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La inmolación entre los nacionalistas

Por Héctor Meléndez/Especial para En Rojo

La inmolación de varios nacionalistas puertorriqueños constituyó un fenómeno singular y extraordinario del mundo moderno. Si fuera objeto de investigación social podría producir conocimiento nuevo y enriquecedor. 

No abunda, en general, gente dispuesta a inmolarse por una causa; es decir, a sacrificarse caminando directo a la muerte para que la propia destrucción tenga un significado moral o cumpla una función política y simbólica futura. 

La inmolación puede incluir proeza personal sorprendente, como en 1950 Guillermo González Ubides, quien en Peñuelas fue muerto tras combatir herido durante un buen rato contra 19 policías que recurrieron a rifles y ametralladoras; o Vidal Santiago, quien sobrevivió múltiples balazos en la cabeza y otras partes después de batirse por tres horas, en Barrio Obrero de Santurce, contra 25 soldados y 15 policías que usaron fusiles, ametralladoras, carabinas y granadas (véase Miñi Seijo Bruno, La insurrección nacionalista en Puerto Rico-1950, 1989).

Los nacionalistas encabezados por Lolita Lebrón, que en 1954 realizaron el ataque al Congreso para llamar la atención internacional sobre Puerto Rico, lo hicieron bajo la premisa de que seguramente serían muertos. 

Son impredecibles las formas de desplegar la ira y la violencia en la confrontación política y armada. La inmolación es una variable de la complejidad individual en relación con la acción colectiva. 

En los años 60 monjes budistas en Vietnam se prendieron fuego para denunciar el régimen represivo de Saigón y la guerra estadounidense. También se inmolaban los kamikaze japoneses de la Segunda Guerra Mundial, quienes dirigían su avión para que estallara, con ellos dentro, sobre un portaviones u otro objetivo. 

Alguien podría alegar que se inmolan los musulmanes fundamentalistas que realizan ataques suicidas. Sin embargo el llamado que pretende su fanatismo se desacredita por el terrorismo, o sea muerte indiscriminada de personas inocentes. Su autodestrucción resulta antisocial. 

Inmolarse más bien significa morir como signo ético, que afirmaría la vida social —según la ideología con que se le mire— ya asumiendo pasividad frente a la fuerza contraria, ya procurando el mayor daño posible al enemigo, ya cumpliendo una misión específica.

La voluntad de sacrificio que a menudo caracterizó a los nacionalistas, y la disposición a morir de algunos de ellos, dicen de las relaciones simbólicas y materiales no sólo de la sociedad de su época, sino de la actual. 

Arrojo espontáneo 

Puede verse —en una primera aproximación que reclama investigación— que en variados casos los sacrificios nacionalistas se apoyaron en la espontaneidad, en sentido de: 1) un seguimiento moral e íntimo, no fundado en educación política formal, al llamado que Pedro Albizu Campos representaba; y 2) disposición voluntaria, no instruída ni impuesta organizativamente, que nacía de una subjetividad psicológica, culturalmente determinada. 

No hay indicios, por ejemplo, de que Albizu u otro líder del partido ordenara a Elías Beauchamp e Hiram Rosado ejecutar al jefe de Policía, Francis Riggs, en febrero de 1936. Hicieron la acción empujados moralmente. Una influencia seguramente sería el discurso místico de Albizu durante el funeral de los cuatro nacionalistas masacrados meses antes por la Policía en Río Piedras. 

“Aquí se repite la historia de todos los tiempos”, dijo Albizu en la oración fúnebre. “La libertad de la patria se amansa con nuestra sangre y se amansa también con la sangre yanqui”. Luego llamó a los presentes a jurar que el asesinato no quedaría impune. 

 Luce que el castigo correspondería a un concepto político de justicia revolucionaria, pero probablemente también a la venganza: la forma primordial, visceral, o si se quiere tribal, en que una familia o una comunidad unida por intensos lazos de parentesco exigiría redimir el asesinato o deshonor de un miembro suyo. 

Días después Beauchamp y Rosado mataron a Riggs, sin tratar de escapar. Otros nacionalistas tuvieron conductas similares o cercanas a ésta en los años 30 y durante las violencias revolucionarias de 1950 y 1954. 

Cierto que Albizu instruyó la insurreción del 30 de octubre y el ataque al Congreso a militantes de confianza y dispuestos a organizar y dirigir las acciones. Pero también hubo iniciativas de entrega sacrificial espontáneas y no instruídas por alguna estructura racionalizada partidaria o de entrenamiento. 

Me adscribo a la indicación de Antonio Gramsci de que lo espontáneo es en realidad “organizado” históricamente; la vida cotidiana es organizada aunque parezca natural. El intelecto y la moralidad de los nacionalistas no se cultivaban tanto mediante teorías, cursos y libros, como en el ambiente sociocultural. 

Por ejemplo, aunque hubo visiblemente más mujeres en funciones de comunicación pública, organización y seguridad (y propaganda armada) del Partido Nacionalista que en los demás partidos, y no pocas mostraron entrega y furia combativa rayanas en la inmolación, destaca —como en todas las formaciones políticas— la cantidad mayor de hombres. 

Puede asociarse sin dificultad al significado, referente al patriarcado, de la masculinidad como representante de producción de riqueza, sociedad y liderato cívico, tradición que nutría la composición e ideología del Partido Nacionalista.

Albizu

La espontaneidad a su vez fue inseparable del caudillismo del líder, quien, al dar el ejemplo, infundía moral de lucha y “espiritualidad”. El seguimiento a Albizu formaba un espacio emocional que permitía a la voluntad y la subjetividad individuales tomarse iniciativas espontáneas. 

Su liderato ejercía un rol paternal y educativo entre los activistas jóvenes. Sus discípulos describen su personalidad como generosa, cariñosa y noble en lo privado —”aunque en la tribuna era un látigo”—. No era colectiva, por otro lado, la dirección del partido. Residía en Albizu, quien a veces la aplicaba férreamente. 

La ideología nacionalista se reducía al grupo creyente, unido consigo mismo por una solidaridad parecida en cierto modo a la de una familia, por los secretos de la organización —guardados rigurosamente a causa de la vigilancia del FBI y la Policía— y por la figura de Albizu.

Esta peculiar cultura partidista se había formado en correspondencia con la persecución anti-independentista que el régimen norteamericano desplegaba abierta y explícitamente desde el cambio de siglo, y concentraba contra el nacionalismo desde principios de la década del 30. Sin embargo su escasez de método propició desorganización, improvisación y vulnerabilidad frente a un enemigo mucho más poderoso. 

Las dificultades del partido —que contribuirían a un progresivo aislamiento— para acercarse sistemáticamente a clases sociales que estaban también en conflicto con el capital estadounidense, contrasta con concepciones de organización más elaboradas o científicas, digamos el leninismo y otras comunistas. 

Con todo, Albizu llamó a la gente del pueblo a elevar su autoestima personal y colectiva. Rodeado de un élan místico y portador de una peculiar filosofia idealista, cumplió la función del mito que teoriza Gramsci, de ejercer una impresión poderosa que moviliza masas sociales. 

Queda por explorarse cuánto sus asombrosas fuerza discursiva, irreverencia intelectual y voluntad personal obedecerían a su biografía de niño sin padre y madre probablemente incapacitada, presto a crecer velozmente para superar, con liderato y criterio propio, su medio de pobreza extrema, las trabas sociales que enfrentaba por ser negro, y a sus pares (ver Marisa Rosado, Las llamas de la aurora).

Clima de rebelión

En la primera mitad del siglo XX —y después— las clases populares latinoamericanas estaban en ebullición. Exigían poder político dada la debilidad burguesa de los estados nacionales, la opresión de los trabajadores y las etnias subordinadas, y el crecimiento de clases medias ilustradas. 

De aquí la Revolución Mexicana, el movimiento de Sandino en Nicaragua, el pronunciamiento universitario latinoamericano en Argentina en 1918, y las recurrentes luchas contra regímenes impuestos o protegidos por Estados Unidos. 

América Latina había sido, y está, de facto anexada política y económicamente por el imperialismo norteamericano. Esencial ha sido dominar la región del Caribe, especialmente Cuba, República Dominicana, Haití, Panamá y Puerto Rico, colonia directa y “clásica”. Las resistencias de estos pueblos llevan más de un siglo. 

El arrojo del nacionalismo puertorriqueño, y la impresionante represión que sufrió, influenciaron la visión política de otros movimientos de la región, notablemente en Cuba.

A juzgar por sus intervenciones en los años 30, Albizu comprendía desde sus años en Boston el fenómeno capitalista-bancario del imperialismo. Habían sido los años de la Primera Guerra Mundial, la Revolución Rusa y los debates sobre el derecho de las naciones a la autodeterminación, y Harvard lugar de discusiones sociales de vanguardia. Albizu fue quien mejor vio entonces la tragedia de Puerto Rico, el crimen imperialista.

Desde Ponce desplegó notable inventiva política en los años 30. Intentó alianzas y promovió espacios de protesta de masas contra opresiones económicas acuciantes. Si bien no parece que apreció sus limitadas pero considerables ganancias en las elecciones de 1932, el dirigente nacionalista llamó a campañas populares contra los embargos e intereses bancarios, la violencia económica contra la empresa y la banca locales, y el precio del pan. 

Participó con inaudita frecuencia en la prensa impresa y radial desmontando el mito de Estados Unidos, atizando el debate y haciendo propuestas. Los obreros del azúcar quisieron que los representara en la gran huelga de 1934. 

Cultura ancestral

No obedecería la moralidad de los nacionalistas solamente al seguimiento del líder. Arraigaba también en relaciones de familia y vecindad de los nacionalistas entre sí y con la comunidad donde vivían, en barrios, municipios y zonas rurales (ver Heriberto Marín, Coabey, el valle heroico, 1995). 

Gente valiente dispuesta a morir en luchas políticas y armadas siempre ha habido en todas partes. La inmolación, en cambio, sugiere que, dadas ciertas circunstancias reales, la vida ha perdido sentido más allá de sacrificarla con una función trascendental. 

Tal disposición moral extrema sugiere una solidaridad muy estrecha con el medio social, una lealtad acérrima hacia una forma de vivir —apego a la tierra y la comunidad, fuerte herencia de símbolos y tradiciones, relaciones de parentesco, familiares y locales, etc.— cuya desaparición resulta absolutamente inaceptable e inconcebible. 

Hace recordar las observaciones antropológicas de Lewis Morgan, Friedrich Engels y otros sobre la intensa solidaridad en la sociedad “bárbara” (así llamada entre los científicos del siglo XIX; Engels usa el calificativo con alta estima). Esta y otras formas de sociedad no son alguna etapa fija en una trayectoria temporal lineal, sino que sobreviven en parte y coexisten con otras, en variadas combinaciones.

La comunidad “bárbara” era dominada por relaciones extensas de parentesco y todavía libre de la institución del estado, el cual se impuso en sociedades civilizadas y divididas en clases. La solidaridad vital que la mantiene unida es espontánea y auténtica, es decir muy lejos de ser impuesta por el gobierno, clases altas o sistemas burocráticos, como ocurre en la civilización. 

Incluiría estrecha cooperación y convivencia, reverencia a la fertilidad de la tierra, un nivel tecnológico todavía bastante rudimentario, entrega (especialmente de los líderes) al bien colectivo, residuos de matriarcado, y reconocimiento de los dirigentes por sus cualidades intelectuales, morales y prácticas ante las adversidades comunes. 

Entre los nacionalistas de Irlanda y Puerto Rico, indica Juan Angel Silén en Nosotros solos (1991), el misticismo que propició la disposición a inmolarse estaba vinculado al cristianismo católico. 

En este tema también hace importante contribución Ernesto Sánchez Huertas, “Algunas ideas tentativas del pensamiento socialcristiano en Albizu Campos”, en el volumen editado por J.M. Carrión, T.C. Gracia Ruiz y C. Rodríguez Fraticelli, La nación puertorriqueña: ensayos en torno a Pedro Albizu Campos (1993). 

Los mitos de fundación han sido desde hace milenios un pegamento, por así decir, que une y reproduce la comunidad. En algunos mitos, héroes, profetas, dioses, semidioses, reyes u otros mueren en sacrificio y luego generan vida. Hecha punto de referencia, esta estructura simbólica imparte orden e identidad popular. Es una “fantasía” que sin embargo se hace real pues reproduce una cultura; se materializa en conducta personal y social.

Una inmolación famosa está en el mito de Jesucristo, quien —según la narrativa— muere voluntaria y resignadamente, después de varios días de gran tormento, en función de que la humanidad, atormentada a su vez por la culpa de este sufrimiento, se corrija y tome el buen camino. No está exenta de dificultades esta narración, entre otras cosas porque también señala que el sacrificio del hijo fue instruído y planificado previamente por el padre. 

En todo caso, el poder organizativo y político de la iglesia ha permitido que este espectacular sacrificio haya quedado plasmado en la cultura, a través de los siglos, reproduciendo la idea de que una muerte así —recreada una y otra vez en rituales y medios de difusión— revigoriza la vida y es semilla perpetua de una regeneración futura más afortunada y feliz de la convivencia, o al menos para que continúe una cierta cultura. 

Pérdida de la tierra 

La extrema y dramática inmolación sugiere causas profundas apoyadas entre sí. La tragedia de la pérdida de la tierra y del país, o sea la primera gran oleada de destrucción de la formación social puertorriqueña en las primeras décadas del siglo XX, por parte del imperialismo norteamericano, parece haber producido un deseo de muerte dirigido al propio yo, que fuese además acción política y símbolo ético, a la par con una gran ira contra el yanqui. 

Generalmente activos en el trabajo asalariado, la pequeña empresa, la agricultura y la vida municipal y barrial, y conocedores de la emigración —que desbarata familias y vínculos—, los nacionalistas pertenecían a una sociedad y economía que, precisamente, el capital imperialista estaba violentando y amenazaba de muerte inminente. La violencia económica y social norteamericana ha tenido fases sucesivas, y puede asociarse a ciertas fechas: 1898, 1917, 1929, 1947, 2016… 

Sobre la primera destrucción de las posibilidades nacionales de Puerto Rico sigue siendo texto principal el de Ángel Quintero Rivera, Conflictos de clase y política en Puerto Rico (1977). Señala las medidas premeditadas y específicas del régimen norteamericano a partir de 1898 para desmantelar el limitado poder económico y político que había amasado la clase hacendada criolla. 

Los hacendados fueron lo más cercano a la clase dirigente de una hipotética alianza, principalmente con clases medias y pobres, para proponer a Puerto Rico como nación. Constituyeron por tanto el rival principal del imperialismo norteamericano cuando éste se apropió el país en 1898. 

Desde las últimas décadas del siglo XIX los hacendados venían luchando por la autonomía frente a España, estatuto que conquistaron en 1897. Distinto a diversos imperios europeos, Estados Unidos excluye jurídicamente la categoría de la autonomía. En consecuencia retrotrajo Puerto Rico a un régimen burdo y atrasado, vigente todavía hoy. 

Herida de muerte la clase hacendada, pero en agonía muy lenta, su Partido Unión sin embargo seguía batallando, y a él se integró el independentista Albizu a su llegada de Boston en 1921. 

Es deficiente el argumento en José Luis González, “El país de cuatro pisos” (1979), en tanto reduce mecánicamente la clase hacendada a su lado conservador —por querer conservar la tierra y por su contradictoria visión de mundo— frente al capital azucarero estadounidense y, por otro lado, frente a los trabajadores. 

Identificando a Albizu con la antigua y agónica clase hacendada, y suponiendo a ésta sólo conservadora, González describe al dirigente nacionalista como conservador en el contenido y radical en la forma. 

Es poco convincente. Desconoce las articulaciones del albizuísmo con estratos social y racialmente oprimidos, así como los vínculos orgánicos entre clases medias, populares y propietarias locales respecto a la magnitud enorme del fenómeno imperialista, en la dimensión concreta. 

De paso ha abonado a la campaña ideológica colonial —premeditadamente engañosa e intelectualmente empobrecedora— para disminuir a Albizu, más constante y prolongada que campañas análogas contra otros movimientos anticoloniales en el mundo. 

Locos y fanáticos

 

En 1938 un grupo nacionalista atentó a tiros contra el gobernador Blanton Winship, responsable de la Masacre de Ponce el año anterior, quien salió ileso. Los nacionalistas suponían que, dieran o no en el blanco, serían acribillados. 

Esteban Antongiorgi vació su pistola disparando mientras caminaba impávido directamente hacia el despótico funcionario, mirándolo de frente, hasta que fue fulminado por el amplio contingente de policías asombrados cuando iba a recargar. 

No era necesario, en estricto sentido táctico. Pudo haber tratado de escapar o dejarse arrestar. Su insistencia pertinaz podría suponerse, a la ligera, mera representación machista de hombría, pero esta explicación ignoraría que mujeres nacionalistas —y en otros países— tuvieron conductas parecidas. 

Mejor es fijarse en la fuerza de la individualidad como último recurso para imponer una voz de orden y exigir cuentas al otro —el corrupto y descarado Winship— y al propio yo. Se remite imaginariamente a una ley humana que pueda reclamarse genuina, en sustitución del desorden y la ilegitimidad. 

En aquellos años empezó la propaganda de que los nacionalistas eran locos y fanáticos, pues parecían irracionales. En efecto, debe haber alguna irracionalidad en la inmolación, pues va directamente contra el interés de autoconservación. 

La supuesta razón se alejaría en tanto el poder colonialista, mucho mayor que el poder de resistencia, ha desmantelado el conjunto de relaciones sociales que había dado sentido a la propia sociedad y la propia razón, si por ésta se entienden los códigos significativos de una cierta formación histórica o modo de vida y cultura. 

Análogamente, la “razón” disminuiría entre los indígenas antillanos que en el siglo XVI vieron a los españoles destruir su sociedad, su ambiente y sus relaciones significativas y espirituales. Resistieron como pudieron. Muchos murieron peleando; otros se suicidaron con hojas de yuca, incluso colectivamente, o saltando al mar. 

Elias Beauchamp bajo arresto luego de ajusticiar al coronel Riggs.

El 30 de octubre

La insurrección de 1950 correspondió a un momento social muy diferente a los años 30. Empezaba una segunda y más decisiva destrucción, en el sentido doble de la anexión del país al capital estadounidense —con la Operación Manos a la Obra desde 1947, que además provocó una gran emigración— y de una reducción severa de la agricultura. 

De izq. a derecha: Rafael Cancel Miranda, Andrés Figueroa Cordero, Lolita Lebrón e Irving Flores.

La insurrección no perseguía, como a veces se cree, algo tan ambicioso como lograr la independencia de Puerto Rico, sino llamar la atención internacional sobre la farsa del Estado Libre Asociado que Muñoz Marín inauguraría en 1952. 

Tampoco fue la insurrección que los nacionalistas habían planificado, sino una reacción accidentada a la anulación del plan revolucionario original, pues la Policía descubrió el sitio en Peñuelas donde guardaban el armamento. 

Cuando después la Policía detiene en Santurce los automóviles en que viajaban dirigentes nacionalistas para arrestarlos, Albizu ordena la insurrección: que los militantes se lancen a prender fuego a instalaciones federales y tomar cuarteles allí donde puedan, y proclamen, simbólicamente, la república. 

Ya no habría la insurrección que se había pensado, pero habría protestas armadas, ataques, sabotajes y combates. Los nerviosos policías y militares desataron a veces crueldad evidente, como en la masacre de Utuado. 

Los locales de reclutamiento militar fueron especial objeto de la rabia incendiaria de los nacionalistas, pues el gobierno estadounidense empezaba a forzar a los varones puertorriqueños a la infernal guerra de Corea.

Hubo levantamientos en Peñuelas, Ponce, Arecibo, Utuado, Mayagüez, Naranjito, Jayuya, San Juan, Santurce y Washington DC. Lo efectuó el organismo de entrenamiento, apertrechamiento y seguridad que el Partido Nacionalista trataba de desarrollar desde los años 30, entre dificultades y limitaciones, llamado el Ejército Libertador. 

Miñi Seijo Bruno registra la participación directa de al menos 140 combatientes nacionalistas. Hubo 25 muertos de ambos bandos en los enfrentamientos armados. Después hubo más de mil arrestos. Decenas de nacionalistas fueron encarcelados en Puerto Rico; muchos salieron de la cárcel tras sucesivas decisiones del gobierno colonial, entre fines de los 50 y los 70. 

No perseguían, en general, inmolarse estos militantes —aunque sabían que cuando menos irían presos—, si bien combatieron con organización improvisada y armas escasas, y sin mayor plan estratégico. En Jayuya y otros pueblos gente que no pertenecía al Partido Nacionalista quería unirse y pedía armas, pero no las había. 

Hubo casos de inmolación. El grupo que atacó La Fortaleza en San Juan, encabezado por Raymundo Díaz Pacheco, fue directamente a la muerte; tenían plena conciencia de que morirían. Si posible tomarían a Muñoz Marín como rehén, pero era claro que difícilmente sería el caso. 

Oscar Collazo y Griselio Torresola, quienes realizaron en Washington el atentado contra el presidente Truman el 1 de noviembre de 1950, ciertamente fueron a inmolarse. 

Triunfo imperialista

Décadas después, estamos acostumbrados a la destrucción de la economía y sociedad de Puerto Rico, en parte porque quizá nos negamos a admitirla en su profundidad. Pero en la primera mitad del siglo XX, ¿qué motivo, si no la destrucción de la forma de vivir que había dado sentido a ciertos grupos sociales, podía ser tan poderoso como para producir una voluntad de morir? 

Si bien la identidad nacional está lejos de reducirse al capital puertorriqueño y a la vieja agricultura criolla, la marginación de estos factores terminó importantes focos de poder con que Puerto Rico podría existir como realidad económica y política. De aquí la desesperación que se ha atribuído a los nacionalistas (cfr. Juan Antonio Corretjer, El líder de la desesperación, 1972).

Otra posibilidad es que la realidad nacional emane, no del capital criollo, sino del trabajo y del potencial intelectual popular, si se convirtieran en poder político. Esta opción “socialista” es una hipótesis, si bien está latente en todas partes aunque el sentido común mediático que se ha creado pretenda que ya no existe. 

La economía de hacienda que avanzó desde fines del siglo XIX se expresó en movimientos autonomistas e independentistas cuya lucha, junto a la guerra de Cuba, presionó a España para conceder la autonomía en 1897. 

Las plantaciones de azúcar que instalaron el capital norteamericano y sus aliados burgueses locales coexistieron con la actividad agrícola, comercial e industrial puertorriqueña y con una intensa actividad política e intelectual criolla. La economía era colonial, a la vez que proveía todavía vigor a los grupos que afirmaban el carácter nacional de Puerto Rico. 

La nueva invasión de capital estadounidense que sobrevino después de 1947 consolidó decisivamente la integración de la Isla a Estados Unidos. La agricultura como renglón económico empezó a derrumbarse, reduciéndose en gran parte al patio y la parcela del hogar (cfr. Rubén Nazario Velasco, El paisaje y el poder, 2015). La clase obrera aumentó su emigración, la cual ha crecido de nuevo en el siglo XXI. 

Carente de poder, instituciones propias y posibilidad de proyecto, Puerto Rico —no digamos ya la independencia— ha ido limitándose al plano mental e imaginario, si bien sobre la materialidad geográfica isleña. 

Boricua en la luna

No debe extrañar la imposición de la Junta de Control Fiscal, ya que el poder financiero sujeta la economía isleña desde hace un siglo. Desde inicios del siglo XX el crédito y la deuda fueron formas de Estados Unidos anexar de facto los países formalmente independientes del Caribe, no digamos ya su colonia directa (ver Peter James Hudson, Bankers and Empire, 2017).

Ha sido común, pues, la tendencia a la nostalgia, incluso como modo de resistencia emocional y protesta. Pero creció con la integración de Puerto Rico a Estados Unidos que propulsó la economía colonial desde mediados de siglo XX.

El sistema escolar —en español a partir de 1944— incluyó desde los años 50 historia y literatura puertorriqueñas, un logro de las luchas populares. Ha sido una educación unida a la ausencia de economía propia y otras instituciones esenciales. 

Un Puerto Rico principalmente mental se expresa con franqueza en el poema “Boricua en la luna” de Juan Antonio Corretjer, que musicalizó bellamente Roy Brown y ha sido un éxito de enorme popularidad desde los años 90. Afirma emotivamente la puertorriqueñidad obrera, así como su desarraigo. El documental After María (Nadia Hallgren, 2019) aborda esta desubicación por vía del género femenino, y también el discrimen y burocratismo del aparato federal.

Cada vez más federalizado, el gobierno local es motivo de chiste y crítica por sus dificultades fiscales e intelectuales. Pero es dificil saber cuál sería la función del gobierno electo local —adoptado en 1948 tras la presión de luchas patrióticas y populares—, pues un desarrollo socioeconómico propio de Puerto Rico está descartado oficialmente. Aquí el desarrollo como tema científico es generalmente desconocido, incluso asume un cariz subversivo, aunque en el resto del mundo se estudia y discute. 

La extensión de la ciudadanía americana en 1917 podría significar que Washington había decidido desconocer el carácter nacional de Puerto Rico, a la vez que daría a los puertorriqueños, como individuos, acceso al amplio mercado norteamericano. Habría desarrollo individual para quienes puedan; no del país.

Los sacrificios de los nacionalistas parecen una advertencia dramática de que todo esto ocurriría, y de que la nación, como realidad material, estaría en camino de liquidarse. Su idealismo era más bien materialista (ver los discursos de Albizu entre 1948 y 1950 en Ivonne Acosta, La palabra como delito, 1993). 

Lo popular

Queda, desde luego, la potente cultura popular. Su base es una “jibarería cimarrona libertaria” forjada en los primeros siglos de colonización española, según Ángel Quintero Rivera en su fértil texto Salsa, sabor y control; sociología de la música tropical (1998). 

Lo “jíbaro” lleva dentro la herencia africana y la diversidad de elementos oprimidos que formaron paulatinamente la sociedad isleña, sobre todo en los campos. Se formó en condiciones aisladas y agrestes y en tensión con el poder, pero atraído hacia la civilización cristiana e hispana, cuyos rasgos hizo suyos y transformó a su manera. “Libertaria” puede significar aquí irreverencia o distancia respecto al estado y otras instituciones. 

Es ambigua la afirmación práctica y vivida de la identidad boricua, la que los puertorriqueños espontáneamente han formado como defensa ante distintas circunstancias. El balance puertorriqueño incluye dominación imperialista, anticolonialismo, resistencias latentes y proamericanismo.

Que el albizuísmo sea “la conciencia nacional puertorriqueña” —como Manuel Maldonado Denis titula el volumen que editó en 1972—, por tanto, se mantiene en suspenso. Si se identifica con lucha por institucionalidad política y soberanía jurídica descolonizantes, debe todavía formarse orgánicamente.

La vaga memoria histórica de heroísmo, lucha, honor y nacionalismo —que nutren blogs y portales de gente de la Isla y la diáspora— se confunde con las resistencias a PROMESA, apego a la ciudadanía americana y al Medicare, proposición de la negritud, búsqueda de la tierra y el agro, vida en los estados norteamericanos, música urbana, evasión de la ley, consumo de masas, literatura, drogas y armas, crisis de la lectura y la escritura, prisión, poder totalizante del mercado, bajos salarios, lucha por la educación, carácter político de los huracanes. 

No se traga el olvido del todo, pues, los extraordinarios hechos en que la ira y el odio se desplegaron pública y francamente y se hicieron sacrificios sangrientos. Añejada en la mente popular, la épica sacrificial sin embargo es ambivalente: puede convertirse en institución —estado, religión, política— o, por otro lado, en poesía y folklor (ver Sigmund Freud, Moses and Monotheism, 1939). 

La cultura popular se enriquece o empobrece en dependencia de la fuerza social que le imparta dirección. La hegemonía que imparten el capital y el mercado ha tenido en Puerto Rico efectos destructivos en la sociedad y la solidaridad, sobre todo a partir del neoliberalismo. Por tanto el poder político es crucial. 

En la vida hay amores

Por Jaime Córdova/Especial para En Rojo

A Maribel Franco

Siempre quiso vivir en los altos de una barra. Cuando al fin consiguió el lugar que tanto había buscado, sus amigos cercanos lo felicitaron, pero le aconsejaron que se alejara de los grupos de amables viejos derrotados que se reúnen en estos lugares y, lo más importante, “cuidado, no vayas a desarrollar la manía de estar hablando solo porque así suele ocurrir cuando organizas tu vida alrededor de un espacio reducido con rutinas y sonidos predecibles. Tarde o temprano comienzas a conversar con los ruidos de la casa y la calle. Ojalá nunca alcances esta etapa porque no hay marcha atrás, aunque entre tus amigos también tenemos quienes dicen que sí existen remedios para reducir la frecuencia, la duración y hasta el volumen de los monólogos”.

Algunas de las recomendaciones hechas por los que tienen estas experiencias de tutearse con la soledad incluyen “evita torpedearte todas las noches, no rebasar los horarios de dos dígitos, no sentarte siempre en uno de esos rojos asientos giratorios rompe espaldas. Paga la cuenta en silencio y no trates de hacerte el gracioso —perdona que te lo digamos – como haces en ocasiones, con comentarios innecesarios de ‘voy a cambiarme el nombre a Wilisnaquin O’Neil y vestir chaqueta sin corbata en la oficina, a ver si me dan un bono de productividad’. No hay nada más patético que un viejo buscando simpatías. Despídete con seriedad y sobriedad. Abre la puerta, sal a las aceras nocturnas para que allí recibas en la piel el verdadero informe del tiempo sin las incertidumbres de pronósticos protegidos por ambiguas advertencias de nubosidad variable. Si tu vista tropieza con un automóvil estacionado que proclama orgulloso de su civismo: Conducimos responsablemente, pero de no hacerlo, favor llamar al…, no tienes por qué hablar malo y pronunciar tu discurso favorito en contra de la indefinición. Mejor prepárate mentalmente para la parte difícil, que es subir las escaleras tanteando la baranda, lo cual, según has contado, te trae breves remembranzas de Matilde. Tienes que olvidarla, Gustavo. Fíjate que estás tomando decisiones contradictorias. No te puedes esconder y a la vez estar disponible. Los amores imposibles se tienen en la juventud, los años solo añaden adversidades. Tú sabes todo esto mejor que yo. Bueno, ahora tengo que irme. Tranquilo, tú has podido hacer cosas mucho más difíciles que poner a alguien en la nave del olvido. Yo te llamo en un par de días”.

Intentó subir las escaleras sin apoyarse en la baranda. Casi al final, cuando buscaba las llaves en el bolsillo, perdió el balance, pero pudo evitar una caída poniendo las manos en el último peldaño. Pensó pedirle cuentas al cielo denunciando una conspiración organizada por alguien que estaba ausente, pero finalmente triunfaron la conformidad y el silencio. Resignado, abrió la segunda y tercera puerta en los últimos tres minutos: la de entrada y la nevera. Allí examinó un escaso inventario que incluía potes de mayonesa, ruedas de salami reseco, uvas amogolladas, una botella amarilla que admite en voz baja su contenido de 10% jugo, la última barra de mantequilla y un pan mongo envuelto en celofán con oscuras rebanadas prometiendo integridad y salud en inapelable idioma inglés.

Antes de llegar a la cama, primero visitó el baño. Menos mal que las abluciones de medianoche se hacen con mayor rapidez que las mañaneras porque se omiten ciertos pasos como mirarse la cara en el espejo para examinar nuevas señales de deterioro, que incluyen una verruga entre ceja y ceja, crecimiento algo exagerado de las orejas y el misterioso lunar que va y viene. 

El recorrido terminaba en su lugar favorito. Llegar al balcón para apreciar la paz de una plaza solitaria rodeada de árboles y duros bancos, donde una noche, en aquel que está al lado del bello jardín abandonado, se estrelló su intento de reconciliación. Y para acabar la ronda nocturna, calcular cuánto tiempo necesitará el húcar que nació en la calle para que sus ramas alcancen la ventana de la sala. 

En la cama, siguiendo instrucciones del neumólogo, tratar de dormir boca arriba para reposo del corazón y con la ventaja adicional de que así escuchas mejor los sonidos que entran por el balcón, cruzan sala y comedor y te mantienen despierto con la última información sobre los combates finales de la noche: cubos y mapos desalojando sillas y mesas, el zafacón de la cocina arrastrado a la calle en contra de su voluntad por meseros convertidos en trabajadores de la limpieza. Te enteras por chasquidos y palmadas que se acercan perros a buscar sobras. Poco después, sonidos de puertas que se cierran. Es hora de dormir. 

Tienes reputación de persona sensata que sigue los buenos consejos que te ofrecen quienes te aprecian. Como el de tu sabio amigo que te comentó: “Las fotos son aliadas del insomnio”. Desde entonces, todos los retratos los tienes debidamente engavetado y duermes mejor. Nada de fotos mostrando perros fallecidos, nietos que viven en Oshkosh-Wisconsin, reuniones de viejas clases graduandas y, lo peor, aquellos selfies con Matilde en Los baños de Coamo. 

La parte más difícil del día es la mañana. Luego de una afeitada suicida, tener que decidir entre Mr. Kellog y la waflera. No olvides tragarte tus cuatro pastillas, especialmente la de la memoria, para que no te atrases en los pagos de renta, cable y matress ortopédico. Ya estás casi ready para enfrentarte a la vida, ¡cuidado al bajar las escaleras! y, por favor, no te molestes si en tu primer contacto del día con el prójimo alguien te saluda con el automático ¿Todo bien? Evita pronunciar un discurso enumerando quejas, como siempre haces. “Bueno, tengo una cita con el dentista para sacarme los cordales, la novia me dejó, mi nieto está colgado en la escuela, parece que le caigo mal al nuevo supervisor, tengo que poner agarraderas en el baño para no caerme y debo tener mucho cuidado cuando me pongo las medias porque la prótesis en la cadera se puede salir de sitio. Pero por lo demás, estoy bien. Gracias por preguntar”.

Gustavo renunció al trabajo que tenía en el Departamento de Educación. Sacó números y concluyó que si administraba bien su Seguro Social y los ahorros de casi cuarenta años, cubriría un mes típico que incluía una pequeña partida para imprevistos. El único peligro consistía en la sorpresa de una enfermedad que solo pudiera curar Mr. Walgreens, a dos mil dólares cada pinchazo. A pocas semanas de su retiro Gustavo ya casi no podía con las escaleras. Se acuarteló en el balcón y pasaba horas mirando la plaza. No veía televisión y rara vez escuchaba la radio. Repasaba su vida, pero evitaba llegar a conclusiones. Una tarde, le vino a la mente una frase de la que no podía recordar su procedencia: A las mujeres les gustan los hombres que se van de viaje. En pocos días tenía una resolución: mudarse, desaparecer, ¿pero a dónde?

El pato Donald me cae mal. ¿Te imaginas morir en Disney en brazos del pato? ¿Qué van a pensar los amigos? Se habla bien de Santo Domingo, pero no me interesan los resorts con piscinas rodeadas de alemanes bebiendo Presidente en calzones cortos. En todo caso, tal vez la zona colonial en la capital. Habría que hacer un vuelo de reconocimiento. ¿Y Cuba? Sería una buena solución, pero se ha puesto cara y según los últimos informes, con nuevas prohibiciones para visitarla. Además, yo sé que es muy difícil que alguien me vaya a visitar allí… Por poco no termina este último pensamiento. La voz interna que por tantos años había susurrado sugerencias a Gustavo subió el volumen para decir: “Mira, viejo pendejo, tus llamados planes son solo excusas para matar tiempo y no hacer nada. Arriesga algo, como dijo Gardel. Es hora que decidas. Te mudas frente a su casa y así la ves todos los días aunque sea abriendo una persiana o haces una movida romántica y te vas con tus tristes pertenencias al barrio Ángeles en Utuado y, desde allá arriba, casi en las nubes, le mandas una foto sin comentarios a ver si le atrae el lugar. No te incluyas. ¿Para qué exponerte a que diga ¡Dios mío que deteriorado está!? Además, es hora de que sepas que la curiosidad es uno de los ingredientes más importantes del amor. Ella se encargará de averiguar y, créeme, no tardará en hacerlo. 

El día de la mudanza cuando pasaba por Dos Bocas, Gustavo, entusiasmado con su nueva estrategia exhibió el principio de una sonrisa. Satisfecho y algo optimista sentenció: ¿Cómo es posible que todavía existan personas creyentes de que la distancia es el olvido. Si conocieran a Matilde o me hubieran preguntado a mí, tendrían claro que en la vida hay amores que nunca pueden olvidarse.

Crucigrama: Ramón Labadiño Salazar

Horizontales

1. Ramón Labañino _____; uno de los cinco héroes cubanos que se infiltró en grupos terroristas de Miami que organizan sus ataques criminales contra Cuba.

5. 24 de _____ de 2015; Labañino fue condecorado con el título de Héroe de la República de Cuba y la Orden Playa Girón.

8. _____; estado de EEUU en cuya prisión en la ciudad de Beaumont fue encarcelado Labañino. 

10. Grito de _____; gesta emancipadora del 23 de septiembre de 1868 en Puerto Rico.

12. Sierra _____; país de África occidental.

16. Dio aullidos.

17. Lo contrario al bien.

19. Ayudé.

20. _____ Labañino Salazar; autor de “Hombre del silencio. Diario de prisión”, donde narra sus vivencias en la cárcel y desenmascara el sistema penitenciario de Estados Unidos.

21. Macizo montañoso del norte de Níger.

24. Río suizo que desemboca en el Rin.

25. Sonido o eco que resulta del tambor u otro instrumento semejante, tocado a golpes.

26. Raúl Castro _____; condecoró a Labañino y a sus 4 compañeros como Héroes de la República de Cuba y les otorgó la Orden Playa Girón.

27. Contracción gramatical.

29. Símbolo del molibdeno.

30. Elemento compositivo que significa aire o aéreo.

33. Conducto por donde retorna la sangre al corazón.

36. Henrik _____; dramaturgo noruego y uno de los autores que más han influido en la dramaturgia moderna.

37. Utilizará.

38. 17 de _____ de 2014; Labañino fue liberado como parte de un acuerdo entre los gobiernos de EEUU y Cuba.

41. Doce meses.

43. Juego infantil hondureño.

44. Interjección.

45. Personaje bíblico, hijo de Noé.

47. Composición en verso.

48. 9 de _____ de 1963; nacimiento de Labañino.

52. Última comida del día.

53. Preposición.

54. _____ Hernández; uno de los 5 Héroes cubanos inculpado de intentar penetrar instalaciones militares en EEUU.

55. Quejido.

56. Clemente _____ Vélez; patriota, poeta, ensayista y periodista puertorriqueño.

57. Del verbo croar.

Verticales

2. Garantía.

3. Amarré.

4. Conjunto de 20 manos de papel (500 papeles).

5. Sentencia de un juez o de un tribunal.

6. Pronombre demostrativo.

7. _____ González; uno de los 5 Héroes cubanos. Autor de “Escrito desde el banquillo”.

9. Universidad de La _____; Labañino cursó los estudios universitarios en la especialidad de Economía, graduándose con Diploma de Oro de esa institución.

10. Fernando González _____; uno de los 5 Héroes cubanos. Fue condenado a 19 años de prisión.

11. Decimoséptima letra del alfabeto griego.

13. Forma de pronombre.

14. Arráez, caudillo árabe.

15. Hombre del silencio. _____ de prisión; libro de Labañino escrito desde la cárcel.

18. Ante Meridiano.

22. _____ Guerrero; uno de los 5 Héroes cubanos. Fue condenado a cadena perpetua y a dos sentencias adicionales de cinco años cada una.

23. Valentía.

28. Ramón _____ Salazar; fue condenado a cadena perpetua y 18 años de prisión. En 2009 le fue reducida a 30 años.

29. _____; municipio donde nació Labañino.

31. Existe.

32. Nasa.

34. Nombre de la letra s.

35. Apócope de nada.

39. Naranja zajarí.

40. Borracho.

41. Dios griego de la guerra.

42. Uno de los mantras más sagrados.

45. Símbolo del cerio.

46. 5 de _____ de 2015; Labañino, Fernando, Gerardo, René y Antonio recibieron la Orden Libertadores y Libertadoras de Venezuela en su primera clase de manos del presidente Nicolás Maduro.

49. Antigua ciudad de Mesopotamia.

50. Nave.

51. Asistir.

El soplo divino del amor y libertad

Por Marcelo Barros/Especial para En Rojo

Es el soplo que revela presencia de vida. Cuando nacen, los niños deben llorar para que soplen y respiren. Culturas indígenas creen que todos los seres vivos respiran el mismo aire, o sea, hay un soplo colectivo que los hace vivir. Hay estudiosos que han descubierto: la misma Tierra respira. En idiomas antiguos, el término soplo es sinónimo de Espíritu. En la Biblia, el Espíritu es el soplo divino que Dios insufló sobre el primer humano. Más tarde, el Espíritu sopló fuerte sobre el mar para que los hebreos oprimidos, salieran hacia la libertad.  Fue ese mismo soplo divino que Jesús recibió. Por su fuerza, el actuó liberando las personas de sus males. Ese Espíritu, presente en cada persona humana, es el Amor. Pablo escribió a los cristianos de Roma: “El amor divino fue derramado en nosotros por el Espíritu Santo que nos fue dado” (Rm 5, 5). 

Todos sabemos de lo tanto que, por amor, alguien apasionado es capaz de hacer. En la historia, personas  y grupos, movidos por amor, han logrado conquistas sociales y políticas que hemos heredado. La lucha por igualdad de derechos y reconocimiento de la dignidad de todos los humanos viene de muchos siglos, pero, en términos actuales, empezó con la Revolución Francesa (1789). Desde entonces, poco a poco, las conquistas sociales vienen siendo conquistadas. Logramos el derecho al voto por parte de todos, hombres y mujeres, pobres y ricos. Después, vino la libertad religiosa, la libertad de expresión y el derecho de todos a la educación. Al menos según las leyes, conquistamos igualdad entre hombre y mujer, superamos la discriminación racial y conquistamos el respecto a las diferencias culturales, religiosas y sexuales. 

De hecho, en las últimas décadas, el neoliberalismo y políticas de derecha intentan reducir el Estado, negando sus funciones de regulación social. Imperios rasgan sus máscaras y se muestran crueles e inhumanos. La inmensa concentración de renta revela insensibilidad en relación al sufrimiento y a la muerte de muchos pobres. Es una sociedad sin Espíritu. 

Las Iglesias cristianas deben ser testigos de que todos los seres humanos tienen derecho al amor integral y que todo amor, por el mismo hecho de ser amor, es sacramento del amor divino en el mundo. Las leyes religiosas, mismo las más sagradas, deben servir a la vida y a la felicidad de las personas. En ese domingo, las Iglesias cristianas antiguas celebran la fiesta que hace memoria de la venida del Espíritu de Amor sobre todo el universo y sobre cada uno de nosotros/as. Pablo escribió: “Donde está el Espíritu de Dios, allí hay libertad” (2 Cor 3, 17).   

Escribir es preferir la realidad: Presentación de Aterrizar no es regreso, de Xavier Valcárcel

Por Marta Jazmín García

Después de un huracán urge la reconstrucción. Encontrar alimento, agua, energías, techos. Así también recuperar la familia, los amigos, las horas de cotidianidad y encuentro fracturadas, las ganas de seguir. Reconstruir es también diseminar la memoria, compaginarla con otras. Retribuirla con escenas concretas que superen los límites del tiempo y de la percepción. 

 Huracán es una palabra de origen amerindio vinculada a las palabras dios, destrucción, justicia y malignidad. En el Caribe, cuando los niños aprenden a manejar un idioma, rápido descubren sus múltiples significados. Yo, por ejemplo; las primeras historias que escuché en mi casa tenían que ver con huracanes. San Felipe, repitió por muchos años mi abuelo. Como si en el gesto de contar repetidamente pudiera configurarse una escritura, decía: “era muy niño: nos escondimos en una barraca. los hombres de la familia aguantábamos el techo con sogas.” Y ciertamente la oralidad en el tema de los huracanes ocupaba y sigue ocupando un lugar inamovible en el imaginario cultural puertorriqueño. “San Ciriaco, San Ciprián, Santa Clara, conforman toda una mitología de huracanes. Entonces Hugo, mi primera experiencia con seis años en 1989, y que Xavier menciona también como su primera. Y así es que uno coincide en los desastres como un inventario alternativo de ganancias. 

Para el escritor Edgardo Rodríguez Juliá, el género de la crónica es una mezcla muy urgente de lo narrado con lo pensado. En otras palabras, la realidad es lo que veo y también lo que no alcanzo a ver. De ahí la urgencia de compilar y de ensamblar las vivencias. Poder nombrar eso que veo, reconociendo aquello que excede mis límites. Solo en el reconocimiento de los puntos ciegos alcanzamos una mayor perspectiva.

Aterrizar no es regreso, (Ediciones Alayubia, 2019) sugiere desde el título, imposibilidad, tensión e incompletud. El narrador protagonista discurre entre sus experiencias y las muchas posibilidades de contarlas. Por eso, quizás como una representación de los alcances de la escritura, las primeras páginas del libro desvirtúan la pretensión de capturar con justicia los afectos, las despedidas, los recibimientos, todas esas evanescencias porque en ningún plano son cuantificables:

“Dijo que quería tomar visuales mientras hacia mis maletas, mientras recorría las calles y me movía en trenes por última vez, incluso habló de la posibilidad de montarse en el avión conmigo. cosa de atestiguar el vuelo, el aterrizaje y el resto de lo que aconteciera del otro lado. Luis es puertorriqueño. Le dije que sí sin pensarlo, pero entonces lo imaginé siguiendo de cerca mis abrazos en el aeropuerto, subiendo conmigo a Cayey, conociendo a mi familia, entrevistándolos. Aquello de no querer escucharme, no querer verme ni ver lo que estaba haciendo, sumado a algo de orgullo, incidió en el asunto y desistí.”

De entrada sabemos que estamos delante de otra historia. De aquella a la que no es posible darle “like” o “share” porque no tiene seguidores, sino participantes. ¿Cuántos estarán dispuestos a contar su experiencia? ¿Cuántos pueden valorar también las páginas en blanco de su perspectiva; saber que existe un diálogo con otras páginas y que estas pueden completar las nuestras?

Pero no solo es esta reflexión metadiscursiva lo que hace de esta crónica una pieza necesaria y, entre otras, precursora, dentro de lo que podemos identificar como una poética de los huracanes. Recientemente surgió la controversia por el documental After María que, independientemente de los criterios de cada cual, finalmente se trató de una visión entre tantas, publicadas y desconocidas; una aportación más en este enmarañado panorama de narrativas rotas por recuperar. Así, el protagonista de Aterrizar no es regreso reafirma la importancia de la documentación como ejercicio de rescate frente al silenciamiento y la homogeneización, frente al clasismo y esos afilados límites de la memoria. 

Si no se escribe a tiempo la realidad, toca la ficción, y yo prefiero lo primero. Suficiente con el caos y la trama en que se vive. Además, uno vive en narrativa todo el tiempo, ilimitadamente. Hay que asumirlo y escribir. Escribir antes de olvidar. Porque uno vive, paralelamente, olvidando.

Conjuntamente con la temática del huracán y como espacio paralelo de narración, aparece la palabra fracaso. “También es arduo conquistarlo”, dice el poeta Edwin Rendon. Y es que si hay algo que añade un especial valor a la problemática de un contexto devastado es el preámbulo de una devastación personal que define a toda una generación de jóvenes profesionales y diplomados, quienes no encuentran espacios en donde poner en práctica los arbitrarios conceptos de derrota y triunfo. En esta crónica, el personaje es un escritor y un conocedor del arte que busca trabajo en multinacionales y que, en cierta medida, suprime su preparación y potencial, tanto profesionales como artísticos. En un trabajo que consigue en Nueva York, Xavier tropieza con Micaela, una chica madrileña −una desconocida− que le insta a sobrevivir la trampa de la mercadotecnia, sobre todo, porque así corresponde a los poetas. Por mi parte, como lectora, investigadora y practicante de la literatura, me vi en esa escena asimilando dos trabajos a tiempo parcial, por contrato. Inventando una completud salarial tan parecida, por insegura y frágil, al contorno de una taza quebrada que ha sido cosida minuciosamente por sus grietas. Sobre este asunto, el pasado 26 de mayo, la crítica Carmen Dolores Hernández destacó el deterioro que ha sufrido la educación superior en Puerto Rico, a cuentas de justificar la permanencia o bien, el desembolso económico de los estudiantes más allá de los criterios de competitividad, crecimiento académico y talento. Por esto, la distorsión del paisaje es el Huracán y también la recolocación de los valores: un escritor busca trabajo en una tienda donde escasean las palabras; una tienda en Nueva York ofrece una playa de simulación para fotos que deben subir a las redes. Un poeta intenta soportar esos silencios.

El huracán son casas destruidas, familias exiliadas y separadas, meses sin luz eléctrica ni agua. El huracán es también una crisis de los afectos, la separación, aún más violenta, entre lo que es y lo que debería ser. El huracán es una metáfora de la realidad y viceversa. Toda la crónica sucede en esos tonos. El narrador reconoce su vulnerabilidad, misma que se puede considerar otro personaje dentro del texto. A todos los quebranta la separación, pero cada uno tiene sus propios medios de supervivencia. El tratamiento de estos temas refleja un especial cuidado y respeto por la unicidad, valorada como una aportación social y discursiva. Justamente, las perspectivas de la subjetividad fundamentan al género de la crónica y así, este hermoso inventario de pérdidas y reflexiones personales es un gesto arriesgado y sobre todo honesto, que sobresale de manera contestataria frente a una insistente crítica a las perspectivas del yo, que en palabras del escritor Julián Marías reflejan la tendencia egocentrista y limitada de estos tiempos. Lejos de tales interpretaciones, Aterrizar no es regreso es la experiencia de un individuo cuya mirada nos permite apreciar sus vínculos y afectos. Porque es urgente nombrar ese tipo de devastación. Porque el amor se quiebra y se posterga. Ejercer un oficio de remuneración justa y proporcional a la preparación y el talento, es cada vez menos asequible. Lo efímero se vuelve más natural y cotidiano. Se regresa de un viaje de emprendimiento con la misma maleta y escasez del principio. El desastre se alarga. ¿Desde qué otro lugar sino es el propio visor y cuerpo, podemos transcribir esas fracturas? Ciertamente la realidad es generacional. Las formas de interpretarla también. Lo personal es político. ¿Desde qué otra emergencia sobrevivir sino desde el llanto a escondidas, en una ciudad ajena, en un cuarto improvisado; uno de esos pequeños vientres que tienen los edificios, siempre dispuestos a engendrar y a postergar los nacimientos? En uno de los diálogos del libro, el personaje responde a esta confrontación: 

¿A qué se debe este fracaso? ¿A qué se lo atribuyes? -preguntó una trabajadora social al fin. 

-No sé, no salió. Lo intenté, pero no lo logré. 

– Y por qué piensas que el fracaso es tuyo?

-Porque no es de nadie más. 

Acercarse a estas páginas es un repaso de las cifras, de las fechas, de la complicidad, de los desencuentros, de la concatenación de heroísmos y de tragedias que provocó el huracán. También es un inventario de poemas, de poetas y de silencios. Se trata de una mirada honesta y por lo mismo, incompleta, y por lo tanto, sugerente; porque invita a la continuación por parte de los lectores. 

Pocos libros he leído con los que me pueda identificar tanto, literal y metafóricamente. Leí sabiendo que el narrador es Xavier Valcárcel y que las experiencias son de Xavier Valcárcel. Pero casi era como escribir conjuntamente con su relato, con esa invitación constante: “escribir es preferir la realidad”. Si bien la mirada particular siempre es única y reveladora, lo que puede apreciar un poeta es aún más profundo. Por eso en este libro los acontecimientos, la temporalidad tangible, son al mismo tiempo metáforas y personajes: el huracán, la realidad, la tienda de las velas, Candle Power, contrapartida y reflejo de un país a oscuras, los llorones tapiceros. Allí están delante del narrador y también de los lectores prestos a ser sentidos y también, decodificados. 

Quizás la belleza sean los aeropuertos vacíos, como reza un título del poeta Jorge Posada. Quizás aterrizar no sea regreso. Por eso, nos queda recopilar todas las experiencias posibles. Cada una es importante. Cada una es la de todos. “Hay que asumirlo y escribir”. Es hora de devolvernos a nosotros mismos.