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La primera vez que mataron a Lenin (trabajo en progreso)

Por Rafael Acevedo/ En Rojo

El 1° de enero siempre quedará grabado en mi memoria. Era conductor de la principal planta de buses en Petrogrado. Esa tarde Nikolai Ilich me pidió que lo llevara a Mixaylovski Manezh. Llegamos a las 7 u 8 de la noche. En la tribuna V. I. Lenin le hablaba a los soldados del Ejército Rojo que partían al frente. 

No recuerdo exactamente sus palabras, pero fue emotivo. Eso a pesar de que, sin jamás considerarme un tipo muy inteligente, tenía mis propias opiniones sobre el dirigente. Nada complicado. Pensaba, y en eso quizás pecaba de ingenuo, que lo peor que le pudiese ocurrir al jefe de un movimiento revolucionario era verse obligado a tomar el poder en un momento en el que el poder todavía no está maduro para la dictadura del proletariado. Es decir, lo que puede hacer es en ocasiones contrario a sus principios y sus propias ideas. Y, entonces, lo que debe hacer es imposible de hacer. Eso es lo que creía entonces. Sin embargo, llegué temprano y escuché la última parte de su discurso. Quizás quince minutos. Veinte como mucho. Fue suficiente. Me sentí orgulloso de ser parte del devenir del mundo. Me dije, demonios, soy el conductor del coche en el que viaja un hombre que cambiará el curso de la historia. 

Cuando terminó su intervención el camarada Nikolai me ordenó llevar a Vladimir Lenin donde él me dijera. Partimos hacia Smolny, en el centro de la ciudad. Ingresamos al puente Anichkov sobre el rio Fontanka, cerca de la Catedral de la Santa Trinidad. A esa hora la catedral había escondido su color azul. Me atreví a preguntar al líder y a sus acompañantes, si habían visto la hermosa catedral. Lenin contestó en la afirmativa y pasó a describir algunas maravillas arquitectónicas.

A mitad del puente se sintió una descarga. Creí distinguir el fogonazo en la primera estatua del hombre desnudo domando un caballo. El vidrio delantero comenzó a resonar delante de mí. Cayeron trozos de vidrio sobre mi rostro. De ahí viene esta pequeña cicatriz en la barbilla. La escondo con la barba. Pensé que era un ataque contra Vladimir Ilich por lo que apreté a fondo el acelerador y giramos en la esquina, por la avenida Nevski. Ya tomando la curva comenzamos a hablar. Todos estábamos vivos. El riesgo había pasado, el corazón comenzaba a tranquilizarse. Fuimos a toda prisa un poco más allá, hasta la calle Smolny cerca del instituto para revisar el automóvil. 

Tenia la carrocería perforada en distintos lugares. Nadie estaba herido excepto un pasajero que no conocía, de aspecto extranjero, al que una bala le había rasguñado una mano. Sangraba un poco. Nada importante. Bromeó sobre el asunto. Muy simpático. Era suizo, me dijo. La hermana de Lenin me explicó que había ayudado al Lenin a viajar desde Suiza a Alemania y luego a la estación Finlandia. Retomamos la ruta. Vladimir Ilich y sus acompañantes me dieron las gracias. Incluyeron palmadas al hombro. Parecían muy tranquilos. Quizás era la adrenalina, ese descubrimiento japonés. 

Dejé a los pasajeros frente al edificio que servía de morada. Partí de regreso al puente. Estacioné en la misma curva. Soldados y agentes habían tomado el espacio. Caminé hasta el punto en el que había escuchado la descarga. Miré al suelo. No sé lo que buscaba. Crucé la calle. La luna llena y la noche sin nubes alumbraban lo suficiente como para que distinguiera un objeto en el suelo. Lo observé de cerca. Lo tomé en mis manos. Una vainilla. Sin duda alguien había disparado un arma desde allí.

¿Quién pudo haber sido el atacante? ¿Habría más de uno? No supe. Un oficial abofeteaba a un muchacho. Luego lo dejó ir. Una mujer, sin mirarme a los ojos, me preguntó si Lenin estaba bien. Le respondí que sí, que estaba perfectamente. Parecía borracha pues caminaba con inseguridad. Se alejó dando pequeños tumbos. La dejaban pasar. Era frágil como una hoja en el viento. Yo traté de encontrar al muchacho que había sido detenido brevemente. Me pareció por su vestimenta y su cabello largo que podría ser un revoltoso.Igual, todos sabemos que la Avenida Nevski siempre ha estado llena de estudiantes, bohemios y poetas. Me acerqué al oficial.

–  Oficial, el muchacho, ¿es sospechoso?

Es un vago. Es mi hijo.

¿Vio algo? ¿Estaba cerca?

Vino a curiosear. Lo mandé de regreso a casa de una bofetada. Seguro volverá con sus amigos estudiantes. Solo se dedica a leer y beber, el muy vago. Le he dicho que…

Gracias, camarada.

Comenzaban a aglomerarse decenas de personas. Si alguna otra vainilla estaba en el suelo seguramente la perderíamos. Miré a mi alrededor. Un hombre de apariencia distinguida recogía algo del suelo y metió su mano en el bolsillo. Me acerqué. Cuando iba a preguntarle qué había hallado en el suelo sacó su mano del bolsillo y me entregó unas monedas. Me sorprendió.

-¿Qué hace?

-Oh, pensé que me pediría limosna.

-Claro que no.

-Pues devuélvame las dos monedas.

Lo hice, por supuesto. Se alejó entre lo que ya era una multitud. Quedé allí atontado ¿Parecía yo un pordiosero? ¿Quién era ese hombre vestido como un dandy? En fin, entonces mi trabajo era el de llevar a Lenin a donde él quisiera.

Me pareció verlos a los dos, al que me entregó las monedas y a la mujer que caminaba dando tumbos, en aquella fábrica, pocos años después, cuando por fin lograron herir a Lenin.

(Tres formas de matar a Lenin. Borrador. Novela en progreso)

Heladería sexual en El Bagdad

Por Némesis Mora Pérez / Especial para En Rojo

Nunca pudo chuparla entera. Apenas le alcanzó para dos caladas. Fue un sorbo a medias. Un trago a medio pocillo. Una vela sin su mecha. 

Las amateurs tienen prohibido hacer lo mismo que las más versadas. Y Rossy, que es larguísima y carnosa por cualquier lado que se le mire, pertenece al bando de las principiantes. Su cara la delata desde las gradas, donde un pakistaní casi se estrangula el falo por cada vez que Rossy saca y entra el dildo violeta. Sus ojos azabachados y posados sobre el limbo se divisan desde la barra de acaudalados, donde dos San Miguel cuestan 30 euros. Su boca, pintada con un lápiz labial que ya escasea, parodia más un vómito por venir que un orgasmo en camino.

-“Joder, que estoy trauma’o. ¡Mírale la cara a esa mujer! ¡Que es mentira! ¡No lo está disfrutando! Pero si a mi lo que me excita es que los dos disfrutemos”, soltó Rauly bajo risas de borracho cansado. 

Rauly es miembro organizador de la despedida de soltero de sus dos fieles amigos. Uno se pasea por El Bagdad disfrazado de Lobo y el otro de Caperucita Roja. Son del País Vasco pero se saben los detalles más recónditos del club de sexo en vivo más concurrido de toda Europa. Así que el baile privado de bienvenida, y exclusivo para los que no volverá a ser solteros, no los tomó por sorpresa. 

A eso de la 1:00 de la mañana, cuando El Bagdad empieza a tener más gentío, suben al lobo a la plataforma giratoria que yace en el medio de la tarima. Le sacan la verga, le ponen un condón con la boca y el lobo entra en trance. 

Pero antes de que el lobo subiera, el fortachón con rasgos tímidos fue el primero en probar la plataforma redonda y cubierta de purpurina rosada. Al fondo, retumba uno de los clásicos más grandes de Madonna para los 80’: 

Like a virgin

Touched for the very first time

Like a virgin

When your heart beats next to mine

Pura ironía. Pura guasa. Puro teatro, hubiera dicho La Lupe si estuviera en vida. Rossy fue la encargada del macizo, al que le bajó los calzones marca Diesel con falsa veteranía.

 -“No, Rossy, no”, gritaron dos mujeres que servían tragos desde la barra. 

-“Rossy, ¡te dije que noooo!”, volvieron a gritar.

-“Que no se puede, Rossy”, chillaron con ánimos de regaño moviéndose frente a la tarima.

Nunca pudo chuparla entera. A penas alcanzó a darle dos caladas a la verga sin erección del más fortachón del público. No era la mejor noche para Rossy, tampoco para los diez hombres que habitaban la sala porno un domingo en la noche. 

Entre las bocinas ahora se cuela una de las pocas canciones que Evanescens logró propagar por el mundo: Bring me to life (Tráeme a la vida). 

Luego de hablar con Cándido, uno de los empleados de seguridad del club, llego a pensar que la canción es intencionada. Con tanta pornografía gratuita y accesible en la internet, traer a El Bagdad de vuelta a la vida a veces se torna complicado. Cándido se transporta al 1975, cuando el club recién abría sus puertas y la fila de espera le daba la vuelta al local, situado en la calle Nou de la Rambla y con una capacidad de albergar hasta 75 personas.

Lo único que el tiempo no parece alterar es la decoración altamente excéntrica e íntegramente bizarra, además del coste de la entrada. Unos 90 euros por dos horas de porno en vivo, con sus intermedios y escenas variadas. En un ambiente de sexo frío, casi helado, techo en cristal, figuras egipcias en cada esquina y butacas acolchonadas en las gradas. El Bagdad siempre huele a limpio, a una pureza que allí no existirá jamás. 

“El público ha disminuido a raíz del porno gratis en internet. Pero la realidad es que siempre tenemos público. Mira ahora. Un domingo y hay sobre 10 hombres y dos turistas de la China”. 

El telón se vuelve a abrir y una de las pocas diestras del club se remenea con sus tacones de charol -los pornos de El Bagdad nunca andan sin zapatos-. La Paula tiene más culo, más tetas y más cara de ninfómana que ninguna otra en el club. Se masturba con las piernas bien abiertas y con uno de los temas de Fifty Shades of Grey (Earned it de The Weeknd). ¡Tremenda gambeta!

El pakistaní le da un sorbo lento a su bebida transparente y cargada de hielo, como quien busca exterminar su cachondeo viril. Mientras que el americano de la esquina le deja 20 euros en las bragas. Son casi las 2:00 de la mañana y el gringo lleva ventaja. Paula se despatarra frente a él y le concede el consolador. 

Rauly se mueve de asiento y sin que le cupiera una San Miguel más se confiesa: “oye, pero ese coño sí que me lo comería completo”. 

Némesis es periodista independiente y cronista más independiente todavía.


Desde la butaca del CENIEC* Una mesa, un camastro y dos sillas: “La piedra oscura”, de Alberto Conejero

Por Teresa Jiménez Román

¡Ay mísero de mí! ¡Y ay infelice!

Pedro Calderón de la Barca

¿Llegaría el gran poeta granadino del siglo XX a escribir una obra titulada “La piedra oscura”? Se conjetura que, cuando menos, la empezó. Cuántas cosas no conocemos sobre García Lorca… En cambio, su verso y su teatro, así como su vida y su muerte, siguen cautivando a todos con estremecedora vigencia.

El escenario de esta puesta en escena es lo primero que el lector ve. Está vacío; vacío totalmente de personas y vacío parcialmente de cosas. Solo una mesita, un camastro y dos sillas (inicialmente de espaldas una a la otra) habitan sobre el suelo. Este último, a cuadros negros y cuadros blancos que para nada son ya tan blancos, se combina con el camastro, vestido con líneas negras y líneas blancas. Al fondo, si es que puede el escenario de una sala experimental tener un fondo, hay una contundente pared rocosa y oscura con la que el título de la obra se conjuga en sombras barrocas que traen a nuestra mente al gran encerrado del teatro de la España del Siglo de Oro: el príncipe Segismundo, quien se declaraba miserable por un encierro absolutamente injusto, si bien dictado por los astros consultados por la corte real.

Iniciada la acción de la obra, este escenario de insumo calderoniano redobla sus claroscuros alrededor de Rafael Rodríguez Rapún (Ernesto Concepción) y del joven soldado encargado de su custodia directa (Pedro Colón). El primero, secretario de la compañía de teatro universitario La Barraca, dirigida por García Lorca, había sido amante del poeta. Rodríguez Rapún estaba encarcelado no ya por los astros celestes que decidían sobre el príncipe de Polonia, sino por el nuevo comando de “astros” que advenían a los cielos políticos de la terriblemente convulsa España del siglo XX, tan “oscura” como la piedra del título. El segundo, un muchachito apenas, tenía la encomienda de vigilar a Rafael sin que mediara palabra alguna entre ellos. Esto, seguramente, porque la palabra abre caminos dialécticos de entendimiento, de futuro, de paz; caminos que, sin duda, se habrían abierto entre un músico (que el joven guardia lo era) y un teatrero (Rafael) en plenitud de comunión artística, y eso no podía permitirse.

En contraste con toda la paz que el diálogo entre los seres humanos puede articular, el acto primero de “La piedra oscura” es terriblemente violento, oscuro por demás. El muchacho, lleno de miedo, de descontrol y de nervios, apuntaba a la menor provocación al herido y casi desangrado recluso. Le exigía silencio al más autoritario estilo de Bernarda Alba a las hijas, a las que tenía igualmente presas dentro de “la piedra oscura” del desentendimiento, la intolerancia y la censura. Rafael, en cambio, dominaba con su palabra el giro dialéctico con el joven en la convivencia obligada tras las rejas. Acaso toda obra que honre al poeta granadino —y esta obra lo honra y mucho— honrará asimismo a la palabra, aunque esta esté continuamente apuntada por el fusil.

Difícilmente hallemos otra obra en la que un personaje que no esté en escena físicamente sea, a la vez, el eje mismo de ella. Esto es justamente lo que ocurre en “La piedra oscura”. Desde el inicio de la obra, el lector va percibiendo espiritualmente al poeta andaluz. Para captarlo, no tenemos sino que escuchar su “voz” (Miguel Diffoot) en fragmentos de cartas y de versos que marcan el inicio de los actos. La percepción presente del personaje ausente del poeta inmortal va in crescendo hasta el momento tan esperado por el lector: el secretario de La Barraca pronuncia el nombre completo de su ya ejecutado amor, “FEDERICO GARCÍA LORCA”, así con todas sus letras. Imposible olvidar aquí el “Yo pronuncio tu nombre en las noches oscuras” que escribiera el poeta —“oscuras” las noches, como la piedra—: ahora es el amante quien actúa los versos que Federico dejó escritos, y Federico pasa de escribir los versos a recibirlos. 

Este momento en el que Rafael pronuncia el nombre completo del poeta tiene tan cabal importancia que logra marcar en la obra un antes y un después. Esto es, que a partir de este momento comienza, por fin, a fluir verdaderamente la conversación entre este Quijote y este Sancho —salvando las distancias, claro, entre obras literarias de dos que dialogan—, y hasta vemos algún borde risueño en los labios de ambos. Llegan a este diálogo no porque el soldado lo apruebe, al menos no en su respuesta superficial, sino porque la palabra del teatrero opera el milagro estético y conceptual del entendimiento entre dos contrarios. Así es como fluyen de la boca de Rafael cosas muy íntimas sobre Federico y sobre la relación entre ambos: “Yo me entregué… porque lo amé”. El muchacho y el lector, igualmente amante del poeta, escuchan “la historia del cautivo”, como la titularía Cervantes, el gran cautivo de todos; se estremecen con ella y se enternecen.

Hechas estas confesiones a su guardián —“Necesito que tú sepas quién fui y lo que hice”—, Rafael le confía una sagrada encomienda: le encarga que busque a Modesto (Modesto Higueras, 1910-1985, director de teatro) y se asegure de que la correspondencia entre el preso y Federico, guardada en el piso de Alcalá, llegue a salvo a Francia. Por su parte el guardián, desnudado de su impenetrable coraza militar e integrado ya al diálogo más puro con Rafael, le revela a este su verdadera edad, dieciocho años, y más aún, su nombre, Sebastián. Ya los dos tienen nombre dentro de esta “oscura piedra” de la celda inclemente: el diálogo reciente sobre Federico ha removido toda máscara entre estos dos enemigos, los ha conciliado y le ha permitido a cada uno ser quien realmente es.

No deja de ser esta obra justamente como la vida de García Lorca: una auténtica tragedia, pues el héroe —en este caso, Rafael Rodríguez Rapún, alter ego del poeta por medio del amor y por medio de la palabra— camina hacia el final de la obra de frente a la muerte. Entonces será el muchacho quien ocupe la celda abrazado al muro oscuro que sirve de fondo al escenario. Sebastián, el que vigilaba al preso, es ahora el preso, pues las palabras de Rafael —“Si logras ganar esta guerra, ¿cómo vas a vivir con toda esta sangre?”— terminan mostrándole, en el espejo del propio ser, el reflejo de una bestia que asesina por un mendrugo. 

 “La piedra oscura” es una obra sobre la guerra; una obra sobre la censura, que no es sino una guerra en sí misma; una obra sobre cartas que hay que salvar y sobre la poesía del poeta adorado, adorado tanto por el personaje cautivo como por el público cautivado. Por un lado, encarna una micro guerra civil española: recrea dentro de una oscura celda la pugna entre los dos bandos. Un bando no quiere que el otro hable, que se exprese, que sea él mismo, porque ese otro bando amenaza los cánones sobre los que descansa la doxa o pensamiento oficial del bando silenciador: los amenaza con su voz —con su verso— y con su amor “oscuro”, tan oscuro como la piedra del título de esta tragedia, tan oscuro como los “Sonetos del amor oscuro” que tanto vienen a cuento, y tan oscuro como la conciencia de quien hace lo que sea por silenciar ese amor.

Impregnada de la dignidad del amor, esta puesta en escena se destaca por su buen gusto a despecho de la violencia, por su realismo, por su evocación a todo aquello que nunca conoceremos a cabalidad sobre García Lorca. Por todo esto, de la sala experimental unos salieron con ojos de llanto; otros, con una “piedra oscura” oprimiéndoles el pecho; otros, aliviados porque terminó la obra, porque, si no, ya habría sido demasiado… ¿La complacencia mayor para el lector de “La piedra oscura”? Haber “visto” al poeta, que ya había muerto al pie de un olivo en el camino entre Alfacar y Víznar, pero que quedó delineado iluminada y heroicamente por el diálogo que triunfa sobre la censura: “Nadie puede desaparecer del todo”, afirma el cautivo ya para el final de la obra; “mientras prevalezca su voz”, añadimos nosotros. Y todos, cómo no, salieron complacidos por haber visto en carne, sangre y hueso a quien fuera, según el experto en García Lorca, Ian Gibson, el último amor del poeta, Rafael Rodríguez Rapún: “las tres erres”, como Federico le decía.

*Centro de Innovaciones Educativas y Culturales (CENIEC)

** Puesta en escena del viernes 22 de marzo de 2019

Sala experimental Carlos Marichal, Centro de Bellas Artes, Santurce

Dirigida por Dean Zayas. Producida por Jhosean Calderas Mercado y Escena Latina

Titeretada 2019

Por Deborah Hunt

¿Para qué hacer arte si no es para reflejar y cambiar el mundo que cada día tenemos que enfrentar? 

Los títeres saben de eso y más. Saben también como hacerlo, con irreverencia creativa y alegría deseante. Y ustedes, nuestro público, son cómplices de esta gesta liberadora. 

Con los títeres creamos, transformamos, denunciamos y celebramos. Con ellos podemos abrir portales a mundos extraordinarios y completos que retan cualquier mirada convencional. Son capaces de transformar la realidad superficial en desafío a la banalidad y criminalidad de las estructuras de poder. Con toda irreverencia, subvertimos el orden para reírnos en la cara de esas visiones tan limitadas. Creamos con la convicción de que un mejor mundo es posible. 

Durante los pasados 11 años, la TITERETADA ha servido de espacio independiente, como una provocación, a muchxs titiriterxs para crear y presentar piezas nuevas de teatro de títeres, para compartir nuestras ideas, sueños e inquietudes y para desarrollar el trabajo titeril dirigido a adultos. Nuestro público siempre ha sido solidario y agradecido de este esfuerzo. Más aún, el aprecio por esta gran diversidad de propuestas ha ido creciendo. 

Lo celebramos con trabajos de mas de 50 titiriterxs que rompen esquemas y trazan nuevas posibilidades creativas, dando el todo. 

En esta TITERETADA celebramos a quienes que se han resistido a través de los siglos y que hoy luchan por una existencia digna, justa y LIBRE. 

Por el resto del mes de abril este es el programa:

12/13/14 de abril 8pm 

Titeretada Noches de Cabaret Puppet Slam

Con Poncili Creacion, Papel Machete, Tere Marichal, Mary Anne Hopgood, Vueltabajo y Matotumba; Columpio Colectivo, Brenda Plumey, Dave Buchen, Jimena Lloredo con Rocio Cancel, Casa Mucaro, Y No Había Luz, Deborah Hunt con Shanti Lalita y Miguel Jerez.

Salón 610

610 calle Condado 2ndo piso, Santurce . 

Tel: 787 414 2082, 787 366 3034

19/20 de abril , 8pm 

Punch Crucificado

Con Jorge Díaz, Agustín Muñoz y Deborah Hunt

Casa Taller Cangrejera,

1550 calle Martin Travieso, esquina Rosario, Santurce

Tel:787 414 2082, 787 448 3159

Esperamos verlos allí. Y en mayo celebraremos el aniversario de Papel Machete.

La huelga de 1948

El regreso de Pedro Albizu Campos  a fines de 1947 provocó un conflicto en la Universidad de Puerto Rico al aumentar, por un lado, el activismo de los estudiantes independentistas, y por otro lado, el conservadurismo del rector Jaime Benítez. El mismo día que llegaba Albizu a Puerto Rico después de once años de ausencia, comenzó una serie de confrontamientos que culminarían en la gran huelga de 1948. La primera etapa del conflicto se inició con motivo del izamiento de la bandera puertorriquenna en la Torre de la Universidad, entonces conocida como Torre Roosevelt.

La bandera monoestrellada era patrimonio casi exclusivo de los Nacionalistas e Independentistas, pues era ilegal el izarla públicamente. Sin embargo, el 23 de septiembre de 1947, el rector Jaime Benítez había dado permiso a un grupo de estudiantes para izarla en conmemoración del Grito de Lares. Benítez había dicho en esa ocasión que siempre que fuera con su autorización podrían volver a izarla en un futuro.

A fin de tener la bandera puertorriqueña ondeando para recibir a líder Nacionalista, el Congreso de Estudiantes nombró una comisión para que solicitase permiso del rector Benítez para izar la bandera la noche del 14 de diciembre. Tras una búsqueda infructuosa del Rector, la misma comisión de estudiantes decidió izarla en el asta de la nueva Torre Roosevelt. Permanecieron allí de guardia de la bandera solamente José Gil De Lamadrid y Antonio Gregory, porque “descansaban en la palabra pública del rector Jaime Benítez, en el sentido de que la bandera nunca sería arriada”. 

Cerca de las siete de la mañana del 15 de diciembre, el jefe de la Guardia Universitaria, Charles Petterne, “en forma violenta”, bajó la bandera puertorriqueña y volvió a izar en su lugar la americana. Un grupo de estudiantes fue a querellarse ante el rector Benítez del atropello de Patterne, pero éste les recriminó el haber “violado la autoridad universitaria” y les amenazó con aplicar sanciones disciplinarias. Entonces, de acuerdo al periódico El Universal, un grupo de estudiantes presidido por Jorge Luis Landing:…solicitó la devolución de la bandera puertorriqueña, y… cientos de estudiantes en la Torre Roosevelt, bajaron ordenadamente con todos los honores la bandera americana y en su lugar volvieron a izar la bandera puertorriqueña.

También los estudiantes colgaron un gran letrero que decía: “Universitarios Saludan al Maestro Pedro Albizu Campos”, e inscripciones de, “Viva Albizu Campos”. Luego de varios discursos de sus líderes, partieron cientos de estudiantes a recibir al líder Nacionalista al muelle en San Juan. Ese mismo día el Rector telefoneó al gobernador Piñero y éste tuvo que enviar miembros de la Policía Insular a fin de izar de nuevo la bandera americana en la Universidad de Puerto Rico. Como resultado del incidente de la bandera, el Rector suspendió a Jorge Luis Landing, José Gil De Lamadrid y Juan Mari Brás, a quienes no se les permitió tomar los exámenes finales en esos días. Aunque el Fiscal Federal Phillip Herrick declaró que arriar la bandera americana no es delito federal, a pesar de que una comisión de estudiantes visitó al Rector con cinco mil ciento diecinueve firmas solicitando que se readmitiera a los suspendidos; y por encima de las protestas de algunos profesores, los estudiantes permanecieron “expulsados definitivamente de la Universidad”. 

El caso judicial tardó meses en decidirse, pero entretanto, los estudiantes suspendidos volverían a participar en la segunda etapa del conflicto universitario que también surgió por una negativa del Rector.

Fragmento del relato sobre la huelga universitaria de 1948 de Ivonne Acosta en el libro La Mordaza