe alguna vez y, por consiguiente, a nuestra isla.
Esto significa que somos mucho menos importantes que aquella realidad hacia la cual el embargo/bloqueo empuja a la humanidad, menos importantes que el tipo de realidad de violencia y venganza de Estado que intenta imponer en el entramado de las relaciones entre países y, sobre todo, en las conciencias. Es aquí, en este espacio de la producción simbólica, donde se produce la aceptación y reproducción de la idea embargo/bloqueo como tal, o su rechazo y desarticulación discursiva, en este territorio de batalla, donde práctica y concepto aparecen como un problema cultural. Y es aquí donde tiene lugar ese extraño choque de fuerzas según el cual nuestra misma pequeñez estadística, lo inmenso del tejido que en contra de cualquier desarrollo normal de Cuba extiende el embargo/bloqueo, el deseo de asfixia que anima estos gestos, buscan ser precedidos por un trabajo de devaluación, erosión, negación de cualquier índice de vida medianamente “normal” en la Isla.
La fabricación de un otro (en este caso, nosotros) como una entidad negada y negativa —ese espacio en el cual todo “está mal”, la economía, la sociedad, la salud, la educación, la cultura, la sociabilidad, las ciudades, el campo, la tierra, los mares, la lluvia, etc.— funciona como el pavimento introductorio a la universalización acrítica de la idea-concepto “embargo/bloqueo”. Ese trabajo de erosión, devaluación y negación está en cualquier espacio en el que se considera natural y aceptable que el elefante aplaste el hormiguero, a la vez que se cree risible no ya la descabellada respuesta de la hormiga, sino su mera condición de ente mínimo y su situación, su mala suerte.
En este paisaje, la verdadera victoria del poderoso no es la destrucción económica (a fin de cuentas, ¿qué importancia pudiera tener ese 0.014 % de la humanidad?), sino la aniquilación cultural; la consigna perversa es minimizar, relativizar, difuminar cualquier noción de excepcionalidad, no aceptar responsabilidad ni participación alguna en el estado de cosas que uno mismo provoca, fabricar un agujero, un vacío.  A tal punto la realidad de un embargo/bloqueo como el descrito es enferma y monstruosa que, siempre que funcionarios del gobierno cubano, en la instancia que sea, exponen datos que explican los impactos negativos del embargo/bloqueo sobre la salud, alimentación, vivienda y, en general, economía y vida social cubana, los funcionarios estadounidenses a quienes toque intervenir ponen en práctica una suerte de exención de responsabilidad según la cual el gobierno de los Estados Unidos nada tiene que ver con los problemas cubanos. Lo paradójico de esta exención de responsabilidad radica en que afirma, de manera implícita, que si
Estados Unidos estuviese en una situación semejante los efectos del embargo/bloqueo contra el país tampoco tendrían relación alguna con la calidad de la vida de sus ciudadanos; lo terrible de esta estructura psicótica de pensamiento es que se basa en que la desmesura de poder de los Estados Unidos hace virtualmente irrealizable el embargo/bloqueo de país alguno en su contra. Dicho de otro modo, hay que fabricar un ego capaz de organizar daño sistemático y de mantenerse distante ante cualquier manifestación de empatía, hay que proponer la crueldad de Estado como una virtud. El horror de esto es que, para alcanzarlo, es imprescindible deformar los sistemas de valores, el sentido del humanismo, lo que se enseña en las escuelas, lo que transmiten los medios de comunicación, el sentido de los debates sociales, el sentido de la vida y de la muerte.
Es por todos estos motivos que la guerra debajo de la guerra, o antes que ella, es de orden cultural y entonces hay un punto donde todas las salidas pasan por optar entre moral e inmoral, humano o deshumanizante, bárbaro o civilizado. Ante una realidad semejante, la primera respuesta es cualquier opción que signifique vida: arte, cultura, ciencia, deporte, belleza, cariño, estabilidad, producción, cultivos, amor, limpieza, alimentos, cohesión, vivienda, proyectos, trabajo, esperanzas, independencia, sueños, soberanía y todo cuanto a la vocación de hecatombe concomitante al embargo/bloqueo comentado. Para nosotros, el país que resiste el embate, cualquier acto creativo, en el ámbito que sea, se opone al impulso hacia la destrucción, la autoanulación y la parálisis que el embargo/bloqueo persigue como uno de sus más deseados efectos. Cualquier acto de solidaridad hacia el interior del país y desde el país hacia el mundo. Cualquier manifestación de vida. Hacer, proponer, innovar, pensar, soñar, construir, influir y ser influido, intercambiar, desmontar, crear. Creación, solidaridad y cultura son modos de oponerse al ejercicio de ese “derecho bárbaro” acerca del cual, y hablando de los Estados Unidos de su época, escribió Martí en La conferencia monetaria de las repúblicas de América, artículo del año 1891: “Creen en la necesidad, en el derecho bárbaro, como único derecho: ‘esto será nuestro, porque lo necesitamos’”[2].
En un mundo sin semejante violencia, ¿qué podemos esperar de elefantes y hormigas?
¿Dialogarán?

Brassai y la noche inventada

Laurie Garriga / Especial para En Rojo

 

En Paris de nuit (1933), el fotógrafo húngaro-francés Gyula Halász, mejor conocido como Brassai, revelaba los rostros y las formas del París nocturno de entreguerra. Imágenes escuetas de calles sinuosas, siluetas que se pierden en la distancia, el Sena en bruma y a media luz, tan características de su trabajo, contrastaban con la belle epoque de las décadas anteriores. Si el periodo finisecular celebraba, en su joie de vivre, el optimismo de la estabilidad política, la industrialización, la tecnología y el entretenimiento –mientras ignoraban las precariedades de la clase obrera, por ejemplo– la obra de Brassai, se dedicó a ficcionalizar la noche parisina desde la sobriedad y la sugerencia.

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París, envuelta en el proyecto de renovación nacional francés, se iba erigiendo, a su vez, como una capital moderna. Desde mediados del siglo XIX, Napoleón III había decidido anexar la periferia a los distritos centrales de la ciudad. Las reformas, encomendadas al prefecto (y luego planificador urbano) Georges-Eugene Haussmann, crearon no solo una nueva distribución municipal sino un nuevo rostro al destruir y expropiar viviendas, edificios, caminos y casas del París medieval que aún sobrevivía.
El plan Haussmann instituyó el sistema de parques, áreas verdes, bulevares, vías y caminos, acueductos (y alcantarrillados). El planificador urbano, todavía una figura controvertida por sus excesos y expropiaciones, también iluminó las calles con farolas de gas. La ciudad fue una zona en construcción por años, pero la puesta en escena de París como la ciudad de las luces, la ciudad moderna, deseada y deseante, tomaba vuelo en la transición de un siglo y otro.
Brassai se muda a París luego de la primera guerra mundial. Haciendo las veces de periodista y artista en ciernes fue moviéndose por los círculos literarios y culturales parisinos. Con ojo de cineasta, Brassai distinguió las formas de la noche y comienza a patentizarlas. Del cabaret a la calle, dirigió la ficción de sus imágenes y sus protagonistas. ¿Quiénes circulaban las calles cuando caía el sol? Brassai, capta, edita y organiza a sus protagonistas. Transacciones y desencuentros. El arte de la discreción y de la sombra. “Night does not show things, it suggests them”, dijo.
El París desaparecido en el plan Haussmann se monta en escena con sus criaturas de la noche. Sus fotos son el cinematógrafo. Obreros, vándalos, jóvenes, barman transnochado son algunos de sus actores. Henry Miller, Picasso, Dalí y Matisse fueron otros. Paris de nuit tuvo una calurosa recepción por su cualidad de “ojo parisino”, reseñó Miller.
Luego de la guerra, el fotógrafo amplió y reorganizó su trabajo. Si antes, había captado la noche parisina, de manera más o menos documental, durante la posguerra intentaría revitalizar los arquetipos citadinos de forma menos sugerente como un proyecto de renovación y ficción tanto propia como parisina.
(Todas las imágenes son de Brassai)

Crucigrama

Horizontales
1. Julio L. y Coronado; escritor y abolicionista puertorriqueño. Fue desterrado de su país a causa de sus ideas antiesclavistas.
7. Dicho de una perdiz: repitió, como quejándose, aj, aj, aj.
9. Leopoldo García-____ y Ureña; conocido por el apodo de “Clarín”, fue un escritor español.
12. ____ Esther Benítez (Lucecita); cantante puertorriqueña.
13. Pájaro.
14. Pronombre.
15. Ernesto “____” Guevara de la Serna; revolucionario argentino.
16. ____ Juan; ciudad natal de Vizcarrondo.
18. Símbolo de la plata.
19. Viró.
21. Vivienda esquimal.
23. Desmenuzan con los dientes.
24. Josefina ____; poeta y dramaturga paraguaya de origen español.
27. Tipo de remo.
28. 9 de ____ de 1829; nacimiento de Vizcarrondo.
29. Medida inglesa de superficie.
31. Euskadi Ta Askatasuna (____), ‘País Vasco y Libertad’, organización armada vasca.
32. Elementos de Historia y Geografía de Puerto ____; libro de Vizcarrondo.
36. ____ de Aritmética; libro de Vizcarrondo de 1863.
38. ____ hechas; publicación de Vizcarrondo sobre el comercio en Puerto Rico.
41. Licor.
43. ____ Morales Ayma; presidente boliviano víctima de un golpe de Estado luego de las elecciones de 2019.
44. Junté.
45. El hombre ____; estampa costumbrista de Vizcarrondo.
48. Uno de los componentes espirituales del ser humano en la mitología egipcia.
49. La ____ de la Caridad de San Ildefonso; fue creada por Vizcarrondo para la educación gratuita de niñas pobres.
50. Que posee sabiduría.
51. Viaje a la ____ de Puerto Rico en el año 1797; escrito por André Pierre Ledru; Vizcarrondo tradujo el libro del francés al español.
52. ____ Suárez Díaz; autora de “El doctor Ramón Emeterio Betances y la abolición de la esclavitud”.
55. Plural de la letra a.
56. Decimoséptima letra del alfabeto griego.
57. ____ puertorriqueño; libro de Vizcarrondo que se utilizó para la enseñanza en las escuelas.
58. Conozco.

Verticales
1. Alternación de las cosas por turno u orden sucesivo.
2. Satélite de Júpiter descubierto por Galileo.
3. Municipio de Puerto Rico.
4. Crepúsculo.
5. Otorga.
6. Onda marina.
7. Ricardo E. ____ Gallardo; arqueólogo e historiador puertorriqueño.
8. ____ L. Vizcarrondo y Coronado; autor de “Tratado de Aritmética”, “Segundo Cancionero de Borinquen”, “El hombre velorio” “Silabario puertorriqueño” y “Cuentas hechas”.
10. Garantizó.
11. ____ Cancionero de Borinquen; fue compilado por Vizcarrondo.
15. Fortín ____ de Mirasol; centro cultural e histórico de Vieques.
17. País de África occidental.
20. Segunda nota musical.
22. Símbolo del galio.
24. Doce pulgadas.
25. Diosa del Olimpo, madre de Apolo y Artemisa.
26. Quiere.
30. Julio L. Vizcarrondo y ____; autor del prólogo del “Aguinaldo Puertorriqueño” de 1861. En su exilio en Madrid, siguió su labor por la abolición de la esclavitud y escribía para periódicos en España, Puerto Rico y otros países. Usó el seudónimo de “Cesár de Bazán”.
33. Revolución de los ____; levantamiento militar del 25 de abril de 1974 que provocó la caída de la dictadura salazarista, que dominaba Portugal desde 1926.
34. Envase de cuero que sirve para contener líquidos, como vino o aceite, pl.
35. 22 de ____ de 1889; fallecimiento de Vizcarrondo en Madrid.
36. Apañar, trampear.
37. Echa anís o esencia de anís a algo.
39. Suave, lisa.
40. Del verbo sonar.
42. Hombre piadoso del Antiguo Testamento.
46. Agustín ____; compositor mexicano.
47. Sorteo.
53. Afirmación.
54. Tercera nota musical.