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La marea de los muertos (novela por entregas) Episodio 4

El día dos de noviembre, a las cuatro de la tarde, plena marea de los muertos, caminamos lentamente entre la bruma y el salitre. Antes de salir, Fabienne insiste en ceñirse el cabello con una cinta azul celeste.

Nos detenemos a mirar un grupo de pescadores que no han salido a la mar y están en un ventorrillo donde venden cervezas y frituras.

Sé esto, que nada más preciso saber. En ese momento fluido, impreciso, cuando las sombras avanzan y se asienta breve el atardecer, vemos el resplandor lejano del cementerio donde se ha organizado un encendido de luces para la visita anual de los deudos.  Esa es la realidad palpable. Entonces se suceden deslindes importantes en el continuado de las cosas y quedamos encerrados en medio de círculos concéntricos que se mecen gentilmente y nos miramos desde lejos ella y yo, desde otro punto distinto al que ocupábamos segundos antes del misterio y la veo huidiza de formas como si estuviese iluminada desde atrás, igual que las láminas de la virgen y tengo la certeza de que antes y después de esto, hemos conversado cosas importantes y tratado asuntos de gran peso y vinculación;  trae el momento la vibración de aires extraños que transportan ecos de otras gentes, de otros lugares tan lejanos como, por un decir, La Malaca Inglesa, y tan cerca como dos cabezas sobre una almohada olorosa a menta y suspiros y algo habrá tenido que ver la luz y unos pinos australianos cuyo olor se mezcla con el olor de los naranjos en un huerto cercano y ella pausa, me mira curiosa, como si se estuviese mirando ella misma al espejo por primera vez, o a través del espejo secreto de los descaros en un gabinete de mirones, y no podemos reemprender camino, anclados como estamos en ese escalón del evolutivo más elemental, en la esencia indiferenciada y entramos y salimos, ella en mí y yo en ella, en esta danza nueva de épocas y traen alcances íntimos esos gestos suyos tan deliberados, casi litúrgicos en su conformación, ante el asombro y el desvelo de lo que somos y entonces una sonrisa suya crece vagamente y deviene en carcajada de sonoridad encantada, como campanas en Pascuas y el brillo de sus ojos tan elocuente igual el leve temblor de sus manos tostadas por el sol cuando me acaricia el rostro; retomamos la tábula rasa, esa laja fulgurante de inocencias antes de la Caída y de los destinos que siguieron a ella, nada queda atrás, salvo las tinieblas por las cuales hemos transitado sin el mínimo temor y nos ha llovido luz nueva de polvo de las estrellas; todo transforma en ondas de levedad, sin peso específico ni asidero real y así, por ellas, nos movemos, desenvueltos, audaces, sin importarnos nada y la mirra y el incienso de los amores que traíamos para parcelar, para almohada de nuestros futuros individuales, los hemos intercambiado por el olor de la vida, el de los naranjos y el salitre y viajamos de la mano por las luces del tiempo, reventando de unicidad compartida, toda la eternidad mía recogida en la de ella; la suya en la mía y entonces me da tristeza porque habrá, o sepa usted si ya ha habido, quien se antoje de mí y tendré que enviarle el desengaño porque es Fabienne, no hay otra, ni antes ni después y otros labios y otras tersuras que ya ni me apetecen porque nos bastamos ella y yo e igual acontecen a ella las mismas cosas; todos nuestros alientos, encerrados, en un círculo perfecto como la luna llena en las noches claras, un círculo que toca ambos extremos de la nada y atraviesa el caudal de lo que somos, que recorre desde los píramos grises de un vacío al otro, con señaladas orillas, breves, que asoman a los acantilados de la nada y al centro de todo, la luminosidad incandescente donde nos desenvolvemos. La he visto yo con un traje amarillo verano bajando por el sombreado de una calle empedrada, desbordando de vida, con la misma fisura breve en el mentón y también de niña, dolidamente hermosa, como las que aparecen en las telas de los pintores flamencos, bucles y un pecherón bordado y almidonado, intensa y adivinatoria la mirada suya y habitamos lugares que sólo conocía por láminas: una habitación que mira a unos techos de terracotta mientras desayunamos duraznos, leche y pan untado con miel, sentados en medio de sábanas revueltas y ella limpia de mis comisuras el jugo de la fruta con un pañuelo de lino bordado y le acaricio la frente y me detengo al borde de un rizo salvaje que refleja la luz fría que penetra por la ventana y, en lo que toma pestañar,  nos mudamos a otro lugar, la Cochinchina o Ceilán –me parece por los aires frescos y suaves– y ella me cuenta un secreto que ha aprendido allá –aunque hay desconcierto porque en esta etapa Fabienne tiene veintitrés años y yo sigo con quince y está de pie frente mío– desata su kimono y acerca su vientre a mi nariz y huelo orines dulces, lejanos y me habla que se toma sus orines, a la prima, cada mañana, media taza. Me dice que es un calmante extraordinario y que en Asia le llaman la cura del urinario cuyo balance se lo frota y se queda tal cual, embalsamada, hasta media mañana cuando toma su baño matinal para salir y entonces, obedeciendo, la sigo hasta el WC donde hacemos la matinal y nos orinamos mutuamente y el calor de nuestras alegrías es como la sangre que inunda y oprime el pulmón tras de una cirugía y el médico la extrae de un puntazo intercostal con un bisturí que la expele tan caliente que quema como un café recién servido y entonces retornamos a los giros de estas esencias del tiempo donde no hay pasado ni porvenir, sólo ese presente eterno, el soy trascendental de los místicos y echamos a andar por calles que en las realidades antes de esto, eran caminos nuevos que faltaba yo por pisar pero ahora los conozco; sé adónde dirigen.

La marea de los muertos (novela por entregas) Episodio 3

28 de octubre de 1935

Al día siguiente de la nota, con acopio de audacias, me presento a su puerta. Fabienne, de kimono negro y los cabellos revueltos, me recibe.

–Estás en ropa de casa, le digo.

–Si lo dices por el kimono, es una costumbre mía.

–Si quieres vengo más tarde.

–No, no. El día no está como para salir. Pasémoslo aquí. Este viento de otoño nos puede hacer daño, tercia su mamá al salir de su habitación.

–Salgo a almorzar; regreso en una hora, añade.

Fabienne cierra la puerta tras de ella. Nos sentamos en esquinas opuestas de un sofá. Hablamos cosas de enamorados, de luces y tintineos.

Su mamá regresa del almuerzo con un servicio de té y galletitas. Se queda por espacio de dos horas, haciéndome preguntas sobre el tifus que, a sus juicios, está por extenderse por la capital.

Luego se marcha a recibir a su marido en el puerto de Mayagüez cuyo vapor llega esta noche procedente de La República Dominicana.

Abandonamos la pieza, su madre y yo. La acompaño hasta su automóvil, un Ford de dos plazas de 1932, descapotable y con baúl que se convierte en asiento para dos.

Tan pronto emprende la marcha, regreso a mis habitaciones para tomar una siesta y evitar sospechas pero Fabienne, desde su puerta, me invita con un gesto sutil de mano y mirada.

Regreso con ella al apartamento. No puede contenerse y me aprisiona los hombros. Sonríe.

–Cuando termine el mal tiempo, podemos pasear por la playa. He descubierto un sitio donde podemos bañarnos sin ropa.

–¿El paraíso, aquí?

–Aguarda a que lo veas, Leslie.

Fabienne deja caer sobre la alfombra sus pantuflas en seda con diseños chinos, y cruza las piernas debajo de ella. Recoge la faldeta del kimono entre sus muslos.

–Te he visto desnuda, le confieso.

–Imposible. ¿Cuándo?, dice con sorpresa.

–Ayer por la tarde, cuando saliste de la toilette para secarte.

– ¿Te gustó lo visto?

–Delirante…, contesto.

–Entonces, quiero verte igual, dice con cara de gata relamida. Cierra la puerta con un llavín.

Abre sus ojos desmesuradamente cuando me desvisto.

–Carajo, me excitas. Da la vuelta.

Lo hago, suspira. Presiento cuando se acerca detrás de mí. Siento sus manos acariciar mis nalgas, mi espalda.

–¿Te gusta esto?– Susurra mientras lame mi cuello. Me tiemblan los muslos, las piernas. Entonces se arrodilla, me besa las nalgas y las separa. Me volteo, siento la punta de su lengua en algún lugar de mi corazón.

No tenemos experiencia en estos estadios sentimentales. Comienza entonces un vuelo delirante y nos olemos de pie a cabeza. También nos tocamos por todas partes sin pudor, cuidándonos de morder o arañar.

Nos lamemos como lo hacen las perras con sus cachorros. Hay tres partes de ternura diluida en una tintura de lujurias.

Me marcho antes de que lleguen sus padres.

Esa noche, en el foyer del hotel, escuchamos en la radio nacional dominicana, al otro lado del canal, un programa de música norteamericana. Ocupamos sillas a lados opuestos del aparato. La orquesta interpreta lo que será en adelante nuestra canción. Es de una película de Bing Crosby que la he visto en el verano.

El título de la canción: ‘May I’.

Sus padres bailan en la alfombra del recibidor. El me mira con recelo.

Memorizamos la canción que es larga y luego la copiamos.

May I be the only one to say I

Really fell in love the day I

First set eyes on you…

Y ya. La adoptamos y vamos por ahí silbándola todos los días.

Dos días más tarde, el padre de Fabienne, que es empresario, nos invita a visitar una fábrica de tabacos que piensa comprar.

Titubeo al principio y le digo que debo consultar a Francine. Fabienne me acompaña y me susurra.

–Podemos sacarle provecho al viaje, como desaparecer por media hora.

Francine me da permiso y ordena que se nos preparen emparedados de mortadella italiana y de pollo frío y ensalada fresca. Añade un litro de café y dos de agua mineral. Salimos media hora tarde por la dilación de la madre de Fabienne.

El viaje es largo, la ruta espléndida. El palio de la fronda cubre la carretera que sube por las montañas. El aire se torna frío y densa la neblina.

Hay una belleza abundante, selvática, por todas partes. Una bruma delicada se posa por donde pasan los riachuelos delatando su cauce. Las briznas de la niebla van desapareciendo según calienta el día. Pasamos todo el viaje escuchando la radio, noticias y programas musicales.

Súbito, doblamos a la derecha y ahí está la fábrica Casa López, tabaqueros, al final de un ‘cul de sac’ empedrado, al borde de un lago cuyas aguas reflejan el verde de las montañas que lo circundan.

La fábrica ocupa la mitad del edificio. Trabajan allí cinco tabaqueros y el gerente. El padre de Fabienne y el gerente conversan. Escucho cifras, un precio, asuntos privados.

–Mil cigarros a cuarenta dólares la mano de obra… quisiera conocer al mejor torcedor… no me interesa el que haga los mil cigarros por semana sino el de más oficio, el que haga cigarros de buen tiro… traigo una nuevo cigarro para añadir al vitolario de Casa López… un ‘Perfecto’ del cepo 48, he traído la liga con hojas dominicanas y algunas del país… el torcedor puede hacer quinientos por semana, veinte cajas… dispuesto a pagar diez centavos por cigarro… la velocidad en esto no es factor… un cigarro para los plutócratas, los que puedan pagarlo a peseta….

Pedimos venia para meternos hasta las rodillas en las orillas del lago. La madre de Fabienne accede.

Corremos hasta la orilla más cercana y desaparecemos detrás de un nudo de pinos australianos. Desde allí podemos observar la fábrica a lo alto de la subida. No hay nadie por todo aquello.

Fabienne mira en derredor suyo. Se quita los zapatos y las pantaletas. Me las lanza y las recojo al vuelo. Me invade la borrachera de los sentidos luego de aspirar su olor de la fruta verde camino de madurar. A seguidas se para frente mío pero de espaldas, mirando al lago y se levanta la falda por detrás mostrándome las nalgas blancas.

Me dice:

–Muérdeme, pero no dejes marcas que puedan verse cuando me ponga el bañador.

La obedezco. También acaricio su pubis casi despoblado. Entonces se voltea y se desata la locura de hace dos días.

Tras un primer traspié a causa de un desfallecimiento, nos calmamos. Sentados codo con codo, conversamos.

–¿Tienes novio? Debo saberlo, supongo, le pregunto.

–Eduardo, pero no nos tocamos así como tú y yo. Vamos al cine con una chaperona.

–¿Te gusta?

–Sí, pero de modo distinto. Estoy enamorándome de ti, Leslie.

–¿Y qué pasará de vuelta a la capital?

–Habrá que ver. Podemos vernos socialmente pero con discreción. Tienes que aprender a controlarte. Te quiero de un modo más suave, más dulce pero tú quieres otras cosas… remojarme, por ejemplo. Tenemos que cuidarnos de eso.

–De un modo más suave… pero no hace ni veinte minutos me pediste que te mordiera las nalgas, sonrío ante la ironía y me golpea con fuerza en el hombro.

Media hora más tarde cuando ha bajado la tensión de poder ser vistos, recoge sus pantaletas, se las pone. Regresamos, zapatos en mano, camino de la fábrica donde aguardan sus padres. Parecen felices.

A la vuelta rompo el silencio del viaje que se ha tornado cansino y hago una pregunta impertinente. El padre de Fabienne sonríe como si el asunto viniese del reino de la imbecilidad.

–¿Por qué ni usted ni el gerente fuman los cigarros que se hacen en la fábrica? Fuman cubanos.

–Te fijas bastante en las cosas, Leslie. Caso mío prefiero los Partagás. El gerente, eso es otro asunto. No da un buen ejemplo, tendré que hablar con él.

Suelta una carcajada.

–Pero es ridícula la situación, ¿No crees?, dice.

Llegamos molidos al hotel y pasamos a nuestros apartamientos a descansar hasta la cena. Con el pasar de los días nuestro sentimiento crece desproporcionadamente. Por cada uno vivimos diez.

En mi soledad, yago en el canapé y recuerdo un gesto suyo y lo repaso una y otra vez. También me asalta el olor de sus olores y veo en mis imaginaciones sus rodillas huesudas y el arco elegante de su pie tan largo que casi le llega a media pierna, como decían de Nijinski, el bailarín leyenda.

La marea de los muertos Relato por entregas (novela por entregas) Episodio 2

24 de octubre de 1935

Nos hemos presentado formalmente.

Fabienne y yo transitamos por una edad dolorosa, quince años yo, dieciséis ella, tiempos en que siempre falta un aliento de gracia redentora: piernas demasiado largas y delgadas, igual, pies y manos; tenemos la misma estatura y, para rematar, cuellos como de ahorcado. Nos juntamos de cuando en cuando y nos tratamos con distancias y cierta cortedad.

No importa que la temporada de baños haya concluido, cada tarde, a las tres, nos zambullimos en las aguas frías llenas de algas.

Tengo mucha ocupación, mis deberes escolares que papá me ha enviado por correo luego de consultar con los Jesuitas del Instituto. Eso y el libro bisemanal que leo.

He seguido su consejo –el de mi papá– de que es menester que lea al menos un libro bisemanal más allá de mis deberes. Me ha permitido acceso total a su biblioteca, clásicos literarios, libros de medicina, sicología, novelas de caballería, y las biografías más diversas.

Ha menester de un interlocutor que se maneje bien a la sobremesa.

Me gusta leer, nada más que hacer en estos tiempos y a mi edad, todavía vigilada, la única lasitud que tengo es salir a la playa o al cine con mi primo los fines de semana. Él tiene dieciocho años, es muy cortés y viste buenos paños ingleses. Estudia en Santo Tomás de Aquino como interno pues viene de San Germán.

Cuando vamos al cine preferimos las películas de rufianes y las de vaqueros.

Delira viendo los noticiarios de Pathé sobre la guerra en Abisinia, por los bombardeos y los Savoia-Marchetti que presentan despegando y tomando tierra en apoyo la invasión del mariscal Bono.

Se relame del gusto, Raúl, que así se llama mi primo.

Quiere ser piloto, yo médico.

De mi parte, debo confesar que el mes pasado he descubierto un tesoro, las Cartas de Mariana de Alcoforado, la monja portuguesa, volumen escondido al fondo del buró olvidado de mamá. También hallé allí Gamiani, de Musset, Las Mil y Una Noches, de Burton y unas memorias de un adolescente ruso y sus condiscípulas judías en la Rusia de los Zares. Todos, sin falta, indicados en el Vaticano.

Tal ha sido el primer accidente de mi vida, la prima ruptura; unas lecturas han desvelado las pendejadas amartilladas en el Instituto que hacen lo leído hasta entonces, cuentos sobre hadas y pendejos y una que otra mierda de inmerecida fama, que en su inicio fueron publicadas por entregas en los diarios.

Releo Las cartas de la monja portuguesa y es mortificante el lirismo de su despecho. En otro lugar he leído que Rousseau las ha atribuido a algún escritor anónimo ya que ninguna mujer tiene esa capacidad narrativa.

Las nuevas lecturas traen su detritus, sueños perturbadores con los que cargo al despertar. No puedo evitar el vicio solitario que los curas detestan.

A mi regreso, habrá que evitar las sobremesas no sea que se me zafe algo descompuesto frente de mi papá.

Mas el nuevo estadio en mi educación sentimental ha quedado en suspenso tras llegar al Hirondelle y Fabienne a mi vida.

Tropezamos accidentalmente entrando al salón comedor. La invito a mi mesa para el desayuno de frutas con leche y avena. No nos quitamos los ojos de encima. Me pregunta si también he venido huyéndole al tifus y le cuento mi historia más reciente y las circunstancias que me han traído allí.

–Vine con mi mamá a buscar a mi papá que llega mañana en vapor de Santo Domingo. Vivimos en Ponce pero él quiere mudarse por acá. Piensa comprar una tabaquera, me dice con una vocecita dulce. Su hablar es muy enunciado.

Cuando no llueve, Fabienne baja a la playa de maillot blanco y calza espadrilles verdes. Las mías son de cuero negro y las llevo en la mano porque me gusta sentir la arena húmeda bajo mis pies.

–Me gustan tus zapatillas, le digo.

Se sonroja un poco. Igual yo que la miro con luces que son para ella y nadie más. En alguna parte he leído que la belleza necesita una imperfección para convertirla en inolvidable.

La fisura en el mentón, eso.

No existe un tormento peor que demostrar ternura en secreto. Hemos iniciado una relación discreta, expresando sentimientos tan intensos como es de cortés y distante nuestro proceder.

Nos envuelve un tenor de presentimientos. Cuando nos acercamos, la gente desaparece o simplemente dirigen su atención a otras cosas, dándonos, pues, una ventana de oportunidad suficiente para una sonrisa de conspiraciones, una frase telegráfica como las monjas de clausura del siglo dieciséis.

Sin poder evitarlo, nos miramos de golpe, breve y dulce y a pesar de que su madre no sospecha nada, Francine, que se ha dado cuenta por dónde marcha la cosa, me ha dicho:

–Cuídate, es una etapa. Vívela.

Tres días más tarde, en la playa, Fabienne me hala bruscamente por la oreja y me dice en inglés.

–I love you Leslie.

Su madre se aburre. Pasa todo el tiempo en el pequeño apartamiento que han apalabrado. Fabienne, cuando no está conmigo lee; hoy trae algo de Pessoa. Me ha dicho que está en su etapa lusa, Queirós, Camoes…

Yo, en cambio leo a Radiguet, el Diablo en el cuerpo, como lo siento yo.

Ayer por la mañana hemos intercambiado flores para colocarlas en nuestros libros según las ceremonias del primer encantamiento.

El thé dansant será mañana. Podremos estar más cerca que nunca.

El triunfo total. Capital. Hemos bailado en el jardín un beguine meloso, las manos sudadas, haciendo lo imposible por no acercarnos demasiado.

Al día siguiente, sentada a mi lado en el salón comedor ha acariciado mi pierna con su pie y he colocado mi mano discretamente sobre sus muslos desnudos –lleva puestos pantalones cortos– y trato de llegar al nacimiento. Cierra con fuerza inusitada los muslos y seguimos tal cual nuestra conversación anodina disfrazada en falsas cortesías.

Nuestra audacia crece por momentos. Hoy, por ejemplo, ardemos por tocarnos.

Le envío una nota de admiración, cifrada:

“Ayer por la mañana sentí tu presencia. Estabas con Francine en la mesa más distante del salón comedor, junto al ventanal.

El sol que entraba iluminaba tus cabellos y parecía remojarlos.

Francine dijo cualquier cosa y has dejado caer los cubiertos sobre el plato reventando de risa. Todos tus gestos encantan, Fabienne.”

Dejo la nota debajo de una pequeña piedra en el jardín frente a su apartamento. Ella me observa curiosa desde la ventana.

LA MAREA DE LOS MUERTOS Relato por entregas

El Cuaderno Secreto de Leslie

20 de octubre de 1935

Me salto el timbre de las tres de la tarde y cruzo bajo llovizna por la Barandilla hasta la Bombonera bajo el palio de los toldos de las tiendas vecinas.

No bien entro, Santiago me prepara un chocolate caliente y un pan de Mallorca untado de mantequilla y queso suizo.

Le doy las gracias. El apunta la consumición en una libreta a nombre de mi papá.

–El periódico también, le recuerdo.

Me entrega El Mundo, edición del mediodía.  A los quince minutos se aventuran unos condiscípulos que aguardaron el timbre de salida. Se sientan en las mesas del fondo. Permanezco en el taburete del lunchonette leyendo “Destellos de Hollywood” y la cartelera del cine Rialto. Leo también los consejos idiotas de una señora de la vecindad a la que insisten en ponerle una foto de cuando hizo la primera comunión.

Tomo despacio mi merienda y paso a las páginas centrales donde se publica una serie sobre la muerte de Bonnie Parker y Clyde Barrow en Texas.

Termino con la novela por entregas sobre una tal Mrs. Whitfield que trae a todos de cabeza por la mala vida que le da su marido. Ella insiste en conservar su hogar por los dos hijos habidos. No hay mucha más tela en esto a menos que se le ocurra al escritor divulgar que uno de ellos es…hijo de otro hombre. Me gustan las plumillas que la ilustran, minuciosas, finamente detalladas que súbito se convierten en sfumatto por los bordes.

El padre Tomás me ha dicho que son pruebas para fortalecer el espíritu. Piensa que se trata de una señora americana de San Juan. Me ha insinuado que le dé su dirección para visitarle.

Llego a mi casa y me espera mi papá. Con cara de circunstancias, me ha ordenado viajar al suroeste como una medida de orden profiláctico.

Tras de la muerte de mamá habla así. Igual pudo haber dicho ‘por razones de salud’, pero no, se dirige a mí como si yo fuera un burócrata de los que suele rodearse.

Explica a seguidas que se trata de una epidemia de tifus en un vecindario cercano y pobre de la capital. Se han tomado medidas pero hasta el presente ha sido difícil contenerlo.

Por descontado, él se quedará para manejar el cordón sanitario.

Francine, la dueña del hotel Hirondelle y su amiga de la niñez, se encargará de mí.  Allí es donde pasamos las vacaciones desde que murió mamá en 1931.

–Si todo sale bien, Leslie, hablamos de uno, a lo sumo dos meses– me dice poniéndome la mano en el hombro.

Recojo mis libros escolares y una docena de los suyos, de su biblioteca. Los prohibidos, los oculto en el fondo de la maleta que Matilde me ha preparado.

Cuando saco la toalla de playa, mi papá me advierte que la temporada de baños ha terminado en agosto. Igual la oculto junto con los libros. Pienso que habrá algún día de sol durante mi estancia extramuros de la capital.

Matilde, que ha conseguido una ayudantía en mi casa bajo la tutela de Braulio, amanuense y regidor de los asuntos domésticos, se despide de mí tras la cena.

Me sienta bien esta muchacha que vino de Nueva York a visitar familiares en Ponce y ha decidido quedarse en San Juan una temporada. Lleva con nosotros desde agosto y tenemos, mes más o menos, la misma edad. Papá dice que es muy inteligente, y sabe estar. Tampoco hay que repetirle las cosas como a Braulio.

Además deja la plata deslumbrante.

Le ha escrito a su mamá que se queda un año y después verá si regresa por la buena colocación que ha conseguido.

Papá estima conveniente su presencia y le ha puesto como condición que me hable en inglés en toda oportunidad. También la ha matriculado en la escuela nocturna para que no rezague su educación.

Parto a las seis de la mañana con el chófer que las autoridades sanitarias le han asignado a mi papá.

No bien salimos comienza una fina llovizna y al llegar a Caguas se nos larga un aguacero denso como los de la última semana. Estimo que tardaremos seis horas, al menos, cubrir la ruta hasta el Hirondelle.

El motor afinado del Buick ronronea y descanso la cabeza sobre un cojín. He dormido solamente tres horas.

A medida que avanzamos en la ruta, subiendo por la cordillera camino de Ponce y de Cabo Rojo, me ronda la cabeza el intermezzo de Cavalleria Rusticana, con la distorsión propia de una transmisión de onda corta.

Matilde lo tarareaba durante su toilette de la víspera, desnuda y arrodillada frente a una ponchera, como las mujeres que pintaba Degas.

La he espiado tres o cuatro veces y siempre tararea el intermezzo, como si fuera una señal secreta, para que me acerque. Pienso que sospecha que la espío.

Anoche, antes de comenzar, ha hecho cosas que el señor Degas habrá pintado pero nunca colgado. Por los desvelos, he dormido casi toda la ruta y he tenido pesadillas.

Me asalta la duda y el escalofrío. Este cambio súbito en mis circunstancias, ¿Valdrá la pena?

22 de octubre de 1935

La lluvia amaina pero sopla un viento frío que lo vuelca todo, gente, sombreros, el ánimo mismo. La radio del automóvil anuncia la probabilidad del paso de una tormenta al sur, pasado mañana.

El chófer busca a Francine, que me instala en una habitación con recibidor al fondo del pasillo, primer piso.

Han pintado el pasillo de un verde duro y el tresillo de crema hace ya un tiempo, después del verano y antes de la temporada inhóspita de este octubre. Parece una puesta en escena, encantador y falso a la vez, el aire de decrepitud del patio frente de los apartamentos: hierba recrecida por todas partes, una fuente con nenúfares a punto de desbordarse, cuatro chaises longues, tumbadas de lado por la ventolera.

Me ha dicho Francine que de necesitar cualquier cosa, sólo tengo que llamarla. Me entrega la llave.

No es mujer vieja Francine. Tiene a lo sumo treinta y ocho años. Heredó el hotel de sus padres cuando ambos murieron durante la epidemia del cólera del dieciocho. No ha hecho otra cosa desde entonces. El hotel está medio vacío pero de viernes a domingo hay thé dansant con una orquesta local. Vienen parejas a pasarla bien y hay un aire muy a propósito.

Desde su viudez, papá suele bailar con Francine una que otra cosita rumbosa y de moda en el dansant. Entonces se parece un poco al de antes.  Toma whiskey y ríe. Me hace guiños conspiradores. Las mujeres no le quitan los ojos de encima.

Al día siguiente de mi llegada, una jovencita de mi edad, bonita, espera junto con su mamá al encargado. La conozco de haberla visto en un picnic de la  Superior Central la primavera pasada. Estaba yo entonces con mi primo quien me la presentó.

Aquel día estuvimos conversando muy seguido. Recuerdo la atracción poderosa de sus cabellos color de las avellanas tostadas y sus rizos que olían a lavanda. La miro y recuerdo el humor de su mirada. Sus ojos son del color de la miel cruda, su piel pálida como los cirios de misa.

Y como ha de suceder en el universo perfecto que habitamos, al día siguiente la veo salir a mediodía de su habitación, puerta por puerta con la mía, a través del jardín salvaje del Hirondelle.

AL término de tres días, y para mi sorpresa, noto un acento de melodía en las breves y apartadas instancias en que hemos estado cerca. Hay un cariz de encantamiento que, de propio y común acuerdo, hemos optado por disimular.

Hora de reflexionar para el Independentismo

Como se esperaba, la particularidad de las elecciones generales de 2016 fue el efecto de los candidatos independientes a la gobernación.  Estas candidaturas canalizaron el hartazgo de un sector importante de la población con los dos partidos que se han estado dividiendo el poder colonial desde 1968. Alrededor del 15 por ciento de los electores optó por Alexandra Lúgaro o Manuel Cidre, sobre todo por la primera, como un evidente voto de protesta frente al PPD y el PNP. Aun cuando ese porcentaje no era suficiente para ganar, los votantes se mantuvieron de manera consistente con uno de esos candidatos a pesar del llamado de los partidos tradicionales en los últimos días a favor del llamado voto útil.

El gobernador electo, Ricardo Rosselló, asumirá el cargo de primer ejecutivo de la colonia como un gobernador en clara minoría, con casi el 60 por ciento de los votos en contra. Ese porcentaje no constituye mandato para nada, mucho menos para tratar de mover a Puerto Rico hacia la anexión. Lo que trate de hacer en esa dirección contará con la oposición de la mayoría que le votó en contra.

Para los demás partidos y movimientos llegó el momento de la reflexión y los planteamientos honestos sobre qué hacer de ahora en adelante. Obviamente la mayoría de los puertorriqueños quiere cambios profundos y es hora de tratar de lograrlos descartando formas pasadas y atrevfiéndose a enfoques nuevos.

El Partido Popular, apenas llegó al 40% de los votos. El otrora partido de las grandes mayorías y el que efectivamente ganó las elecciones de 2012, perdió más de una quinta parte de sus electores, mientras insistía en los enfoques coloniales y quedaba marcado por la corrupción pública. Está por verse si David Bernier logra mantenerse como líder de ese partido y si es capaz de llevarlo a la renovación que necesita y no ha tenido.

El independentismo, por su parte, aun uniéndose detrás de la candidatura de María de Lourdes Santiago, no fue capaz de garantizar la permanencia de un partido electoral. Pero aún, se ha proyectado incapaz de liderar el evidente descontento que existe en el país que terminó manifestándose por medio de las candidaturas independientes.

Llegó la hora de mirar con humildad y profundidad esa realidad para poder transformarla. Desde ahora Claridad ofrece sus páginas para el debate serio y profundo que se necesita.