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Agua Maravilla

La caja la recibió abierta y rebuscada. Luego de contar los frascos y de hablar con su madre, confirmó que le faltaban cosas. Siempre pasaba, pero no tenía a quién reclamar. Solo le quedaba esperar el próximo paquete y rogar que esta vez su madre pudiera envasar las cremas en otros recipientes menos llamativos, quizá. Llevaba año y medio en la cárcel. Todavía se dilucidaba el caso, pero por lo que se ventilaba en los medios, solo se tramitaba su extradición, pues le tocaba una condena larga en una institución federal.

Desde el día cero había sido fiel a su rutina nocturna: primero se lavaba bien para sacar todas la impurezas, la piel muerta de la cara y dejarla bien fresca; luego, tonificaba todo el rostro con agua de rosas y lo humectaba con crema Pons, tal como su madre le había indicado en sus últimas conversaciones. En la mañana volvía a lavarse la cara —con la limpiadora de Estée Lauder, porque el jabón de baño era muy fuerte para su piel delicada y bella—, la humectaba nuevamente con Pons y se aplicaba protector solar por si tocaba salir al patio. Una vez a la semana: la mascarilla reafirmante para el cuello y las manos.

Wichito no era maricón. ¿Un machote como él? Jamás. Lo que sí era él era un mamito, con placa y pistola, y muy pocos escrúpulos, con tan pocos que hasta le costaba acatar las leyes de la naturaleza. Bueno, con solo decir que era un asesino basta.Otal vez, no. Tal vez habría que añadir que abusaba del poder que tenía y que era un engreído. Cuando ingresó al cuerpo policial sus ínfulas eran inmensas, no dudaba en exhibirse como el que más frente a sus amigos y familiares. Venía al pueblo a desplegar su poder y testosterona por las cuatro esquinas. Cuando hizo lo que hizo, a muy pocos les sorprendió. Eso se veía venir de un hombre como él que, sin encomendarse a nadie, tumbaba cocos con su arma de reglamento mientras los chamacos del barrio trepaban la palma al mismo tiempo. En esas tardes de paseo por el campo, cansado, se tiraba bajo el palmar a fumarse un pitillo de mariguana de los que guardaba en su cajetilla de cigarrillos. Era todo un ejemplar; un Agente de Arrestos Especiales que mató a un jovencito que suplicaba por su vida arrodillado y esposado. No le temblaron las rodillas, para eso era todo un macho de Ley y Orden. Pero ver los surcos del tiempo marcados en su rostro lo hacía cagar blandito. Todos tenemos nuestro talón de Aquíles, supongo. Entonces, decidió buscar la fuente de la juventud en la cárcel y gastarle el dinero a su familia a partes iguales entre productos de belleza y abogados. Ya son cuarenta años de la muerte de la joven víctima de Wichito, y Wichito sigue vivo y preservado. Entonces pienso en lo mucho que hay que quererse. Quererse con cojones.

Estación a la deriva (X)

ÁMSTERDAM, 1995 // No estoy aquí. No estoy, no estuve nunca. / No veo esta ciudad que se abarrota / de rostros sin historia. Me es ignota / y acaso necesaria. Esta voz trunca / la dice y la desdice sin saberla / y apenas sin oírla. En cada calle / tan suya ella se guarda su detalle / y tú el tardo deseo de tenerla. / Las putas y la hierba, la bocina / de un tren gastado y viejo que camina / por los pasillos de este laberinto / que es Ámsterdam, la sucia, la que implora / las sobras del amor, la que atesora / un sueño en cada cual, tal vez distinto.

*

ÁMSTERDAM ES TAN DISTINTA a las ciudades que conozco que apenas comienzo a asumir que estoy aquí, caminándola. Hoy el día ha sido de pura y deliciosa disipación. Caminamos calles delgadas, entre viejos edificios, bordeamos canales interminables, visitamos varios cafés, tomamos cervezas aquí y allá, fumamos y alucinamos por las calles no menos alucinantes. Felizmente, aquí todo dista de lo que conozco. Las mujeres, bellísimas, conducen sus bicicletas en minifaldas cortísimas, bellas mujeres de cuerpos aún más bellos, calmadas. Por cada esquina ves un derroche de belleza inusitado, y todo te sorprende con calma, sin la urgencia de tener que escapar al instante. Hoy recorrimos las calles de la parte más antigua de la ciudad, parándonos dondequiera, dialogando, comiendo, bebiendo, fumando. Cavilamos sobre todo y sobre nada, sobre la posibilidad de ser otros, sobre la posibilidad de que este viaje a Europa nos haya cambiado irremediablemente. Escribir aquí, en el tercer piso de un hotel barato, frente a un canal, junto a la grandiosa estación central de trenes; sencillamente estar aquí, trazando líneas para que se las trague el olvido, es ya de por sí vivir de otra manera, es saber que existen otros mundos habitables, y que la pobreza de nuestro encierro insular puede ser abolida. Estar aquí es poder dejar de ser esto o lo otro, y sencillamente no tener tan claro qué es lo que soy, si algo soy. Estar en Ámsterdam es no sentirme solo dentro de la soledad absoluta, es habitar miles de cuerpos y de formas, e ir poco a poco diluyéndome en los otros, los que me confirman y me niegan, los que creyeron mirarme y que no vi, pero estuvieron allí, formando una tela infinita y cambiante. Ámsterdam es ahora para mí esa tela de Penélope tejida y destejida cada noche y día. Estar aquí, en la deliciosa y sucia Ámsterdam, donde abundan el sexo y el arte, el alcohol y la hierba, es al fin y al cabo descubrir que soy otro, acaso desconocido para mí mismo, y que siempre he buscado secretamente alejarme de la lucidez de los cuerpos lastimosamente reprimidos, y que el asceta puede ser un gran resentido, hambriento y sediento de aquello que aparentemente repudia. Soy otro, he sido otro, dos días en Ámsterdam me han bastado para saberlo. Sé que Ámsterdam siempre será un sueño al que buscaré regresar.

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LAS CALLES CEDEN, SUCIAS, al que pisa / con vago afán, con paso tembloroso, / y en súbito delirio una sonrisa / emerge de lo oscuro. Ese reposo / estalla entre las piernas de la prisa / y le deshace el rostro, ya borroso, / y le mutila el vientre y la esclaviza / hasta abolirla. Muero en el dudoso / preludio de las calles, y sonrío / con una risa extraña. Me extravío / y siento que me llaman a lo lejos, / en un rincón del mundo que no he visto / y acaso no veré. Tan sólo existo / en la fugacidad de los espejos.

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EL AGUA ME INTERROGA EN CADA ESQUINA. / Me pierdo y me recobro en ese rito / de arena. Cada calle que transito / me muere y me renace. Una bocina / de tren me llama. Habito la escalera / que desciende al canal, y en ese trance / decido asesinar la tonta espera. / Ella muere a mis pies. Que en paz descanse. / El agua me interroga en los rincones / del mundo, y se desborda en los salones / y me saca a las calles. Yo camino / y corro y me sujeto de los puentes / pero el sonido sordo de la gente / se rompe en mí y me arrastra a su destino.

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PARA HABLAR DE UNA CIUDAD ALUCINANTE habrá que alucinar, que descender en el rito difuso de las hierbas y las sales. Para hablar de Ámsterdam habría que usar otra lengua en la que el miedo y el deseo, la sal y la sangre, se mezclaran y fueran uno y una. Habría que difuminar los sentidos, dejar que el tacto, el olor y el sabor hablaran, permitir que cada sensación y cada disipación fuera relatada en sus propios términos, en su propia lógica de sudores y locuras. Para hablar de Ámsterdam sencillamente habría que beber y fumar como si se acercara el fin del mundo, y este paseo que damos fuera el último y definitivo. Para hablar de esta ciudad habría que tomar un largo respiro y sentir cómo cada cosa te llama y cómo el flujo de todo es el flujo propio, el de los pasos propios que se dejan llevar. Y sonreír y sonreír, hasta disiparse en la risa.

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VOLVER A TI, VOLVER. Volver al sueño / de no soñar. Volver, volver aprisa / y nunca despedirse o tener dueño. / Volver aunque nos cueste la camisa. / Volver a ti y pisarte en la tiniebla, / beber el magma inquieto de tu origen / y compartir el tacto que te puebla, / besarte en cada estatua que te erigen. / Volver a la promesa de tu boca / y en ti sentir que el orbe se trastoca / para decirte, a ti, la más querida / de entre las soledades en que habito / y así sentir que el rito es infinito / y que en el rito se nos va la vida.

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HEMOS NACIDO SIN DIOS QUE NOS PROTEJA. Hemos nacido sin padre ni madre, sin tierra, sin historia. Hemos nacido tan abismalmente solos que es difícil decirlo. Nacimos sin promesa de salvarnos, sin sueños por cumplirse. Nacimos desatados al mundo, con la furia de sabernos sin raíces, con la alegría indecible de no estar atados. Nacimos de nuestra contradicción perpetua, de la pregunta incontestable, de la piedra que rueda cuesta arriba y cuesta abajo. Nacimos de Sísifo. Nacimos de un vientre sin rostro, pero añoramos dicho rostro, su cuerpo, sus sales. Nacimos de la contrariedad de haber nacido, de ese dolor profundo, de esa herida que no sana, y al final sólo queda la muerte, la desnuda muerte que va puliendo sus gemas.

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SOBRE EL TACTO FUGITIVO / de tus dedos voy forjando / la pregunta: ¿cómo? ¿cuándo? / ¿Se me escapa algún motivo? / En el rostro frío, esquivo, / me recobro y me retengo. / De este mágico abolengo / de caricias desprendidas / nacen mil cosas queridas / que querría y que no tengo.

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NO NOTARÁN LAS CALLES QUE ESTOY VIVO. / Seré una cosa más, un amuleto / del viento, la promesa de un secreto / que no revela nunca su motivo. / No ser en un balcón, no ser al lado / del tren o de un café lleno de gente . / Esa es la solución: no se de frente, / de espalda, bocarriba o de costado. / No ser. Que sólo el mundo viva y sea, / que nos borre la espuma en la marea / y se deshaga en cada movimiento / el paso que hemos dado hacia el abismo. / Que todo, en un morir consigo mismo, / se borre. Que este verso se haga viento.

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QUE SE ROMPA LA NOCHE y el hueco que quede se haga inmenso. Que el vino que fluye por mi boca traiga nombres antiguos. De la sal surge el recuerdo, de la sal en los ojos, de las sal en el vientre y en la piel. De los mares de sal que fluyen por la espalda se sacian los ríos, pero la sal y se derrama el agua. Que se rompa la luz y en la tiniebla podamos gozar el rito antiguo. Que se rompan las calles de París, pero que queden tan grabadas en mi mente que pueda habitarlas a mi antojo. En medio de esas calles te hallaré, tan descansada de mí que has de matarme. Entre rostros nacerás y crecerás como ninguna, y en el mismo centro de tu anonimato gritarás mi nombre. Que se rompa mi nombre. Que se rompa esta sílaba de viento. Encuéntrame fugaz, sentado en un café, rondando librerías, sorbiendo el vino que ahora sorbo. Encuéntrame proteico, polimorfo, en el rito mismo de las mutaciones. Encuéntrame en las metamorfosis del silencio, en las variaciones de esta soledad entre multitudes. Encuéntrame feroz, en la embestida, deshaciendo la brecha que nos guarda, rompiendo de golpe esta distancia de siglos, y arrástrame, deshecho. Pero antes, que se rompa la noche y que quepamos en el hueco que quede, y que ese abismo nos colme y nos exceda, para que no volvamos a estar solos, y una vez reunidos en el rito del vino y de las sales, ya no seamos dos, sino uno solo, roto y desbordado en el vacío.

La Batalla del Asomante: A 120 años de la resistencia a la invasión norteamericana de 1898

En 1898 al cumplirse 100 años de la invasión norteamericana a Puerto Rico dimos a conocer uno de los episodios más significativos de la llamada Guerra Hispanoamericana. Se trata de la Batalla del Asomante del 12 de agosto de 1898, que de ningún modo debe pasar inadvertida por la conducta valerosa de las fuerzas españolas y de voluntarios que bajo el mando del capitán puertorriqueño Ricardo Hernaiz obligaron a retroceder a las tropas del comandante Lancaster, el mismo día que se firma el armisticio en Washington.

Dejamos claro, sin embargo, que, al resaltar la resistencia de la invasión norteamericana, no queremos que se tome como exaltación o adulación al decadente imperio español ya en franca retirada histórica. Aibonito precisamente vivió en carne viva el terror de los “compontes” en el año terrible del ’87. Fue desde allí que el general Romualdo Palacios, a la sazón gobernador militar de la Isla, desató la más feroz persecución y tortura contra los que luchaban para despertar la conciencia nacional puertorriqueña.

Palacios llegó a la Isla el 2 de marzo del “ano terrible” de 1887 a bordo del vapor Isla del Cebú. Para este, cada criollo era un traidor potencial, un ente de sedición y rebeldía que era merecedor de trato especial para componerle. De ahí el nombre de Componente. Esta palabra del vocabulario de los cubanos describía la política de corregir, o componer; se componteaba a los acusados sometiéndoles a innumerables torturas.

Instituyó este régimen mediante una proclama que emitió el 5 de septiembre de 1887, una orden represiva que impulso desde del pueblo de Aibonito, en las montañas de la Cordillera, donde estableció sus cuarteles porque desde allí dominaba las ciudades de Juana Díaz y Ponce, cuna de los liberales y autonomistas.

El liderato autonomista sufrió allanamientos nocturnos. Eran sorprendidos en sus hogares mientras dormían y conducidos atados de las colas de los caballos hasta la cárcel, en donde, a consecuencia del cepo, la tralla, los latigazos, las amenazas de confiscación de bienes y otras torturas nocturnas inhumanas obligaron a los cautivos a confesar los actos delictivos no cometidos. (Antonio S. Pedreira. El año terrible del 1887, 3ra. Edición, San Juan, 1948.)

Tampoco queremos hacer historia parroquial, sino demostrar que aquí hubo resistencia. No la que Betances anticipaba, pero la suficiente para echar abajo los sentidos de impotencia colonial que quieren transmitir los detractores de nuestra patria. Los mismos que han querido tergiversar la historia con sus absurdas tesis de la invasión por “invitación”.

La organización militar de España en Puerto Rico, cierto es, probó ser en extremo débil y la voluntad de resistencia de algunos oficiales quedo desamparada. La tanta veces invocada lealtad puertorriqueña, a las instituciones españolas se había esfumado.

Lo anterior lo confirma el testimonio que recogió en 1937 la hermana de la afamada escritora Clara Lair (Angela Negrón Muñoz) del alcalde aiboniteño don Fernando Pont Zayas:

“Fui teniente de voluntarios en la época de España, pero como medida de precaución, antes de que desembarcan por el puerto de Guánica las tropas americanas, presenté mi renuncia con carácter irrevocable, ante el capitán don Antonio Manjón. Con esta actividad discreta, me evité el tener que pasar después por el mal rato de un embriscamiento, que siempre estaba algo flojona, sobre todo en entrenamiento militar. Ni con descargas cerradas lograban dar en el blanco. Al estallar la guerra hispanoamericana había en Puerto Rico mucho entusiasmo por la causa de España y la opinión general era que los tocineros del norte saldrían derrotados en la contienda por no tener una buena preparación en el arte bélico. Sobre este particular yo tenia mis reservas mentales y creía lo contrario de los demás, porque precisamente por ser los yanquis, los dueños del tocino y de la manteca con seguridad caería del lado de ellos el sabroso fruto de la victoria. Y así fue.” (Angela Negrón Muñoz. Aibonito. Puerto Rico Ilustrado. Número 114, págs. 16 y 17). La voluntad de resistencia de algunos oficiales había quedado desamparada. Así le ocurrió al capitán José Torrecillas en las cercanías de Hormigueros. Torrecillas, que se batió con bravura en Hormigueros, pedía en vano refuerzos que nunca llegaron, y cuando en un gesto de desesperación, estaba dispuesto a cargar la bayoneta, mediante una treta, fue sacado del lugar de combate por el comandante Jaspe y el capitán Huertos. (Ángel Rivero Méndez. Crónica de la Guerra Hispanoamericana en Puerto Rico. Plus Ultra Education Publishers, Inc. Págs. 304-312).

Como había previsto Agustín Morales (de la Sección Puerto Rico del Partido Revolucionario Cubana), muchos voluntarios desertaron y con la excepción de las acciones de la Batalla del Asomante, del combate de Guamaní, de las guerrillas de Juancho Bascarán en el Guacio y su litoral; y las partidas de Águila Blanca “José Maldonado” y Rafael Colorado que echaron su suerte junto al ejercito español, no hubo mayor resistencia. (Juan Manuel Delgado, Juancho Bascarán, una experiencia guerrillera del 98 en Puerto Rico. Santurce, Ediciones Hechos, 1976; y Rivero Méndez, págs. 201-203).

En muchos pueblos escribe Cruz Monclova – las tropas norteamericanas fueron acogidas con cooperación, “pero no siempre alcanzaron tan cordial recepción. Pues se en distintos pueblos sendos grupos de individuos recorrían el lugar enarbolando la bandera de la Junta Revolucionaria de Nueva York y vitoreando la independencia de Puerto Rico, entre otros, como en Fajardo, las fuerzas de invasión fueron objeto de repetidas pedreas”. (Historia de Puerto Rico, III, Tercera Parte, págs. 219-223).

También fue el caso de Utuado, en el sector Cuba, donde los habitantes atacaron con palos y piedras a los soldados del capitán MacDowell, dejando casi muertos a unos cuantos. Estos estaban ya advertidos por el mismo alcalde Don Ramiro Martínez, pues los soldados trataban de abusar de mujeres de familias respetables. (Pedro Hernández Paraliticci, Utuado: Notas para su Historia, San Juan, 1983 y Julio Tomas Martínez. Crónicas Intimas de la Guerra del 1898, Arecibo, Puerto Rico 1946).

Vale señalar que el entusiasmo general si bien parecía mayoritario, no fue unánime y que, como apreciara Miguel Meléndez Muñoz, “no falto tampoco la actitud noble y correcta, de quienes mantuvieron cerradas con altiva dignidad las puertas de sus casas al paso del ejercito invasor o quienes, alineados en las aceras, los vieron pasar en silencio.” (Rivero Mendez, pag. 322. Vease además, Karl Stephen Hermann, From Yauco to Las Marias. Badger and Co. Boston, 1900. Pags. 32, 68-69).

Consideramos exagerado llamar “desfile” a la campana militar de Puerto Rico en 1898. Si bien fue una conquista rápida, pretender describirla como un paseo (como lo hacen los historiadores norteamericanos A. Nervins y Henry Steele) es faltar el respeto a la memoria de los hombres que murieron o derramaron su sangre en ella.

Ciertamente heroica fue la conducta valerosa de las fuerzas bajo el mando el capitán puertorriqueño Ricardo Hernaiz, que obligaron a los norteamericanos a retirarse. En esa acción murieron dos soldados, hubo dos oficiales y tres soldados heridos, todos norteamericanos.

Tampoco debe ignorarse la heroica muerte del comandante español Rafael Martínez Illescas en Coamo, donde cayo también en combate contra los norteamericanos, el capitán puertorriqueño Frutos López (Rivera Méndez, págs. 241-249), que durante la invasión se paseo a caballo frente a sus tropas por lo menos seis veces, exponiéndose a los disparos que le hicieran sin interrupción por espacio de una hora, hasta caer muerto. Viendo que la derrota era inevitable y entrando la rendición personalmente inaceptable, vio en su propia muerte la salvación de la vida de sus hombres. “Su muerte fue la de un héroe”, reconoció un capitán estadounidense. (Rivero, Ibid).

“Porque la muerte del héroe no es suicido ni aun autosacrificio; es la mostración del deber ciudadano en su máxima expresión de moralidad. Por la muerte del héroe se reafirma su verdadera humanidad. El héroe es héroe porque asume la responsabilidad de todos los indiferentes”.

El Testimonio de un Combatiente de la Resistencia a la invasión, en la Batalla del Asomante del 12 de agosto de 1898

El Testimonio de un miliciano en las Trincheras

Un testimonio escrito por Antonio Blanco Fernández y fechado el 4 de septiembre de 1910, quien combatió en las trincheras Alturas de Colon y el Cerro Gervasio del Asomante da cuenta de las vicisitudes y las condiciones angustiosas en que se resistió la invasión norteamericana en el Aibonito de 1898. La narración es parte de una compilación de trabajos en prosa y versos de la Sociedad de Escritores y Artistas de Puerto Rico que se publicó en 1912 con el titulo de Plumas Amigas (Compilación de la Sociedad de Escritores y Artistas de Puerto Rico, Tip. Cantero, Fernández & Co., Inc., San Juan, Puerto Rico).

Los trabajos de esta temprana antología de la literatura puertorriqueña, incluye lo mas excelso de la intelectualidad de la época. Declara su prologuista Cayetano Coll y Toste, su interés porque el idioma nuestro sea prenda de desenvolvimiento histórico;

“encarnación de nuestro modo de ser, que mientras lo conservemos podemos aspirar a defender nuestra personalidad étnica. Pueblo que tiene idioma propio no puede sucumbir, si defiende.” (Coll y Toste, diciembre de 1911).

La importancia de Antonio Blanco Fernández como escritor, va más allá del cuento Desde la Trinchera, pues fue autor de libros y publicaciones de mayor importancia como Alma Puertorriqueña, Primer Premio Medalla de Oro en Certamen de 1908, Ibérico, (1912-13), Revista Ilustrada de Literatura; Memorias de un Indiano, (1922), España y Puerto Rico, (1930), y consecuentemente colaborador de la prensa escrita puertorriqueña entre los anos (1919-1929).

Su significación en las páginas de la Historia de la Guerra Hispanoamericana, tienen que ver con su participación en el Batallón Provisional Núm. de voluntarios y sus narraciones testimoniales antes de que su amigo Ángel Rivero, lo hiciera en 1922 con su famosa Crónica de la Guerra Hispanoamericana en Puerto Rico. Aunque se limita a relatar ligeras impresiones de su vida, sus testimonios revelan la importancia estratégica que se le asignaba a Aibonito y al área central de la Isla, así como la participación de voluntarios puertorriqueños y extranjeros en los Batallones Provisionales y del Principado de Asturias. Este último había estado en Cuba y tomo parte activísima entre los elementos de fusilería que defendieron las posiciones de El Morro, el día del bombardeo, 12 de mayo de 1898. Luego este Batallón Principado de Asturias, se ocupó de la resistencia a la invasión norteamericana en Aibonito junto al Batallón Cazadores de la Patria que combatieron heroicamente en Coamo.

En Memoria de un Indiano, Antonio Blanco Fernández, teje crónicas, impresiones de vida y cuentos amenos y sencillos. Como admirador de la obra de José de Diego, a quien le dedica el escrito “De Diego, era de Sándalo (pp. 67-71), se afirma en la necesidad de transmitir sus íntimos y nobles sentimientos a nuestra tierra. Blanco Fernández, fue sobrino de Manuel Fernández Juncos, que en el 1898 fungía como el secretario de la Hacienda Pública del Gobierno de Puerto Rico. Sus recuerdos de la Guerra Hispanoamericana están contenidos – además del cuento mencionado arriba Desde la Trinchera, en relatos como ¡Iban a fusilarme!, El ultimo cañonazo en Aibonito; Lista de Rancho y el Capitán Aguado; Los huevos de Barranquitas, El Milagro de las Cruces, La entrega del mando, A Cenar con una partida de sediciosos.

En El último cañonazo en Aibonito, Antonio Blanco Fernández, narraba lo que supimos por la crónica de Ángel Rivero, sobre el desarrollo de la resistencia al ejército de invasión en Aibonito, el día 12 de agosto de 1898, en las posiciones del Asomante, de la Alturas de Colon y del Cerro Gervasio. Lo que nos aporta Blanco en su relato, es que formaban el Estado Mayor algunos puertorriqueños, entre ellos los Capitanes Carlos Aguado y Ricardo Hernaiz. Confirma, además, las limitaciones de pertrechos y armas y la valerosa conducta de estos oficiales en la defensa del Asomante:

“No había más de dos pequeños cañones de una Sección de Artillería de Montana, uno de los cuales fue desmontado enseguida por un certero disparo del enemigo. El bravo Capitán Lara (quien según tenemos entendido ascendió por aquella acción a comandante) dirigía, trepado sobre una de las más altas trincheras, los disparos de la fusilería. Y eran tan exactas sus órdenes, que cada vez que disparaban una sección, solo se escuchaba un fogonazo. Las trincheras habían sido consumidas por nosotros, con la debida antelación. (El último Cañonazo en Aibonito en 1922, pp.101-106.)

Publicado como introducción al cuento originalmente en la Revista América de la
American University en mayo de 1999.

Desde la Trinchera: Cuento Testimonial de Antonio Blanco Fernández

Anochecía… Por un suave repecho contiguo a la vereda, larga y a veces fatigosa, que se dilata desde la Carretera Central hasta el pintoresco pueblo de Barranquitas, y por el sitio denominado Alturas de Colon, subía paciendo, libremente, un caballejo blanco, lleno de mataduras y miseria desde el mezquino raba a la cabeza.

Cansado yo de recorrer aquel monótono paisaje, a ratos distraía la visual hacia el sitio donde estaba el caballo o mejor dicho, aquella ruina abandonada a la inclemencia de los tiempos y a las necesidades mas atroces, pues que siempre pacía en el mismo reducidísimo predio donde ya no quedaba mas tierra y muy raras plantas salvajes.

Sin embargo, ha de tenerse en cuenta que por aquella jurisdicción no había de haber entonces nada medianamente comible, porque hasta los mismos gatos peligraban. La sufrida tropa española estaba obligada al mísero cotidiano rancho, porque los extras no acababan de llegar por aquellos contornos, entonces ocupados por varias compañías de cazadores, que esperaba a que los invasores se decidiesen a escalar el peñón del Asomante.

Componíase la escasa menestra de unos centenares de habichuelas bailadoras, de estas que jamás bajan al fondo del puchero; ¡más duras que los balines del Mauser!…

El arroz solía aparecer de cuando en cuando en los barrenos de zinc, y las patatas no se dignaron visitarnos hasta que regresamos a Cayey. Allí ya nos daban el pan de cada día, que era mucho decir porque allá en las trincheras es el pan de un verdadero contrabando solamente lo comía el que se decidía a adquirirlo con su propio peculio y a escondidas de los severos oficiales.

Lo que si había en abundancia eran galletas duras y mohosas, de las que tuvo el gobierno preparadas para la escuadra española…que no vino.

La densa bruma de la tarde lluviosa iba invadiendo lentamente los empinados cerros de Aibonito y la Verdeante espesura de los bosques vecinos.

El caballejo blanco afectaba la forma de un brochazo en el fondo de la campiña desolada. Al principio semejaba albo panal tendido en el ribazo; luego fue transformándose en leve mancha cenizosa, y poco después quedo anulado por el tupido cortinaje de la noche.

Un toque de cometa vibro en los aires, plañendo, cuyo eco resonó los confines del valle y fue a la vez repetido por las múltiples lomas y montes y breñales, extinguiéndose luego en las oscuras lejanías.

El Cabo de guardia recorrió la trinchera con un nutrido grupo de soldados, practicando el relevo. Dos horas tócome entrar también en aquella honda trinchera, que parecía una sepultura, abierta por nosotros y quizás para nosotros mismos.

Transcurridas dos horas de ordenanza, tuve que permanecer otras dos custodiando los pertrechos de guerra que teníamos bajo improvisado conuco, hecho de verdes pencas de palmer, dentro del cual también entraba el agua a chorros.

Después de las cuatro horas de servicio, que era el tiempo ordenado, tuve dos de descanso, y a las dos de la madrugada despertabame nuevamente el mismo cabo para conducirnos otra vez a mi sitio anterior, o, mejor dicho, a mi entierro transitorio.

El agua caía, caía repiqueteando en las hojas del mísero conuco y sobre nuestros desfallecidos cuerpos; zumbaba sordamente el tenaz ventarrón, helándonos la sangre.

En aquella trinchera estábamos, metidos hasta el cuello, dieciséis centinelas que parecíamos dieciséis inmóviles, tocones…Ni se podía fumar, ni respirar apenas.

Aquel silencio lúgubre, absoluto, donde había tantos hombres enterrados, semejaba el de los medrosos cementerios.

A ratos aparecían algunos fuegos fatuos, que surgía de entre las ramas del inmediato bosque. Recordaba, al verlos, las leyendas que había escuchado allá en mi hogar, en las gratas veladas de las noches de invierno….

Mis cariñosos padres, me decían que más de los seres en pena. ¡Y a mí se me erizaban entonces los cabellos, como al feliz creyente…! dichosa edad que únicamente vuelves en forma de recuerdo para hacer más penosa la jornada de esta picara vida! ….

Pensando yo en estas cosas y en mis queridos padres, que ya en aquel entonces no existían en la tierra evocando las horas y los felices días de mi lejana infancia, cuando tanto me impresionaban las raras lucecillas al verlas salir del cementerio o de los sitios pantanosos, note que hacia mi sitio se aproximaba un punto negro

Como no era todavía la hora del ansiado relevo, supuse que seria el visitante alguno de los Cabos o el Sargento que vendría a pedirme el Santo y Sena o la Consigna. Estaba en un extremo de la trinchera, sitio el más peligroso y expuesto a los ataques, por sorpresa del enemigo.

El ignorado visitante seguíase acercando muy cautelosamente, embozado hasta los ojos en su capote negro. Yo permanecía como una estatua envuelto en mi gruesa manta que había comprado en la capital de la isla a uno de los voluntarios que llegaron de la Republica de Argentina, de paso para Cuba.

Permanecía como una estatua, con el brazo derecho apoyado en el extremo superior del cañón del fusil, y la siniestra sujetando el cuchillo del Mauser, el cual tenía envuelto en parte de la manta, con el fin de evitar que se enmoheciera con los efectos del agua.

La fantástica silueta llego, por fin, tocándome el hombro con la punta del sable.

Yo continúe impasible, como petrificado, pero sin experimentar efecto alguno que me sacara de aquella inmovilidad absoluta. Los músculos estaban entumecidos por el frio excesivo, el agua y el cansancio y como yo estaba cumpliendo mi deber y tenia mi conciencia tranquila, a nadie ni a nada le temía.

“Oye-me dijo el embozado, en voz muy baja y casi juntando su cara con la mía, – ¿estas durmiendo? – ¿Creo que no – respondí fríamente – no duermo de pie, como lo pájaros…? Mira que soy el capitán y ni me diste el “quien vive” ni preséntate el arma”. Pues aquí esta – replique yo – sonando con la diestra la caja del fusil y agregando el consabido, “no, no hay novedad, mi capitán”, … “Bueno está bien – mascullo el – haciendo una pequeña pausa, continuo, “Escucha, ¿tu no tienes por ahí algo con que calentarme las tripas, porque hace un frio de mil demonios? … – ¡Una bala! …iba yo a contestar, pero me arrepentí, y echando mano a la pequeña damajuana, cuya cabida no llegaría a medio litro de anís mallorquín que me había enviado mi hermano Manuel desde Rio Piedras, y la cual damajuana venia provista de una estrecha correa para colgarla del hombro, la aproxime a los sedientos labios de mi jefe, en tanto que este glosaba un poema de satisfacciones, bendiciendo la hora en que Dios, todo bondad, había echado por allí cosa tan exquisita.

El riquísimo néctar sonó por breves instantes en sus fauces resecas, como un chorro de agua cristalina al resbalar por la grisácea roca.

¡Superior! …!Superior! … ¡Bendita sea Mallorca! prorrumpió el digno jefe de aquel destacamento, pasándose el dorso de la mano derecha por el húmedo hocico…” – Hasta luego, hasta luego y ten cuidado por ahí, que no se acerque nadie agrego el satisfecho Capitán, perdiéndose en seguida en la profunda obscuridad de aquella noche tempestuosa.

Como a los diez minutos de haberse desarrollado esta graciosa escena entre el Capitán de aquella fuerza y el recluta, procedente del “Instituto de Voluntarios” en esta Isla, aparecieron simultáneamente dos sombras que venían en la misma dirección que la anterior trinchera adentro, y chapaleteando agua como si vadearan algún rio.

¿Otra visita? Dije para mí – creyendo que alguien le habría olido el aliento al Capitán…

Los visitantes eran un Cabo y un soldado – “Vamos a ver – me interrogo el primero, en tono algo despótico – ¿Qué es lo que te sucede?”

Me quede perplejo, sin saber a que venia aquella necia pregunta, “Pues aquí me mando el Capitán con este numero para que te relevase enseguida. Me dijo que te sentías algo indispuesto y que así se lo acababas de advertir ahora mismo… Que te llevara a la tienda de campaña, donde está el y los demás oficiales…

Continúe en silencio. Mas, aunque de momento me llamo la atención aquel misterio…pronto caí en cuenta, explicándome todo lo que acababa de ocurrir…Al Capitán, lo menos que le importaba era el supuesto malestar del soldado, lo que si le interesaba mucho era la tentadora damajuana… Pero no estaba bien que se llevara el caldo y dejara los huesos dentro de la trinchera …!el caso era de rigurosa conciencia”…

Cumpliendo, pues, las ordenes del vivo Capitán, retíreme, contento, del servicio, yéndome a dormir cómodamente a la tienda del Estado Mayor, hasta que brillo el sol en aquel inolvidable campamento…

Ahora bien: ¿y el caballejo blanco? preguntara el lector amable. Pues el pobre animal, no lo volví a ver más. Lo único que te puedo decir es que, al día siguiente, por la tarde, nos mandaron de inmediato destacamento una posta de carne hábilmente adobada que – con el apetito – nos pareció sabrosa. Y, claro está, como allí no se creía en los milagros, al recibir semejante sorpresa, en forma de adobo, tuvimos que pensar en que algún sacrificio clandestino se habría cometido, la noche de auto, por aquellas alturas…

*Tomado de Plumas amigas. Compilación de trabajos en prosa y verso de miembros de la Sociedad de Escritores y Artistas de Puerto Rico. San Juan, Puerto Rico, septiembre de 1910.

* El autor es historiador y profesor universitario

Será otra cosa: Tomar nuestras ruinas/PR 3 Aguirre de Marta Aponte Alsina

El imperativo del paraíso insiste en abolir de una vez por todas, de un solo golpe, la necesidad, la extrema pobreza. El objetivo del infierno persiste en extraer la riqueza y transformarla en otra parte. De nosotros, que fuimos americanos, y del experimento del cual formamos parte, solo quedará, tal vez, algún objeto inexplicable, un decir enigmático. (Marta Aponte Alsina, PR 3 Aguirre 278)

Entre varias puertas de salida en aeropuertos, escribo impresiones sobre PR 3 Aguirre, de Marta Aponte Alsina: “Todo paisaje representa una topografía humanizada por los afectos” (282). Las puertas de salida fueron en San Juan, Dallas y Phoenix, el día que el Tribunal Supremo de Estados Unidos de América ratificó el llamado “travel ban,” propuesto por Trump, de personas procedentes de varios países “peligrosos.” En el catastrófico contexto pos María, imagino que Trump ve las imágenes de miles de puertorriqueñas y puertorriqueños llegando a los aeropuertos que concibe suyos y se la pasa enfurecido por la ciudadanía impuesta a la gente peligrosísima de mi país. Esa imposición le conviene al suyo, excepto que no le permite a Trump poner “Puerto Rico” en la lista de países peligrosos. Pírrica victoria para las tretas del débil, pero, al menos nos ofrece un guiño: “Los imperialistas que asumían como un deber moral la posesión del mundo no habían anticipado las consecuencias: ser invadidos a su vez por las multitudes pobretonas y chillonas del mundo” (165).

Una podría resumir la historia del colonialismo estadounidense en Puerto Rico refiriéndose a un péndulo que tramita intensidades y pérdidas –políticas, económicas, emocionales– de la calle al aeropuerto (antes, al puerto) y de vuelta. En nuestro archipiélago, los viajes, de todo tipo, son la permanencia. Y todo viaje implica siempre alguna pérdida. PR 3 Aguirre es el único libro que conozco capaz de capturar ese trasiego, tanto en su forma como en sus contenidos. Es, sin duda, un médium monumental y un monumento a los médiums de nuestra puertorriqueñidad excedente y chillona. Es también un viaje todo, escrito a muchas voces y formas, afanado en inventariar nuestras pérdidas, como si nos adentráramos a un anticuario armadas solo con un librito de colorear que te invita a trazar líneas para unir puntos numerados, pero sin los números y con muchos de los puntos ausentes.

La voz narrativa-documentalista viaja por la carretera PR 3 a lo largo de muchos años, desde su niñez hasta después del huracán María. Hoy, la PR 3 está hinchada de intensidades, la mayor parte de las cuales es invisible, pero no por eso menos real: “En esa zona hay huellas de la historia mundial de varios siglos, pero el mundo no lo sabe” (9). Viaja, por tanto, por todos los “embelecos” que se le impusieron a la zona (303), todo aquello que se construye para un país de mentira, sujeto a los booms de los recuerdos del porvenir: central azucarera ‘señorial,’ company town de “trabajadores modernos del azúcar,” industria bélica, central termoeléctrica, farmacéuticas, semilleras…

La autora también se asoma a casas estadounidenses en las que no es bienvenida. Cuando los silencios pesan, PR 3 Aguirre asume las voces de la historia, novelando escenas, diálogos, perspectivas. Muchas de las transacciones sobre la tierra puertorriqueña que se hicieran en la segura distancia de casas de Boston se recrean convincentemente en el libro. Asimismo, la voz narrativa-documentalista se adentra en archivos muy bien resguardados, como los de Boston y el Archivo de Arquitectura y Construcción de la UPR, y en otros desparramados, no necesariamente por descuido –aunque hay algo de eso– sino porque el dinero, el demonio de lo elusivo, se movió a otra parte. Esto último ocurre con las ruinas de la Central Aguirre. En los primeros, las ruinas son monumentos. En los segundos, las ruinas son basura. Pero, el libro se niega a que el capital decida. Los convierte a todos en monumentos que revelan y esconden en equivalente medida.

La voz narrativa-documentalista se mueve, a su vez, por vetustos repositorios cuyo racismo rechaza su presencia y por museos de pelos y bicicletas que se abren con amor a los peligros de la escritora curiosa. PR 3 Aguirre considera cada detalle de cartas, diarios, pequeños papeles, documentación de compra y venta de fine arts que otorgaba capital simbólico a los capitalistas hardcore, ritmos como la bomba e imágenes tales como el arte de Nelson Sambolín que desafían el desgaste de la colonia abusada. Rastrea así genealogías familiares de explotadores y explotados y de productos favorecidos y descalificados por el caprichoso capital.

Pienso en PR 3 Aguirre como parte de una constelación conformada por las Venas abiertas de América Latina, de Galeano y Empire’s Workshop, de Grandin. El primero mira la historia de explotación estadounidense en Latinoamérica desde los países explotados, mientras que el segundo lo hace desde el país explotador. Ambos, sin embargo, investigan y reconstruyen esas historias desde las líneas más gruesas. Marta Aponte Alsina mira tanto a explotados como a explotadores, pero se fija en las líneas finitas, a veces hasta imperceptibles, como mosca en territorio de sapos. Nos regala con este libro –y con todo su trabajo– “los caminos antes de incorporarse a los mapas oficiales, a fuerza de ser las rutas más usadas sin permiso” (352). Sus cuentos están en los ínfimos pliegues de apellidos, caminos, bordes, casas, cuerpos; así como de muchas mujeres, cómplices y adversarias, las tan olvidadas por la historia oficial.

Al cerrar PR 3 Aguirre, Marta nos aprieta en una oración el mapa de una zona metonímica, la PR 3 como el país: “Prisiones, semilleras, siembras experimentales, urbanizaciones abandonadas y campos baldíos se reparten los terrenos donde la caña no dejaba respirar a la gente” (360). De ese triste caldo de viajes y pérdidas, sale nuestro sancocho. PR 3 Aguirre es una carta de amor y un ajuste de cuentas con los fantasmas en el caldo y los vivos que persisten. Nuestra única apuesta a futuro quizá sea ser capaces de leer las señales, insistir en el recuerdo, hablar con nuestras muertas, tomar nuestras ruinas.

Nuestra delegación lo demostró ¡Qué buena es!

Soy consciente que el título de este escrito contiene la frase que hubiera utilizado el fallecido compañero y mentor Elliott Castro, quien estoy seguro que de estar vivo hoy hubiera utilizado estas páginas para reseñar la increíble labor de nuestros atletas en los vigesimoterceros Juegos Centroamericanos y del Caribe que culminaron el pasado viernes en Barranquilla, Colombia. En estos juegos nuestros atletas superaron todo tipo de adversidades tanto económicas, de entrenamiento y todos los efectos colaterales del Huracán María para hacer una de las grandes gestas deportivas que hemos hecho como país y presentar una delegación de gran nivel que cumplió y sobrepasó todas las expectativas con una extraordinaria actuación.

Los nuestros se alzaron con más medallas que en Veracruz 2014, donde obtuvimos 84 medallas, mientras que en Barranquilla el total fue de 87. También aumentó el total de medallas de oro (20 vs 15) y de plata (29 vs a 24).

Adriana fue la reina de los Juegos

De todas las hazañas obtenidas durante los Juegos no cabe duda que el copo de Adriana Díaz, quien obtuvo cuatro medallas de oro en los cuatro eventos en que participó en el tenis de mesa (por equipo, dobles femenino, dobles mixtos y sencillos), la acreditan como la mejor atleta boricua de la actualidad. Su temple en momentos de presión y su entrega en cada punto la hacen la capitana de un deporte que en los últimos años se ha convertido en el deporte bandera del país y que nos trajo ocho medallas en total: cuatro de oro, dos de plata y dos de bronce.

Mónica no pierde cuando juega por Puerto Rico

Otro de los eventos que marcará estos Juegos fue la hazaña de nuestra medallista olímpica Mónica Puig quien se convirtiera en la primera tenista de campo en ganar en tres ocasiones consecutivas la medalla de oro de esta disciplina. Puig ha estado batallando lesiones todo el año y nadie la hubiera criticado si hubiera optado por descansar pero su compromiso con el país el cual siempre ha demostrado hizo que acudiera al evento donde nunca ha perdido ni siquiera un partido y donde empezó su historia que la llevaría al oro olímpico. Además de eso hizo pareja en dobles femenino con la juvenil Mónica Matías para también darnos una medalla de bronce.

Se nos escapó un oro en atletismo

La actuación del equipo de atletismo fue una sumamente meritoria con nueve medallas en total: siete de plata y dos de bronce, encabezadas por Beverly Ramos quien participó en tres eventos que totalizaban 18 mil metros, alzándose con tres platas. Su carrera de 10,000 metros será una que será recordada siempre, pues pese a estar a punto de colapsar y tener que ser sacada en camilla, ésta logró llegar a la meta. Dos días más tarde se alzó con la medalla de plata en 5,000 metros, para luego ser medallista en 3,000 con obstáculos, en lo que constituye una participación heroica y de gran carácter deportivo.

Desgraciadamente nuestra mejor oportunidad de obtener un oro se desvaneció con el anuncio de la lesión de nuestra principal figura Jasmine Camacho Quinn el día antes de empezar la competencia.

Alegrías en baloncesto y el diamante

Los equipos de baloncesto, softball femenino y béisbol dejaron claro que los boricuas seguimos siendo una de las grandes potencias en deportes de conjunto.

En el baloncesto masculino obtuvimos el oro no solo en el de cancha sino en la modalidad nueva de “3 pa 3”, donde solo perdimos un juego (por un problema de transportación, el cual fue confiscado), mientras el femenino de cancha se alzó con un bronce.

Mientras en el diamante el equipo masculino de béisbol venció de manera consecutiva a Venezuela, México, República Dominicana, Colombia y una histórica victoria frente a Cuba, que no perdía un partido centroamericano desde 1982, para ganar el torneo de todos contra todos. Así la tropa de Igor González demostró que el béisbol sigue siendo une de los deportes principales en el país. En el softball, donde Puerto Rico posee uno de los mejores equipos del mundo, tuvimos que pasar mucha adversidad y obtener dos victorias el mismo día sobre Cuba y México (que ya nos había ganado en dos ocasiones) para alzarnos con el oro, con un dramático final en entradas extras.

Monumental gesta del Volibol

Por su parte el equipo de volibol masculino para dejó claro que son una dinastía a nivel centroamericano, ganando su cuarto campeonato de los últimos cinco Juegos (habiendo participado en cinco finales consecutivas) cuando solamente perdieron un set en la ruta al campeonato. Mientras que la delegación femenina nos dio un bronce.

Sorprenden las delegaciones de natación y gimnasia femenina

Entre las gratas sorpresa estuvo la actuación de un grupo de jóvenes nadadores y unas jóvenes gimnastas (tanto en la gimnasia rítmica como artística) que produjeron en total de trece medallas, entre ellas cuatro de oro para nuestra delegación. En ambos deportes se creó una base sólida para seguir trabajando de camino a los Juegos Panamericanos 2019 y los Juegos Olímpicos de 2020. Definitivamente el talento está ahí para seguir cosechando triunfos.

Los deportes de combate produjeron un súper botín

Históricamente en los deportes de combate los boricuas hacemos estragos y ese fue el caso en estos Juegos, cuando acumularon un total de 28 medallas (que se dividen en nueve de taekwondo, siete de boxeo, ocho de judo y cuatro de lucha). Sobresalieron los oros de Crystal Weeks en taekwondo y las medallas de oro de Nisa Rodríguez y Ashleyaan Lozada en boxeo femenino.

Otros deportes que produjeron medallas

El balonmano y el polo acuático también se dejaron sentir obteniendo medallas en ambas ramas, en total tres de plata y una de bronce. Mientras que el boliche masculino nos dio cinco medallas: una de oro, tres de plata y una de bronce. Mientras que otras disciplinas como el canotaje, remo, levantamiento de pesas, esgrima y tiro con arco también trajeron medallas importantes.

Amargo el bronce de Quique

Por último, no podemos terminar de escribir este escrito sin condenar la injusticia cometida contra nuestro equipo de vela compuesto por Franchesca Valdez y Quique Figueroa en la disciplina de Snipe 16 donde se les robó a los boricuas una medalla de oro ganada en competencia con una decisión de descalificación en una carrera equivocada que no tiene una explicación lógica. Aun así se alzaron con el bronce como una de nuestras cuatro medallas que obtuvimos en vela.

Sin duda fueron muchas emociones y grandes triunfos y se demostró que la mejor manera que tenemos de levantarnos como país es invirtiendo en el deporte y permitiéndole a nuestros jóvenes desarrollarse como atletas y seres humanos, así se hace Patria.

¡Misión cumplida Equipo!