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El compás en la costa del Atlántico Norte

 

Especial para En Rojo

 

I’ve seen the future, baby
It is murder

Things are going to slide, slide in all directions
Won’t be nothing
Nothing you can measure anymore
The blizzard, the blizzard of the world
Has crossed the threshold and it has overturned the order of the soul

Leonard Cohen, The Future

https://www.azlyrics.com/lyrics/leonardcohen/thefuture.html

Andamos por la costa atlántica de Canadá, lo que llaman las provincias marítimas.  Primeras vacaciones en mucho tiempo, después de un año desgraciado que me hizo repensar si no me había equivocado de carrera.  Primero, a la llegada, bordeamos la costa de la bahía de Fundy. Es la de las mareas más altas del mundo, donde la altura del mar varía en unos dieciocho pies de la noche a la mañana.  En Alma, New Brunswick, fui a admirar los muelles altísimos, y perdí el teléfono. En una experiencia muy canadiense, lo recuperamos en seguida. La señora que lo encontró, dejó mensaje en el hotel del enfrente, y no se fue de ahí hasta que dio con nosotros. No quería entregarle el celular a mi marido, porque la tarjeta de crédito llevaba nombre de mujer. Al prójimo se le trata bien en este país. He perdido la billetera varias veces,  y en cada ocasión los buenos samaritanos me han salido a buscar.

La siguiente porción del viaje fue en Prince Edward Island, islita de estuarios. Está sembrada de papas, trigo y playas de arena roja, y se llega por un puente alto de quince minutos, o por Ferry. En la organización política del país, PEI es provincia. Territorialmente hablando es como si fuera Caja de Muerto para Borinquen, Tortuga para Haití o Saona para Santo Domingo: una garrapatita en el mapa de la costa.  Me parecía cosa extraña que PEI casi nunca saliera en las noticias, hasta que me fijé que tiene ciento ochenta mil habitantes. Es como preguntarse que por qué Montecristi sale poco en el noticiero de las seis. La capital, Charlottetown, es más pequeña que mi barrio en Toronto, y tiene menos crimen.  Estas provincias son reflejo de Canadá, país que ocupa un territorio equivalente al de Europa, pero con la mitad de la población de Alemania. Un diplomático dijo una vez que aquí hay más geografía que historia. En PEI nos quedamos en una cabañita de juguete frente al mar. La primera noche la marea hizo tanto ruido, que me desperté pensando que se trataba de la llegada inminente de un terrible tren de futuro.

La tercera fase del recorrido fue Nova Scotia.  Geográficamente se parece mucho a la costa de Maine y Massachussets, por los bosques, las costas de granito y los pueblos pesqueros de casas victorianas.  Paramos en Lunenburg, pueblo denominado herencia cultural mundial por la Unesco. Completo con los barcos de velas y coches de caballo, Lunenburg parecía el lugar de donde habrían salido a pescar a Moby Dick.  Nos hospedamos unos días en un proyecto de cohabitación. Es como una cooperativa, pero los residentes no alquilan sino que son dueños de unos condominios relativamente pequeños, con extensas áreas compartidas, incluyendo suites para invitados, salones para juego de niños pequeños, de tocar música, y hasta un taller de carpintería y mecánica.  La construcción completa está diseñada con las más avanzadas estrategias de conservación de energía, incluyendo paneles solares y vehículos eléctricos compartidos. Sin embargo, el objetivo principal no es ambientalista sino social. Se trata de gente que quiere vivir en comunidad, criar sus hijos juntos, mezclar edades y hacer cosas en común. Quieren batallar el profundo aislamiento que corroe la moderna vida, y piensan que para eso hay que comenzar modificando la arquitectura.  Todo el mundo super amable y las instalaciones andan salpicadas por letreritos discretos indicando lo que hay que hacer: separar la basura, lavar las toallas, quitarse los zapatos a la entrada de las áreas de actividades. El letrero más divertido es el del baño: tiene un dibujito de robot y otro de un pulpo extraterrestre, anunciando que puedes usar el baño sin importar de qué especie o género seas, pero lávate las manos después. Como hago cada vez que viajo, me pregunté a mí misma si viviría allí.  El ambiente de alguna manera me recordó la atmosfera sofocante de la doñas de Puerto Plata, donde se prestaba mucha atención a la vida del otro. En teoría, fantástica la idea, pero en la práctica, tal vez sea mucha comunidad para mi temperamento de lobo estepario.

Tuvimos dificultad en conseguir alojamiento en el resto de las andanzas en Nova Scotia.  El boicot a los Estados Unidos sigue en pleno auge, y casi nadie está haciendo turismo por allá.  Este verano, los canucos se han ido a Japón, Europa, América Latina, o se han quedado haciendo turismo interno. En los cruces de fronteras el tráfico ha mermado a niveles tan bajos como los de la pandemia, cuando el país estaba oficialmente cerrado. Las amenazas del cincuenta y un estado han sacudido la rebeldía y el espíritu de independencia en esta gente. Fíjese usted, tan tranquilitos que parecían.  Se acabaron los viajes a Niágara a comprar en outlets y los paseos turísticos en Vermont y Washington State.   En los supermercados y las farmacias, los compradores ponen los productos marcados Made in USA volteados patas para arriba, para alertar al siguiente cliente que debe evitar esos productos.  Las comunidades fronterizas en los Estados Unidos lamentan la pérdida de clientela, pero eso no se ve en las noticias americanas.

En 1958, en Springhill, Nova Escocia, un ligero temblor subterráneo derrumbó una mina de carbo  y perecieron setenta y cinco mineros. La tragedia de Springhill se reconoce como el episodio final de esa industria, una última exhalación del imperio decimonónico del hierro y el vapor.  Hoy los cataclismos no son de la tierra sino del hombre, sus pesadillas y sus inventos. Los vientos de verano soplan las cenizas de los incendios forestales, y este verano las provincias marítimas han cerrado los parques nacionales para disminuir los riesgos de más fuegos. Su leve olor a humo parece presagiar la tormenta del mundo, la del poema de Leonard Cohen.  En otras regiones lejanas otros siniestros también amenazan con redibujar los mapas. Y desde aquí, en las playas de este otro Atlántico, nos preguntamos ¿A qué norte será que apunta el compás del futuro?

The Capeman, una reseña a destiempo

 

Especial para En Rojo 

La capa negra con forro rojo ondea en la memoria como una bandera de advertencia. Es agosto de 1959 y Salvador Agrón, un joven de 16 años recién llegado de Puerto Rico, camina hacia un parque infantil en Hell’s Kitchen. Esa noche, dos adolescentes mueren bajo su cuchillo, y la prensa neoyorquina encuentra en él un símbolo perfecto para vender miedo: The Capeman. El enemigo. El otro.

Casi cuatro décadas después, Paul Simon decide que esa historia merece un escenario distinto. No el de la nota roja, sino el de Broadway. Venía de recorrer el mundo con Graceland y The Rhythm of the Saints, y encontró en la vida de Agrón un relato que mezclaba la música latina de las calles de Nueva York con una improbable historia de redención. Se unió al Nobel de Literatura santalucense Derek Walcott y, durante casi diez años, construyeron un musical ambicioso que reunió a Marc Anthony como el joven Salvador, Rubén Blades como el Salvador adulto y Ednita Nazario como su madre, Esmeralda.

Pero el telón se levantó entre protestas. Las familias de las víctimas acusaban al espectáculo de insensibilidad, de lucrarse con el dolor. En 1998, la idea de que Broadway invitara a empatizar con un joven latino condenado por asesinato parecía, para muchos, una provocación innecesaria.

La trama del musical seguía a Salvador desde su infancia en Puerto Rico, la migración a Nueva York y su ingreso a la pandilla The Vampires. Una pelea mal dirigida lo llevó a apuñalar a dos inocentes. Arresto inmediato. Juicio relámpago. Condena a muerte. En 1960, el gobernador Nelson Rockefeller le conmutó la pena por cadena perpetua.

La segunda mitad del musical abandonaba la violencia inicial para seguir el lento proceso de transformación de Salvador en prisión: aprender a leer y escribir, enamorarse de una mujer nativa americana, escribir poesía y decidir, como le escribió a su madre, “tomar el mal y convertirlo en bien”. Cuando al fin salía, el mundo seguía viéndolo solo como el hombre de la capa.

Era una apuesta arriesgada: humanizar a quien había cometido un crimen atroz, mostrar que el castigo no borraba su capacidad de transformación. No era West Side Story, donde el pandillero puertorriqueño sirve de decorado para una puesta al día de una tragedia de Shakespeare. Aquí, el protagonista no era un estereotipo funcional: era un ser humano contradictorio, violento y capaz de cambio.

La crítica fue implacable. Time lo llamó “uno de los mayores fracasos de la historia de Broadway”. Ben Brantley, en The New York Times, habló de un “triste y entumecido espectáculo” que desperdiciaba talento. La música, admitió, funcionaba mejor en el álbum Songs from The Capeman que sobre el escenario. Paradójicamente, el mismo Times incluyó el disco en su lista de lo mejor del año en música teatral.

Fuera del circuito de Broadway, otras voces lo defendieron. Críticos no blancos y periodistas de otras ciudades vieron en la obra un esfuerzo honesto por desafiar estereotipos raciales y narrativas cómodas para el público habitual de Broadway.

Veintisiete años después, The Capeman sigue hablando de nosotros, de cómo las narrativas oficiales moldean la percepción pública y condicionan la empatía. De cómo los medios corporativos y las autoridades construyen figuras simplificadas para encarnar miedos colectivos. En 1959, Agrón fue moldeado como la “amenaza” para una ciudad temerosa de sus cambios demográficos. En 2025, esa misma lógica se aplica a comunidades enteras, tratadas como amenaza por su acento, su apariencia o su estatus migratorio.

Pero la comparación del caso Agrón con la criminalización actual de inmigrantes exige cuidado. Salvador cometió un crimen brutal; su historia es la de un culpable que intenta reconstruirse. La mayoría de las personas que hoy son objeto de redadas y detenciones masivas en Estados Unidos no tienen historial delictivo: su “delito” es el estatus migratorio, y muchas veces ni siquiera eso es probado antes de su detención.

Las recientes redadas del ICE en los Estados Unidos y Puerto Rico lo confirman. En Florida, el gobierno estatal ha improvisado centros de detención como el Alligator Alcatraz, en los Everglades. Las detenciones diarias ya suman 1.200 personas. En Puerto Rico, en apenas cuatro meses, han arrestado a unas 500; la mayoría sin antecedentes, y tres cuartas partes de origen dominicano, una comunidad históricamente integrada en la isla.

El patrón es inquietante: sospecha por acento o apariencia, denuncias anónimas convertidas en arrestos inmediatos, un discurso oficial que promete seguridad mientras instala miedo. En el caso de Agrón, el Estado lo condenó de manera expedita, probablemente por su origen, y la prensa lo convirtió en un “enemigo” sin matices para reforzar narrativas de orden y control. Hoy, sin necesidad de un crimen de sangre, esa misma maquinaria simbólica funciona para marcar a poblaciones enteras como amenaza.

Quizá The Capeman fracasó, entre otras cosas, porque no ofrecía la distancia segura que el público de Broadway esperaba. No pedía mirar al joven puertorriqueño como un monstruo lejano, sino seguirlo en su caída y en su reconstrucción. Esa incomodidad persiste: cuestiona la idea de que hay vidas irredimibles, que el castigo basta, que el estigma debe ser eterno.

Volver a The Capeman no implica equiparar sin matices el caso de Agrón con la situación de miles de inmigrantes actuales. Más bien, es una oportunidad para reflexionar sobre cómo las narrativas oficiales moldean la percepción pública y condicionan la empatía. En ambos casos, la etiqueta —asesino, ilegal, enemigo— funciona como un filtro que reduce la persona a una sola dimensión, justifica la exclusión y permite convencernos de que el mal siempre vive en otro cuerpo.

 

 

 

 

 

Poemas de Ana Nadal Quirós

 

 

YA HE PASADO POR ESTO

 

Debajo de la manta

a las tres de la tarde helada

el mundo estaba envuelto

en la cortina roja satinada

y caduca

de la habitación

Solo habían pasado dos horas

y tu sombra ya hacía estragos

en mi cuerpo

 

la cabeza se incrustó en mi pecho

y me fui envolviendo como un caracol

 

Ya has pasado por esto

 

un salto al vacío desde la cama:

de eso depende la voluntad de seguir

 

¿Nos estamos viendo? me dijiste en la puerta

 

¿Pero vuelves?  te pregunté aunque

ya me habías dicho que mañana por la mañana

 

Mañana por la mañana será mañana

y pasado mañana te irás otra vez

 

pero ya no sabré hasta cuándo

 

y yo también me iré

con la cabeza metida en el pecho

y me repetiré hasta que la tarde helada

se derrita

que ya he pasado por esto

y hay que seguir

 

DURAZNO 1027

Los restos de tu pelo gris

sobre el teclado

vuelan en forma de poema

 

de la tarde frente al lienzo

del siervo rojo que nos mira

 

el sol ya entra en el salón

te abandonas al sueño fácil

de las tardes de fútbol mientras

yo te corto el pelo

y te amo en cada mechón que

aterriza en la pinotea

 

La redondez de tu cabeza

la firmeza de tu cuello

los surcos de tu piel curtida

de tantos soles y tantas casas

 

ahí me quiero quedar

en el tiempo de los vitrales

y de las paredes de esquinas curvas

donde todavía se escuchan cedés

y el metate ya no muele granos

 

en el pozo exacto de tu clavícula

Anastasia -la que hace de todo-

nos esperará

la bicicleta rota del otro cuarto

el trinchero lleno de migajas de pan

de restos de tu miel de verdad

 

Y te cortaré otra vez el pelo

al ritmo de tus sorbos de mate

redescubriré el té de cedrón

y tus rincones huesudos y fuertes

bajo la luz de las gotas de agua

 

DIFICULTAD PARA ESCRIBIR UN POEMA

Salí a dar una vuelta en carro

para ver la ciudad

las casas que se venden…

para comer un helado chino

y destensar un nudo de palabras

agolpadas en mi puño

 

Ahora estoy acostada

acunando en mi regazo

el hijo que aún no nace

la boca me sabe a vainilla

y en el patio se oye el

graznido de la tarde nublada

de este domingo de julio

lleno de amores que no

se atrevieron.

 

NUNCA TE PROMETI

Me lavé la cara con el jabón

que dejaste en la ducha

Me lavé la cara con tus palabras oxidadas

que abrieron mi carne y

fagocitaron la pulpa del sueño redentor

 

la espuma sucia que bajó por mis piernas

liviana como un soplo

se deshizo en la rejilla del desagüe

como las lecturas inconclusas

de las noches que me obligaste

a apagar la luz

 

tenía que dejar de leer para

que la furia no inundara la noche

 

Pero nunca te prometí que no volvería

a usar tu ropa

por eso ahora uso el pantalón negro que

no te devolví y que no te devolveré

aunque sea grande

aunque sea la hermana mayor

 

Es mi cobro por las cicatrices

que ha dejado el fantasma      el que vive

en tu cabeza y despierta cada tanto los días de la sangre

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El mundo sin rumbo: ¿Y las Iglesias?

 

 

Especial para En Rojo

Nadie podría imaginar que, en pleno siglo XXI, el mundo estaría presenciando más de 50 guerras, repartidas por varios continentes. Además de las guerras, el gobierno de Israel intensifica el genocidio que, desde hace más de 70 años, practica contra el pueblo palestino. Es difícil pensar que, en la actualidad, un Estado pueda utilizar el hambre de los niños muy pequeños como arma de guerra.

Sin embargo, de todo eso, lo que parece más impactante es que ministros y grupos religiosos colaboran con la política del odio y de la muerte. En el Estado de Israel hay rabinos y grupos judíos que apoyan la invasión y el genocidio. En Estados Unidos, ministros y ministras de iglesias apoyan al presidente Trump, en su política de odio y violencia contra migrantes y contra quienes se resisten al Imperio. En Brasil, pastores y grupos pentecostales, evangélicos y católicos, apoyan las políticas de extrema derecha y en el Congreso Nacional, organizan lobbys que se llaman  bancada de la Biblia (religiosos fundamentalistas), bancada del buey (latifundistas) y de la bala (favorables a la difusión libre de armas al pueblo).

Incluso muchas comunidades católicas y evangélicas que hacen 50 años profundizaban la fe como camino de transformación social y política del mundo y formaban el Cristianismo de la Liberación, en nuestros días vuelven a una religión devocional de la época de nuestras abuelas. Ministros retoman vestimentas clericales, herencia de los sacerdotes de la religión imperial romana.

En la Iglesia católica, los papas Juan Pablo II y Benedicto XVI hicieron todo lo posible por promover un retorno a los tiempos en que el catolicismo dominaba los gobiernos y dictaba las normas de la sociedad. Contaron con el apoyo y la colaboración de muchos sacerdotes y obispos que creen más en el poder divinizado que en el Evangelio de Jesús.

En los últimos años, el papa Francisco ha logrado ofrecer al mundo una nueva perspectiva para la misión de las Iglesias. Ha retomado la centralidad de la opción por los pobres como misión. Fue el primer papa en condenar claramente el capitalismo. Valoró el sentido de las Iglesias locales como comunión de Iglesias. Alertó al mundo sobre la prioridad de la cuestión ecológica y propuso la Ecología Integral como elemento esencial para el camino de la humanidad. Sin embargo, en lo que respecta a la organización interna de la Iglesia Católica, principalmente al clero, la jerarquía y algunos movimientos religiosos, no ha logrado casi nada.

En mayo de 2025, a través de la televisión e Internet, gran parte de la humanidad regresó a la Edad Media para seguir el  cónclave, con motivo de la elección del papa León XIV. Cardenales procedentes de todo el mundo  revitalizaron la pompa del consulado romano del antiguo imperio pagano. Repitieron el ritual del cierre de las puertas de la Capilla Sixtina y el Extra omnes (¡Fuera todos!), inocuo en el mundo actual, con todos los recursos de comunicación virtual y contrario al evangelio de Jesús y a todo lo que el papa Francisco enseñaba sobre la naturaleza y la misión de la Iglesia.

Las ceremonias de entierro del papa Francisco y el cónclave que eligió al papa actual parecían querer llevarnos de vuelta al siglo XI, cuando el mundo católico era solo Europa occidental y el papa era elegido para ser soberano de los Estados Pontificios y coronar al emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. ¿Cómo pensar que esa fue la imagen de la Iglesia católica, transmitida a la humanidad de hoy?

Si la cultura vigente en la Iglesia católica es esa y no es muy diferente de la de otras Iglesias cristianas, la mayor dificultad para dialogar con el mundo actual no proviene principalmente de los sectores religiosos vinculados a la extrema derecha. Estos son minoría y su proyecto de Iglesia y de mundo es claro. Allí no hay lugar para el diálogo. En las Iglesias actuales, el mayor desafío está en las estructuras eclesiásticas que parecen más abiertas y, sin embargo, siguen siendo incapaces de superar la cultura religiosa de la cristiandad medieval. Para que las Iglesias puedan colaborar con la paz y la justicia en el mundo, necesitamos comunidades eclesiales, organizadas de forma más democrática y en diálogo  con los movimientos populares y las comunidades de la periferia.

Las religiones indígenas y negras no nos necesitan, ni a la pastoral cristiana para vivir sus valores y mantener su riqueza espiritual. Son las Iglesias las que las necesitan para compartir con toda la humanidad la riqueza de esas culturas. Es necesario que las personas y grupos negros e indígenas que quieran vivir la fe cristiana no tengan que dejar de ser negros e indígenas para ser cristianos. Además, hay valores propios de estas culturas que pueden ser útiles e importantes para toda la humanidad.

Hay muchas personas, sobre todo jóvenes, que se integran en grupos o pastorales sociales, pero no soportan el peso de las instituciones eclesiásticas. Entre estas personas, algunas se marchan, agredidas por el autoritarismo de los sacerdotes; otras, por la hipocresía que perciben en ambientes eclesiásticos. Muchos abandonan la Iglesia porque, con la rutina de misas, bendiciones y novenas, ya no pueden alimentar su necesidad espiritual.

Hay grupos que se sitúan en las brechas y fisuras del sistema religioso dominante. Buscan vivir la fe y la espiritualidad en comunión con movimientos populares y con la multitud marginada por la sociedad excluyente. Las Iglesias cristianas deben ampliar sus fronteras, no de forma proselitista de conquista, sino a través de una espiritualidad abierta al mundo, en diálogo con las culturas oprimidas y con toda la humanidad.

 

 

Santiago de las lluvias: 1996 y 2025

En Rojo

 

Comencé a escribir sobre las procesiones de las Fiestas de Santiago Apóstol de Loíza de manera consistente hace 29 años. Antes de eso, había pasado muchas veces por Loíza, pero nunca había marchado las tres millas de la carretera 187 entre el pueblo y el vecindario de Las Carreras con el Santo. Eso cambió el 28 de julio — el día de Santiago de los Niños – de 1996. Fue un día de lluvia intensa, pero decidimos seguir la ruta para experimentarla al máximo posible. Salimos del pueblo bajo lluvia antes del Santo y paramos a la mitad del camino para comer y esperar la procesión.

La lluvia intermitente del día tampoco detuvo a los cientos de personas (en su gran mayoría jóvenes) que marcharon desde el pueblo al frente, al lado y detrás de su Santo por la carretera principal hacia Río Grande y luego en dirección a la playa por Las Carreras.

Escribí entonces, “la lluvia servía casi como un agente catalítico para la enorme energía que mostraron los jóvenes en el camino mientras se enlodaban ellos mismos y a los demás al cruzar los charcos salpicando a todo el mundo. Los adultos llevaron el Santo diminuto por todo el camino y hubo presencia, aunque escasa, de máscaras y vestuarios de vejigantes y caballeros. Sin embargo, la inmensa mayoría de los caminantes fueron los adolescentes y el vestuario de preferencia fue ropa de camuflaje militar con caras pintadas de un solo color o caretas de látex estilo Halloween con todas las posibilidades que ofrecen las películas de horror grado B de Hollywood” (“Claridad”, 23-29 agosto 1996).

Sin embargo, esto definitivamente no era lo que esperaba después de haber leído el libro y los artículos y visto la película de Ricardo Alegría sobre las Fiestas. El pueblo también reaccionó, y más tarde en 1996 y 1997 la Asamblea de Loíza pasó un reglamento para gobernar las fiestas e intentar devolver su carácter como “fiestas tradicionales”.

Aunque con sus propias limitaciones, este proceso ha funcionado para restaurar las Fiestas como un espacio menos precario mientras refuerza la importancia esencial de los tres santos – de los Hombres, las Mujeres y los Niños –por un lado, y por el otro, la activa participación de los personajes festivos de los Caballeros, Vejigantes, Locas y Viejos.  De hecho, el florecimiento del arte de taller y pintar máscaras y de vestirse y actuar el personaje de Vejigante ha sido uno de los principales avances de los últimos 29 años.

Desde entonces, he participado en las Fiestas cada año, excepto durante la pandemia de 2020. Este año asistí solamente a la procesión de Santiago de las Mujeres, el 27 de julio, que todo el mundo imaginaba sería el día más grande de festejar. Era domingo y este santo había ganado más interés a través del premiado documental “Santiago de las mujeres” de la cineasta loiceña Rosamary Berrios.

Pero la lluvia del 27 de julio de 2025 no fue la intermitente con llovizna constante de 1996; fue a nivel de tormenta. Estacioné en Las Carreras para caminar hacia la procesión, pero me detuve por más de media hora bajo techo para escapar un diluvio. Poco a poco salí de Las Carreras, zapatos ya sancochados por grandes lagunas en la calle para llegar a la 187, buscando refugios temporeros con cada reinicio de la lluvia.

En ruta encontré El Carretón Alegre – el museo-vagón-bocina en ruedas de música caribeña grabada — bajando frente a mi para también reunirse con la procesión. El Carretón corre frente a los Santos y los Vejigantes, Caballeros, Locas y Viejos se agrupan alrededor de ello. Pero estábamos tarde porque los Santos – de las Mujeres y de los Niños – ya había viajado la mitad del camino bajo lluvias fuertes.

Mi próxima parada fue en la Capilla de Santiago Apóstol. Como los demás, su quiosco estaba medio apagado. Habían hecho grandes preparaciones, pero la lluvia había detenido la esperada muchedumbre. La calle aparecía medio abandonada, pero seguía bajando hasta mi destino del Sazón de Sylvia en Colobó – ya solamente un quiosco al lado del nuevo restaurante pronto a abrir – para comer la última arepa con bacalao mientras cerraban el negocio. Desde allá se oían los truenos, no de la tormenta sino de las bombas que anuncian la llegada del Santo. La procesión no había parado, y parecía que iba a escampar durante la última tercera parte del viaje hacía Las Carreras. Regresé a las carpas de mis amigxs cerca al final de la ruta para esperar.

Y finalmente, ¿qué llego? Hubo valientes con y sin sombrillas, pero la cantidad de público general acompañando los Santos fue escasa en comparación a otros días sin lluvia. No vi personajes de Locas ni Viejos; mientras, esta procesión mezclaba el público, los Santos y los personajes enmascarados. El Carretón Alegre lucía mejor que nunca en su papel de guiar los elementos no sagrados al punto en Las Carreras donde antes erguía el viejo árbol de corco. Según la leyenda, allí encontraron por primera vez el Santo de los Niños hace 200 o más años.

Cuando llegaron justo frente a mí, a cien metros del mosaico que marca el lugar del árbol, la lluvia comenzó de nuevo a empapar a todo el mundo. Pero llegaron felices, si bien mojadxs, lxs cargadores de las literas de Santiago de las Mujeres seguido por Santiago de los Niños. Fue la primera vez que he visto Vejigantes como los jinetes que llevan las banderas de los Santos a la carretera 187. Cuando las devuelvan, la procesión puede regresar a las Medianías, Santiago de los Niños a su Capilla y Santiago de las Mujeres a la casa de su mantenedor.

Era un día frustrante para fotógrafos. Sin embargo, dentro de la lluvia hubo un despliegue sorprendente de colores y estilos de Vejigantes mostrando un alto calibre de artesanía tanto en sus máscaras como en sus vestuarios. Los verdaderos héroes de las Fiestas, los Vejigantes no solamente resistieron a la lluvia y sino sobresalieron y ganaron sobre la tormenta a sus alrededores.

Las Fiestas son imparables – tanto hace 29 años con lluvia y personajes mediáticos y no tradicionales como en el diluvio del 27 de julio de este año. Con o sin grandes públicos “corren’ los Santos y se destacan los Vejigantes.