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Entre la incompetencia y el pitiyanquismo

CLARIDAD

Cuando un gobierno privilegia por sobre todas las cosas el compromiso político a la hora de reclutar sus principales funcionarios, difícilmente podrá ser competente. Tampoco puede serlo, si funciona con la típica mentalidad colonizada que enaltece al que viene hablando inglés y con sello de gringo. Ese es el perfil del actual gobierno de Puerto Rico y si su gestión pudiera resumirse en dos palabras estas serían incompetencia y “pitiyanquismo”.

El gobierno que comenzó a armar Ricardo Rosselló a principios de 2017 ha implosionado varias veces desde aquel mes de enero, manteniéndose en estado permanente de reconstrucción. Aun cuando ha sido la administración colonial con menos taller, ya que la Junta de Control Fiscal (JCF) ocupa desde 2016 los principales campos de la gestión pública, son muy pocas las áreas donde ha demostrado alguna competencia administrativa.

Para colmo de males, le tocó lidiar con la mayor prueba de fuego para cualquier gobierno, que es la que sobreviene tras un desastre natural. El huracán María sacó a flote las carencias de una administración pública poblada de aprendices que nunca lograron llegar ni a mitad de la lección. Pero además de la gestión tras María, la mala nota se manifiesta en muchas otras áreas. Durante la segunda semana del corriente mes de julio, tras la cadena de eventos en torno a la Autoridad de Energía Eléctrica, hemos sido testigos de un nivel de incompetencia que raya en lo trágico.

La principal explicación para esa pasmosa realidad es haber pretendido armar un gobierno con los más fieles de la campaña política. Estos son en su mayoría personas jóvenes, algo que de por sí no es malo, pero cuando a la inexperiencia se une el requisito de la fidelidad extrema, la mezcla se torna corrosiva.

Durante uno de los múltiples escándalos de esta joven administración, el del llamado “Chat de Moca”, vimos que casi todos los que formaron parte de aquella conversación grupal (que juntaba a los más activos en la campaña política) pasaron a ocupar altos cargos del nuevo gobierno. La desfachatez con que aquel grupo conspiraba en una conversación cuasi pública para perturbar el resultado de las elecciones, destilaba infantilismo y fue precisamente esa pequeñez la que trasladaron a los altos cargos públicos con que fueron premiados tras la victoria electoral. Los puestos y “puestazos” fueron ocupados –algunos creados a la medida– por la misma pequeña tropa que se fajó en la campaña, que de la noche a la mañana pasó a ser ejército de ocupación. Esa mentalidad –la de la tropa que viene a arrasar el terreno recién conquistado – fue la que prevaleció.

Es posible que aquel grupo de militantes entregados a la campaña partidista pudiera haber sido eficiente en la tarea que ejecutaron, pero no es lo mismo destacarse en el fragor electoral que en el gobierno. La lista es grande y en apenas año y medio hemos visto demasiados ejemplos. La propia conspiración del chat, su encubrimiento, la incompetencia criminal desplegada durante la tragedia del huracán, el afán por ocultar los muertos que el desastre natural y la pobre gestión causó, los múltiples casos de corrupción y acoso sexual y, finalmente, la ambivalencia con que el gobierno ha enfrentado a la JCF, son todos ejemplos de lo que estamos señalando.

La otra palabra que mencioné al principio para describir al actual gobierno es “pitiyanqui”, palabra boricua que hizo entrada en el diccionario de la RAE como “imitador de estadounidense”, aunque allí se la adjudican a Venezuela. (Hasta donde sé la palabra fue creada por nuestro poeta Luis Lloréns Torres y desde sus versos viajó a muchos lugares, incluyendo a Venezuela.)

En lenguaje boricua un “pitiyanqui” es más que simple imitador de gringo. La palabra tiene aquí la carga sociológica con que tanto Albert Memmi como Frantz Fanon describieron al “colonizado”, engendro del más crudo colonialismo. Es aquel individuo que crece, no sólo imitando al metropolitano, sino también despreciándose a sí mismo, mientras pone en la más alta estima todo lo que trae colonizador o llega tras él. A lo de imitador aquí se le añade lo servil, que es lo peor.

En las administraciones coloniales puertorriqueñas siempre ha habido pitiyanquismo, sobre todo en las del anexionista Partido Nuevo Progresista, pero en este gobierno de aprendices, el servilismo ha llegado a la estratosfera. Cuando quisieron llenar la plaza del crucial del Departamento de Educación miraron hacia Estados Unidos, no para buscar a la versión moderna de Henry David Thoreau, lo que no hubiese estado mal, sino para traer a una tal Julia Keleher quien hasta ese momento sólo se había distinguido por escamotear contratos en la misma agencia pública. Ahora somos testigos del desmantelamiento calamitoso que vive ese Departamento como resultado de la gestión de la señora Keleher.

Esa tendencia, la de buscar mediocres en Estados Unidos a los que le extienden contratos escandalosos, se ha convertido en norma y en la segunda semana de julio vimos como el asunto hizo crisis en la ya maltrecha AEE. Cuando se vieron obligados a sustituir a los mediocres exmilitantes de la campaña que habían puesto al frente de esa crucial autoridad pública (Ricardo Ramos y Justo González), buscaron en EU a un tal Walter Higgins, a quien le prometieron cerca de un millón de dólares al año entre salario y bonos, estos últimos en clara violación de ley. Ya todos sabemos, con la renuncia de este Higgins y el despelote que siguió, cómo terminó el asunto.

Keleher y Higgins son dos ejemplos de una cadena bastante larga, que sin duda seguirá creciendo porque ni siquiera hemos llegado a la mitad del cuatrienio.

Bayamón

Por Eduardo Lalo/Especial para CLARIDAD

Quizá desde hace muchos años Bayamón fue una equivocación de San Juan. El pueblo de extenso territorio, cercano y al oeste de la capital, estaba en el camino de su expansión. Era inevitable que las calles y edificaciones de ambas municipalidades se encontraran formando una continuidad de brea y cemento. El hecho definitivo debió ocurrir en la década del 60 del pasado siglo, y al igual que ocurrió con Carolina y Guaynabo, lo que una vez fueron ciudades modestas y separadas, pasaron a ser extensos sectores del desparramamiento urbano de lo que se ha llamado el Área Metropolitana de San Juan.

Sin embargo, aun si la frontera entre las ciudades no era ya perceptible visualmente, ésta se preservó en las mentes. San Juan era marítima y lineal; Bayamón olía a tierra y había sido construida como un laberinto. Desde hace mucho es común afirmar que es fácil perderse en el dédalo de las urbanizaciones y barrios del inabarcable Bayamón, mientras que, sea cierto o no, casi todos presumimos de conocer a San Juan como la palma de la mano.

Por toda una época, para los que no vivían allí, Bayamón se redujo a un tapón. El vasto pueblo quedaba determinado por una suerte de monumento negativo, que adquiría dimensiones colosales e irritantes en la mañana y al caer la tarde, y que apenas veía decaer su vigor a lo largo del día. Su identidad automotriz era irónica, pues Bayamón languidecía en las imaginaciones como un desplazamiento casi estático por un buen pedazo de la carretera número 2. La ciudad era y sigue siendo esa vía sobrecargada y atroz, desprovista de un solo árbol, condenada al tueste irredento del sol, diseñada para los neumáticos: un homenaje al tubo de escape de un motor de combustión interna, en un universo distópico en el que los peatones han sido exterminados.

En varios y prolongados periodos de mi vida he residido a un paso de Bayamón. Mis rutinas y obligaciones se encontraban en otras zonas del Área Metropolitana, pero Bayamón era tan desmesurado y próximo que siempre me cobijó su sombra. Una noche, en la adolescencia, descubrí que era como cualquier ciudad: tenía una plaza, calles con casas y negocios, iglesia. Su condición suburbial causada por San Juan me había hecho, como a tantos otros, ciego a estas circunstancias.

Desde entonces regresé regularmente al casco urbano. Me interesaba más que el Bayamón plagado de centros comerciales y avenidas donde las aceras habían expulsado a los caminantes y acogido el parqueo de los carros. Conocí bien la vieja plaza y las calles aledañas que los sábados se llenaban de gente venida de pueblos circundantes. Conocí las tiendas ecuménicas y variopintas, que lo mismo vendían una peluca colorada que un crucifijo, una bola de baloncesto que un bongó. Caminé entre los vendedores ambulantes en tardes de sombra escueta y brisa imperceptible. Vi sobre el techo mismo de una casa el mejor anuncio imaginable de un dentista: una boca gigante con encías y dientes perfectamente alineados, capaz de resistir el ardor del sol y la violencia de la lluvia. Compré una botella de tinta Parker, en una farmacia que suplía la inclinación de su clientela a la automedicación alcohólica, con un estante repleto de canecas de Ron Palo Viejo, ubicada estratégicamente entre las aspirinas y la manteca de cacao. Vi recorrer las calles a las jaurías y a los mendigos, vi en las aceras los platos con restos de carne guisada y arroz blanco ofrendados por desconocidos para su manutención. Entré en cada visita a una papelería cercana a la plaza y entre libretas, lápices y panfletos con burdos dibujos de la geografía del mundo, leí los títulos de amarillentas ediciones de Doña Bárbara, La charca y Terrazo. Compré papayas y piñas, guineos y aguacates, una mochila militar, clavos, martillo y serrucho. Bebí batidas de guanábana y comí dulces de coco. Y años más tarde, volví a recorrer esas calles armado con una cámara y tomé fotos de maniquís descabezados, de carros amarrados con cadenas a los postes, de la entrada de un edificio donde un letrero ordenaba: “No orine aquí”.

Bayamón era una lluvia de realidad o, aún mejor, era el erotismo de lo que existía, de lo que éramos. Si alguien quería percatarse de la patente condición latinoamericana de Puerto Rico, sólo tenía que pasar una tarde en esta ciudad, que por décadas incontables ha votado por alcaldes empeñados en la obtención de la estadidad para Puerto Rico. En sus calles, entre su gente, bailaban sin descanso nuestros delirios colectivos y las insustanciales imágenes y palabras, que se han repetido por un siglo chocando contra lo que era y perduraba.

Esta semana regresé a Bayamón. En visitas anteriores ya había visto los inquietantes indicios. Los últimos años han sido complejos y hacía mucho que no le había podido dedicar toda una tarde a su casco urbano. El Cantón Mall y sus dos calles aledañas recordaban los viejos tiempos, pero no tardaría en comprobar que esto era todo lo que quedaba. Crucé al otro lado de la avenida para adentrarme por las calzadas en las que por muchos años había de todo: tiendas que vendían ropa y objetos que el ejército había decomisado, comercios que parecían bazares, locales en los que todavía vendían radios de baterías y discos, talleres en donde neveras, estufas o televisores de hace dos décadas se habían reparado y puesto a la venta. Tomé la más larga de las calles comerciales. Junto a la avenida todavía quedaba una joyería o una casa de empeño. Según se avanzaba, a lo largo de los cientos de metros de la calzada, todos los locales tenían las cortinas metálicas desplegadas. De los pisos superiores de las antiguas tiendas, se sospechaba el rumor de una radio o de una voz. Solamente un local tenía la fachada abierta. Era una antigua tienda militar y allí se hallaba un hombre flaco y mayor. Detrás de él ya no había nada que vender. Una acumulación azarosa y tupida de objetos y cosas, de ropa sucia y un refrigerador sin puerta, de un mohoso estante de ferretería y una pila enorme de periódicos viejos, atestiguaba que la tienda se había transformado en una casa. El antiguo dueño o algún empleado era ahora el ocupante de un local inalquilable.

Al final de la calzada había gente. Una mesa en la acera congregaba a tres o cuatro hombres. Al pasar junto a ellos uno dijo que su “seguro de vida era una mierda”. Tomé la calle siguiente. También había sido parte del hormiguero de antes. Una hilera de casas vacías, con las ventanas y puertas tapiadas burdamente por bloques de cemento, demostraban que una ciudad puede convertirse en un desierto.

Hacia el final de la calle, una casa parecía estar habitada pero era insólita: una especie de tableau vivant del desvarío. Detrás de la reja había una jirafa, más atrás en un círculo también enrejado, miraba un perro grande; en el centro, elevado por una estructura, despegaba una especie de helicóptero en miniatura pilotado por un muñeco. Sobre el aparato ondeaba la bandera dominicana y llevaba su nombre: “Cabra loca”.

He aquí el retrato de las ciudades de Puerto Rico luego de más de una década de depresión económica. Lo que alberga nuestra memoria ya no está. El pasado y el futuro han muerto y solamente perduran las ruinas del presente. En la única casa habitada de la zona, un inmigrante dominicano culminaba su periplo de un desastre a otro y armaba una fantasía en la que escapaba en un helicóptero defendido por una jirafa y un perro. El seguro de vida era una mierda, le escuché decir al hombre. Tenía razón. Décadas de bipartidismo totalitario y delirante han reducido a Bayamón a esto. El helicóptero estaba atornillado a un poste. La jirafa y el perro habían sido moldeados con cemento. Eran lo que más se parecía a nosotros. En esa calle convertida en desierto urbanizado se encontraba la pesadilla de Puerto Rico.

Que empiece la fiesta Centroamericana

Especial para CLARIDAD

En el momento en que salga publicado este escrito nos encontraremos a menos de 48 horas de que comience la edición # 23 de los Juegos Centroame†ricanos y del Caribe en Barranquilla, Colombia, evento en el que Puerto Rico ha participado de manera ininterrumpida desde 1930.

Mezcla de jóvenes y veteranos

La delegación que se presenta para esta justa regional es una variada, en que más del 60% de la delegación participa en sus primeros Juegos, mientras que también hay unas figuras establecidas como Franklin Gómez, Mónica Puig y nuestra abanderada Vanessa García, que ya son veteranos de estos eventos.

Entre 80 y 90 medallas

Ese ha sido el número que ha dado el Comité Olímpico de Puerto Rico en cuanto a la proyección de medallas de los Juegos, entendiendo que el objetivo principal es superar las 84 medallas obtenidas en Veracruz en el 2014. En mi opinión, pienso que hay potencial para sobrepasar el número de las quince medallas de oro que se ganaron en Veracruz, sobre todo porque en el campo del atletismo presentamos una de las delegaciones más sólidas que hemos llevado en mucho tiempo y hay mucho atleta individual con opción real a oro, lo que no había sido el caso en pasados Juegos.

De favoritos Quique, Mónica, Adriana y Jasmine

Sin querer poner una presión adicional, siento que los cuatro eventos donde Puerto Rico se perfila con mayor posibilidades de medallas de oro son: la vela, evento en el que participa Quique Figueroa, quien busca su octava medalla de oro en Juegos Centroamericanos; el deporte de tenis de campo, con la medallista de oro olímpica Mónica Puig, quien será la jugadora de mayor nivel en el torneo en su deporte de tenis de campo; el atletismo, con la velocista Jasmine Camacho, quien con sus marcas a nivel colegial ha demostrado estar a un gran nivel para su carrera de 100 metros con vallas y debe ser la favorita para ganar el evento; y el tenis de mesa, con Adriana Díaz, que tan recientemente como el domingo obtuvo el campeonato Junior Panamericano al vencer a dos estadounidenses en semifinales y finales, es una atleta que se ha consolidado por mucho como la mejor de la región y se espera que obtenga oro.

Otros eventos de gran importancia

El hecho de que señalara esos cuatro eventos como posibles medallas de oro no pretende desmerecer otros eventos ni señalar otros en los que hay grandes posibilidades. Entre los que llaman más la atención se encuentra la carrera de 800 metros, donde tanto Ryan Sánchez como Wesley Vázquez, son contendores reales por medalla. Otra de las atletas es Guiliana Cusnier, en el deporte de gimnasia rítmica, quien viene de obtener excelentes resultados en competencias recientes en los Estados Unidos. Por su parte el judoca Adrián Gandía es otro de los que pudiera dar mucho de qué hablar, pues pese a ser sus primeros Juegos, ha ido dando señales de poder competir contra los mejores de la región, ganando un bronce en un Panamericano de judo en el mes de abril, entre otros logros. Atletas veteranos como Franklin Gómez, Vanessa García, Melissa Mojica, Jaime Espinal y Rafael Quintero también darán batallas, como siempre, y probablemente se treparán al podio nuevamente.

El tenis de mesa femenino y el basket femenino vienen con mucha fuerza.

La gran mayoría de los conjuntos que presentamos tienen oportunidad real de obtener medallas. Un ejemplo es el intento de defensa de su campeonato centroamericano del equipo femenino de tenis de mesa, equipo que se presenta con la figura de Daniely Ríos y el trío de hermanas Díaz: Adriana, Melanie y Fabiola. Será interesante ver cómo se comporta Fabiola (quien apenas tiene quince años) en este su primer evento de este nivel, mientras que la madurez que ha obtenido Adriana durante los últimos años y el sólido juego acostumbrado de Melanie y Daniely le dan a Puerto Rico una oportunidad seria de revalidar.

El equipo de baloncesto femenino sin duda presenta su mejor edición, les aseguro que con el talento de ese combinado (que se ha reforzado hasta con jugadoras con experiencia en la WNBA) le pueden ganar a cualquiera, incluso a Cuba, quien históricamente ha dominado la región en ese deporte. Recordemos que ese equipo se prepara para participar en su primer mundial del 22 al 30 de septiembre de 2018 en Tenerife, España.

Habrá otras historias

Una de las ventajas que ofrecen los Centroamericanos es la oportunidad de conocer atletas de deportes no tradicionales, conocer su historia, su forma de trabajo y la manera en que obtuvieron el pase a los Juegos. Probablemente, muchos de esos atletas traerán medallas del color que sea y tendrán su momento de reconocimiento ante el público y la fanaticada boricua, que tendrá la oportunidad de conocerlos a ellos y al deporte que practican. Así que no se diga más y que llegue pronto el jueves para gozar de la Fiesta Centroamericana.

Le sale el tiro por la culata a EEUU con sus políticas migratorias

Ciudad Juárez (México), 10 jul.- Estados Unidos, un país creado por inmigrantes, no sabe lidiar con la inmigración y sus políticas migratorias desde la II Guerra Mundial son palos de ciego que a menudo consiguen el efecto contrario al buscado, así residan en la Casa Blanca demócratas o republicanos.

El doctor Jesús Peña es un sociólogo del Colegio la Frontera Norte, centro público de investigación social que depende del Consejo de Ciencia y Tecnología del gobierno federal Mexicano dedicado a medir los flujos migratorios entre México y E.E.U.U. y a recomendar políticas públicas relacionadas con la migración.

Dice Peña que las políticas de tolerancia cero o de mano dura a la inmigración no son algo nuevo. Han sido una estrategia de los gobiernos en E.E.U.U. siguiendo el argumento de que haciendo más difícil o más costosa la migración van a disuadir a las personas de migrar; considerando que el migrante se mueve a base de esta lógica de costo beneficio, que decide [migrar] pensando en cuánto le va a costar económica o incluso moralmente, en los riesgos que va a correr y en el beneficio que puede lograr.

“Las políticas de tolerancia cero lo que buscan hacer es que el costo para el migrante sea muy alto pensando que eso va a disuadir a la persona de emigrar a E.E.U.U., pero lo que hemos visto es que el efecto nunca ha sido así. Las políticas de cero tolerancia, en realidad, nunca han tenido un efecto de disminuir los flujos migratorios. Lo único que consiguen es hacer la vida más difícil, más dura y más peligrosa para las familias de migrantes. Se aumenta el costo, pero las personas siguen migrando”, sostiene el sociólogo.

Peña, subraya que por más que los políticos estadounidenses insistan en implantar estas políticas para “espantar a los migrantes”, “la realidad es que nunca han funcionado, los flujos migratorios nunca han descendido por este tipo de acciones” porque los migrantes no se mueven por esa lógica de costo beneficio.
Explica Peña que, por ejemplo, actualmente, los migrantes llegan a E.E.U.U. buscando la reunificación familiar, encontrarse con sus padres o hijos que ya están en el país, o huyendo de la violencia en sus países de origen. No se trata de buscar un trabajo mejor, de ganar más o visitar Disney World.

“Es gente que no tiene otra opción. Van a ir aunque les cueste más, aunque les metan a la cárcel”, aunque arriesguen sus vidas en el camino, “por eso es que vemos a tantas personas con niños pequeños. Ellos buscan la reunificación familiar o están escapando de situaciones de violencia, de crimen organizado”, de que no quieren que sus hijos acaben muertos o en pandillas. “Es un migrante que busca refugio más que un migrante por situación laboral”.

“Esto es lo que se les escapa a las personas en E.E.U.U. que promueven estas leyes (de cero tolerancia o mano dura a la inmigración). No ven mucho las causas de la migración y creen que esto lo va a detener y no es cierto, por lo que hemos visto”.

El cambiante perfil del migrante

Cuando E.E.U.U. entró en la II Guerra Mundial necesitó mano de obra que llegó del sur. Se firmaron acuerdos y se crearon programas de trabajadores temporales entre México y los del norte.

El perfil de estos migrantes era el de hombres jóvenes, de entre 19 y 35 años, que cruzaban a trabajar unos meses y regresaban con sus familias a México. “Por mucho tiempo, hasta mediados de los 80, eso es lo que había. El 86 por ciento de los migrantes eran hombres jóvenes que iban a trabajar y regresaban. Era una migración de retorno”, ilustra Peña.

A pesar de que E.E.U.U. seguía necesitando esa mano de obra, el presidente Ronald Reagan (1981-1989) comenzó a firmar leyes migratorias coercitivas tratando de evitar el relajito de “ese flujo de personas que iban y venían” y se intensificó el miedo injustificado a esa idea de que “los migrantes iban a robarse los trabajos de los estadounidenses”.

“Así que empezaron a tratar de que se les hiciera más difícil cruzar hacia E.E.U.U.. Había acuerdos de trabajadores temporales, pero era muy poca la proporción de migrantes que iban con estos acuerdos. Casi toda era inmigración indocumentada, pero, podíamos llamar tolerada, porque iban a trabajar. Hacían los trabajos que más les hacían falta: la agricultura, la construcción, los servicios de limpieza, cosas que las personas locales no querían hacer”.

La última reforma migratoria real

Tratando, por un lado, de regularizar a los trabajadores que ya estaban en E.E.U.U., pero, por otro lado, intentando que no entrara mas gente del sur al país, sancionando a los empleadores que contrataban a inmigrantes recién llegados, el cuadragésimo presidente estadounidense, aquel actor mediocre, republicano, firmó el 6 de noviembre de 1986, la Ley de Reforma y Control de Inmigración (IRCA), que ofreció la legalización de estatus migratorio y un camino libre a la ciudadanía a cerca de cinco millones de indocumentados en el país en aquel momento.

“Se dio una especie de amnistía, pero con mano dura para que no vinieran más. Vamos a tolerar a los que ya están aquí, pero a los que vengan los vamos a tratar con mano dura. Hubo un acuerdo entre demócratas y republicanos. Esta ha sido la última reforma migratoria de EEUU. La última ley real”.

“Lo que se olvida de esta ley”, señala el sociólogo, “es que la mayoría de estos trabajadores que se regularizaron eran hombres, casados, con hijos. Cuando lograron documentarse en E.E.U.U., quisieron llevar a sus familias, y se llevaron a su familia extendida, no nada más a su esposa y sus hijos, también a la abuela, a un hermano… y muchos de esos iban indocumentados también”.

“En lugar de detener la inmigración, la multiplicó”.

Las consecuencias de la inmigración irregular siempre la sufrieron los individuos. Aunque se amenazaba a los empleadores con castigos ejemplares, en la práctica, los empresarios nunca sufrieron las consecuencias porque la economía mandaba y se necesitaban demasiados recursos y agentes para hacer caer el peso de la ley sobre los empresarios.

“Y así es como comenzó a crecer la población mexicana en E.E.U.U..”

Los 90: otro tiro por la culata

En 1993, el cuadragésimo segundo presidente de los E.E.U.U. y desdeñable saxofonista, William Jefferson Clinton (1993-2001), demócrata, comenzó a construir “el muro” en Tijuana, “con la idea de hacer más difícil que crucen, pero tampoco funcionó. La consecuencia de estas políticas es que funcionan también para el otro lado y así las personas que estaban allá ya no regresaron a México por miedo a no poder regresar y se paró entonces la migración circular, de los que iban y venían. Y estas personas empezaron a tener más hijos. Y esos son los famosos dreamers (soñadores) de DACA”, que han vivido toda su vida en E.E.U.U., que ni si quiera saben hablar español muchos de ellos y los están deportando a países del sur que no son el suyo, donde no conocen a nadie.

“Y así, aunque se detuvo en parte la entrada de indocumentados, la población indocumentada en E.E.U.U. creció hasta los 11 millones que se estiman ahora”.

El nuevo sentimiento anti inmigrante

El doctor Peña lamenta que el cuadragésimo quinto presidente de los E.E.U.U., Donald Trump, ha provocado un sentimiento anti inmigrante contra la población mexicana en E.E.U.U. al señalar que estas personas habían “invadido el país”. El sociólogo explica que este “sentimiento” de amenaza es el resultado, no tanto de las personas que cruzan las fronteras como resultado de que “esta población empezó a crecer y empezaron a salir de California, de Texas, de Illinois, de los lugares donde estaban establecidos, y se empezaron a expandir a otras partes buscando trabajo, y entonces empezaron a emigrar a otras partes de E.E.U.U. donde no se habían visto muchos mexicanos hasta entonces, muchos migrantes que hablaban español, y eso es lo que creo que ha provocado” que Trump y el sector más conservador del país tenga la percepción de que “hay una invasión, de que hay miles de personas tratando de cruzar la frontera, cuando en realidad no”.

La realidad es que “son personas que llevan mucho tiempo en Estados Unidos”.

El nuevo perfil del migrante

Peña insiste en que el migrante que llega ahora a E.E.U.U., no es “gente que va a buscar trabajo”. “Ves a mamás con sus niños para reunirse con el papá o que van escapando de la violencia del crimen organizado, para evitar de que sus hijos sean reclutados para las pandillas, que sean víctimas de violencia. Es un perfil más de refugiado que de migrante laboral”.

Y entonces, desde Clinton, especialmente desde 1997, pero continuando con George Bush hijo (2001-2009) y con Barack Obama (2009-2017), “se han concentrado en sacar a los que ya están adentro. Las políticas migratorias se han dirigido a sacar a los que están adentro, en las deportaciones”.

Reitera el doctor Peña que si antes se deportaba a las personas que se arrestaban cruzando la frontera o acababan de llegar, ahora se persigue a los que ya están aquí desde hace años.

“La política migratoria de Obama y ahora el primer año de Trump se han enfocado en sacar a los que ya están ahí. Ahora vemos ese cambio de perfil de personas que las deportan y te dicen pues es que yo llevaba siete años en E.E.U.U.. Y dejó allá su familia y dejó hijos nacidos en E.E.U.U.. Y el papá o la mamá está en un lado de la frontera y allá está la familia. Y eso genera el gran problema que tenemos, la separación familiar”.

La separación familiar

“Lo que estamos viendo mucho ahorita es eso, que padre y madres indocumentados son deportados hacia México o Centroamérica y dejan a sus hijos en E.E.U.U., hijos que han nacido allá y son cien por ciento estadounidenses. Y tenemos diferentes estatus migratorios en la misma familia. Imagínate, tú estás en México y no puedes regresar a E.E.U.U. porque ya te han deportado y entonces el riesgo de cruzar otra vez es que te criminalicen”.

“Lo de construir un muro es una distracción. El muro está ahí, en Juarez lo puedes ver. Lo que ellos están tratando de cortar son los lazos de los migrantes en E.E.U.U.… cortar ese lazo es una estrategia tan vil como efectiva”.

“Porque las políticas ahorita en E.E.U.U. sobre inmigración están orientadas a detener el crecimiento de la población mexicana. Para muchas personas es una amenaza el crecimiento tan grande de la población de origen mexicano, que es la más numerosa, pero en el mexicano meten a todo el mundo, si es así morenito es mexicano. No son políticas de control migratorio. Son políticas de control poblacional. Y esto es algo que sí es diferente de lo que se hacía en los 90, que sí era control migratorio, que no pasen los migrantes. Por eso es importante para la administración Trump cortar las redes familiares, porque cortas ese crecimiento. Lo rompes ahí”.

Qué están haciendo en México

“Lo que estamos trabajando ahorita aquí es no tanto atender a la persona deportada como atender a esos hijos que nunca han estado aquí, que son mexicanos porque son hijos de mexicanos y son mexicanos pero que nunca han estado aquí. Personas que se están regresando a México, a un país que no conocen, que no hablan español”.

Son mexicanos porque en México si eres hijos de mexicanos tienes la nacionalidad.

“Para 2017, alrededor de un 37 por ciento de las personas repatriadas en toda la frontera dejaron hijos menores de 18 años que nacieron en E.E.U.U.. Cuatro de cada 10 personas repatriadas son de largo plazo, que llevaban viviendo en E.E.U.U. más de un año. También se está dando el fenómeno del retorno voluntario… cada vez son más las personas que están decidiendo que antes de que llamen a su casa y los deporten deciden regresar a México”.

“La realidad es que no eran muchos los mexicanos que querían vivir para siempre en E.E.U.U.. Eso fue algo como consecuencia de las políticas migratorias de E.E.U.U.. También de la situación en México, la violencia, el desempleo, tampoco es que aquí lo estemos pasando muy bien”.

La separación de los niños (otro tiro por la culata)

“La misma ley de E.E.U.U. lo hace para proteger a los menores porque se supone que no pueden estar encarcelados como sus padres que siguen un proceso criminal por cruzar la frontera. Se supone que separan a los niños para protegerlos, porque no pueden estar en la cárcel con sus padres, pero claro, los meten en centros, para protegerlos, que son también como cárceles.

Separan a los niños porque no pueden tenerlos en las cárceles con sus padres pero los llevan a centros que en definitiva acaban siendo también detención. La lógica detrás de la ley es esa, para que no estén en una cárcel con criminales. La política de cero tolerancia lo que conlleva es que si cruzas va a haber consecuencias penales, aunque sea la primera vez y no hayas hecho nada más”.

“Pero es irreal para E.E.U.U.. El costo, la magnitud de procesar a cada persona. Es imposible. No hay jueces suficientes, no hay suficientes centros de detención. Es demasiado dinero para ellos. Es irreal que puedan procesar a cada migrante indocumentado. Esto se va a detener porque es insostenible en logística y en dinero. No es que no lo hayan intentado antes, pero es que hicieron números y vieron que es imposible. Es irónico que están respetando las garantías de los derechos del menor al no llevarlos con los papás mientras atraviesan un caso criminal. Están protegiendo al menor, pero los separan”.

También es cierto que se les dan las garantías al migrante de tener su día en la corte, el problema es que son tantos, que no tiene tiempo para hablar, les dan menos de un minuto para hablar, a menudo sin abogado.

En el lado mexicano de la frontera. La esperanza de AMLO

El gobierno de México trata de adaptarse a las nuevas realidades de la migración.

Al principio se esforzaba en asistir a los migrantes retornados con necesidades básicas, proveyéndoles atención médica u otras necesidades básicas. Pero recientemente se ha estado trabajando en rediseñar las políticas de atención a las personas deportadas enfocándose en la educación antes de la deportación en colaboración con organizaciones de derechos de humanos y civiles dentro de E.E.U.U., como Raices o Kids.

Además de estas campañas de prevención y de información para que estén preparados ante la eventual deportación, tratan de ofrecer servicios legales, que es la mayor necesidad de las personas deportadas.

“Tratamos de ayudar en lo que podamos sin intervenir en las leyes de otro país. Que sepan sus derechos, que pueden ir a corte y defender sus casos. Que tengan un plan de emergencia, que las familias sepan donde están los papeles de la casa, del carro, los teléfonos que marcar, que tengan acceso a un abogado”

Las imágenes de los niños en jaulas y los audios de los niños llorando han supuesto un antes y un después en la sensibilización de los estadounidenses con respecto a las políticas migratorias de su país.

“Esto se conecta también mucho con el sentimiento anti Trump de muchos estadounidenses que no quieren sus políticas”.

Las políticas asistencialistas a corto plazo han evolucionado hacia el lema “el plan es tener un plan”.Se está pasando de darles algo de comer aquí cuando son deportados a apoyarlos ya desde E.E.U.U.. Que sepan sus derechos, que sepan qué pueden hacer cuando llegan los agentes de inmigración con miras a que no los deporten.

Pero ahora hay una cuestión más profunda, que se espera se materialice con el nuevo gobierno de Andrés Manuel López Obrador y es que se establezcan unas condiciones en México para que la gente no quiera o no necesite emigrar.

“Es algo que no se había visto con los presidentes anteriores, con los tres últimos presidentes”.

Se trata de crear mejores condiciones en México para los migrantes.

La causa de la migración es la pobreza, especialmente la distrubición y el abandono del campo mexicano. AMLO trae planes para volver a hacer productivo el campo mexicano, para producir alimentos, para producir empleo.

“Es un proceso que no se va a hacer en seis años, pero como investigador y como científico, sí me da gusto que entre eso en la agenda”.

Una separación irrevocable: El caso Rosenberg y la política de separación de familias indocumentadas en Estados Unidos

Especial para CLARIDAD

Recientemente me encontré con un viejo amigo activista: Robert Meeropol, hijo menor de Julius y Ethel Rosenberg. La ocasión no podía ser más apropiada. Ambos asistimos, en Springfield, Massachusetts, a un evento en repudio a la práctica de separación familiar y el encarcelamiento de los hijos e hijas de inmigrantes indocumentados en Estados Unidos. A Robert y a mí nos une una vieja amistad; de hecho, una amistad que se originó en los tiempos en que fui parte de la junta directiva de la Fundación Rosenberg Para Niños. Me animé, pues, a preguntarle sobre la coyuntura actual, en que todo parece indicar que la administración del presidente Trump ha dado un paso nuevo y significativo en su curso al fascismo.

Recordemos, brevemente, que Julius y Ethel Rosenberg fueron arrestados en Julio de 1950, acusados de conspirar para cometer espionaje a favor de la extinta Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas. El juicio se llevó a cabo en marzo de 1951. Julius y Ethel fueron encontrados culpables, y ejecutados, después de múltiples apelaciones y reclamos de clemencia, el 19 de junio de 1953. La pareja Rosenberg tenía dos hijos: Michael y Robert, entonces de 7 y 3 años, respectivamente. Durante todo el proceso, Robert y Michael vivieron con distintas familias, sin mucha estabilidad de vivienda. Pocas personas se atrevían a correrse el riesgo de ayudar a los niños Rosenberg. Finalmente, Robert y Michael terminaron en la residencia del poeta y compositor Abel Meeropol y su esposa, Anne, quienes comenzaron un proceso de adopción. Sin embargo, poco después de la ejecución de los Rosenberg, la policía federal removió a los niños de la casa de los Meeropol y los puso en un orfanatorio. El ensañamiento de la fiscalía federal con los dos niños tenía una base funesta: la fiscalía intentó manipular a Julius y Ethel para que cooperaran con el caso, a cambio de la posibilidad de ser parte de la vida de sus hijos. Los Rosenberg, por razones que más adelante se explican, no claudicaron.

Ante la pregunta de si el caso Rosenberg es relevante hoy, en que niños y niñas de hasta meses de edad son separados de sus padres y madres indocumentados por la fiscalía federal de Estados Unidos, Robert señala que en realidad no hay nada nuevo: “La fiscalía federal de Estados Unidos siempre ha utilizado a los niños para extorsionar a las personas inocentes que arrestan, o sea, para obligarlos a cooperar”. En el caso de sus padres, la idea era que Julius y Ethel colaboraran con la fiscalía identificando miembros de una supuesta conspiración; aquí, en el caso de las familias indocumentadas, se trata de que abandonen toda petición de asilo, a cambio de una prometida reunificación familiar. Una promesa, no una garantía. (Hoy las cortes han intervenido ordenando la pronta reunificación de familias con niños de edad temprana, pero aun así la administración del presidente Trump ha objetado a la fecha del 26 de julio para completar los casos de 3,000 niños).

El pasado 2 de julio de 2018, Robert fue entrevistado sobre este tema por los periodistas del Proyecto Marshall, una agencia de noticias independiente y no comercial, que busca crear y mantener un sentido de urgencia nacional respecto al sistema criminal de Estados Unidos. Robert me pidió que tradujera sus declaraciones, para los medios de habla hispana. A continuación, reproducimos, con permiso, sus declaraciones al Proyecto Marshall:

Las imágenes perturbadoras, así como los llantos, de niños siendo arrancados forzosamente de los brazos de sus familiares han reabierto muchas heridas de mi niñez.

Mis padres, Ethel y Julius Rosenberg, fueron arrestados y encarcelados poco después de mi tercer cumpleaños en mayo de 1950. Hasta entonces, mi hermano Michael, quien tenía siete años, y yo vivíamos en lo que recuerdo como una familia calurosa y de mucho amor. Por los próximos tres años, fuimos movidos entre diferentes miembros de la familia extendida. Algunos estaban atemorizados de tenernos en sus casas, por el efecto del odio virulento difundido por las políticas del periodo del macartismo. Así que también pasamos un tiempo en orfelinatos. Yo estaba perplejo y con el corazón roto. ¿Dónde estaban mis padres? No los vi por cerca de un año. En el albergue, incluso me separaron de mi hermano. Cuando a Michael y a mí, finalmente, nos permitieron visitar a nuestros padres en la prisión, mi primera pregunta fue: ¿Por qué no han venido a la casa?

Mucha gente conoce el caso de mis padres; ellos fueron encontrados culpables de conspirar para cometer espionaje y, al final, los ejecutaron en 1953 por supuestamente robar lo que el gobierno llamó el ‘secreto de la bomba atómica’. La decisión absoluta del gobierno, de que ellos pagaran por sus actos y nombraran a otros, claramente tuvo mayor importancia que cualquier preocupación por nuestro bienestar como niños. Lo que Michael y yo no sabíamos entonces es que nos estaban usando también como fichas de extorsión. El expediente hoy público deja ver claramente que a nuestros padres les ofrecieron un acuerdo. Si cooperaban, y si implicaban a otras personas, a mi padre no lo ejecutaban y a mi madre la liberaban para que se hiciera cargo de nosotros.

Después de la ejecución, comenzamos a vivir con Anne y Abel Meeropol, quienes comenzaron el proceso de adopción. Pero las fuerzas del gobierno no habían acabado con nosotros. Nuestro guardián legal, Emmanuel Block, murió de un ataque al corazón antes de que él completara la trasferencia de tutela a los Meeropol. Los grupos de derecha se enteraron y radicaron una acción en la Corte de Menores; reclamando, correctamente, que los Meeropol no eran nuestros guardianes y alegando, falsamente, que estábamos siendo abusados políticamente. Luego de un mes de nuestra nueva vida con Anne y Abel, policías armados llegaron a la residencia para removernos. Al otro día, fuimos llevado a un orfanatorio.

Como mencioné en mis memorias, Una ejecución en la familia, ‘yo no le temía al monstruo debajo de la cama. En vez de eso, la casa, como Michael y yo llamábamos al orfanatorio, era un Bogeyman demasiado real. Teníamos que ser cuidadosos; nos estaban tanteando, y yo temía lo que podía pasar si fallábamos’.

Esta segunda separación forzosa resulta alarmantemente muy similar a lo que le ha pasado a miles de niños en nuestra frontera con México. Claro está, aquí hay una posibilidad de que ellos verán a sus padres de nuevo. Imagino que el terror que experimentan es incluso peor que el mío. Aunque nuestra remoción de la casa de Anne y Abel fue vigorosamente protestada y combatida, los Meeropol sabían en qué lugar estábamos. Además, nosotros nos encontrábamos en un territorio relativamente conocido. Hablábamos el idioma dominante. Las víctimas de hoy se encuentran en un país desconocido y no hablan inglés. Al menos dos trabajadores de cuido en los centros de detención han renunciado, al darse cuenta de la manera en que estos niños indocumentados son tratados. Ambos trabajadores informaron del llanto incesante de los niños y de que a los cuidadores no se les permite abrazarlos.

Al igual que ocurrió conmigo y con Michael 65 años atrás, estos niños están siendo victimizados como fichas de extorsión por un gobierno con una agenda política muy fuerte. Por ejemplo, hemos escuchado que las personas que buscan asilo han sido informadas de un posible acuerdo de corte nefasto: el retorno de sus hijos a cambio de que renuncien a todo reclamo de asilo y de que regresen a sus países.

La historia quizás no se esté repitiendo de nuevo, pero el eco del pasado se siente con fuerza. La manipulación salvaje de niños y niñas es una forma de abuso de los derechos humanos, una modalidad de terrorismo auspiciado por el estado. Para mí, es un asunto personal. Para todos nosotros y nosotras, la manipulación de niños debe de ser inaceptable. Actuando en conjunto, podemos y debemos de pararla.

Robert culminó su conversación conmigo expandiendo lo ya dicho en sus declaraciones a los periodistas del Proyecto Marshall. Su visión, claro está, es la de un adulto que fue victimizado por el gobierno de Estados Unidos cuando era un niño. La otra perspectiva, que tampoco debe de olvidarse, es la de los padres y madres de los niños y niñas inmigrantes. Sabemos del sufrimiento de Julius y Ethel, por la correspondencia que mantuvieron con Robert y Michael. Pero estos padres y madres indocumentados, también encarcelados, sufren la violación de sus derechos humanos. Y el dolor de la separación de sus hijos e hijas no puede ser sino inmenso.

(Las porciones aquí citadas del Proyecto Marshall se publican con permiso del autor).