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CRUCIGRAMA: Concha Meléndez Ramírez

Horizontales

2. Palabras para _____; libro de Meléndez publicado en 1972.

7. El _____ del cuento en Puerto Rico; libro de Meléndez publicado en 1961.

9. Símbolo del neón.

10. Pasar la vista por lo escrito.

12. Moradas de poesía _____ Alfonso Reyes; libro de Meléndez publicado en 1973 y premiado por el Instituto de Literatura Puertorriqueña.

13. Ante Meridiano.

14. Dios egipcio.

15. Excursión o viaje de una o varias personas.

18. Apócope de bueno.

20. Cólera.

21. Antorcha.

24. _____ Juan; ciudad donde falleció Meléndez.

25. Diez más dos.

27. 26 de _____ de 1983; fallecimiento de Meléndez.

29. _____ de Diego en mi memoria; libro de Meléndez de 1966. Premio Nacional del Instituto de Cultura Puertorriqueña.

31. Girolamo _____; compositor maltés-italiano de ópera y música sacra.

32. Mencioné.

33. Bastante, mucho.

35. Quiere.

37. _____; ciudad natal de Meléndez.

39. _____ y la naturaleza en América; ensayo de Meléndez.

41. Conozco.

42. Cuadro pequeño de tierra destinado al cultivo de flores u hortalizas.

43. Tate, interjección.

44. Amado _____; primer libro en prosa de Meléndez publicado en 1926.

47. Repollo.

48. Necesidad de agua.

49. Metal precioso.

51. Pablo Neruda: Poeta del más _____; libro póstumo de Meléndez.

54. Poetas hispanoamericanos diversos. Personas y _____. Literatura de ficción en Puerto Rico: cuento y novela, Volumen 4 de Obras completas de Meléndez.

55. Cien en números romanos.

56. Concepción (_____) Leticia Meléndez Ramírez; poeta, ensayista y catedrática de la Universidad de Puerto Rico. Autora de Psiquis doliente, su primer libro publicado en 1923.

Verticales

1. La inquietud _____. Poética de Evaristo Ribera Chevremont; libro de Meléndez de 1946 premiado por el Instituto de Literatura Puertorriqueña.

2. Escudriña.

3. _____; obra teatral escrita por Federico García Lorca.

4. 21 de _____ de 1895; nacimiento de Meléndez.

5. Río francés.

6. Concha _____; doctora en Letras de la Universidad Nacional de México con la tesis: La novela indianista en Hispanoamérica. Autora de La inquietud sosegada, Entrada en el Perú, Palabras para oyentes, Personas y libros, y Hostos y la naturaleza en América, entre otras obras.

7. Contracción gramatical.

8. Segunda nota musical.

11. Moradas _____ poesía en Alfonso Reyes; libro de Meléndez de 1973 premiado por el Instituto de Literatura Puertorriqueña.

16. Figuración de Puerto _____ y otros estudios; libro de Meléndez de 1958.

17. Dios griego de la guerra.

18. Toa _____; ciudad de Puerto Rico.

19. Algunos.

21. La tía _____; novela escrita por Unamuno en 1907.

22. Conté, numeré.

23. Ópera de Verdi.

26. El escritor y su _____: al encuentro de Concha Meléndez y otros ensayos; libro de Héctor Oscar Ciarlo publicado en 1982.

27. Onomatopeya de la risa.

28. Escuché.

30. Saludable.

34. Del verbo raer.

36. Pedro Juan _____; escritor puertorriqueño.

38. Que usa.

40. Brincan.

44. Carta de la baraja.

45. Dativo de pronombre.

46. Órganos de la visión.

47. Caída repentina e intensa de los mercados financieros.

50. Decimoséptima letra del alfabeto griego.

52. Símbolo del cobalto.

53. Factor _____; antígeno de los hematíes cuya presencia o ausencia es causa de incompatibilidades sanguíneas.

Luther-King, el coraje de soñar

Este lunes, 15 de enero, el mundo recuerda el nacimiento del pastor Martin-Luther King (29/01/1929). Es un día consagrado a la igualdad racial y la libertad ciudadana. En este año, en el que conmemoramos 50 años del asesinato de Luther King, (04 de abril de 1968), es importante revisar en qué punto estamos en ese camino y qué nuevos desafíos se presentan para vivir hoy la herencia de ese mártir.

Casi siempre, en nuestros países, ser negro es sinónimo de ser pobre. En  donde el apartheid político parece ceder, la desigualdad racial sigue, basada en la diferenza económica. Sobre eso, aún resuenan la voz de Luther King: “Lo que me preocupa no es el grito de los malos. Es el silencio de los buenos. Más que la violencia de pocos, me asusta la omisión de muchos “. Él explicaba: “Una persona que no descubrió nada por la que aceptaría morir, no está todavía lista para vivir”.

La causa por la que dio la vida fue la dignidad de todo ser humano, concretamente de aquellos que no ven reconocidos sus derechos de ciudadanía. En nuestros países, si fuéramos a hacer vacaciones para cada persona que, en los últimos 40 años, ha muerto por la justicia y la libertad, por todo el año, no sobraría un día sin memoria de algún mártir. Por eso, unimos a la memoria de Martin-Luther King, el recuerdo de los tantos hermanos y hermanas que dieron la vida por la causa de la justicia y la paz en nuestros países. El pastor Luther-King hizo eso movido por la fe. Muchos de nuestros mártires tuvieron la misma motivación. Incluso los que no estaban ligados a ninguna Iglesia, pueden ser considerados testigos del proyecto divino para el mundo. Como dice Jesús: “Bienaventuradas son todos/as que tienen hambre y sed de justicia, porque de ellos/as es el reino de los cielos” (Mt 5, 1-12).

Gracias a Dios, seguimos teniendo profetas y poetas que nos hacen soñar y creer en el sueño que tenemos. En marzo, en Salvador, BA, un foro social mundial reunirá a hombres y mujeres de todo el mundo que creen en el sueño y se movilizan para realizarlo. El tema de los foros sociales es: “Otro mundo es necesario, juntos, podemos hacerlo posible”. Si creemos en ese sueño, nos unimos a ese camino.

Martin Luther-King dijo: “Tengo un sueño”. “Mi sueño es vivir en un mundo en el que mis hijos negros puedan andar de cabeza erguida y convivir de igual a igual con sus colegas blancos, frecuentar (…) Sueño con un mundo en el que pueda ver a mis hijos juzgados por su personalidad y no por el color de su piel”.

Gracias a Dios, mucha gente en el mundo todavía alimenta ese sueño y se dispone a enfrentar todos obstáculos y desafíos para realizarlo.

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Componer los pedazos

A Juan Luis Ramos,

por una conversación pendiente.

Hay sobre todo tres formas en las que suceden los fragmentos: 1. Algo se rompe por la acción de alguien, a propósito o por accidente o descuido; 2. un material se vuelve a usar –un texto, digamos, se borra y se escribe otro en su lugar, pero el anterior permanece debajo, difícil de leer, o, puede ser, un papiro se usa para momificar a alguien, envolviendo un cuerpo en plasmas de discursos que así se rompen en definitiva; 3. el tiempo deshace un material o las cosas que pasan en el tiempo lo deshacen –las guerras, más que nada, los desastres naturales también.

Hay una tragedia griega sobre la fragmentación del primer tipo. En las Bacantes de Eurípides, Agave desmiembra a su hijo en pleno frenesí dionisiaco, lo toma por un león, carga su cabeza como un bello premio de cacería. El premio, ante nuestros ojos, no es bello. Es la prueba de una violencia insoportable, de una locura que no quisiéramos nunca tener cerca. Es horrible, la cabeza cercenada del pobre Penteo. No será bella para la madre cuando regrese a la cordura y vuelva a ser madre, pero en la locura es bello. La belleza de un fragmento es proporcional a la distancia que se tenga respecto de su realidad bruta, proporcional a la medida en la que esconde-–o nuestra mirada distante evita– la violencia de la que es producto.

Pensar los fragmentos envuelve una decisión gradual: ¿Dónde se traza el límite entre lo fragmentario y lo completo? ¿No es la realidad, a final de cuentas, siempre un cúmulo de pedazos? Pero la pregunta amenaza la posibilidad del saber, si todo objeto de estudio es siempre una construcción especulativa de fragmentos aislados. Pensar los fragmentos hace más evidente nuestra ansiedad por el todo. Que Safo, por ejemplo, nos haya llegado en un montón de pedacitos nos confronta con dos sentimientos dispares: el placer de leerla, la rabia de no poder tenerla toda.

Hay, por supuesto, libertad. Uno puede elegir no volver a pegar las partes, no pretender que no hubo golpes. Gozar lo que nos queda. O incluso, hablar del golpe mismo: entender la causa de la fragmentación, señalar los culpables. No dejar pasar el coraje que siempre provoca la historia. Quedarse uno mismo un poco atajado.

Buena parte del trabajo de la filología de la antigüedad clásica tiene que ver con la construcción póstuma del sentido de un montón de pedazos –de papiro, cerámica, bronce, mármol– a los que han quedado reducidas las viejas civilizaciones del mediterráneo. Nuestra mirada, protegida del fulgor del rayo que fragmenta, por la distancia de los siglos, ve belleza.

Y repito, Juan Luis, uno de los grandes problemas a la hora de lidiar con fragmentos es que a menudo lo fragmentado no tiene sentido. Las más de las veces el sentido se le otorga en retrospectiva. Esto es algo que comparten la filología y la vida. La dificultad de la tarea, sin embargo, no es comparable entre ambas.

El acercamiento más común a los fragmentos es tratar de ubicarlos en contexto. Un pedazo, digamos, de papiro con letras, no es más que un cúmulo azaroso, con suerte, de palabras. El azar ha determinado los cortes, ha editado el texto de manera, las más de las veces, cruel. El azar ha determinado qué letras nos llegan y cuáles quedan para siempre en la fisura inaccesible, el fondo oscuro del que somos un rápido y sutil relieve, que al final nos repliega. Lagunas ([….]), las llamamos, cuando son un cuerpo de vacío entre otras letras. Las lagunas, como el amor, a menudo crean un hueco justo en los lugares claves. Sumergen para sí un sentido del texto, nos dejan a flote una multiplicación sin fin de interrogantes. ¿A qué “todo” pertenece este cúmulo de letras? ¿Siendo parte de qué “todo” decían, estas letras, algo? ¿Y a qué otro “todo” pertenece, a su vez, ese “todo”? ¿Y ese “todo”, a qué “todo”…

El principio estricto de “todo” o nada no ofrece un modelo sostenible para leer lo fragmentado.

El Partenón, por ejemplo, ha sufrido fragmentaciones varias, sobre todo por guerras, fuegos, terremotos. Una arqueóloga de la antigüedad griega reconstruye las metopas de los frisos del Partenón. Para ello ha desarrollado una metodología: “la lógica de la línea.” Un pedazo de escultura en relieve, a decir verdad un simple pedazo de mármol sobresaliente respecto del fondo, suele no decir inmediatamente lo que es –un pie? un brazo? una cabeza? un pliegue del vestido, algo en un cuerpo animal? Pero sus contornos trazan las líneas– las líneas, en principio, se extienden al infinito –en las que está contenida la forma total de la escultura del pasado. Trazando líneas, siguiendo la lógica de las líneas sobrevivientes, la arqueóloga va descubriendo en su cuaderno de dibujo cómo se veía la escultura, ahora ausente, hace más de dos mil años. El fragmento de mármol permanece allí, en su aparente silencio carente de significado, mientras en la página la escultura reaparece, toda llena de sentidos. Es imposible saber cuán acertada es la reconstrucción, perdidas como están las figuras originales en el polvo. Sin embargo, los dibujos de la arqueóloga trazan contornos alrededor de lo que ya no está, recuperan para nosotros, al menos, el vacío y la luz.

Fuera del campo de la filología y de la arqueología, cuando se habla de fragmentos hay que confrontar las emociones que los acompañan: dolor, rabia, nostalgia, envidia, asombro, angustia, desconsuelo, resentimiento, desilusión, frustración, curiosidad, resignación, ternura. Las manifestaciones físicas de estas emociones son también las de siempre: llanto, risa, silencio, pánico, gritos, huída, inmovilidad, entumecimiento, descontrol en el habla, ganas de bailar, estreñimiento. Con estos instrumentos, a decir verdad rudimentarios, lidian los agentes históricos que viven la fragmentación. Con ellos se reconstruye una casa, se endereza un árbol, se pone de pie un signo de tránsito, se viste el propio cuerpo la mañana después, se habla con otros, se mira el nuevo paisaje.

Componer cuadros con estos sentimientos es también una manera de juntar los pedazos. Amalgamando nuestras pasiones con la geografía, porque en la vida no se puede mentir la continuidad. Una ventaja de la vida frente a la filología es, precisamente, la dificultad de ver belleza frente a la obviedad de la violencia sufrida. Negarse a ver la belleza de la violencia. Resistir la tentación estética e insistir en la patología de la fragmentación. Insistir, incluso, en el disgusto, en el asco. Componer desde la monstruosidad.

La pregunta más difícil de todas es quizás la que se haría Agave: ¿Qué hacer con los miembros sueltos del hijo que “Yo” descuartizó?

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Una antología para el deseo

Una vez concluida la lectura de Entre objetos perdidos. Un siglo de poesía puertorriqueña (Ediciones UNE), quedamos en suspenso, metidos en ese arco del tiempo que hace que los textos revivan o mueran, sigan produciendo significados en ese proceso que a veces llamamos inmortalidad, “un exceso innombrable”, en palabras de la autora en otro contexto. Este ensayo, “escrito inicialmente para prologar una antología en Hispanoamérica”, como consigna la nota 3 del texto, deja ausentes aquí los textos que motivan la reflexión de la poeta y ensayista. Quedamos así deseantes, incitados por la ausencia de los textos, por su cuerpo, aprensivos de que llegue la luz, que ilumina estas palabras del prólogo y les da origen.

La antologista es traviesa y busca animar nuestro deseo citando poemas y ofreciéndonos pequeños bocados, una porción para probar, como en el texto de Agatías Escolástico que cita ella en “El mare Nostrum de las antologías” (reflexiones sobre el fenómeno de las antologías en Puerto Rico), ensayo de 1998 incluido en Hilo de Aracne: “Les presento una porción de cada poeta tan solo para que lo prueben”, escribe Escolástico (Hilo de Aracne, 42). Aquí las porciones son pequeñas o remiten a textos que están ausentes y su ausencia, recordada, nos hace desear tenerlos cerca, leerlos al instante. Así que el texto es preámbulo de la lectura por venir, “muestra imaginaria” (11). Es, como señala Áurea María al remitirse en “El mare Nostrum de las antologías” a las dos alternativas de una antología, “antesala del porvenir”, (confirmar lo dado es la otra, Hilo, 49), de la lectura que podemos hacer a partir de estas reflexiones, sobre todo de aquellos y aquellas que lamenta no haber podido discutir como quisiera (153), dado el espacio breve para consignar un siglo de poesía puertorriqueña. Por algo escoge la cita número 16, tomada del prólogo de Julio Ortega: “Mantener al lector en estado de exaltación es el propósito evidente de este libro” (23). Ese avivamiento en Sotomayor se anuda a lo que se persigue: “En este ensayo-selección aspiro a ese exceso que se proyecta en el tiempo de las sucesivas lecturas” (24).

Ha escogido ella manejar los textos como piezas, proyectadas sobre un telón de fondo sutil, como de suave mundillo pues no quiere que pese mucho, “ejes y cruces” (24), para los cuales provee contextos culturales e históricos y notas bibliográficas muy completas para quienes se animen a buscar más. El telón no deja de estar ahí pues como nos deja saber en la nota 5 (12) “El criterio antológico consiste en la creación del telón”. Nos incita también al deseo el criterio para organizar la trayectoria “al modo de una historia fragmentada cuyos temas y modos son intermitentes: nación, raza, ciudad, música, lenguaje, cuerpo, voz” (11). Es una nómina amplia, que le permite a Sotomayor múltiples entrecruzamientos, tenernos del tingo al tango muy organizadamente. Dos son las secuencias principales: la lengua y el territorio, dos hilos de Aracne que se entretejen no en lo temático sino en el tejido de la forma. “Una literatura nacional, expone, se produce sobre el horizonte y el diálogo con otras…El territorio físico es uno de sus puntales y el lingüístico el otro… (19). Estos tensores posibilitan el viaje de los textos, que como las planchas de zinc vuelan, caen en los lugares más insólitos y nos permiten imaginar “voces de asombro en la boca del viento” (Julia de Burgos).

Uno de los primeros juntes de poetas que leemos es el de Lloréns Torres y Clara Lair en el que las piezas enfrentan el polígrafo y abogado Lloréns a la taquígrafa y periodista Clara Lair. Oposiciones de clase y género se proyectan en el telón de fondo: “En Lloréns se advierte la estabilidad que otorga la propiedad y en Clara Lair la precariedad que signa al sexo femenino en la zona transitoria de la emigración y del trabajo: el campo puertorriqueño contrasta con la ciudad de Nueva York en la década de los veinte, emblema de la modernidad…Mientras el paisaje en Lloréns consolida las relaciones espaciales que produce el poder…, el de Lair expresa una crítica contundente de los espacios del capitalismo…Se trata de una reflexión incisiva, arborescente como son otras del libro en las que se traslada la autora de una rama a otra para volver a la vértebra troncal. Es un junte que habita varias páginas (61-68) y que se desplaza, mediante el tema racial a Palés Matos y Julia de Burgos. El diálogo se escenifica en el módulo titulado “Modernidad con épica nacional” (56), que incluye once poetas: Lloréns, Lair, Palés,Ribera Chevremont, Soto Vélez, Corretjer, de Burgos, Matos Paoli, Palma, Laura Gallego y López Suria. De este conjunto comenta que a las últimas tres (Marigloria Palma, Laura Gallego y Violeta López Suria), se las ha leído en un marco lírico convencional, en tanto la sobriedad expresiva y la ironía son puntales de su lenguaje poético que no se suelen destacar (87). Resume que estas poetas “asumen una mirada objetiva y dura (Palma), un erotismo preciso y sobrio (Gallego) y comienzan el cuestionamiento del mito (López Suria)…(90). De Julia de Burgos y Clara Lair “heredan la fortaleza y no la melancolía”.

El trabajo poético de este primer grupo queda ensamblado por dos tensores: la patria con sus héroes y la afirmación identitaria (85). Corretjer, Palés, de Burgos tienen amplio espacio en esta sección. Sotomayor ha trabajado su texto a modo de escenarios en que se mueven las piezas e interactúan. En el segundo escenario ubica poetas nacidos de 1934 a 1963, si bien la lista del segundo escenario rebasa la fecha de 1963 (unos 42 nombres). El hilo conductor de la escenografía de esta generación heterogénea es el collage, vertebrado por tres tradiciones: vanguardia, antipoesía y poesía convencional (98). Cito las palabras de la autora al caracterizarla: “Oscilan entre la experimentación con la forma…, el poema convencional con tema épico…, la elaboración de un discurso del cuerpo y del lenguaje que conlleva la rebelión contra la domesticidad …El humor quiebra los estereotipos líricos, la poesía combativa se impregna de lirismo e ideología…se revela otro ángulo de lo heroico en la cotidianidad proletaria,… se percibe que la forma es parte de lo político y comienza la emigración de Nueva York en otra lengua” (92-93). A tenor con este último vector se incluye a Pedro Pietri y Tato Laviera, a Edwin Torres y Martín Espada en el conjunto de nombres; escribe Sotomayor: “cuando llegamos al Obituario puertorriqueño, de Pedro Pietri, nos transportamos en un viaje que escenifica la lucha de los puertorriqueños… en Nueva York, el puerto transitorio que deviene casa” (98); “no hay modelo previo a la transformación que del inglés hace Pedro Pietri”, ha escrito páginas antes (94).

Lima es figura destacada aquí; tras las páginas que remiten a la escenografía del conjunto, el junte Lima/Lalo nos remite a la necesidad de representación visual en ambos poetas, que en ellos va más allá del contenido representativo. En Lima se detiene en varias páginas (100-103): su concepción del lenguaje, el regreso de la muerte desde la cual se recompone la voz poética en proceso continuo, el humor demoledor, la ironía que lo acerca a una figura como Nemesio Canales, la muerte cotidiana que “se prolonga en la condición colonial” (103). También lo encontramos en junte con Matos Paoli, tanto en su expresión verbal de imágenes poderosas como en su hermetismo visionario y en su marginación: “Si la poesía místico-política de Matos queda abierta por su ambigüedad, escribe Sotomayor, la de Lima se derrama por sus líneas de fuga intentando la multiplicidad” (107).

Como muestra del collage analiza el texto de Rosario Quiles, El juicio de Víctor Campolo, en el que las jergas del drogadicto y del predicador concurren en el discurso que incorpora fotos y noticias de su personaje, a la vez que cuestiona el discurso legal, tan invocado en la represión del nacionalismo. Tal heterogeneidad se observa también en la incorporación del spanglish, que la autora aborda al seleccionar cuatro poetas que escriben en inglés: Pietri, Laviera, Espada y Torres. En el imaginario de estos escritores su mayor valor es su lengua, ese “inglés desgarrado”, en el decir de la ensayista, en el que se recurre a la oralidad en ten con ten de alternancia de códigos. No olvida la referencia a Ramos Otero y su acercamiento a la transformación de la identidad en quien emigra así como el bien simbólico que es la lengua. En Pietri se detiene y solaza en su oralidad y la invención de una lengua que transita entre el español y el inglés. Recuerda la recurrencia a la oralidad en Lloréns y la distancia de esta con la de Pietri (123) y destaca el elemento irónico en los textos del poeta más joven, que hace añicos la imagen del perdedor. En Edwin Torres descubre otra oralidad, en la que el texto es en inglés pero los acentos y ritmos son los del español (125), con trasunto del sustrato afrocaribeño. A Torres lo ve en juntilla con Palés, al seleccionar un fragmento de “Mother Tongue” (Lengua Materna) y observar “una rememoración palesiana del ten con ten…vertido aquí como homofonías en dos lenguas” (127), proceso que lleva a Sotomayor a la metáfora de Luis Rafael Sánchez de la guagua aérea y la consideración de la soberanía insular.

En la arborescencia de su estilo Áurea María vuelve a Rosario Quiles para enyuntarlo con Lima: “Tanto la obra de Lima como la de Rosario Quiles agujerean el buen decir al cuestionarlo desde las formas, el primero desde una estética vanguardista y el segundo, desde la actitud contestataria de los 60…” (135). Zigzgueando por la vereda tropical va a tener a la poesía que se pone en escena en la zona urbana de Río Piedras, a la poesía concreta de Esteban Valdés y al ludismo gráfico de Joserramón Meléndes, poeta editor de su generación, en La casa de la forma, al tema de la ciudad en Ochart y Rebollo Gil, a la espectacularización en Noel y Rebollo (142). Como buena gimnasta salta nuevamente a los setenta, (una generación que debe serle muy querida), justo al borde de la conclusión, para consignar en sus poetas la coexistencia de voces y registros muy diversos, la adherencia a la poesía, el trabajo en revistas, la fundación de editoriales, las antologías que dan cuenta de nuevas tradiciones, así como la afinidad de las voces de la poesía posterior al dos mil con la generación del setenta. Se detiene en diversos poetas en una especie de fin de fiesta: Angela María Dávila y el inicio de la corriente performática, que se confunde con la de Pietri en Nueva York, el junte Dávila-Melendes, Pietri, Silén, Escobar y su experimentación con otras formas de escritura. Reconoce también una extensa nómina de líricos que no ha podido discutir como quisiera.

No podía faltar una sección final, “Sugerencias para la construcción de una antología futura”, llena de preguntas, en la que afirma cómo “los proyectos antológicos parten siempre de una falsa modestia: la posibilidad de ser inclusivo” (154) y cómo “el poema constituye siempre la interrupción de un sentido que adivinamos para tomar otra ruta, romper la expectativa, quebrar la norma” (155). No digo más sobre la sección porque son sugerencias que quienes lean considerarán. Trepando, sin caerse, en una de sus múltiples ramas, Sotomayor vuelve a Torres y a su poema “Mother Tongue” para contrastarlo, o enraizarlo, con William Carlos William y ver el desvío de la identidad. Este junte y el de una estrofa de Sylvia Figueroa la animan a concluir que “lo lírico es todo, con la diferencia de que en algunos puede reconocerse una historia, mientras que en otros se multiplican sus elusiones” (163).Anidan los textos en esta muestra imaginaria, prestos a desplegar vuelo, lo propio de ese pájaro libertario que suele ser la poesía. En este proyecto el nido es la poesía, la casa que abarca cien años. Áurea María ha privilegiado en la lectura, como anuncia, “una voz poética que elabora un sitio que habitar o imaginar” (33), un escenario en el que, como dice la nota 5, “El criterio antológico cosiste en la creación del telón” (12). Celebremos el nido y la imaginación: la belleza, la tenacidad de seguir echando hojas en medio de tantos escombros, este nuestro bien que no se agota en las lecturas.

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Será otra cosa: Campanas gigantes

Sólo hay una cosa en el mundo que no debe ser olvidada.

Rumi, Fihima Fihi #4

Pero el amor es diferente

Llega entero,

Ahí, solo

Como la luna en la ventana

Rumi, Los grados sutiles

Hace muchos años fui a un monasterio en las montañas de Korea. Era una buena subidita desde el parqueo a los templos, en el verde de la montaña. La primera parada era un templo labrado en la roca, flanqueada la entrada por dos guardianes guerreros en bajorrelieve. Una monja de blanco nos indica con un gesto que hay que quitarse los zapatos para entrar al templo. Seguimos camino arriba, a los templos más altos, dominando con su vista al valle. Del lado con la mejor vista había un techo del que colgaba una campana de tamaño de carro chiquito. Y en la esquina de esa estructura, un tronco horizontal balanceado en una soga. Tomabas turno para darle un tirón al tronco de modo que al regresar al balance le diera a la campana. Originalmente lo usaban para anunciar servicios religiosos, porque el tun de la campana llenaba el valle entero. Hoy en día es parte de la atracción. Pero al sonador, le resonaba el alma.

“Tun”. Que cunda la paz en la tierra.

“Tun”. Que perdamos el pesar de la experiencia, pero no lo aprendido.

“Tun”. Que no queden desprotegidos los animales y las plantas.

“Tun”.

Con los años, abandoné la peculiar costumbre de hacer resoluciones de principio de año. Tal vez porque las promesas de perder peso nunca se cumplían. Tal vez por descubrir que eso de querer trabajar más y lograr más no es más que otra forma de glotonería, y además, una burrada, como si igual no fueran éstos los años del burro, como dice mi hermana con coqueta ironía cuando cuenta la historia de que al hombre los dioses le otorgaron todas las vidas de los animales: los años del mono son la infancia, cuando andamos sueltos trepando juguetones. Los del burro, bueno, eso poca explicación requiere.

Pero el ritual de año nuevo es importante; marcar las etapas; honrar la vuelta anual del planeta alrededor del sol. Recordar que no es el universo que gira alrededor de nosotros, sino nosotros los que somos un trompito pequeñito que baila la misma danza cósmica que el resto de las estrellas. “Tun”. Mi ritual de ahora es leer poesía. Como el primero del año anuncia el regreso de la luz, busco lecturas donde la imagen de la luz es clave para elucidar la turbia cartografía del alma y de la vida. En el Caribe uno apenas se da cuenta del paso del solsticio de invierno, pero en el norte el esqueleto y las carnes exigen y presienten el regreso de días largos. Un año el tema de mi lectura de año nuevo fueron los versos gitanos de verde luna del inolvidable Federico García (“Con qué trabajo tan grande deja la luz a Granada”). Otro año me encerré con los versos translúcidos del inolvidable poemario, Actos de Luz, de la joven reclusa que escribió el mundo desde la empalizada de su jardín en Amherst. Este año nuevo, andando un poco sin rumbo, me volví a tropezar con Rumi, poeta y místico persa del siglo XIII. Me llamó la atención que Rumi aclara “se me está olvidando algo”, porque así también me siento yo. Rumi nos pide que recordemos que todo lo que es bello, hermoso y bueno ha sido creado para el ojo de aquel que logra ver (El Mathnawi 1,2383). Resulta que Rumi también había sido refugiado. Cuando los mongoles descendieron sobre el Asia central, en uno de los primeros actos de globalización, muchos habitantes emigraron hacia el poniente. La familia de Rumi paró en Anatolia. Los servicios de migración en Canadá se llenaron este año de otros viajeros del Este a Oeste. El periódico muestra fotos de familias de refugiados. Un niño mira fijo la cámara y me pregunto si éste será el siguiente Rumi y qué nuevos versos de luz germinan detrás de sus ojos.

Más tarde en el día leí en la prensa que en la playa de Rainbow Haven, en Halifax, Nova Scotia, un paseador avistó una ballenita varada en la playa. Ballenita, digo, porque aún chica para ballena, pesaba unos dos mil kilos. Quizás debería decir ballenito, porque era macho, de la familia de las ballenas piloto. No sabemos si andaría también navegando del Este hacia el Oeste. O si tal vez era uno de los que nacieron en la bahía de Samaná, y nadaron hacia el norte. El ballenito se había atascado al bajar la marea, y estaba allí, varado a 20 metros del agua, sufriendo con los vientos frígidos. El hombre que lo vio puso un pedido de ayuda en feisbú, y en un par de horas se presentaron cien voluntarios en la playa, capitaneados con esmero por Andrew Reid, de la sociedad de rescate de animales marinos de Halifax. Los voluntarios izaron tarpas para bloquear la brisa, rodaron al ballenito hasta una tarpa atada a un puente de flotación, y lo levantaron entre muchos. Era tantos los que halaban que entraron marchando al agua. El ballenito comenzó primero a flotar, y se atascó un poquito. Los que tenían traje de buzo siguieron acompañándolo sin soltarlo hasta que logró sumergirse y nadar hacia las aguas profundas.

“Tun.”

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