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Entrevista a Cruz María Nazario: “El virus tiene formas de controlarse”

 

Por Cándida Cotto/CLARIDAD

ccotto@claridadpuertorico.com

 

A juicio de la epidemióloga Cruz María Nazario, aun cuando los datos diarios que mantiene el Departamento de Salud (DS) no reflejan la realidad de la ocurrencia de los contagios debido a que los datos de cada prueba positiva pueden tardar entre unas horas a unos días en llegar al Departamento, estos pueden estar reflejando bastante cercano en tiempo lo que está pasando en la comunidad.

La epidemóloga señaló que el problema con los datos del DS es que lo que se informa en la página son los casos positivos y no se sabe cuántas pruebas se hicieron. Puso por ejemplo el que, si se hicieran mil pruebas moleculares por día y de esas mil cien dieran positivo, se podría entonces decir, que hay un 100% de tasas positivas. “Pero ahora mismo no sabemos si ese por ciento, si ese número, está reflejando la transmisión del virus a nivel de la comunidad o sencillamente está reflejando el número de pruebas que se hace”.Si en su lugar, por ejemplo, se hacen 200 mil pruebas y 100 resultan positivos, esa medida permitiría saber por lo menos cuántas personas positivas de verdad están en la comunidad.

El dato que presenta Salud solamente dice del número de pruebas que se hicieron, cuántas dieron positivo. Eso representa un problema para los que quieren calcular qué está pasando en el país porque nunca se sabe cuántas pruebas se están haciendo.  “Uno escucha que hay gente haciendo miles de pruebas al día, pero ¿dónde están esos datos?  Sería importante conocer cuántas pruebas se están haciendo”, insistió.

Al planteamiento de que solo tienen la prueba aquellas personas que lo hacen de forma voluntaria, aquellos a los que los patronos se lo están pidiendo y los que se sienten enfermos explicó que eso quiere decir que la mayoría de la población no se ha hecho prueba ninguna. Expuso que, por ejemplo, cuando se habla de las pruebas moleculares, los datos que se están dando son solo los que salen positivos. Sobre esos datos se puede  decir que menos de 1 % de la población ha dado positivo: “Menos de un 1 % lo que implica es que podemos tener la transmisión del coronavirus en la comunidad,  ya que la mayoría de las personas que se infectan no tienen síntomas, y entre un 50 a un 80% puede tener síntomas leves, no tener ningún síntoma o desarrollarlos después. Pues, eso es un por ciento bien grande que está en la comunidad”. Censuró que en el país no estamos haciendo lo que recomienda la Organización Mundial de la Salud (OMS), que es hacer pruebas, aislar a las personas que dan   positivo, hacer rastreo y aislar aquellas personas contacto que también dieron positivo.

Nazario agregó que en la Isla las cosas se hicieron al revés. No se hacen pruebas, se pone en cuarentena al país completo, pero no se hacen las pruebas para saber cuánta enfermedad puede haber caminado por nuestras comunidades o en los espacios donde se comparte. Porque la cuarentena no aguanta mucho tiempo y la economía, tampoco, podría haber un repunte de casos, tal y como ha pasado en muchos estados de Estados Unidos.

“Ahora mismo con la apertura, potencialmente vamos a tener un repunte de casos. Yo esperaba tener un repunte de casos después de Las madres.  Yo creo que los datos todavía no están tan claros como para decirnos si hemos tenido un repunte o no. Me parece que

todavía hay un problema gigantesco de que la mayor parte de las pruebas que se están haciendo, de hecho, el 23% de todos los casos positivos, son  por pruebas molecular.  Quiere decir que la mayoría de estos casos que se llaman positivo son pruebas rápidas, que no son pruebas que  dan un diagnóstico; o sea, que en términos de proporción nosotros lo que deberíamos estar viendo es que el 100% de los casos se vean con pruebas moleculares”.

La doctora Nazario reprueba el que se sigan haciendo pruebas rápidas que no se sabe si se hacen por el exceso de compra que en un principio hicieron los municipios, los planes médicos y el DS, y se vean en la necesidad de usarlas. Al momento de nuestra entrevista, el 2 de julio, 25 de los nuevos contagios eran diagnósticos por prueba molecular y 58 eran por pruebas serológicas. Observó que esta no es la información que se debería estar recogiendo durante una pandemia. “Nosotros deberíamos saber qué está pasando realmente en la comunidad para poder atender las necesidades”.

Dado al hecho de que todavía no hay vacuna contra el virus, la epidemióloga indicó que en algunos lugares las condiciones de propagación del virus son beneficiosas para que continúe el contagio. Según explicó, en otros países han hecho lo que tenían que hacer y ya acabaron con el contagio en su comunidad. Si el virus se mata hasta con agua y jabón, quiere decir que el virus no es tan fuerte; pero hay que seguir las recomendaciones correctas para atajar la transmisión. Países que han sido exitosos, como Taiwán, en menos de dos meses tuvieron el pico. Se terminó el contagio a nivel de comunidad, empezaron hacer pruebas moleculares a la gran mayoría de la población y sobre todo a los que estaban en tipos de trabajo de mayor riesgo. Todo aquel que se encontró positivo se puso en cuarentena supervisada en su casa, se hizo un rastreo de la gran mayoría de los contactos de esas personas y se les dio seguimiento. La otra regla que han usado es que todo el mundo tiene que usar mascarilla. Solo se puso en cuarentena a las personas que estaban enfermas, no al país completo.

La doctora Nazario reiteró la necesidad de mirar los ejemplos de los países que son exitosos y no estar mirando a Estados Unidos. La prueba está en que en Estados Unidos al presente los contagiados se cuentan en 2,085,000 y los muertos en 132 mil, con tasas de contagio diario hasta de 54, 969 casos.

“Entonces tenemos que decir que en realidad el virus tiene formas de controlarse, pero los países deben tener las herramientas y la capacidad para poder tomar las decisiones que controlen la entrada del virus al país. Y nosotros no las tenemos porque aquí en Puerto Rico entró el COVID antes de que entrara el barco con los mil pasajeros. Ya en Puerto Rico había COVID; tuvimos dos personas que murieron antes que la señora italiana”.  La doctora Nazario también censuró la conducta del Gobierno, tanto del DS como de la epidemióloga del Estado, de ignorar el potencial de peligro que representaba la pandemia.

 

Ahora, con la reapertura, le preocupa que las recomendaciones sean un poco extrañas. Cuestiona cuál es el servicio esencial que tiene la reapertura de los cines; quién garantiza o supervisa que los restaurantes guarden las medidas de distanciamiento; cuál es la certeza de las autocertificaciones de los patronos  y con cuántas personas cuenta el Gobierno para verificarlas. “Esa falsa idea de que ya todo está bien es la responsable de ese conglomerado de casos que se han visto recientemente”, declaró.

En particular, sobre la recomendación de que se tome la temperatura, dijo que ha estado leyendo que esas pruebas de la temperatura son peores que las pruebas rápidas. Un estudio llevado a cabo en Australia a un grupo de personas que se conocía quiénes eran positivos y quiénes eran negativos, el 90% de los que sí tenía la enfermedad, como no tenían síntomas, no fueron detectados por la prueba del termómetro. Además, puso en duda la preparación de las personas que aplican la prueba, la calidad del instrumento y reiteró que la prueba de temperatura puede fallar por muchas variables.

Ante la reapertura, la doctora Nazario insistió en la necesidad de que las personas continúen observando las medidas de distanciamiento físico a seis pies o más, evitar las aglomeraciones, mantener las medidas de higiene de lavarse las manos frecuentemente y continuar con el imprescindible uso de la mascarilla en todo momento.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Será Otra Cosa: La biblioteca dispersa 

 

 

(una historia incompleta para bibliófilos)

Por Sofía I. Cardona/Especial para En Rojo

 

 

1.Cuando éramos jóvenes e insaciables

Nos reconocemos de lejos. Miramos los tentadores libros con la misma voracidad asesina. Puede que nos hayan iniciado temprano en la vida, o que haya sido un vicio adquirido por accidentes de nuestra biografía. Las historias varían. Mis preferidas son las de los convertidos, que suelen ser también los más insaciables. Somos capaces de gastar buena parte de nuestros exiguos fondos quincenales en una visita a la librería y hemos salivado en más de una ocasión ante un hermoseado tomo de obras completas que nunca llegamos a adquirir. Algunos de esos libritos los guardamos con orgullo en nuestra biblioteca y cargamos con ellos el resto de nuestra vida.

Se dice de nosotros que no devolvemos el libro que tomamos prestado. Se dice que es más bobo quien devuelve que quien presta. Esto no es siempre cierto. Conozco el caso de una voraz lectora que los devuelve – a veces años después – junto a otro libro obsequiado, para agradecer el préstamo y compensar la ausencia, pero este es un caso raro.

Tenemos un apego físico a estos objetos. Podemos parecer algo extravagantes cuando examinamos un libro. Ahora que nadie nos mira, lo abrimos y lo acercamos a la nariz, aspiramos con los ojos cerrados. Pasamos los dedos suavemente sobre la hoja, sobre el lomo, por el borde del montón de páginas. Suspiramos y entornamos los ojos en éxtasis. Imagínense, el siglo pasado había también “tomos vírgenes”, libros de pliegos doblados que había que abrir con cuchilla. Y los acuchillábamos para rasgar el filo de las hojas. Hasta eso les hacíamos a los pobrecitos libros, siempre entregados a su destino.

En los viajes, comprábamos libros, cargábamos con libros, y en ocasiones había que distribuir el peso para que no nos cobraran tanto más por la maleta. ¿Recuerdan? Luego, al llegar, los acomodábamos con celo en los estantes – si teníamos. A veces estos montones se convertían en un problema, pero no nos importaba, estaban allí, en nuestras manos. Nos mudábamos de casa, de ciudad, de país, cambiábamos de pareja, de familia, de identidad, y seguíamos cargando con nuestros libros como un caracol con su concha.

Seguíamos acumulando y soñábamos con una biblioteca de verdad. Mientras tanto construíamos simulacros de biblioteca con estantes de herramientas, varetas de metal y tablas de madera, ladrillos o bloques de cristal con tablillas de ferretería, libreros trililí de madera comprimida o PVC, hasta que un día teníamos suficiente para construir la soñada biblioteca.

2. La biblioteca soñada

 

Todos nosotros hemos tenido la ilusión de una linda biblioteca. Cuando vemos entrevistas o documentales sobre gente escribiente nos fijamos más en el fondo de las tomas: esos hermosos anaqueles hasta el techo y la escalerita de metal que rueda de un lado a otro, elegantes estanterías nórdicas distribuidas en una amplia pared junto a una ventana iluminada. Ya saben a qué me refiero. Envidiábamos esas bibliotecas y en nuestro fuero interior reconocíamos que jamás tendríamos una tan hermosa y elegante.

Al paso del tiempo, mi esposo y yo, en más de dos décadas de convivencia, teníamos ya muchísimos tomos y soñábamos también con una biblioteca. Asentados ya en nuestros trabajos, en aquellos años previos al IVU, imagínense (no lo sabíamos pero estábamos entonces en nuestras vacas gordas) emprendimos el proyecto. Bien, ya es hora. Nos lo merecemos. Esto coincidió, afortunadamente, con el encuentro de una magnífica ebanista que completó nuestros sueños y ya hace trece años, justo antes de la crisis económica de Lehman Brothers, invertimos en un enorme mueble que cubrió todas las paredes de la sala.

3. Las calamidades

A pocas horas de que pasara el huracán María, resignada a que los vientos arrancaran las ventanas, me despedí de mis libros. Miré las altas paredes, forradas de estanterías que la ebanista había construido diez años antes, y me dije: no pasa nada, podré contar que perdí mi biblioteca en el huracán del diecisiete.

El huracán pasó y nuestra biblioteca quedó intacta, pero – no lo sabíamos entonces – nosotros incubábamos desastres mayores. Dos años después ambos nos enfrentamos al cáncer y las cenizas de uno de los dos descansa hoy en la mesa entre los libros. Mi madre murió poco después y hubo que cerrar también la casa de mis padres. El orden estaba roto en cantitos y la biblioteca empezó a parecer más una carga que les dejaba a mis hijos que un preciado patrimonio.

Ahora debía disponer yo solita de los libros heredados, de los libros propios, de los libros ajenos, de los libros refugiados. Antes de revisar mi biblioteca, me tocaba bregar con la biblioteca de mi padre. Me fui de viaje en febrero y en el tránsito de vuelta ya empezaba la pandemia que desordenó todavía más mi mundo.

Con la pandemia y el encierro les sucedieron dos cosas a los libros: la gente los echó de menos y buscó de ellos en todas sus formas – virtuales y físicas –, y la gente los encontró de más y, como parte de la demencia doméstica del encierro, se puso a hacer resacas y disponer de los que no leían hace tiempo y se iban convirtiendo en un estorbo. No sabemos qué más hacer con estos preciados objetos que hemos aprendido a cuidar – cuidar del sol, del polvo, de la polilla y otros insectos depredadores de papel, del mal uso, la humedad y otras calamidades domésticas. Yo me senté a mirar las paredes atestadas de libros y recordé la otra biblioteca, la que hacía años nadie había tocado. Ya era hora de disponer de ella.

Empecé por conseguir dos latinistas como mi padre, que recibieran los libros clásicos – la mayor parte adquiridos como libros usados – a manera de relevo, para que siguieran su propia historia en manos jóvenes.

  1. La biblioteca de mi padre

Ellos no lo sabían, pero yo los vi venir por el pasillo embozados y lentos, como los paramédicos llegaron aquella noche a recoger el cadáver de mi padre. En esa ocasión, venían por el cascarón de un individuo que ya no estaba allí. Ahora los bibliotecarios se llevarían algo vivo, o al menos yo así lo sentía, según iban bajando libros del anaquel.

La biblioteca había estado imperturbable desde el 2006, cuando el dueño y lector de todos aquellos libros, murió allí mismo una noche de septiembre. Esa biblioteca era para él, entre otras cosas, la marca de una superación. En su casa campesina de principios de siglo pasado no había habido biblioteca, aunque, según me contaba con cierto orgullo que entendí mucho después, llegaba el periódico y alguna revista que el abuelo agricultor leía religiosamente. La madre, me enteré por una prima, había sido maestra en su juventud y hasta había escrito poesía y cartas de noviazgo, papeles perdidos para siempre con su temprana muerte a los treinta años. Supongo que aquellos estantes representaban la conquista de un territorio letrado, un pequeño edificio levantado poco a poco por mi papá desde que se exiló del campo a la ciudad universitaria en 1939.

La biblioteca, cuando llegué al mundo, ya era parte de la casa. Todavía hoy, sin embargo, es completamente inútil para mí. Varios estantes se dedican a lenguas que no domino y algunas apenas distingo: ruso, alemán, francés, latín, griego clásico, esperanto, japonés, italiano, polaco, rumano; o a temas que no llaman mi atención, como historia antigua y religión.

La biblioteca era, desde siempre, su lugar. Llegaba de la universidad y se iba directamente allí y muy tarde en la noche, cuando nosotras ya estábamos acostadas, subía a dormir a su cama. Muy temprano en la mañana se metía entre sus libros, así que lo recuerdo siempre en esa habitación.  Cuando mis padres se mudaron de la casa de siempre a este edificio, yo no estaba cerca, así que no participé de la mudanza ni vi si habían hecho alguna resaca de libros antes de reinstalar los mismos estantes en el nuevo apartamento.

Cada uno de estos libros debe tener una historia. No me refiero a su contenido, ni siquiera a los trabajos de su creación imaginaria o investigativa, ni a los esfuerzos editoriales. Pienso más en el objeto completo, pasando de mano en mano hasta las manos de mi padre, hasta estos polvorientos anaqueles condenados a la dispersión.

5.Los libros olvidados

Según el joven bibliófilo bajaba los tomos del estante mi corazón se aceleraba. ¿A dónde van? ¿A dónde? Las manos nos picaban por el polvo y sudábamos la gota gorda bajo las mascarillas. La escena era inusual, como el levantamiento de un cadáver, o mejor, como la colecta de un montón de semillas exóticas, valiosas solamente para el sabio botánico. La primera vez le pedí que se llevara una sola caja. No tenía valor para ver vacíos los estantes, pero de eso me di cuenta después que se fue y me reproché no haber aprovechado mejor su visita.

Luego vino la profesora de lenguas clásicas. Ella estaba más pendiente de los textos en griego. Fue examinando los libros uno a uno y echándolos en una cajita con cierta pericia de investigadora: este sí, este no, este me sirve, este me interesa, esto es en verso, esto en prosa.

La tercera vez que recibí a los bibliófilos, me apenó menos desprenderme de aquellos libros que, como quiera, nunca habían sido míos. Su lector no volvería a verlos y en manos de aquellos jóvenes emprenderían un nuevo viaje, a saber a dónde. Me gusta pensar que ni ellos saben la ruta.

Entre todos los libros había varios forrados en plástico. Era una clave para su apreciación. Seguramente eran los libros que más manejaba, los que necesitaban más cuidado. Entre ellos saqué para mí uno porque me pareció bonito: el tomo de la “biblioteca portátil del viajero”, Biblioteca Portatile del Viaggiatore, Volume Primo. Dante, Petrarca, Ariosto, Tasso, publicado en Florencia en 1833. En la primera hoja tiene la firma de mi papá, con buen pulso, en tinta oscura. El precio aparece arriba en lápiz con unas anotaciones que apenas se entienden: 450 ¿francos? ¿liras? ¿pesetas? El libro tiene despegado el lomo, pero el resto se conserva maravillosamente. Es de esos tomos de papel suave, de borde dorado, con la tibieza del algodón. Parece vivo. Tiene varios grabados interesantes, la letra pequeña. Sobre la tapa, tiene grabadas dos letras: C. P. Supongo que este libro lo llevaría Carlos, Carola, Cesare o Claudio en sus viajes de siglo XIX. Me lo llevé a casa y lo puse entre los libros de poesía, en buena compañía, para que continuara su viaje.

  1.  No tengo prisa

Me quedan libros por distribuir, pero no tengo prisa. Ya sé que la muerte puede ser algo lento. Los libros no están excluidos de ese ciclo orgánico de principio y final. Lo supimos después del huracán, cuando sin señal ni corriente eléctrica nos acercamos nuevamente a los estantes a alcanzar esos objetos mudos y discretos, y les metimos el diente, con recuperada voracidad. Lo constaté en las resacas del encierro, cuando empecé la dispersión de un tesoro, como un montón de semillas mágicas que el tiempo se encargará de hacer germinar.

 

 

 

El fascinante mundo de la mala literatura romántica

 

Por Natalí González Villariny/ Especial para En Rojo

Por mucho tiempo me limitaba a leer obras de escritoras y escritores con buenas críticas y excelentes reputaciones en el mundo literario. Nunca me he limitado a las grandes y laureadas autoras y autores, pero solo leía lo que se consideraba como buena literatura o venía bien recomendado.

Todo cambió cuando me vi en un momento de mucho estrés laboral y en una necesidad imperiosa de mantener el inglés. No me daba la cabeza para leer novelas de personajes complejos, profundos y con tramas dignas de recordar y analizar. Necesitaba algo ligero, algo olvidable, que me relajara y me permitiera irme a la cama sin pensar en los problemas diurnos.

Así fue como empezó mi búsqueda en Good Reads. Y como me gusta mucho la historia, empecé por investigar qué novelas históricas ligeras, divertidas y fáciles de leer había disponibles, preferiblemente, en inglés.

Me topé con todo un mundo de novelas históricas románticas que tienen lugar en la era de la Regencia en Inglaterra (finales del siglo XVIII y principios del XIX). Hay un grupo, sobre todo de escritoras, muchas de ellas estadounidenses, que se han inspirado en las novelas de Jane Austen para escribir relatos eróticos basados en los amores de Lizzy Bennet y Mr. Darcy, los protagonistas de Pride and Prejudice.

Unas son de mejor calidad que otras, pero prácticamente todas tienen una trama bastante simplona y finales felices. Las hay muy mal escritas y peor documentadas que tuve que abandonar tras leer las primeras páginas y devolverlas. Hay otras decentemente redactadas, pero las lamentables descripciones de sus mujeres protagonistas como tontas sin remedio o las escenas de sexo que son realmente una violación, me obligaron a suspender la lectura antes acabar el libro.

No obstante, debo decir que hay un buen número de novelas con tramas decentes y bastante bien documentadas. Algunas brindan un trasfondo histórico más completo de la era en que vivió Jane Austen. Por ejemplo, ilustran muy bien el maltrato sistemático que había hacia las mujeres, incluidas las de clase alta.

Un tema habitual es el de la mujer arruinada, que adquiría mala reputación por chismes, besar un pretendiente, ser violada o abandonada en el altar, y cómo ellas eran condenadas al ostracismo y a la pobreza.

También muestran la terrible realidad del matrimonio entre aristócratas y de cómo algunas mujeres eran, en cierto modo, prostituidas una vez alcanzaban la edad para casarse. Así como lo hacían las hermanas Bennet, las mujeres de clase alta de esa época acudían a bailes organizados para para cazar un marido. Daba igual que el hombre objeto de interés tuviese mala reputación. Si su cuenta bancaria y su patrimonio eran considerables o tenía título nobiliario, los padres insistían en que su hija hiciera lo posible por conquistarlo.

Asimismo, algunos de estos libros mencionan eventos históricos reales que desconocía y que me han despertado el interés por saber un poco más sobre la historia de Inglaterra. Por ejemplo, la conspiración de Cato Street, en Londres, en 1820, la masacre de Peterloo en Manchester o la revuelta de los Calton Weavers en Escocia.

Otras novelas van más allá y sacan a relucir realidades de la sociedad británica que no aparecen en las novelas de Jane Austen: la existencia de personas con discapacidad así como la diversidad cultural, racial, étnica, política y sexual de la época.

De hecho, hay un subgrupo novelas históricas románticas queer con subgéneros mixtos: histórica romántica humorística, paranomal, ciencia ficción e incluso sátiras a algunos éxitos comerciales.

Por ejemplo, The Magpie Lord(El señor de las urracas) de la británica KJ Charles, una sátira de Harry Potter que tiene lugar en la era victoriana y también se inspira en la fascinación por la magia en la Inglaterra de esa época. Se trata de una historia humorística de amor gay en la que uno de los protagonistas es un mago y el otro un conde.

Estas novelas de tema queer, no se limitan al amor gay. Algunas tratan sobre relaciones de amor entre personajes transgénero, no binarios o lesbianas durante la Regencia, la era victoriana y la eduardiana.

Como el número de las novelas históricas románticas malas tiene un límite, decidí migrar a la novela romántica contemporánea, de tramas simplonas y finales felices. Al igual que con las anteriores, me he encontrado con muchas muy malas y otras menos malas. Para mi sorpresa, me he topado con una historia de amor entre dos hombres: el típico rubio de ojos azules de Wisconsin jugador profesional de Ice Hockey y un profesor de Sociología, ¡boricua!, bastante bien representado y sin estereotipos, pero este tema es harina de otro costal.

El tocadiscos de aguja

Por José(Pepe) Liboy

 

El tocadiscos compacto acababa de salir al mercado. Era una máquina nueva para nosotros y uno se enteraba de que existía por medio de revistas, ya que no había cable TV ni Internet. Yo me había criado con un primo que siempre estaba pendiente a estas novedades. La película Star Warsla fui a ver con un grupo de la escuela superior, pero mi primo me mostraba algunas escenas en una revista. De la misma manera, me había enseñado el tocadiscos compacto. Cuando empecé a trabajar, me propuse comprar un tocadiscos compacto, pero mi padre me sugirió que comprara mejor un tocadiscos viejo.

            -¿Por qué si dicen que el tocadiscos compacto tiene mejor fidelidad y es más liviano que el tocadiscos de aguja?- le pregunté.

            -No debes pensar en términos de fidelidad- me dijo mi papá. –Debes mejor considerar los sentimientos.

            -¿Sentimientos?- le pregunté.

            -Sí, los sentimientos. Yo te voy a contar ahora una historia para que tengas presente los sentimientos a la hora de escuchar música. A tu abuelo no lo conocimos, aunque vendía radios de onda corta. Una vez, cuando salió el tocadiscos estéreo, yo quise comprar uno. Pero tenía que ver si compraba el tocadiscos o un radio de onda corta que el hermano mayor de tu abuelo salió a venderme cuando empecé a trabajar.

-¿Hay alguien que quiera venderme algo?- le pregunté.

-Exacto- me dijo. –Es una muchacha que sabe que tu abuelo vendía radios de onda corta y a la que le sorprende que estudies en una escuela religiosa. Ella cree que tu abuelo pudo haber sido físico si hubiera podido estudiar. Incluso dice que le robaron inventos de electricidad. Ahora resulta que ella dice que los tocadiscos de aguja son mejores que los nuevos tocadiscos compactos. Yo te aconsejaría que compraras un tocadiscos de aguja primero y que dejes pasar los años.

-¿Es ella la que va a venderme el tocadiscos viejo?- le pregunté.

-No- me dijo. –Espera que alguno de tus amigos salga de uno y se lo compras usado. Yo voy a hacer arreglos con tu tío para que vendas tocadiscos de aguja nuevos, pero tú cómpralo usado. Yo creo que eso le va a agradar a la nena. Según me han dicho, ella quiere poner un negocio de tocadiscos de aguja mejores. Algunos tocadiscos son alemanes y otros son ingleses. Si hablas con su novio, o con alguno de sus amigos, seguramente te diga que la fidelidad del tocadiscos viejo es mejor y que el sonido del compacto es frío y desapegado. La fidelidad es una característica sicológica. Puede ser que la fidelidad del tocadiscos nuevo no sea mala, pero todo el mudo está vinculado sentimentalmente a los tocadiscos viejos.

Hice lo que mi papá me sugirió y esperé a que alguno de mis amigos saliera de un tocadiscos de aguja para comprárselo en segundas manos. Le conecté el tocadiscos usado al viejo amplificador de mi papá. Aunque los discos de vinyl ya eran cosa del pasado para la época en que yo empezaba a trabajar, compré casi toda la música nueva en discos de vinyl. Dio resultados el consejo de mi papá, ya que casi enseguida pude no solamente trabajar con él, sino vender tocadiscos viejos. Había un señor cubano que quería salir de un lote de tocadiscos viejos y me los ofreció al costo para que pudiera obtener algunas ganancias.

Recién comprado el tocadiscos viejo, lo vendí casi enseguida y compré otro con más cosas. Le agradaba a la nena que me los vendía que no comprara los compactos nuevos y esa era nuestra relación sentimental. Ella me presentó algunos amigos que me hicieron demostraciones en sus casas de tocadiscos finos y algo más costosos. Todos deploraban que el tocadiscos compacto se quedara con la industria del disco y constantemente defendían a las personas que vendían tocadiscos viejos. Yo a veces razonaba con ellos. Por ejemplo, les contaba que mi abuelo, que vendía radios de onda corta, se había quedado algo rezagado cuando salió el tocadiscos y que nosotros, los miembros de su familia, estudiábamos en escuelas religiosas y no en escuelas técnicas. Pero los amigos de la nena seguían absortos en la discusión sobre la defensa de los viejos tocadiscos.

La cuestión es que pasaron los años y que mis relaciones con la nena no se dañaron. Como ella defendía mucho los tocadiscos viejos, no nos quiso decir que había empezado a vender los nuevos. Para no dar su brazo a torcer, vendía los nuevos, pero muy caros. Yo me fui olvidando de los tocadiscos y pensé mejor en ser papá, ya que esa meta no tiene nada de novedosa. En los nuevos discos los cantantes exageran que los muchachos de mi época prefieren más estar con sus hijos y menos con sus esposas. Los hay que tienen a sus hijos criados por madres ajenas. Yo le dejé el asunto de los tocadiscos a mis padres, y ellos mismos compraron tocadiscos compactos cuando el tocadiscos viejos ya empezó a ser algo raro muy difícil de conseguir.

Aunque tenía una colección de discos de vinyl bastante gruesa y pesada, cuando nació mi hijo dejé de escuchar música. Ahora me pasaba la mayor parte del tiempo pensando en mi hijo y ya no pensaba en la nena que me vendía los tocadiscos viejos. La había dejado olvidada porque no era mi novia. Me había tratado con cierta distancia porque yo era para ella el nieto del vendedor de radios de su pueblo. Supe que su negocio había crecido y que incluso vendía tocadiscos compactos para carro, algo que yo siquiera lejanamente había pensado poner en mi carro. Más nieta de él parecía ella, que seguía vendiendo tocadiscos, que yo que me había dedicado a escribir cuentos para mi hijo y otros niños de su edad.

Cuando mi papá estaba casi al borde de la otra vida, volvió a hablarme de lo que él quería que hiciera yo con los tocadiscos en los años siguientes a su fallecimiento. La muchacha que me vendía los tocadiscos había tenido una hija, y la traía a la casa de vez en cuando con una de sus nodrizas. Un día en que trajeron a la nena chiquita, mi papá me volvió a hablar de los tocadiscos.

-Estuve en una tienda de descuentos que está liquidando unos tocadiscos de aguja a precios muy módicos. Yo compré uno y lo traje a la casa. Ahora, quisiera que para que durara compraras otro.

Aunque yo hubiera preferido comprar un tocadiscos compacto, le hice caso a mi papá y compré otro tocadiscos viejo para mí. Me puse a pensar menos en mi hijo y otra vez en el asunto de la muchacha que me vendía los tocadiscos.

-No voy a durar mucho- me dijo mi papá. –De manera que yo te aconsejo que le sigas dando el gusto de comprar tocadiscos viejos. Deja que tu mamá se encargue de comprar los tocadiscos nuevos.

Como dos años después de la muerte de mi papá, todavía seguía oyendo música en los tocadiscos viejos y pensando menos en mi hijo. Ahora tenía que tener presente el asunto de los tocadiscos otra vez. Un día en que nadie me estaba mirando, compré un disco compacto de todos los “hits” de un grupo que cantaba muchas canciones sobre los niños y sus padres. Casi no escucho música ahora, pero de vez en cuando escucho a ese grupo en particular. No pienso en la novedad de los nuevos aparatos. El tocadiscos compacto que nunca tuve de joven ya es una cosa vieja, igual que la música que escucho todavía. Pero para oír música me dejo llevar por sentimientos.

La representación del espacio urbano en el cine

 

Por María Cristina/En Rojo

 

Durante la investigación que hice para mi libro What Women Lose: Exile and Construction of Imaginary Homelands in Novels by Caribbean Writers(Peter Lang, 2005; diseño portada Iván Figueroa), la ciudad, el centro urbano, la metrópolis es el destino de ese viaje que comienza en la región caribeña y continúa su trayectoria en Nueva York, París, Madrid o Londres. En el cine proveniente del Caribe, vemos esta experiencia urbana no necesariamente en las «grandes ciudades occidentales» sino en la ciudad/capital de la isla caribeña donde el movimiento migratorio interno tiene su auge. Es el segundo acto de La carreta de René Marqués, el San Juan de Doce horas (Raúl Marchand, 2001), el Kingston de The Harder They Come(Perry Henzell 1973), La Habana de Fresa y chocolate(Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío 1994), el Port-au-Prince de Puerto Príncipe mío(Rigoberto López 2000), el Santo Domingo de Un Pasaje de ida (Agliberto Meléndez 1988), la ciudad afrancesada de Rue Cases-Nègres (Euzhan Palcy 1983). En esta ocasión, al explorar el cine comercial norteamericano y algo del cine europeo, son las capitales occidentales las que vemos mayormente representadas.

Casi siempre cuando un filme incluye en su título la palabra ciudad o nombra algo conocido de ella, lo menos que enfoca es en ese espacio, o si lo hace, resulta en una romantización que poco tiene que ver con la realidad. Mad City(Costa-Gavras 1997), Dark City(Alex Proyas 1998), City Hall(Harold Becker 1996), Wall Street(Oliver Stone 1987), New York, New York(Martin Scorsese 1977), New York Stories(Allen, Coppola, Scorsese 1989) son tan sólo algunos ejemplos. Y ya que estamos en esta ciudad tan celebrada en los filmes de Woody Allen y Spike Lee, veamos algunas de esas imágenes.

El Manhattan de Woody Allen–porque no existen Queens, Bronx, Brooklyn o Staten Island–es la ciudad medio bohemia, llena de exéntricos, acceso a todos los eventos culturales, paseos o conversaciones en el parque, cerca del Puente de Brooklyn, restaurantes, filas para comprar boletos para el cine, apartamentos amplios, aunque no lujosos. Es un Nueva York de espacios abiertos y a la vez otros cerrados, pero suficientemente grandes como para poder moverse mientras los personajes dialogan. Este es el retrato que presentan de ese centro: Annie Hall(1977), Hannah and Her Sisters(1986), Husbands and Wives(1992), Manhattan(1979). Spike Lee intenta darnos los márgenes: los espacios donde conviven los afroamericanos e hispanos (la “latinidad” todavía no me convence como término sombrilla). En algunos filmes como Jungle Fever(1991) y Summer of Sam(1999) también incluye a la comunidad italoamericana. Pero por lo general, el Harlem o las comunidades/ghettos donde habitan casi exclusivamente los negros se presentan con unos ángulos fotográficos muy particulares como escenografías teatrales. Se tiene la impresión de que la «realidad» interior y exterior de estas puestas en escena cambian tras bastidores. En este ghetto, todos los personajes parecen convivir armoniosamente, no hay gran preocupación por las drogas, el desempleo, la subeducación, las gangas, la violencia doméstica y fraterna, la vivienda deteriorada: Crooklyn(1994), Do the Right Thing(1989),She’s Gotta Have It (1986). El filme donde Lee sí trabaja muy bien la problemática de crecer y vivir en un ghetto y estar marcado para que nunca pueda moverse del margen es Clockers(1995), una de las menos celebradas por los críticos y el público. Otros directores que se han acercado a esta ciudad enfocando en un sector en particular–dejando el centro para los visitantes y aquellos que todavía creen los cuentos de la ciudad con calles cubiertas de oro–son producciones por directores independientes como City of Hope (John Sayles 1991),Caught (Robert Young 1996) en el área de pescadería de New Jersey,I Shot Andy Warhol (Mary Harron 1996) en los grupos ultra rebeldes chic de los años de 1960, y por supuesto el excelente filme de Peter Sollett de 2002, Raising Víctor Vargas.

Raising Víctor Vargas

Por lo general en las películas comerciales, las ciudades son sencillamente un fondo decorativo. Por eso, las grandes ciudades son representadas por marcadores sencillos como el Big Ben de Londres, la Torre de Eiffel en París, las letras H O L L Y W O O D en Los Angeles, los casinos en Las Vegas. Estas dos últimas nada tienen de gran ciudad, pero su atractivo como lugares turísticos se debe a su identificación con mesas de juego o la meca del cine. Nueva York por largo rato se conocía por el Empire State Building, el rascacielos más alto del mundo, pero luego fue sustituido por las desaparecidas torres gemelas del World Trade Center. Después del 11 de septiembre del 2001, todos los filmes que iban a ser distribuidos y que usaban este «símbolo» para establecer el lugar de la trama, fueron cuidadosamente alterados.

El Madrid o Barcelona de los filmes de Pedro Almodóvar tienen puntos de contacto con algunos de los filmes de Carlos Saura (Deprisa, deprisa1980) donde ambos exploran las calles de fondo, los poblados lejos del centro, las plazas y lugares donde se reúnen los jóvenes, las viviendas de los que tienen que tomar autobuses para llegar a sus trabajos o ir en busca de algún empleo o ayuda estatal: ¿Qué he hecho yo para merecer esto? (1984),Ley del deseo(1986), Carne trémula(1997). Al igual que Luis Buñuel hizo en Los olvidados(1950), tanto los veteranos, como los más atrevidos jóvenes realizadores mexicanos, no creen en sofisticar al México actual. Para ellos, es el cruce de la pobreza y la riqueza extrema lo que hace del D.F. una ciudad muy particular. Sin duda Amores perros(2000) de Alejandro González Iñárritu, es el que mejor dramatiza este retrato.

En la ciudad sin límites, del realizador español Antonio Hernández, la ciudad de París es parte esencial de la trama del filme. Así como las calles laberínticas en la Venecia de Don’t Look Now(1973) determinan la conclusión del drama, la ciudad de París con sus direcciones muy específicas–aparte de los espacios más públicos como el hospital o la estación del tren–son necesarios para explicar y entender la agonía y el sentido de culpabilidad que tiene Max y que logra por fin transmitir a Víctor, su hijo menor. Para descubrir los secretos de Max y entender las obsesiones que parecen alejarlo de la realidad, ambos tienen que caminar por las calles de esta «ciudad sin límites» que sirvió de hogar a tantos exiliados españoles durante y después de la Guerra Civil del 1936-39. En 1982, un encantador filme nos llevó por calles, callejones, puentes y recovecos de París de la mano de un joven en motora que estaba enamorado de la voz de una famosa soprano. Diva de Jean-Jacques Beineix nos presentó un París en movimiento que iba de la gran ópera a los barrios marginados sin ninguna dificultad. Robert Altman escogió a París para su parodia del mundo de la moda en Pret-a-Porter(1994). Por supuesto, los parisienses y los grupos que pertenecen a los márgenes–especialmente los argelinos que han rodado excelentes filmes como Salut cousin!de Merzac Allouache de 1996–presentan un París muy personal y no-turístico que la gran mayoría no reconoce como su imaginario de la ciudad francesa. Lo mismo sucede con Londres donde los grupos de West Indians/caribeños, Pakistanis y africanos han logrado unos espacios de producción independiente mayormente dirigido a la televisión pública/estatal y cuya calidad técnica y de contenido está al nivel del mejor cine independiente. Por eso Londres es tantas cosas diferentes para los habitantes del centro y de sus márgenes donde convergen diversos grupos inmigrantes.

 

(publicado originalmente en 2010 y revisado en julio 2020)