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Cuatro apuntes sobre un libro radical: BLOQUE DE TIEMPO de Pablo Guardiola*

Bloque

La fluidez de la palabra tiempo, las formas del libro y las fotografías, trastornan la dureza de la palabra “bloque”.

El tamaño, su belleza portátil, la textura y el olor del papel, la  escala amable de las imágenes, la relación libre entre las palabras y las formas acompañantes: la convivencia misteriosa de un atado de objetos, que podrían darse en la naturaleza. Como si los ensayos cortos y sus silencios (cada intervención de la palabra tiene la coherencia formal de un relato, o de un ensayo) vivieran en otro lado.                         La compresión de las partes le da alas al libro. Y desde la apertura de ese bloque me recuerda un territorio pequeño, pero irresistible. Algo así aunque parezca metáfora fácil, como una sucesión de islas con vocación de abrirse, ampliarse, moverse.

Dos hojas de ruta son la larga duración de la prehistoria de las Antillas que estudia el arqueólogo Reniel Rodríguez Ramos, no como frontera sino como cuerpo vinculante, agente conector, lugares de intercambio, sitios provisionales donde imaginar habitaciones

Otra, la marealéctica pensada por Edouard Glissant; como respiradero contra atrocidades y olvidos propone un lema: “Contra lo universal generalizador, el primer recurso yace en la recia voluntad de permanecer en el lugar”.

Mirada

Un conjunto de escalas; una extraña animación. Porque ante la capacidad expansiva del libro, me quedó a ratos la impresión fugaz, aunque tal vez no tanto en el caso de un cerebro mayor, de que la imagen registrada sobre papel, me miraba. Sé que no son excepcionales esos efectos, que son parte de los trucos centenarios de la pintura, y sin embargo, algo comunicaba no ya una respuesta a la mirada que recorría, sin detenerse mucho y volvía a recorrer con mayor atención, y detenimiento, el rebote iluminador de que alguna imagen sobre la textura y el olor del papel, me reconocía.

Una conversación sensible entre una imagen pequeña y un cuerpo animal. La capacidad de esa sensación se la atribuyo a un encuentro feliz entre las fotos y mi experiencia de vivir rodeada de árboles y malezas. Cuando vi la exposición en Casa Aboy las escala eran distintas y por lo mismo menos habituales, aunque perfectas para el espacio donde se instalaron. Ya en el libro tienen una calidez radiante.

Y también respeto, por la fuerza y las asociaciones. La imagen que me registra, que se anima frente a mí tiene caracteres propios. Las más inquietantes quedaron fijadas en  las páginas 98, 99 y otras donde entre barreras de alambres y objetos en deterioro evocan cuentos de prisioneros durmientes. Le consulté al poeta y naturalista Vicente Quevedo sobre ese trazo aparentemente caótico que dejan los bejucos. Su contestación me devolvió a la propiedad del rigor como reconocedor del caos: “Por su parte, los bejucos en espacios abandonados conforman un grupo en diversas familias y taxones de género. Los bejucos de puerco, frijoles o chícharos silvestres, parchitas, bejucos de paloma, cabellos de ángel, etc“

Nombres evocadores de tantos tiempos espacios y experiencias, a lo largo de una vida larga. Me quedo con todos.

Tiempo

En 1848 las neoyorquinas hermanas Fox escandalizaron al mundo y sentaron las bases de un movimiento feminista al publicar que habían hablado con espíritus. Ese mismo año comenzó en occidente la reproducción de imágenes fotográficas en periódicos. La invasión de imágenes pasadas, espíritus y paisajes, como manera de atajar el tiempo atrapando el instante es inútil. El presente de la imagen, el tiempo que tomó su registro, es inatrapable. Pero no nos abandona la obsesión de fijeza y el entorno se inunda de imágenes, más abundantes al día de hoy que los tiempos de vida de los lugares de sus orígenes.

El plazo de las fotos de Bloque de tiempo, 2013 a 2023,  fue el momento de una agonía que se prolonga y que se manifiesta en este país entre la violencia criminal, el desvarío de la cultura de masas y programas de entretenimiento, la frivolidad de sus medios noticiosos y la impredecible erupción de protestas que brotan y se esfuman. Conviene el registro sutil de las imágenes sanas y los libros francos.

Quizás por eso se pretende acabar con todos los archivos y presencias de otros tiempos. Por eso la importancia mayor de atajar el tiempo, el deseo de fijarlo, de evocar nombres, saberes y prácticas.

Apuntes visuales y escritos. Pueden parecer dispersos, pero forman la crónica de un tiempo en que para salvarnos, recuperamos recuerdos de otros trabajos, de otras horas. En ese lugar vacío volvieron a revelarse comunidades no tan antiguas. Y la crónica traza toda una aventura recolectora de un exquisito alimento centenario estigmatizado: ñame de monte, ñame brujo, ñame burro. El trabajo como suerte, memoria o terquedad.

No perder el hilo.

Un manifiesto

Hace un tiempo estuvieron de moda las ruinas. Un tiempo que carece de la densidad del culto romántico a las ruinas como restos de un pasado demolido por la intransigencia de la modernidad. Ahora, en el reino dominante de las imágenes, en la esfera digital donde instalamos ingenuamente  nuestros cuerpos la mayor parte del tiempo, han sido numerosos los blogs y podcasts de ruinas y lugares fantasmales, descritos con sensacionalismo y escaso reconocimiento del objeto y sus procesos.

Bloque de tiempo me parece, a mí, que nací en otro era, una negación de la espectacularidad y de la explotación ruinológica.

Las sombras anima. Aquí hay vidas, de larga o mediana duración, que han dejado huellas de su pasaje y lecciones de defensa, resistencia, trabajo, pensamiento, obras, tragedias y alegrías.

No solo hay vida, sino una larga vocación de vivir.

En la persistencia de esos “materiales vegetativos” (odioso eufemismo necrótico) ante la luz fotográfica se lee de otra manera la cita manifiesto de Glissant: “Contra lo universal generalizador, el primer recurso yace en la recia voluntad de permanecer en el lugar”. Porque el lugar no deja de moverse. Las sillas vacías, los animales realengos, los bejucos ominosos, los litorales desiertos que convocan, la fugacidad de los cayos de arena blanca, la luz desde una altura de vuelo, este libro mismo, que se hizo entre dos islas naciones; lo que nos parece prodigioso está aquí.

*Texto leído en la presentación del libro el pasado 15 de febrero.

ESTABA FUMANDO ALGO FUERTE

Por Antonio Salas

Hijo de hombre, come lo que se te ofrece; come este rollo y ve luego a hablar a la casa de Israel. Ezequiel 3, 1.

Estaba fumando algo fuerte a orillas del río Kebar. Ezequiel trataba de cruzar al otro lado en busca de mejor vida. Eso es lo que decía pero en realidad sólo quería moverse un poco y sacudirse la arena del culo. Soplaba el viento recio.Abrió los ojos y vio una gran nube de fuego. Sonrió. Esta es buena yerba, dijo su conciencia.

En el medio de la nube parecía distinguirse una luz de neón anunciando Mejor Vida con una barra simple pero elegante y tres mesas de billar. Había cuatro bailarinas cuyo aspecto era el siguiente: sus piernas eran rectas y bien torneadas y la planta de sus pies era como la planta de la pezuña del buey. Ezequiel lanzó una carcajada por lo obvio del asunto y por las minifaldas plateadas. De las caderas para abajo vio como fuego que producía resplandor en torno. De las caderas para arriba no vio nada porque no le interesaba. Entre ellas, unas luces incandescentes.

Había un ruido como de muchas aguas. Tuvo ganas de orinar y lo hizo. Volvió a sentarse esperando un poco de tranquilidad para tratar de cruzar la frontera natural. No sabía cómo pero algo se le ocurriría. O mejor, algo le ocurriría. Entonces escuchó una voz atronadora. Ponte de pie y escúchame. Del susto, Ezequiel cayó al suelo dando su rostro primero en el polvo. Estaba tan aturdido que no sintió dolor, ni el tibio hilillo de sangre en la comisura de los labios. Miró hacia atrás, no para huir, sino para cerciorarse de que la aparición de Mejor Vida siguiera allí. No estaba. Maldita sea, pensó.

-Hey, presta atención, tronó la voz acompañada del relámpago de una linterna de pilas. Necesito que lleves esto al otro lado.

Ezequiel, dudoso, preguntó

-¿Por qué yo? ¿No tienes a más nadie?

La voz respondió serena y amenazante, condiciones que sólo la experiencia puede conciliar.

-Porque los que se han rebelado contra mí sólo pueden hacerlo una vez. Los he sentado sobre nidos de escorpiones.

Pensar en esa incómoda postura logró que Ezequiel hiciera un mayor esfuerzo para concentrarse en lo que le decían.

-Sólo quiero que vayas al otro lado y le entregues este paquete a mi amigo, Israel Montes. El te estará esperando.

El paquete más bien parecía un libro enrollado. La voz enfática comenzaba a asustarlo. Tomó el paquete en sus manos.

-Ahora cómetelo.

– ¿Qué carajo…?

Oyó un sonido parecido a pistolas automáticas cargándose y se llevó obediente el paquete a la boca.

-Es una broma, animal.

Escuchó risas pero no veía demasiado. Estaba oscuro.

-¿Qué me toca a cambio? Se atrevió a preguntar.

-Boñiga de buey para que hagas tu pan sobre ella, cabrón.

Sintió un fuerte empujón y que cuatro brazos lo cargaban en dirección a la orilla del río. Lo colocaron en un bote de remos.

-Dirígete hacia aquellas luces verdes. Si te desvías desde aquí te volamos la calabaza.

Eran apenas unos 300 metros lo que separaba una orilla de la otra. Pero ambos extremos estaban bien guardados por oficiales armados.

-No hay nada que temer, nosotros hacemos la ley y la trampa, dijo la voz atronadora, mientras encendía un cigarro.

Él comenzó a remar jugando con las palabras calabaza, cabeza, celabeza, cabelaza…

No tomó mucho tiempo cruzar el río. Se sentía tan tranquilo. Repetía la palabra tranquilo como un mantra. Llegó a un pequeño embarcadero rodeado de bonitas luces verdes. Tomó el paquete y saltó hacia la madera sin dificultad. Miró al cielo, hermoso, lleno de estrellas. Ya estás al otro lado, se dijo. Se acostó en el suelo allí mismo con el paquete sirviéndole de almohada. Cuando estaba a punto de quedar dormido escuchó pasos. Cerró los ojos más fuertemente para tratar de escapar por medio de un extraño sortilegio pero no funcionó.

-Pssst, mira, levántate pendejo.

Abrió los ojos y pudo distinguir el rostro de un hombre curtido por la vida pero de rostro apacible. Se puso de pie.

-¿Israel Montes?, preguntó.

-Para servirle a usted.

Ezequiel entregó el paquete. El hombre entonces le ordenó seguirlo. Salieron a una calle justo al lado del embarcadero. Limpia, con algún negocio abierto a esas horas. Tranquila. Montes le señaló un bote de basura.

-Allí está lo suyo. Usted nunca me ha visto y por supuesto mi nombre no es ese que usted sabe.

-Y ¿quién es usted? preguntó impertinente.

-Soy el que soy. ¿

-Qué hay ahí dentro?, se atrevió a preguntarle.

El falso Israel Montes se rió de buena gana

-Mierda de buey para que hagas tu pan sobre ella, cabrón, y tuvo la confianza de darle una palmada en el hombro. -Usted parece buen tipo, no se meta en problemas, váyase a su casa. Y no sea preguntón, carajo. Dicho esto se alejó.

Ezequiel esperó uno, dos minutos. Quizás tres. Se acercó al bote de basura. Pensó en si lo que le decían era literal o simbólico. Caminó hacia el lugar señalado y vio un pequeño bolso de cuero negro. Lo tomó y sin mirar a ninguna parte se dirigió al final de la calle.

Seol Mossebot, creyó leer en el letrero de neón. Antes de entrar abrió el bolso y se sorprendió con los billetes de denominación altísima. Soltó una carcajada. Malditos hijos de puta. Los quiero, gritó. Atravesó las pesadas puertas de entrada en cristal oscuro. Una barra simple pero elegante y tres mesas de billar. Había cuatro bailarinas cuyo aspecto era el siguiente: sus piernas eran bien torneadas y calzaban zapatos de tacón alto. Ezequiel lanzó una carcajada por lo obvio del asunto y por las minifaldas plateadas.

Palestinos de Jerusalén: educados para permanecer

Foto por Adrián González (@adrienone)

Moe Tahan, un palestino que nació en 1972 en Jerusalén, es el propietario del acogedor restaurante Sarwa, donde sirve sabrosos y generosos platos típicos de la región en un salón rodeado de libros y fotos históricas de Palestina en la calle Nablus, la principal vía comercial del oriente de la ciudad, la parte musulmana de la histórica urbe.

Lo está pasando especialmente mal desde el 7 de octubre de 2023 porque tras la incursión de Hamás en un kibutz aledaño a Gaza y la toma de rehenes apenas llegan turistas a Jerusalén y su principal fuente de ingresos ha desaparecido.

En 1991, con la primera intifada (ola de protestas contra la ocupación israelí), emigró a EEUU y vivió en Los Ángeles trabajando en la industria de la alimentación hasta que regresó en 2009. Allí aprendió algo de español relacionándose con puertorriqueños y otros latinoamericanos. Como típico palestino, antes de hablar sobre sí mismo y sus penurias se preocupa de los otros y critica la política migratoria del presidente Donald Trump contra los indocumentados.

“Lo que está haciendo Trump con los latinos, que son muy buenos trabajadores, está muy mal”, lamenta mientras sirve una deliciosa sopa de lentejas acompañada con pan de pita, humus, ensalada y encurtidos.

Moe, que es lo que le queda de su Mohammed original, regresó a su tierra para abrir el restaurante en el mismo local en el que sus padres tenían una próspera agencia de viajes hasta 1967, cuando la guerra árabe israelí acabó con el negocio.

“Antes de 1967 los palestinos podían viajar y viajaban por toda la región sin problemas, no había fronteras para ellos”, dice mostrando un libro que recoge la historia de aquella agencia de viajes que usaban muchos recién casados para visitar Líbano, Jordania o Siria en el viaje de bodas.

Moe disfruta de su pasaporte estadounidense y no tiene problemas para viajar, pero en Jerusalén, donde nació, vive con permiso de residencia: “en mi tierra tengo green card”, sostiene haciendo alusión al carnet para residir en EEUU como extranjero.

Explica que Jerusalén es una ciudad muy cara, “incluso para los turistas”, y que lo asfixian con impuestos. Luego el gobierno invierte los recaudos sobretodo en la parte occidental de la ciudad mientras en el Este es palpable la falta de atención en servicios públicos.

El restaurador es optimista y desea la paz, pero entretanto: “no sabemos lo que va a pasar, tenemos que vivir día a día. No sabemos qué esperar de ninguno de los dos bandos”.

“Yo lo único que quiero es la paz”, insiste.

Imad Muna es el propietario de la librería Educational Bookshop en la misma calle, ya más cerca de la Puerta de Damasco de la amurallada Jerusalén vieja. Cruzando la vía está la librería de su hermano, en la que se venden, y se discuten en la acera, libros de historia, política, sociología y periodismo en inglés y otros idiomas. A principios de este febrero su hermano y uno de sus sobrinos fueron arrestados porque a los soldados israelíes no les gustan los libros.

Expone que nació en Jerusalén, donde fue a la escuela, donde tiene sus raíces y que considera su tierra.

“Crecimos con la ocupación, la ocupación es parte de nuestras vidas, pero año tras año la discriminación ha ido de mal en peor. El espacio físico es cada vez menor y cuando tenemos un gobierno de derechas es siempre todavía peor”, denuncia Imad.

Expresa que: “no es fácil vivir así, pero resistimos porque esta es nuestra tierra, estamos acostumbrados a esperar cualquier ultraje en cualquier momento, es parte de nuestras vidas”.

Dice que todos los días enfrenta la discriminación: “ya seas hombre o mujer, ya vayas a la escuela, al trabajo o a rezar. Siempre hay algún problema, la policía siempre está ahí, esperando a molestarnos con cualquier excusa”.

En su mente siempre está “la ocupación” y por eso tiene un plan A, un plan B y un plan C por lo que pueda suceder.

“Siempre estamos pendientes de que nos puede pasar algo en cualquier momento”, subraya.

Asegura que vivir en Jerusalén es una decisión a la que no va a renunciar nunca, pero que para eso es necesario tener una  buena educación además de una adecuada situación financiera.

“Yo tengo opciones, yo he estudiado y me podría haber ido, pero esta es mi tierra, la tierra de mis ancestros. Algunos se rinden y si pueden, se van, pero yo decidí quedarme”, explica este palestino casado con un siria y padre de cuatro hijos, que son ya dos hombres y dos mujeres de entre 30 y 20 años a los que envió a estudiar a Inglaterra y Suecia para regresar después de haber sido educados en Europa.

“Seguiremos todos aquí y de aquí no nos vamos a ir, es nuestra herencia”, insiste.

Como Moe, también dice ser optimista, “si perdemos la esperanza no nos queda nada”.

Dice que aunque ahora están enfrentando “el fascismo”, esto va a acelerar el final de la situación, porque “cuando gente estúpida como (Benjamin) Netanyahu o (Donald) Trump llega al poder, pronto se acaba todo”.

Admite que los próximos cuatro años con Trump en la Casa Blanca van a ser duros, pero que de cualquier forma Estados Unidos siempre ha apoyado a Israel, estén demócratas o republicanos liderando el congreso o el gobierno.

“Ya Trump estuvo cuatro años y se fue y nosotros seguimos aquí. Porque nosotros seguiremos aquí pase lo que pase, esta es nuestra tierra, que seguirá siendo Palestina. Esto es Palestina y ellos lo saben, digan lo que digan”, asegura Imad sin miedo en la mirada.

Yahia Khalaf es el gerente del Hotel Addar, el único hospedaje palestino que queda en la zona, rodeado de grandes hoteles en territorio ocupado de propiedad israelí o cadenas internacionales. Él y otros dos empleados hacen el trabajo de siete personas. Los cuatro que faltan no pueden llegar porque no viven en el área y los soldados israelíes no les permiten acceder a la zona.

El Addar, fundado en 1870 por Mohammed Nuisebeh, conserva el encanto de un hospedaje árabe decimonónico de novela mientras ofrece las comonidades de un hotel moderno con pulcritud y excelentes calefacción y velocidad de internet. Es cierto que se podría reparar algún detalle, pero habría que ser muy insensible e inhumano para ponerle un pero.

Como Moe con los migrantes latinos en EEUU, sabiendo Yahia que soy español, no quiso empezar la entrevista ni acabarla sin reiterar insistentemente su agradecimiento por la solidaridad de la sociedad española con la causa palestina.

“Cuando se escriba la historia de Palestina, en ella España va a tener un lugar importante”.

Pero yo escribo para un medio puertorriqueño y allí son víctimas del mismo colonialismo que padecen ustedes, le planteo.

“Sí, sí, sí, conocemos la historia de Puerto Rico, somos como hermanos, sabemos lo que Estados Unidos ha hecho allí”, me contesta muy serio.

Yahia nació en Jerusalén y vio interrumpida su educación universitaria como consecuencia de la primera intifada, que sucedió cuando tenía 20 años.

Su hermano estuvo en prisión en dos ocasiones por tirar piedras a los soldados israelíes. La primera vez, fue detenido con 14 años y salió en libertad a los 17.

Migró a Inglaterra, pero pronto regresó para cuidar de su padre en sus últimos días. Luego volvió a Europa buscando acabar sus estudios universitarios porque “sin educación, nosotros los palestinos, no somos nada”.

Regresó a Inglaterra con poco más de cien libras en los bolsillos. Resulta que los billetes de libras que llevaba eran antiguos y estaban fuera de circulación. Finalmente consiguió que el banco le cambiara los billetes, pero a un tercio de su valor original.

Consiguió un trabajo gracias a la comunidad palestina en Inglaterra con el que se pudo financiar sus estudios universitarios. En 2005 se graduó de una maestría en Tecnología de la Información.

Ahora vive en Jerusalén con su pasaporte británico y permiso de residencia de Israel. Pero le costó 27 años de peleas burocráticas para que le reconocieran su derecho a residir en Palestina. Como había pasado muchos años fuera, le dijeron que había perdido su derecho de residencia. Tiene un hijo nacido en Madrid que ahora solo puede venir a verlo “como turista”.

Israel “me considera un británico con residencia en Jerusalén, la ciudad donde nací y nacieron mis antepasados”.

Sostiene que aquí, de lo que se trata es una cuestión existencial, “ser o no ser, y nosotros somos”.

“Tenemos derecho a vivir con dignidad. Ahora Trump dice que va a sacar a todos los palestinos de Gaza para hacer una Riviera, pero eso es imposible. Nosotros no somos idiotas. Nosotros conocemos nuestra historia. Nosotros estamos aquí para permanecer, amigo. Mientras queden mujeres palestinas para dar la vida a nuevos palestinos para sostener la bandera de la libertad, nosotros permaneceremos. Esos idiotas son los que van a desaparecer, es cuestión de tiempo”, sentencia.

“Los estadounidenses deberían preocuparse más por el estúpido de Trump, porque va a hacer más daño a su propio país que a nosotros, que estamos acostumbrados a todo. Él va a destrozar su país en pedazos”, añade. ie

 

Mala Muerte de Obed Betancourt

Tengo en mis manos el libro Mala Muerte. Crónicas de una isla salvaje, de Obed Betancout. Al escritor lo conocimos como poeta con un libro que, si mi memoria no me falla, es de 1978: Sacrificio al Sacerdote del Abismo, que tenía una portada roja con letras negras y que fue bien recibido por el crítico Joserramón Melendes.

Han pasado muchos años y Betancourt, ya un veterano periodista, ha escrito varios libros que van desde la novela, par de poemarios, los relatos criminales y la crónica investigativa.

Este libro que reseñamos, Mala Muerte, incluye un prólogo que sirve como una aclaración de términos, estudio y etiquetado de género: periodismo literario, periodismo narrativo, nuevo periodismo, interpretativo, reportaje de no ficción y otros. Desde el “ornitorrinco” de Juan Villoro hasta las publicaciones de Rushdie, Kundera o Hemingway, el prólogo se explaya en una reflexión sobre el género de la crónica.

No pienso resumir, pero se señalan aquí -con ejemplos y con autoridades citadas sin llegar a abrumarnos- las características principales del género en cuestión.  Digamos que se cuenta una historia de la mejor manera posible, recurriéndose a una cierta densidad tropológica leve que capta la atención del lector. Por algo, se dice, la no ficción compite hoy con la novela.

Otro pilar es la investigación rigurosa. La recopilación de información a partir de diferentes fuentes que le imparten veracidad a lo escrito. Se puede pensar aquí también en lo que habría planteado ya hace unos años Hayden White sobre la historiografía: uno no puede escapar de la ficción en cuanto se lleva a cabo selección de materiales, y desecho de algunos otros. Al ser la crónica investigativa un tratamiento del pasado se propone interrogar la verdad comúnmente aceptada y es posible recuperar una otra verdad oculta.

Es esa rigurosidad la que los lectores exigimos en cualquier obra literaria. Dice Betancourt: “Una entrevista, una crónica, un relato o reportaje periodístico, sin que importe el tema, debe provocar la misma satisfaciión que una buena obra de ficción”.

Sin embargo, se plantean algunas diferencias con críticos que también han tratado el asunto de la definición de los géneros. Por ejemplo, citando a Jaramillo – Antología de crónica latinoamericana actual -“los cronistas latinoamericanos de hoy encontraron la manera de hacer arte sin necesidad de inventar nada”- Betancourt afirma que, por el contrario, hay creatividad, hay invención y novedad, y se va más allá de ir “simplemente contando en primera persona”. El cronista, nos dice, debe desarrollar una voz narrativa, contar con arte una historia, trabajar un estilo. Crear tensión dramática, un tono, colocar diálogos en su sitio, dar coherencia, y otras argucias.

Y entonces la crónica.

Mala Muerte es la narración que tiene como núcleo significativo a Eliezer Santana Báez. Éste fue sentenciado el 26 de abril de 2004 a cumplir una pena consecutiva de 119 años, tras ser hallado culpable por los delitos de asesinato en primer grado y violación a la Ley de Armas.

Asistimos a su nacimiento “amarillo y con la cabeza alargada”.  La familia -las condiciones del padre-, las condiciones relacionadas con la salud del niño -“amarillo”- , el amor suficiente de la madre, nos van dando una idea de la dura realidad.

Desde ahí asistimos al desarrollo del brutal caso -y a la negligente investigación policial- que los medios bautizaron como “El caso Barbarita”: en 1997, la niña Lilliana Bárbara Cepeda Casado desapareció en la playa de El Escambrón. A la mañana siguiente fue encontrado su cuerpo en el área de los filtros de la abandonada piscina olímpica, demolida poco después.

La descripción de la escena del “crimen” se extiende a la visión panorámica de la Playa del Escambrón. Santana Báez presta varias declaraciones y son esas las que dan forma a una madeja de versiones y testimonios que Betancourt hilvana con coherencia. Se trata de una narración detectivesca sin abandonar los datos, los documentos y la cobertura noticiosa de aquellos años. Además, el relato se ve enriquecido por adicionales reflexiones sobre el género de la crónica y por alusiones literarias o filosóficas pertinentes. Esa es una crónica.

Cómo se entrelaza el Caso Barbarita con Mala Muerte es un asunto que dejo a los lectores descubrir.  Es este un buen libro de un periodista que hemos seguido en sus publicaciones de reportajes investigativos desde hace una década. Así, por ejemplo, su investigación sobre el Caso de la Viuda Negra -Aurea Vázquez Rijos- que fue condenada por mandar a matar a su esposo, el canadiense Adam Joel Anhang, culminó en el libro Las sangres que lloran, con la editorial Tinta Roja.

Mala Muerte. Crónicas de una isla salvaje, forma parte de los proyectos de un nuevo proyecto editorial, 14 Segundos, que anuncia ya relatos del propio Betancourt y de Josué Montijo.

MALENTENDIDO: terrorismo y equivocación en Miami

Por Alicia Rojas

Un hombre de 27 años fue arrestado en Miami Beach luego de disparar 17 veces contra un vehículo en el que viajaban dos turistas israelíes. Así comienza el parte noticioso. La primera reacción en los medios y en las redes es que se trata de un crimen de odio contra dos ciudadano judíos.

Horas después el relato cambia. Se entra en el género del absurdo. Se refrasea: en la ciudad de Miami Beach, estado de Florida, un hombre enfrenta dos cargos de intento de asesinato en segundo grado por disparar 17 balazos contra un automóvil. El hombre, identificado como Mordechai Brafman, confesó a la policía que atacó el coche porque pensó que sus pasajeros eran palestinos. Sonríe en la foto. Pensó que los había matado.

Aquí viene el giro argumental: los hombres que recibieron disparos eran dos israelíes, padre e hijo, que estaban de visita en Miami. Ellos estaban seguros de que el ataque estaba motivado por cuestión de odio. Convencidos de que era algún terrorista árabe.

Hay una cita de Pedro Albizu Campos que es digna de repetir:  “el odio embrutece”. Sin duda.   Friedrich Nietzsche han explorado el odio como una manifestación de debilidad o resentimiento, es decir, el odio puede surgir de la incapacidad de afirmar la vida y la voluntad de poder.  No sé si Albizu fue lector de Nietzsche. Sin embargo, ¿este pistolero cegado por el odio no es, precisamente, un débil sujeto resentido incapaz de encontrar sentido a su vida y la estructura con algo tan obtuso como el odio?

No es que intente hacer una reflexión filosófica de la tragedia en la interpretación de análisis del atacante y sus víctimas, todos inmersos en una interpretación de la realidad signada por la ceguera ideológica. Mas, Hannah Arendt ha analizado cómo el odio puede ser una respuesta a la deshumanización y la opresión. Argumenta que el odio puede llevar a la violencia y la injusticia, destacando la importancia de la responsabilidad moral en el contexto del odio. ¿A dónde apunta la  brújula moral es esta que tienen los implicados en este suceso?

Para mí está claro que hoy no existe ningún filtro con relación a cuestiones sobre la libertad de expresión y los límites del discurso de odio, planteando preguntas sobre la responsabilidad ética y el impacto social de las palabras. Es decir, el odio alcanza categoría de libertad de expresión y es utilizado en la retórica oficial del estado. El norteamericano y el de Israel. El atentado de Brafman en Miami es un ataque terrorista. Sin embargo, blanco como es, ningún medio lo ha clasificado como tal.

En el derecho internacional, el terrorismo no tiene una definición única y universalmente aceptada, lo que ha llevado a diversas interpretaciones y enfoques en distintos contextos. En el contexto de una sociedad en la que el supremacismo blanco y la ideología anti árabe son dominantes este acto será interpretado, imagino, como un evento solitario de un desajustado mental. Pero el perpetrador  a cofesado sin problemas estar motivado por razones políticas, ideológicas y religiosas. Sus objetivos  civiles o no combatientes -simples turistas-, con la intención de causar daño, muerte o destrucción. Se buscaba. Sin duda, causar un impacto psicológico que trascienda el daño físico, afectando un grupo particular -en este caso los palestinos, que aún al deia de hoy son masacrados en su lugar de origen.

Existen tratados y resoluciones de la ONU que abordan el terrorismo, como la Resolución 1373 del Consejo de Seguridad, que establece medidas para combatir el terrorismo. Además, algunos documentos internacionales y nacionales pueden proporcionar definiciones más específicas, pero la falta de consenso sobre una definición única sigue siendo un desafío en el ámbito del derecho internacional. En el ámbito de los EEUU, el asunto es llamativo. Así, por ejemplo, los ataques basante comunes en los que un hombre blanco ataca a un grupo de personas por cuestiones raciales siempre termina con un análisis psicológico del atacante. Nunca se trata de un ataque terrorista.

Por supuesto, los medios de comunicación desempeñan un papel crucial en la percepción del terrorismo, influenciando la opinión pública y la respuesta del gobierno y el sistema judicial. . La forma en que se presentan los eventos puede moldear la narrativa en torno al terrorismo, destacando ciertos aspectos y omitiendo otros, lo que afecta la comprensión del público sobre las causas y consecuencias.

La representación de grupos específicos puede llevar a la estigmatización de comunidades enteras, creando divisiones y tensiones sociales. Aún recuerdo el brutal ataque de Timothy McVeigh a un edificio federal, causando  decenas de muertes -principalmente niños- y cómo la narrativa nunca toco el asunto del “terrorismo”. En este caso particular, este incidente va a desaparecer en el maremagnum de noticias que día a día llenan las avenidas de información. Sobre este odio tan visceral contra los árabes no se volverá a hablar. El genocidio es política pública. Probablemente, como piensa el joven blanco, sionista, Brafman todo será un malentendido. Como fue un malentendido la apreciación de las víctimas, que estaban muy seguros de haber sido atacados por ser israelíes y judíos.

Son peligrosos los malentendidos. Habría que hacer un esfuerzo por entender.