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Será otra Cosa: Acotaciones para el fin del mundo  (¿o será el comienzo?)

 

Por Beatriz Llenín Figueroa / Especial para En Rojo

Supongamos que aparece por la derecha, rapidito, rapidito, una figura vieja, más bien anciana, reusándose a mirarnos.

Supongamos que emerge por la izquierda, despacito, despacito, una figura joven, más bien niña, mirándonos obsesivamente.

Imaginemos que, tras las dos figuras, solo cuelgan en el espacio escénico las cortinas oscuras que sacan la escena del tiempo y de la historia, del espacio y de la geografía. Podrían ser una anciana y una niña, en cualquier momento, en cualquier lugar. Pero una nos ignora, siempre a frenético paso, mientras la otra nos inquiere, a lentísima velocidad.

Las dos actitudes son consistentes, penetrantes, y se sostienen por lo que parece un tiempo inacabable. Las figuras no cesan de desplazarse, a sus respectivos ritmos, sin proferir sonidos, haciendo grandes y pequeños círculos en diferentes planos con diversas partes de sus cuerpos, vestidos de un negro nítido, reluciente. Ninguna parece ser consciente de la presencia de la otra. No se miran entre sí. No se tocan. No se encuentran.

Tras una larga, larguísima espera, reforzada por los estornudos, la tos, los cuchicheos y las risas nerviosas del público, las figuras transgreden el imaginario cordón que las divide de nosotras. 

Hubo quienes no se percataron de la rebelión de las figuras, acomodados como estaban en la quimérica seguridad que les prestan la distancia de las cosas raras o la distracción de las pantallas.

Pero, de golpe, la ausencia se impone como lápida, impeliéndonos, sin exactamente proponérnoslo, a mirarnos entre sí, en el más absorbente silencio. Buscamos las figuras perdidas porque, después de todo, eso es lo que aprendimos que se hace en el teatro: fijar los ojos en quien actúa, váyase a donde se vaya. Habría que confesar que tememos no tener quién nos dirija. Una y otra y otra vez, sin embargo, solo nos topamos con las figuras propias y las desconocidas. A las perdidas no las encontramos.

Sentimos ahora, en esta indagación desesperada que se expande no sabemos por cuánto tiempo, más incomodidad que durante el periodo inicial de la pieza. Mucha más. Cada vez más.

Al silencio inicial lo corta ahora el sonido de una respiración asfixiante, propia de las búsquedas, que, poco a poco, va tornándose –o, al menos, eso nos parece– multitudinaria.

“¡Es la realidad!” 

Se escucharon así retumbar las primeras palabras. Pero nunca supimos quién las gritó. 

Apagón.

El moderno preludio a la Navidad:  Thanksgiving Day o Acción de Gracias

Por Marcelino Canino/Especial para en Rojo

Las clases dominantes y, parte de la clase media en Puerto Rico, han prohijado varias de la tradiciones norteamericanas, añadiéndole a éstas cierta pátina de puertorriqueñidad. Una de las que hemos adaptado al gusto boricua es la celebración del “Día de acción de gracias” o “Thanksgiving”, festividad que tiene lugar el último jueves de noviembre. Aunque los puertorriqueños damos gracias a Dios a cada instante, por ser éste día oficial de fiesta, la costumbre se arraigó con ahínco a partir de los años ‘50 del siglo próximo pasado.

Los puertorriqueños han redenominado el día de acción de gracias como “el día del pavo”. En otras palabras, es una festividad donde nos ha llegado la forma pero no el sentido, porque éste ya lo teníamos. Y es así, porque no hace sentido dar gracias a Dios un día del año en específico, sino a cada instante de nuestra vida.

Por otro lado desde el mismo siglo XVI ya existía en Puerto Rico una ecología gastronómica del pavo. Aunque esta ave de corral es oriunda de Centro América se adaptó extraordinariamente a los campos de la Isla desde los tempranos años de la colonización española. El pavo no nos llegó con los norteamericanos como nos quieren hacer creer algunos educadores y demagogos pitiyanquis.

Ya para el 1852 el cronista social del periódico El Ponceño se lamentaba de que en Puerto Rico en cualquier ocasión se servía pavo:

“Esta noche probablemente todos ustedes habrán estado en la misa del gallo, allí se habrán juntado a las trullas XXX; luego se habrán juntado en las casas y se habrán sentado alrededor de una opípara mesa, en cuyo centro habrá aparecido la consabida víctima; es decir, el inolvidable y consabido pavo.

¿Hay bautizo? ¡Pavo! ¿Hay casamiento? ¡Pavo! ¿Hay convite? ¡Pavo! ¿Hay baile? ¡Pavo! ¿Hay fiesta? ¡Pavo! ¿Llegan forasteros? ¡Pavo! ¿Cualquier ribota? ¡Pavo! ¡Pavo! y !siempre pavo!”

Así, pues, sigamos comiendo pavo … sobre todo relleno o estofado que son las formas que más nos gustan. Ya en 1859 “El cocinero puertorriqueño” ( primer libro de cocina publicado en Puerto Rico) ofrecía la receta para hacer un exquisito pavo relleno que junto al lechoncito asado compite por el sitio de honor en la mesa puertorriqueña de la Noche Buena.

“La cuestión sartreana”

 

Por Juan Forn

El 18 de julio de 1936, el pintor español Fernando Gerassi estaba charlando con amigos en la vereda del café La Rotonde, de París, cuando pasó Malraux y les dijo que Franco se había alzado en España y que había empezado la guerra civil. Gerassi, que estaba cuidando a su hijo de cinco años mientras su mujer trataba de terminar su maestría en La Sorbonne, depositó al pequeño sobre la falda de uno de sus amigos, le pidió que le explicara a la madre lo que había sucedido y se fue a España a defender la República. Miles de españoles en el mundo hicieron lo mismo, ese día y los días siguientes. Pero el amigo en cuyos brazos depositó Gerassi a su hijo Juanito era Jean-Paul Sartre. Entonces, Sartre creía que había encontrado a su igual en el mundo: Gerassi pintaba como Sartre escribía, en ninguna otra persona habían encontrado ambos un nivel similar de autoexigencia, en eso se bastaba su amistad. Y de pronto Gerassi se levantaba de su silla en La Rotonde y abandonaba la pintura. En su afán de entender las cosas escribiendo sobre ellas, Sartre convirtió a Gerassi en uno de los personajes de Los caminos de la libertad, su famosa novela sobre el compromiso. En una mítica escena, Gómez (Gerassi) se encuentra fugazmente en París con Mathieu (Sartre) cuando ya ha caído Madrid y le anuncia que esa misma noche volverá a cruzar la frontera para retomar su puesto de lucha. Mathieu le pregunta para qué, si la guerra ya está perdida. Gómez contesta su famosa frase: “No se combate el fascismo porque se le pueda ganar; se lo combate porque es fascista”.

Gerassi era español de alma: había nacido en Estambul, hijo de judíos sefardíes, su próspera familia lo había mandado a estudiar con Husserl en Alemania. Gerassi pasó de esquiar con su compañero de estudios Heidegger a dejarlo todo por la pintura, robarle una novia al gran músico vienés Alban Berg (la ucraniana Stepha, que sería la madre de Juanito y el amor imposible de medio Quartier Latin) e irse juntos a morirse de hambre en París. Ella trabajaba para que él pintara y, cuando podía, se anotaba en un curso en La Sorbonne. Así conoció Sartre a Gerassi: Simone de Beauvoir quedó deslumbrada con Stepha en un curso (y siguió siendo íntima de ella después de la pelea entre los maridos). Gerassi sólo abandonó Barcelona en el último avión republicano que zarpó antes de que cayera la ciudad. Se tiró en paracaídas del otro lado de los Pirineos porque Francia metía en campos a los republicanos que cruzaban la frontera. El playboy Porfirio Rubirosa, que además de vendedor de armas ocasional era yerno del dictador dominicano Trujillo, le consiguió unas visas a cambio de favores prestados (Gerassi y Malraux le compraban a Porfirio las armas para los republicanos). Gerassi repartió las visas entre sus amigos judíos en París y se quedó con las últimas tres para su mujer, su hijo y él. Llegaron a Nueva York poco antes de Pearl Harbor. Dos semanas después, él estaba con las OSS: su misión (por su experiencia de campo en las brigadas republicanas) fue ir clandestino a España, armar una red y estar listo para volar ciertos puentes estratégicos si los tanques nazis decidían pasar por la España franquista para defender Africa del Norte.

Gerassi se había peleado con los comunistas en España y después de la guerra se volvió un sospechoso permanente para los norteamericanos también; en la era macartista le hicieron la vida imposible. Sobrevivía con Stepha y Juanito en una escuela perdida en Vermont, que ella convirtió en un establecimiento educativo modelo, la Putney School of Arts. Después de ponerla en marcha, Gerassi la dejó en manos de Stepha y volvió a la pintura. Era una suma de desencantos. Nunca quiso exponer, ni volver a militar, ni tampoco enseñar. Echó a su hijo de la casa a los quince años: Juanito quería estudiar marxismo y hacer su tesis sobre Sartre. Poco antes había tenido lugar el único encuentro de Gerassi y Sartre después de la guerra, que empezó con una visita al MoMA a ver una muestra de Mondrian (“Sí, pero pintar así es no hacerse preguntas difíciles”, murmuró Gerassi) y terminó cuando ambos se acusaron a gritos de haber claudicado moralmente, como si frente a frente no pudieran no ser los personajes de Los caminos de la libertad.

Juanito nunca hizo su tesis sobre Sartre pero en 1970, luego de recorrer el globo como activista internacional intentando en vano conciliar en él las tendencias del hombre de acción y del hombre de ideas (Tribunal Russell, Cuba, Vietnam, Revolución Cultural china, Bolivia con el Che), Sartre lo ungió inesperadamente como su biógrafo oficial y arreglaron encontrarse una vez a la semana a charlar delante de un grabador. Sartre está cansado: la tarea de ser la conciencia del mundo lo abruma un poco desde que los médicos le prohibieron las anfetaminas. Encontrarse con Juanito lo hace sentir en familia: Juanito conversa durante la semana con aquellos cercanos a Sartre en distintas épocas y, cada viernes, le cuenta lo que dicen (que es bastante, ya que a todos les pasa lo mismo que a Sartre con “el hijo de Stepha y Fernando”). Pero Juanito, como su padre, no tiene paz: desde el principio cree que ser biógrafo de Sartre es erigirse en fiscal de cada uno de sus actos, tal como había hecho con su padre biológico, noche tras noche, hasta el portazo final (y el instante siguiente, en que oyó a Gerassi gritarle a Stepha detrás de la puerta: “¡Déjalo! ¡Si puede sobrevivir esta noche, significa que era hora de irse de casa!”).

Juanito Gerassi durmió sobre esas cintas casi cuarenta años. Nunca escribió la biografía. Luego de la muerte de Sartre publicó sin pena ni gloria un voluminoso estudio sobre él (“La conciencia odiada de su tiempo” es el subtítulo). Veinte años más tarde, cuando le quedaban sólo tres años de vida, entregó las cintas a Yale a cambio de que publicaran una desgrabación y selección de ellas hechas por él. Es un libro patético y tristemente conmovedor a la vez, con su padre, con Sartre y con él mismo. Marechal decía (y yo no me canso de repetirlo como mantra) que de todo laberinto se sale por arriba. Juanito Gerassi tenía delante de sus narices la salida a su laberinto, pero no la vio porque no supo mirar por arriba de aquel duelo de machos cabríos y hacer foco en Stepha Awdykovicz, su madre, esa mujer que enseñó filosofía, música, botánica y astronomía a tres generaciones de jóvenes dotados sin recursos en Norteamérica. Los interesados encontrarán un capítulo entero dedicado a ella en las Memorias de una joven formal, de Beauvoir. Yo prefiero cerrar con un hermosísimo retrato que le hace el hijo sin darse cuenta, cuando Sartre le pregunta en una de las últimas conversaciones cómo anda de los achaques la hermosa Stepha: “Ya casi no ve, pero conoce tanto las plantas de su jardín que puede distinguir a tientas los yuyos y sacarlos. Le duelen tanto las manos que, cuando toca, le caen lágrimas, pero la música la consuela igual. Está demasiado sorda para oírla, pero dice que la siente a través de los dedos”.

 Tomado de Pagina 12, 18 de enero de 2013

Poemas de Kadiri Vaquer Fernández*

 

TENGO SEIS O SIETE AÑOS cuando me asomo sobre el cuerpo dormido de mi madre. Hace sol y sé que es verano porque está desarropada y no lleva medias. La miro detenidamente sin tocarla para asegurarme de que todavía está respirando. Sé que un día dejará de hacerlo, pero a mis seis o siete años estoy convencida de que su voluntad de seguir presente es inagotable. Por momentos aguanto la respiración, como antes de zambullirme en la bañera, y me acerco para confirmar que el pecho sube y baja como debe ser. 

Entonces ella abre los ojos. 

Hay días que me pregunta con voz ronca de sueño que qué hago, hay otros días, como este, que por la claridad de su voz sé que me ha engañado, que se ha estado haciendo la dormida. Entonces, por miedo a que el indio con el hacha de abuela venga a cortarme la lengua o a delatarme, le digo que le velaba la respiración. 

DUERMO EN TU CAMA POR DIEZ DIAS Justo en el mismo lado en que dormías tú. Una noche despierto y, sentada en el mismo lugar en que te encontraron ellos – enroscada sobre ti misma, decido revisar las gavetas de tu coqueta. Sé que esta tarea me corresponde. Encuentro una cita inacabada escrita a mano en la tapa de un joyero sin bailarina, en una agenda y en un cuaderno de bolsillo lleno de presupuestos semanales y citas de motivación: 

no te vayas, aún tengo cosas que decirte. 

 

POR AHORA TE CUENTO

que a veces

solo a veces 

me siento en tu silla 

trepo los pies sucios

a ver si vienes

a reclamarme tú

que de haber sido muda hubieras explotado 

y otras veces

me asomo a la taza a ver si veo tus días remojándose

en la negrura

del café. 

SOBRE EL ASFALTO REPETIDO

una manada de pájaros desfila como movidas

por la curiosidad de un niño 

cuatro pilotos del ejército tiburones aéreos 

hacen piruetas de trapecistas bajo el sol de marzo 

en el desierto un enjambre de cactus y flores áridas

trituran amores viejos 

y a lo lejos

los que persiguen mareas son una barrera precaria a la merced del oleaje. 

DESDE LAS ORILLAS DE LOS CANALES DE TELEVISION

te vigilo

soy una funambulista al borde del sosiego 

me asomo a las redes sociales

como a un accidente. 

Tragando erizos

abro la página del periódico

como una quiromante

a punto de lanzarse sobre las palmas abiertas de su deseo 

-que no eres tú- 

Temo la mordaza

que nos imponen las horas

y la falsa tregua del ojo del huracán. 

A PARTIR DE HOY LEVANTAN EL TOQUE DE QUEDA

en este país

de rehenes del litoral 

de puentes derrotados y leyes de cabotaje. 

Aglutinados en las autopistas sostienen conversaciones intermitentes

con los de allá afuera 

y en los pasillos de los hospitales subastan cifras aleatorias 

pero nadie confía

en el saldo oficial de los titulares.  

 

VEO LA ISLA

empequeñecerse

en cámara l e n t a

ante el acecho de una espiral 

de neones y millas por hora 

Oigo aquel barullo

rumor de ráfagas como carcajadas ciclónicas 

y sé que todo este malestar es multiplicado por la distancia 

no se trata del huracán en sí

se trata de los acertijos que vienen después 

de jugar a rearmar un refugio del derrumbe y de la incapacidad de distraer gigantes que salen a cualquier hora

del mar. 

Kadiri Vaquer Fernández  realizó estudios superiores en Vanderbilt University y en New York University.  Los poemas son parte del libro Ritos de pasaje que estará en las librerías pronto.

MINUTOS DE CINE:  Zombieland: Double Tap y The Addams Family

 

Por Marcos López Ortiz / Especial para En Rojo

 

 

Zombieland: Double Tap es un filme de acción/zombies y una secuela al título exitoso del 2009. Este es dirigido por Rubén Fleischer y protagonizado por Woody Harrelson, Jesse Eisenberg, Emma Stone y Abigail Breslin. Columbus, Tallahassee, Wichita y Little Rock se mudan al corazón de los Estados Unidos mientras se enfrentan a zombies evolucionados, compañeros sobrevivientes y los crecientes dolores de la familia improvisada sarcástica.

Es raro pensar que van 10 años desde el estreno de Zombieland. La primera entrega es una de mis películas de zombies favoritas de todos los tiempos. El hecho de ver cómo estas criaturas que presentaban como máquinas de matar podían tener un ángulo gracioso, me encantó. Claro está, aún no tenía conocimiento de la existencia de “Shaun of the dead”, la cual tuvo un concepto muy similar 5 años antes. Ahora conociendo mi amor por los zombies y específicamente “Zombieland” solo falta contestar: Zombieland: Double Tap, ¿vale la pena?

La relación entre los personajes sigue igual de sólida que siempre. Es genial ver la interacción de estas personalidades tan distintas en un mundo tan complicado. En especial hay que resaltar a Woody Harrelson, quien hace un trabajo excepcional. Si te enamoraste de Tallahassee en el 2009, me complace decirte que el personaje regresa a toda máquina a robar cada escena en la que está y no se restringe para nada. Este también nos da muchos de los mejores momentos (y líneas) en toda la película, los cuales eran sumamente necesarios para poder soportar al filme. 

En cuanto a negativos, la historia es aburrida y no sientes que están logrando nada durante la misma. Nuestros protagonistas van de punto A a punto B topándose con “obstáculos” que prometen ser el catalizador para que el filme comience a darnos lo que vinimos a ver, pero eso nunca llegó. Un aspecto genial que presentó el filme fue darnos otros sobrevivientes para que nuestros protagonistas interactuaran, pero los personajes secundarios más interesantes salían rápido de la historia y esto nos trajo el peor personaje del filme. 

Sin duda alguna puedo decirles que odie al personaje de Madison. Una sobreviviente que es un estereotipo viviente de las “rubias tontas”. Esta no aportaba nada a la historia y solo podía sentir vergüenza ajena cada vez que abría su boca. Por otro lado, los zombies en el filme no sobresalieron para nada. Estos se sentían aburridos, clichosos y sin personalidad alguna. Algo que la primera entrega logró con honores.

Zombieland: Double Tap es una decepción. Creo que el filme hubiese funcionado mucho mejor si hubiese estrenado hace 7 u 8 años cuando el hype de los zombies estaba es su peak. No es un filme horrible, pero está lejos de ser una buena película. Si eres fan de Zombieland puedes verla para visitar a los personajes de los cuales te enamoraste. Si no eres fan, te garantizo que esta no se ganará tu corazón.

The Addams Family es un filme animado/comedia-horror basado en el popular programa de televisión de los 60. Es dirigido por Conrad Vernon y Greg Tiernan y protagonizado por Oscar Isaac, Charlize Theron, Finn Wolfhard y Chloë Grace Moretz. Los miembros de la misteriosa y espeluznante familia Addams: Gómez, Morticia, Pugsley, Wednesday, tío Fester y abuela, se están preparando para la visita de sus parientes aún más espeluznantes. Esto causará problemas cuando la sombría personalidad de televisión Margaux Needler se da cuenta de que la misteriosa mansión de la colina Addams se interpone en el camino de su sueño de vender todas las casas del vecindario.

De cierta manera la familia Addams tiene un lugar muy importante en mi infancia. Recuerdo ver las versiones en la que Raúl Julia le daba vida a Gómez y pensar cómo esta familia tan rara podía hacerme reír tanto. Me atrevo a decir que la secuela, The Addams Family Values, ha sido subestimada y sí, no es tan buena como la original, pero esto no la hace una mala película. Ahora conociendo la relación que tengo con esta familia solo falta contestar una pregunta: ¿Vale la pena The Addams Family 2019?

El humor del filme es genial. Mucho del mismo es dirigido hacia los adultos, lo cual es algo que no me esperaba. Hay un sin número de bromas que me tenían a carcajadas y esto venía de la interacción de los Addams, los cuales fueron animados de una manera fantástica. Esto aporta mucho al sentido de locura que trae el filme, mostrándonos (no diciéndonos) que estas personas viven muy diferente a nosotros.

En cuanto a negativos: aparte de los Addams y su entorno, lo demás se sentía inferior. Cuando nos tocaba ver a otros personajes, estos no se veían para nada bien (en comparación con la familia) y sentía que todo el esfuerzo se fue en los diseños de los protagonistas. En especial la villana, quien era aburrida y genérica. Por otro lado, el filme es sumamente lento, lo cual causa que la historia no fluya muy bien que digamos. Estos intentan explorar muchos temas al mismo tiempo, pero tienen tanto en sus manos que no desarrollan ni la mitad de estos y nos dan algo genérico.

The Addams Family 2019 es un filme entretenido. Aún pienso que las películas live action son mejores y mas memorables, pero me alegra pensar que una nueva generación tendrá la oportunidad de conocer a la familia Addams. Esto está más dirigido hacía los niños, así que si tienes pequeños y no sabes que llevarlos a ver, The Addams Family es una opción servicial que mantendrá a los niños entretenidos por 87 minutos.