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Luchó contra Pinochet y ahora lo persiguen

Por la Redacción/CLARIDAD

La historia de un exguerrillero llegando a la presidencia de algún país latinoamericano, no es rara. Ya se conocen tres casos –Brasil, El Salvador y Uruguay– donde excombatientes que arriesgaron sus vidas luchando contra regímenes militares asumieron luego la máxima dirección política de su país. En el caso de Uruguay, el exguerrillero electo presidente, Pepe Mujica, es también una de las personas más influyentes del continente.

El caso de Chile parece ser distinto. A pesar de haber vivido una de las dictaduras más sangrientas, y también la más reciente –la de Augusto Pinochet– a los jóvenes que tomaron las armas para combatirla todavía se les juzga como criminales. Uno de ellos, Ricardo Palma Salamanca, lucha en estos momentos por evitar que la justicia francesa lo deporte a Chile, donde ya se le procesó por “asesinato” y se le condenó a cadena perpetua.

Cuando los militares chilenos dieron el golpe y asesinaron al presidente Salvador Allende, Palma Salamanca apenas tenía 4 años y, sin embargo, comenzó a a vivir los efectos de la brutalidad que se instauró en su país. La casa de sus padres, militantes de la Unidad Popular, fue allanada y toda su infancia quedó marcada por la persecución que vivieron sus progenitores. Por eso empezó a luchar muy temprano y a los 15 años ya se destacaba en la lucha callejera contra la dictadura. Un año después formaba parte del Frente Patriótico Manuel Rodríguez (FPMR), el grupo que organizó la resistencia armada clandestina al régimen de Pinochet.

Cuando las fuerzas policiales lograron detenerlo en 1992, le imputaron dos “asesinatos” y un secuestro, y con apenas 23 años de edad fue condenado a cadena perpetua. ¿Quiénes fueron los “asesinados” por los que se condenó a Palma Salamanca? El primero de ellos fue un coronel de Carabineros llamado Luis Fontaine que, por su largo historial como torturador, estaba desde hacía tiempo en la mirilla del FPMR. Este militar era el director de un lugar conocido popularmente como “La Firma”, un famoso centro de detención y tortura que operó durante la dictadura.

El otro caso fue el de Jaime Guzmán, un abogado muy cercano al dictador y considerado como el principal ideólogo del régimen. Fue el diseñador de la llamada “Constitución de 1980”, con la que se intentó perpetuar la dictadura. Cayó abatido por las balas del FPMR en 1991, cuando ya Pinochet no figuraba como presidente, pero seguía siendo el jefe del aparato militar. El secuestro que se le imputa a Palma Salamanca fue el de Christian Edwards, hijo del dueño del diario El Mercurio, ejecutado por el FPMR.

Pero más que estos actos del movimiento guerrillero, lo que no le perdonan los militares chilenos al FPMR y a Palma Salamanca, fue el espectacular escape protagonizado por este último el 30 de diciembre de 1996. Tras ser condenado a cadena perpetua luego de su detención en 1992, el guerrillero se encontraba en la Cárcel de Alta Seguridad de Santiago, más conocida como “La Bestia” por su dureza. Haciendo uso de un helicóptero del que colgaba una canasta blindada, la organización guerrillera rescató a Palma Salamanca y a otros dos combatientes de la prisión.

Desde su espectacular escape, el rastro de Palma Salamanca se perdió hasta que el pasado 1 de febrero de 2018 fue detenido en París a donde había llegado con pasaporte mexicano a nombre de un tal Esteban Solís. A la detención le siguió el pedido de extradición por parte de las autoridades chilenas y una petición formal de asilo político tanto del exguerrillero como de su compañera, Silvia Berzovic, también excombatiente del FPMR. Ahora las autoridades francesas deben decidir si se trata simplemente de “criminal” que debe entregado quien lo reclama o un luchador revolucionario que enfrentó a la peor dictadura latinoamericana del pasado siglo.

Desde Chile llegan a París voces oficiales de condena y otras que lo defienden reclamando que Palma Salamanca “fue parte de una generación de jóvenes que asumieron con determinación y valentía dar la vida para poner fin a la brutal dictadura de Augusto Pinochet”.

Tal vez porque Pinochet nunca fue derrotado, la historia de los exguerrilleros chilenos es distinta a la de otros latinoamericanos. En otros países asumen la presidencia, mientras en Chile luchan por no ser encarcelados.

El arte de disimular la agonía

En 1929, Sergei Eisenstein anuncia a las autoridades del cine soviético que quiere filmar El Capital, de Marx, y que para eso necesita conocer mundo capitalista. Sólo Eisenstein era capaz de decir una cosa así y salirse con la suya. Lo que quería en realidad era hacer su primera película sonora, pero no sabía exactamente de qué, y necesitaba con desesperación un poco de aire, después de los agotadores cambios que lo forzaron a hacer en Octubre (cercenando todas las escenas en las que aparecía Trotsky) para que pudiera ser exhibida. Al llegar a Berlín comprueba que todos los colegas que admira se han ido o están en trance de irse a Hollywood (el cine sonoro iba diez años adelantado allá: era la nueva quimera del oro). En París pasa un día entero conversando fascinado con James Joyce: le dice que el efecto de simultaneidad mental que producía en el lector el famoso fluir de conciencia que Joyce había explotado al máximo en su Ulises era lo que él quería producirle al espectador en sus películas, y que el advenimiento del sonido se lo permitiría. Lo que son las cosas: a su regreso al hotel lo estaba esperando un ejecutivo de la Paramount llamado Lasky con un contrato para llevárselo a Hollywood. En la Paramount estaban maravillados de que hubiera hecho Potemkin gastando cincuenta veces menos que Fritz Lang en Metrópolis y Griffiths en El nacimiento de una nación y querían que les hiciera lo mismo, pero con estrellas famosas en los roles protagónicos. Le ofrecían mil dólares a la semana, que subirían a tres mil cuando estuviera filmando. Eisenstein dijo que aceptaba si podía llevar a su guionista Grisha Alexandrov y a su cameraman, Tisse. Déjenme agregar una escena acá antes de ir al previsible desastre en Hollywood: en Berlín, Eisenstein pasa una noche de amor con Ernst Toller y éste le regala una foto de Tina Modotti que el ruso se había quedado mirando fascinado. Es la famosa foto del sombrero mexicano con la hoz y el martillo arriba.

Lo primero que Eisenstein le ofreció a la Paramount fue un delirio tomado de la novela de anticipación Nosotros, de su compatriota (caído en desgracia) Zamyatin: un mundo en que todas las paredes eran de cristal, todo estaba a la vista y a la vez todos estaban incomunicados. La Paramount no quiso saber nada. Después les ofreció contar la historia del loco Sutter, el colono alemán que perdió California cuando estalló la fiebre del oro y le saquearon las tierras. Le preguntaron con qué actores; él contestó que con aficionados anónimos. La Paramount no quiso saber nada. Mientras tanto, los pasquines de Los Angeles hablaban del judío rojo que había venido a infectar de comunismo el cine y la Paramount dio elegantemente por terminado el contrato con Eisenstein ofreciéndole fletarlo en barco vía Japón. El barco se atrasa, los tres rusos quedan varados en el puerto de San Francisco, Grisha Alexandrov dice: vamos a conocer México. Eisenstein alucina. Vuelve aceleradamente a California y, a través de Chaplin logra convencer a Upton Sinclair, el escritor socialista americano que se carteaba con Stalin, para que le diera 25 mil dólares con los cuales hacer en dos meses una película en México, antes de volver a Rusia. Firman un aparatoso contrato socialista que cede a Sinclair los derechos mundiales menos en la URSS (donde se exhibiría gratuitamente) y fija para Eisenstein un salario de un dólar al día: de los tres mil por semana de la Paramount a sesenta por hacer una película entera, la película de sus sueños, la que iba a ser el equivalente en el cine del Ulises de Joyce.

En México se vivía en el pasado y el presente al mismo tiempo, los vivos bailaban con los muertos en los cementerios, Eisenstein podía hacer con eso lo que no podía hacer con Rusia. Filmó febrilmente setenta mil metros de película (unas cuarenta horas de duración), gastó los 25 mil dólares de Sinclair y siguió gastando a cuenta, el material iba a revelarse a Los Angeles así que no podía ver nada de lo que iba filmando, no había tiempo, había que componer también la música, que sería el contrapunto decisivo de aquellas imágenes. Eisenstein no daba abasto con su propia creatividad, cuando Sinclair cortó de cuajo el chorro: su mujer había quedado baldada por una enfermedad, él tuvo que empeñar hasta la camisa por los gastos de hospital y de la película, los soviéticos se negaban a pagar las excentricidades de su enfant terrible, Sinclair estaba literalmente al borde del colapso nervioso y se desquitó en forma. No sólo hizo que fletaran a Eisenstein de regreso a la URSS sino que se negó a mandar el material crudo a Moscú y recibir la película terminada. Eisenstein llegó con las manos vacías, se lo acusó de parásito, se le exigió que filmara algo y se dejara de teorizar. Y al mismo tiempo se le rechazaba cada idea que proponía. Mientras tanto, Sinclair entregó parte del material a un mediocre director (Sol Lesser, que hacía las películas de Tarzán) para que armara un western pésimo que le permitiera recuperar algo de dinero y dejó correr el rumor de que el resto, vendido al menudeo como material documental, se había quemado en un incendio. Enterado por carta, Eisenstein pregunta desde Moscú: “¿Lo del Día de Muertos también?” Se refería a una extraordinario aquelarre popular que consideraba lo mejor que había filmado en su vida. Cuando le dicen que sí (cosa que no era cierta), escribe en su diario: “Tengo 35 años y el corazón roto. Debería morirme ahora”.

Vivió quince años más porque, como dijo él mismo, era un maestro en el arte de disimular la agonía. Mientras el cine sonoro seguía su curso, regido básicamente por los cánones de Hollywood, él debió soportar que su némesis, el zar del cine soviético Shumyatski, le arrancara de las manos una película casi terminada (El prado de Be-zhin) porque no había en ella lucha de clases sino “mero éxtasis bíblico y formalismo banal”. Cuando Shumyatski cayó en desgracia y se le permitió a Eisenstein filmar y estrenar su Alejandro Nevski (con música de Prokofiev), ya era 1939 y él era un animal de otro tiempo, o un muerto en vida. Es cierto que, antes de morir, alcanzó a filmar dos de las tres partes de Iván el Terrible, cuya primera entrega encantó a Stalin y la segunda lo enfureció, pero yo creo que para entonces todo le daba más o menos igual. Hasta su último día de vida en el hospital, esperó que llegara milagrosamente a sus manos al menos una lata del material de ¡Que viva México!, que para entonces estaba en poder del Museo de Arte Moderno de Nueva York. Nunca llegó a ver siquiera un fotograma de aquellos 70 mil metros de película. Yo sí. Hay una escena, en ese baile del Día de Muertos, en que todos los actores se van sacando las máscaras de calaveras con que estuvieron bailando y el último de ellos no tiene cara debajo: es una calavera oculta por una máscara de calavera. Quien lo descubre y lo señala es un nenito que está mordiendo una calavera de azúcar y sonríe a cámara como si el mundo estuviera empezando.

TOPOGRAFÍA: Cualquiera es Cortázar.

En 1963 Julio Cortázar publicó Rayuela y se convirtió en un adelantado de la literatura hispanoamericana. En la novela intentaba captar y expresar la realidad más allá de la mentalidad dual con la que se suele pensar a diario; más allá de las viejas oposiciones binarias como, por ejemplo, Bien/Mal, Luz/Oscuridad, Arte/Vida, Serio/Cómico, Cuerpo/Alma etc. No sabemos si la empresa es totalmente posible, pero Cortázar lo intentó.

Cuando la traductora Aurora Bernárdez, la primera esposa del escritor, leyó las Historias de cronopios y de famas (1962) dijo que eran “moralizantes”, opinión que no le gustó al marido, comprometido como estaba con ir más allá de la lógica tradicional. No obstante, Aurora, en parte, tenía razón. Algunas narraciones sugieren claramente una “moraleja”, –cosa que Cortázar no quería– pero el conjunto suele suscitar la perplejidad en los lectores, que en ocasiones no saben qué decir luego de una primera lectura. Lo sé por mis estudiantes. Por ejemplo: luego de leer una de las Historias, al solicitarles comentarios, José exclamó “Otro dolor de cabeza”.

Veamos las causas de esa jaqueca que es dolor de parto.

Los protagonistas de las pequeñas Historias son tres tipos de criaturas: los cronopios, los famas y las esperanzas.

Los cronopios son “esos verdes, erizados, húmedos objetos”, de gran ingenuidad, espiritualidad e ingeniosidad poética. Y, además, son muy sinceros y auténticos. Los famas son muy ordenados y sistemáticos, adinerados y libidinosos. Las esperanzas son “esos microbios relucientes” y algo incordios.

Aunque los famas y los cronopios son distintos y contradictorios al punto de sugerir una clara oposición binaria, (he ahí tal vez la crítica de “moralizante” de Aurora), no son enemigos y saben convivir, trabajar, viajar y explorar cuevas juntos; además, envían los hijos a las mismas escuelas. Pero tal vez la cosa más sorprendente sea esta: en el texto “Eugenesia” los cronopios no quieren tener hijos porque estos al nacer insultan al padre y ven en él “la acumulación de desdichas que un día serán las suyas”. Entonces, los cronopios propician que “los famas fecunden a sus mujeres”. Estos, libidinosos al fin, lo hacen con mucho gusto, pensando que “irán minando la superioridad moral de los cronopios”. Pero el tiro les sale por la culata porque “los cronopios educan a sus hijos a su manera, y en pocas semanas les quitan toda semejanza con los famas.” En otras palabras, y si entendemos bien el asunto: los cronopios, o muchos de ellos, son famas educados como cronopios. Pero el tema no termina ahí. En “Educación de príncipe” (ya se ha establecido que los cronopios “no tienen casi nunca hijos”) si los cronopios tienen prole pierden la cabeza por el tanto amor que sienten, al punto que sus muestras de cariño son causa de enorme vergüenza para sus hijos. Por ejemplo, un padre cronopio espera a su pequeño hijo a la salida de la escuela y lo saluda con exageradas y ridículas palabras de cariño. Por supuesto, los otros chiquitines, –los famas y las esperanzas– se burlan. Y el pequeñín cronopio “odia empecinadamente a su padre y acabará siempre por hacerle una mala jugada”. Sin embargo, lean ahora el hermoso comentario final del texto: “Pero los cronopios no sufren demasiado con eso, porque también ellos odiaban a sus padres, y hasta parecería que ese odio es otro nombre de la libertad o del vasto mundo.” Aquí Cortázar se eleva sobre la dualidad Odio/Amor. Ambos extremos forman parte de un orden mayor. Los hijos, parece sugerir el texto, para ser auténticamente libres deberán negar a los padres. Y está bien que así sea.

Pero mejor es que leamos algunas historias breves. Veamos “Flor y cronopio” que es un ejemplo de la delicada sensibilidad de los cronopios ante la belleza de la vida o el “ser”: “Un cronopio encuentra una flor en medio de los campos. Primero la va a arrancar, pero piensa que es una crueldad inútil y se pone de rodillas a su lado y juega alegremente con la flor, a saber: le acaricia los pétalos, la sopla para que baile, zumba como una abeja, huele su perfume, y finalmente se acuesta debajo de la flor y se duerme envuelto en una gran paz. La flor piensa: ‘Es como una flor’.” Creo que si tratamos de explicar demasiado nos corremos el riesgo de afear la belleza poética y espiritual del texto. Flor y cronopio están en perfecto equilibrio amoroso.

En “Fama y eucalipto” hay otra visión. Un fama va por el bosque y “aunque no necesita leña mira codiciosamente los árboles”. Descubre un eucalipto y lo corta pensando en su valor estrictamente medicinal (“Hojas antisépticas, invierno con salud, gran higiene.”). Al final, en su agonía, el árbol dice: “Pensar que este imbécil no tenía más que comprarse unas pastillas Valda.” Es obvio el humor irónico del final triste: la razón práctica impide la comunión con la realidad o el “ser”.

En “Tortugas y cronopios” se reiteran las diferencias entre las criaturas que componen el libro y se pone de manifiesto la particular relación del cronopio con el mundo: “Ahora pasa que las tortugas son grandes admiradoras de la velocidad, como es natural. Las esperanzas lo saben, y no se preocupan. Los famas lo saben, y se burlan. Los cronopios lo saben, y cada vez que encuentran una tortuga, sacan la caja de tizas de colores y sobre la redonda pizarra de la tortuga dibujan una golondrina.” Comparto con ustedes la reacción espontánea de una estudiante al terminar de leer esta historia. Exclamó la joven Alejandra Sofía: “Ay, qué lindo.” El profesor la felicitó pues la captación de lo bello es un poder cronopio. En ese momento, ella formaba parte de la comunión estética y espiritual entre el cronopio y la tortuga; ella era los dos a la vez.

Aunque, en principio, para el autor, estos escritos no representaron cosa muy seria, –eran un juego luego de haber escrito un libro sesudo sobre el poeta Keats– sí estaba consciente de la seriedad subterránea de los textos. En carta de 1952, le indica a su amigo Eduardo Jonquières: “Pero tú, buen observador, verás que por debajo van aguas más duras e intencionadas.”

Lo misma confianza habría que tener para los lectores de hoy.

Como se sabe, el creador murió en febrero de 1984. Es obvio que estas palabras se han escrito en su homenaje. Pero una aclaración se impone. Es cierto que asociamos los homenajes con la muerte. Mas si volvemos a pensar la cosa, Cortázar nos visita en el instante en que alguien intenta vivir de un modo más auténtico, con sensibilidad poética y espiritual; cada vez que queremos ser libres en lo que sea: la política, la literatura, el amor etc.

Se dirá que es imposible vivir como cronopio, vida intensa aquí y ahora, siempre. Pero creo que valdría la pena intentarlo. Tal vez sea la mejor forma de respirar en un mundo donde hay tanto dolor.

Así es. Cualquiera puede ser Cortázar, y Córtazar puede ser cualquiera: un cronopio que anda por ahí. Anímese.

El autor es profesor de la UPR en Río Piedras.

Juan Pablo Díaz puesta a la salsa (entrevista En Rojo)

La salsa, como género musical y baile, se populariza en Nueva York a finales de la década de los 60. Ese es el lugar común cuando hablamos de ese ritmo. Medio siglo después tú eres un intérprete de ese género. ¿Cómo llegó la salsa a ti? ¿Cómo llegaste a la salsa?

La llegada de la salsa para mí tiene dos vertientes: la de fanático, y la de cantante. Me convertí en fanático del género desde muy joven…beneficios marginales de ser criado por una cocola empedernida. Mami era de las que hacía (y aún hace) del baile su jangueo, y tiene un muy buen gusto musical. En su colección encontré el disco que me convirtió en fan instantáneo: una compilación de trabajos de Willie Colón como productor de distintos cantantes. Le di bastante pa abajo a “Willie Colón & Associates” desde como los 9 años. Desde esa experiencia es que empiezo a indagar en la salsa, a desarrollar mi propio gusto, y a enfiebrarme.

Entré a la UPR de Río Piedras inicialmente a estudiar música, pero la vida dio sus vueltas y terminé desarrollándome como actor. Puse la música a un lado por varios años, pero siempre supe que quería hacer un proyecto musical. Lo que no sabía era en qué género desenvolverme. Fue a través del teatro que me reconecté con la música. En el 2004 hice “La estación eléctrica”, pieza de Jorge González en donde se cantaba en vivo. El director musical fue Luis Amed Irizarry, uno de los miembros fundadores de La PVC. Un día me invita después de un ensayo (o una función, no recuerdo) a hacer coros con la orquesta que ya venía siguiendo hace un tiempo.

Cuento largo corto, después de ese momento me siguieron invitando y terminé siendo uno de los cantantes de la orquesta. La PVC fue mi gran escuela; estuve allí como unos 8 años, aprendí muchísimo, conocí y trabajé con grandes músicos del país, y poco a poco fui desarrollando mi voz e identidad salsera. Durante mi estadía en la orquesta empecé a pensar en la posibilidad de desarrollar un proyecto como solista…y varios años después me zumbé. Y aquí estamos…

Del reggaettón al trap hay un cierto trecho y algunos teorizan que esos son los resultados de la natural evolución de la salsa. ¿Qué crees?

El reggaeton, el trap y la salsa han sido el pulso del pueblo joven en su momento histórico. Al igual que la plena cuando le tocó, éstos géneros han sido impulsados por una juventud que se identifica y se siente cómoda de expresar su sentir a través de la música. El asunto con la salsa es que fue el primer género que fue masivo. Su éxito trascendió fronteras y estableció el arquetipo de lo que podría ser una industria musical sólida.

Pasó algo similar con el boom del reggaetón local. Cuando explotó, todavía habían restos de una industria disquera fuerte, y los artistas, productores y ejecutivos se aprovecharon de parte y parte. Incluso, el reggaetón logró algo que la salsa no hizo (quizás porque no le interesaba, o no se necesitaba en un mundo pre-globalizado): establecieron el género como la música Pop. Por eso ves tanto crossover entre artistas Pop y reggaetoneros, siendo “Despacito” la cúspide de esta práctica.

En mi opinión, el trap es diferente. Es un fenómeno que viene subiendo, pero necesita identidad más allá de la jodedera y el maleanteo exagerado. El reggaetón y la salsa también lo fueron, pero creo que se solidificaron como géneros legítimos cuando emergieron artistas que establecieron una temática alternativa a la mera diversión. En la salsa, Rubén Blades, Ramón Rodríguez, Roberto Angleró y Don Tite Curet Alonso. En el reggaetón, Eddie Ávila, Tego Calderón y René Pérez. Se atrevieron a salir de los convencionalismos, y a interpretar sus realidades sociales a través de su música.

Creo que al trap le hace falta esa voz. Y creo que existen exponentes que eventualmente harán el salto. Son chamacos ahora, pero eventualmente irán madurando. Creo que queda de ellos decidir si esto es pa largo, o si es un género divertido, parisero pero fugaz como el House (y todas sus vertientes).

Vienes de una familia de actores y tú estás en el escenario en otra faceta. ¿Considerarías que el dominio del escenario viene de esa familiaridad y experiencia?

Definitivamente. He tenido el privilegio de desenvolverme en múltiples facetas del arte escénico, y eso influye mucho en la proyección a la hora de pisar un escenario. Una de las herramientas que siempre recomiendo es tratar de desarrollar conocimiento en la improvisación teatral. Es una destreza que ayuda mucho a sentirse confiado, a arrojarse a la experiencia y a no temerle al error como artista escénico. Siempre existe y existirá el frío olímpico, pero la impro te ayuda a que no sea tan grave.

¿Qué representan las nominaciones y premios?

Creo que los premios son un reconocimiento de parte de una institución a un trabajo bien hecho. Todas las instituciones tienen sus procedimientos y realidades, y en ocasiones el público queda desilusionado con los resultados. Lo pudimos ver recientemente con el asunto de “Despacito” en los Grammys. Yo tuve el honor de haber sido nominado para un Grammy Latino por mi segundo álbum “Fase dos”. El ganador fue el maestro Blades, pero con mi nominación se establecieron varios precedentes de los cuales me siento extremadamente orgulloso. La producción es totalmente independiente, fue la única hecha completamente en Puerto Rico. A su vez, es una de las dos producciones (dentro de las 5 que fueron nominadas) que en su mayoría contenía material inédito. Y a mis 34 años puedo decir que soy el productor musical más joven que ha sido nominado en la historia de la categoría. Para mí, esto es prueba de que se puede ganar de muchas formas.

¿Cómo ves el futuro de la música en Puerto Rico? ¿El futuro de la salsa? ¿Tiene futuro?

Algo tiene la música que se hace en Puerto Rico que gusta mucho. Creo que lo más interesante de nuestra música se mueve por debajo de la superficie popular. Y se están gestando muchos proyectos diversos con identidades definidas que representarán dignamente nuestra identidad musical colectiva.

En cuanto a la salsa, sí hay un movimiento de salseros emergentes que no se veía hace tiempo, en mi opinión. Vemos que hay muchas propuestas diversas, y una no cancela a la otra. Hay mucha oferta que se complementa entre sí…lo que necesitamos es foro. Todavía estamos en la transición de la industria musical post-disqueras. Si bien es cierto que la salsa quizás no goza de la popularidad que tenía hace unas décadas, también es cierto que hay un público cautivo que apoya lo que le gusta. Lo vemos en el caso de la Orquesta El Macabeo y Pirulo y la Tribu. Cada uno desde su esquina tiene su fanaticada que los sigue a todos lados. Lo que necesitamos es la cancha para desarrollarnos y expresarnos. Siempre habrá futuro si tenemos gente que apuesta a él.

La victoria de la resistencia

En nuestros países, miles de comunidades afro descendientes sufren hasta hoy consecuencias de la esclavitud y de una exclusión social permanente. Durante tres siglos, desde el siglo XVII, más de 12 millones de hombres, mujeres y niños de diversos pueblos africanos fueran secuestrados para trabajar como esclavos en las plantaciones  y en las minas de América Latina y Caribe.

En algunas regiones de Brasil, Colombia, Ecuador y otros países, aún hay muchas comunidades negras que resisten con sus costumbres propias y, en algunos casos, hasta algo de sus idiomas  ancestrales. En Brasil, desde el siglo XVI, esos grupos se llaman quilombos. En otros países, palenques o otros nombres. Esas comunidades siguen siendo símbolos de lucha y resistencia contra el capitalismo depredador. Ellas protegen bosques, ríos e impiden la destrucción ambiental, provocada por el negocio agrícola.

En estos días, exactamente, el jueves, 08 de febrero, después de un largo proceso, el Supremo Tribunal Federal (STF) de Brasil declaró válido un decreto del presidente Lula que reconocía a los descendientes de Quilombos el derecho a sus tierras ancestrales. En 2013, los obispos católicos de Brasil han creado un grupo de trabajo para profundizar la misión de la Iglesia junto a las comunidades negras. Ese grupo produjo un documento muy bueno. Reconoce que la Iglesia Católica tiene una deuda histórica con las comunidades afrodescendientes, porque en el pasado padres y obispos fueran conniventes con la esclavitud y las injusticias  sufridas por esos grupos. Reafirma que en la lucha de esas comunidades por la tierra y por el derecho de vivir sus culturas, hay un apelo de Dios para todos nosotros.  La resistencia de eses grupos es una profecía social a ser acogida. Alerta que aún hoy existe cierto racismo religioso. En 1967, en una exortación (Africae Terrarum), el papa Pablo VI reconoció el valor positivo de las religiones de matriz africana. Sin embargo, hasta ahora, aún hay grupos que se dicen cristianos y que discriminan y persiguen comunidades de cultos afrodescendientes como si fueran idolátricos o demoníacos. En estos días, por todo Brasil, aún resuena el canto profético de una escuela de samba de Rio de Janeiro que, en el desfile de Carnaval, tomó como tema: “¿Será que la esclavitud fue de hecho superada?”  La Escuela de Samba Paraíso del Tuiuti cantó una oración que tiene sido repetida por muchos brasileños: “Mi Dios, Dios mío, Si yo lloro, no lo tomes a mal. Por la luz del candelero, ¡Libere el cautiverio social! “.