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Una sesión ordinaria poco ordinaria

Luego de semanas de intriga con conversaciones de pasillo en la Asamblea Legislativa, cartas de lado a lado entre la junta y el gobierno, vistas públicas donde los jefes de agencia aceptaban dócilmente los recortes a sus presupuestos, y otras peculiaridades de esa naturaleza, finalmente quedó confeccionado y aprobado el presupuesto de la Junta de Control Fiscal. Por primera vez desde la creación del espejismo constitucional denominado Estado Libre Asociado, la mayoría de los representantes electos del pueblo puertorriqueño tuvieron que responder directamente a una entidad norteamericana a la hora de determinar cómo utilizar el dinero de nuestro pueblo en un año fiscal. Tras un año de la aprobación de PROMESA, no podemos dejar de manifestar nuestro rechazo enérgico a lo que representa el ejercicio más burdo del poder colonial de los Estados Unidos en Puerto Rico.

En gran medida, el proceso de aprobación del presupuesto es el final adecuado para una primera sesión ordinaria marcadamente neoliberal. Al igual que la Junta vino a velar por que los acreedores cobraran, el PNP llegó –como el PPD antes– para obedecer a la Junta. Así, por ejemplo, la mal llamada reforma de permisos aprobada a inicios del cuatrienio no tuvo como propósito salvaguardar el uso ordenado de nuestros recursos limitados, sino fomentar a toda costa el desarrollo desmedido e irrestricto de proyectos en nombre de la prosperidad. Poco importó que todos los grupos ambientales y las comunidades afectadas, así como individuos e instituciones académicas expertas en el tema, resaltaran las consecuencias nefastas de desmantelar gran parte del andamiaje vigente. Su “progreso” iba por encima de la participación ciudadana.

El desprecio a la disidencia nunca fue más patente que al analizar cualquier tema relacionado con la Universidad de Puerto Rico. La mera mención de “la iupi” y “los huelguistas” propiciaba la repetición del mismo discurso anquilosado de la Guerra Fría. Dicho prejuicio provocó el recrudecimiento de nuestras leyes penales, con la intención expresa de disuadir las acciones que llevaban a cabo nuestros jóvenes luchadores. Este prejuicio visceral condujo a la aprobación de medidas –seguramente inconstitucionales– para detener el pago del salario a profesores y empleados de nuestra universidad de manera automática e irreflexiva en caso de que se inicie nuevamente un proceso huelgario.

Estos primeros meses del nuevo gobierno también estuvieron marcados por un creciente conservadurismo social. El fundamentalismo religioso más intolerante de nuestra sociedad encontró en el PNP un aliado incondicional para impulsar una agenda política peligrosa que intenta enmascarar el miedo a la diversidad bajo el manto de “libertad religiosa”. De esta forma, las mismas personas que continuamente discriminan contra todo aquel que piense distinto a ellas, buscan abiertamente utilizar los mecanismos del Estado para imponer su visión particular del mundo sobre el resto de la sociedad. En efecto, los perseguidores se visten de perseguidos para obtener tratamiento legal preferente por el hecho de profesar una creencia religiosa particular. Producto de esta agenda es la ley de las Iglesias-Escuela, bajo la cual esta categoría especial de instituciones educativas no tendrán que ser acreditadas por las autoridades estatales pertinentes ni cumplir con una serie de requisitos mínimos con los que el resto de las escuelas tendrán que cumplir para asegurar que la juventud cumpla con unos estándares mínimos de excelencia educativa que nuestra sociedad estima necesaria. El trato privilegiado resulta ofensivo cuando consideramos que el sistema público de enseñanza fue golpeado disipadamente durante estos meses con el cierre inmisericorde de planteles escolares a través de toda la isla. Otro logro del fundamentalismo fue la aprobación del proyecto para la “restauración” –como si se hubiera roto– de la libertad religiosa en Puerto Rico, versión criolla de una ley federal ya impuesta directamente al territorio, la cual permitirá a individuos o entidades escudarse detrás de la libertad religiosa para decidir unilateralmente cuáles leyes neutrales y de aplicación general tendrán que acatar, privilegio con que contarán los no creyentes, independientemente de los argumentos por los que protesten contra una ley particular.

Ante el recrudecimiento del colonialismo norteamericano, quizá lo único positivo del discurso oficialista a principios de cuatrienio era su supuesto repudio al régimen colonial y su voluntad “inquebrantable” de acabar con el Estado Libre Asociado. Pero les duró poco. Aunque desde el PIP impulsamos una asamblea de estatus como mecanismo descolonizador y a pesar de que votamos en contra del proyecto inicial de plebiscito por su lenguaje sesgado a favor de la estadidad y porque subordinó el proceso a la autorización de Washington, aun así tomamos la decisión política de defender la independencia y la soberanía junto a diversos grupos en un referéndum entre la anexión y la soberanía nacional, con la condición expresa de que el estatus territorial rechazado por nuestro pueblo en 2012 no fuera incluido. El PNP aseguró que no accedería a la presión de lo colonialistas internos y externos, pero dobló rodillas tan pronto el amo metropolitano expresó reservas al proceso. El resto es historia: el gobierno federal no se comprometió con el plebiscito; la colonia rechazada fue incluida, obligándonos a boicotearlo; y el PNP obtuvo el 97% de los votos emitidos en una consulta en la que participó apenas un 23% del electorado. El plebiscito fracasó y el PNP quedó retratado como un partido tan sumiso y colonizado como el PPD al que tanto critica.

Desde nuestro espacio legislativo combatimos esos proyectos nefastos. Defendimos a las comunidades escolares ante el cierre de sus escuelas. Fomentamos el acceso a la justicia. Apoyamos a organizaciones culturales. Luchamos incansablemente por proteger los derechos de nuestros trabajadores. Promovimos la equidad y la perspectiva de género. Y, fiel a la trayectoria histórica del PIP, exigimos por distintos medios nacionales e internacionales la descolonización e independencia de nuestra nación.

Este recuento de mi tiempo en la Legislatura durante la primera sesión legislativa pone de manifiesto la relación clara entre nuestra condición política y nuestro deterioro económico y social. El capital nos gobierna directamente a través de organismos nacionales extranjeros que aplican legalmente aquí únicamente porque así lo determina otro. Hoy más que nunca debemos luchar contra estas desigualdades para construir finalmente el país libre y próspero al que todos aspiramos.

Puerto Rico será chino

Jorge Luis Borges, en uno de sus brillantes relatos, nos refiere a la conversación con un personaje llamado Bioy Casares que recordaba haber leído un artículo enciclopédico sobre Uqbar.

En pocos días descubren un artículo que señala que toda la obra literaria de Uqbar es fantástica y que se refiere siempre a una región imaginaria de Tlön. La creación de un planeta ilusorio en todos sus detalles, Tlön, se plasma en una enciclopedia.

Siempre pienso en este cuento cuando leo noticias sobre el Estado Libre Asociado, el Estado 51 y nuestra clase política. No es que quiera minusvalorar la genialidad de Borges, ese escritor de ideología conservadora y radicalidad literaria. No es que nuestras construcciones discursivas se equiparen a las del argentino. Es que si hago una paráfrasis del cuento citado, quedaría perfecto. Déjenme compartirles los últimos dos párrafos de mi versión:

“El contacto y el hábito de la colonia han desintegrado el mundo. Es como si no existiese otra relación entre los pueblos que no fuese esa. Encantados por su falta de rigor la sociedad puertorriqueña ha olvidado y ha decidido olvidar que reinventarse en una situación política de subordinación es un rigor de esclavos y no de hombres libres. La enseñanza de la historia de Puerto Rico, como si fuese aquel planeta imaginario, ha sido suplantada por el cuento de la ausencia de historia.

Desaparecerán del pequeño planeta el español y, quizás, el inglés para ser suplantados por el mandarín tropical. Yo trato de no hacer caso. En los quietos días de mi cuarto en Carolina reviso una indecisa versión novelesca de la vida de Fanya Kaplan, la anarquista que en agosto de 1918, ciega como Borges, baleó a Vladimir Lenin”.

¿Qué es lo que nos hemos creído? No me atrevo a apalabrarlo. Sin embargo, puedo dar un ejemplo reciente. En un noticiario local, dos periodistas se disfrazan de príncipes para entrar al Reino Mágico de Disney. ¿No es eso lo que creemos? ¿No hemos construido ese periplo en nuestra imaginación como el viaje transformador por excelencia? ¿El medio millón que se ha ido en el último lustro no tiene una idea similar en cuanto que Disney es EEUU? Sé que estoy exagerando. La hipérbole sólo busca dramatizar lo que digo. Digo que hemos creado una realidad alterna que no resiste ninguna prueba. Que si la analizamos con rigor desaparece como lo que es, un delirio.

¿Acaso no lo era nuestra Constitución? ¿El pacto bilateral no era Tlön? ¿En qué planeta vivimos los puertorriqueños? Vivimos en un planeta pequeñito rodeado de un universo de corrupción por todos lados. Los invasores han colocado a siete enanitos para que administren la cosa. Y los habitantes, en general, con muy contadas excepciones, han aceptado el orden de las cosas.

Ahora la propuesta delirante es convertirnos en una especie de ELA chino. ¡Chino! Nada más y nada menos que traspasar la colonia a la esfera del país capitalista ideal, que no es EEUU sino China: libertad al capital y un estado autoritario que hace de guardia privado que reprime a los trabajadores de esa gran fábrica cuya capital es Beijing. Lo sabía. En unas décadas (un pestañeo de la historia) seremos una colonia china tropical. Eso si antes no nos invaden los hombrecitos verdes de Marte. O Miércoles, que es una sucursal de Mercurio.

El autor es profesor en la UPR en Río Piedras y director del suplemento cultural En Rojo.

Los signos de los tiempos

“Bajo el cielo, hay momento para todo y tiempo adecuado para cada cosa. Hay tiempo propio para nacer, tiempo para morir. Hay tiempo para plantar, tiempo para cosechar, tiempo para construir y tiempo para destruir … ¿Qué provecho saca el trabajador de tanta fatiga? “

(Ecle 3, 1- 9).

En la Biblia, el Eclesiastés, uno de los libros sapienciales, relativiza cada tiempo. En los evangelios, Jesús propone que busquemos siempre discernir lo que él llama “signos del tiempo presente” y actuar de acuerdo con los desafíos del momento. En nuestros días, la América Latina y el Caribe viven un tiempo fuerte de resistencia de nuestros pueblos para salvaguardar las conquistas hechas en las décadas más recientes, actualizar el proyecto de integración continental y de independencia del colonialismo. Ese camino propuesto por Simón Bolívar y retomado por el presidente Hugo Chávez, actualmente es atacado por los intentos del Imperio que desea reasumir la hegemonía perdida.

En este momento, es importante que todas las personas de buena voluntad, religiosas o no, asuman la responsabilidad de defender los procesos sociales y políticos que vienen de las comunidades indígenas y grupos sociales que proponen la transformación de ese mundo. Para las personas que tiene fe, el día consagrado y los cultos religiosos deben tener como fundamento el cuidado con la justicia y la preocupación por los derechos de los pobres. En la Biblia, Dios afirma: “El país de ustedes está devastado, las tierras son devoradas por los extranjeros. ¿A quién interesan los cultos religiosos? … Cuando ustedes vienen a mi presencia y pisan el santuario, ¿quién les exige eso? Dejen de hacer cultos inútiles. (…) No soporto injusticia junto con fiesta religiosa … Cuando ustedes levantan las manos para mí, yo desvío la mirada y aunque multipliquen sus oraciones, yo no los escucharé “(Isaías 1, 7 y 12-15).

En diversos países, las dificultades de los nuevos procesos sociales piden que no dejemos caer las conquistas de los trabajadores y las mejoras de la vida del pueblo más pobre. Si reconocemos que algunos errores fueran cometidos, tenemos que cuidar de no volver atrás en el camino de la Historia. Es importante mostrar que la preocupación por el bien común, el ejercicio de la ciudadanía y la fraternidad humana continúan vivas. El Espíritu de Dios que condujo al pueblo bíblico de la esclavitud a una tierra libre, ahora, impulsa a los grupos sociales y a las personas que tienen hambre y sed de justicia para la felicidad de realizar el proyecto divino en ese mundo.

El autor es monje benedictino y ha escrito más de 40 libros.

Regreso triunfal de El bolero fue mi ruina

Vida. Pasión. Muerte. La crucifixión del amor prohibido; la tortura del dolor terrenal; la violencia de los sentimientos más intensos y desgarradores, todo al compás del bolero. A veinte años de su estreno inicial, Jorge B. Merced y el Teatro Pregones/Puerto Rican Traveling Theater (PRTT) de Nueva York regresan con una nueva versión de su pionera obra El bolero fue mi ruina de 1997 pero ahora parcialmente traducida al inglés (lo que Merced llama un “contrapunto alborotado” entre el inglés y el español) y protagonizada por cuatro actores en vez de uno solo. The Bolero Was My Downfall, pieza basada en el cuento “Loca la de la locura” y en otros textos y poemas del escritor puertorriqueño Manuel Ramos Otero, se presentó del primero al treinta de junio de 2017 en el Teatro Pregones, el cual está localizado en el 575 de la avenida Walton en El Bronx, a pocas cuadras del Colegio Comunal Eugenio María de Hostos. Contó con las destacadas actuaciones de Merced en el papel protagónico de Loca y de un maravilloso trío adicional: Chad Carstarphen (Pasión), Cedric Leiba Jr. (Vida) y Gabriel Hernández (Muerte). Los músicos Desmar Guevara y Marcos Torres se integraron al cuarteto, complementando la acción: el primero en el piano y el segundo en la percusión. La obra contó con concepto y dirección de Jorge B. Merced, escenografía por Chris Cancel-Pomales, vestuario por Harry Nadal, iluminación por Lucrecia Briceño y proyecciones visuales y videos por Melisa Ramos.

El bolero está lleno de sorpresas. La obra comienza con un guapo hombre barbudo (Torres) que cruza el escenario dejando caer seis pequeños ramos de flores artificiales; pensamos que es un actor, pero resulta que es uno de los músicos, quienes seguirán interactuando y participando de la acción a través del musical. Pronto aparecen Vida, Pasión y Muerte, tres personajes diversamente travestidos (algunos más que otros) cual coro de tragedia griega pero en clave caribeña camp, que se acercan a la plataforma que ocupa el espacio central. Coronada de flores, la tarima dice “Loca la de la locura” en letras rústicas en el segundo de sus tres escalones. El grupo canta el bolero “Dos cruces” del español Carmelo Larrea, composición de 1952 sobre las penurias de la distancia y el desamor (“Sevilla tuvo que ser, con su lunita plateada, testigo de nuestro amor/bajo la noche callada…”). Súbitamente se integra una misteriosa figura encapuchada: se trata de la encarcelada protagonista Loca, travesti de cabaret quien cumple sentencia de prisión por el asesinato de su amante Nene Lindo. Así anuncian los titulares de la prensa amarilla que van apareciendo en la pantalla que se encuentra en la parte posterior del escenario (detrás de la tarima) y que Loca lee acompañada por la puntuación musical de los actores. (En el cuento original de Ramos Otero, aprendemos que Loca está en la Penitenciaría Estatal de Río Piedras, mejor conocida como Oso Blanco y que Nene Lindo nació en 1943 y fue asesinado en 1968.) ¿El momento histórico? Fines de los años setenta, tal vez; ya se han cumplido al menos diez años desde el funesto episodio pasional y Loca está a punto de salir de la cárcel. Las referencias son a un país de otra época curiosamente marcado por la continuidad, con menciones al Partido Popular Democrático, a un joven independentista de Hormigueros y más que nada, a la centralidad del bolero encarnada por Loca, en oposición dinámica al movimiento de su novio Nene Lindo del bolero hacia la salsa.

Loca es la cuentera, el jóker, la maestra titiritera que controla e invoca los espíritus de sus memorias desde el espacio limitado de su celda, representada por su tarima elevada, que de repente parece trono de la Virgen María o de orisha de la santería; una celda en medio del Club Medianoche de sus recuerdos, invocado por la presencia de los dos músicos (el piano a la derecha, iluminado por una pequeña lámpara, las congas a la izquierda) y de las lujosas cortinas (¿de terciopelo o de seda color vino, tal vez?) que sugieren el antro de mala muerte donde Loca protagonizó sus noches de seducción. Si bien la figura de Loca en la producción original de 1997 (remontada en 2005) ya recordaba al encarcelado protagonista francés de la clásica novela Santa María de las Flores (1944) del escritor Jean Genet, ese narrador homosexual que sueña con Divina (Divine), musa y diosa transformista, esa impresión se intensifica en este montaje según Loca va invocando a sus personajes. Comienza con Muerte (Gabriel Hernández), quien pasa a interpretar el tema “Sangre, tinta y corazón”, canción original basada en poemas de Manuel Ramos Otero con música y letra por Jorge B. Merced y arreglo de Desmar Guevara. El talentoso Hernández, su cabeza afeitada y su rostro levemente ilustrado con dibujos, lleva una lujosa chaqueta y pantalones largos pero se encuentra sin camisa, mostrando los fuertes músculos de su pecho y estómago.

La muerte marca la pieza tanto como el bolero. Pero por supuesto, antes de la muerte (o camino a ella), está la canción, lo cual da pie a dos números musicales interpretados por Pasión (Chad Carstarphen): el primero, la mímica o doblaje de “Oración al Caribe” del ilustre mexicano Agustín Lara tal como interpretada por Toña La Negra, a quien vemos proyectada en blanco y negro en la pantalla del trasfondo. Pasión, iluminada por un foco, es un destello de lujo y belleza con su piel negra preciosamente maquillada y su rostro calvo que pronto lucirá un bello tocado. Mueve su boca invocando a la cantante veracruzana y para súbitamente para narrar una historia mientras que Loca sigue en tarima, cual sombra o relevo fonomímico, sustituyendo a la diva que entretiene a su público. La tensión dinámica: mirar dos actuaciones (las de Loca y Pasión, una negra y otra más blanca) que compiten y se complementan. Pasión entonces pasa a cantar (pero ahora con su propia voz) “Olas y arenas” de Sylvia Rexach (arreglo de D. Guevara), invocando simbólicamente en esa sala teatral de El Bronx todo un universo caribeño. Pero aquí no son sólo las locas vestidas las que doblan canciones: también lo hacen los machos, y ahora vemos a Muerte doblar el bolero “Si me comprendieras” del chileno Lucho Gatica, lo cual le da paso a un número grupal en que todos cantan el clásico bolero “Ansiedad” con música del argentino Atilio Bruni y letra del mexicano Ernesto Cortázar (“Hay en tus labios en flor un veneno mortal/son tus caricias de amor un delirio sensual…”) (arreglo de D. Guevara).

Uno de los aciertos de la producción del Teatro Pregones es la manera en que se resalta la especificidad caribeña del género sexual, la exageración intrínseca tanto del macho como de la hembra. En la obra se oscila desde la masculinidad tal vez más clásica, reservada y menos gestual de Hernández (y en cierto momento, de Merced, quien interrumpe su representación de Loca para ilustrar al macho que seduce y obliga a su hembra a participar del acto sexual) hasta la cara pintada (casi como payaso transformista) de Cedric Leiba Jr., quien interpreta a Vida haciendo el papel de Nene Lindo, bugarrón del Caribe, papisongo de El Bronx, figura que en este montaje ocupa un papel transnacional: el Pedro Navaja de la canción pero orientado lingüísticamente a través de su inglés hispano y de su gestualidad a la experiencia diaspórica más reciente, tal vez como esfuerzo de integrar el personaje a su público local. La masculinidad exagerada y performativa de Vida, quien le toma prestado el sombrero al percusionista y con quien interactúa cual bailador de bomba que saluda al tambor (de hecho, hasta se aproxima y toca el cajón, casi en acto de desafío), demuestra la dimensión teatral del ser macho. Es así que Vida (Leiba) pasa a interpretar dos temas: el primero, el tango “Niebla del riachuelo” (con música del argentino Juan Carlos Cobián y letra de su compatriota Enrique Cadícamo, con arreglo de D. Guevara), el cual canta, uniéndosele el resto del elenco; el segundo, el doblaje o la mímica del bolero “El reloj” del mexicano Roberto Cantoral (“Reloj, no marques las horas”), interpretado por Lucho Gatica.

En esta obra, Loca habla de su condición de figura encarcelada en solitaria, que oye a su vecino masturbándose cada quince minutos y que recuerda su niñez rural y su migración a San Juan al igual que su relación tormentosa con su madre enloquecida (e institucionalizada en un manicomio, su mejor amiga) y con el novio joven al que mató por miedo a que la abandonara al envejecer. La culminación del recuento de la memoria de Loca es su interpretación magistral de “La vida es un problema” de la inigualable sandunguera puertorriqueña Myrta Silva. Ante nuestros ojos, Loca se transforma de preso envejeciente a graciosa y glamorosa diva tropical, revelando un traje de gigantescas lentejuelas doradas que llevaba escondido debajo de su ropa gris. Como indica el texto original, le va añadiendo elementos: “la peluca crepúsculo” (en este caso, un precioso tocado con plumas amarillas creado por Harry Nadal), “los relámpagos tormentosos de mis pantallas de rhinestones [y] los guantes negros de ópera cubriendo con su textura de rigoletto los insufribles vellos del antebrazo”, complementados por una gigantesca boa de plumas amarillas y por vistosas maracas cubiertas de joyas y escarcha. La obra concluye con la salida de Loca de la cárcel y su visita a la tumba de Nene Lindo y de su propia madre, afirmación de sobrevivencia en un mundo hostil. Aquí oímos el tema original “Vida, Pasión y Muerte” interpretado por todo el elenco.

Las múltiples adaptaciones de Pregones del cuento “Loca la de la locura”, texto que Ramos Otero publicó a principio de los ochenta en la revista Reintegro en Puerto Rico, rescatan pero también transforman la obra original, privilegiando la música y eliminando algunos de (pero no todos) los elementos más abyectos (por ejemplo, las menciones del consumo de drogas), suavizando un poco la imagen escandalosa y controversial del autor, quien es figura de culto en ciertos círculos puertorriqueños. Pregones sí mantiene numerosas referencias a la sexualidad, desde la masturbación hasta los juegos eróticos entre Loca y Nene Lindo, que se mencionan pero no se representan de manera explícita entre actores. Este nuevo montaje expande la centralidad de la música y de la comedia, gesto que sirve para acercar la obra a un público más diverso, aunque en las dos funciones que asistí parecía que predominaban las personas latinas mayores de cincuenta años. En su nota de director, Merced resalta la falta de traducciones definitivas de la obra de Ramos Otero al inglés o de ediciones bilingües, al igual que el compromiso de Pregones/PRTT “de poner la obra al alcance de un público diverso y multigeneracional”. (La mayor parte de los textos de Ramos Otero también se encuentran agotados en español y no hay un solo libro monográfico o una sola antología crítica sobre el autor, si bien hay una diversidad de importantes artículos académicos.) Pregones también ha escenificado “Vivir del cuento” (texto de Ramos Otero sobre la migración puertorriqueña a Hawái a principios del siglo veinte) en su obra musical Aloha Boricua, la cual reseñé en Claridad en 2009. En este sentido, queda claro el compromiso duradero e incondicional del Teatro Pregones de popularizar el legado del autor.

Será otra cosa: Los “chulos” de la pobreza1

El decrépito edificio estaba en una de esas áreas donde sobreviven sólo gomeras, garajes y gasolineras. Tal vez algún kiosko de pinchos o fritanga. Al principio creí que me había equivocado de dirección. La puerta principal daba hacia la calle y (a pesar de la vejez) su marco, doble hoja, y picaporte anticuados le daban un aire de cierta dignidad descascarada. Pero el número a la derecha no coincidía del todo: #710, decía. Decidí darle la vuelta al edificio. Y efectivamente allí, al costado, estaba la puerta (también descascarada pero sin marco, picaporte o dignidad) de una especie de sótano. #710-a.

“La privatizadora”, la llamaban y llaman en el caserío. Siempre me ha llamado la atención ese nombre tan orgánico. Actúa como sustantivo pero también evoca un verbo, “privatizar”, transparente y pintoresco, que le da sabor local a una movida típica de las economías en “shock” sujetas a reglas neoliberales de “ajuste estructural”.

Nos había enviado, a “pedir permiso”, María, presidenta del Consejo de Residentes y guardiana designada del centro comunal, el único espacio apto para llevar a cabo actividades que requirieran techo y produjeran sonido: la biblioteca cercana exigía silencio, y la cancha estaba permanentemente rodeada de jeringuillas usadas que nadie quería pisar.

Nos abrió una mujer joven con tacones y ropa ceñida. Al fondo, nos ignoraba una segunda mujer, de más edad, vestida con uno de esos uniformes que suelen usar las maestras y las monjas dominicas, y protegida por una de esas barreras plásticas con media claraboya que le ponen a ciertas gasolineras u oficinas gubernamentales.

La interacción fue más o menos así: Saludos,tenemos cita para tal hora…Espere aquí, que le voy a preguntar a Míster Ortiz…Puede bajar, la está esperando.

Bajamos las escaleras para llegar a lo que, se me ocurre ahora, era básicamente el sótano de un sótano. El espacio era amplio pero oscuro, iluminado por la luz de un ventanuco y tres tubos desnudos incrustados en el techo. En contraste ,el mobiliario me pareció lujoso. Madera pesada, cuero, grandes cuadros, todo reluciente y nuevo, tan nuevo como la “privatizadora” que se incorporó justo a tiempo para la subasta gubernamental que le otorgó la administración de los caseríos de nuestra región.

Míster Ortiz lucía corbata roja y traje azul, de rayas y brillo leves. Eso que llaman “power suit” y que, supongo, complementaba su “power desk” y su “power table.” No le estaba claro nuestro propósito, dijo. Es muy simple, contesté. Una docena de muchachos, algunos días de repaso para el college board, todo gratis. Lo único que queremos, añadí, es conectar a los estudiantes del residencial X con la UPR, con la universidad pública….

Tal vez fue ese adjetivo, “público”. O la palabra “gratis”. El caso es que parecía muy confundido. Okay,dijo, le sacamos las copias del flyer aquí, con nuestro logo, y le decimos a los del consejo de residentes que las repartan…

No gracias, las repartimos nosotros, muchas gracias por atendernos, adiós.

Nos fuimos con ese “permiso” perplejo y robado.

En algunos residenciales, los consejos tienen un liderato significativo. Pero en muchos, como el nuestro, su autoridad se limita a seguir las órdenes de individuos como Ortiz: repartir pintura, pegar flyers, establecer o romper alianzas. Ser los cerberos de la llave del centro. Esto es especialmente cierto en residenciales, como el nuestro, en donde la “privatizadora” establece su oficina fuera del residencial, en este caso a dos millas.

Así funcionan los “poverty pimps”, los chulos de la pobreza. El epíteto describe individuos y entidades que aprovechan la pobreza de los sectores más vulnerables para generar ganancias. Esta “privatizadora”, como tantos otros “chulos”, funciona como una operación piramidal, multinivel: algún rico hace donativos de campaña y crea la compañía para poder participar en la subasta de servicios públicos y esenciales (como vivienda) que operan con fondos nuestros, federales o ambos. Ese, y sus accionistas, hacen chavos, riqueza de verdad. Contratan a su vez esbirros finos para poblar las oficinas centrales y ganar excelentes salarios. Estos tipos finos, por su parte, establecen oficinas regionales y contratan unos menos finos pero con experiencia, no tanto en el tema en cuestión como en la gansería. Esos ganan bien, y contratan…a gente como Ortiz. Los “Ortiz”, por su parte, decoran sus sótanos, se protegen y distancian lo mejor posible de la pobreza, y contratan alguna muchacha anónima para que les sirva de interfaz con el caserío.

Ortiz gana poco dinero pero bastante prestigio. Al fin y al cabo, en estos tiempos, basta con tener un traje y un empleo de escritorio, cualquiera, para tener más prestigio que la mayor parte del prójimo. Para que te llamen Míster y usté. ¿La muchacha? Su madre ha sido despedida, su padre teme por su pensión. Paga la luz y ahorra para casarse y montar una Massó en el techo. Gana poco (algo es algo, le dicen) e interactúa con el residencial sólo a través del consejo.

Por su parte María, “la presidenta” del consejo, no gana dinero pero sí algún capital social. Su posición atrae, por ejemplo, la atención de algunos políticos locales, dispuestos a proporcionarle un empleo a, digamos, un sobrino, a cambio de usar sus conexiones (y la llave del centro comunal) para unas festividades que a su vez traigan votos, muchos votos…

Los chulos de la pobreza aparecen con mayor frecuencia en ciertos espacios. En los residenciales, por ejemplo. Administran complejos de vivienda, cobran renta, cortan grama, y hacen chavos. Tiburonean tutorías escolares para los chicos y talleres para los maestros, y hacen chavos. Reclutan universitarios que les entregan su beca pell a cambio de un certificado inútil, y hacen chavos. Bailan, cantan, pescan votos, y hacen chavos. Y, por qué no, reclutan nenes para velar el punto de drogas, y adolescentes para convertir en gatilleros…y hacen chavos. La chulería es siempre piramidal: riqueza arriba, migajas abajo. A través de los años, me he encontrado de frente y conversado con ejemplos de todos los anteriores, y quiero escribir sobre ellos. Pero hoy, aquí, se me ha acabado el espacio.

Por aquello de que estamos más que nunca en “shock” y “ajuste estructural”, permítanme atacuñar aquí una idea final:cuando un país pobre vende lo público, los chulos se multiplican. Chulos de toda pinta y nivel que en el corillo, el carro o la fiesta, repiten que los del caserío son unos “manteníos” que han llevado al país a la quiebra.