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Textos de Carlos Alberty Fragoso

Vaso roto

Un señor fregaba cuando, sin saber cómo, un vaso como un pez o una barra de jabón saltó de sus manos, fue a dar contra el fregadero y se rompió. Otro señor hubiera pensado que había sido un accidente, o no hubiera pensado nada y ya. Este señor supo, no sin ironía, que el significado del acontecimiento era transparente: marcaba con claridad el inicio de una cadena de futuros pseudoaccidentes cuyo extremo todavía sin ocurrir, aunque sin duda ya ordenado, sería la imagen de un señor (él mismo, otro) tumbado en una cama sin poder moverse, con su conciencia de individuo cada vez más entumecida. El señor supo, ahora ocurría la confirmación, que los varios pseudoinsignificantes pseudoaccidentes que antes había sufrido anunciaban y preparaban silenciosamente esto del vaso que a su vez prefiguraba el resto. Entonces el señor recogió cuidadosamente los pedazos de vidrio, terminó de fregar, secó, guardó los platos y fue al cuarto. Se acostó en la cama y soñó que se vestía con una camisa blanca y un pantalón oscuro, que se cubría la cabeza con una escafandra de buzo; luego iba al balcón y saltaba al vacío desde lo alto del edificio. Al despertarse, el señor se incorporó y sentado en la cama se abismó pensando de qué manera el sueño formaba parte de la cadena del vaso. Y se quedó allí meditando y mirando sus pies desnudos.

 

Odisea

Un hombre fregaba los platos de la cena. Vio que le esperaba una serpiente de vasos de cristal. Se desesperó al pensar cuánto le faltaba. Su pensamiento se extravió. Cada vaso le parecía un período de tiempo de su vida. Tal vez un año. Su pensamiento siguió extraviado. Ahora, sin querer, se demoraba en la limpieza. Pasaba una y otra vez sus manos sobre el vaso bajo el chorro de agua asegurándose constantemente de quitarles hasta el último residuo de jabón. (Detestaba, al beber, encontrar sabores extraños.) Lentamente los vasos y los platos pasaron de un lado a otro del fregadero: el escurridor era otro mundo (sin jabón…). Lo asaltó la ansiedad. Pensó que al terminar caería muerto, que un pequeño descuido podría echar al suelo la obra de limpieza. De momento, el viento sopló agitando las páginas de un libro. Una copa se le rompió entre las manos. Aliviado, aunque sangrando, el hombre pensó que, por lo menos, no había ocurrido la tragedia. Después, en la cama, le contó del extravío a su esposa. Ella le preguntó por el libro:

—La Odisea.

—Qué lindo, Ulises —le dijo. Y se durmieron.

 

Jardín

Un señor limpiaba con un pequeño rastrillo la arenilla de la gata cuando descubrió que un terrón de orina había adoptado con absurda precisión la forma de Australia. Siguió arando, cerniendo y limpiando, y descubrió África, Japón, Italia… Trazaba surcos en los mares, en las grandes llanuras y desiertos recogiendo terrones de orinas y de cacas envueltas como larvas. Se sentía como un gran jardinero preparando el mundo. Descubrió países nuevos, otra Grecia más grande, un Vietnam más ancho. Armó y desarmó el mapa, añadió países, juntó otros, tiró puentes entre islas y eliminó fronteras. Al final, con algo de melancolía, fue a botar todo el mapa. Pero caminando hacia los zafacones, con la bolsita llena de los excrementos y orines de la gata y del mundo, pensó en los nuevos planetas que descubriría en la próxima limpieza de su pequeño jardín, y sonrió.

 

Frente al mar

Un señor frente al mar pensaba en su significado. Acaso imagen del destino, voluntad oscura y majestuosa que guardara una misión para los hombres que sólo podrían vivirla como acertijo o aventura; acaso inmensa presencia sin conciencia y, nada más, pero por eso, capaz de afectar profundamente a los mortales y dejarles alelados un buen rato. De repente una gran ola lo tumbó dándole varias vueltas sobre la arena que le entró por la boca, los oídos y le invadió el pelo. Tirado en la orilla, luchaba contra aquel mar cuando sintió a su esposa voltearse en la cama llevándose, envuelta en ella, la sábana, dejándolo solo en la arena frente a la embestida de otra ola que lo empujó, lo hizo caer y encajarse en la frisa, curva como hamaca, que cedió hasta dar en el suelo. Ahora veía los sorprendidos ojos de su esposa que le decía algo del hospital. Y ya leía en la entrada la placa de bronce con palabras en forma de olas, veía las blancas y azules paredes de los pasillos, y sentía el olor a salitre. Pero, qué extraño, no sentía la arena en los oídos ni en la boca, sólo un sueño cada vez más hondo y flotante que se apoderaba de él. Después no supo qué pasó. Y nadie supo nada de él. Ahora su esposa está en la orilla mirando cómo el mar lame y arrastra sus huellas, y piensa que parece un gran amante avergonzado o un aventurero oportunista.

 

Ángel o demonio

Piensa que si fuera ángel o demonio podría oír lo que otros piensan o ver una mujer cuando se baña y piensa, sin querer, bajo la ducha, en ese hombre que ha visto en el autobús o al cruzar la calle, y que acaso la ha mirado breve y lentamente, pero tal vez no, mientras se va cubriendo con la espuma del jabón pasando la mano cuando ya no queda nada que limpiar, cuando la piel es un puente por donde van los sueños; si fuera ángel o demonio, piensa, podría susurrarle algún consuelo que, sin ella oírlo, lo entendiera de algún modo, creyendo que el agua le habla cuando recorre su cuerpo desnudo o que la toalla le ha murmurado al acariciarla suavemente; piensa así en el autobús, el señor que lee y levanta la vista y espía a la mujer que, otras veces, ha visto al cruzar la calle, y que a él le ha parecido (pero es sólo secreta conjetura) que lo ha mirado con dulce interés. Entonces piensa ángel o demonio, si lo fuera.

Para él, en voz de mujer

Por Mariana Torres

A través de los años, una gran cantidad de intérpretes ha entonado las canciones de Antonio Cabán Vale, El Topo, pero nunca de la manera en que se hará en el concierto Antonio Cabán Vale en Voz de Mujer. En esa velada, las cantantes Chabela Rodríguez, Carmen Nydia Velázquez y Michelle Brava, acompañadas de una banda dirigida por Manolo Navarro, unirán sus bagajes musicales y el drama a la historia de las composiciones y los éxitos del cantautor nacional.

La idea para este concierto, que se llevará a cabo el próximo domingo, 22 de septiembre, a las 5:00pm en el Centro de Bellas Artes de Santurce, es homenajear el legado musical, cultural y patrio que ha ido dejando El Topo a lo largo de su trayectoria artística. Así que, como parte del montaje del evento, no se vislumbra que el homenajeado suba al escenario, sino que él estará entre el público celebrando la música que, precisamente, le ha obsequiado al pueblo puertorriqueño.

“En esencia, todas sus canciones son dedicadas al amor, al amor de pareja, al amor a la patria, a personajes particulares del país, a esa añoranza por tener un mejor lugar donde vivir. Todas, de alguna manera, representan a este pueblo”, dijo Chabela Rodríguez sobre el repertorio de don Antonio en entrevista con EN ROJO.

Por eso, según explicó Rodríguez, este concierto también será un homenaje al pueblo y a las actuales manifestaciones sociales ocurridas en Puerto Rico.

¿Entonces, el concierto vendrá a unir ideas y sentimientos que el pueblo tiene a flor de piel?, le preguntó EN ROJO a la cantante, que ha compartido otros escenarios con El Topo.

“El mismo don Antonio es una voz del pueblo y, en ese sentido, él canta lo que el pueblo siente. Nosotras hacemos este homenaje, en parte, para representar una voz que parece de un poeta hombre; pero también lo es de muchas mujeres, de todas las que están en las calles, y de todo el que estuvo en la calle durante todos estos días”, dijo.

De hecho, detrás de que sean tres mujeres cantantes las que conduzcan la velada se evidencia la actualidad del país: “Las mujeres hemos tenido parte importante en todo lo que está ocurriendo socialmente. Las mujeres tienen un modo muy particular de hacer y decir las cosas que une, de alguna manera, a toda la población. Estas tres mujeres, con características distintas, nos juntamos para resaltar lo que significa don Antonio para el país”, puntualizó Rodríguez.

Las tres cantantes tienen diferentes trayectorias. En el caso de Carmen Nydia, la bohemia y la canción protesta marcan sus años de inicio; Michelle Brava es una intérprete versátil con preparación para servir de coach en famosos reality shows y Chabela Rodríguez ha cultivado la música autóctona desde la infancia y ha desarrollado su potente voz con géneros de contenido patrio y social.

Según Chabela, la productora del evento, Rosalis Torres Flores, conoce la trayectoria de cada una y “sabe también que cada una de nosotras tiene formas distintas de decir las cosas; pero que al final, aunque sean diferentes, siempre son importantes”.

Durante el concierto, se cantarán éxitos como Antonia, Verde Luz, Don Juaco, Julia de amor amanecida, entre otros temas del repertorio de El Topo, que alcanza las 300 canciones, de las que no necesariamente todas han sido grabadas o son conocidas por el público.

La idea es que es un homenaje a Antonio Caban Vale, que incluirá bailes, escenas dramatizadas, imágenes proyectadas… todas reconocemos que la música y la obra poética de don Antonio tiene una trascendencia en todo el país”, concluyó Rodríguez.

Los boletos se consiguen a través de TicketCenter o en la boletería de Bellas Artes Santurce, tel. 787-620-4444.

Presentación de «Tire al blanco»

Por Carlos Quiles

A través del tiempo, los residentes de la isla Puerto Rico hemos estado debatiéndonos entre ser o no ser. ¿Somos un país? ¿Somos una nación? ¿Somos una colonia?

De acuerdo al diccionario la palabra país, en su primera acepción, significa “estado independiente”, cuyo sinónimo es nación. En su segunda acepción es un “territorio que constituye una unidad geográfi ca o política, limitada natural o artificialmente.” En su tercera acepción significa “conjunto de los habitantes de un territorio.”

La palabra nación, de acuerdo al mismo diccionario, se refiere a “conjunto de habitantes de un país regidos por un mismo gobierno.” En su segunda acepción se re ere al “territorio que abarca este país.” En la tercera acepción se dice del “conjunto de personas de un mismo origen étnico que tienen unos vínculos históricos, tradicionales y culturales comunes, tienen conciencia de pertenecer a un mismo grupo diferenciado, generalmente hablan el mismo idioma y, en ocasiones, comparten territorio.”

El diccionario presenta siete acepciones de la palabra colonia. Para los propósitos de este trabajo, vamos a utilizar la tercera acepción que se refiere a colonia como un “territorio alejado de las fronteras de un país extranjero y dominado por este administrativa, militar y económica mente.”

Los poetas de esquina, como este servidor, los que andamos por las calles entremezclados con la gente, tenemos amigos de diferentes categorías: mecánicos de automóviles, técnicos de refrigeración, billeteros, vendedores de bolita, bohemios empedernidos, médicos, entre muchos otros. Entre ellos, abogados que nos ayudan a entender estas cosas que aquí planteamos desde el punto de vista legal y político. De acuerdo con este querido amigo abogado, que es quien prologa este libro, en ciencia política la característica esencial para de nir lo que es estado, es la tenencia de soberanía, porque lo hace independiente políticamente. Dado esto, Puerto Rico no es una nación estado, precisamente porque carece de soberanía política, porque está dominado “administrativa, militar y políticamente”. Según lo estipula mi amigo abogado, eso es una verdad irrefutable que queda establecida como tal por el Tribunal Supremo de los Estados Unidos en los casos de Pueblo vs. Sánchez y en el caso de Franklyn, que nos sacó de la quiebra federal.

Sin embargo, me aclara mi amigo, en el sentido sociológico sí somos una nación, porque sus constituyentes tenemos un idioma común, un mismo origen étnico, vínculos históricos, tradicionales y culturales comunes y una conciencia de pertenencia a un mismo grupo. Esto queda, aclarado en el caso de Myriam Ramírez de Ferrer vs. ELA.

De acuerdo a estas reflexiones y estos hechos que nos trae el abogado, Puerto Rico, entonces, ha vivido y vive en un dilema existencial dado que sociológicamente es una nación pero políticamente no, porque Estados Unidos le ha usurpado su soberanía, la que ha sido reclamada consistentemente por un grupo considerable de los ciudadanos de esta isla, desde los primeros momentos de ser invadidos violentamente por aquella nación. Este dilema existencial es el que tenemos que resolver tarde o temprano.

Los poetas que andamos por otros rumbos que no son legales, tratando de manifestar la belleza, el sentimiento estético a través de la palabra, interpretamos los sentimientos de otra forma, bien sean políticos, sociológicos o de la naturaleza que sean. Intentamos decir lo indecible, tratamos de elaborar la naturaleza de la vida de otra manera, extraña tal vez o muy subjetiva o etérea.

En esta isla vivimos en unas condiciones que no permiten, porque el tiempo no da, que la gente que anda “con los pies en la tierra” pueda formar sus propias opiniones, lo que es representativo de la condición humana.

Los poetas, sin embargo, porque no vivimos en este mundo, simplemente lo habitamos, mediante la imagen poética, intentamos reivindicar la conciencia individual, tratamos de sintonizar al individuo con esa conciencia universal que es mucho más real que la que nos imponen a través de otras imágenes, subjetivas también, que mantienen el status quo y el sistema injusto del capitalismo voraz.

Como la poesía tiene intrínsecamente el poder de transformar las cosas, tiene entonces la capacidad de ayudar a entender ese dilema existencial con el que vivimos como pueblo. La poesía ayuda a estimular la conciencia de eso, más aún, a que se combata.

A nuestro país le ha sido usurpada su nacionalidad políticamente, le ha sido robada su conciencia nacional. El sistema político nos ha sido impuesto y se nos niega el derecho a la libertad, el derecho a ser nación en ese sentido. A los que luchamos por ese derecho, por esa libertad, se nos persigue, se nos ataca, se nos condena y se nos encarcela. El sistema político se construye, se puede deshacer. La condición sociológica la llevamos en la sangre, es imborrable. El poeta consciente de esto está en la obligación de luchar con su poesía, que es su arma principal, para que la condición política se elimine, porque no es imborrable, y salgamos del dilema existencial que nos nubla el pensamiento.

De acuerdo a nuestra apreciación, aunque pueden haber otras, fundamentalmente hay tres maneras que podríamos utilizar para salir de ese dilema, que no puede ser otra cosa que lograr la independencia política, liberarnos del dominio y sojuzgamiento al que nos tiene sometido los Estados Unidos de América. Estas tres formas de lucha son: el voto en las urnas, que también tiene un análisis muy particular, la diplomacia internacional y la lucha armada; cada una tiene sus pros y sus contras, que habría que enumerar y analizar profundamente. Esas tres formas de lucha por la libertad política, no solo son aceptadas por la opinión general, sino que de hecho, han sido utilizadas, las tres, a través de la historia en los procesos libertarios de los pueblos sometidos, incluyendo a los Estados Unidos de América.

No pretendemos en esta presentación hacer un análisis sobre el estado colonial de Puerto Rico, lo que conlleva mucho estudio, mucha reflexión, mucho análisis y un gran sentido de responsabilidad, aun cuando la situación parece tan obvia. Tampoco, meternos con la poesía en esa vorágine es el objetivo de este trabajo. Sin embargo, sí pretendemos a través de la poesía, hacer una representación lírica de la épica en la lucha por la independencia de Puerto Rico. Además, señalar y condenar el sistema capitalista norteamericano y los grandes intereses que lo representan, domésticos y extranjeros, como los culpables y causantes de los problemas que nos aquejan como pueblo: administrativos, económicos y políticos, incluidos la salud (física y mental), la educación, el daño al ambiente y en muchos otros aspectos. Contra ellos debe ir dirigida nuestra lucha, la de todos los puertorriqueños, para poder reformar nuestro sistema de vida y reconstruir el país de manera que podamos tener una sociedad con calidad humana, justicia, salud física y mental, buena educación y una moral y ética colectiva. Es decir, tener una población con una buena calidad de vida, con un buen nivel de felicidad.

La poesía, además de ser un arte, es también un arma. Ante la situación colonial de nuestro país, el poeta consciente y comprometido tiene que tirar al blanco, tiene que disparar.

El libro se presenta en CLARIDAD el 26 de septiembre.

Mujeres Libertarias

Doris Torresola

Por Marta Aponte

Empecé a escribir estas líneas frente a una ventana, en el día siguiente al desvío de la tormenta Dorian, cuando se dejaban sentir el aullido del viento y el movimiento de las ramas de los árboles. No es raro que los efectos de una tormenta se sientan más cuando esta ya avanza hacia otros territorios. La reciprocidad entre sucesos distantes cobra sentido tras el paso del tiempo crítico. El planeta es un tejido de conexiones.

Son comparables los lazos entre las vidas humanas. Al paso de los años parecería que se olvidan; pero, en un solar acogedor, puede ser que se reciban, germinen, y se repliquen.

Esta serie, “Mujeres Libertarias”, es un monumento de amor a figuras sobresalientes. La empatía construye una confluencia entre tiempos. Son retratos concebidos como homenajes a mujeres que Delia Cabrera Cruz, la artista, “enamorada del dibujo y del rostro humano”, destina a la memoria social. Destacan en primer plano las luchadoras nacionalistas; pero la serie se mueve por inclinación natural hacia retratos de obreras, artistas, educadoras, mujeres de letras. Son 38 cuados, afinados en la frecuencia vital de la artista, que ha sido y sigue siendo maestra, orientadora, militante sindicalista, activista en las jornadas por la liberación de presos políticos.

Me atrevo a conjeturar que el compromiso de la artista algo tiene que ver con un rasgo de nuestra sensibilidad, afín a una geografía de archipiélago abierto que los mapas coloniales nos han cerrado, pero que existe y persiste, desde el hambre de una jibarita pobre de altura llamada Dolores Lebrónn Sotomayor hasta las historia familiares trasplantadas por doña Josefina y don Bernardo a los oídos de Lucy y Alicia Rodríguez y recogidas con lealtad por Carlos Quiles en su relato testimonial Memorias de Josefina.

Algo de silvestre tiene ese amor a unos lugares que resisten y se reproducen contra vientos huracanados y marejadas. Comparto con Delia las impresiones de una infancia campesina, experiencias de dolor y también de euforia de la belleza. En mi caso son el legado de las historias de la niñez y la orfandad de mi madre. Para la artista Delia, una poderosa presencia de la tierra comerieña, de un camino bordeado de árboles, de la escuelita primaria. La estética de los primores de la tierra se replica en el jardín, donde siembra plantas pequeñas que florecen en colores vibrantes. Es un espacio mínimo, radiante como la casita del patio que es su estudio, su laboratorio de afectos. Esas vivencias personales de la belleza forman una manera de amar a la patria que a su vez alienta lo que el maestro Nelson Sambolín llama un “arte de la felicidad”. La serie de retratos podría ser un arte de la felicidad, o una fina variación del arte de la memoria.

La dedicación de la maestra Delia equivale a un renacimiento tras una vida de labores, pues hace apenas cinco años comenzó sus estudios de arte. Prefiere la técnica del dibujo y el género del retrato. Esa inclinación tiene que ver, me parece, con la práctica del arte como búsqueda y revelación. Los lápices de grafito, el lápiz blanco, los lápices de colores, el carboncillo y la sanguina son medios modestos, humildes, escolares. Evocan la educación elemental, la alegría de trazar por primera vez las letras poderosas. En palabras suyas, los retratos de las mujeres libertarias se proponen “visibilizar a mujeres que han sido defensoras de la libertad, en particular a las militantes nacionalistas, a las forjadoras de la patria”. La invisibilización es un trauma; el desentierro de la imagen un acto de justicia. Se trata, pues, de un proyecto artístico educativo.

Esa intención, hacer visible lo que siempre ha estado ahí, y que se nos oculta para apuntalar con el olvido las estructuras del poder colonizador, se relaciona de manera asombrosa con los medios y el método de la artista. Su punto de partida es la contemplación de un retrato previo, de una fotografía. La foto de la mujer que Delia escoge retratar es ya un fragmento de tiempo capturado por un ojo anterior ausente. Porque la fotografía es la captura de un instante que equivale a una aparición fugada de la luz en el tiempo. Un tiempo que la foto documenta y que el paso de las horas, los días y los años deshacen, sin disminuir el enigma de la foto sobreviviente, recortada del instante que documentó.

La historia de la fotografía en nuestro pueblo remite al pintor Ramón Frade y al fotógrafo popular Tulio Alvelo, embellecedores de sus modelos. “Para Alvelo no hay tipos feos”, era el lema del fotógrafo. Sea cual sea la calidad de la foto, su contemplación da pie a todo un diálogo, a una respuesta precedida de una etapa de lectura e investigación de fuentes impresas, documentos, recortes, libros, con la paciencia que exige el encuentro de una sensibilidad dotada de imaginación con la otra sensibilidad imaginada.

Me impresiona en particular el trabajoso método del lápiz blanco sobre papel negro. Supongo -es un suponer, así me lo figuro yo- que cuando Delia se satura de datos y anécdotas, y tras perderse un tiempo en la foto que fuera el punto de partida, empieza la labor de hacer luz sobre la negrura total con la punta blanca del lápiz. Se acentúa la conversación previa con el cuerpo ausente de la modelo, que puede ser mujer consagrada por la historia, pero apenas conocida en su ser íntimo, o mujer enigmática, taciturna, o mujer legendaria. La mano escarba rasgos en la sombra y va añadiendo su propio rastro, el de la mirada de la artista. Ninguna obra es mero calco de la fotografía original, que ya era interpretación. Los rostros dibujados por Delia son de una hermosura que ella descubre en su encuentro no siempre fácil ni directo con la fotografía como llave a una comunicación que pretende “sacar el rostro del papel, sacar la luz y las sombras”. La cara como objeto legible, interrogable, dialogante. Entre el pasado anterior a la fotografía, el momento capturado por esta y el proceso del retrato se ubica el cuerpo sensible de la artista, se abre una conversación, se va iluminando la negrura como quien excava la tierra oscura en busca de una evidencia. No es la luz uniforme de un especio encendido con una lámpara eléctrica sino una luz fina, porque eso es el lápiz paciente como instrumento que puede formar primeras letras y que en el dibujo inscribe hilos, planos y contrastes.

El proyecto de Delia Cabrera ha despertado respuestas. Se ha exhibido en varios pueblos y ha provocado la curiosidad de maestras, estudiantes, ciudadanos y turistas. Sobre las mujeres libertarias, no se ha escrito aún todo lo que fueron esas vidas fascinantes. Este año celebramos el centenario del nacimiento de Lolita Lebrón. Fuimos contemporáneas y vecinas, porque Lolita y yo vivimos durante décadas en la misma isla. Con Paco asistimos a la celebración de su excarcelación en una iglesia de Manhattan. Coincidimos, pero nunca me atreví a visitarla. Este centenario, esta exposición, son maneras de volver a sentir su presencia. Sí estuvimos más cerca de Carmín Pérez, mujer entrañable que nos honró con su cariño. Culta, lectora, en una ocasión nos expresó el deseo de pernoctar en nuestro apartamento. Entonces vivíamos en la terraza del edificio que había sido su casa en los años cincuenta, en la calle Sol esquina Cruz. Un honor, que pudo haber dado pie a una entrevista, pero no me atreví, o no lo pensé. El retrato que forma parte de esta exposición capta la luminosa belleza cordial de Carmen.

Otro retrato fuerte es el de las hermanas Alicia y Lucy Rodríguez. Una cualidad noble de ambas es que siempre nos han hecho sentir que somos iguales a ellas, como si con sus vidas extraordinarias no hubieran trascendido a un plano excepcional que los demás apenas podemos imaginar. Gracias, Alicia y Lucy, por la presencia.

Como soy de cepa campesina me conmueve el temple del retrato de doña Leonides Díaz de Díaz, jíbara recia, que pasó 11 años en la cárcel y no vio la libertad de su hijo Ricardo, quien para usar una expresión campesina, recién acaba de dar el cambio.

Mujeres libertarias, con la aspiración colectiva y personal a ese estado de paz y justicia; la libertad que Martí definió como el derecho a pensar y hablar sin hipocresía. El derecho a no permitir abusos, a defendernos de agresiones, a dejar saber que en este pueblo vive gente. Mujeres libertarias pues, para citar a Delia, “fueron más allá de lo corriente y se hicieron sentir en una sociedad patriarcal.”

Marta Aponte es una de nuestras escritoras más importantes y una gran estudiosa de nuestras letras.

Recuerdos de don Pedro

Nota: Al revisar documentos del inolvidable maestro José Emilio González, encontré este discurso dictado en el Ateneo Puertorriqueño en 1968 con motivo del 77 aniversario de don Pedro. Creo que merece publicarse en homenaje tanto de don Pedro como de su autor.  Dedico este rescate a Ate y a Chemilito en recuerdo del Misterio.

–Rogelio Escudero Valentín–

El único valor, si alguno tiene, lo que voy a decir sobre el doctor Pedro Albizu Campos, en esta noche en que lo recordamos con gran cariño y en que honramos su memoria, es el valor de un testimonio personal. Oí hablar por primera vez de Albizu Campos cuando yo estudiaba en octavo grado, en el pueblo de Juncos, allá hacía 1931. Para aquellos días, en que comenzaba a interesarme en la política, me atraía la figura de otro ilustre puertorriqueño: don Antonio R. Barceló, quien presidía entonces el Partido Liberal. Me atrajo esa figura porque en don Antonio encontraba una preocupación auténticamente puertorriqueña. Uno o dos compañeros de clase, muchachos zagalejos como yo, me hablaron por primera vez sobre Albizu. Inmediatamente les expresé mis dudas de que hubiera un puertorriqueño que pudiera compararse con el señor Barceló.

Para esos tiempos también oí hablar por primera vez en mi vida sobre la bandera puertorriqueña. Durante toda mi infancia y casi en vísperas de adolescente, jamás oí mencionar que Puerto Rico tuviera su propio emblema nacional. Jamás oí hablar de José de Diego. Si alguna vez lo nombré, nadie llamo mi atención sobre el significado de ese nombre. Fueron algunos compañeros míos de clase, los mismos que me hablaron sobre Albizu, quienes por primera vez me informaron que existía una bandera de Puerto Rico.

Una tarde – 1931 o 1932— alguno de ellos me anunció que el doctor Albizu Campos hablaría en un mitin nacionalista en Humacao. Me picó la curiosidad de ir a escuchar a un hombre de quien había oído tanto. En efecto, así lo hice. Recuerdo como ahora la espaciosa plaza de recreo de Humacao, sus árboles de follaje espeso y redondo –robles o laureles-, la penumbra creada por la discreta luz de los faroles. Al lado de la iglesia, se alzaba—blanca –la tribuna. Había mucha gente, aunque no era un mitin multitudinario. Detrás de la tribuna, una o dos filas de sillas donde se sentaban personas misteriosas, que se me antojaron muy importantes. Durante el mitin, me estuve un poco alejado de la masa principal de los asistentes. Si hubo otros oradores, no lo recuerdo. Solo recuerdo a don Pedro Albizu Campos.

Sus palabras me sonaron totalmente nuevas. Sus ideas, inauditas. Nunca había oído hablar de Puerto Rico de esa manera. Nunca había oído hablar de nuestros grandes hombres del pasado. No sabía ni siquiera que habíamos tenido tales hombres. Era un Puerto Rico nuevo el que me descubría. Eran facetas insospechadas de nuestro ser. Allí cobré conciencia de que yo tenía una patria.

Recuerdo el vasto silencio de la plaza. La naturaleza misma parecía callar para escuchar mejor al orador. El cielo parecía ahuecarse aún más, como un inmenso oído, para captar mejor las palabras. Estas se alzaban nítidas, firmes, seguras, dibujando claramente una trayectoria de pensamiento, un pensamiento ahondante, que calaba hasta el fondo de los problemas. La ciudad parecía una enorme caja de resonancias multiplicando ecos hasta las lejanas montañas. Solo en una o dos ocasiones oí aquella voz—que tantas veces habría de escuchar luego—ordenando “Silencio “cuando alguien, por descuido o por falta de respeto, intercala ruidos en la mudez perfecta de las cosas.

Cuando regresé aquella noche el pueblo de Juncos, ya había decidido, en lo íntimo, hacerme nacionalista. Y así fue. Enseguida me incorporé a la Junta Local del Partido.

En 1932 inicié mis estudios en la Escuela Superior “José Gautier Benítez”, de Caguas, y allí conocí un gran patriota: Manuel Negrón Nogueras. Muy posiblemente haya asistido a varios mítines del Partido Nacionalista y haya oído a don Pedro. Mi memoria no es clara en este punto. Pero ardía en deseos de conocer al hombre que había efectuado tan importante transformación en mi vida.

Fue el profesor Negrón Nogueras—a quien con tanto cariño llamamos Manolín—quien me llevó a conocer al gran hombre una tarde, que no sé si fue de 1932 0 1933.

Una tarde abordamos la guagua de Caguas a Río Piedras—para mí, aquello era un viaje con algo de aventura—y ya en la Ciudad Universitaria fuimos a parar a la calle Vallejo. Era una casa de madera que me dio la impresión de ser bastante grande. Albizu estaba acostado, reposando en su habitación y junto a él se hallaba Juan Juarbe Juarbe, quien para ese tiempo dudo que fuera Secretario General del Partido Nacionalista.

Como Uds. Bien pueden imaginarse, yo estaba muy impresionando. Apenas si me atrevía a hablar. Don Pedro nos recibió cordialísimo. Me di cuenta enseguida de que Manolín era hombre de confianza. Por desventura, casi no me acuerdo nada de la conversación. Sí recuerdo, que en el momento en el que entramos a la pieza, estaba puesta la radio. Don Pedro y Juarbe intercambiaron algún comentario sarcástico sobre la noticia que acababan de dar. Don Pedro aludía a la torpeza de los norteamericanos. Recuerdo, además, que el doctor Albizu Campos se preparaba para un discurso que iba a pronunciar, si la memoria no me yerra, en Caguas. Alguna alusión hizo al derecho romano. Fue entonces que me enteré de que don Pedro preparaba cuidadosamente sus discursos—pero no los escribía—y se recluía en su habitación para meditarlos y planearlos. Luego, el efecto de organización lógica de las ideas, la capacidad de recobrar el hilo principal después de prolongadas digresiones, dejaban a uno pasmado.

Daba entonces don Pedro la impresión de ser un hombre muy saludable. Se hallaba en el momento de la transición de la juventud a la madurez. Su hermosa cabeza destellaba sobre el cuerpo austero. De aquella entrevista recuerdo el efluvio simpático de su personalidad, detrás del que podía percibirse un caudal de energía.

Más tarde, los recuerdos se entremezclaban, sin que yo pueda asegurar el orden cronológico.

Por lo demás, mencionaré aquellos que a mí me parecen más significativos. De más está decir que yo asistía a todos los mítines que me era posible asistir y que siempre saludaba personalmente a don Pedro.

Una vez, cuando ya yo era Cadete de la República, perteneciente al batallón de Caguas, don Pedro visitó la Ciudad del Turabo. No recuerdo el motivo de la visita. Era por la mañana. Me informaron que don Pedro se hallaba en la Casa Alcaldía. Cuando llegué había muchas personas. Tanto es así, que los que deseaban saludarlo tenían que hacer fila. Un amigo mío, perteneciente a una familia de ascendencia francesa, me precedió en la fila. De pronto, pude notar que don Pedro hablaba en francés con mi amigo. Después de haber platicado con nuestro líder, le expresé a mi amigo mi sorpresa de oír a don Pedro hablando francés. El amigo me informó que lo había saludado en francés y que Albizu le contesto el saludo en la misma lengua, continuando la conversación en francés. A mí me impresionó, además, la memoria de don Pedro. A cada persona la reconocía y la saludaba por su nombre. Entonces yo era un adolescente delgado, casi raquítico. Don Pedro me aconsejó que me fuera a vivir al campo y subiera mucho a los árboles, porque la patria necesitaba hombres robustos. Por desgracia, yo no seguí el consejo.

Cuando don Pedro se trasladó a vivir a Aguas Buenas—recuerdo que vivió primero en el campo—yo iba allá a verlo con alguna frecuencia. Llegaba uno. Saludaba. Pocos momentos después, emergía don Pedro de su habitación. Se sentaba en la sala. Y a conversar. En lo que a mí concierne, preciso es que confiese que la conversación era, las más de las veces, unilateral. Don Pedro discurría extensamente sobre cualquier problema del pasado o del presente, y fuera por timidez o por lo que fuese, yo no me atrevía a interrumpirle. Tan es así, que a menudo me marche sin plantearle el asunto que tenía en mente. Tal vez era que yo pensaba que al lado de los problemas que le inquietaban, los míos se reducían a la insignificancia. Además, me gustaba oírle hablar. Recuerdo que una vez me dijo: “Ä mí me acusan de ser un revolucionario. Yo no soy un revolucionario. Yo soy un conservador. Quiero conservar la nacionalidad, la patria, lo que Puerto Rico es”. Si estas no fueron sus palabras exactas—cosa que no me atrevo a garantizar—fue lo que quiso decir. Con el concepto de “Revolución” don Pedro quería decir la insurrección nacional contra los Estados Unidos, revolución cuyo fin es restaurar el verdadero orden de las cosas, el orden de la libertad y la justicia. El vasallaje político y económico de la patria, sería para don Pedro, índice de un profundo desorden, inmoral y caótico.

Recuerdo que una tarde salimos a dar una vuelta por los alrededores del pueblo de Aguas Buenas. Fue la única vez que él lo hizo conmigo. Pasamos por frente de un colegio de sacerdotes norteamericanos—no sé si eran los mismos redentoristas de Caguas–. Don Pedro me dijo entonces: “Cuando los americanos prenden la luz en ese colegio, el pueblo de Aguas Buenas se queda sin energía eléctrica”. Me parece que él veía en tal fenómeno un símbolo de la situación de Puerto Rico. Muchos años después, tuve la oportunidad de atravesar el pueblo de Aguas Buenas y me informaron que la situación seguía siendo lo misma.

Aprovecho la ocasión para referirme al catolicismo del doctor Albizu Campos. No hay duda de que fue católico, y aún más, yo diría, un espíritu religioso. Como decimos los nacionalistas: Don Pedro fue capaz de crear una mística de la patria. En el Partido Nacionalista Puertorriqueño figuraban personas de todos los credos religiosos y aun, me figuro, personas sin credo religiosos. Recuerdo haberle oído decir a don Pedro que en la Republica los comunistas tendrían iguales derechos que los demás puertorriqueños. En cuanto a mí, personalmente, a lo largo de numerosas conversaciones, jamás me preguntó cuáles eran mis creencias religiosas.

Y ya que he mencionado este asunto, debo mencionar otro con el cual guarda algún vínculo. Los enemigos de don Pedro, entre los que sobreviven algunos líderes de Partido Popular Democrático, difundieron la especie de que él favorecía al fascismo o de que el movimiento nacionalista puertorriqueño era fascista. En esto le hacían el juego a las autoridades coloniales, como el general Blanton S. Winship—gobernador norteamericano de nefasta memoria—y a sus acólitos nativos, quienes por la prensa y la radio calificaban a los nacionalistas de terroristas. En lo que a mí respecta, jamás oí a don Pedro decir una sola palabra en defensa de los regímenes de Mussolini, Hitler o Franco. Como miembro que fui por años del Partido Nacionalista nunca nos identificamos, ya fuera en reunión, asamblea o mitin con los gobiernos fascistas. Sé por lo menos de un nacionalista, que sucumbió en la Guerra Civil Española defendiendo la causa de la República. Tengo la impresión de que todos sabíamos distinguir entre el nacionalismo justificado que defiende a un país invadido de la agresión extranjera y el nacionalismo imperialista, agresor, de potencias como la Alemania Nazi y la Italia del Duce. Oí hablar a don Pedro de la “raza amarilla “y del Japón, años antes de que estallara la Segunda Guerra Mundial, pero no en tono de identificarse con aquellos. Es muy posible que don Pedro al pensar que la raza amarilla, o sea los pueblos de Asia, debían libertarse de la dominación imperialista de los blancos europeos y hasta llegara a pensar que el Japón, por ser entonces la potencia asiática más fuerte, podría convertirse en libertador de sus pueblos hermanos. Por desdicha, prefirió transformarse en látigo y en coyunda para esos hermanos que debió libertar. Y baste por hoy en cuanto a las columnas de los enemigos de don Pedro.

Una tarde me hallaba de visita en Aguas Buenas. Era ya la hora del anochecer. De pronto, don Pedro me manda llamar. Acudo. Era necesario y urgente llevar un mensaje a cierta persona en San Juan. Yo era entonces un adolescente, como ya he dicho, estudiante de escuela superior, en Caguas. No sé cómo acepté el cumplimiento de aquella misión, a pesar de que no tenía un centavo encima o muy pocos centavos. A esa hora en Aguas Buenas era muy difícil encontrar medios de transporte. No tenía con qué trasladarme a San Juan desde Caguas No sé cómo me las arreglé. Pero a eso de la una o las dos de la madrugada tocaba en la puerta de cierta casa en San Juan y entregaba el mensaje vital. Tampoco recuerdo cómo pude regresar a Caguas, donde mis padres se inquietaban por mi prolongada ausencia.

Lo que importa en esta anécdota es que sirve para mostrar cómo don Pedro potenciaba a los hombres. El incidente que he contado no tiene mérito alguno excepto que nos ayuda a comprender cómo Albizu Campos lograba que ciertos hombres—y ciertas mujeres—hicieran cosas increíbles. Conseguía infundir en ellos tal voluntad de hacer que vencían obstáculos ante los cuales una consideración lógica de la realidad los hubiera obligado a detenerse.

Cuando don Pedro hablaba, todo parecía posible: la Revolución, la lucha armada, derrotar a los propios Estados Unidos en el campo de batalla. Parecía que los fusiles se iban a disparar ellos mismos; solo que no teníamos fusiles.

Recuerdo el discurso que pronunció cuando fuimos a enterrar a Beauchamp y a Rosado en el cementerio de Santurce. Ahora pienso que fue entonces cuando más fuertes nos sentimos. En cierta parte de su discurso, don Pedro dijo que en esta lucha el Imperio de los Estados Unidos debía temblar. Vista la desproporción de recursos entre los contendientes podía parecer ridículo. Y, sin embargo, en aquel momento yo me sentía seguro de que podía ser. Que un pueblo por más pequeño que sea puede hacer temblar a un gran Imperio, cuando el ansia de libertad lo dota de una energía cuyo poder de acción es incalculable. Pensemos en Grecia avasallada por los nazis; pensemos en Vietnam y lo que está actualmente sucediendo en los Estados Unidos. Pues bien, una tarde, estando yo en Nueva York, la radio interrumpió sus transmisiones regulares para anunciar el ataque contra Blair House. Griselio Torresola dio allí la máxima medida del valor puertorriqueño. Los periódicos norteamericanos informaron, en primera plana, la noticia. El mundo entero se conmovió. La causa de la libertad puertorriqueña tuvo una repercusión universal. El más poderoso Imperio de la tierra tembló ante la grandeza de unos hombres que plantearon el imperativo de la libertad de un pueblo pequeño. La profecía de don Pedro en el cementerio de Santurce se había cumplido.

También hubo otra profecía, que se cumplió, por desdicha. La fecha exacta no la recuerdo. Pero fue un discurso que don Pedro pronunció en el Teatro Municipal de San Juan. Lo presentó el licenciado José Toro Nazario con las siguientes palabras: “Hay hombres que leen la historia; hay hombres que escriben la historia y hay hombres que hacen historia. El doctor Pedro Albizu Campos es de los que hacen la historia” En su discurso, don Pedro analizó la situación política y lanzó un ataque contra las corporaciones azucareras a quienes acusó de querer estrangular la isla “con un anillo de miel”. En ese discurso, don Pedro pronosticó que las autoridades coloniales e imperialistas se proponían detener a los líderes del Partido Nacionalista, procesarlos y enviarlos a prisión. El propósito del gobierno norteamericano era destruir al movimiento nacionalista. Poco tiempo después, don Pedro fue arrestado en compañía de otros dirigentes nacionalistas como Juan Antonio Corretjer, Erasmo Velázquez y Luis F. Velázquez. Se les sometió un juicio en la Corte Federal bajo la falsa acusación de conspirar para derrocar por la violencia al gobierno de los Estadios Unidos. De aquí fueron enviados a Atlanta. Y se inició un nuevo capítulo en la historia del nacionalismo puertorriqueño.

Hoy las fuerzas de liberación nacional se mantienen vivas y combatientes y ni el prolongado secuestro del doctor Pedro Albizu Campos, ni su lento asesinato por las autoridades del gobierno de los Estados Unidos y sus lacayos locales, ni los innumerables crímenes cometidos por el imperialismo norteamericano en la persona de los patriotas, ni las persecuciones, los arrestos, las torturas ni el encarcelamiento a que son sometidos centenares de patriotas han sido capaces de aniquilar la voluntad nacional de independencia.

Como Betances, como Hostos, como De Diego, como Martí, don Pedro Albizu Campos fue un despertador de conciencias. La colonia trabaja para adormecer la conciencia de ser del puertorriqueño, por su enajenación. Solo si los puertorriqueños se olvidan de su propio ser pueden funcionar como dóciles esclavos del imperialismo. La palabra de don Pedro era el aldabonazo indispensable, el toque insistente a las puertas, para que los puertorriqueños despertaran de su letargo colonial. Como De Diego, don Pedro poseía una visión de la patria; fue capaz de plasmar esa visión en imágenes brillantes y estremecedoras, imágenes que iluminaban las raíces de nuestro ser colectivo. Como Bolívar, don Pedro aportó a nuestro pueblo un nuevo ideal de vida heroica. Él nos enseñó que la Patria es valor y sacrificio. Sin capacidad de renuncia, de abnegación y de altruismo, no es posible realizar obra de amor, como es la obra de libertar a un pueblo. Don Pedro enseñó a los puertorriqueños no sólo que la vida heroica es posible en un mundo aburguesado y conformista, sino es ella misma liberación, vía de salvación, necesaria para que los hombres y los pueblos puedan alcanzar una dimensión de grandeza. Que el heroísmo es un estilo de vida, constructivo y creador. Reveló al puertorriqueño su capacidad de grandeza, emancipándolo de los grilletes de un complejo de inferioridad colonial.

Estas y otras cosas nos enseñó el Maestro. Pero no se quedó en las palabras, en las ideas y en las creencias, sino que las trasmutó en actos, en actos ejemplares. Todo supo respaldarlo con la conducta de su propia existencia. En él palabra y acto fueron unos. Sus acciones fueron sus mejores discursos. Y esto yo lo afirmo del más grande orador que he conocido.

Nunca podré olvidar su presencia. Aquella presencia era un acontecimiento. Un acontecimiento que introducía en el devenir chato de la vida cuotidiana la tensión de un gran momento. Aquella presencia era una aparición. Algo que transformaba mágicamente los ambientes, dotándolos de prestancia significativa.

La muerte no ha podido vencer esa presencia. La muerte no ha podido anular esa presencia. Lo sentimos viviendo con nosotros. Está aquí con nosotros. Estará con nosotros mientras exista un puertorriqueño digno de serlo. Porque él fue la encarnación de la esencia eterna de Puerto Rico. Sustancia, hueso y médula de la patria. Por él, nuestro país se alza al pináculo de su más alta posibilidad. Por él, Puerto Rico será, en el tiempo, libre y glorioso. Porque el porvenir pertenece a quienes, como el doctor Pedro Albizu Campos, saben amar y defender la libertad.

José Emilio González

A 9 de septiembre de 1968.

*Palabras pronunciadas en el Ateneo Puertorriqueño la noche del 10 de septiembre de 1968, fecha del 77 aniversario del nacimiento del doctor Pedro Albizu Campos.