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Crucigrama: Edwin Reyes

Horizontales

1. Edwin Reyes _____; poeta, escritor, productor y periodista puertorriqueño.  Fue miembro del Grupo Guajana. Militó en el Movimiento Pro Independencia y en el Partido Socialista Puertorriqueño. Redactor y columnista de Claridad.

4. _____ del vertigo; poemario de Reyes publicado en 1977.

7. Aúpa.

9. Principal o que tiene más fuerza y vigor en cualquier concepto, pl.

12. _____ el Supremo; novela del escritor paraguayo Augusto Roa Bastos, publicada en 1974.

13. Tercera nota musical.

14. Afirmación.

15. Ante Meridiano.

17. _____ Juan; ciudad donde vivió y murió Reyes.

19. El _____ imaginaria; poemario de Reyes publicado por la Editorial de la Universidad de Puerto Rico en 1998.

20. Tufiño: una vida para el _____ y un arte para la vida: documental producido por Reyes.

22. La _____; primera novela de Leopoldo Alas «Clarín».

25. Antonio _____ Grajales; Mayor General del Ejército Libertador cubano. Se le conoció como el Titán de Bronce.

27. _____ Suárez Díaz; historiadora puertorriqueña especializada en el Padre de la Patria, Ramón E. Betances.

28. _____: reseña de una vida útil; documental de Reyes.

30. Artículo gramatical, fem.

31. Río de Galicia.

32. Entre el 2 y el 3 de _____ de 1944; nacimiento de Reyes. Reyes fue el autor de la letra de la canción «El gobierno araña» que hace referencia a la corrupción gubernamental y la represión política en Puerto Rico. Produjo el documental Adombe: la presencia africana en Puerto Rico.

34. Movimiento nervioso habitual.

36. Contrapone.

38. Somete.

40. Sonríe.

41. Personaje bíblico del arca.

43. Nombre de la letra p.

44. Símbolo del neón.

45. Del verbo lavar.

47. Ignacio _____; investigador literario y poeta español.

49. _____; ciudad natal de Reyes.

50. Óseos.

Verticales

1. _____ del hombre huérfano; poemario de Reyes en honor a su padre.

2. Lengua de tierra que une dos continentes o una península con un continente.

3. Punto cardinal.

4. Siglas de Comandos Armados de Liberación, antigua guerrilla puertorriqueña.

5. Sitio con vegetación y a veces con manantiales en los desiertos.

6. _____: la presencia africana en Puerto Rico; documental de Reyes premiado por la Unesco.

8. Son cimarrón _____ Adolfina Villanueva; poemario de Reyes publicado en 1985.

10. Escuché.

11. Existe.

12. Ahora.

16. Perteneciente o relativo a un ápice o punta.

17. Relato novelesco que abarca las vicisitudes de varias generaciones de una familia.

18. _____ Droz; prisionera política puertorriqueña.

21. Del verbo ralear.

22. En _____; suplemento cultural de Claridad para el que laboró Reyes.

23. _____ Reyes Berríos; autor de los poemarios Balada del hombre huérfano y Crónica del vértigo.

24. Tubérculo que se cultiva en Puerto Rico. Se cultiva comercialmente en las montañas de Barranquitas y Orocovis.

26. Avalancha.

29. Unidad de tiempo geológico, equivalente a mil millones de años.

33. Ficticio, imaginario.

34. Forma de pronombre.

35. Símbolo del cadmio.

37. Universidad de _____ Rico; Reyes estudió en esa institución.

38. Edwin _____ Berríos; autor de El arpa imaginaria.

39. 9 de _____ del 2001; fallecimiento del poeta Edwin Reyes.

42. Etcétera, abrev.

43. Josefina _____; escritora nacida en España. Vivió desde joven en Paraguay, país que hizo suyo.

44. Símbolo del neptunio.

46. Del verbo ver.

48. Carta de la baraja.

Felices los felices

La felicidad, a veces, es un gesto egoísta, una decisión egoísta. Lo sabemos. Decidir ser feliz aun cuando sabes que hay tanta gente que sufre y no acompañarlos ni siquiera en ese sentimiento, me parece terrible, por no decir mezquino. Por eso reivindico la tristeza y practico la consolación. Que no se condene, que no se juzgue, que no se mire con condescendencia al que sufre. Sería mejor que en vez de sentir pena por mi, te apenaras conmigo. Tal vez ahí radica la alegría de unos cuantos; en conocerse a sí mismos y descubrirse capaces de conmoverse y solidarizarse con el dolor ajeno. Podríamos comenzar por abstenernos de andar de fotuto del ‘establishment’ repitiendo los ‘slogans’ que el mercado ha producido para hacerte creer en una felicidad vacía que solo depende de tu capacidad adquisitiva, como si el dinero fuera todo. Y sí, puede que sea cierto que llorar en una casa de un millón de pesos sea mejor que en un rancho; está claro que hay amarguras menos amargas que otras. Pero andar ostentando a cuatro voces una felicidad forjada en lo material, lejos de reafirmar heroicamente —como parecemos pretender con estos torpes o desacertados ejercicios exhibicionistas— que nosostros sí hemos alcanzado la felicidad, que la tenemos toda metida en el bolsillo, más bien deja al descubierto nuestras carencias. Claro, cada cual tiene su propia definición de felicidad. Pero no nos queramos hacer los listos/as y pasar gato por liebre. Para mi, esa felicidad por la que algunos apuestan es simple y llanamente comemierdería. Me pregunto si no les mortifica lo mal que nos va como país, nuestra situación política y económica, las condiciones de vida de muchos de nuestros ancianos, jóvenes y niños, o es que simplemente su técnica es no mirar más allá de su nariz para no contaminarse con la triste realidad. ¡Qué envidia! En nuestro propio país hoy día, tener las necesidades básicas cubiertas para muchos es un verdadero lujo. Lograrlo es motivo de alegría, porque al menos se descansa en la tranquilidad de saberse provisto de alimento y techo, como mínimo. Con esto lo que quiero decir es que no se trata de que seamos incapaces de alegrarnos, podemos y deberíamos conseguirlo hasta con lo más mínimo y sencillo. No es que seamos incapaces de encontrarle el lado “bueno” a las cosas, no es que esta que aquí escribe sea una amargada —que bien puede que sea cierto—, sino de que seamos sensatos y capaces de practicar la vida buena y justa, gozosa en un sentido pleno y rico y no como nos ha dictado el mercado.

Cuando en días como estos pienso en la felicidad, imposible no recordar a Epicuro (341 a. C. -270 a. C.), uno de los principales filósofos griegos de la Antigüedad, fundador de la escuela que lleva su nombre y se basa en el hedonismo racional y el atomismo. De él apenas se conservan tres cartas, las llamadas “Máximas capitales”, y algunos fragmentos breves. En 2014, Errata naturae editores publicó Filosofía para la felicidad, que recoje sus Máximas capitales, su Carta a Meneceo y ensayos de Emilio Lledó, Carlos García Gual y Pierre Hadot, estudiosos de Epicuro y de la filosofía antigua griega. En este libro queda expuesta a través de sus máximas la idea de felicidad (bastante inalcanzable, por cierto) que se había forjado Epicuro. Transcribo las siguientes cuatro por ser de las más ilustrativas de su propuesta:

• No es posible vivir placenteramente sin vivir sensata, honesta y justamente; ni vivir sensata, honesta y justamente, sin vivir placenteramente. Quien no consigue tales presupuestos, no puede vivir con placer.

• La riqueza acorde con la naturaleza está delimitada y es fácil de conseguir. Pero la de las vanas ambiciones se derrama al infinito.

• El justo es más imperturbable, y el injusto está repleto de la mayor perturbación.

• De los bienes que la sabiduría ofrece para la felicidad de la vida entera, el mayor con mucho es la adquisición de la amistad.

Estación a la deriva (VI)

QUEDA EL VIENTO Y LAS FLORES DE JUNIO en la ventana. Queda la cama revuelta y la silla de madera y paja. Quedan tres lámparas prestas a alumbrar. Queda el gato que viene cada mañana a despertarme. Queda el viejo aparato de televisión que no encendí ni una sola vez. Quedan los cuartos vecinos, las ruidosas escaleras de madera. Queda el sótano, la bodega de vino. Queda la acogedora cocina en la que ahora precisamente cocino. Quedan los abundantes libros franceses. Queda la música cubana, los cientos de colillas que durante días hemos ido apagando en el techo y acumulando junto a cualquier ventana. Queda el hermoso jardín de rosas, geranios y cerezas. Quedan sus olores, colores y sabores. Queda la mesa en el jardín, en la que cada tarde hemos tenido convites y festines. Queda el pan de la alacena. Quedan las fresas. Queda el gusto, el paladar, la calma para la mesa. Queda el contrabajo de Alexandre. Queda la amable sonrisa de todos, y todos quedan , y el mundo queda, muerto de pena, contra el viento y las flores de junio en la ventana. Mientras tanto, en silencio, me voy escapando, con un dolor antiguo que al cabo, como diría Silvio, se ha vuelto mi hermano.

*

HACE SEMANAS NO SÉ NADA DE TI. Supongo que así debe ser, pero cuánto daría por una carta. ¿Sabes? Te he extrañado más de lo que imaginé. Aquella alegría de la “Cercanía”, aquel conjunto de palabras optimistas, era en cierta medida una media verdad. Por más motivos que le inventemos al silencio, por más razones que le encontremos en el camino, la distancia duele. Hay algo que permanece, como un sabor amargo en la boca. La vida a ratos es un largo adiós, une despedida permanente. Cuando empiezas a gustar del agua, la misma resbala; cuando crees levantar un monumento, sólo te queda polvo en las manos, y el recuerdo doloroso del tacto, de sus formas. Cuando amasas el pan, ya es del otro, y de otro, y te sobrecoge el hambre y el cansancio. Nos habitan las distancias. Nos habita ese terrible animal del vértigo, y el mundo es un abismo del tamaño del mundo, y las calles y los días se alargan con su tedio. ¿Cómo contarte que el mundo es un laberinto sin ti? Todo pierde su sentido, todo se deforma, y los días parecen un grotesco carnaval donde nadie parece hallar su puesto. Todos, de alguna manera, hemos intercambiado papeles, todos somos quienes no somos. Ahora mismo, en este tren, todos son extraños con caras tristes. Gestos de prisa, manos nerviosas: todos van buscando algo. Dichosos quienes buscan con las esperanza de hallar. Yo busco como Oliveira, acaso sabiendo que no hay nada del otro lado, y me ahorro la prisa. ¿Para qué buscar con tanta prisa? ¿Para qué derramarse por las calles del mundo con un furor estéril? No vale la pena. Sólo te pienso, intento recobrarte en los recuerdos. Te recorro imaginariamente como si no hubiese mañana, pero sin prisa, porque este trance es infinito, y al final estaré solo otra vez, aquí y ahora, pensándote.

*

A ORILLAS DEL SENA // Un rumor en el agua te desdice, / un lento movimiento de basuras y palomas. / Miro un rostro en el río, / busco un cuerpo en la vaga superficie / y me estorban los puentes, / los sordos caminantes / que borran tu figura / y los autos, / los ruidosos carros del infierno / deshacen de una vez / tu vago despertar.

*

HACE DÍAS, EN EL MUSEO DE ORSAY, me estremecieron particularmente dos obras: la “Puerta del infierno” de Rodin y el “Desayuno sobre la hierba” de Manet. Rodin me devolvió los días amables en que estudiaba la literatura medieval en la Universidad de Puerto Rico, y me deslumbraban los círculos dantescos, Paolo y Francesca, y Ugolino en la Torre de Pisa. Manet me devolvió un almuerzo en la costa de Cabo Rojo, junto al faro. Supongo que uno siente las obras de arte de una manera personal, con el corazón, con la mano de los amigos, con la fuerza de los amantes, con la calma de las tardes compartidas. Lo que permanece, aquello que parece cobrar un aire de perennidad, como una obra de arte, puede ser también un prisma a través del cual reconocemos nuestros efímeros días de alegría o tristeza.

*

EL AGUA CAE. El agua se dispersa. / El agua fluye y rompe su camino / y así, de golpe, en vuelo repentino / es una y es la misma agua diversa. / El agua se desborda. El agua inmersa / asciende y se deshace en pan y vino. / El agua es ella misma y su destino / ensaya con pavor su forma inversa. / El agua vuelve al agua. El agua vuelve / sobre sus propios pasos y se absuelve / y se desangra y muere y cobra vida / en un rito infinito. Por las manos / se han derramado siglos, como en vano, / borrándose en el rastro de su huida.

*

HOY LLEGÓ TU CARTA. En la mañana me senté a la mesa con un café y la leí con calma. Ahora, en la calma de la tarde, en la placentera tranquilidad de este leve brisa junto al Sena, te pienso, te figuro completa, de los pies al abundante cabello, de los labios a la boca. Callo y te pienso despacio, como si tuviera siglos para pensarte, como si en el fondo de los tiempos la aguja del reloj se hubiera detenido, y sólo quedara la vastedad del silencio y la calma. Tu carta me ha devuelto el sueño de aquellas tardes. Lentamente, en la fragilidad del recuerdo, te miro y te siento, como si no nos separaran mares ni continentes. Te palpo otra vez, te capturo brevemente en lo fugitivo. Te aspiro en el niño que acaba de acercarse a mí en este parque, y en su madre que a lo lejos sonríe. Te respiro en la suprema soledad de este momento, rodeado de multitudes tranquilas para las que soy nadie y alguien. Me digo, entonces, que es un mero detalle que estés en Chicago y yo en París. En cada paso que doy, en cada sorbo de vino, en cada descanso, te llevo conmigo, en el rojo de mi sangre, en la antigua historia de los puñales, en la agradable sorpresa de algunas calles sucias, en los monumentos gloriosos, en las orillas del río, en los puentes, en las viejas catedrales, en cada pintura y en cada escultura que he visto. Estás en el temblor de mis manos, en la sed de mi boca. No puedo perderte. No puedo borrarte, no puedo dejarte atrás por un solo momento, y cuando menos lo espero, acaso distraído, te me apareces, te escucho.

*

ESTABA EN LA VENTANA y el viento pugnaba por entrar, todo de una vez, y de pronto, como un milagro, se hizo la calma. El silencio y la oscuridad eran rotundos. A lo lejos, tenuemente, se distinguía la tristeza de algunas luces que pugnaban por no morir. La noche era un enigma, un negro manto que escondía gemidos y cuerpos ensangrentados. Mientras tanto, yo soñaba en lo oscuro, imaginaba que la vida era de barro, y que podemos moldearla y darle la forma que queramos.

*

INTERROGO CADA SEGUNDO QUE PASA con esta misma incertidumbre arcana. Interrogo las aristas de este silencio imposible. Busco en cada pliegue de su rostro una voz y una palabra. Hago las preguntas de siempre, busco lo que siempre anda perdido, y mi voz, mi callada voz, dice las cosas que siempre está diciendo. Me anticipo a mí mismo como un duende y en cada soledad guardo un poco de presencia que pueda acompañarme. Rompo el cerco preciso que me guarda y vuelvo a mis afueras, a las orillas difusas de mi cuerpo, y exploro el terreno con tacto extraño y me siento y me contemplo sin palparme ni mirarme, porque acaso ya he muerto y tal vez en el fondo de mí todo ha cesado. Pero cómo saberlo si apenas me hablo soy yo mismo, el que se preguntaba, el que emergía de sí para saberse, el furioso animal que se escapaba por quererse encontrar. Entonces el círculo se cierra, y no es la muerte quien llega sino el cuerpo pesado en el que habito, y aquella ilusión de no sentirme se borra de nuevo, y vuelvo a ser yo mismo.

*

EN EL SUELO TIRADA, ya muy sucia, he visto la emoción de mis palabras. Me detengo y las toco y les canto canciones si están tristes, pero nada las alegra. Me empeño en joderles la tristeza, pero ellas son tan tercas que apenas te figuras que sonríen, te gritan y lloran y se aferran violentas contra el suelo. Insisto aún conociéndolas y les hago las muecas más raras y grotescas que hayan visto, y ellas, burlonas, me imitan, pero con más pavor, como si en las señas de su cara todo fuera un tormento. Entonces desisto porque temo que ellas se parezcan a mi rostro, o peor aún, que parezcan un reflejo mío.

Gamaliel Ramírez. ¡Vale!

Desde el pasado 21 de mayo, a tus 68 años, emprendes como nunca el retorno a la polvareda de la Vía Láctea; tú, pionero de la pintura del transtierro boricua en Chicago, activista, maestro, gran amigo, ya no moras como antes entre nosotros. Ni en el ardiente suelo, ni en la fría estación de allende.

Recuerdo cómo te tocó sortear de paso en este mundo los retrillados infortunios de quienes abandonábamos sin querer la tierruca sitiada por la usura del desarrollismo y el progreso. Contra el desarraigo, junto a tu obra infundida por la candidez del trópico, te diste prisa en fundar El Taller, aquel centro comunal de artes gráficas y poesía a través del cual millaradas de jóvenes se expusieron a los rudimentos que median entre la belleza y la verdadera libertad.

Tus guernicas y joies de vivre en clave criolla abanderaron un remanso del sol en las penumbras de la distancia y el desdeño. Sin prescindir de los demás (todos somos inmigrantes, decías), te mantuviste siempre con los pies bien plantados gracias al aleo de tu imaginación.

Una dislexia incomprendida por culpa del prejuicio te había marginado a temprana edad de la escuela. Los reacios siquiera a pronunciar tu nombre de pila insistían sin tu anuencia en llamarte “Bobby”. Claro, el odiador a la usanza de Jim Crow aún se amuralla a fuerza de vocativos que aniñan con el fin de degradar e imponerse. Tú no le bailabas a saltos en el show de minstrel ese. Ni en tu pueblo de origen jamás habrías saltado con reverencia bufa hacia los rollos de papel toalla que ha poco le lanzaba el negrero tapa-muertos a su negrada en crisis.

Tú eras Gamaliel Ramírez, “recompensa de Dios” en hebreo, cuya raíz del patronímico traduce a “sabio consejero”. Profecía congruente en el joven humilde de Nueva York que luego recala en Chicago, el “chi-nuyorican”, y quien se alza solito y agracia el embudo terrible de su West Side. Pronto empedraste de tu propia cantera el sendero que de antaño trazaba en la ciudad Jane Addams, la formidable reformadora, en el corazón curtida de igual suerte que la tuya, por la “fe en las nuevas posibilidades y el coraje para defenderlas”.

El arrojo y vivacidad de tu ternura unía. Sacian en mi memoria aquellos despliegues con tu cuadrilla de niños de todo linaje a la zaga, armados con cubos de pintura, brochas, andamios, ideas que sienten y piensan.

Al final procuraste la vida en el ardiente suelo, y te mató allí una dolencia agravada por el huracán y el frío del desamparo. Los nuestros bajo la fría estación de “la diáspora” caldean no obstante el paraje de tus cenizas, ahora por ley de la naturaleza en rumbo feliz hacia el firmamento.

La última en el juego de ironías ambivalentes que abundan en Don Quijote también te asienta como anillo al dedo. Y así hoy conjuro en seco mi quebranto, admirable compañero, mediante la sola interjección y a su vez despedida clásica de Cervantes al final de su obra maestra:

Gamaliel Ramírez, tú no has de caer del todo, sin duda alguna. ¡Vale!

Será otra cosa: Cinco Gatos

He estado pensando y leyendo últimamente sobre este asunto de la esperanza y, naturalmente, ello me llevó a pensar en la universidad y en los gatos. Cuatro o cinco, no recuerdo la frase coloquial. Digamos cinco. Cinco gatos.

Cierto que en estos días, la situación en Puerto Rico (y en Estados Unidos también, pero dejemos eso para otro día) no parece esperanzadora. Tenemos una junta con total poder y cero interés en el bien del país bailando, bastante armoniosamente, con un gobierno de juguete, uno de esos juguetes peligrosos de las películas de horror, un payaso asesino. Uno de los ataques más violentos ha sido contra el sistema UPR.

En estas condiciones, ¿cómo preservar, nutrir y compartir la esperanza?

Habría que empezar por definirla. Esperanza no es lo mismo que optimismo, aunque puede servir para combatir el derrotismo (que a su vez, no es lo mismo que pesimismo.) La esperanza, nos recuerda Rebecca Solnit, es una invitación a la acción y el activismo. No es la creencia bobalicona tipo “todo estará bien, no te preocupes”, sino la creencia de que un mundo mejor y más justo es posible, si bien no inevitable; y que ese mundo mejor no llegará si nos quedamos quietos, dóciles, confiados en lo mejor o derrotados porque viene lo peor.

La esperanza de la que hablo se educa, constantemente, para entender mejor la realidad. Es idealista, pero también realista. Los individuos que cultivan la esperanza suelen plantar firmemente los pies en esa tierra viva que es la realidad; los colectivos que cultivan la esperanza suelen plantar firmemente los pies en la realidad de la tierra propia y lo local. Ello no los hace necesariamente nacionalistas en el sentido en que se definen como “nacionalistas” los movimientos recientes en Inglaterra y Estados Unidos, que están basados en identificar y excluir chivos expiatorios, no en proteger la educación, la cultura, los principios democráticos o los recursos naturales.

Me refiero a individuos cuyo activismo depende del conocer, que no es lo mismo que aceptar, la realidad. Me refiero a colectivos que actúan sobre los espacios y principios que urgen y que están a la mano:educación, equidad, ambiente.

Ese conocimiento personal del cual dependen los individuos activistas no implica renunciar a la esperanza; y esos colectivos de quienes dependen los cambios históricos no son necesariamente masivos.

De hecho, por lo general y al menos al principio, suelen ser cinco gatos.

El cambio hacia adelante, hacia lo justo y lo bueno, suele reventar inesperado y de repente, para luego, en retrospectiva, parecernos gradual e inevitable. Y en su origen se encuentra, sospecho que siempre, no un individuo solitario y luminoso sino un grupito de cinco gatos anónimos, realistas pero no cínicos, esperanzados pero no pendejos.

¡Piense en cuánto le debemos a esos pequeños grupos que desafiaron la ley y las ideologías dominantes para difundir la causa, al principio inaudita, de sacar a la Marina de Vieques!  Esos grupos trabajaron en la oscuridad durante décadas, mucho antes de que fueran posibles las manifestaciones y arrestos masivos. Ha sido así con causas grandes y pequeñas en todo el mundo: la primavera árabe, los derechos civiles, el sufragio femenino, la derogación (legal) del apartheid o la esclavitud, el reconocimiento popular y jurídico de los derechos de la comunidad LGBTT…

Como diría Zygmunt Bauman: allí donde se encuentran la imaginación y el compás moral, allí, nace inevitable la esperanza.

Y aquí va un segundo punto: Es por ese reconocer la combinación inevitable de cambio, justicia, esperanza, realidad y acción, que tenemos que defender a la UPR en el hoy. No nos engañemos: la realidad es que la junta y el gobierno posible o probablemente la rompan, sí. Los elementos de esta destrucción parcial o total están claros o al menos son predecibles: la UPR se reducirá en tamaño y por ende en acceso y alcance para los sectores más desventajados del país; aumentarán los costos de matrícula; se encogerán salarios, pensiones, planes médicos; disminuirá la calidad de la educación.

Pero la posibilidad de un fracaso inmediato no debe, no puede, conducirnos a la derrota y al cinismo. No “esperemos”, mejor “esperancémonos”.  La esperanza nos permitirá la acción, la inactividad nos conduciría a la desesperanza. Si actuamos, es posible, incluso probable, que cualquier momento ahora o después reviente, glorioso, el triunfo grande o pequeño, repentino o gradual.

Y en el origen y trayectoria de ese triunfo, en el núcleo de las masa activistas, habrá tal vez líderes, sí, pero de seguro hay y habrá pequeños grupos de cinco gatos, realistas pero no cínicos, esperanzados pero no pendejos, activos, necesarios, aquí.