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A su manera

Elga Castro ramos y Sara del Valle, ganadora del premio a la excelencia deportiva Elliott Castro Triado del Overseas Press Club.

 

Por Elga Castro Tirado/ Especial para CLARIDAD

A todos y todas las periodistas que estuvieron cubriendo el “Verano del 19”, sobre todos a aquellos y aquellas que lo hicieron “a su manera”.

Con 42 años jamás pensé que con un recorrido de los últimos 50 años de la historia de Puerto Rico me pudiera identificar con tantos momentos y recordarlos como protagonista o como parte de mi vida. El sábado 17 de agosto el Overseas Press Club (OPC) de Puerto Rico celebró su premiación anual mientras festejaba su 50 aniversario. El evento comenzó con un recuento visual de algunos de los eventos más importantes del último medio siglo de nuestra Isla. Fue interesante recordar algunos de ellos, pero me sorprendió de cuántos tenía recuerdos propios, aún siendo muy pequeña. De estos, muchos eran momentos deportivos, como cuando le ganamos al equipo de baloncesto de Estados Unidos en Atenas en el 2004. Pero también, en el contexto político actual, fue interesante ver un recorrido breve de nuestra esquizofrénica historia política, y con sensaciones agridulces vi imágenes que me produjeron tristeza e ira, mientras veía otras hermosas. Claro, terminar este recorrido con los visuales del “Verano del 19” fue sumamente emotivo y significó empezar la velada en un tono de optimismo. 

En la premiación se honraron a muchos y muchas periodistas de distintos medios en diferentes temas. Los maestros de ceremonia y miembros de la Junta de Directores del OPC enfatizaron en sus discursos la importancia de la prensa en estos momentos en Puerto Rico, su rol durante las protestas que provocaron la renuncia del ex gobernador Ricardo Rosselló y lo esencial de una prensa independiente y libre de presiones gubernamentales. 

En la noche se honró a la recién fallecida reportera Keyla Hernández, homenajeando a su familia, y a quien fuera el hombre ancla por años, Aníbal González Irizarry, que de ahora en adelante el premio a la excelencia periodística llevará su nombre. Otro de los premios especiales de la noche fue el de Excelencia en el Periodismo Deportivo el cual se llama ahora Elliott Castro Tirado. Es importante destacar el honor que significa para la familia y este Semanario que este premio tan importante lleve el nombre de alguien que fue abiertamente independentista y que siempre puso como prioridad su compromiso con CLARIDAD y que nunca claudicó en sus ideales en aras de conseguir trabajos en otros medios. El premio reconoce su trayectoria como periodista deportivo por cuatro décadas, destacándose en diferentes medios, como el televisivo, radial y prensa escrita, algo que pocos periodistas hacen. Además, con un resumé que incluye un sinnúmero de eventos deportivos internacionales, como Centroamericanos, Panamericanos y Juegos Olímpicos, en distintas capacidades, ya fuera como corresponsal o como ancla desde la Isla. También fungió como director de prensa de muchos eventos deportivos. Su voz por años fue sinónimo de las Justas de la LAI, torneos de volibol, el Maratón San Blas, las Justas de AEELA, entre otros. Además, estuvo en la Descarga Original diariamente por veinte años y escribiendo esta columna ininterrumpidamente por 40 años. Esta amplia trayectoria, el reconocimiento de sus pares y su propia excelencia le valieron que de ahora en adelante el premio a la excelencia en el periodismo deportivo lleve su nombre grabado. 

El periodista del canal 6, David Ramos le entrega a Elga Castro un recordartorio de la actividad, dedicada a su padre. Foto: Alina Luciano Reyes

Para este primer premio con su nombre estampado, se organizó una pequeña ceremonia de homenaje en la cual participó el saxofonista puertorriqueño y yerno de Elliott, Miguel Zenón, quien interpretó magistral y emotivamente “A mi manera”, mientras se proyectaba un video con imágenes de Elliott en distintos momentos de su vida. En un plano personal, para mí fue sumamente emotivo ver esas imágenes de Papi en distintas facetas de su carrera, mientras escuchaba a mi esposo honrarlo y homenajearlo con una canción que siempre le gustó, al igual que a mi Madre, pues era una especie de himno y moto de vida, mientras estaba rodeada del cariño de muchos de sus colegas. Quienes lo conocieron, saben que parte del secreto de esa sonrisa eterna era “hacer las cosas a su manera”, básicamente hacer lo que le diera la gana, lo que le hacía feliz y lo llenara. Así fue que ejerció de periodista deportivo teniendo un diploma de ingeniero industrial, así se mantuvo en CLARIDAD aún recibiendo presiones y trabajó en lo que quiso con mucha pasión. Incluso que se incluyera su firma como parte del video-homenaje, fue evidencia de esa personalidad única y característica, Papi casi tenía su propio “Font’’ y su firma característica en letra de molde; fue linda verla con un corazón encima de la “i”, muy a su manera. Si el homenaje fue emotivo, lo fue aún más el conocer que la primera periodista galardonada con el Premio Elliott Castro fue Sara del Valle, periodista que comenzó en CLARIDAD y quien fuera amiga y pupila de Papi. Entregarle el premio a Sara fue muy lindo y emocionante.

Durante toda la noche mi Mamá, Vilma Ramos y yo recibimos mucho amor y solidaridad, pero también el respeto de los colegas de Papi. Y fue lindo que muchos me mencionaron que pensaron mucho en él este verano, pues sabían que hubiera estado en la calle en las protestas y que hubiera gozado con esa noche del 24 de julio cuando Ricky renunció, como gozó otras victorias en vida. Como disfrutó con la victoria de Tito Trinidad sobre Oscar de la Hoya, como disfrutó la del Equipo Nacional de Baloncesto en Atenas sobre el de Estados Unidos, como disfrutó la salida de la Marina de Vieques, como disfrutó las victorias del equipo de béisbol en el Clásico del 2017, como disfrutó la salida de Oscar López Rivera, como disfrutó la primera medalla de oro olímpica de Mónica Puig…y es que esa fue su vida, deporte y política, política y deporte y las victorias y derrotas en ambas se las vivía apasionadamente. Por eso el video del inicio de la premiación me tocó particularmente, porque la mayoría de esos eventos los recuerdo al lado de mi Padre, imagino que muchos de ellos a través de su prisma, como las vistas del Cerro Maravilla, estar juntos cuando ganamos la primera medalla de oro en baloncesto Panamericano en el 1991 en La Habana o estar juntos en la Marcha de la Nación en el 1996 en Fajardo. Cada uno de esos eventos, o él los cubrió o recuerdo exactamente su posición o cómo le impactó en su vida. Quienes me decían que lo recordaron particularmente este Verano del 19, fue no sólo por las protestas masivas y heterogéneas, sino por las victorias en los Juegos Panamericanos de Lima. Y yo también, cuando veía esa masa gigante en el Expreso de Las Américas, cuando vi a las nenas de tenis de mesa en lo más alto del podio, pensaba en lo feliz que estaría. Sin duda me alegra saber que la gente lo recuerda como se recuerda a los grandes, que es pensar en ellos cuando algo importante está pasando y pensar en lo que estarían pensando. 

Gracias al Overseas Press Club por el reconocimiento. Felicitaciones a Sara. Y a todos y todas las periodistas jóvenes (y no tan jóvenes), si algo aprendimos de este verano inolvidable es que es importante hacer las cosas a nuestra manera. ¡Enhorabuena! 

Fiestas tradicionales y nuevas brechas  festivas

 

Por Lowell Fiet / Especial para En Rojo.

La línea que divide, si tal cosa existe, la fiesta y la protesta siempre es una muy porosa. Las fiestas caribeñas son actos de resistencia y tienen por dentro las semillas de rebelión si no revolución. Las inversiones sociales adscritas al carnaval europeo por el teórico ruso Mijaíl Bajtín se complican y multiplican dentro del Caribe. El gesto reintegrador comunitario de “canboulay” (caña quemada: cannes brullées) en Trinidad sirve de ejemplo. Los motines de los ex esclavizados contra las autoridades coloniales británicas cuando prohibieron la celebración de canboulay en los 1880 ya forman parte de la identidad nacional trinitense, además de ser la raíz del Carnaval más grande y diverso de la región.

Hace tres semanas Puerto Rico experimentó algo similar en las calles del Viejo San Juan y otros vecindarios y pueblos a través de la Isla. El pueblo exigió y logró la renuncia de Ricardo Rosselló como gobernador de Puerto Rico. Vimos la marcha o procesión de miles, las banderas tradicionales y especialmente las nuevas de blanco y negro y hasta una brillante de color miel-amarrillo, las camisetas y otros vestimentos especiales de los participantes, las capuchas y otras máscaras para esconder la cara y también protegerse contra los gases lacrimógenos, los grupos formales de teatro callejero con sus vestuarios, zancos, cabezudos, las pancartas caseras de cartón y las pintadas por artistas, los lemas cantados y gritados por las multitudes, nuevas canciones, los discursos, la música continua de panderos y diversos otros instrumentos tocados en las calles y artistas locales e internacionales. 

Todo esto representaba la sociedad en marcha, en protesta, pero “protesta con propuesta”, como me dijo Pedro Adorno del grupo teatral Agua, Sol y Sereno. En ese sentido el carnaval de resistencia y lucha derrocó a Ricky Rosselló.

Las Fiestas de Santiago Apóstol de Loíza también son actos de resistencia. El hecho de durar como fiestas populares durante por los menos dos siglos contribuye mucho a su fuerza como imán identitario local. Y esa identidad es afro boricua en una lucha de resistencia con las autoridades e instituciones del gobierno y la iglesia: los factores de base son raciales, económicos y geográficos –los no privilegiados resistiendo las prácticas de poder de los privilegiados. La fiesta y la protesta comparten el potencial de exigir cambios y de preservar valores elementales.

He participado en las Fiestas de Santiago Apóstol cada año desde 1995. Algunos años asisto a las tres procesiones –26, 27 y 28 de julio—, en otros años llego para dos y a veces solamente una. Este año presencié solamente la procesión de Santiago de las Mujeres (27 de julio) porque ahora intento balancear las fiestas de julio entre Vieques y Loíza. Este año el municipio de Vieques decidió celebrar sus “Fiestas del Pueblo” del 25 al 28 de julio en vez de la fecha tradicional dos semanas anteriores que correspondería mejor al día de la Virgen del Carmen. Por eso, el desfile de carnaval de Vieques cayó en el mismo 28 de julio, el día de Santiago de los Niños en Loíza. Decidí cubrir las dos fiestas y aquí van varias de mis reflexiones sobre ellas.

Loíza, 27 de julio

Comencé mi día en Loíza con una presentación de mi libro An Archipelago of Caribbean Masks en la Biblioteca Pública del Municipio de Loíza. Gracias a los esfuerzos organizativos de Lydia Milagros González, tuve un grupo nutrido de residentes y artesanos loiceños, visitantes que asistían a las fiestas y un par de académicos.

Desde allá pasé al restaurante el Sazón de Sylvia en Colobó (Medianía Alta) en la ruta 187, cerca a la entrada a Las Carreras, el final de la ruta de los santos. Después de comer empecé a bajar hacia el pueblo para encontrarme con la procesión del día. Como el calor fue agotador, me paré en camino (Medianía Baja) cerca de la casa de Santiago de los Niños. Desde allí recibí el Carretón Alegre con su variedad de música caribeña, los caballeros, vejigantes, locas y viejos que corren frente al santo, el santo –de las Mujeres—del día, el público que “corre el santo” y el camión techado de la banda municipal. Los santos saludan en ese punto de la calle y los dos siguen el camino con toda la secuela sagrada y profana en ruta hacia Las Carreras.

El santo traía un grupo grande e impresionante por la calle. Pero las procesiones también requieren la presencia y energía corporal-cinestética de los vejigantes. En Loíza, la cantidad, diseño y estilo y colores de las máscaras de coco de los vejigantes parecen mejorar cada año. También las personas actuando de vejigantes – niños, jóvenes y adultos, mujeres y hombres—parecen más variadas que nunca. Aunque todavía en minoría, las mujeres han asumido un papel clave en el “performance”. La artesana Wilda Cruz introdujo los colores de lila y rosado para conmemorar la vida de una víctima de cáncer en una nueva máscara brillante. Hubo muchos otros ejemplos. En general noté más mujeres-vejigantes este año. Esto sin duda da impulso a las fiestas como una forma de expresión personal y social a la vez que aumenta la necesidad de crear nuevas máscaras y vestuarios.

El papel del caballero, el otro personaje más popular, se mantiene estable en términos de números y diseño, aunque siempre hay uno o dos nuevos caballeros –hombres y mujeres—que asombran por su reinvención del personaje. Por otro lado, este año vi apenas dos locas y solamente un viejo –con una máscara de goma y no de cartón.

Las Fiestas de Santiago Apóstol también crecen de otras maneras. Este año una comparsa de Taller Salud con la participación abundante y energética del grupo teatral Agua, Sol y Sereno se integró fácilmente en la procesión. Las y los integrantes de Taller Salud marcharon en sus camisetas. Agua, Sol y Sereno dio un taller a los miembros de Taller Salud y el grupo de todas las edades caminó con siluetas de cuerpos humanos cortados de cartón y pintados–¿seres perdidos? ¿seres salvados? ¿seres recordados? –frente a ellos. Además los talentosos y entrenados zanqueros y los grandes cabezudos que caracterizan las comparsas del grupo lucían muy bien dentro las comparsas tradicionales de vejigantes, caballeros, locas y viejos.

Taller Salud tiene su oficina en la ruta 187 del  sector Las Carreras antes de salir de Loíza para Río Grande. Su participación en la vida loiceña ha aumentado desde el huracán María y esta comparsa da reflejo de su compromiso con el pueblo. 

Vieques, 28 de julio

La isla municipio de Vieques no había celebrado sus fiestas patronales desde 2016. La escasez de fondos no permitió a la alcaldía invertir en las fiestas cuando había tantas otras necesidades sin cubrir. El paso del huracán María empeoró la situación y a la vez desató una disputa que parece perpetua entre la alcaldía y la asamblea municipal. Como resultado del conflicto, escogieron las fechas del 25 al 28 de julio, fechas que coinciden con las fiestas de Loíza y las patronales de Fajardo, para garantizar un presupuesto para el evento.

Hasta 2016 el desfile carnaval de Vieques lucía como una práctica estable –si no una tradición de siglos—que se llevaba a cabo el domingo, último día de las fiestas patronales en celebración de la Virgen del Carmen. Hubo intercambio entre las Islas Vírgenes Estadounidenses, Fajardo, Culebra, el resto de Puerto Rico y Vieques. Esto se expresaba a través de la presencia de drones de acero (steelband) y los troces-sistemas de sonido tocando calipso y soca del Caribe anglófono. 

También surgió el estilo de comparsa “pretty mas” de mujeres uniformemente vestidas en vestuarios escasos–tipo traje de baño— adornados de cuentas, lentejuelas, tocados de plumas, y botas decoradas. Acompañados por música grabada las mujeres bailan con movimientos coreografiados a lo largo de la ruta desde el residencial a la plaza pública. La presencia de estas comparsas “bonitas” y danzadas prestaba un tono carnavalesco único dentro de las fiestas de Puerto Rico al desfile de Vieques.

Otras comparsas individuales o de grupos extendían el desfile sobre varias cuadras; batuteras, la banda municipal y comparsas como “los taínos” y “los turistas”, que se vestían en estilos exagerados fuera de época, rellenaban los espacios entre las comparsas grandes.  

En 2015 las comparsas más dominantes fueron Fantasía Caribeña y Afro-Caribe, las dos con base local. Con ellas y las demás, Vieques produjo un desfile de carnaval pequeño pero muy respetable con una impresionante participación del público presente.  

Fantasía Caribeña fue la única comparsa del carnaval de 2019. La comparsa de este año celebraba diez años desde su fundación y conllevaba una muestra de vestuario de cada año y tema de su trayectoria. Durante los años sin desfile en Vieques, el grupo ha participado dos veces en el Puerto Rican Day Parade en Nueva York y también participó un año en la Fiesta de la Arepa en Vieques. Por otro lado, Afro-Caribe no participó como una comparsa. Un grupo vestido con camisetas recordaba su presencia, pero la comparsa como existía antes aparentemente ha desaparecido. 

No había falta de público mientras la comparsa bajaba por la calle Antonio Mellado hasta la Muñoz Rivera acompañada de un grupo de batuteras de Corozal y el troc-sistema de sonido de Santa Cruz. Del público presente el deseo de celebrar carnaval queda vivo aun si la infraestructura es débil. 

El 14 de septiembre

El gran motor del movimiento de la calle que hace dos décadas permeó todo en Vieques e impulsó la salida de la marina de guerra de Estados Unidos ya aparece casi apagado. El desfile carnaval de Vieques ya no muestra mucha oportunidad de resistencia y protesta. No obstante, la caminata “De Rompeolas a la Plaza Pública” ofrece precisamente esa oportunidad. Programada para las 10:00 am a las 5:00 pm, el sábado 14 de septiembre, esta gran caminata protesta las políticas de la ATM (Autoridad de Transporte Marítimo). La organización de la caminata es multi-sectorial e incluye artistas, vejigantes de Loíza y Ponce, el grupo teatral Agua, Sol y Sereno y comparsas, poetas, cantautores, músicos locales, una posible bicicletada y mucho más que permitirá la  participación del pueblo entero: protesta con propuesta; carnaval de resistencia y lucha.

¿Una tercera mujer en la vida del Dr. Betances?

 

Por Paul Estrade / Especial para En Rojo

Hace unos años, Claridad, como siempre dispuesto a propulsar la figura y el ideario de Ramón Emeterio Betances, abrió sus columnas al incansable historiador Félix Ojeda Reyes para que éste informara y reflexionara sobre un tema algo marginal en la investigación betanciana. Félix examinó de manera sensible y novísima la personalidad controvertida y el papel real de “la otra mujer en la vida del Dr. Betances”.1

Sinteticemos con sus propias palabras su pensamiento al respecto: “La mujer que acapara la vida sentimental de Ramón Emeterio Betances siempre fue María del Carmen Henry.2 […] Pero hubo otra mujer, la que fue su esposa y estuvo casada con él durante 35 años. Una mujer que le siguió al exilio, víctima de la represión del coloniaje, toleró largas ausencias y fue lo suficiente valerosa para convertirse en auxiliar de sus proyectos sediciosos”. Simplicia Jiménez Carlo fue esa mujer patriótica rehabilitada por Félix.3

Ahora, al recordar que el matrimonio Betances / Jiménez no tuvo hijos, el escrupuloso amigo escribe: “Sabemos, sin embargo, de una hija adoptiva llamada Magdalena Caraguel. Lamentablemente, es muy poca la información acumulada a tales efectos”. 

Nos proponemos aclarar hoy en lo que podamos este enigmático punto biográfico.

El nombre de la señorita Madeleine Caraguel no asoma en los escritos de Betances sino en el último de cuantos se conservan de él. Aparece –por sorpresa, hay que confesarlo– en los incisos 1°, 3° y 13° de su testamento redactado en Neuilly el 8 de agosto de 1898, un mes antes de su defunción. Sorpresivamente, porque nunca, ni Betances ni nadie había mencionado la existencia de dicha persona entre sus deudos ni siquiera entre sus conocidos. Además, el primer testamento del doctor, hecho en París el 16 de noviembre de 1895, hacía caso omiso de la misma.4 Madeleine irrumpe pues en el documento del 8 de agosto de 1898, tildada por el firmante de “hija adoptiva”, como queda señalado por Félix Ojeda Reyes.

El donante no es nada parco con ella. Por el inciso 1° dispone que “se reintegre a la señorita Magdalena Caraguel los diez mil francos que ella pagó” por una póliza de seguros. Por el inciso 3° le lega “las obras de Voltaire y de J. J. Rousseau que están en mi escritorio”. El inciso 13 especifica que “todos los objetos de terracota que están en mi escritorio deben ser entregados a la señorita Caraguel”. 

¿Quién será esa Madeleine Caraguel para beneficiarse de repente del agradecimiento especial del “anciano maravilloso”, próximo a desaparecer? ¿Qué se sabe hoy de su vida y de sus relaciones con Betances, lo que ayer se ignoraba?5

En fecha y circunstancias del todo opacas, pero en París probablemente, se conocieron el doctor en medicina Ramón Emeterio Betances y el periodista y literato Clément Caraguel. Éste le llevaba más de diez años a aquél. Jean François Clément – llamado Clément – había nacido en el suroeste de Francia en 1816.6 Se había trasladado a París, donde en 1848 empezó una brillante carrera en el satírico Charivari en el que escribía a diario con ligereza y gracia. A partir de 1865 y hasta su muerte,7 pasó a ser un redactor apreciado del Journal des Débats. Son dos periódicos que cuentan en la historia de la prensa. Los artículos de Caraguel revelan sutileza y elegancia formal, liberalismo y firmeza republicana. El taller del famoso Nadar dejó una fotografía de él.

Clément Caraguel casó el 5 de noviembre de 1857 en Mazamet con una sobrina que llevaba el mismo apellido, Rosalie Héloïse Léontine Caraguel, llamada Léontine.8 La pareja se asentó en las afueras inmediatas de París, en Levallois, una ciudad colindante con la de Neuilly.9 Allí nacieron sus dos hijas, Madeleine, el 27 de noviembre de 1858,10 y Lucile, el 9 de enero de 1860. A los cinco días de dar a luz, Léontine moría de parto. Al parecer Clément no volvió a casarse, criando solo a las niñas.

El 22 de noviembre de 1882 fallecía a su vez Clément Caraguel, quien residía entonces en París a unas cuadras de la casa del doctor Betances, en el n°30 de la calle La Bruyère. Su muerte dejó desamparadas a Madeleine y Lucile, huérfanas de madre desde la niñez y ahora de padre. Por suerte la mayor tenía ya 24 años y su hermana menor, casi 23. Es posible pero no cierto que conviviesen entonces con su padre. Con esa duda empiezan las conjeturas, a la par que la vida de ambas empieza a relacionarse con la de Betances de forma documentada.

Una fuente privada, entre las que se ensañaron en el comportamiento de Simplicia Jiménez, la esposa de Betances, e insistieron en los celos, echó de paso una luz sobre “los amores platónicos de Betances y Magdalena, una muchacha parisién”.11 Según esa fuente, al desaparecer un amigo (no nombrado) de Betances, éste se encargó de la educación de la hija mayor del difunto. La confió primero a un colegio de señoritas y la recogió luego en su propia casa de la calle de Châteaudun, hospedando también a la otra hija. Magdalena pasó a trabajar allí de secretaria particular del doctor. No precisa la informante si fue para auxiliarle en el consultorio o en la correspondencia. Un día, según ese mismo testimonio, estando enfermo y guardando cama el doctor, y cuidándole Magdalena, Simplicia entró bruscamente en el cuarto, y a gritos y puñetazos expulsó acto seguido a la joven, acusándola de besar al doctor. Como consecuencia del incidente, para calmar el furor de Simplicia, Betances tuvo que despedir a las dos muchachas. Según concluye el relato, nunca Madeleine quiso casarse, teniendo al hombre que quería por “un imposible”. 

De no ser un invento novelesco, esa escena debió ocurrir allá por 1883-84. Ignoramos lo que fue entonces de Magdalena, hasta que su nombre figurase en el último testamento del doctor (8 de agosto de 1898) y hasta que, en persona, ella se presenta el 15 de marzo de 1899 a cobrar la suma heredada.12 Declara ser soltera, no desempeñar oficio y vivir en Levallois-Perret, en el n°13 bis de la calle Chevalier.

Pero si de ella nada se sabe hasta las fechas apuntadas, el examen de los registros del estado civil de París revela que su hermana Lucile vive primero en el distrito 9 (el mismo que Betances), donde se casa el 6 de enero de 1885 con Adolphe Nestler; y después en el distrito 8 donde da a luz a un hijo nacido el 28 de septiembre de 1886. Al pie de ambas piezas viene la firma de Betances, como testigo, prueba suficiente de la cercanía entre la familia Caraguel y el doctor, y por lo menos entre éste y Lucile. A Lucile se le puede seguir más o menos la trayectoria, mientras quedan borradas las huellas de quién nos interesa en particular, Madeleine, esa supuesta tercera mujer en la vida del doctor Betances. No sabemos cómo vivió y no tenemos fotografía de ella. Hace falta regresar al testamento de marras para tratar de asir algo concreto que sugiera alguna pista.

En el testamento de 1895 Betances dejaba todas o casi todas sus pertenencias a su mujer Simplicia. En el testamento de 1898 no hay cambio esencial, ya que a Simplicia debe ser entregado, cuando él muera –se sabe condenado a breve plazo–, cuanto posee. Pero el testador introduce unas ligeras modificaciones y añadiduras, que se explicarán tanto por la oportunidad de subsanar algún que otro olvido como por la voluntad de agradecer a determinadas personas que le han atendido y mostrado afecto en los últimos tiempos dificilísimos de su existencia. Suponemos que la confianza depositada en José T. Silva, hecho su albacea, y los objetos obsequiados a los doctores Lévy y Talamon, y a los amigos Ventura y Millet traducen una vivísima reacción de gratitud de su parte para con ellos. Pero ¿en qué circunstancias y con qué título Madeleine Caraguel toma asiento en el segundo y definitivo documento notarial, cuando Lucile que doce años atrás le era muy próxima está ausente del mismo? 

Nadie entre quienes estuvieron asiduos al lado de Betances en julio-agosto de 1898 ha evocado la presencia de Madeleine en torno al patriarca exhausto. Lo que tampoco prueba que ella no le haya visitado. El problema es que el doctor llama a Magdalena “mi hija adoptiva”, y sin usar las comillas. Si ella era su hija adoptiva en 1898 es de presumir que ya lo era en 1895. Pero en 1895 él no se acordó de ella, ni siquiera en el párrafo donde declaraba poseer un seguro de vida de 50 000 francos que debían ser entregados a su esposa. Observemos también que Betances dijo “mi hija adoptiva” y no “nuestra hija adoptiva”, y que Simplicia nunca mencionó a esa adopción en las cartas y declaraciones que hizo después de 1898. 

A la hora de interpretar esa serie de misterios tardíos, surgen dos posibilidades. 

O bien Ramón Emeterio había sido escogido como padrino de Madeleine a finales de 1858 o principios de 1859; una posibilidad compatible con su conocida tolerancia religiosa13 y compatible con su presencia en París. Entonces es cuando llegaba su novia Carmelita Henry a reunirse con él. Pero ignoramos si entonces eran íntimos Betances y Caraguel. De ser así la historia, con la muerte de la madre de Madeleine y luego con la de su padre, la “ahijada” de Betances se habría convertido de hecho en su “hija adoptiva” en 1882. Y muy lógicamente, teniéndola por tal, Betances la habría cobijado en su casa y favorecido en su testamento. Pero no continuemos porque no fue así la historia. El acta de bautismo de Madeleine evidencia que el padrino fue su abuelo paterno Jean-Pierre Caraguel y la madrina, Victorine Caraguel, su abuela materna.14 Además cuando Madeleine viene a recoger lo estipulado en el testamento, la administración la considera sin parentesco alguno con el testador.15 Queda confirmado que, según la ley, Magdalena no era oficialmente hija adoptiva del doctor Betances.

O bien la vida de Ramón Emeterio encubre un secreto femenino. Detrás de la llamada hija adoptiva, ¿no habrá acaso una amiguita? Regresemos a esa gruesa suma de 50 000 francos que el doctor tenía depositada en la compañía de seguros “Les Assurances Générales” de la vecina calle de Richelieu. ¿Cuál es el origen y cuáles son los beneficiarios de esa póliza de seguro de vida? Hay tres versiones contradictorias al respecto.

El 16 de noviembre de 1895, Betances asegura que él mismo ha depositado los 50 000 francos “que le pertenecen” a su señora. El 8 de agosto de 1898, pide que después de cobrada dicha suma, “se reintegre a la señorita Magdalena Caraguel los diez mil francos que ella pagó por la póliza, según consta en la liquidación. El resto, 40 000 francos, serán entregados a mi esposa”. El 15 de marzo de 1899, Madeleine certifica que “ella es beneficiaria de una suma de diez mil francos, monto del seguro de vida contratado en su favor por el difunto ante la Compañía de las ‘Assurances Générales’, según póliza del 9 de junio de 1881, n° 122 950”.16 ¿Dónde estribará la verdad? ¿No quiso Betances esconder algo? 

Puesto que no coinciden, resultan sospechosas las afirmaciones traídas arriba. ¿Cómo será posible que Madeleine haya podido adelantar 10 000 francos al doctor –¿en qué contexto y con qué propósito?– cuando ella era jovencita, sin formación ni dinero, y cuando él disfrutaba en París de años prósperos en su oficio de médico? Pero, admitamos que ocurriera al revés, que por una razón equis Betances tuviera que fingir que recibía dinero prestado de su hija adoptiva cuando en realidad él se lo regalaba discretamente a ella, ¿cómo será posible que ese arreglo se firmara el 9 de junio de 1881, año y medio antes de la muerte de Clément Caraguel quien cubría entonces las necesidades de sus hijas? ¿Medida premonitoria? ¿Gesto de compasión por la mayor, y únicamente por ella? ¿Prenda de afecto y cariño especial por la misma? No nos atreveremos a zanjar.

A partir de aquí, que el soñador suelte la rienda de su imaginación si se le antoja, pero ante todo que investigue más el historiador. Faltan aún demasiados elementos biográficos para que uno pueda adentrarse y aventurarse más por la senda de aquella posible tercera mujer en la vida sentimental del doctor Betances.

Será Otra Cosa: Los días últimos

Errata: La semana pasada la columna  de Será otra cosa, salió en la edición con el nombre de Beatriz Llenín y por unas horas corrió en este medio igual, la columna con el título: La escuela es un corazón es de  Rima Brusi. Pedimos a la compañera mil disculpas por este error.

amf.

Por Sofía Irene Cardona / Especial para En Rojo

Una vez mueres, el cuerpo ya no te pertenece. Si te enfermas, esto sucede un poco antes. Manejan tu cuerpo, lo examinan por dentro y por fuera. Entran al cuarto y salen del, con el mismo gesto de expertos, técnicos, enfermeros, doctoras, a bregar con tu cuerpo. Te pinchan, te tocan, te bañan. Te dicen poco. No entiendes nada. Eres un cuerpo que mueven de un lado a otro, que aprietan, que frotan, que cortan. Sólo yo te acaricio y te arropo, me aseguro de que estés tibio bajo las frisas. Traigo más tereques. Te pongo medias. Te doy un sobo en las pantorrillas. Te afeito, te peino con mi mano. El enfermo de al lado siente envidia. Me dice que su mujer también está enferma y no puede venir, me lo dice como excusándose.

Estar enfermo

La enfermedad te expulsa del mundo, o más bien de la rutina. Los saludables te pueden mirar con pena o con empatía, hasta con indiferencia. Pero los enfermos nos sabemos excluidos de lo que los de afuera llaman la realidad. La sensación continua (yo diría que la certeza), sin embargo, es que lo único real es esto.

El cuerpo está roto, dañado, y como una fruta que se deteriora ante nuestros ojos, podemos sentir que muere. Pienso en esos días últimos. Pensábamos – al menos yo pensaba – que habría un poco más de tiempo, que tendríamos la oportunidad de sentirnos agotados, casi reconciliados con la idea del final, pero todo fue demasiado rápido. Trato de recordar esos días y me asusta encontrar ahora los días confundidos, recuerdos opacos que se funden unos con otros. Tratábamos de amalgamar fuerzas, espantar miedos, ignorar nuestras intuiciones, el olorcillo temible de lo fatal. Pero el cuerpo, como he dicho, ya estaba roto. 

Buscar información

Averiguar sobre las dolencias (propias y ajenas) en la internet es una nueva tentación, y a veces podría ser un gran alivio. Se necesita cierta destreza, en mi caso adquirida en la profesión, y también la cabeza fría, para no derrumbarse ante las malas noticias. Encuentras estadísticas, definiciones que requieren más definiciones, testimonios que te espantan o te alivian, o te despistan.

Los laboratorios tardan y cuando llegan están sellados y en inglés. Vuelves a la computadora y sigues buscando el sentido de las frases misteriosas. Vivimos esos días como en una bruma espesa, los días son largos.

Las salas de espera

La familia de Manatí no tiene auriculares y todos están inclinados sobre sus teléfonos. Creen que me interesa el programa del mediodía y las baladas cristianas. Hay muchos religiosos en las salas de espera, y no sé por qué. Supongo que se vuelven así cuando se enferman, o están muy mal alimentados, o son la mayoría en el país. Ya no sé dónde estoy, no entiendo el mundo, pero me voy acostumbrando a las esperas y a la gente cabizbaja como en oración o muy avergonzada. 

Los hospitales

Lo que no aparece en las películas es este frío constante que nos separa de la vida de los de afuera. Los de adentro estamos a la merced de las rutinas de las enfermeras, equipos de doctores, funcionarios, guardias de seguridad, empleados de la cafetería, encargados de limpieza y gallinas que transitan por los predios del hospital. Todos simulan un control que es imposible; el desastre, la catástrofe es su territorio. Nadie está sano y a veces quienes visitan tienen peor aspecto que el visitado.

Los médicos

Los médicos suelen distinguirse del resto de los seres humanos porque suelen subir la voz cuando entran a un cuarto. Hay excepciones, casi siempre femeninas. A las mujeres no les gusta gritar, se distinguen porque no tienen tiempo que perder y de vez en cuando te echan el brazo. Los doctores que hablan a volumen moderado suelen ser los mejores, ojo. Suelen ser también los que mejor escuchan.

El médico de piso está siempre ocupado y nunca entiendo lo que dice, pero suele estar disponible para escuchar mis dudas. Lo encuentro en el pasillo con frecuencia, frente a una computadora. Una noche tuve que bajar a buscarlo a la sala de emergencias para pedirle que se comunicara con otro doctor para hacer un trámite. Para lograr algún progreso, para conseguir alguna claridad, hay que buscar la manera de comunicarse con los encargados de los enlaces. No se puede llamar directamente al doctor, a pesar de que andan todos con sus celulares. Es difícil la comunicación, aunque sobren buenas intenciones.

A los médicos no les gusta hablar de la muerte. No saben cómo. Vienen de noche en una visita extraordinaria (se han bañado y cenado en su casa, parecen refrescados) y te explican que la intervención tiene sus riesgos, que tú decides el próximo paso. Entonces calla, esperando tu respuesta. Parece fácil, parece que hay opciones, libre albedrío, posibilidad de éxito. Eso parece, pero no. Aunque los escuchamos con claridad no entendemos lo que dicen, o acaso no queremos aceptar lo que entendemos muy bien.

Yo insisto en preguntar y la doctora de turno se pierde en circunloquios sin mirarme a los ojos. Siento que su cabeza da vueltas sobre sus hombros como una muñeca rota. Le cuesta decir esas palabras: no hay nada que hacer. Es evidente que no está hecha para enfrentar ninguno de los horrores que vaticinan sus libros de medicina. Cuando termina de explicar, la veo alejarse por el pasillo perseguida por el aleteo de su bata blanca.

El guardia de seguridad

El guardia de seguridad vela por ti, pero te obliga a hacer la fila y te mortifica. Parece como si en lugar de protegerte, te vigilara para que no quebrantes ninguna de las reglas del hospital, sobre todo lo que concierne a las horas de visita. El guardia no vigila a la señora que me atosiga con las baladas cristianas ni a la familia de Manatí que ve el show del mediodía a todo volumen en su teléfono. El guardia no quiere que haya más de dos personas en el cuarto de mi enfermo. El guardia es un ciudadano respetuoso de la ley y está sano.

Las enfermeras

Las enfermeras tienen distintas maneras de bañar a un paciente. No hay una que lo haga exactamente como la otra. Cada cual tiene sus reglas e ideas de cómo debe organizarse el cuarto. A veces las enfermeras dan consejo espiritual. Esto podría venir bien si no estuviéramos tan asustados. En el momento de la agonía te ofrecen buscar un cura o te aconsejan que le digas las últimas palabras. ¿Cuáles? ¿Cómo te despides para siempre?

Hay un enfermero que se especializa en los cuerpos más pesados. No veo lo que hace, pero escucho al vecino solicitar específicamente a Víctor. Víctor es fuerte y se crió en Buen Consejo. Tiene una bonita voz y, efectivamente, puede bregar con los más pesados con delicadeza. Espero que a Víctor le sucedan muchas cosas buenas.

El muerto

El muerto ya no es él, pero me lo recuerda. Cierro sus ojos, la piel es todavía tibia, pero la boca insiste en quedarse un poco abierta. Pienso que debe tener relajados los músculos de la cara, o que necesita un espacio para ir saliendo de ese cuerpo. Puede que haya sido porque fue una muerte lenta y tranquila, un poquito sedada, para que la respiración no fuera angustiosa. En el transcurso, los ojos se quedaron blancos en algún momento y entendí aquello de “los ojos blancos de los muertos”. En esos días recordé muchas veces palabras leídas, ahora mejor comprendidas. De la muerte se habla mucho, se entiende poco; al parecer, nunca es suficiente.

Al muerto lo desconectan poco a poco. Hay que registrar el deceso según las señales de los electrodos. Nosotros insistíamos en tocarlo, y al parecer seguían detectando señales de vida, falsas señales provocadas por nosotros. Lo dejamos quieto por órdenes de los enfermeros y ahora me pregunto si nuestro muerto nos echó de menos en ese instante. Era un hombre valiente para estas cosas, debió entendernos. Acaso quiso que lo detuviéramos acá un poco más, como una chiringa tensa contra el viento. Soltamos las manos. Lo dejamos quieto. 

Y el hilo desapareció con él en una ráfaga.

La funeral director

En las funerarias hay una persona encargada de recibir los muertos. Más bien recibe a los vivos, los llamados “dolientes” que pagarán el funeral. Te sirven café o te, son muy amables. Nuestra “funeral director” es una muchacha risueña con ojitos redondos, como sacada de un dibujo de manga japonesa. Se ríe cuando se pone nerviosa, que es casi todo el tiempo, pero es eficiente y nos distrae la pena con sus gestos y ocurrencias. Nos cuenta todo. A ella no le gusta ir a los funerales donde la gente se descontrola. Dice que las viudas lloran como un perrito huérfano, y luego se ríe como una nena que descubre que ha dicho algo inapropiado. 

La funeral director también es la encargada de entregarnos las cenizas. Nos hacen firmar varios papeles y nos entregan una caja de cartón dentro de una bolsa de tela reciclable, ecológica y muy discreta. También nos dan un certificado de cremación que parece un diploma de sexto grado, por si acaso hay que viajar con las cenizas.

Bajo en el ascensor con la pesada bolsa en el hombro. Cargo con mi muerto como con la compra del supermercado. Me sonrío recordando a la funeral director y pienso que a mi muerto le hubieran encantado estos detalles de la historia. Agradezco la suerte de estas ironías y pienso esta tarde en lo afortunada que soy de estar tan viva, de saberme complacer con estas cosas, y en homenaje a mi muerto, escribo. 

La última carga de la caballería cosaca

 

Por Juan Forn

Difícil que en el año 1957 llegaran ejemplares de Il Corriere de Trieste al café de cada pueblo perdido en las montañas de la región. Pero cuando Il Corriere anunció el 13 de agosto de 1957 que tres funcionarios alemanes se habían apersonado en el camposanto de Villa Santina, con un permiso para exhumar un cadáver de una tumba sin nombre y trasladarlo a otro cementerio en Garda, donde yacían los soldados y oficiales muertos en Italia peleando por el Reich, los parroquianos de cada café de pueblo de las montañas de Carnia sabían perfectamente de quién se trataba (o, mejor dicho, de quién no se trataba).

No necesitaron leer que el cadáver llevaba doce años enterrado y que entre los restos había, además de huesos, un par de espuelas cosacas, un sable con la hoja rota y un reloj de bolsillo. No necesitaron leer que en la tapa de ese reloj estaba grabado el nombre del general Piotr Krasnov, para saber que ese cadáver no era el del gran atamán de los cosacos del Don que, durante unos pocos meses de 1945, se había establecido con sus hombres en aquella región perdida de la frontera entre Italia, Austria y Eslovenia, para crear allí, con permiso de las SS, un territorio autónomo que llevaría el nombre de Kosakia.

Generación tras generación, los parroquianos de esos inmemoriales cafés de pueblo repiten a los más jóvenes la historia. Cuando los nazis encararon la invasión de Rusia, reclutaron al general Krasnov para que sumara un regimiento de cosacos a las fuerzas del Reich. Krasnov, que había tomado el camino del exilio luego de la derrota del Ejército Blanco contra los bolcheviques y llevaba veinte años de exilio escribiendo con moderado éxito novelitas tártaras de caballería, partió en el acto a convencer a obreros de la Renault en Billancourt, porteros de hotel en Berlín, choferes de Zurich y acróbatas de a caballo de circos transhumantes, de que sólo ellos, los viejos cosacos del Zar, podían derrotar a los ejércitos de Stalin. Llegó a juntar cincuenta mil hombres, que aceptaron a Hitler como comandante supremo de las fuerzas cosacas y partieron al frente oriental a cambio de la promesa del Reich de que se les otorgaría un territorio en Ucrania, para crear allí su patria.

Los cosacos habían defendido históricamente de los tártaros los territorios del Zar, aunque tenían mucho más que ver con los tártaros que con el Zar (de hecho, se jactaban de ser los únicos en Rusia que lo desobedecían cuando querían). Algunos llegaron a pelear junto a Lenin en el ’17, creyendo que sin zares volverían los buenos tiempos de la autonomía anárquica, pero cuando comprendieron que los bolcheviques no los veían como otra cosa que perros de guerra, se pasaron sin prurito al Ejército Blanco, y cuando los blancos fueron derrotados ofrecieron crear un “Estado cosaco-soviético” donde no mandaran los comunistas. Desde entonces vegetaban en el exilio esperando cualquier oportunidad que les permitiera volver a Rusia, volver a guerrear. Recibieron con los brazos abiertos el llamado a filas del atamán Krasnov.

Los regimientos cosacos sufrieron una derrota tras otra junto al ejército nazi. La retirada los fue empujando desde Bielorrusia hasta el noreste de Italia, pero no les importó porque la promesa del Reich se mantenía, sólo que el territorio ofrecido fue cambiando a medida que los nazis perdían dominios. Y, a fines de 1944, lo único que les quedaba para ofrecer a los cosacos eran las montañas de Carnia. Allí convergieron, en la nieve, los regimientos de Krasnov, 17 grupos lingüísticos diferentes, llegados a caballo o en camello o en carromatos indescriptibles, rebasando de mujeres y niños tan salvajes como sus dueños. Había tantos generales como soldados (se decía que en aquella tropa era más fácil ponerse galones que ensillar un caballo robado). Sólo el atamán Krasnov se privaba de su montura, por sufrir de gota; se movía en un pequeño Fiat con chofer, custodiado por una guardia de 24 cosacos armados hasta los dientes.

En ese Fiat emprendió la retirada cuando las fuerzas aliadas y los partisanos de la Brigada Garibaldi ocuparon Trieste. Los cosacos retrocedieron hasta la frontera austríaca con el propósito de hacerse fuertes allí y recuperar su territorio (se decía que habían dejado enterrado un tesoro en las montañas: el fruto de sus saqueos por Europa). Pero al entrar en Austria se toparon con la desbandada nazi y supieron que su aventura había terminado. Krasnov negoció con los ingleses que se rendirían con una sola condición: no ser entregados a los soviéticos. Los ingleses incumplieron su promesa. Tenían a los cosacos en un campo de detención rodeado en tres de sus lados por alambre de púas y en el lado restante por las aguas heladas del río Drau. Una madrugada, cumpliendo los pactos secretos de Yalta entre Churchill y Stalin, los ingleses entraron en el campo con camiones, para cargar a los prisioneros y entregarlos al Ejército Rojo. Los cosacos no lo permitieron. Ataron a sus monturas bolsas llenas de piedras y, con sus mujeres y bebés en brazos, se fueron arrojando en masa a las turbulentas aguas del Drau. Unos pocos hacían frente a los británicos, mientras el resto se inmolaba de esa manera. Los ingleses sólo lograron entregar a los soviéticos una décima parte de aquellos cincuenta mil (que terminaron ejecutados o en Siberia); el resto dejó su vida aquella madrugada en las aguas del Drau.

Ese trágico suicidio colectivo redefinió para siempre lo que pensaban los campesinos de Carnia acerca de los cosacos de Krasnov. Cada noche, cuando hablan de ellos en el café, no rememoran las penurias que pasaron por su culpa ni el pánico que los embargó al enterarse de que los nazis les habían dado derecho a saqueo y que eso venían de hacer por aldeas de media Europa. Sólo recuerdan aquel gigantesco campamento en la nieve donde convivían caballos, camellos y humanos que hablaban diecisiete lenguas diferentes. Y son capaces de describir como si la hubieran visto con sus propios ojos aquella última carga desesperada, suicida, a las aguas negras del Drau.

Claudio Magris recorrió esos pueblos de montaña, pasó largas horas en aquellos cafés escuchando a sus parroquianos y escribió una novela emocionante con esa historia, que tituló Conjeturas sobre un sable. Pero no logró convencer a aquellos parroquianos de que Krasnov no se suicidó junto a sus hombres, sino que fue entregado por los ingleses a Moscú, donde fue juzgado por alta traición y ahorcado en 1947.

Los campesinos de Carnia descreen de todo lo que llega de las grandes ciudades. Eso incluye a Magris, a aquellos alemanes que creían haber hallado la tumba de Krasnov y a los oportunistas que aparecen cada tanto, buscando el tesoro perdido de los cosacos. En Carnia, Krasnov y sus huestes y el tesoro enterrado y nunca hallado pertenecen al mismo orden: así como pasaron por este mundo lo abandonaron después, con el mismo estruendo y furor, dejando detrás lo único que eran capaces de dejar, lo único que supieron tener en vida, lo único en lo que eran capaces de creer, su leyenda, su sorda y ciega y espeluznante leyenda.

Tomado de Página 12 con permiso del autor.