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Servilismo energético, futuro que nos condena al pasado

Nuestro país carece de una visión colectiva de futuro mientras nos naufragan con agendas que representan los intereses de otros. Por eso, cuando desde el congreso federal nos quieren imponer la gasificación de la Isla, más que un paso de avance, esta medida representa una nueva imposición colonial de dependencia energética y sumisión a combustibles fósiles. Da lástima ver el papel de servilismo de quienes se hacen hasta supuestos autores de esa clara agenda salvaje que es canalizada a través del congresista Rob Bishop.

El chantaje ya empezó y las falacias de ahorros de un 40% que no existen se comienzan a repetir creando falsas expectativas. Estas inversiones requieren mucha más infraestructura que la que se discute inicialmente, ‘peajes’ y otros costos ocultos que incluyen fluctuaciones de precios que no controlamos. Si a alguien le beneficiará la gasificación, no será Puerto Rico. Se beneficia el cartel del gas con la visión anti-histórica de Trump de negar el cambio climático e impulsar más quema de combustibles fósiles con el destructivo proceso de extracción de ‘fracking’ en Estados Unidos.

Ponernos de acuerdo sobre asuntos críticos ha sido el gran desafío. Estas divisiones nuestras se utilizan por quienes controlan el poder político en Wáshington para no actuar o para dictar a su manera. Pero si algo queda claro como nuevo consenso nacional es el rechazo mayoritario a nuestra condición colonial y que el sistema energético es una configuración obsoleta que necesita reingeniería. Pero esa reingeniería no puede consistir de la sustitución de una adicción por otra.

El dilema interno es claro, o producimos nuestra propia energía en el lugar donde hace falta, de forma limpia y renovable, o seguiremos dependiendo de importar combustibles fósiles que, aparte de desangrar nuestra capacidad económica, contaminan y necesitan de postes y cables para llevar la energía hasta su casa. Perpetuar la dependencia energética es también perpetuar la colonia manteniendo a la Isla presa como consumidor de un renglón fundamental de la sociedad mientras se limita nuestra capacidad de producir energía y riqueza propia. Por lo tanto, si descolonizar a Puerto Rico es un consenso que rebasa ideologías políticas, impulsar autosuficiencia energética con recursos endógenos como el sol, viento, agua y biomasa debe ser el camino. Tan así, que hasta el propio Departamento Federal de Energía entiende la importancia de adoptarlas como el estado de Hawái, que se trazó la meta de lograr 100% autosuficiencia energética para el 2045. Si prefiere la república, también puede mirarse en el espejo de Costa Rica, Uruguay o Irlanda, donde se vive al cien con energía renovable.

Cuando recibimos recientemente la visita en Adjuntas de un grupo de congresistas incluyendo a Nancy Pelosi, Nydia Velázquez y la comisionada residente Jennifer González, además de compartir nuestras experiencias de autogestión comunitaria, allí se reclamó a favor de comenzar a descolonizar a Puerto Rico con hechos, construyendo un sistema energético de autosuficiencia. Sostuvimos que, atender la pobreza generalizada de la zona, podría también incluir ver a nuestra gente, no como consumidores de energía sino también como sus productores.

Tras el huracán María, fue evidente que la crisis energética con todas sus consecuencias no se debió a la ausencia de capacidad instalada de centrales generatrices que operan con petróleo, gas y carbón. Esas generatrices estaban y tenemos un excedente de ellas. De hecho, suplen 98% de nuestra demanda energética cuando tenemos tanto sol. Según estudios de ingeniería, bastaría con colocar paneles fotovoltaicos en el 65% de los techos en estructuras existentes para generar el 100% de la demanda energética en horas pico en el lugar donde se necesita. Hoy no lo aprovechamos ni para producir el 1%. De hecho, con la despoblación, mejoras en eficiencia energética como luces ahorradoras o mejores enseres, y desindustrialización de la Isla, la demanda energética total ha disminuido sustancialmente en los últimos años. Entonces: ¿Cómo la solución de futuro para atender la crisis energética es construir nuevas generatrices (nueva deuda) para que quemen gas? Esta propuesta no representa nada nuevo ni añade capacidad de resiliencia, un término de moda que tantos políticos cotorrean.

Lo que falta en nuestra cartera energética son inversiones en fuentes de energía renovable, con recursos locales, en alianza con la gente misma. Esa sería una agenda nuestra, de futuro, democrática y participativa donde la riqueza que se genere sea para atender nuestra realidad y no para enriquecer más a los mogules y asociados del gas natural ni del petróleo ni del carbón sucio. Si damos un paso, que sea para darle frente al futuro.

Publicado por acuerdo editorial en conjunto en 80 Grados y el periódico La Perla de Ponce.

TOPOGRAFÍA: Susana sonríe (1943-2018)

“Y, viéndose perdido, ¿por qué no se hizo el muerto?

Gregorio contesta rápidamente:

‘Porque la misión nuestra no era esa.’

Luego, bajando la voz, dice muy quedo:

‘La misión de un nacionalista no es rendirse.

Se llama hombre suicida . . .’”

Quien pregunta es Miñi Seijo Bruno, y el que contesta, Gregorio Hernández Rivera, el único sobreviviente del ataque a Fortaleza el 30 de octubre. El diálogo forma parte del libro La insurrección nacionalista en Puerto Rico 1950. En ese momento histórico, si bien la familia de Matos Paoli y Freire Meléndez compartía el punto de partida de Gregorio, el camino de su respuesta fue distinto. Ellos crearon otra vía. Tal vez, como en aquel Utuado utópico al que los insurrectos –según el plan original– debían llegar para resistir, la pareja de Francisco e Isabel, sus hijas Susana y Marisol, y luego los nietos, pudieron crear otra vía de la insurrección: se unieron en la resistencia de la trinchera familiar. Con su amor, convirtieron la derrota político–militar, en una victoria personal, familiar, ética y poética. En una especie de posguerra, supieron vivir y conocer la alegría, a través de la transformación y la perseverancia. Mientras otros, en la década del cincuenta, vivían en la normal anormalidad colonial, la familia de Matos Paoli y Freire Meléndez sobrevivía al presidio, la soledad y la incomprensión de la mayoría engañada que celebraba la política oficial. Pero la familia salió adelante, y sonriendo. Quizá, de ahí nació la sonrisa de Susana.

Por razones evidentes, la biografía de los padres de esta familia es más notoria que las de las hijas. Reconocemos, por lo tanto, que es poco lo que sabemos de Susana. (Pero es que también ella parecía que obraba en el clandestinaje, y razones no le faltaban.)

Entre otras cosas, sabemos que estudió en la UPR en la década del sesenta, que estuvo cerca del grupo de poetas de la revista Guajana, que estuvo casada con el poeta Marcos Rodríguez Frese con quien tuvo dos hijos, Ernesto e Isabel; que estuvo en el Colegio de México, que hizo la tesis de maestría sobre Matos Paoli en 1984 y la doctoral sobre Octavio Paz en 1991, que publicó dos libros sobre la obra de Matos Paoli: Intelecto en Éxtasis (2014) y Po/ética (2011), que fue profesora universitaria.

Algo nos sugieren estos datos. La poesía es una presencia constante en la vida de Susana. Su tesis de maestría y los dos libros publicados demuestran su deseo de entender, profundizar y explicarles a otros algunas de las claves de la obra de Matos Paoli. Tampoco es casualidad que el tema de su tesis doctoral sea Octavio Paz. Hay correspondencias. Ambos poetas, coetáneos, buscaban en la poesía la unión de lo terrestre y lo trascendente o divino. Paz buscó en otros dioses, Matos Paoli reinterpretó su cristianismo. La lectura de uno ilumina la del otro.

Hay otro algo que nos sugieren los datos. Digamos que por contigüidad histórica y generacional, Susana coincide con el auge del marxismo en su versión leninista no solo en el ímpetu de las luchas universitarias de la década del sesenta sino también en el movimiento político de izquierda en el país. Debe haber sido problemático para Susana (y para Marisol) formar parte de un espacio familiar signado por el nacionalismo, el catolicismo, el espiritismo y la masonería, cercado además por la persecución, y a la vez participar o atravesar por los incendiarios círculos universitarios independentistas alimentados por el marxismo leninismo. No hay duda que las consignas y voces provenientes del marxismo universitario afectaron a Matos Paoli. La evidencia está en sus diarios y en su poesía. ¿Pero cómo les afectó a Susana y a Marisol? No lo sabemos. Susana, según la recuerdo, era discreta y reservada. Pero el haber estado tan cerca de los poetas marxistas de Guajana y a la vez estar dentro de una familia de hondas raíces nacionalistas y cristianas creo que tiene que haberle dejado huella.

En 1988 conocí a Susana en la Universidad Interamericana donde fuimos colegas. Luego, en 1989, iniciamos labores en la UPR en Río Piedras. Nos unían convicciones políticas y el compromiso poético con la obra de su padre. Pero, ¿de verdad, la conocí, supe de verdad quién era ella? Susana reía mucho al hablar, y ahora se me ocurre que detrás de su hablar riendo estaba la sabiduría de la persona que está de vuelta de mucho sufrimiento y puede navegar sobre el mismo. Por ejemplo, nuestro último encuentro, en la actividad de recordación de la vida de Elizardo Martínez.

Allí, en el patio central del Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe me dijo riéndose y muy divertida, que iba a ser bisabuela y luego añadió una frase, algo así como “si llego allá” o “si estoy viva para entonces”. Yo no supe o no quise interpretar las palabras. Sabía de su enfermedad pero no creía que su final fuera inminente. Pero ella estaba, a la vez, dentro de la trama de la vida y por encima de todo. La muerte estaba ahí, sí, pero también, a la vez, la vida. Era como si poseyera una conciencia superior de los acontecimientos o que su estado de ánimo estuviera alimentado por un gozo secreto. No tengo dudas sobre eso. Pongo un ejemplo más de su forma de ser, aunque en este no hay risas. Una vez, como reacción a un malentendido intradepartamental, le oí exclamar, en privado, refiriéndose al poder colonial que: “le habían quitado a su padre”. La frase no se olvida fácilmente pues ella encierra todo el dolor de la cárcel, la persecución, la soledad, la incomprensión del país, así como los vaivenes de salud de don Paco.

Se han quedado muchas conversaciones y asuntos sin abordar con Susana, uno de ellos la publicación del tercer diario –inédito– de Matos Paoli. (Una pena: cierta editorial que no contestó no tuvo la deferencia de devolver la copia sometida a su consideración.) Pero ahora que ella ha traspasado la frontera del rocío, esa metáfora de metáforas del Canto de la locura, yo aprovecharía para preguntarle algunas cosas como, por ejemplo, y entre otras, si ha constatado que la Virgen curó a su padre o si fue un desvarío de él haber pensado eso; también, si ha recuperado la parte perdida de su familia, esta vez con toda la alegría de la presencia plena. Le preguntaría si ya ha conocido a Susana Paoli Gayá, la abuela de quien heredó su nombre; también, si ya le han sido reveladas las últimas claves de la poesía de su padre, y si ya, por eso, y por fin, se siente liberada de todo. Pero me imagino que Susana, siempre discreta, reservada, como clandestina, no me contestaría, ni a mí ni a nadie. Con su sonrisa insinuaría que tendríamos que traspasar la frontera del rocío para buscar las respuestas. Sí. Así será tarde o temprano. Pero no hay que tener prisa ni temor. Gracias a esta familia, ya sabemos reinterpretar a Gregorio, el sobreviviente: la misión no es rendirse, es crear una vía propia de resistencia y de alegría secreta, o lo que es lo mismo, hablar riéndose, con una sabiduría que navega sobre el dolor, como Susana.

Aquella ¿masacre? de puertorriqueños en Ciales , agosto 1898

Probablemente usted haya leído El levantamiento de Ciales, de Juan Manuel Delgado (Guasábara, 1981). El autor publicó algunas notas en Claridad en los años ‘80. Delgado estipula en su libro que “El 13 de agosto de 1898 más de seiscientos campesinos cialeños se levantaron en armas y proclamaron la independencia y República de Puerto Rico. Posteriormente llegaron a Ciales grupos de insurrectos de otros pueblos para respaldar la gesta”.

Estas proclamaciones se han puesto en duda por otros historiadores debido, entre otras cosas, a que no existe una prueba documental. Delgado, sin embargo, sostiene su libro sobre otros documentos que lee, obviamente, en el contexto: se trata de escritos desde posiciones oficiales y de poder. Además, recurre a la tradición oral.

“La tradición oral, como ya indicamos anteriormente, señala que cincuenta y una personas (51) murieron en el levantamiento. Esta cifra justifica la tradición oral al señalar que después del combate hubo un fusilamiento en la plaza y otro en el barrio Frontón. Posteriormente los españoles montaron los cadáveres en carretones de bueyes y los transportaron hasta el sector “Mata de Plátano” y allí los lanzaron al Río Grande de Manatí.

Aunque no hemos localizado documento alguno que respalde lo dicho por la tradición oral sobre este aspecto —y de haber ocurrido la matanza no lo iban a reconocer por escrito— la presentamos para que quede como un testimonio del propio pueblo que fue testigo de los hechos”.

Aparte de que el libro citado es celebratorio, alejándose del prurito de objetividad académica, el recurrir a la historia oral y a la tradición se ha utilizado también como elemento que demostraría debilidades de la investigación de marras.

Por otro lado, en 1898: La guerra después de la guerra (Huracán, 1987) Fernando Picó escribe:

Las autoridades españolas habían abandonado el pueblo de Ciales.

Al otro día del armisticio, 13 de agosto, dos partidas de criollos ocuparon el pueblo e izaron la bandera norteamericana en el ayuntamiento. Una partida de voluntarios auxiliares de las fuerzas españolas vino de Manatí en la tarde del 13 de agosto para reocupar a Ciales. De la confrontación armada de ambos bandos los cialeños salieron mal parados. Del tiroteo y de la actividad de ocupación del pueblo resultaron ocho muertos. (pp. 90-91)

Aparte de la documentación a la que recurren Maldonado y Picó, ¿qué otra fuente podemos usar?

Leyendo las noticias de la época (agosto de 1898) en el New York Times, me topo con dos partes sobre el tema.

Una nota está fechada el 15 de agosto de 1898 y el titular es sorprendente: MASACRE DE PUERTORRIQUENOS:

Ponce, Puerto Rico. Aug. 15. -Las banderas blancas revolotean en los puestos avanzados españoles y estadounidenses y todo está tranquilo. El primer informe de ultrajes de los españoles dentro de sus líneas fue llevado a la sede del general Wilson por un sacerdote que encabezaba una delegación de Ciales, veinte millas al noreste de Utuado.

Los habitantes de la ciudad izaron una bandera de los EEUU cuando se marcharon las tropas españolas. Las tropas regresaron, rasgaron la bandera y machetearon a noventa de los habitantes. Esto ocurrió el sábado. El sacerdote hizo un llamamiento a los estadounidenses para que los protegieran, pero estos últimos son incapaces de interferir en las circunstancias actuales, aunque se inaugure un reino de terror. (traducción mía)

La otra nota “confirma” la primera. El titular es dramático:”ESPAÑOLES MATAN OCHENTA. Se confirma rumor de masacre de puertorriqueños en Ciales a mano de las tropas de Macías. Otras atrocidades reportadas”.

Ponce, Puerto Rico. Aug. 17. – Llegan informes de todas direcciones sobre atropellos cometidos dentro de las líneas españolas. Sin duda muchos son exageraciones, pero los rumores de una masacre en Ciales han sido confirmados.

Algunos de los nativos se refugiaron en el campanario de la catedral y dispararon contra las tropas españolas, pero fueron dominados y macheteados en número de ochenta.

La Batería N del Séptimo Regimiento, bajo el Capitán. McComb, no pudo continuar a lo largo del camino de la montaña con el general Henry y al haber perdido un arma y seis caballos en un precipicio regresaron aquí. (traducción mía)

El parte noticioso señala la disposición de los puertorriqueños a perseguir a los residentes peninsulares y que algunos pequeños motines se han registrado. El día 19 de agosto el propio general Miles dirá al New York Times que ellos, el ejército norteamericano, no podrían intervenir para impedir que los españoles sofocaran a sangre y fuego estos pequeños motines.

Los periódicos de la época son otras fuentes. Sin embargo, debe estar claro que el periodismo durante la Guerra Hispano-Americana estaba en función de la máquina de guerra. Es bastante conocido el esfuerzo de los dueños de la prensa en crear el clima bélico y patriótico necesario para los intereses industriales y sus propias empresas. Tanto Delgado, como Picó se refieren a lo sucedido en Ciales. Difieren en la interpretación. Para el primero se trata de un “levantamiento” que proclama la independencia; y para Picó son unos “sucesos” lamentables que no poseen una inspiración política o libertadora.

A mí no me interesa probar cual interpretación es correcta. Lo que me interesa es destacar que mientras investigaba incidencias cotidianas de esas fechas en periódicos norteamericanos me topé con esas notas que hacen referencia a ese día. No las conocía y me parecieron particularmente curiosas.

No puedo leer documentos oficiales como si fueran verdades absolutas. Es poco probable que la cifra de ocho muertos que cita Picó a partir de un documento oficial sea correcta. Algunos heridos huyeron por los montes. Es probable que muriera alguno más. La cifra que da Delgado es difícil de probar (51) pero es menos a la que da el New York Times por voz de un cura cialeño. Al cura no le creería mucho y menos a los periodistas. Richard Harding Davis y Stephen Cran, por dar dos ejemplos ilustres, eran grandes fabuladores. Sin embargo, ese conteo de cuerpos no es más importante que el análisis de las razones por las que ocurrieron durante ese período varios motines, levantamientos y represalias sobre todo en el área montañosa de la isla. El libro de Fernando Picó y el de Juan Manuel Delgado son excelentes para aquellos interesados en conocer nuestra historia.

ESTACIÓN A LA DERIVA (XI)

NOS HABITA EL SILENCIO, la antigua certeza de partir a otros lugares, para seguir escapándonos, huyéndonos. Nos puebla el vacío indefinido de apartarnos de estas calles queribles, con sus locos, sus letreros, sus mujeres. Caminamos de noche, como queriendo guardar cada detalle. Por anticipado añoramos el regreso. Nos dejamos llevar, un poco aturdidos,  y de repente nos tropezamos con el arte bajo la mirada vigilante de las gárgolas. No sin cierta reverencia sentimos la aspereza de los muros que el tiempo ha ido gastando. No sin cierto temblor asistimos al misterio de su sombra, y nos preguntamos cuántas manos y cuántos ojos palparon lo mismo antes que nosotros, tardíos hijos de este siglo que agoniza. Nos posee el miedo de no querer marcharnos, de sentir un terrible dolor cuando partamos. Cada esquina es un convite de sorpresas, y nosotros mismos somos otros en su encuentro. Las viejas casa nos llaman. La olvidada arquitectura nos provoca, nos hace saltar a mirarla, como la primera vez, como si nunca la hubiéramos mirado. Los mendigos nos cuentan sus historias, y de pronto nos vemos sentados en un café profesando los arcanos del diálogo en la cena. La ciudad nos recorre. Cada rostro se detiene en nuestra mesa, y todo es un profuso carnaval frente a los ojos. Unos danzan, otros cantan. Algunos sencillamente callan, pasean en silencio, nos convidan a ese abismo y se dejan llevar, apenas sin sentirse. Los autos van, veloces. Los autobuses atestados. Todos fuman. El metro se escurre como un muerto bajo el peso de piernas infinitas. Un drogadicto grita. Un vendedor de dulces nos acecha. En las viejas librerías, un tomo de lomo gastado nos espera. Las aceras hierven con la furia de los amantes. Semáforos en rojo y en verde. Caminantes sin rumbo. Una mujer de piernas hermosísimas nos recuerda a Baudelaire. Sus piernas se esfuman. París es un trapecio donde ríen y mueren millones. París es una amistosa casa de citas en la que puertas y ventanas están abiertas. París es para que nosotros no seamos. En cada tramo de este laberinto somos otros. Asumimos máscaras insospechadas. Encarnamos dioses y demonios. Sin saberlo, repetimos palabras que justificaron la existencia de alguien, quien al decirlas no sabía que también las repetía. Confundimos la vida con las letras. En la vieja rencilla entre la pluma y las armas, inventamos razones, deshacemos argumentos, soñamos motivos, causas y efectos. El habla se nos vuelve un largo inventario de citas desviadas, y la conversación se va hilvanando entre canciones. París es un misterio. La vida transcurre de otro modo. Las sirenas no estorban. La ronca voz de un borracho no se pierde. El olor de las flores nos cautiva, y ahí, justo en la ventana del Hotel Saint Michel, desde donde se distingue una pareja que juega al amor, sentimos la ciudad como el más dichoso de los sueños. Pero el vino poco a poco disminuye, y nuevamente nos habita el silencio y el humo que despide el cigarrillo. Mañana partiremos.

*

¿QUÉ DECIR CUANDO EL FIN TOCA A LA PUERTA, y sin querer presentimos que todo va muriendo? ¿Cómo hablar de esta hora perpetua en que vamos soltando las amarras para que el viento nos lleve? ¿Qué palabras usar si justo cuando comenzamos a ver nos cierran los ojos, nos expulsan de la fiesta? ¿Cómo hablar de ti, París, si apenas digo tu nombre te me escapas por la boca? ¿Cómo decir, por ejemplo, que hace un rato te sentí en el rostro deshecho de un mendigo? ¿Cómo expresar esta agonía de andarte e irte dejando en cada calle que recorro? ¿De qué manera nombrarte, París, si apenas llego me marcho? ¿Cómo describir tus pequeños hoteles? ¿Con qué nombres armar cada recinto? ¿Cómo hablarte, París? ¿Cómo decirte que no quiero dejarte? A esta hora, las dos de la mañana, con la botella del tinto a medias, desaparecidos ya los cigarrillos, sólo busco la forma de llamarte. Estoy aquí, París, y ya te extraño.

*

¿CÓMO LLAMARTE SI TÚ ESTÁS CONMIGO? / ¿De qué manera oírte entre ti misma? / Estoy lleno de vísperas. / Las llegadas se me escapan en silencio / y me son conocidas de sobra / las despedidas. / Tengo una maleta repleta de adioses, / llena de miradas deshechas / por la pena. / Tengo un sabor amargo en la boca / y una tempestad en los ojos / que pugna por salir. / ¿Cómo llamarte si me habitas, / si oscuramente vives en mí / como en tu sombra? / ¿Cómo pedirte / aún estando cerca / que no me disipes los días / como un reloj de arena? / Tengo tus marcas, tus señas. / Me sé los laberintos de tu carne / y todo ello he de abandonarlo / para vivir entonces allá, / con tu ausencia. / ¿Cómo llamarte en la noche / cuando el alma se acomode / en su cuarto lejano / y sepa que no estás?

*

VOLVER ALLÁ, A LA ISLA DEL DESEO, a la isla del fracaso. Echarse a andar como si nada hubiera sucedido. Virar, regresar, retroceder por el tiempo y el espacio para invertir las causas y los efectos. Ir allá, recobrar el vacío y la ausencia, retomar la ruta imposible de noches y palabras, en el cuarto, ese sótano del mundo, abarrotado de los mismos libros. Salir de aquí con mi maleta cargada de ropa sucia y libros, ir descendiendo por las calles, por el Boulevard Saint Germain, acercarme al metro con frío en las manos y los hombros cansados. Atravesar tierras y mares, cruzar océanos y dejar atrás continentes, llegar a la isla. Volver allá, al rincón aislado y sordo, al mero simulacro de ciudad, a la ausencia del diálogo. Regresar a ese bosque, y no querer ya ser un ermitaño. Tener que abandonarse a los rincones, hurgando recuerdos, hasta que el viento de otoño me arrastre. Regresar allá, a la cuesta desierta que se alarga sin pausa, queriendo ser nadie y siendo tantos que ya no están conmigo.

*

UN SONETO EN PARÍS, sólo un soneto, / catorce tablas rotas cada día: / cuatro y cuatro a su vez, luego un terceto / que mira otro terceto a sangre fría. / Un soneto en París, un caligrama / tan raro que hasta el mismo Apollinaire / habrá jurado haber visto a Baudelaire / puliéndole los bordes en la cama . / Un soneto de sombras que Nerval / muy bien pudo escribir, o Mallarmé. / Un verso de marfil que ya olvidé / del que Verlaine bebiera la vocal / que lo embriagó en París. Una quimera / que ni el joven Rimbaud reconociera.

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UN SONETO ES UNA LENTA PROFUSIÓN DE VARIACIONES. Las catorce tablas que decía Neruda arden rotas como un rostro cambiante. El soneto, como el agua para Borges, es Proteo. Una coma perdida se convierte en un acento. Los puntos se interponen para engendrar sentidos ocultos, músicas jamás oídas. En un soneto caben los días con sus horas, las oscuridades caudalosas de Lezama, toda la caterva de Pessoa, las cosas que ganamos y perdemos. En un soneto cabe Dios con todas las tablas de la Ley, y cabe Moisés con su barba, rompiéndolas. En un soneto cabe el vino y las tardes en la hierba de los Champs de Mars. En un soneto se acomoda fácilmente la amante y la sonrisa de los niños, los ruidos de la ciudad, la marcha de un tren con todos su vagones, los cafés de París y los de Ámsterdam. En un soneto cabe el archipiélago de Estocolmo, el infinito Louvre, con su victoria de Samotracia. En un soneto podrían fluir el Sena y el Támesis. El soneto es la horma donde va tomando forma mi vida y tal vez la tuya.

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CRUZAR CIELOS Y MARES, estar en cualquier parte, pensar que nos dirigimos a algún lado, desde algún lado, y divagar y divagar hasta el cansancio. Escuchar noticias de otras tierras como si nos incumbieran, como si en cada palabra hubiera un vínculo secreto con nosotros. Soñarnos aturdidos: muertes, desastres, hambre, guerras. Desplazarnos de frontera en frontera, de aduana en aduana, sin imaginar un destino, habiendo olvidado los abismos del origen. Escuchar las noticias y temblar. Fatigar los periódicos en todas partes, en todos los idiomas posibles e imposibles. Refutar, afirmar, disentir, prestar atención, bostezar, aburrirse, volver el rostro. Marcharse. Preferir el sueño, el profuso carnaval de imágenes involuntarias. Preferir hundirse en la butaca incómoda de un avión incómodo. Cerveza tras cerveza tras cerveza no consiguen el sueño. Inclinarse dormido husmeando duermevelas. Despertar asustados y volver a hundirse en la tiniebla, hasta el nuevo temblor del nuevo vacío, cuando todo se estremece. Profesar la curiosidad: detenerme en el bello rostro de la azafata que me convida una café malísimo. Escrutar con todas las ganas del mundo su cara, sus ojos terriblemente bellos, su piel. Ojear el diario de caracteres extraños que ojea el vecino. Notar con alegría o desconsuelo que otros pasajeros pueblan de tinta sus cuadernos de viaje y pensar, justo en ese momento, que somos todos tan pobres que hablamos al papel, que derramamos tanta tinta en vano y compartimos tan poco la voz. Continuar derramándose, en silencio, con todas las horas del mundo y los pies adormecidos. Y aún así, no querer llegar. ¿Adónde?

Ágora de los pueblos latinoamericanos

En estos días (de 14 a 16) en Santiago, protegidos por la bella cordillera, hermanos y hermanas de todo el continente estarán reunidos en un encuentro que quiere establecer una alianza de ciudadanos/as de diversos países latinoamericanos para un nuevo pacto de la humanidad. El seminario internacional “Clamores del Sur” –una nueva humanidad habita la Casa Común– es patrocinado por organismos de la Iglesia Católica y de la sociedad civil. Todos están de acuerdo con la fragilidad de los organismos internacionales de la Organización Naciones Unidas (ONU). Es urgente una nueva integración de los ciudadanos de la Tierra, organizados desde las comunidades más pobres y en función de la vida y de la paz. Ya en 1826, en el congreso de Panamá, Simón Bolívar, inspirado en el sistema de confederación de las antiguas ciudades griegas (anfictionismo), propuso formar en el continente que los indios llaman Abya Yala una grande patria nuestra, una comunidad de naciones hermanas. No era solamente una estrategia de defensa militar o de comercio integrado. Era una alianza de solidaridad entre los pueblos. “La agenda del Congreso Anfictiónico de Panamá proponía el apoyo a la independencia de los países, la abolición de la esclavitud en todo territorio confederado y organizar un cuerpo de normas de derecho internacional” (Tricontinental, 174/ 2012, La Habana).

En la década pasada, ese sueño de integración, que el libertador no pudo ver plenamente organizado, se concretizó a través de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELEAC) y otros organismos de integración continental. El nuevo bolivarianismo, animado por el presidente Hugo Chávez, se propone fortalecer una integración hermana de todos los países latinoamericanos y caribeños. Eso supone la victoria en contra todo tipo de colonialismos y un caminar hacía un nuevo socialismo, radicalmente democrático y con la cara de nuestros pueblos.

Ese camino empezado en el inicio del siglo pudo funcionar hasta hace pocos años. Actualmente, la mayoría de los gobernantes que han conquistado el poder en nuestros países es conservadora y favorable al imperio norteamericano. Hicieron que todo volviera a los niveles de los años 80. Ahora, mismo sin contar con muchos gobiernos favorables, ciudadanos/as de diversos puntos del continente se unen para una ágora, una nueva base de alianza de la humanidad solidaria. Los retos son inmensos y el camino aún es largo. Sin embargo, quien cree en Dios percibe que su proyecto para la humanidad es la unidad y la solidaridad de todos hombres y mujeres, como hermanos y hermanas en una sola familia humana.

El autor es monje benedictino y ha escrito más de 40 libros.