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Será otra cosa: Musa

A veces (¿tal vez ahora mismo?), y por lo general de repente, se me presenta o experimento un vacío distinto, extraño…Una especie de silencio en expansión: material, corpóreo, físico.  Es como la calma terrible y misteriosa que precede a la tormenta, la sensación casi insoportable de que algo está a punto de pasar.

Ese silencio donde nos damos cuenta, sobrecogidos, de que se han callado todos los pájaros.

A veces (¿siempre?) se trata de un anuncio de la inspiración, de la visita de la musa. No siempre redunda en visita propiamente, pero lo ha hecho con la frecuencia suficiente para que mi lápiz se ilusione y salive como uno de esos famosos perritos de Pavlov. Mientras espero que algo pase o se me pase, no puedo hacer otra cosa que escribir. No puedo aprovechar la calma para atender alguna cosa práctica.

Quisiera–eso, atender, ser práctica–pero no hay caso.

La calma abrumadora antes de la musa es muy distinta a la calma que sucede a la tormenta, la que aparece poco después de escribir, durante la cual la gente abandona su refugio y sale a la calle a ver qué se rompió, quién se murió, cuánto se perdió. Esta otra calma es la del estropicio y el escombro, la de la reconstrucción y el nuevo orden, la de lo que queda de mí después de la visita. El silencio es distinto: ya no está vacío sino puntuado por el sonido del agua que corre en forma de improvisado riachuelo o cae en forma de sorprendida gota, por los ruidos del quehacer, por los murmullos que celebran la vida o lamentan la pérdida.

Por los pájaros, que han vuelto a cantar.

Le tengo cariño, reverencia y, francamente, un poco de miedo, a esta musa mía. No es como la dama marmórea y diligente de los clásicos: mi musa es más bien como Oyá, la deidad negra del viento y la centella.  Como ella, es taciturna, terca, y amiga de los muertos.

De los esqueletos.

En estos días, ando cortejando, con delicadeza, a otras musas. Musas más gentiles, más sencillas, menos intensas, menos huracanadas. Me vendría bien una deidad de la brisa, por ejemplo, las mariposas, o el rayo de luna.  Pero con esas coqueteo de lejos, tentativamente, tratando de no ofender a esa mujerona formidable que me ha traído a la libreta tantas veces, y a quien le debo tanto.

No estoy lista (¿todavía?) para perderla.

Oscar Arnulfo Romero: La voz de los sin voz que la CIA asesinó

Redacción Internacional Granma

El Monseñor Oscar Arnulfo Romero, quien fuera canonizado por el Papa Francisco el pasado domingo 14, es recordado en América Latina como el hombre que levantó su voz ante los potentados de este mundo, ese que se atrevió a desafiar la injusticia, y esto hizo que se convirtiera en la voz de los sin voz.

Oscar Arnulfo Romero nació en El Salvador el 15 de agosto 1917. Luchó siempre en pro de los derechos humanos de los más pobres. Durante sus homilías, denunciaba los atropellos contra los derechos de los campesinos, de los obreros y de los sacerdotes.

Monseñor Romero abrió las puertas de la Iglesia a los campesinos desplazados y condenó la represión del Ejército durante la guerra civil salvadoreña (1980-1982). A lo largo de su vida se encargó de denunciar la violencia militar, razón por la que fue asesinado con el objetivo de callar su voz, siempre en pro de esta lucha.

Los primeros conflictos de Romero en América surgieron a raíz de su oposición a los sectores económicos del país, aquellos que junto a la estructura gubernamental salvadoreña alimentaban la escalada de violencia institucional.

A raíz de sus reiteradas denuncias, comenzó a ser objeto de una campaña de descrédito contra su ministerio arzobispal, su opción pastoral y su personalidad misma. A través de la prensa escrita era insultado y calumniado.

El domingo 23 de marzo de 1980, Oscar Arnulfo Romero pronunció su última homilía, la que fue considerada como una sentencia de muerte, debido a la fuerte denuncia que realizó: “En nombre de Dios y de este pueblo sufrido… les pido, les ruego, les ordeno en nombre de Dios, cese la represión», pidió.

Un día después, el 24 de marzo, fue asesinado con un disparo en la cabeza, mientras oficiaba la Eucaristía en la capilla del hospital La Divina Providencia.

Murió a manos de un francotirador que formaba parte de los escuadrones de la muerte de ultraderecha, financiados por la Agencia Central de Inteligencia (CIA).

“¿Qué era Romero para Estados Unidos? ¡Era un peligro muy grande!, porque era la voz de los que no tienen voz, pero sin tener un pasado que le pudieran enrostrar».  Así lo recuerda, en entrevista para Telesur, el periodista y escritor uruguayo Juan Raúl Ferreira, quien fue gran amigo de Monseñor Romero.

El presidente de El Salvador, Salvador Sánchez Cerén, a propósito de la fecha, hizo un llamado al pueblo salvadoreño a encontrar en el pensamiento y legado de Oscar Arnulfo Romero, un camino para la paz social en la nación centroamericana.

Sánchez Cerén afirmó que Monseñor Romero, desde su legado histórico, llama al país “a un cambio de conducta, a sumar esfuerzos para que nuestras comunidades avancen en convivencia y con tolerancia, poniendo en práctica una nueva cultura de paz basada en el respeto a la vida, a las diferencias y los derechos humanos».

Reproducido de www.granma.cu

Papa Francisco destaca ejemplo de San Oscar Romero

Redacción digital Granma

El papa Francisco dijo en Roma que San Oscar Romero supo encarnar con perfección la imagen del buen pastor que da la vida por sus ovejas.

En un discurso pronunciado durante una audiencia con peregrinos salvadoreños llegados a Roma para asistir a la canonización la víspera de monseñor Oscar Arnulfo Romero, el sumo pontífice saludó en primer lugar a los obispos de la nación centroamericana, junto a sus sacerdotes y fieles.

Al destacar la figura del prelado asesinado por un sicario el 24 de marzo de 1980, mientras celebraba la eucaristía en la capilla de un hospital de San Salvador, Francisco dijo que ‘ahora mucho más desde su canonización, pueden encontrar en él un ejemplo y un estímulo en el ministerio que les ha sido confiado.

San Oscar Romero -apuntó- veía al sacerdote colocado en medio de dos grandes abismos: el de la misericordia infinita de Dios y el de la miseria infinita de los hombres, como él mismo expresó en la homilía durante una ordenación sacerdotal el 10 diciembre 1977).

El papa transmitió también su saludo a los otros peregrinos y a la comunidad salvadoreña de Roma a quienes recordó que ‘el mensaje de San Oscar Romero va dirigido a todos sin excepción, grandes y chicos, para todos’.

Finalmente, saludó al pueblo ‘que peregrina en El Salvador y hoy vibra por el gozo de ver a uno de sus hijos en el honor de los altares’ y añadió que a pesar de las dificultades, ‘el flagelo de la división, el flagelo de la guerra; la violencia se ha sentido con fuerza en su historia reciente, pero ese pueblo resiste y va adelante’.

Tras referirse a los salvadoreños obligados a abandonar su tierra buscando un futuro mejor, Bergoglio subrayó que el ‘recuerdo de San Oscar Romero es una oportunidad excepcional para lanzar un mensaje de paz y de reconciliación a todos los pueblos de Latinoamérica’.

Reproducido de www.granma.cu

Tras nuevas iniciativas en la ONU

En el marco de las sesiones del debate general de la Cuarta Comisión de la Asamblea General dos representantes del Comité de Puerto Rico en Naciones Unidas viajaron recientemente a la sede de Naciones Unidas en Nueva York para dar seguimiento a iniciativas futuras en Naciones Unidas.

Durante las sesiones varios países, incluyendo Cuba con planteamientos contundentes, hicieron mención del tema de Puerto Rico. Como Relator del Comité de Descolonización, también conocido como el Comité de los 24, S.E. Sr. Bashar Ja´afari, Representante Permanente de Siria, hizo la primera mención de Puerto Rico al presentar a la Cuarta Comisión su informe del trabajo del Comité de los 24 en su pasado período de sesiones y referirse a “los 17 territorios no autónomos y Puerto Rico.”

Por su parte el representante de El Salvador, en la Cuarta Comisión durante sus sesiones actuales, Embajador y Representante Permanente Rubén Escalante Hasbún, hizo lo propio a nombre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC). Al intervenir en el debate dijo, “Es importante referirse a la Declaración de La Habana de 2014, en la cual los Jefes de Estado y de Gobierno de la CELAC encomendaron al Cuarteto de la CELAC a que, junto con la participación de otros Estados miembros que deseen sumarse al este mandato, presente propuestas para avanzar en la Cuestión de Puerto Rico.”

Marco Zambrano, Primer Secretario de la Misión Permanente de Ecuador ante Naciones Unidas reiteró el apoyo de su país al derecho inalienable de los pueblos bajo ocupación colonial a la libre determinación e independencia de conformidad con la resolución 1514(XV). Reiteró su apoyo al derecho inalienable del pueblo de Puerto Rico a su libre determinación e independencia de conformidad con la misma resolución. También se refirió a que cada año la Asamblea General de Naciones Unidas reafirma que “la existencia del colonialismo en cualquier forma o manifestación, incluyendo la explotación económica, es incompatible con la Carta de la Naciones Unidas, la resolución 1514(XV), y la Declaración Universal de los Derechos Humanos.”

De otro lado, el Estado Plurinacional de Bolivia expresó “su compromiso con la declaración sobre la concesión de la independencia a los países y pueblos coloniales, adoptada mediante resolución 1514 (XV) del 14 de diciembre de 1960 de la Asamblea General, la cual asiente el natural deseo de los pueblos del mundo a poner fin al colonialismo en todas sus manifestaciones.” Rechazó “de forma contundente cualquier acto que pretenda silenciar la voz libertaria de los pueblos que luchan por un mundo libre de colonialismo. La liberación de las naciones debe materializarse a través de mecanismos

multilaterales, con la participación de la comunidad internacional y mediante el diálogo horizontal político en aras del resguardo de la paz y seguridad internacionales.”

“En ese orden de cosas,” continuó “apoyamos la aspiración del pueblo de Puerto Rico a ser un estado libre, exigiendo que el proceso tendiente a su independencia del colonialismo norteamericano, se viabilice de inmediato y sin mayores dilaciones para que el ejercicio pleno de su derecho inalienable a la libre determinación y la independencia sean efectivas, de conformidad con el derecho internacional y las resoluciones pertinentes de nuestra organización.”

En el orden de oradores durante el debate general de la Cuarta Comisión, también Cuba tomó la palabra. Su Embajadora y Representante Permanente Anayanci Rodríguez Camejo afirmó, “Puerto Rico sigue siendo un territorio bajo la soberanía de Estados Unidos y sujeto a los poderes plenarios del Congreso de ese país. Lo dejó bien claro el Procurador General de los Estados Unidos ante el Tribunal Supremo. La farsa política montada hace más de 50 años para sacar a Puerto Rico de la lista de territorios bajo ocupación colonial, quedó al descubierto por los propios colonizadores.”

A renglón seguido elaboró en el sentido que, “La situación económica, social y humanitaria que hoy vive Puerto Rico, recrudecido tras el paso de los huracanes Irma y María en septiembre de 2017, resulta de gran preocupación.” Dijo también que contrario a la percepción que se quiere dar, la isla no se ha recuperado y que “a estas alturas, el gobierno de Estados Unidos solo ha desembolsado 4 mil millones de dólares de los 62 mil millones designados por el Congreso, los cuales no cubren los daños que se ha estimado entre 80 y 90 mil millones de dólares.” Aludió también a que la cantidad de los desembolsos que tendrán impacto en la economía de Puerto Rico será muy baja por la contratación privilegiada de empresas estadounidenses.

Las sesiones de la Cuarta Comisión se celebraron en el marco de la renuncia efectiva próximamente de la Embajadora de Estados Unidos ante Naciones Unidas, Nikki Haley, y especulaciones sobre las razones de su dimisión.

Al cierre de esta edición estaban en la lista de oradores Nicaragua y la República Bolivariana de Venezuela cuyos representantes en la Cuarta Comisión también habrían de elaborar sobre la condición colonial en su intervención. Por otro lado, varios países que mencionaron y algunos que no mencionaron el tema de Puerto Rico, se adhirieron a la intervención de El Salvador a nombre de la CELAC.

Los domingos en el Roosevelt

The waking dream of theatre, like dreaming

itself, is particularly well suited to this strange but

apparently essential process. Both recycle past

perceptions and experience in imaginary

configurations that, although different, are

powerfully haunted by a sense of repetition and

involve the whole range of human activity and its

context.

Marvin Carlson, The Haunted Stage

Reality… what a concept.

Robin Williams

El cine entrelaza la realidad y el sueño. Podemos afirmar esto del arte en general. Pero insisto en ir al cine. Este medio funciona dentro de un patrón de repeticiones evidentes en las fórmulas de Hollywood, en las diferentes tandas diarias que se ofrecen de la misma película y en la experiencia de ver cualquier filme un sinnúmero de veces desde una computadora. La repetición también se ve en cómo reconocemos “la actividad humana y sus contextos” (mi traducción de las palabras de Marvin Carlson) en la pantalla y la manera en que nuestra realidad se transforma en una gran película que protagonizamos. Vivimos nuestra vida a través del ojo de nuestra propia cámara. El cine no sólo “recicla,” sino que también “contamina” nuestra realidad. Los fantasmas que se proyectan en la gran pantalla nos persiguen a través de las calles oscuras (¿recuerdan en Heavenly Creatures [dir. Peter Jackson, Nueva Zelanda, 1994] cuando las niñas escapan aterradas del personaje de Orson Welles después que vieron Third Man [dir. Carol Reed, EEUU, 1949]?); nos enfrentan a nuestra ira mientras burbujea un Alka Seltzer en el agua (no se olviden de Travis Bickle en Taxi Driver [dir. Martin Scorsese, EEUU, 1976]); y tornan un inconveniente aguacero en una expresión de plena felicidad (quiero bailar bajo la lluvia junto a Gene Kelly en Singing in the Rain [dirs. Stanley Donen y Gene Kelly, EEUU, 1952]). El Cine Roosevelt en Hato Rey es el espacio desde donde reimaginé mis experiencias de juventud.

El Roosevelt ha sido uno de los lugares más sagrados para mí, especialmente en la década de l980 entre mis diez y dieciocho años. No me crié en una familia religiosa y por esto mis domingos respondían a mi placer. Mi rutina dominical consistía en salir de mi casa en la Urbanización Los Maestros entre las nueve o diez de la mañana, correr bicicleta a casa de mis amigos que vivían en la Urbanización Roosevelt y pasar la tarde entera en lo que considerábamos nuestro cine. Ese día lento se llenaba de historias y nuevos personajes en el Roosevelt.

Este cine está localizado en la urbanización homónima donde predominan familias de clase media trabajadora. Transitar con mi ganguita de amigos por esas calles de casas dormidas no ofrecía posibilidades para nuestros espíritus aventureros. La inocencia preadolescente nos forzaba a añorar algún monstruo que vencer o alguna prueba sobrehumana que superar. El Roosevelt nos proveía un vistazo a todas estas experiencias desde la seguridad de una butaca en un ambiente oscuro y fresco. Con dos dólares, que para mí no eran fáciles de reunir semanalmente, tenía una taquilla. Y con cincuenta centavos más, se podía disfrutar del mejor popcorn que podía salir de una bolsa con cara de payaso. Quiero aclarar que de este momento en adelante, todas las películas a las que hago referencia, las vi en el Roosevelt.

La primera película que recuerdo haber visto en el Roosevelt fue Star Wars (dir. George Lucas, EEUU, 1977). No tengo mucha memoria de este momento, aunque me acuerdo del horror que sentí con la entrada majestuosa del mal, Darth Vader. A mis seis años, muchas fueron las veces que me fuí aterrado a la cama por el diablo con espada roja y de profundo respirar que mató a Obi Wan. Mi memoria más clara del Roosevelt comienza en el 1980 con la película Popeye (dir. Robert Altman, EEUU). A pesar de que las actuaciones de Robin Williams como Popeye, Shelley Duvall como Oliva y el concepto de producción son magníficos, la película es un revolú espantoso en la brillante filmografía de Robert Altman. Pero las canciones, compuestas por Harry Nilsson, son una delicia que todavía me emocionan. Me acuerdo salir del cine tarareando “He Needs Me,” la canción que Oliva canta la noche en la que se da cuenta que Popeye la necesita. Esa noche de domingo tarareaba la melodía mientras caminaba al carro junto a mi mamá. La Urbanización Roosevelt se transformó en las calles de Sweethaven, la villa costera donde Popeye conoce a Oliva. La pobreza extrema que afecta los residentes de Sweethaven, y que evoca las vivencias de la depresión económica de los Estados Unidos durante los años 20, me movieron a reimaginar la precaria situación económica de mi familia y de algunos de mis amigos. No tuve muchos juguetes, pero podía reconstruir mi comunidad recordando la canción que escuché en el Roosevelt.

Me gustaría decir que cuando vi Gandhi (dir. Richard Attenborough, Reino Unido/India/EEUU, 1982) en el Roosevelt, mi vida cambió por completo. Honestamente, lo más que recuerdo de ese día fue que, mientras esperaba en la fila para comprar popcorn, un señor me enseñó un truco con los dedos que no muchas personas pueden hacer. En ese momento tenía aproximadamente once años y no sentía afinidad por la independencia de la India. Aunque me tocó profundamente el momento en el que asesinan a Gandhi, me emocionó más la muerte de Mickey (Burgess Meredith), el entrenador de Rocky, en Rocky III (dir. Sylvester Stallone, EEUU, 1982). Me parece que fue la primera vez que lloré en una película. El filme me afectó tanto que un amigo y yo nos matriculamos en el gimnasio de Castro, un cubano fortachón que me llamaba Choqui y que todos conocíamos de la urbanización. De paso, esto no demuestra que quería ser atleta. Nunca disfruté de ningún deporte, pero las películas sobre deportistas que sobrepasan los obstáculos más monumentales para triunfar, logran manipularme emocionalmente. Una película como Hoosiers (dir. David Anspaugh, EEUU, 1986) me energizaba. Y no era por el baloncesto como tal, sino por un personaje como Shooter (Dennis Hopper), el atleta que brilló en su juventud, pero que al perder un juego importante, terminó alcoholizado y derrotado. El entrenador del equipo (Gene Hackman) le da una oportunidad para que los dirija en un juego y Shooter brilla por su talento. Estas historias de héroes venidos a menos me calaban profundamente, pero tan sólo por un instante. Me visualizaba demostrándole a todo el mundo quién era en la cancha. Durante una semana, me la pasé planificando las horas de entrenamiento que le dedicaría al baloncesto. En mi imaginación ya me había vuelto el jugador más valioso de la escuela. Pero todo acababa el próximo domingo, cuando regresaba al cine y una nueva película proponía otra vivencia.

Encontré muchas películas con las que me identifiqué por mi constante búsqueda de aventura. Sería fácil mencionar Goonies (dir. Richard Donner, EEUU, 1985), un clásico para niños que vi en el Roosevelt a los catorce años. Aunque ya era mayor que muchos de sus personajes, la búsqueda de sus protagonistas (el tesoro escondido del pirata One-Eyed Willy) fue una invitación a identificar mi propia búsqueda de algo perdido. Pasé muchos fines de semana tratando de encontrar algún tesoro. Muchos años más tarde me di cuenta que el punto no es el cofre lleno de oro, sino escapar de los Fratelli, la familia de criminales que amenazaban sus vidas. Ellos representaban la pérdida de la inocencia, tanto como el cuerpo del muchacho muerto hacia el cual se dirige la pandilla de preadolescentes en Stand by Me (dir. Rob Reiner, EEUU, 1986). La adultez que llega como el tren del cual huyen los chicos en esta última, fue un tema constante al cual me enfrenté en el Roosevelt. De hecho, en Cloak and Dagger (dir. Richard Franklin, EEUU, 1984), Davey Osborne (Henry Thomas) es un niño que literalmente enfrenta el asesinato de su niñez. Davey se envuelve en una red de espionaje incitado por su amigo imaginario, Jack Flack. En un momento, un matón le apunta con una pistola al niño y Flack logra salir mágicamente para distraer al pistolero, que lo acribilla sin pena. Con esto se fue el poder de Davey de reimaginar su entorno para enfrentar la realidad tal cual, la frustrante moraleja de la película. El Roosevelt me bombardeó con estas historias, preparándome para la incómoda llegada de la adultez al final de los 80.

Las películas que vi en el Roosevelt me dieron herramientas para combatir las tristezas y frustraciones de mi adolescencia. Una de mis épicas favoritas, Empire of the Sun (dir. Steven Spielberg, EEUU, 1987), cuenta la historia de Jim (Christian Bale), un niño que se queda solo en Shanghai justamente cuando los japoneses invaden la región y expulsan a los británicos de China durante la Segunda Guerra Mundial. Jim es capturado y condenado a un campo de concentración japonés, junto a su amigo Basie (John Malkovich), un vividor estadounidense que sabe sacarle provecho a toda persona para sobrevivir. Jim enfrenta una diversidad de vivencias terribles sin nunca perder su imaginación ni la valiente compasión por los que lo rodean. Su profunda sensibilidad es lo que salva a Jim. Es un personaje que relaciono con Jerry Mitchell (Casey Siemaszko), el protagonista de una de mis películas favoritas sobre adolescentes, Three O’Clock High (dir. Phil Joanou, EEUU, 1987). Jerry es un estudiante de escuela superior que se enfrenta a uno de los peores “bullies,” Buddy Revell (Richard Tyson). Jerry hace de todo para escapar de Buddy, que le ha dicho que lo esperará fuera de la escuela a las tres de la tarde para darle una escalpisa. Durante toda la película, Jerry trata de escapar del encuentro. La película utiliza el modelo del Western para demostrar cómo el choque final entre el héroe y el villano que lo atormenta es la esencia misma de la adolescencia. Muchos de mis amigos imitaban al Maverick (Tom Cruise) de Top Gun (dir. Tony Scott, EEUU, 1986), pero siempre preferí a Jim y a Jerry. Todavía recuerdo cuánto me hicieron pensar sobre mi vida estas dos películas. Vi ambas solo y no olvido la caminata de regreso a casa. Un domingo, crucé la Avenida Hostos recordando el momento en el que Jim se reunió con sus padres al final de Empire of the Sun; otro domingo, subí por la Calle Hijas del Caribe pensando en el respeto que Buddy desarrolla por Jerry cuando descubre su valentía al final de Three O’Clock High; y un domingo cerca del 1989, sentado en el parquecito de Los Maestros, me prometí nunca perder mi humanidad por los miedos que me acecharían. La promesa de nunca rendirme nació en el Roosevelt.

En el 1989 cumpli dieciocho años y en agosto entré a la Universidad de Puerto Rico, el espacio que me abrió los ojos al mundo. Ese año también descubrí Cine Arte, un cine que ya no existe y que estaba localizado en la Avenida Ponce de León. En sus salas, vi por primera vez un cine muy diferente al del Roosevelt. Allí experimenté The Cook, the Thief, His Wife, and Her Lover (dir. Peter Greenaway, Países Bajos/Reino Unido/Francia, 1989), cuyo uso de colores para definir cada espacio es de los más alucinante que he visto; y Cinema Paradiso (dir. Giuseppe Tornatore, Italia, 1988), con la cual volví a soñar con la lluvia, el amor y Ulysses (dir. Mario Camerini, Italia/Francia/EEUU, 1954) (busquen la escena en Cinema Paradiso, es mi favorita). Aunque seguí yendo al Roosevelt, su enfoque en el cine comercial de Hollywood me empezó a aburrir. Todavía me tiraba la caminata uno que otro domingo, pero para revivir un pasado que ya no estaba. El Roosevelt ha cambiado mucho. La sala con la pantalla inmensa fue dividida en dos más pequeñas. Aunque entiendo la decisión para competir con otras salas y generar más dinero, para mí fue doloroso este cambio. También les confieso que me dolió mucho cuando pintaron por encima del mural de los taínos ahogando a Diego Salcedo. La pintura incluía el verso de Juan Antonio Corretjer: “¡Mataréis al dios del miedo; sólo entonces seréis libres!” A pesar de estos cambios, siempre le agradeceré a los dueños del Roosevelt que me dejaran aparcar mi bicicleta en una esquinita del lobby para que no me la robaran mientras veía la película. El espacio cambió, pero espero que siga contaminando con sueños la realidad de algún otro niño de Roosevelt. Cada calle de Roosevelt desemboca en una nueva historia gracias a mi primera escuelita de cine.