Inicio Blog Página 4

¿Qué nos dice una dedicatoria?

 

Para Carolina B.G. que las escribe excelsamente

Me gusta leer las dedicatorias de los libros. Esos guiños que dan un crédito fugaz a la familia, pareja, o ser benefactor (muchas veces una misma persona supone las tres) que hicieron posible el milagro, de la idea a la página, de la página a la imprenta.

La dedicatoria es una suerte de graffiti, apunta Janet Fitch, es decir, “un momento privado en un objeto público”. No deben confundirse con los Agradecimientos o con el epígrafe. La dedicatoria, es la única parte de la obra, en teoría, que está destinada a una persona, dice Fitch.

 No parece haber demasiada rigidez en el genus de las dedicatorias. Algunas primeras ediciones iban dirigidas a entrañables amigos o parejas que ya para la segunda tirada se habían hecho sal y agua [de una apasionada: “To my wife: I carry you like a passport everywhere”, el novelista británico Graham Greene terminó, en ediciones posteriores, con un aséptico agradecimiento a su prima: “To my cousin Barbara Strachwitz”]. Otras, amorosas, persisten. Leonardo Padura le ha dedicado todos sus libros a Lucía López Coll, su compañera de vida y de labores. De la mano de Mario Conde o no, inicia sus novelas con “y otra vez, y como siempre, para ti, Lucía”. Treinta años después, ‘con amor y escualidez’, reitera: “todavía, para Lucía”.

 

En ocasiones, las dedicatorias pueden tratarse de un ajuste de cuentas. e.e. cummings, por ejemplo, le dedicó su colección poética No Thanks (1935) a las catorce editoriales que habían rechazado su manuscrito. Las menciona una a una y cada nombre da forma a la urna funeraria.

 Algunas dedicatorias pasan por máximas. Claudia Piñeiro, apóstata, les ofrece una de sus novelas policíacas a “los que construyen su propia

catedral, sin dios”. Y otras, son homenajes a los incondicionales, a los amigos“en las buenas y en las mejores”, “en las malas y en las peores”, escribe Luis Rafael Sánchez.

 En las librerías de viejo hay mares de dedicatorias a puño y letra. En un ático en Santurce encontré una copia firmada de la primera edición de La bomba increíble (1950) de Pedro Salinas, obra poco convencional y de ciencia ficción, acuciada por el terror atómico, que ideó mientras vivía en exilio. No he descifrado todavía la endiablada tinta verde del poeta pero sí distingo a leguas su firma y la destinataria a la que dirige la copia. Curiosamente, aparte de estos hallazgos azarosos y autógrafos, el autor no le dedicó la obra a nadie. Da vértigo pensar en los cantazos que dan los libros y esos pedacitos de arqueologías personales que desempolvamos fortuitamente.

 Hace unos días di con una caja de libros de mi biblioteca juvenil. Han resistido en el apartamento de mi mamá a varias purgas y mudanzas. Enumero: libros escolares, libros que me regalaron (anotados por sus dueños originales), poemarios cuidados en micas de plástico, tomos de fotos y prosa, copias ajadas y marcadas con azul. Sigo: notas autógrafas de amigxs y dedicatorias de algunxs autores en ediciones de bolsillo con mensajes chistosos, cursis, entrañables, y uno que otro, encendido, de gente que años va que no he vuelto a ver.

 Para continuar con el ejercicio arqueológico de aleatoria conservación y desparrame, los donaré a libros libres o a la biblioteca que los acepte. Tal vez le interesen a alguien. Y si se despitan de la lectura podrán volver a la dedicatoria impresa o escrita a mano y figurarse o fantasear aquello que fue o que no y que nos sobrevive.

La deslumbrante Emma Thompson-parte 2

Incluyo en este 2ndo escrito de Emma Thompson dos filmes de su época deslumbrante—cuando todo papel que interpretaba era una experiencia única para lxs espectadorxs—para instar a lxslectores y amantes de cine a regresar a estos filmes, como regresamos a un buen libro que nos voló la cabeza y todavía recordamos escenas y diálogo que nos dicen tanto.

Rescate del pasado

The Remains of the Day 1993

Director: James Ivory; escritor Kazuo Ishiguru; guionista: Ruth Prawer Jhabvala; cinematógrafo: Tony Pierce-Roberts

 The Remains of the Day es la historia de un mayordomo que ha visto, a través de su servicio (y servilismo), cómo la aristocracia inglesa ha perdido su poder y su riqueza. Lord Darlington será el dueño de una mansión con casi cien empleados donde conversará y se reunirá con importantes personalidades de la época. Todo esto comenzará a derrumbarse después de 1939, cuando Inglaterra se ve involucrada una vez más en una guerra mundial. El destino final de Darlington Hall será venderse en subasta para pagar las deudas contraídas a través de los años. Su nuevo dueño será Mr. Lewis, un senador norteamericano retirado que ve la mansión como una pieza de museo para ostentar y exhibir.

 La historia comienza en el presente, cuando Stevens acepta la sugerencia de su nuevo patrón de tomar unas vacaciones por los campos del oeste de Inglaterra. Después de titubear un tiempo, ya que no está acostumbrado a tener una vida fuera de su trabajo en Darlington Hall, decide combinar su viaje con una visita a la antigua ama de llaves de la mansión, Miss Kenton. El viaje es hermoso por los paisajes que va descubriendo Stevens, pero todo esto es sencillamente una excusa para recrear el pasado de este hombre tan austero que no ha permitido que sus emociones interfieran con su trabajo. Desde joven aspiró a ser mayordomo como su padre, un trabajo parecido a la disciplina y obediencia ciega del ejército. Por eso Stevens no cuestiona ninguna de las órdenes ni decisiones de su patrón, a pesar de lo absurdas o lo injustas que puedan ser, como despedir a dos jóvenes por ser judías. Debido a su servilismo, cree que todos los conocidos o amigos de Lord Darlington son hombres inteligentes y de confianza. No importa que lo traten de humillar o que exploten su amabilidad. Stevens está tan entregado a servir a sus “superiores” que pone en un segundo plano la atención de su padre y sus propios sentimientos hacia la única mujer que amó, aunque nunca quiso aceptar su capacidad y necesidad de entrega. Todas las escenas con Stevens, Sénior, su padre, son excelentes por el control de palabra y sentimiento de dos hombres que no han aprendido a hablar, a tocarse, a abrir su corazón, a confiar el uno en el otro. La entrada de Miss Kenton es la chispa que logra sacarle una sonrisa a alguien que desconocía esta expresión.

 Hopkins, Thompson y todo el elenco se acoplan para presentar la hermosa y triste historia de cómo un hombre y una mujer que no se atrevieron a expresar sus sentimientos viven con “los despojos del día” (the remains of the day).

 Sense and Sensibility (1995)

Director: Ang Lee; guionista: Emma Thompson; autora:Jane Austen; cinematógrafo: Michael Coulter

Dentro del género de la novela, la inglesa Jane Austen es una de las figuras principales. Su trabajo ha sido objeto de estudiocrítico por escritores como Edward Said (Culture and Imperialism), Sandra Gilbert y Susan Gubar (The Madwoman in the Attic), Raymond Williams (The Country and the City), Patricia Beer (Reader; I Married Him), Nina Auerbach (Romantic Imprisonment). Austen establece un mundo de mujeres dentro de una Sociedad patriarcal en la que ellas no tienen poder, porque no controlan el dinero. Estas mujeres siempre se encuentran en desventaja por haber disfrutado de los privilegios de una clase media o clase alta venida a menos y en el presente se ven obligadas a encontrar formas de sobrevivir porque el padre ha muerto.  

La ley de herencia a finales del siglo 18, y todavía practicada por la realeza europea, determina que solo el hijo mayor tiene derecho a las tierras, dinero y propiedades de la familia. El padre o el heredero puede ser caritativo y establecer un fondo anual que cubra las necesidades básicas de las hijas o hermanas, pero esto es un gesto totalmente voluntario. Entonces, ¿qué salida tienen las mujeres para continuar siendo parte de la clase media y no tener que pedir ayuda al estado? Pues pueden casarse bien (alguien que las mantenga y no las maltrate), convertirse en institutrices (uno de los pocos privilegios de una mujer de clase media era recibir una educación amplia que le permitiera conversar inteligentemente con su futuro marido), o acogerse a la bondad de algún pariente que les ofreciera un techo y comida.  

Todavía no estamos en la época de las hermanas Parkhurst, quienes se movilizaron y se lanzaron a las calles de Londres para organizar a las mujeres y exigir el derecho al voto y la derogación de estas leyes absurdas e injustas. En el mundo de Austen, las mujeres son inteligentes y emotivas y siempre buscan un balance entre la razón y el sentimiento. Por eso, al final de sus novelas ellas logran el amor y la seguridad económica.

Sense and Sensibility comienza con una conversación entre el padre moribundo y su único hijo varón, de un primer matrimonio. En esta escena muy emotiva, el padre le pide a su hijo que por favor provea por las cuatro mujeres de su familia, esposa/viuda y tres hijas, que no las deje en la pobreza, ya que como hijo mayor y varón él es el único heredero. En la segunda escena, el hijo discute esa promesa con su esposa Fanny y concluyen que cuatro mujeres tienen muy pocos gastos y pueden vivir con muy poco. Así que en las dos primeras escenas (antes de los títulos del filme) se establece un conflicto individual, otro de antagonismo y otro social, y se evidencia el estilo de Austen al utilizar la ironía para refrenar el sentimiento y denunciar la hipocresía.

Este es un cuadro y una perspectiva de un miembro de la clase media y terrateniente mediana inglesa del siglo 18. Tanto los aristócratas como el campesinado y el proletariado están excluidos, excepto por referencias, y en el caso de las mujeres Dashwood, en los criados y sirvientas que les rodean. Vemos a una clase social que vive de ser dueños de la tierra y no de trabajar en industrias o en el comercio. Pero tampoco son miembros de la nobleza y por eso los bienes adquiridos se cuidan con mucho celo, especialmente en cuanto a las alianzas matrimoniales. Por eso Fanny, la cuñada de las hermanas Dashwood, al igual que su madre Mrs. Ferrars, se opone a que su hermano Edward (Hugh Grant) se interese por Elinor o por Lucy (pariente lejana de Mrs. Jennings), ya que ninguna tiene un ingreso decente. El hilo central de la trama gira alrededor de las hermanas Dashwood, Elinor (Emma Thompson) y Marianne(Kate Winslet), y cómo lograrán encontrar el balance amoroso en sus vidas. Por ser la hermana mayor, Elinor tendrá que cuidar de su madre, de su hermana menor, de la espontaneidad de Marianne, las finanzas, la diplomacia y las buenas relaciones con la familia de su hermano y los parientes y vecinos de su nueva residencia. Mientras tanto, Marianne, la romántica e impulsiva, se lanzará en busca del amor y olvidará la cordura, el buen sentido y las convenciones sociales. Por su parte, Elinor esconderá sus sentimientos, cumplirá su promesa de no revelar el secreto de Lucy y sufrirá en silencio la traición de su amor y el reproche de su hermana.

Sense and Sensibility es un filme que logra una totalidad artística con unas tomas de cámara que convierten el paisaje en un personaje, con unas actuaciones balanceadas pero insuperables, con un guion escrito de forma muy inteligente, que capta la esencia de la novela de Austen con golpes maestros que no requieren que haya abundancia de personajes. Basta a veces con mencionar a alguien (Mrs. Ferrars, por ejemplo) y comentar sobre su comportamiento para conocerla muy bien y saber de lo que es capaz (desheredar a su hijo si no la complace). Recibimos muchísima información de los demás personajes con lo que el público va montando la historia. Thompson logra decir tanto con la justa medida de palabras. Por unas horas nos transportamos a un pasado donde mujeres inteligentes y responsables lograban preservar su sentido de humanidad a pesar de ser objetos de consumo en una sociedad donde el dinero lo determinaba todo (algo así como ahora).

Mientras Dios duerme

Queridos(as) compas, linda y serena noche.

Les conmino a leer el nuevo libro de Daisy Sánchez; “Mientras Dios duerme”.

De entrada, su título es una provocación. Los que creen en algún Dios, una inteligencia y una fuerza superior a la que jamás podremos comprender, sabemos que no duerme.
Los agnósticos y los que no creen en algún Dios, también saben que su Dios no duerme, porque no puede dormir lo inexistente.

Daisy escribe bien, domina la brevedad, la profundidad y la síntesis en el lenguaje, como excelente periodista que es. Sus ensayos y anécdotas, reflejan la madurez de su oficio, pero además la profundidad de una vida intensa, bien vivida, plagada de riesgos y ungida de triunfos periodísticos, literarios y del respeto de su pueblo que es el laudo máximo al cual debe aspirar todo buen o buena periodista .

Aprendí y me gocé , muchas de sus anécdotas, reflexiones y ensayos que obligan a revisar conceptos y a pensar en maneras distintas de abordar la sociología popular Insita en el ejercicio periodístico .
A modo de ejemplo, les comparto su definición de lo que es el coloniaje y como el quehacer artístico de Benito Martínez, (Bad Bunny) va abriendo brechas y surcos en ese proceso necesario para que nos descolonicemos. Cito de la página 101 del libro de Daysi, ibid:

“La colonización no solo se vive en el estatus politico, sino en algo más intimo y profundo: la conciencia. El pensamiento colonizado es una forma de dominación que se instala en el alma, en la manera en que las personas se ven a si mismas, en lo que valoran, en lo que aspiran. Es el tipo de colonización que no necesita soldados ni tratados, porque opera desde adentro. Y es precisamente ahí donde el fenómeno cultural de Bad Bunny ha generado una grieta luminosa.

Frantz Fanon lo definió como el estado psicológico en el que el colonizado internaliza la mirada del opresor. Cree que su cultura es inferior, que su lengua no sirve, que su historia no importa. María Zambrano, desde la filosofía, lo entendía como una conciencia que ha perdido el puente hacia su alma, porque ese puente ha sido ocupado por valores ajenos.

En Puerto Rico, esto se traduce en frases como «sin Estados Unidos no obrevivimos» o «el inglés es más importante que el español». Son expresiones que revelan una dependencia ocional y una falta de fe en lo propio”.

No les cuento el libro porque me lo leí de dos sentadas entre otras lecturas. Pero pienso que como/ sub silentio, por sus páginas algo irreverentes, transitan personajes variopintos como Filiberto Ojeda, Tito Kajack Lolita Lebrón, que como ella la describe y como yo he dicho antes : nació para ser linda de cuerpo y alma.

También se evoca la corrupción que hemos vivido, rememorando el juicio de Yamil Kouri, la figura de la fiscal María Domínguez sin mencionarla y la del fiscal Guillermo Gil, tampoco mencionado; hablando de la genealogía de la corrupción.

Daisyi con su libro nos educa, nos provoca, nos ilustra y nos produce algo de ira santa, porque décadas después de tantas luchas, aún nos debatimos entre opciones irreales, obsoletas, hijas del propio miedo colonial que tan certeramente ella describe .

Por eso y más, debemos leer su libro y repensar nuestros procesos dialécticos, como nación que somos, aún sin la soberanía necesaria para llegar a ser Nación Estado.

Palabras  en la presentación del libro en Casa Aboy

El sueño y la sombra: comunismo y las voces silenciadas de la prensa obrera en Puerto Rico (1920-1921)

Encontré El Comunista en la Colección Puertorriqueña de la Biblioteca Lázaro, no pude tocarlo, lo vi como una secuencia de sombras en la pantalla. Microfilm: imágenes pixeladas, letras que vibran, páginas que se deslizan con el mouse. Fui allí sin una pregunta precisa; me movía la curiosidad de entender cómo un país se imagina a sí mismo cuando aún no sabe qué nombre darle a sus miedos. En esas páginas impresas en Bayamón entre 1920 y 1921 descubrí algo inesperado: un comunismo escrito como revelación, plegaria o poema. Casi un culto político.

El primer número, fechado 1 de mayo de 1920, se anunciaba con un costo de cinco centavos, suscripción voluntaria, y una dirección postal: Box 306, Bayamón. Director: Ventura Mijón. Redactores: Antonio Palau y E. Ramos. Nada en ese encabezado preparaba al lector para lo que venía.

La columna inicial, “Saludo”, no se dirige a obreros. Se dirige a “rebeldes”. Lo leí dos veces, para tratar de entenderlo. Habla de “romper la monotonía de una civilización decadente y convencional”, de impulsarla “por la vía recta de elevados principios de libertad y emancipación económica y social”. Es una invocación disfrazada de programa político, que prefiere profetizar antes que analizar.

Durante décadas, la historiografía tradicional marginó la historia del comunismo en Puerto Rico. Sandra Pujals ha insistido en desmitificar ese campo, en estudiarlo más allá de los prejuicios ideológicos. El radicalismo obrero en la isla, según ha rastreado ella, fue parte de un proceso cultural y transnacional, alimentado por la Revolución Rusa, la Internacional Comunista y las tradiciones anarquistas locales. El Comunista, que apenas circuló un año, condensó todas esas tensiones.

En la Colección Puertorriqueña, mientras hojeaba los tomos de Gervasio García y Ángel Quintero Rivera, supe después lo que el país vivía entonces. Mientras leía el microfilm, me pregunté por qué aquel periódico hablaba tanto de rebeldía. En esos años, me enteré por las lecturas que el país hervía. La economía descansaba en el azúcar, el café y el tabaco, pero las ganancias se iban a corporaciones ausentistas que nunca pisaban la tierra que exprimían. Los trabajadores recibían los salarios más bajos de los territorios estadounidenses. Según ha documentado Juan Ángel Silén, el país vivió más de un centenar de huelgas solo en 1920, cada una un incendio de rabia acumulada. El gobernador, usando la Ley de Sedición de 1918, prohibió manifestaciones y la bandera roja. En ese clima, la prensa obrera se volvió refugio, el único espacio donde la clase trabajadora podía representarse sin pedir permiso.

Aquella fábrica de tabaco, La Marina, sobre la que escribía Emiliano Ramos, no parecía parte de esta isla. Mientras el periódico se leía en los talleres de Bayamón, en los campos los tabacaleros—los que sembraban y vendían la hoja—libraban otra batalla. Juan José Baldrich distingue entre ambos oficios: los tabacaleros, agricultores, y los tabaqueros, artesanos urbanos que transformaban el producto. Los primeros ocuparon los sindicatos y las páginas de El Comunista; los segundos, ante la caída de los precios y el empuje de las corporaciones, ensayaron el cooperativismo como resistencia. Para 1920, la industria del tabaco era un campo de fuerzas donde la clase trabajadora se dividía por oficio y género, pero también seunía por un malestar común. Algo en mi lectura entonces me hizo sospechar que el periódico solo narraba una parte de esa historia llena de sombras, la del tabaquero varón, héroe de sí mismo, mientras el tabacalero y las mujeres quedaban en los márgenes.

 

La fiesta de los mártires y la guerra sin cuartel

El artículo sobre el Primero de Mayo encendió en mí un signo de interrogación. No era una conmemoración, aquello más bien sonaba a un grito a los cuatro vientos.

“Para nosotros —escribían—, no es día de júbilo, para los asalariados, no es día de expansión y alegría: sino de protesta y de agitación, de lucha y de preparación de las numerosas falanges productoras para la grande y profunda revolución que se avecina.”

La sintaxis se tuerce y se desborda. Entonces viene la imagen: “aún sentimos el acompasado paso de las tropas mercenarias del gran capital; el ruido de los cascos de la caballería, armada para masacrar a los trabajadores reunidos pacíficamente en High Market”. El eco de 1886, de los mártires de Chicago, no era un recuerdo. Era una herida abierta. “Suene esta vez de otra manera —exigen—, suene con el estampido formidable de una clase entera oprimida”. Allí, en esa frase, entendí que el periódico más que informar, ritualizaba la fecha, la convertía en un sacramento de la rebeldía.

La editorial “Frente a un Momento Histórico” llevaba esa lógica un paso más allá. Ya no se trataba solo de recordar mártires, sino de declarar una guerra de aniquilación contra el orden existente. Leí el párrafo en voz baja, y sentí que no le hacía justicia a su furia contenida: “ya no es solo la razón del sentimentalismo místico la que asiste a los revolucionarios, sino también la más poderosa de todas las razones, de todas las armas: la razón de la fuerza y del determinismo.

El texto se volvía explícito: “Dos fuerzas se disputan la supremacía universal; dos grandes corrientes, la una de estancamiento y mentida evolución, la otra de progreso y real justicia.” Luego, se presentó el modelo: el “gran coloso ruso” que presentaba “el digno ejemplo que hemos de seguir los trabajadores”. La Revolución Rusa no era un referente lejano; era el faro anclado en la isla. “Que la tierra sea del que la cultive: que la fábrica y el taller sean administrados por los mismos trabajadores… que nada sea de nadie en particular y que todo sea de todos en general.” La frase final era un grito: “¡Paso al Comunismo y a la Libertad!”

La sección de “Educación Revolucionaria” era aún más explícita en su llamado a la acción directa: “No más lucha política, no más adormidera religiosa, no más sofismas de falsas reformas; tenemos un solo campo y una sola guerra sin cuartel, iremos… con las únicas armas, con los únicos pertrechos que el legalismo usa, aunque persigue, porque son también sus armas: el sabotaje, la acción directa, y la revolución.”

La frase se acelera, acumula negaciones, y culmina en una tríada de violencia legítima. Los obreros eran “hermanos”, los caídos, “mártires”, y la revolución, una “guerra sin cuartel”. Arturo Bird Carmona ha seguido la pista de esos militantes anarquistas que adoptaban vidas austeras, casi de “apóstoles del ideal”. El Comunista recogió y amplificó esa tradición. El lenguaje se empapa de imágenes religiosas, pero no para consolar: para convocar a la batalla. “Venid con nosotros a la protesta, a la lucha”, cerraba el llamado del Primero de Mayo.

El ideal: anarquismo y revolución social

Entonces encontré un texto que me obligó a detenerme y a releer todo lo anterior con otros ojos. Se titulaba “El Ideal”, y había sido reproducido de Acción Libertaria de Madrid. Era una pieza programática, casi un manifiesto poético. No hablaba de huelgas ni de partidos se  enfocaba en alma de la revolución.

“En el eterno evolucionar de los mundos, de los seres y de las cosas, yérguese nuestro ideal, el ideal de nuestros amores, lógico, justo, humano, bello, altivo, arrogante, amenazador…”

La frase era un himno y parecía una declaración de principios. Luego venía lo inesperado: una larga, casi obsesiva, negación de la violencia terrorista. “Nuestro ideal no es la bomba, el puñal, ni el veneno… No es Judith, asesinando a Holofernes, ni Jahel victimando a Sisara… No es el puñal de Bruto, la hoguera de Calvino, el veneno de Borgia, ni el revólver de Merino y de Galeote…” El texto enumeraba crímenes históricos, desde Nerón hasta Thiers, para decir: eso no somos nosotros. “Nuestro ideal no ha encendido las hogueras de la Inquisición, ni organizó la matanza de San Bartolomé, ni el ejército de Thiers ametrallando a los comunistas parisienses.”

¿Por qué tanta negación? ¿Por qué un periódico que llamaba a la guerra sin cuartel se esforzaba tanto en distinguirse de la violencia individual? La respuesta llegó unas líneas después: “Por ser anarquistas somos revolucionarios.” El periódico se declaraba anarquista, no comunista de partido. Distinguía su revolución del “motín sistemático”, de la “violencia erigida en dogma”: “la revolución que defendemos… no es la venganza sistemática, ni el asesinato glorificado, sino que es la revolución social, grande, intensa, unión de todos los buenos contra todos los malos, de todos los explotados contra todos los explotadores.”

Entendí algo que había estado leyendo mal. El llamado a la guerra sin cuartel no era una justificación del terror, sino una declaración de guerra total contra un sistema que, según ellos, solo entendía la fuerza. “Y como entendemos que jamás por la persuasión abandonarán nuestros enemigos sus odiosos privilegios, propagamos el acto revolucionario por todos los medios y con todos los elementos para conquistar la Anarquía.” La violencia que defendían era colectiva, social y no individual de la clase contra la clase.

El texto era una pieza de una red transnacional: venía de Madrid, de Acción Libertaria, y su presencia en las páginas de El Comunista mostraba que los redactores de Bayamón se veían a sí mismos como parte de una familia anarquista global. Pero esa filiación también tenía consecuencias: los anarquistas europeos que admiraban no eran los que estaban en el Caribe anglófono, ni los que luchaban en Jamaica o Trinidad. El mapa seguía siendo el mismo: Europa y, de pasada, América Latina.

El mapa del mundo y sus fronteras invisibles

El internacionalismo que proclamaba el periódico era un mapa muy particular. La sección “Mirando Hacia Afuera” era una ventana a Europa. Allí estaban todos: los sindicatos españoles luchando contra “la indecente clerigulla” y los Borbones; los obreros italianos siguiendo a Malatesta y Viviani, soñando con la soviética; los espartaquistas alemanes en la región del Rhur, de quienes decían con admiración: “Su bandera se rompe pero no se arría.” Una frase perfecta, contundente, que dejaba claro quiénes eran los héroes de aquella narrativa.

El fragmento titulado “La Tercera Internacional es una Realidad” era, quizás, el más revelador. Empecé a leerlo esperando un artículo. Encontré una lista de compras del supermercado. Una enumeración casi obsesiva de partidos y secciones que, según Boris Souvarine, integraban la Internacional Comunista. Leí los nombres en voz alta y recordé que estaba en la biblioteca: Partido comunista de Rusia, de Estonia, de Letonia, de Lituania, de Armenia, de Polonia, de Alemania, de Hungría, de Bulgaria, de Rumanía. Partido socialista obrero de Grecia. Partido socialista de Italia. Partido comunista de Holanda, de Bélgica, de Luxemburgo. Juventudes socialistas de España. Confederación General del Trabajo de España. Partido comunista de México. Partido comunista de Argentina. Partido comunista de Chile.

Leer esa lista me secó la garganta y no tenía agua. En esa sección estaba el mundo, o al menos su versión de él. Pero mientras leía, algo me chocó. El Caribe no hispano no aparecía. Jamaica, Trinidad, Barbados, las Antillas francesas y holandesas, la diáspora caribeña en Nueva York… no existían en ese mapa. Sin embargo, mientras ellos escribían desde Bayamón, en Jamaica y Trinidad las rebeliones obreras de los años treinta se gestaban con repertorios culturales muy parecidos. En Nueva York, la diáspora caribeña articulaba redes que conectaban a Puerto Rico con el radicalismo negro y comunista del continente. Sandra Pujals ha rastreado esas conexiones: el Buró del Caribe de la Comintern, los exiliados que tejían conexiones desde la Gran Manzana. El Comunista soñaba con una revolución mundial, pero su mirada se quedaba fija en el Atlántico Norte y en la Europa revolucionaria, sin escuchar los ecos que ya resonaban en el propio vecindario.

La unidad que se quiebra: tabaqueros en el exilio

Había otra fisura en ese internacionalismo. Una que no se veía en los mapas de partidos sino en los conflictos cotidianos entre trabajadores. La sección “Mirando hacia Afuera” me ofreció un reportaje detallado sobre el conflicto entre las sociedades de tabaqueros de Cuba, Tampa y Key West. Lo leí con detenimiento, y lo que encontré era un periódico que denunciaba a la Internacional con una dureza inesperada.

La Federación de Torcedores de La Habana y Pinar del Río había tomado una decisión despiadada: ningún tabaquero que viniera del extranjero podía trabajar en las fábricas cubanas sin presentar una libreta de una sociedad del oficio. El periódico describía la situación con una mezcla de indignación y perplejidad: “Los Cubanos y Españoles residentes en Tampa, Key West y otras ciudades del Continente, que tienen sus familiares en la Habana o en Pinar del Río, podrán no ir a Cuba, a menos que llevasen una patente en el bolsillo, porque sus compañeros y paisanos les niegan el derecho a trabajar en las fábricas de tabacos.”

La crítica se volvía más afilada cuando el periódico narraba cómo la Federación cubana había reconocido a la Internacional como “sociedad única en Tampa”, dando treinta días a los dos mil tabaqueros disidentes para disolver su organización. “Así como suena —escribía el cronista—, ¡a la brava!”

Pero el giro llegó después, cuando el periódico terminó poniéndose del lado de los disidentes. Reconocía que los tabaqueros de Tampa que no querían entrar en la Internacional eran “leales, dignos, honrados en las luchas del trabajo, de alta idealidad y siempre dispuestos al sacrificio”. ¿Y por qué no querían entrar? “Sencillamente, porque casi todos la conocen bien y saben que no hay quien haga caminar a esa tortuga de patas cansadas y de carapacho enorme, y que parece que no hay modo de poderla reformar, debido a los múltiples intereses que ha creado y a los muchos negocios que maneja y sostiene.” La Internacional era una “barca vieja” que no iba a ninguna parte. Los tabaqueros de Tampa querían organizarse para luchar contra el patrono, “no para pagar estampa, como pretenden algunos”.

El periódico estaba denunciando el proteccionismo gremial, pero también revelaba algo más: la Internacional no era una hermandad abstracta. Era un campo de tensiones entre trabajadores de distintos países. Entre los que se habían ido, los que se habían quedado, los que tenían libreta y los que no. La crítica a la Internacional como una burocracia lenta y llena de intereses creados — “esa tortuga de patas cansadas”— era una fisura interna en el discurso del propio periódico. El mismo medio que proclamaba “¡Paso al comunismo y a la libertad!” Se veía obligado a reconocer que, en la práctica, la organización internacional era vista por muchos trabajadores como un estorbo y no como un faro.

Meditando y Contra el Convenio: la voz de los trabajadores

Otras dos secciones, “Meditando” y “Contra el Convenio”, me ofrecieron la voz directa de los trabajadores o al menos, la voz que el periódico quería representar. La primera, “Meditando”, era un texto más teórico, casi filosófico, que criticaba la ley del salario. “El individuo como la institución, que dedique su tiempo o parte de él para defender la ley del salario, no hará otra cosa que defender los intereses de la burguesía.” El autor explicaba cómo los aumentos salariales eran devorados por el aumento del costo de la vida: “Hoy, un trabajador que ha adquirido alguna habilidad en su arte, puede ganar hasta 3 pesos por 8 horas de labor; sin embargo, ese trabajador está hasta más miserable, juzgándolo por su aspecto.” El texto terminaba con un llamado a la acción colectiva: “Pueblo, contribuye a tu emancipación social y económica para que en no lejano día, acabemos con todos los déspotas y explotadores.”

“Contra el Convenio” era más concreto y visceral. Escrito en primera persona, denunciaba el convenio laboral que ataba a los trabajadores: “Se nos contrata como si fuéramos siervos y ya se sabe que los convenios y las leyes son el amparo más eficaz de la burguesía.” El autor rechazaba el aumento de dos pesetas como “una especie de salivazo lanzado por el trust sobre mi rostro de proletario indigno”. Exigía seis pesos diarios para hacer frente al costo de la vida. Pero lo que más me llamó la atención fue la desconfianza final: “Ahora bien, yo estoy contribuyendo a que mi pueblo evolucione dentro del socialismo, pero no estoy muy confiado en que esta política satisfaga las aspiraciones del proletariado puertorriqueño, porque como política al fin, temo que tenga las uñas escondidas y concluya por arañarnos el rostro y el corazón.”

Surgía otra vez, la duda. El trabajador que escribía apoyaba la lucha, pero no confiaba del todo en la política, ni siquiera en la política socialista. El mismo periódico que proclamaba la revolución publicaba una voz que desconfiaba de las organizaciones.

Entre tabaqueros: la vergüenza como arma

La sección “Entre Tabaqueros” era diferente. No hablaba de Europa ni de conflictos en el exilio. Hablaba de lo que pasaba en los talleres de la Porto Rican American Tobacco Company, allí mismo, en Bayamón.

“No es posible callar por más tiempo, las condiciones en que tan pasivamente soportamos todos los explotados de la industria del tabaco en el país.” La frase me trajo a la realidad. No era un llamado a la esperanza; era un reproche seco. La columna preguntaba, con una dureza que me sorprendió: “¿No habeis demostrado en los últimos meses, que estáis conformes con vuestra situación? ¿No habéis dado la autoridad a vuestros representantes del Cuerpo Consultivo, para que éste os entregue atados como mandiles de siervos, contratados por dos años a los piratas del trust en Puerto Rico?”

Era un discurso de la vergüenza. Intentaba sacudir a los trabajadores, avergonzarlos por su pasividad. “Cuando tuvisteis este vergonzoso convenio ante vuestra consideración: ¿Estabais ciegos, o qué fue lo que os obligó a aceptarle?” El tono era el de un padre que reprende a un hijo, no el de un compañero que convoca a la lucha. La solución propuesta era la acción directa, la revuelta.

El periódico hablaba a los tabaqueros. A los tabacaleros no les hablaba, y a las mujeres apenas las nombraba. Los llamados a la acción eran para los hombres de la fábrica, no para los campesinos del campo ni para las obreras del deshoje. Juan José Baldrich ha documentado cómo la industria del tabaco se dividía estrictamente por oficio y género. Las mujeres despalilladoras, que eran la mayoría en ciertas etapas de la producción, no aparecían en estas páginas. El sujeto de la revolución era el tabaquero varón, el artesano urbano, el que podía leer el periódico y discutirlo en el taller. Los demás, los que sembraban la hoja o la deshojaban, quedaban fuera del marco.

 

Las sombras de la fábula

Una fábula, por entretenida que sea, nunca es inocente. Al leer con atención, las luces del microfilm revelaban también sus sombras. El “obrero” que construía el periódico era siempre un varón, sacrificado, modelo casi heroico de virtud proletaria. Las mujeres trabajadoras aparecían invisibilizadas o reducidas a víctimas pasivas.

Me incomodó esa palabra: “virilmente”. La usaba Ramos al pedir a los hombres que defendieran a las obreras. La industria del tabaco, como muestran Baldrich y María del Carmen Baerga, estaba atravesada por una división de género muy estricta. Las mujeres cobraban menos y eran vistas como una amenaza para los tabaqueros varones. El Comunistareflejó y reforzó esa visión. Cuando las mujeres aparecen, lo hacen en un lugar subordinado. En su crónica sobre La Marina, Ramos describe sus condiciones infrahumanas, pero las presenta resignadas, necesitadas de protección masculina. Habla de su “resignación dolorosa” y llama a los hombres a defenderlas “virilmente”. El paternalismo de esa representación refuerza la idea de que las mujeres no podían ser protagonistas de la lucha. El discurso emancipador, así, se enredaba con un machismo persistente.

En la misma biblioteca, a unos anaqueles de distancia del microfilm, encontré la silueta de Luisa Capetillo. Su voz, incómoda y prudente, era el dilema que el periódico había silenciado. En 1909 editó La Mujer y en 1911 publicó Mi opinión sobre las libertades, derechos y deberes de la mujer, donde sostenía que la mujer debía “emanciparse del prejuicio, de la tradición y de la incapacidad que le han impuesto”. Capetillo vinculó el feminismo con el obrerismo socialista, desafiando al patriarcado tanto como al colonialismo. Mientras los redactores de El Comunista soñaban con una revolución de hermanos, ella reclamaba un espacio para las hermanas en la trinchera. Su ausencia en aquellas páginas no fue un olvido; fue una elección política. Fue una exclusión que delataba los límites de aquel sueño.

La clase como experiencia

Cansado de la pantalla, busqué las lecturas que logré sacar de mi mochila antes de entregarla al empleado que la pondría en el anaquel de la Colección Puertorriqueña hasta mi salida. En los tomos de García y Quintero Rivera, en el artículo de Baerga y en los mapas sociales de Baldrich, entendí que lo que estaba viendo en el microfilm no era solo un periódico, sino un fragmento de lo que E. P. Thompson llamó “experiencia de clase”. Era una cultura viva: un modo de sentir, hablar, organizarse e imaginar el mundo. No una simple relación económica.

La historiografía puertorriqueña ha dado un giro enorme en las últimas décadas. Maldonado Denis ya había cuestionado la narrativa tradicional de próceres con su lectura marxista de la élite colonial. García y Quintero Rivera pusieron la solidaridad en el centro del movimiento obrero. Pero fueron Baerga y Baldrich quienes, con lupa de género y oficio, desmontaron la homogeneidad de esa “clase”. Releí tres veces el pasaje donde Baldrich separaba a tabacaleros de tabaqueros. Comprendí que El Comunista era un documento imperfecto. Su grandeza estaba en su profecía poética, en su furia internacionalista y en su declaración de un ideal anarquista que rechazaba tanto el terrorismo como la política reformista. Su condena respiraba, en sus silencios geográficos y de género, y en las contradicciones que el propio periódico no podía ocultar. El conflicto entre tabaqueros de Cuba y Tampa. En la desconfianza hacia la política, la crítica a la Internacional como una “tortuga de patas cansadas”. Esa tensión atraviesa el periódico. El sueño de la emancipación, la sombra del patriarcado y el eurocentrismo. En las fisuras del internacionalismo práctico: esas no se resuelven, se miran de frente.

Legado y resistencia

Más que un periódico doctrinario, El Comunista funciona como un artefacto simbólico. Era un espacio donde la clase obrera puertorriqueña —recién formada, todavía incierta— podía verse como protagonista de una historia más grande que la isla. Su tono, entre exagerado y poético, cargado de imaginería religiosa y de un llamado explícito al sabotaje y la acción directa, formaba parte de una estrategia. Producir presencia donde antes había ausencia. Al mismo tiempo, el periódico cumplió una función pedagógica: educó a los trabajadores sobre la organización y la acción directa. Funcionó como espacio de debate interno, con polémicas y cartas de figuras como Luis Muñoz Marín. En la sección “Carta Abierta,” Muñoz Marín le escribe a Mijón para opinar sobre la vieja disputa entre acción directa y acción parlamentaria: en principio prefiere la primera, pero propone que socialistas y radicales se repartan el trabajo en vez de pelearse, y admira el sacrificio de los rebeldes aunque él milite en el ala socialista. Cierra con una tiraera: el Gompers de Puerto Rico es Rodríguez Vera, no Santiago Iglesias. (Santurce, agosto de 1920).

Aunque solo circuló entre 1920 y 1921, su impacto se extendió más allá. Fue parte de una tradición de prensa obrera que desembocaría en el Partido Comunista Puertorriqueño de 1934. Las huelgas de la caña, el tabaco, las cooperativas de tabacaleros, las veladas literarias de la “cruzada del ideal”, las tribunas rurales donde los “santos laicos” educaban al pueblo que describe Bird Carmona. Todo eso era el caldo de gestación del que emergió aquel periódico. No podía faltar, claro, la represión. El gobernador Arthur Yager se convirtió en el emblema de un estado que respondía con la Ley de Sedición a cualquier sospecha de bandera roja.

Leerlo invita a reflexionar sobre la relación entre cultura, política y las relaciones de género. Nos recuerda que la prensa, además de reflejar la realidad, también la construye. Recuperar esas experiencias es, también, abrir un diálogo con el presente. Las preguntas que se planteaban entonces —cómo lograr justicia social sin exclusión, qué papel juegan las organizaciones en la construcción de un país más equitativo, cómo se relacionan las luchas obreras con proyectos nacionales e internacionales— siguen siendo nuestras preguntas.

Leer hoy este periódico es escuchar un eco. El comunismo de entonces no es el de ahora, pero la necesidad de imaginar un futuro —exagerado, contradictorio— sigue siendo parte de la vida política del país. En las páginas fantasmales del microfilm quedó una sensibilidad, más que un programa. La intuición de que la representación puede ser arma, refugio, o tal vez solo un horizonte lejano. Cuando rebobiné el microfilm, apagué la computadora, lo entregué a la bibliotecaria, pedí mi mochila y salí pensativo de la colección. Me detuve en la calle cerca de la rampa que me lleva a humanidades, me di cuenta de que la luz todavía cegadora del atardecer no aclaró las sombras en mis ojos. Se quedaron allí un buen rato. El archivo se volvió fantasma, y yo sigo oyendo aquel eco que me devuelve a este tema. Buscando aclarar las sombras que se quedaron conmigo aquella tarde. La imaginación insiste en el futuro.

El periódico tuvo sombras. Silenció a las mujeres, ignoró al tabacalero del campo y borró al Caribe anglófono de su mapa. La fraternidad internacional no pudo ocultar los conflictos entre hermanos de oficio ni la desconfianza de los trabajadores hacia sus propias organizaciones.

Sin embargo, aquella tarde en Lázaro, mientras buscaba esas voces perdidas, el sueño no me pareció terminado. No sé qué hacemos con esa herencia. Sé que no puedo dejar de pensar en el tabaquero que nunca leyó ese periódico y en las mujeres que nunca aparecieron en sus páginas.

Tensión entre China y Taiwán

 

Por Isidoros Kardeniris

Las relaciones entre China y Taiwán están constantemente tensas desde su separación de facto en 1949 y están provocando tensión en las relaciones entre Pekín y Washington.

El 1 de octubre de 1949, Mao Zedong proclamó la fundación de la República Popular China en Pekín. Las fuerzas nacionalistas del partido chino Kuomintang, lideradas por Chiang Kai-shek, abandonaron China y huyeron a Taiwán (antiguamente Formosa), donde formaron gobierno el 7 de diciembre y prohibieron todas las relaciones entre la isla (oficialmente la República de China) y la China comunista.

En 1950, Taiwán se convirtió en aliado de Washington, que estaba en guerra con China en Corea. En junio de 1950, el presidente de los Estados Unidos, Harry Truman, ordenó a la Séptima Flota de los Estados Unidos que repeliera cualquier posible ataque de los comunistas chinos a Taiwán. Al mismo tiempo, se le pidió a Chiang Kai-shek que construyera fortificaciones en la costa de Taiwán para prevenir un posible ataque chino.

El Partido Progresista Democrático (PPD) de Lai Ching-te, que ahora está en el poder por tercera vez, considera a Taiwán como una nación soberana de facto con una identidad taiwanesa distinta y el mandarín como su idioma oficial. Cabe señalar que Taiwán tiene su propio ejército, moneda, constitución y ahora un gobierno elegido democráticamente (de 1949 a 1987 estuvo bajo un régimen autoritario de ley marcial), pero la mayoría de los gobiernos del mundo no lo reconocen como país independiente.

Hasta la fecha, sólo ha sido reconocido como Estado independiente por 12 países y no ha sido aceptado como miembro de organizaciones internacionales porque China insiste en que es una provincia propia, parte de su territorio, e impide su integración y reconocimiento.

Con el paso de las décadas, Taiwán se ha ido aislando cada vez más. Al mismo tiempo, sin embargo, los vínculos entre Taiwán y Estados Unidos se han fortalecido, con un aumento de las ventas de armas y equipo militar y una cooperación política de alto nivel bajo la popular predecesora mujer de Lai, Tsai Ing-wen, hecho que ha enfurecido a Pekín. Sin embargo, históricamente la posición de Estados Unidos en relación con Taiwán ha permanecido deliberadamente vaga, en particular en lo que respecta a si lo defendería en caso de una invasión china, la conocida «ambigüedad estratégica».

Estados Unidos lleva mucho tiempo caminando sobre una delgada línea roja. Así, en virtud de la llamada política de «Una sola China», Washington reconoce a la República Popular China como el único gobierno legítimo de China. También reconoce la posición de Pekín de que Taiwán es parte de China, pero nunca ha aceptado la reivindicación de soberanía sobre la isla por parte del Partido Comunista Chino.

Taiwán tiene una superficie de 36.197 km2 y una población de aproximadamente 23.400.000 habitantes. Su capital es Taipei, situada en el extremo norte. Es, además, una ciudad ultramoderna con un intenso desarrollo industrial de alta tecnología y designada oficialmente como una «ciudad alfa mundial», es decir, una ciudad que tiene un impacto directo en los acontecimientos mundiales de dimensiones sociales, económicas y políticas.

Además de la isla del mismo nombre, el país también posee 168 islas más pequeñas. Está separado de China por el estrecho de Taiwán y limita al norte con el mar de China Oriental, al este con el océano Pacífico y al sur con el mar de China Meridional.

Desde 1960, ha entrado en un período de rápido crecimiento económico e industrialización, y muchos economistas hablan del «milagro de Taiwán». Su economía está orientada a la exportación. Destaca en tecnología y actualmente es la 22ª economía más grande del mundo, a la vez que ocupa el puesto 34 en el ranking mundial en términos de PIB per cápita.

La posición de Taiwán en el mapa mundial la hace especialmente importante para las grandes potencias mundiales. La isla tiene una gran importancia estratégica para Estados Unidos, dada su proximidad a aliados cercanos de Washington en la región, como Japón, Corea del Sur y Filipinas. Además, el estrecho de Taiwán se considera crucial para el movimiento del comercio global, mientras que se estima que la isla produce el 60% de la producción mundial de microchips, componentes tecnológicos esenciales para la fabricación de teléfonos móviles y baterías de litio.

TSMC (Taiwan Semiconductor Manufacturing Company), con sede en el enorme parque científico de Hsinchu, es el mayor productor de semiconductores (o microchips) del mundo, con una capitalización de 2,2 billones de dólares.

En cuanto al equilibrio militar en el estrecho de Taiwán, éste está firmemente a favor de China y sería poco probable que el estado insular pudiera defenderse en caso de un ataque chino sin ayuda externa.

Bajo el presidente Xi Jinping, China ha intensificado su despliegue de poder militar, enviando un número récord de aviones de combate, drones y buques de guerra chinos alrededor de la isla y realizando ejercicios militares en respuesta a los intercambios políticos entre Estados Unidos y Taiwán.

El mensaje que Pekín envía a Taipei y Washington a raíz de esta actividad militar es clarísimo: “La independencia de Taiwán es incompatible con la paz. Se trata de un asunto interno que no admite injerencias extranjeras”. Además, en su discurso, el presidente Xi Jinping declaró: “Nadie puede detener la reunificación de China con Taiwán”, dando una clara advertencia a todas aquellas fuerzas que apoyan abiertamente la independencia dentro y fuera de la isla.

Taiwán, por su parte, exige que China ponga fin de forma permanente a su actividad militar en aguas vecinas, que, según afirma, socava claramente la paz y la estabilidad y perturba el transporte marítimo y el comercio internacionales.

Pero ¿qué consecuencias tendría para el planeta una guerra entre Estados Unidos-Taiwán y China? Un artículo de Bloomberg ya ha sostenido que un conflicto militar en Taiwán podría costar a la economía mundial una cantidad astronómica de 10 trillones de dólares, equivalente al 10% del PIB mundial, muy superior a las consecuencias económicas de la pandemia del coronavirus, la guerra en Ucrania y la crisis financiera mundial. Y, por supuesto, la sangre que se derramaría sería inconmensurable.

Para terminar, quisiera expresar la esperanza de que la situación no se agrave y se evite así una confrontación militar entre EE.UU.-Taiwán y China, que sería desastrosa, como se ha señalado, no sólo para la región sino para todo el planeta.

 

 

El autor nació en Atenas en 1967. Es periodista, corresponsal de prensa extranjera acreditado ante el Ministerio de Asuntos Exteriores de Grecia, además de economista, novelista y poeta. Sus artículos e  reportajes se han publicado en periódicos, revistas y sitios web de 130 países. Facebook: Karderinis Isidoros