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Escuchar a Rojo Chiringa: Ejercicio: Métodos de montaje: Cine y literatura

0. Rojo Chiringa a hecho muchas cosas. El videoclip de iLe, Triángulo, que es casi un cortometraje de fina factura. Quizás han visto ¡Sonó sonó, Tite Curet! un documental que historia parte de nuestra música popular a través del eje fundamental del autor de Juan Albañil. El colectivo;Gabriel Coss, Leandro Fabrizzi, Ray Figueroa, Yara Nazario y Patricia Beato ha ganado varios premios: 2 SunCoast Emmy Awards, 2 Latin Grammy Awards, 3 Francisco Paco Oller Awards, DocTV Latinoamérica Fund, y un Premio Especial: Excelencia en el Periodismo sobre Ecología del Overseas Press Club, entre otros.

1. El asunto es que si usted ha visto el trabajo de Rojo Chiringa sabrá que es de calidad. Y si no lo ha visto esta oración es una invitación a que lo haga. La razón para escribir el resto de las oraciones de esta nota es personal. A mí me gustan los videoclips, como iLe: Triángulo, del que Nazario fue directora de arte; me gustó el documental de Tite, en el que se muestra un Puerto Rico que se parece a otras ciudades del Caribe y Latinoamérica, y me pareció importante que hayan hecho Desagravio, un cortometraje de ficción en base a el cuento de Emilio S. Belaval, Un desagravio al cabrón del barrio Juan Domingo.

Lo que pasa es que me gusta mucho la literatura. Y el cine. Cuando entré a la universidad cayó en mis manos, literalmente, un libro que se titulaba Ways of Seeing, de John Berger. Mirar establece nuestro lugar en el mundo que nos rodea. Mirar es algo muy similar a leer. Miras un libro y lo lees. Entonces, ahí estaba Cuentos para fomentar el turismo, de Emilio S. Belaval. Por pura casualidad la poeta Zaira Pacheco está mirando un cortometraje, Desagravio, aquí, a mi lado. Me intereso. Lo veo, lo miro, otra vez. Hace poco más de un año, el corto participó en el octavo Festival de Cine Europeo de la Alianza Francesa. Arrasó. Cargó con cuatro premios: mejor cortometraje, mejor guión, mejor director y mejor cinematografía, para Willie Berríos. No voy a escribir una reseña. Me gustaría algo mejor. Escuchar a la gente que lo hizo. Rojo Chiringa.

2. Hablo con Gabriel Coss, Yara Nazario y Ray Figueroa. Los primeros dos son conocidos en el ámbito del periódico Claridad. Se criaron prácticamente en aquel edificio de la parada 26 1/2 donde estaba hace unos años el semanario. Los respectivos padres trabajaban en ese proyecto. Ahora, en la calle Borinqueña de Santa Rita, están como parte de un equipo de trabajo al que quiero escuchar. Ray no andaba por aquel edificio de dos pisos. Más bien andaba por Cuba estudiando cine, redacción de guiones, aprendiendo, viajando. Guatemala, Nicaragua. Honduras. Y de vuelta a Puerto Rico.

Lo primero que pregunto es cómo, cuándo y por qué, un cortometraje sobre ese cuento de Belaval. Ray Figueroa es el guionista. Un amigo le habla del relato. Le presta el libro. Se lee ese cuento y los demás. Le gustó y escribió la versión en imágenes. Déjenme decirles a ustedes que no están al día en la comunidad del cine puertorriqueño, que Figueroa tiene a su haber varios trabajos como director y como escritor. Pueblo Chico (corto)  2017; Desagravio (corto) 2016; Irresistible (para la tv) 2016; The Sword and the Hairpin (corto) 2014.

12:16 (corto) 2013; Encuentros (corto documental) 2011 Toque de Queda, 2010 y así, poco más de una década de trabajo. De modo que el guión de Desagravio es parte de una larga trayectoria.

Tanto Gabriel, Yara como Ray reconocen la gran cantidad de material literario que se produce en Puerto Rico como una cantera enorme para la producción de cine de ficción. Eso aparte de la creatividad de los cineastas del país. Escoger a Belaval, que no es un escritor del momento, que aún entre estudiosos de la literatura puertorriqueña no es el más comentado, es un riesgo. Pero a los tres les bastó una lectura para reconocer la genialidad de su acercamiento a una realidad social que resiste la prueba del tiempo y a un tono que lo hermana a otros modos de escribir cercanos a Latinoamérica y el Caribe. Aparte de que sus temas son universales, a pesar de la búsqueda de ese lenguaje oral específico. Figueroa intuyó la necesidad de conservar esa búsqueda de la oralidad popular junto a la posibilidad de adecuarlo a un oído contemporáneo.

3. No existe en el colectivo Rojo Chiringa la idea de que exista una polémica entre la literatura, concebida como un arte, y el cine, calificado de espectáculo. El arte puede ser espectáculo. Lo es cuando es bueno. A la larga o a la corta. La distinción sobre la que se podría polemizar es tan antigua como es de viejo el cine. Piense en Artaud, en los hermanos Lumiere, quienes adaptaron Fausto en 1896 y posteriormente George Méliès en 1899 presenta la primera versión de La Cenicienta basada en la historia de Los Hermanos Grimm y King John basada en la obra de Shakespeare.En las versiones al cine de relatos de García Márquez, en Lo que el viento se llevó. Pero no piense que esa polémica existe en las mentes de los miembros de Rojo Chiringa. Coss, Nazario y Figueroa están de acuerdo conmigo cuando digo que, a fin de cuentas, ambas disciplinas tienen el mismo fin: contar historias. La preeminencia de lo visual en el cine no significa que no tenga el mismo objetivo que un relato. Ahora bien, está claro también que es un reto creativo narrar una historia en un tiempo determinado. ¿Cuántos minutos de film son equivalentes a ocho páginas de un cuento? ¿Cuántas páginas tiene el guión a partir de esas ocho páginas? Es un delicioso reto que se asume con el hambre de hacer cine.

4. Estoy parafraseando. No hago entrevistas con grabadora. Apenas tomo notas. Les aseguro que ésto fue lo que me iban comentando.

5. No todo es literatura, por supuesto. Hay guiones originales y el documental es quizás el género más importante de nuestra producción cinematográfica. Ahí esta El Antillano (de la que Figueroa fue co-guionista), Filiberto (en la que colaboraron), 1950, por dar tres ejemplos recientes. Hace catorce años Gabriel y Freddie Marrero dirigieron Aljuriya, filmada en Palestina. Y como ven, y es motivo de orgullo, hay un trabajo colaborativo que se ha ido enriqueciendo desde que esta generación de trabajadores del cine comenzó a realizar sus obras. Ray trabaja ahora en una serie en la que la figura central es Nicky Jam. Pronto. En Netflix.

6. Rojo Chiringa se mueve haciendo su trabajo en el clima huracanado de Puerto Rico. Esta no es la URSS del 34 invirtiendo millones en la producción de cine. No tendría por qué serlo. El dinero, el capital privado, es el que provee las finanzas para hacer filme, documental o de ficción. ¿Esa inversión determina el contenido del trabajo? Esa es una pregunta que hago y la respuesta de Coss, Nazario y Figueroa es inteligente y sin evasivas. Probablemente la intención de algún inversionista es determinar el contenido. Queda de los realizadores hacer el trabajo con la mayor libertad posible, asumiendo los riesgos, pugnando cuando es necesario. Reconociendo que los espacios de libertad creativa hay que ganárselos peleando, los tres asumen que una de las peleas principales de quienes hacen cine, de quienes hacen arte, es presentar un producto de calidad que les haga sentirse satisfechos de la labor cumplida. ¿Tienen libertad cuando el inversionista es, por ejemplo, el Banco Popular? Coss y Nazario lo enfrentan con plena conciencia de los riesgos. Pero esos riesgos son iguales para todos los artistas. ¿Quién financia el arte en Puerto Rico? Si fuera el estado, ¿lo asumimos como una aceptación tácita de las políticas del estado? Si fuera la Fundación Hernández Colón ¿es una firma a favor de todas las propuestas ideológicas del fundador? ¿Quién hace arte libre en Puerto Rico? ¿En el mundo, quién está libre de la mano larga del capital financiero? Parafraseo. Son preguntas válidas, importantes, necesarias.

7. Eisenstein, uno de los genios fundadores del cine moderno, nos explicaba en su ensayo “Imagen y palabra” que el montaje es el modo en el que los cineastas se enfrentan a la tarea de presentar no solo una narración lógicamente coordinada sino con el máximo de emoción y poder estimulante. Explicaba que jugando con trozos de película los “izquierdistas” del montaje habrían descubierto una propiedad: dos trozos de película de cualquier clase, colocados juntos, se combinan inevitablemente en un nuevo concepto que surge de la yuxtaposición.

El realizador de El acorazado Potiomkin utiliza como ejemplos del proceso de trasladar la literatura a la imagen cinematográfica algún poema de Pushkin, otro de Machado (¡Sorpresa!) y nada más y nada menos que unas notas de Leonardo Da Vinci como “guión cinematográfico”.

En otro de sus ensayos, el profesor y teórico del Instituto de Cine de Moscú, lanza una admonición:

Nuestros grandes maestros de la literatura de Pushkin y Gogol a Mayakovski y Gorki han sido valorados por nosotros no solo como maestros narradores. Hemos valorado en ellos la cultura de los maestros del discurso y la palabra.

Es hora de que con toda agudeza nos planteemos el problema de la cultura del lenguaje fílmico. Es importante que todos los cineastas hablen por esta causa. Y antes que nada, que lo hagan en el lenguaje del montaje y las tomas de sus propias películas. (“El lenguaje fílmico”, 1934)

Claro, no estamos en tiempos de lanzar advertencias sobre asuntos relacionados a cultura y/o espectáculos. Más bien quisiera señalar que veo con buenos ojos el interés de los realizadores de cine en Puerto Rico, como Ray Figueroa, de apropiarse de ejemplos del discurso y la palabra literaria nacional para, con agudeza, ir añadiéndolo al lenguaje fílmico como apoyo importante y fundamental.

No puedo terminar esta conversación, esta escucha, sin pensar en que sería una maravilla tener un espacio en los medios para escuchar a los artistas, cineastas, escritores, charlar sobre sus trabajos en progreso, problemas, producciones, triunfos y fracasos. Escucharlos es un aprendizaje divertido. Les agradezco que me dejaran escucharlos un rato. Quisiera que mucha gente pudiera hacerlo. Es que afuera se escucha tanto ruido.

Historias de las comidas y y bebidas de la isla* (fragmento)

0.

Nada más ayer en la isla el hambre

se hacía siempre de féculas, agua y leche y my poca sal.

El sol a fuego lento y luego alto, alto, quedando su calor

aderezando las noches entre los cantos del animalito aquel.

Nada más un poco del pasado, ayer, decía,

el hambre hacía de la yuca harina, flor de trigo,

arroz.

Poco a poco la harina desleída agitándose con cucharón de madera

como el olvido se cuece y se espesa

igual que un domingo en la mañana.

El recuerdo se aparta y se sirve.

1.

Al enfermo, quién será,

se le dará la carne del ave

majada en un almirez con un pedazo de pan y caldo,

¿quién será el que acerque el bocado?

A quien sufre, ¿por qué no el drama

de vivir en la orilla y lavar los cangrejos

que luchan a muerte en la olla con agua y sal?

Los jueyes huelen a historia  y a marea baja

que huele a manteca

donde los ajos y los ajíes dulces suenan a aguaceros.

Los jueyes caminan como el sabor de los tiempos.

Al enfermo, ¿por qué no se le ofrece pescado a la parrilla

con el agrio sanador de dos limones?

2.

El lechón se coge

se mata y se pela

como en tiempos lejanos hacían los celtas,

como en tiempos aún más lejanos hizo

el distraído carnicero chino

según cuenta el aún más distraído

Charles Lamb.

Y así como hubo una ruta de la seda,

hay una ruta de la grasa

que nos define de alguna forma

atravesados por una vara

asados con leña.

* El poeta chileno, Pablo de Rohka, ofreció al mundo su Epopeya de las comidas y bebidas de Chile. En Puerto Rico, Salvador Brau historió sin decirnos que comía el hambre. Quizás Palés Matos es el único poeta puertorriqueño que pensó en eso. En 1859 se publicó un “formulario para confeccionar toda clase de alimentos” que pretendía atender “las circunstancias especiales del clima y de las costumbres puertorriqueñas” (El cocinero puerto-riqueño ó Formuario para confeccionar toda clase de alimentos, dulces y pasteles, conforme a los preceptos de la química y la higiene y a las circunstancias especiales del clima y de las costumbres puerto-riqueñas. Ediciones Puerto. 2004)

Las mujeres debemos contar que la vida y sus trampas se desafían (Para algo deben servir las palabras)

Cegados por el presente perpetuo, padecemos de lo que llamo la ilusión de igualdad. Creemos que nuestros derechos son naturales y lógicos. Como si las prácticas cotidianas, individuales o sociales, no tuvieran que ver con un lugar en el mundo, con un contexto que las posibilita.

Esa falsa ilusión de igualdad supone que la agenda feminista está agotada. Marean las feministas, son unas lloronas, aquí vienen las aguafiestas… Pues lamento recordarles: los derechos civiles no son universales ni ahistóricos, se juegan todos los días. Estudiar, votar o tener autonomía sobre nuestros cuerpos ha costado largas luchas en un extenso proceso histórico que no cesa. Aterra el retroceso de nuestros derechos hoy. Como muestra, el Proyecto de Ley 950 del Senado de PR Ley para la protección de la mujer y la preservación de la vida que se discute en la legislatura.

El derecho de las mujeres puertorriqueñas a decidir sobre la terminación o continuación de un embarazo es fundamental para nuestro desarrollo emocional, psicológico, laboral, profesional y económico. Decidir es central para la igualdad. Un estado que no garantice el derecho a la intimidad, la autonomía y al control sobre el cuerpo perpetúa una sociedad de inequidad. No le corresponde al Estado tomar la decisión al respecto. El interés de legislar el control sobre la reproducción femenina la sostiene una ideología religiosa, social y cultural que mitifica la maternidad como el estado supremo de la mujer. Como si ser mujer fuera ser madre. Según esa mirada conservadora, el Estado debería controlar las decisiones de las mujeres sobre sus cuerpos. Incluso, se pierde de perspectiva que el aborto es parte de una maternidad y paternidad responsables. En el campo constitucional es un retroceso de por lo menos cuarenta y cinco años, cuando el Tribunal Supremo de EE.UU., decidió a partir del caso Roe vs Wade en 1973 que el acceso al aborto legal y seguro está amparado por la Constitución. Los derechos constitucionales de la autonomía, la integridad sobre el cuerpo y la igualdad son centrales a nuestra noción de libertad.

Las mujeres mayores debemos contar nuestras historias a las más jóvenes. Ellas deben saber que la vida y sus trampas se desafían. El futuro comienza con decisiones que parecen temerarias, difíciles, arduas y solitarias. Abortar puede ser una decisión espinosa porque, aunque en la mayoría de los casos las consecuencias físicas son inocuas, supone derribar farallones de creencias, murallas de ideología cristalizada en una cultura sustentada por la ignorancia. Para algo deben servir las palabras.

Debemos señalar que detrás del debate y la legislación del derecho al aborto, lo que prima es el derecho constitucional a decidir sobre nuestro cuerpo y futuro; consignar que la experiencia del aborto es común e inofensiva, en la mayoría de los casos. La extracción de una muela o una colonoscopia puede ser más arriesgado que una terminación de embarazo en el primer trimestre. Un parto supone más riesgo que un aborto en el primer trimestre. Habría que recordar aquí que el parto fue una de las razones principales de muerte femenina hasta el siglo XX.

Tenemos que contar que, por ejemplo, en décadas anteriores había más clínicas de aborto; hoy solo existen seis centros en todo Puerto Rico. Relatarles que algunas decidimos utilizar nuestro derecho a terminar un embarazo a los diecinueve o veinte años sin el consentimiento de los padres, porque así lo garantizaba la Constitución. Otras lo hicieron muchísimo más tarde en sus vidas, a los treinta o los cuarenta, sin necesitar el consentimiento del esposo, ni del Estado. Un día, luego de sopesar la decisión sobre el control de nuestro cuerpo y nuestro futuro asistimos a una clínica de Planificación Familiar y pudimos confiar, porque así nos lo garantizaba la ley, en excelentes servicios médicos de primera que velaban por nuestra salud. Nuestra experiencia no fue traumática ni terrorífica. Nuestra decisión no fue irresponsable, ni a la ligera. Tomamos las riendas de nuestra vida, asumimos nuestra responsabilidad con nosotras mismas, utilizando nuestro derecho a la intimidad, a la autonomía, al control sobre nuestro cuerpo que el estado garantiza y con ello, diseñamos un futuro para nosotras más humano y liberador. No hay melodrama, tragedia, cuento de horror en esta historia. El aborto es un procedimiento de salud femenina al cual se tiene y debe tener derecho.

Hay que contar también que otras, mayores que nosotras, cuando antes del caso Roe vs Wade no se les garantizaba su derecho a la intimidad, tuvieron que ir a clínicas clandestinas, salir del país a terminar sus embarazos o tener hijos indeseados, como les ocurre hoy a las mujeres que viven en países donde todavía esa práctica médica es ilegal o en estados de EE.UU., donde se restringe a las mujeres el derecho a decidir sobre su cuerpo. Retroceder constitucionalmente, como propone el proyecto de Ley 950, no evitará los abortos sino que aumentará la cifra de muerte de mujeres y perpetuará la inequidad en nuestra sociedad.

Hay que construir y apoyar una retórica liberadora de las terminaciones del embarazo. Debe saberse que muchas así lo hicimos y lo hacemos, a diferentes edades, por múltiples razones, garantizadas por nuestro derecho a la autonomía y la intimidad. Y aquí estamos, dispuestas a organizar nuestras palabras como redes que apoyen a esas mujeres jóvenes autónomas en este presente y en el devenir.

Sueño de brujas

Me despertó un sueño loco que tuve. Llegaba a un pueblo medieval en el que había un baile —al parecer de disfraces —en un negocio/taberna de dos plantas con interior oscuro, medio tenebroso. Para mi sorpresa, varios familiares cercanos estaban en la fiesta. Mientras me adentraba en el lugar tratando de ubicarme y entender cómo rayos había llegado allí, me interceptó para bailar el hombre momia, que aunque bendado con el típico disfraz de trapo blanco a vuelta redonda del cuerpo, parecía bastante normal. Yo no estaba muy entusiasmada con lo del bailecito porque me sentía ridícula, pero además, algo parecía no andar bien. Había pasado muchísimo trabajo para llegar allí. Crucé plazas atestadas de gente que parecían de otro tiempo, pasillos angostos y apestosos, varios tropezones con baldosas despegadas, patios interiores, copas de oro rebosantes de vino, excursiones de niños escuchas, y yo sintiéndome acechada en todo momento por algo invisible. Pero al entrar en la fiesta, que parecía ser mi destino final, me sentí a salvo. No sé cuantas canciones bailé con el momia, pero el susodicho ya iba adquiriendo sentido de propiedad sobre mi, y cuando me alejaba un poco del barullo reclamaba mi presencia con autoridad. Me cansé de todo aquél absurdo y me fui afuera a tomar aire. Era un callejón comercial con muchos negocios de bebida y ambiente hostil. Yo seguía sintiéndome rara, perseguida. De momento se aparece uno de mis hermanos y me dice que tenemos que volver adentro. Cuando entro, veo al momia dando vueltas con los brazos extendidos. Cual momia de los muñequitos, me buscaba. Ya esta vez sin la soltura del baile, a paso lento, torpe pero con obstinación. Quería atraparme, lo sabía. Me cagué del miedo y empecé a huir corriendo entre la gente y gritando que si no me dejaba en paz lo mataría. Me respondió —a la vez que se destapaba la barriga en la que traía una cara tatuada en color sepia—, que no le importaba, porque él era el Barón del Cementerio, ¡en persona!. Entonces sí que corrí despavorida en busca de cordura hacia el callejón que seguía atestado de gente que creí muerta, porque cual si lo hubiese conocido de toda la vida, sabía que el Baron del Cementerio o San Elías era en algunas religiones caribeñas, el ente que permite el paso entre el mundo de los vivos y los muertos. Quisiera pensar que como tengo Influenza y no pude salir a pedir dulcecitos ayer, que fue noche de Halloween, mi inconsciente y la fiebre se encargaron de regalarme una dulce y espeluznante noche. No me empeñaré en buscarle otro sentido a ese sueño, pues no creo que haga falta. A veces, el que busca encuentra.

Topografía: El poeta y la nación

Amigos muy queridos me advirtieron que no hablara de este asunto porque iba a quedar como una persona anticuada y no sé cuántas bellezas más. Los quiero mucho, gracias. Pero, tal vez, a cierta edad, uno empieza a no tener remedio. En fin, que a veces uno se suelta, dice lo que le hierve por dentro y exclama “que Dios o a quien corresponda reparta suerte”.

Procedo entonces a contar la pequeña historia. Mi amigo y vecino el poeta llegó a mi casa desarbolado con la barba de varios días, muy preocupado. Me dijo que lo habían “acusado” de nacionalista. Estaba dolido no por la palabra que aludía a la idea de nación, sino por su empleo como acusación, lo que implicaba un significado negativo. Recordé inmediatamente una época de mi vida en que ciertos interlocutores con intención de ofensa acusaban a uno de comunista. Recuerdo amigos que no entendían ya que para ellos la palabra comunista era un cumplido no un insulto pues representaba un alto grado de desarrollo del espíritu y del sentido de solidaridad. Pero en fin, sigo con el tema. Me puse a pensar y como médico o abogado que no recuerda bien lo que estudió busqué en los libros más cercanos. El primero fue el diccionario. Leí en voz alta a mi atribulado amigo: “Nacionalista: perteneciente o relativo al nacionalismo 2. Partidario del nacionalismo.” Aunque la definición decía poco, ayudaba. Busqué entonces “nacionalismo”. Otra vez leí en voz alta: “Sentimiento fervoroso de pertenencia a una nación y de identificación con su realidad y con su historia. 2. Ideología de un pueblo que, afirmando su naturaleza de nación, aspira a constituirse como Estado.” Esta volvía a decir poco pero decía más que la anterior. Y ya podíamos empezar a pensar, a inventar. (Sí, a inventar, porque sobre todo en este asunto no creo que debamos creer en ciertas “autoridades”. )

Después de leerle las definiciones al amigo vecino y poeta y luego de un largo silencio este reaccionó y dijo: “como Puerto Rico es una colonia no puedo identificarme con su historia, valga la redundancia, colonial, pero sí puedo identificarme o reconocer el valor, la importancia de la lucha contra esa realidad. Por otra parte, si nacionalismo es la ideología de todo un pueblo que quiere constituirse en Estado, estoy totalmente de acuerdo.” Yo le dije que recordara que en nuestro país mucha gente erróneamente pensaba que la noción de nacionalista implicaba la identificación con lo que dijo o hizo el Partido Nacionalista fundado en 1922, al cual se unió Albizu en 1924 y que llevó a cabo la Insurrección del 30 de octubre de 1950. Él me respondió que ya el tema iba para un rollo histórico ante lo cual le recordé: “tú fuiste el que trajiste el lío, ahora hay que desenredarlo.”

Así las cosas, a mi amigo se le encendió la bombilla y tuvo la ocurrencia de decirme: “¿y los que se sintieron puertorriqueños antes que nosotros, qué dijeron?” Me gustó su idea y volví a buscar en los libros. Sé que la verdad o la realidad no es solo cosa de libros, pero debía ayudar a un amigo y eso era lo que tenía a la mano. El amigo y vecino añadió: “antes que nada busca a ver qué dicen los poetas”. Lo miré sonriéndome pues sé que esa es su debilidad o fortaleza, según se mire. Obedecí y leí en voz alta la última estrofa del poema “Insomnio” de Santiago Vidarte (1828-1848), nuestro primer gran poeta, que murió a los 20 años: “Cerca está el puerto. ¿Ves la peña aquella / que está del mar en brazos reposando, / vestida de castillos, rica, bella . . .? / Pues es . . . ¡Poder de Dios, si estoy soñando . . .!” Vaya, me dijo mi amigo, parece que nuestro país, desde el comienzo, es un viaje hacia un lugar que al final resulta ser un sueño, una ilusión, un deseo. Le concedí la razón al vecino y añadí haciéndome el erudito intelectual moderno que había autores que afirmaban que la nación era una comunidad imaginada. Pero él no hizo caso e insistió en que le leyera más de los poetas. Era evidente que se había entusiasmado con el tema y la búsqueda. Y a mí me entró el temor (o el entusiasmo) de que me preguntara si tenía vino o cerveza en la cocina. Entonces leí de José Gautier Benítez (1851-1880), el poeta cagüeño, una estrofa de “A Puerto Rico” que complicaba y enriquecía el tema: “Para poder conocerla / es preciso compararla, / de lejos en sueños verla; / y para saber quererla / es necesario dejarla.” Ahora resulta, dijo el amigo, que la distancia o la ausencia es requisito para querer el país. Sí, le dije, y creo que también se sugiere que la emigración también es experiencia importante para el “amor” o la apreciación del lugar de origen de uno o de sus ancestros.

Después de un largo rato de sacar libros del librero y leer pasajes pertinentes al tema ya se me habían irritado los ojos y, además, estaba cansado de hacer de terapista. En ese momento decidí declarar de forma espontánea y tajante mi sentir sobre el tema. Nótese que he hablado de mi sentir.

Entonces le dije al amigo que el nacionalismo como realidad emocional o psicológica y posición política no se podía limitar a un partido sino que podía ser la verdad de todo un pueblo. Le dije que el país donde uno ha nacido si bien es obvio que es punto de partida nada ni nadie prohibe que pueda ser punto de llegada. Le dije que no veía por qué a otras nacionalidades en otras regiones del planeta se les reconoce sin problemas su particularidad, su derecho a constituirse en nación con su propio Estado mientras que a Puerto Rico se le niega. Le dije que, a veces, es irónico que se hable a favor de la diversidad de las culturas nacionales, por más extrañas que sean, mientras que a Puerto Rico no se le reconoce su particularidad dentro de la diversidad planetaria. Le dije que el nacionalismo o la afirmación del derecho a existir y a imaginar y organizar el futuro de un país no equivale necesariamente a una actitud o propuesta violenta, agresiva, patriarcal, xenófoba, racista basada en una visión monolítica, simplista y petrificada de la nación. Le insistí en que no se debía aceptar que otros por ingenuidad o perversidad ideológica definieran los conceptos de nación o nacionalismo en contra nuestra. Me reafirmé en que sí podíamos soñar (como nuestros primeros poetas) con una nación libre y solidaria amada en la presencia y en la ausencia, y que abrazara la diversidad de identidades incluyéndose a sí misma como una cultura heterogénea y cambiante donde podíamos ponernos camisas de todos los colores, incluyendo el negro, sin que a nadie se le ocurriera por eso la tontería de decir que eramos fascistas.

Eso le dije al vecino poeta que se declaró totalmente de acuerdo conmigo y acto seguido propuso muy pícaro que debíamos celebrar nuestro acuerdo.

Ya he contado la pequeña historia. Ahora que los lectores o los dioses repartan suerte.