Inicio Blog Página 1301

Márgenes perdidos

Eïrïc Rïchter Durändal Stormcrow

—¿Por qué ustedes los homos siempre se están tocando cuando los guardias no están mirando? —pregunta Heinrich, un testigo de Jehová barbudo por las circunstancias del Holocausto.

—Porque es la única forma de sentirnos que todavía valemos —contesta
Sieg—. Si todavía podemos dar placer, no solo estamos vivos. Nos sentimos vivos.

El jehovita, como les decían los guardias nazis a los del triángulo púrpura, asiente más por respeto que por convicción o convencimiento. Se acomoda la melena incómoda que los guardias no le han permitido cortar o acicalar. Es un castigo extra. O les afeitan los cuerpos enteros, o no les permiten cortárselo, dependiendo del color del triángulo asignado en Auschwitz. Sieg se le acerca.

—También es una forma de sentirnos en comunidad. Como ustedes con su fe.

Esas son palabras que Rich sí puede entender. Todos los días se reúnen para orar antes de que los guardias los hacinen en las literas contiguas. Es la única manera de soportar el frío extremo de la noche y así reforzar la gasolina que les permite sobrevivir hasta cualquiera que sea el final.

—Entonces, estarán bien —contesta y hace una mueca lejanamente emparentada con una sonrisa.

Al día siguiente, el personal del campo de concentración pone a los triángulos rosados, púrpuras y negros a picar piedras y arrastrarlas hasta el almacén, desde donde serán transportadas a otra barraca. Doña Camelia Stone, de 57 años, sucumbe ante el esfuerzo. Unas mujeres de la congregación tratan de incorporarla, pero se ha desmayado. Los guardias gritan órdenes e insultos. La multitud se congrega y se dispersa. Los guardias le apuntan con sus armas a la señora Stone, y le ladran órdenes de levantarse sin importarles la obviedad de que está inconsciente, de que no tiene medio alguno de responderles y, sin pensarlo, la congregación cierra los ojos y se abraza para no ver cuando la rocían con 16 tiros. Rich se abraza a la primera persona que encuentra, Sieg, que se abraza a Rich solo porque quiere. Ambos hombres comparten el llanto de su primera tragedia.

Al día siguiente, los ancianos de la congregación se sientan con Rich.

—Vemos que tienes un nuevo amigo.

—Ni tanto —contesta Rich, adivinando que vendrían a hablarle de su reciente amistad con Sieg.

—Es un sodomita. No debes mezclarte con ellos. 1 Corintios 6:9 dice que los hombres que se acuestan con hombres no heredarán el reino de Dios.

—Lo tengo claro.

—Pues, aplícalo. Recuerda que podrías ser expulsado de la congregación.

—¿Por una amistad con alguien en nuestra misma situación?

—¿Te estás insubordinando, hermano?

—No, hermano, para nada. Me quedó todo claro.

Rich recuerda el bautismo masivo que celebran los Testigos de Jehová en Alemania en la mañana del 9 de noviembre de 1938. Miles de hermanos huyen a los bosques y se bautizan en masa en los lagos y ríos frígidos de los campos. Algunos mueren de hipotermia. La familia de Heinrich lo arrastra hacia la orilla de una ribera. Las uñas de su madre se le quedan tatuadas en la muñeca, incluso visibles por debajo del futuro código impreso por los nazis. Lo sumergen a la brava y casi lo ahogan, mientras le gritan las preguntas que corroborarían que Rich conoce los principios de la fe. En aquel momento son solo 10. Rich dice que sí a todo, tratando de respirar sin que se le agüen los pulmones. Entonces, la memoria se disuelve primero por las esquinas y lo último que ve es la sonrisa de orgullo de sus padres.

Esto sucede apenas un año atrás.

Al día siguiente, seleccionan a Janice y Jerod, un matrimonio jehovita, para ser llevados al ala de medicina y experimentación. La congregación se despide porque sabe que jamás los volverá a ver. Los nazis igual se llevan a Hans y Arthur, de los triángulos rosados. Contrario a la congregación cristiana, los sodomitas no se tapan los ojos para no ver.

Al día siguiente, llegan nuevos triángulos rosados al campo de concentración. Esa noche, se rencuentran amigos, amantes, hermanos gemelos, viejos amores y hasta primos que alguna vez se exprimieron. Al principio no se reconocen. Los intentos de huida y el hacinamiento los han demacrado igualmente. Ludwig se rencuentra con Alf, el amor de su vida, mientras Werner encara a su ex, Wolfgang, que le dejó con una nota una noche de lluvia siete años atrás. Lo único bueno de Auschwitz, piensa con algo de saña, es que nos iguala a todos.

Al día siguiente, los nazis, borrachos por la noche de juerga, deciden rociar de balas la jaula de los jehovitas. Esa noche, a Rich le había tocado dormir al fondo extremo de las literas, allá donde el oxígeno es contado y el frío no hace nada por aplacar el sudor. Es el único que sobrevive y ese día su trabajo será enterrar a sus muertos. Sieg se le acercará junto a varios de sus amigos y lo ayudarán con el tesón de quien enfrenta la oscuridad sin brújula o alguna llama interna. Sieg recuerda la última fiesta con abisinio y cómo hubiera dado lo que fuera por jamás haber nacido. En Kristallnacht, en alguna barra de la ciudad más maricona de Alemania, los nazis tumban la puerta y entran con sus armas. Arrestan al cantinero, a los empleados, a las dragas, a los que se clavaban en el cuarto oscuro y los que mamaban en el agujero glorioso. Los arrestan, arrastran, desnudan y colocan en la calle a la vista del Pueblo. Allí, les meten dinamita en los culos o les aplastan las piernas con taques de guerra. A Sieg lo agarran al final, cuando ya habían satisfecho su morbo sanguíneo. Por eso es uno de los pocos que sobrevive.

Mientras cava el suelo y deposita los cadáveres, Rich se rompe en llanto. Parece que su futuro estará intrínsicamente ligado a la muerte. Sieg se le acerca y lo abraza. Esa noche, sellarán el pacto de muerte con su primer beso.

las cosas de los muertos

Por Sofia I. Cardona / Especial para En Rojo

 

Morimos, y lo dejamos todo como si hubiera entrado un ejército enemigo a la hora de la cena: los platos servidos, las botellas a la mitad, la silla separada de la mesa. Nos fuimos corriendo.

Luego vienen otros a rebuscar en las gavetas, el escritorio, las cajitas selladas y colocadas amorosamente en lo más alto de los armarios. Tienen permiso para mirar, averiguar, descartar. Con esos restos van construyendo una idea de quienes fuimos, como construir un zapato a partir de su huella. No siempre nos gustará el resultado.

Papelitos e historias personales

El sol se ha ido comiendo los dibujitos infantiles de mis hijos ya adultos. No me había dado cuenta hasta esta mañana que corrí las cortinas y pude verlos en toda su palidez. Los más que padecen están escritos a lápiz, sobreviven los de tinta metálica que tuvieron alguna vez. A las fotos les ha pasado lo mismo, y se me ocurre que ya es tarde para reclamarle al laboratorio de W. , que habrá usado para revelarlas químicos reciclados como las pailas de manteca en las que se fríen y refríen las alcapurrias de Piñones. Qué pena.

Últimamente he estado más consciente de que podría desaparecer y dejar mis papeles abandonados para que otros dispongan de ellos, y esto me ha producido escalofríos. Me van a odiar después de muerta, pienso, porque no van a entender porqué guardo esto y lo otro, y tendrán el dilema de si botar o no todo aquello a la basura. Me acordé de mi padre, que dispuso de sus recuerdos los últimos años de su vida. Mi madre fue otra cosa, vivió en un mundo papelero, como abogada, y les perdió el respeto a los documentos al punto de no haber dejado nada, o haber dejado poco; aunque eso no lo sabré hasta que dispongamos de sus cosas, se me ocurre ahora. Igual hay en su clóset un baúl repleto de enigmática basura.

Una vez reclamé los recuerdos del pasado familiar. Resultó que mi madre no había guardado nada (sospecho que no le apetecía dejar pistas) pero su excusa era que de muchacha habían desahuciado a su familia de la casa de Adjuntas (aquí introducía una historia larga e interesante que no ahora no viene al caso) y sólo pudieron llevarse lo imprescindible. En casa de mi padre guardaban en una lata de galletas documentos importantes, cartas y fotografías, pero después de la muerte de los abuelos la lata se perdió en las mudanzas sin dejar rastro. Así que en mi memoria familiar hay un vacío tremendo, y puede que esto explique mi superada obsesión de guardar papeles.

El döstädning

Hace poco tiempo escuché de una costumbre sueca, el döstädning o «limpieza de muerte», que cuando se llega a “cierta edad” (entre cuarenta o cincuenta años según los escandinavos) deberíamos empezar a considerar. No se trata solamente de los trajes y zapatos que no vestimos desde hace más de quince años, sino de papelitos, entradas de teatro, antiguos pases de abordaje, notitas misteriosas que guardamos entre nuestras cosas. Son recuerditos que sólo nosotros apreciamos.

El término ha cobrado notoriedad a partir del libro de Margareta Magnusson, El arte sueco de ordenar antes de morir. A Margareta se les murieron sus padres y su marido, y de pronto se encontró agobiadísima, responsable de disponer de los tereques de sus seres queridos. Supongo que se habrá sentido en algún momento muy mortificada. La entiendo. La compadezco. Afortunadamente, Margareta pasó por su trauma y escribió este libro que, al parecer, ha tenido mucho éxito, algo que habrá alegrado muchísimo a sus herederos.

Encuentro una reseña del libro titulada “El arte sueco para liberarte de lo que no te gusta” y veo que el döstädning toma un giro distinto a la onda pseudobudista que yo le había atribuido: cómo deshacerse de los excesos del consumismo. Claro que la reseñista dora la píldora y, aunque aclara que tiene “algo de meditación”,  presenta el asunto como un acto de ser generoso con el prójimo y no como una forma de deshacerse del montón de cachivaches que impiden al consumidor desear (y eventualmente adquirir) nuevos cachivaches.

La idea, en principio, sin embargo, no sólo me parece sensata sino que he sido testigo de esta práctica (sin necesidad de leer el libro) cuando mi padre, acaso contagiado con la histeria milenarista del 1999, ya octogenario, empezó un lento streap-tease de su biblioteca personal y fue distribuyendo todos los papelitos amados que había conservado por décadas. Estuvo siete años devolviendo, a sus respectivos dueños-emisores, tarjetas de cumpleaños, obras de arte infantil, notitas cariñosas y cositas por el estilo que había guardado con celo. Supongo que el resto de los papeles fue a dar al zafacón, sin que ninguno de sus herederos pudiera impedirlo.

La oficina universitaria de mi difunto marido estaba apertrechada: harina de café (con su taza, cafetera y hornilla), azúcar, galletas, sardinas, diccionarios, abrigo. pilas y pilas de fotocopias repetidas de Pedro Páramo, poemas de Borges y Neruda, exámenes viejos, etc. Semanas después de su muerte fui allí y, antes de devolver las llaves, me llevé las sardinas (para los huracanes), las fotos y sus carteles, y les dejé las estibas de papeles, que eran muchos, y algunos viejos diccionarios. Regresé a casa a disponer de mis papeles, por si acaso.

Los papeles se rompen con coraje

Es más fácil botar cosas que papeles. Muchas de ellas pierden utilidad o no la tuvieron nunca, pueden ser sustituidas o desplazadas, vienen de China y fueron construidas por manos ajenas, desconocidas. Los papeles son diferentes; los papeles escritos a puño y letra, digo, los papeles impresos, sobre todo los bien doblados y engavetados por muchos años, papeles que se convierten en documentos y transpiran un perfume memorioso.

Por eso al principio dudo, hasta que pronto descubro que el airecito ese está más en mi cabeza que en el papel, que tengo gavetas y gavetas de papeles que ya no recordaba, y me enfogono. Me ensaño contra ellos, pobrecitos papeles que no tienen la culpa, y los rasgo con furia, y corto y corto, y me corto con ellos, me chupo la sangre de los dedos cortados y me envalentono, ahora van a saber quién soy yo, y me parece que nada merece la pena retener, y río sardónicamente mientras rompo papeles, y boto y boto y boto. Lleno varias bolsas blancas que parecen más nubes felices que bolsas de la morgue y arrastro todos aquellos papeles muertos hasta la basura. He logrado borrar mi rastro, y, por el momento, voy más livianita por ahí.

Crucigrama

Vilma Soto Bermúdez / Especial para En Rojo

 

Horizontales

1. Cayetano ___ y Toste; poeta, narrador, ensayista, historiador, periodista, político y médico puertorriqueño. Fue nombrado Historiador Oficial de Puerto Rico.

3. José Coll y ___; hijo de Coll y Toste. Primer presidente del Partido Nacionalista.

7. Prehistoria de Puerto ___; libro de Coll y Toste premiado por la Sociedad Económica de Amigos del País en 1987.

10. Raspa, ralla.

12. Patada.

13. Dueña.

15. 30 de ___ de 1850; nacimiento de Coll y Toste.

18. Asistir.

19. En geometría, diámetro principal de una curva.

21. Amarro.

22. Dativo de pronombre.

23. La medicina entre ___ indios; publicación de 1915 de Coll y Toste.

25. Ocre.

26. Juego infantil hondureño.

27. Orisha que posee cada individuo. Deidad yoruba del culto afrocubano.

28. La invasión americana en Puerto ___; libro de Coll y Toste.

30. Salón.

32. ___ Primera; cantautor revolucionario venezolano.

34. Planta cuyo fruto es la uva.

37. Boletín Histórico de ___ Rico; consta de 14 volúmenes escritos por Coll y Toste.

41. Cuerda que se enrolla al trompo para hacerlo bailar.

45. Reseña del estado social, económico e industrial de la ___ de Puerto Rico al tomar de posesión de ella los Estados Unidos; libro de Coll y Toste de 1899.

46. Cayetano Coll y ___; casó con Adela Cuchí. Autor de “Colón en Puerto Rico: disquisiciones histórico-filosóficas”, “Mártir de Atenas”, “Puertorriqueños ilustres”, “Crónicas de Arecibo” y “Leyendas puertorriqueñas”.

47. Sor Juana ___ de la Cruz; escritora mexicana.

48. Cuatro en números romanos.

50. Campeón.

51. ___; ciudad natal de Coll y Toste.

53. Pequeño grupo de tropas de choque, destinado a hacer incursiones ofensivas en terreno enemigo.

55. Letra s y sonido que representa, pl.

57. Solo de ópera o zarzuela.

58. 19 de ___ de 1930; fallecimiento en España de Coll y Toste.

Verticales

2. Órgano de la visión.

4. Antigua ciudad de Mesopotamia.

5. ___ Coll y Toste; presidió el Ateneo Puertorriqueño, la Sociedad de Escritores y Artistas y la Sociedad de Historia; académico de número de la Academia de la Medicina. Caballero de la Orden de Bolívar en Venezuela.

6. Del verbo haber.

8. ___ Cienfuegos; revolucionario cubano.

9. Lola Rodríguez de ___; escritora y patriota puertorriqueña. Sus restos descansan en Cuba.

11. ___ de Atenas; poema de Coll y Toste.

14. Zona.

15. Cortó una tela en dirección oblicua a la de sus hilos.

16. Asentó algo sobre una base.

17. Isla mítica donde habita Eolo.

19. Memoria sobre ___ aspecto general de la civilización de Puerto Rico en 1797; libro de Coll y Toste de 1891.

20. Interjección para detener las caballerías.

24. Crónicas ___ Arecibo; libro de Coll y Toste de 1891.

29. Puertorriqueños ___; libro de Coll y Toste.

31. ___ puertorriqueñas; libro de Coll y Toste publicado por la Editorial Puerto Rico ilustrado en 1924.

32. Símbolo del astato.

33. Personaje bíblico.

35. Alcé la bandera en el asta.

36. Regala.

37. Francisco ___ y Margall; escritor, historiador y político catalán.

38. ___ pulso de la fiebre amarilla. Notas terapéuticas regionales; publicación de 1903 de Coll y Toste.

39. En México, arraiguen, echen raíces.

40. Horneé.

42. Haré un bis repitiendo una pieza en un espectáculo.

43. Uno.

44. Carta de la baraja.

49. Del verbo visar.

50. Querer.

52. Existe.

54. Símbolo del níquel.

56. Historia ___ la Instrucción Pública en Puerto Rico hasta el año de 1898; libro de Coll y Toste.

Teologías de la Liberación para eses nuestros días

Marcelo Barros / Especial para En Rojo

Este es el título de mi nuevo libro, publicado en Brasil por la editora Vozes y que desea responder al momento actual de la América Latina y el Caribe. Más que el título de un libro, esto es un programa que reúne diversas teologías contextuales que se han desarrollado en el mundo. Así, la ecoteología, teologías indias, negras, feministas, homoafectivas y otras están llamadas al diálogo. Juntas, buscan responder con propuestas de fe y solidaridad a los retos de hoy. En el prefacio de este libro, dice Leonardo Boff: “Podemos resumir todo en la preocupación fundamental, denominador común a todas las formas de Teologías de Liberación: ¿Cómo dar testimonio del amor y de la justicia de Dios, presente en las Bienaventuranzas de Jesús, en un mundo sin amor y sin justicia? ¿Cómo fortalecer la esperanza de los oprimidos y excluidos del mundo, en medio de una sociedad que se hunde cada vez más en un camino de intolerancia y crueldad? Solo logramos contribuir para que la fe cristiana sea creíble y aceptable, si nos esforzamos por apoyar a los oprimidos en sus organizaciones, movimientos y redes sociales, reforzando su función y su fuerza de transformación “.

La realidad de América Latina es siempre más difícil. El imperio sigue con su acción colonizadora. Las Iglesias, venidas de Europa o de América del Norte, necesitan abrirse a las teologías y espiritualidades decoloniales. En la Iglesia Católica, el Papa Francisco propone una Iglesia en salida, solidaria a los excluídos. Muchos ministros y fieles insisten en una religión cultual y aprisionada al poder. No aceptan esa propuesta teológica. El reciente Sínodo de los obispos sobre la Amazonía puso la ecología integral como objetivo de la misión. Insistió que los/as misioneros/as  valoren las tradiciones culturales y religiosas de los pueblos indígenas. Para eso, es necesario un nuevo diálogo teológico. Desde el comienzo de este siglo, crece el encuentro entre teologías de la liberación y las del pluralismo religioso. En ese contexto, podemos enfrentar problemas nuevos, como el desafío de las redes sociales, la radicalización del neoliberalismo, el crecimiento de la derecha en el mundo. Las nuevas teologías de liberación nos llaman a vivir la con-pasión por los condenados y excluidos. Nos hacen comprometernos con la liberación de toda la humanidad y de cada ser humano, a la luz de la fe cristiana, o motivados por el Espíritu de Amor, presente y actuante, en todas las tradiciones espirituales de la humanidad.

El autor es monje benedictino y ha escrito más de 40 libros.

Trascendente el legado de Vera Zabala Clemente

Por Javier Guaní Gorbea

No cabe duda que el atleta más venerado de nuestra historia deportiva es Roberto Clemente. Este, con sus ejecutorias en el terreno abrió el camino para todos los latinos que vinieron detrás, mientras al mismo tiempo peleaba con el discrimen racial de la época, y realizaba una gran labor humanitaria que va mucho más allá de la ayuda a Nicaragua. Al mismo tiempo, mantenía su consistencia en el terreno que logró que se convirtiera en una gran estrella, pese a que nunca recibió suficiente reconocimiento en vida. Y ahí es donde entra la importancia de la figura de Vera Zabala Clemente quien falleciera el sábado 16 de noviembre y fuera despedida este sábado, 23 de noviembre, precisamente en el coliseo de la Capital que lleva el nombre de quien fuera su esposo. Si Vera no hubiera dedicado el resto de su vida a dar a conocer a su esposo, es posible que Roberto Clemente, pese a sus ejecutorias, hubiera pasado sin pena ni gloria. Después de todo recordemos que en 1972 -año en que muere Clemente- todavía muchas de sus entrevistas era mal interpretadas y existía un resentimiento porque Roberto no se adaptaba a hablar el inglés. Vera es la razón por la que Clemente no pasó desapercibido desde 1973 cuando fue exaltado al Salón de la Fama en Cooperstown. Ella se encargó de dar a conocer al verdadero Clemente y hacer que su nombre esté tan vigente hoy como cuando murió en 1972.

Han sido las memorias de Vera por los pasados 47 años lo que ha permitido que se corroboraran muchas de las historias en los innumerables libros que se han escrito sobre el astro boricua. Vera fue fundamental para que se pudiera completar la Ciudad Deportiva Roberto Clemente en Carolina que, con sus defectos y virtudes, ha ayudado al desarrollo deportivo de miles de jóvenes puertorriqueños y constituía la visión de Clemente sobre la posibilidad de ayudar a la juventud a desarrollarse mediante el deporte. Gracias a Vera hoy hay parques, hospitales y escuelas que llevan el nombre de Roberto Clemente tan lejos como en Alemania.

Pittsburgh será siempre su casa

Aún con lo venerado que es en Puerto Rico, es en Pittsburgh donde Clemente jugó, donde más se puede notar el legado de Vera. Es precisamente esa ciudad la que está rodeada de recordatorios de todo lo que logró Roberto, y cómo transformó a los Piratas de Pittsburgh en una potencia del béisbol. En ese proceso, se convirtió él también en el héroe deportivo más grande de la historia de dicha ciudad. En Pittsburgh es usual ver muchas personas con camisetas del #21 que utilizó Clemente durante su carrera. Entre otras cosas que destacan en la ciudad, y en las que estuvo involucrada Doña Vera, se encuentra el puente que lleva el nombre de Roberto Clemente, su estatua y su museo, por mencionar algunos. Esta también fue fundamental en crear el Premio Roberto Clemente que se le otorga al jugador que mejor representa los valores de éste y su conexión con la comunidad y su equipo. Ese premio ha pasado a ser tan importante en las Grandes Ligas como el Más Valioso o el Cy Young. Mediante la colaboración de Vera con Major League Baseball se pudo establecer la Fundación Roberto Clemente, que ayuda al desarrollo de miles de jóvenes en el deporte.

Hay muchísimas más aportaciones que pudiera mencionar en este escrito sobre usted, Doña Vera, pero hoy solo quiero agradecerle por permitirnos realmente conocer la vida de Roberto Clemente. Usted será siempre un ejemplo para todos de cómo se puede seguir amando a alguien más allá de la muerte. Ahora que están de nuevo juntos, descansen en paz y gracias ambos por su legado.