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Politologueadores

Los designios de ciertos sectores mediáticos y gubernamentales impulsan a que concibamos a Puerto Rico como un espacio vacío. Como es lógico, no me refiero a un desierto de gentes y cosas, sino a uno de ideas y concepciones. Poderosos intereses conspiran para que sea difícil o imposible concebir más de una alternativa. La privatización de corporaciones públicas, el cierre de escuelas, recintos y programas académicos de la Universidad, la emigración a Estados Unidos, el voto por los dos partidos del último medio siglo, se nos presentan como asuntos inevitables.

Desde que abrimos los ojos y encendemos la radio, la televisión o las pantallas de computadoras o celulares, tenemos un menú muy restringido y uniforme de visiones. La información noticiosa profesional y seria ha prácticamente desaparecido, y el campo ha sido ocupado por las peroratas de “figuras de los medios”, que deshonran a los periodistas al hacerse pasar por ellos, y “talentos” que representan el bipartidismo de siempre con lazos activos con las esferas tradicionales de poder político y económico. A estos se les unen los agentes de un nuevo oficio, los hombres (casi todos) y mujeres que “politologuean” ensartando arengas y preguntas de sainete a sus invitados políticos y empresariales pretendiendo hablar en nombre del pueblo. Es importante señalar, pues forman multitud los engañados, que muchos de los invitados pagan directa o indirectamente por el tiempo en el aire.

La tónica de los que “politologuean” ha invadido la mayoría de la oferta mediática y, en mayor o menor medida, desde el locutor de noticias hasta los abogados, profesores y reporteros que participan de las muchas horas de programación diaria, comparten esta práctica. Todo o casi todo se ha convertido en un espectáculo, pero también en un negocio, y se concibe como un entretenimiento y, simultáneamente, como publicidad.

Los protagonistas del empresarismo mediático justifican militantemente estas formas de gestión. Dentro de sus filas hay fanáticos (con frecuencia comprados de diversas maneras) de las únicas alternativas. Es común ver y escuchar al abogado o al profesor “politoguear” ridiculizando las posiciones divergentes, que apenas tienen representación en sus programas, a grito pelado, con voces alteradas que frecuentemente imitan una mujer, el llanto de un niño, la conducta de un loco o de un desesperado.

El espectáculo creador de opinión pública se realiza en los estudios de la emisora, pero cada día más en concesionarios de automóviles y plantas eléctricas, hospitales, oficinas centrales de planes médicos, megatiendas, hoteles y casinos y distribuidoras de licores. Muchas veces el servicio informativo va de la mano con el vacilón y la fiesta. Por ello hay “escándalos” en lugar de graves noticias, “noticias positivas” seguidas por información del tránsito hermanadas con invocaciones religiosas, recuentos de la comilona y la bebelata de la noche anterior apareados con cínicos clamores al cielo, que serían de mal ver hasta en una asociación de pundonorosas damas cívicas.

Otra cosa caracteriza a esta plaga de la información: la catástrofe que representa su manera de hablar. La falta de elocuencia y rigor viene acompañada por una enorme carencia de sofisticación. Un español casi primitivo cojea sostenido por las muletillas de un inglés exhibicionista y acomplejado, que hace encallar el torrente de palabras cada pocos segundos. A ninguno de estos personajes parece importarle esto y seguramente lo justificarían en nombre de la naturalidad, o de una caricaturesca pertenencia, por herencia o aspiración, a un sector político y, sobre todo, social.

A los medios masivos de comunicación apenas llega la diversidad del país. La casi totalidad de los comentarios y análisis políticos se hacen a dúo. Se representa así exclusivamente el bipartidismo, que de un tiempo a esta parte constituye también una alternativa única. Poquísimos son los programas en los que participan especialistas en algún asunto con un criterio diferenciado de las ortodoxias ideológicas de los partidos colonialistas.

La gran justificación de estas prácticas de manipulación de la opinión pública es la pretendida naturaleza del público. Debido a ella es que muchos habladores a los micrófonos pretenden hacerlo en “arroz y habichuelas”. La expresión siempre me ha parecido atroz: un insulto al pueblo y, también, a uno de sus platos predilectos que, de estar bien hecho, dista de ser simplista o una comida de brutos. La realidad del asunto es que a ciencia cierta no se sabe qué viene primero, si los bueyes o la carreta, si se habla en “arroz y habichuelas” por elección paternalista o porque no se tiene la capacidad de hacerlo de otra manera. En otras palabras, muchos politogueadores padecen, en sus cuerpos y mentes, del mal de la única alternativa. De aquí su pobreza conceptual.

Siempre estuve convencido de ello, pero en los últimos años que he escrito regularmente en la prensa y participado en la radio, me lo han hecho comprobar muchos lectores y oyentes: existe una masa enorme de puertorriqueños sedientos de alternativas de comunicación, cansados de la mediocridad y vulgaridad, del primitivismo cultural que apenas oculta el título de abogado o el historial de puestos políticos de los politogueadores.

A esta altura de la ruina del país, me resulta imposible concebir que alguien esté dispuesto a votar por alguno de los dos partidos principales en las próximas elecciones. Ya sabemos lo que ofrecen: corrupción, incapacidad, medro y colonialismo. Algo similar pienso de los principales medios radiales e informativos, habida cuenta de sus pocas y a veces muy honrosas excepciones.

La tecnología de nuestro tiempo ofrece vías alternas. Es hora de que la rica diversidad del país ocupe estos espacios y contrarrestre la complacencia mercantilista de los propagandistas y falsos profetas de la única alternativa, que nunca es la sola, sino la que prefieren los que nos han traído hasta este punto con la ayuda inestimable y mercenaria de los politologueadores.

Venezuela y la decencia

Por Matías Bosch

Especial para CLARIDAD

Puede ser que en 2003 eras muy pequeño/a y no lo recuerdes. También puede ser que algunos lo hayamos olvidado. Pero en esos días, hace 16 años, nadie sacó un carnet de seguidor o admirador de Saddam Hussein cuando, en muchas partes del mundo, en muchas capitales y ciudades pequeñas, los ciudadanas y ciudadanos repletamos plazas para decirle NO a la invasión en Irak. Por algo muy sencillo: sentido de la decencia y la legalidad.

Porque nadie puede vivir tranquilo en una casa, en un barrio, en un país o en un planeta donde la mentira y la fuerza decidan el destino de la gente. Aquella vez, cuando el Secretario de Estado de Estados Unidos mostró al mundo fotos falsas de falsas armas de destrucción masiva, que hasta hoy nadie encuentra, y se llevó la votación al Consejo de Seguridad de la ONU, el gobierno de Chile, bajo Ricardo Lagos (que de enemigo de EEUU no tiene ni un mililitro en su sangre) votó en contra de la invasión, por una sencilla razón: si los países pequeños no preservan el derecho internacional, ¿entonces a quién le va a interesar hacerlo? Al final masacraron Irak, como siempre ha ocurrido, porque “el poder es para usarlo” ¿no?

Eso no terminó allí. Volvió a ocurrir con Libia y con Siria. Se armaron escenografías. Se pagaron actores. Se financiaron falsas milicias y falsas guerras civiles. Todo para imponer al margen del derecho internacional los bombardeos y el derrocamiento de gobiernos, sólo porque a un poder -que se cree mundial- no le gustan. Hoy, ese mismo poder es el que dice que no tenemos que ponernos de acuerdo en nada: ni en cambio climático, ni en comercio, ni en migraciones, en nada. Lo que es igual: acatar lo que ellos digan, guste o no guste, porque aquí manda el jefe. Eso es lo que está en juego para el mundo hoy, enero de 2019, más allá del problema local (y serio) de si en Venezuela hay desabastecimiento o no.

Por eso creo que no hay que ser chavista, ni madurista, ni rojo-rojito, ni socialista del siglo XXI, para ser decente y repudiar que hoy impongan un presidente falso en Venezuela. ¿Con qué argumentos podrían hacerlo?

En la OEA hicieron lo mismo que con Irak en 2003: decir que un gobierno no es legítimo sin mostrar ninguna prueba válida suficiente, ni ningún argumento jurídico que lo sostenga, para terminar declarando que toda medida es válida, la que sea.

¿Se basan en la verdad? ¿Se basan en el derecho? El poder mundial que bombardeó y mató millones en Irak, Siria y Libia, declara por Twitter cuál es el presidente de Venezuela que ellos quieren y que “todas las opciones están en la mesa”, incluyendo la militar. Unos pequeños países corren a hacer el coro, lo que Lagos no hizo en 2003, con todo y ser profesor de Duke University. Piñera, Bolsonaro, Macri, incluso el nuevo “progresista” de Costa Rica…el mismo país ejemplo de democracia, la nación que no tiene ejército y lugar clave para las negociaciones de paz en América Latina.

Hasta Haití y República Dominicana, países invadidos, masacrados y saqueados, víctimas de golpes de Estado y tiranías armadas por ese poder mundial, y que hasta hace solo meses apoyaban públicamente al gobierno legal de Venezuela y consumían su petróleo a precio solidario, se plegaron a la coreografía. ¿Tanto valían las ofertas que les hicieron llegar en inglés? ¿Cómo recogerán ahora toda la locura de echar por tierra la verdad, la decencia y la legalidad? ¿Las relaciones internacionales se pueden prostituir sin costo alguno?

No hay ningún argumento válido para el plan en marcha, ni en la legalidad venezolana ni en la internacional. ¿Cómo Maduro va a ser presidente “ilegítimo”, si ganó en elecciones abiertas con participación efectiva de la oposición, y en cambio va a ser “presidente interino” y “legítimo” un desconocido diputado que un buen día se presenta en una tribuna, seleccionado por aclamación de aplausos y twitts en inglés?

La Constitución venezolana sólo permite la sustitución del presidente cuando hay ausencia permanente, cuando hay una sentencia penal definitiva en su contra o cuando se hace un Referendo Revocatorio…figura jurídica que no existe en NINGUNO de los países tan democráticos que condenan la “ilegitimidad” venezolana.

En Venezuela hoy no hay ausencia permanente del presidente, tampoco sentencia penal. Y la oposición venezolana ya ni siquiera se esfuerza en tratar de realizar un Referendo Revocatorio, y menos intentar ganarlo. Es que su guion fue declarado hace tiempo: no reconocieron a Maduro en 2013, menos lo van a reconocer ahora. Desde 2015 decidieron que la Asamblea Nacional tiene como objetivo público y razón de ser la destitución del presidente.

La consumación de este objetivo hoy no se va a lograr con votos en el salón de la OEA o con discursos encendidos del diputado autoeregido como “presidente”, ni tampoco con fuerza democrática: el factor clave sería la insubordinación de las Fuerzas Armadas, el desconocimiento de su deber constitucional, es decir el golpe de Estado, a la que llaman descarada y abiertamente, acompañados sin pudor por la batuta injerencista cuyas masacres ya conocemos de sobra. ¿Qué lucha “libertaria” de este tipo podría mercernos aprecio, o pondremos apoyo para alimentar el viejo relato de que esto es lo que siempre “nos buscamos nosotros mismos”? ¿Nos prestaremos a ver otra invasión -aun de aparente “producción local”- como videojuego en las noticias y luego reclamar respeto?

Repito: usted puede ser madurista, chavista, o todo lo contrario, de derechas o de izquierdas. No le digo caprilista porque de Capriles ya nadie sabe nada. Ni siquiera de Leopoldo López (esa especie de “Mandela venezolano”) y su rubia esposa Lilian Tintori, pasados a la historia en esa notoria tendencia al canibalismo y la vaporización que posee la oposición de derechas venezolana. Usted puede considerar a Maduro lo peor de lo peor, porque no se parece a Chávez o por todo lo contrario. Pero eso no puede hacerle a uno perder la decencia, porque entonces ¿Qué nos queda? Que nos quede lo que nos hizo salir a calle en 2003, que si no los quitan también, lo habremos perdido todo

El autor es director de la Fundación Juan Bosch en República Dominicana

Desde el corazón para los jóvenes

Escribo esta columna pensando en nuestros jóvenes, aquellos que dicen que no leen CLARIDAD siendo independentistas, aquellos que estarán cavilando y con muchas preguntas legítimas sobre lo que pasa en Venezuela. No quiero hablarles con estribillos ni seguir panfletos. Les quiero hablar desde lo más profundo de mi corazón nutriéndome de mi conciencia.

Recuerdo con mucho dolor aún después de 45 años aquel 11 de septiembre de 1973. El triunfo de Salvador Allende en las elecciones Chile en 1970, después de varios intentos, había llenado de esperanza y alegría a los que desde la izquierda en Puerto Rico y en el mundo veíamos la posibilidad de llevar a ejecución una revolución de justicia social sin tener que recurrir a los dolorosos tránsitos de las luchas armadas. Una revolución socialista apoyada por un movimiento amplio de pueblo, usando como arma el voto en las urnas, abría un camino democrático y de paz para luchar contra la desigualdad, la pobreza, la exclusión social. Con apoyo siempre crítico desde los distintos sectores de izquierda abrazamos aquel proyecto político, lo celebramos y le dimos la bienvenida. Yo, a mis escasos veinte años no había conocido la maldad sin límite de las oligarquías latinoamericanas salvo por lecturas. Poco duró aquella esperanza, tres años mas tarde en 1973 el General Augusto Pinochet traicionando la Constitución de Chile, traicionó a su presidente y a su pueblo actuando en beneficio de Estados Unidos (EEUU) y sus intereses económicos a quienes rápidamente reconocieron su proclamación como Presidente de Chile y se ejecutó el plan establecido en la Operación Cóndor. El Secretario de Estado de EEUU, Henry Kissinger había complotado con la oligarquía chilena para crear la escasez de alimentos y confiscar activos de Chile en el exterior. Tal y como ordenó Kissinger, hicieron chillar la economía chilena, para socavar el apoyo al gobierno de la Unidad Popular que presidía el Dr. Allende. El resultado, la dictadura del General Augusto Pinochet con la ejecución y desaparición de miles de chilenos y extranjeros por haber estado asociados con el gobierno de la Unidad Popular. El que no lo haya visto, recomiendo el documental ¨Massacre in the Stadium¨ en Netflix.

Los años 60 y 70 estuvieron plagados de dictaduras apoyadas por EEUU, de violaciones flagrantes de derechos humanos, ejecuciones extrajudiciales y desapariciones. República Dominicana, Haití, Panamá, Argentina, Brazil, Uruguay, Paraguay, Honduras, Guatemala, Nicaragua y Venezuela han vivido dictaduras sangrientas ante cuyas flagrantes violaciones de derechos humanos EEUU miraba para otro lado mientras sus intereses y negocios marcharan a su antojo. El alcanzar algún tipo de asomo de gobiernos democráticos ha costado la vida de miles y miles de latinoamericanos que como decía Don Pedro, dieron vida y hacienda por su pueblo.

Hoy en Venezuela, una vez más, se traba una lucha que tiene por un lado a una oposición apoyada abiertamente por EEUU y sus aliados de la OTAN y el Grupo de Lima (menos México) y por otro lado el gobierno presidido por Nicolás Maduro Moros. Hay distintas lecturas de lo que sucede: ¿quién violentó el orden constitucional primero? ¿Fue la Asamblea Nacional o el gobierno bolivariano? Para un resumen documentado de esta discusión los refiero al escrito del Lcdo. Alejandro Torres Rivera publicado en la página del MINH sobre la usurpación del poder en Venezuela. Los refiero a este escrito desde la perspectiva de los que reconocemos el gobierno de Nicolás Maduro Moros, porque de la otra perspectiva abundan los medios. Lean, lleguen a su propia conclusión.

Pero una cosa es el debate jurídico constitucional y otro el humano. ¿Quiénes son los que pierden la vida en los conflictos violentos, en las calles, en las guerras civiles, en las guerras regionales? Habrá quien vería con alegría la ejecución del Presidente Maduro. Fueron muchos en Chile los que brindaron con champaña la muerte del Presidente Allende. ¿Cuántos de estos habrán tenido que enfrentar después de la borrachera la pesadilla de las ejecuciones extrajudiciales y desapariciones de familiares, amigos, vecinos, colegas? ¿Fue Chile un mejor país bajo Pinochet? ¿Se redujo la desigualdad, la pobreza? ¿Quiénes se beneficiaron del cacareado milagro económico que proclaman los neoliberales de la Escuela de Chicago?

Con esas cavilaciones los traigo al hoy de Venezuela. La economía de Venezuela chilla, al igual que chillaba la de Chile en 1973. ¿Cuáles son las causas? No hay que ignorar las sanciones económicas, el desabastecimiento, el acaparamiento, el mercado negro con la moneda venezolana. Como tampoco hay que ignorar la corrupción y la ineficiencia administrativa del gobierno. Todo ha formado una tormenta perfecta que ha estallado en emigración y descontento social, no muy distinto del que experimentamos en Puerto Rico actualmente. En Puerto Rico no hay necesidad de golpe de estado porque el pueblo tiene acceso a EEUU y la economía subterránea del narcotráfico y actividades fuera del alcance del gobierno ayudan a paliar la escasez.

La pregunta que es fundamental contestar ¿la situación que existe en Venezuela justifica la intervención militar de EEUU y otros países de la región? ¿Es esta la mejor solución al problema? ¿Va a traer una democracia verdadera? ¿Cuántas vidas de venezolanos costaría esta solución? ¿Quiénes ponen los muertos?

Mi opinión es que no. Que los que vendrían al poder apoyados por EEUU vendrán con ansias de venganza, de agarrar el poder por el poder mismo, que entregarán las riquezas petroleras de Venezuela a las grandes transnacionales petroleras, que la riqueza petrolera, al igual que sucedió en las décadas de los sesenta y setenta sería usurpada por una oligarquía insensible a las necesidades del pueblo. Ya lo vivió el pueblo venezolano, hasta la CIA (CIA World Fact Book, Venezuela, Demography) reconoce que bajo el gobierno de Hugo Chávez la pobreza se redujo en un 27%.

No hay respuestas fáciles, no hay que ignorar casos de violaciones de derechos humanos, ¿pero en que país del mundo no se cometen violaciones de derechos humanos todos los días? ¿Están mejor los pueblos Sirio, Iraquí, Afgano, Libio hoy que antes de las intervenciones de EEUU? ¿Desaparecieron las violaciones de derechos humanos o se han agravado?

La violencia una vez se desata es muy difícil de controlar. Por eso yo te invito a ti, lector joven, a que con tu inteligencia y las herramientas que hoy día tienes a tu alcance para informarte, ponderes, reflexiones y analices. ¿De qué lado quieres la suerte del pueblo de Venezuela echar? ¿Del lado del diálogo, la negociación, la toma de decisiones por el pueblo? ¿Del lado de la intervención extranjera de EEUU, de la guerra regional, de la muerte y destrucción asegurada de miles de venezolanos, colombianos, brasileños que vienen de las estratas mas humildes e ingresan a las fuerzas armadas y organizaciones paramilitares para obtener ingresos para sus familias?

Te pido que hagas una apuesta por la paz, que la apoyes, que te expreses, te manifiestes y ayudes a construir una Patria Grande libre de pobreza, democrática y solidaria. Tengo mis esperanzas puestas en ti.

Perros sí, negros no

El hombre de barba anglosajona (candado) sostiene su perro con un brazo mientras señala con un dedo a alguien que pasa. “No, no es odio”, dice, agitado. “Tengo todo el derecho del mundo a pensar que mi raza es superior. Está probado que la raza blanca es más inteligente que la negra. No es odio, no. Quienes no nos permiten expresarnos son quienes sufren de odio. No nosotros”.

Aparte de ser una moda, esa de acusar a los demás de lo que uno mismo sufre (según Trump, no hay en el mundo alguien menos racista y menos misógino que él), este argumento se ha vuelto muy popular en el club de la OTAN: no son los racistas los que odian. Ni siquiera son racistas.

El argumento tiene, sin embargo, algunos problemas.

Primero, aun asumiendo que los blancos son más inteligentes que los negros (luego discutimos cuándo los asiáticos van a expulsar a todos los blancos y por qué los negros han mejorado tanto en sus test de inteligencia en los últimos cuarenta años si, en su raíz, se trata de un problema biológico), eso no garantiza que los racistas no sean la excepción de su raza.

Segundo, podemos asumir que los supremacistas blancos se consideran intelectualmente superiores a los perros. Sin embargo, no por eso los echan de sus casas a patadas. Por el contrario, al menos aquí en Estados Unidos, la gente duerme con sus perros y no pocos los besan en la boca después que el perrito le lamió el pene al perro del vecino.

Pero cuando se discursa contra los negros o se acosa a los inmigrantes de piel oscura (del medio millón de ilegales europeos y australianos, ni una palabra), no se trata de odio sino, simplemente de un reconocimiento objetivo de que la raza blanca es superior. Eso, eso “no es odio”. (La nueva moda de los genios aburridos será: “Sí, es odio, ¿y qué?”)

Los partidarios de construir sociedades amuralladas consideran que esa es la mejor forma de evitar conflictos y de salvar la pureza de sus culturas y de sus identidades. Esta superstición esencialista, muy popular, ignora la fuerza de la historia que todo lo cambia. Basta que una sociedad expulse a todos los “diferentes” para que, dentro de sus orgullosas murallas, físicas y mentales, como en Calataid, comiencen a surgir diferencias, sino de hecho al menos por la percepción de sus habitantes que siempre ven lo que tenemos los humanos de diferente y nunca lo que tenemos en común. Para darse cuenta de esto basta con mirar cualquier familia.

Este argumento no se sostiene más que por el ejercicio religioso aplicado en el lugar equivocado, en el mundo factual, es decir, la creencia de que algo es verdad porque uno cree en ello, y si algo parece ilógico e imposible, mejor aún, porque se necesita poseer una fe inquebrantable, verdadera, probada, salvadora, para ir contra todas las evidencias. El barco se hunde y los fieles del capitán dicen que está tomando impulso o que se prepara para convertirse en submarino.

Un mundo compuesto de sociedades amuralladas no tiene futuro. Es la mejor receta para el conflicto, las guerras y los holocaustos. Si uno se rodea de murallas porque no se entiende con otros pueblos, no es lógico pensar que por esa misma particularidad vamos a poder comunicarnos y entendernos mejor con el resto del mundo, un mundo que ha sido reducido a un pañuelo por la tecnología. Si en la Edad Media algunos reinos menores podían sobrevivir sin mayores contactos con el mundo exterior, si luego los burgos se amurallaron con relativo éxito para su defensa, eso ya no tiene sentido. Una nueva Edad Media es un proyecto imposible, impráctico y peligroso, por lo cual podemos prever que no se trata de un gran ciclo histórico sino de una reacción a una tendencia opuesta y mayor, como lo es la aceptación de la diversidad y el avance de la igualdad a pesar del poder de las elites que siempre se las ingenian para contrarrestar sus pérdidas.

El persistente intento de presentar al nacionalismo como la base de un entendimiento universal es una broma de mal gusto. No es un elemento capaz de unir, ni como utopía ni como realidad, a una sociedad global que debe enfrentar verdaderos peligros a su propia existencia, como lo es la catástrofe ecológica en curso, la amenaza nuclear, o la ultra segregación económica, donde 49 individuos, que no han aportado absolutamente nada a la historia de la humanidad, se llevan la mitad de toda la riqueza de la población mundial.

Está de más decir que esta idea (de que los promotores de las sociedades amuralladas solo defienden sus derechos a vivir según sus propios valores) es altamente hipócrita. Esa ola nacida en el mundo que colonizó el mundo en los últimos siglos, primero con colonias esclavistas y luego con la fuerza del dinero y los cañones, nunca pensó en el “derecho de cada cultura a vivir según sus propios principios”. Por siglos, a todas las culturas que eran diferentes se las consideró inferiores y se les impuso “nuestros principios”, aparte de explotarlos y masacrarlos por millones y millones.

Ahora que unos habitantes de esas excolonias, en un número insignificante en comparación, comienzan a migrar por desesperación al centro económico del mundo, se los criminaliza, se los expulsa y se levantan murallas para mantener al “invasor” lo más lejos posible.

Así que, el repetido argumento de que no se trata de odio sino de defender “lo nuestro”, se parece del todo a los racistas que aman a sus perros, pero no pueden vivir con vecinos negros porque son inferiores.

Para que no se sientan mal están las leyes justas que siempre se cambian cuando dejan de convenir al poder. Actualmente, la ley de Lotería de Visas para la Diversidad de Estados Unidos que beneficia a pocos pero demasiados no blancos, es atacada por el mismo Partido del Muro. Personalmente estoy de acuerdo que es una ley sin mucho sentido, pero observemos que fue inventada a finales de los 80 para beneficiar a los inmigrantes irlandeses, por entonces asimilados a la idea de “raza blanca”.

Claro, los irlandeses no siempre fueron blancos. Durante varias décadas del siglo XIX, fueron el mayor grupo de inmigrantes a Estados Unidos y, porque no eran el tipo de blanco esperado y sus pelos eran de un color horroroso, imperfecto, se los discriminó de formas violentas. Los indios, los mexicanos y los negros ni siquiera contaban como candidatos a ciudadanos (la ley definía ciudadanía en base al color de piel) y en la mayoría de los casos ni siquiera contaban como seres humanos. No era raro leer carteles que aclaraban el derecho de admisión en restaurantes: “Ni perros ni irlandeses”. Hoy el cartel diría: “Perros si, mexicanos no”.

El lado positivo es que no se trata de una mayoría, por suerte, aunque sí de una minoría con un poder político desproporcionado, por desgracia y por las razones que podemos discutir en otro artículo. Una minoría con un poder desproporcionado, como la de todo gran poder.

Kevin Fret vs el Retrato-fantasía

Mataron a Kevin Fret y me ha entristecido bastante. Supongo que tanto como las demás muertes violentas que han ocurrido en este país en los últimos tiempos. No conocía personalmente a Kevin —sí había visto sus videos y escuchado sus canciones, me caía bien—, no sé si era o no un modelo de virtudes pero ni falta que hace para sentir lo que siento. Tenía veinticuatro años y en sus ojos todavía era perceptible el fulgor de una ilusión, sus ganas de vivir e intentar cosas a pesar de todo. Kevin en sus videos y en sus canciones hablaba de las mismas cosas que muchos otros chamacos de este tiempo (tan dominado por las redes sociales y el mercado): ‘tiraera’ (controversia), marcas de productos de moda, sus planes de vida. Decía “malas” palabras; expresaba sus deseos de sobresalir en el ámbito de la música urbana como “el primer ‘trapero’ latino abiertamente homosexual”, le gustaba lucir su maquillaje, presumir su ropa. Lo último que vi suyo fue un video por Instagram en el que ayudaba a su mamá a promover la venta de los jabones artesanales que ella preparaba.

Con el “piquete” que lo caracterizaba, Kevin siempre habló desde su lugar, nunca pareció pretender ser quien no era. Al contrario, se mostraba orgulloso de ser genuino, elemento que, según él, era la virtud que lo distinguía, que lo diferenciaba de los demás. Mostrándose crítico ante su vida, la sociedad y el intangible mundo cibernético, terminaba siempre destacando la “genuinidad” como un lujo que no todos nos podemos dar. Desde su lugar, como sujeto marginal, criado en Cantera de Barrio Obrero y en el ir y venir entre Puerto Rico y Estados Unidos, atacó durante el tiempo que pudo la hipocresía de la sociedad —tal como la experimentó—, que se alarga, que se extiende a nivel fantasía en las redes sociales. Podemos decir con esto que Kevin denunciaba lo que en términos de Javier Marías (1951) –sí, el escritor, traductor, crítico, miembro de la Real Academia Española y antiguo profesor de la Universidad de Oxford–, es el “retrato-fantasía” (Cuando los tontos mandan. Barcelona: Alfaguara, 2018; p.105). Aquella imagen que construimos de nosotros mismos para exhibirla en las redes como “composición idealizada” que, según Marías, es “un síntoma de la evolución de nuestras sociedades”. Una construcción que, al parecer, responde a una necesidad narcisista de cumplir con el ideal, aunque sea el dictado por la norma; una construcción con la que pretendemos lavarnos de las culpas y las frustraciones —que las hay de todo tipo, fundadas e infundadas—, elevando nuestro deseo (nuestra fantasía) por sobre el de los demás, y a como de lugar conseguir que el cuento, nuestro cuento, acabe bien. Sabemos lo que resulta de esto, ¿no?: intolerancia a la diferencia. Cualquiera que se oponga a ese “retrato-fantasía”, cualquiera que se interponga, que impida la correspondencia de la “realidad” con ese retrato, será un enemigo.

Con la muerte de Valerie Ann, que tuvimos tan presente en estos días de “fiesta” navideña —que ya por fin terminaron— me sucede lo mismo: una sensación de frustración y de pena inmensa. Fue una muy triste y trágicamente inolvidable Navidad para todos los que la quisieron, su familia, sus amigos, y para los nos queda humanidad en el pellejo. Así como muchos han culpado a Valerie de su propia muerte, así también culpan a Fret. Muchos aprovechan la oportunidad que les otorga el internet para enarbolar sus modelos de perfección moral y “verdad”. Opinan sobre cómo debemos ser las mujeres, sobre a dónde podemos ir o no, con quién y cuándo para que no nos maten; sobre cómo debe ser un hombre, un santo varón, un machito de verdad para que no merezca morir a manos de otro. Si me duelen estas muertes, la muerte de estos dos jóvenes al parecer con tantos planes y deseos de vivir, aún me duelen más los comentarios que dejan en las redes muchos de los que quedamos vivos, creyéndonos más merecedores de las bondades del Señor… Al que se meten en la boca cada vez que quieren sentirse más dignos que el “otro”, ese Señor sobre el que no han entendido nada; ese que en lugar de la Ley del Talión profesó la Ley del Amor. Entré a fisgonear en la página de Facebook de Fret, la que en estos momentos figura como homenaje a su corta vida, y me topé con muchos comentarios de odio: demasiados, demasiados, demasiados… De entre los que quisiera destacar dos. El primero viene del perfil de una señora, al parecer madre y abuela: la señora MD. Ella responde a un Facebook live del joven con el siguiente comentario: “Por eso lo mataron, por vulgar y amenazar a otros de esa calaña. Wao”. Y el otro es del perfil de un joven llamado Emmanuel R: “Pato muerto abono para mi huerto”. Tuve la intención en esta nota de dar los nombres y apellidos de ambos seres, porque si hacen públicos sus comentarios llenos de odio es porque no les importa que los demás conozcan su sentir, ni siquiera las madres, los familiares, los amigos del muerto. Pues yo pretendía tomarles la declaración tal cual y pasarla pa’ lante con sus respectivas señas. Pero estando las cosas como están, me limitaré a añadir que, tanto la señora MD como el joven Emmanuel R, exhiben iconografía religiosa (cristiana) en sus páginas sociales. Emmanuel, no en balde, tiene a un Cristo cargando la cruz, y la señora MD a una virgen vestida de la bandera puertorriqueña cargando al niñito. Sus comentarios provienen del lugar que sabemos: del odio a la diferencia, del complejo de superioridad moral, de la insensibilidad crasa y en el nombre de Cristo. Amén. Por eso, así como no enarbolo la bandera de nada ni le doy “forward” a las cadenas de oración que envían por Messenger, ni creo en el “ojo por ojo” —ni en poner la otra mejilla tampoco—, prefiero no hacer con estos energúmenos lo que ellos con los que no comparten su ideal ni su nada. No quisiera continuar la cadena de juicios, prejuicios y desprecios basados en la simple, pero por eso, sumamente dañina relación de oposiciones binarias: blanco-negro, bueno-malo…. Prefiero hablar de literatura y tratar de acercarme más al “otro” a través de ella.

Por ejemplo, me parece oportuno recordar Las semanas del jardín (1997), novela del español Juan Goytislo (1931-2017). En esta novela —muy compleja en su estructura— se nos propone por medio de veintiocho narradores reconstruir la identidad de un poeta republicano y homosexual desaparecido a principios de la Guerra Civil Española (1936-1939). Sabemos que ser abiertamente republicano y homosexual durante el ascenso del fascismo en España significaba casi siempre, una muerte segura —así como le pasó a García Lorca—, porque tu preferencia sexual e ideológica eran contrarias al plan de perfección según el cual se pretendía construir una sociedad homogénea y un estado totalitario y dictatorial, entiéndase sin cabida para la diferencia ni la contestación. Sin embargo, en esta novela observamos tanto en su argumento como en su estructura, un interés por destacar la importancia de la identidad personal o individual como elemento de resistencia al olvido frente a los intentos por parte del régimen fascista de homogeneizar caracteres y borrar lo que de acuerdo a su ideología fuese una “conducta o práctica contraria a la naturaleza y al orden moral” (95). En la versión que ofrece uno de los narradores de la novela sobre la identidad del poeta, dice que este fue sometido a un tratamiento médico con el que lo curarían, lo harían olvidarse de quien fue, de su “vergonzosa inclinación a mojamés y gañanes, malas amistades, ideas torcidas”. Un tratamiento que consistía en “el saneamiento y regeneración eugenésica” que, aplicado a un pueblo, “exige que se actúe sobre la totalidad de los individuos que lo constituyen, a fin de crear una casta étnicamente mejorada, moralmente robusta, vigorosa en el alma. Una eugenesia que libere a los seres dañados de sus taras y los devuelva, mediante la higiene física y mental adecuada, a la incubadora que los haga germinar y florecer como en un vivero, acorazados contra la corrupción del medioambiente, en el depósito sagrado de los principios que alientan nuestra Cruzada” (42). Con esto no pretendo indirectamente catalogar de fascistas a doña DM y a Emmanuel R., sino directamente de neofascistas. Así como muchos se la pasan repitiendo como mantra que “la envidia mata”, no olvidemos que el fundamentalismo, en sus diversas manifestaciones, también.

P.D. Investiguen por Internet sobre la eugenesia, digo, si no saben bien lo que es y les interesa. No se conformen con la definición de Wikipedia, aunque a veces es buena.