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Concentración de la riqueza y desigualdad social

 

 

 

Por Frei Beto

En las últimas décadas, el mundo asiste a un fenómeno económico paradójico: la producción global de riquezas aumenta significativamente mientras que su distribución es cada vez más desigual. La acumulación en manos de una minoría privilegiada despierta inquietudes. Baste decir que 1% de la población global (80 millones de personas) acapara 2/3 de la riqueza de todo el planeta. Esa desigualdad abisal no es solo una cuestión moral, sino que significa un obstáculo al desarrollo sostenible, la cohesión social y la estabilidad política.

El avance tecnológico, la globalización y la expansión de los mercados financieros contribuyen a un crecimiento económico sin precedentes en muchos países. No obstante, los frutos de ese progreso son cosechados de manera desigual.

Esa concentración es alimentada por sistemas tributarios regresivos, exenciones fiscales a las grandes fortunas, paraísos fiscales y estructuras corporativas que priorizan las ganancias de los accionistas en detrimento de los trabajadores y la sociedad. De modo general, los más ricos ven crecer sus fortunas mediante rendimientos del capital, mientras que el pobretariado depende del trabajo asalariado o informal, muchas veces mal remunerado e inestable.

La desigualdad flagrante afecta directamente la calidad de vida de la mayoría de la población. Está asociada a peores índices de salud, una educación precaria, el aumento de la violencia y una menor movilidad social. Cuando una parte significativa de la población no tiene acceso a recursos básicos, oportunidades o representación política, se crea un círculo vicioso de pobreza y exclusión.

Algunos economistas alertan que la desigualdad compromete el propio crecimiento económico. Las sociedades más igualitarias tienden a ser más estables y productivas. Cuando la renta se distribuye más equitativamente, hay mayor consumo, innovación e inversión en capital humano. Por el contrario, la concentración excesiva de la renta reduce la demanda agregada y limita el potencial de desarrollo.

Otro factor que contribuye a la desigualdad es la transformación del mercado de trabajo. La automatización y la digitalización favorecen a los trabajadores altamente calificados y dueños de capital tecnológico, pero precarizan los empleos de baja calificación. El trabajo informal, los contratos temporales y la “uberización” de las relaciones laborales se expanden, muchas veces sin la debida protección social.

Las grandes empresas tecnológicas, las Big Techs, por ejemplo, se convierten en símbolos de esa nueva economía, y concentran fortunas inmensas y poder político. Sus fundadores acumulan miles de millones, mientras que millones de trabajadores enfrentan la inseguridad financiera.

Ante ese escenario, el papel del Estado resulta fundamental en la corrección de las distorsiones del mercado. Políticas públicas como los gravámenes tributarios a las grandes fortunas, el combate a la evasión fiscal, la inversión en educación y salud pública, un salario mínimo digno y una protección social amplia son instrumentos esenciales para reducir la desigualdad.

Algunos países nórdicos, como Finlandia e Islandia, han demostrado que es posible crecer económicamente con justicia social. Con sistemas tributarios progresivos y servicios públicos de calidad logran mantener altos niveles de bienestar y bajos índices de desigualdad. Esos modelos muestran que la equidad no es enemiga del crecimiento, sino una condición para su fortalecimiento.

La desigualdad no es solo un problema interno de cada país, sino que constituye un desafío global. Las cadenas productivas transnacionales, el sistema financiero internacional y los flujos de capital inciden directamente sobre la distribución de la riqueza entre países y dentro de ellos. Por eso resulta necesario un esfuerzo coordinado entre naciones para crear mecanismos más justos de gobernanza global, como la regulación de las redes digitales y los paraísos fiscales, la cooperación tributaria internacional y la promoción del desarrollo sostenible.

El aumento de la riqueza mundial, lejos de beneficiar a todos, ha acentuado las disparidades sociales y económicas. La concentración de la riqueza en pocas manos debilita la democracia, mina la confianza en las instituciones e impide la construcción de sociedades más justas y solidarias.

Esa disparidad demuestra que la democracia, tal como la conocemos hoy, es una falacia. ¿Cómo justificarla si la democracia política, basada en el sufragio universal, no se ve complementada por la democracia económica? Todos votan, pero no todos comen. Ante esta contradicción, la humanidad se enfrenta a una disyuntiva: compartir la riqueza, el socialismo; o la concentración, el poder político en manos de quienes ya detentan el poder económico, la autocracia plutocrática. Esta última tendencia se propaga en la actual coyuntura.

Combatir la desigualdad no es solo una exigencia ética, sino también una necesidad urgente para garantizar un futuro más equilibrado, inclusivo y sostenible para todos.

 

 

Concierto Ráfaga 50 en el Moneró

Reserven la fecha y sus boletos ya en Ticketera.com para «Rafaga 50» en «El Cafe Teatro Monero» del Centro de Bellas Artes de Caguas. Presentacion del nuevo CD y Concierto sera el sabado 22 de agosto del 2026 a las 7:00 pm). Mas detalles pronto!– “Ráfaga 50”

Asamblea de la Comunidad Teatral en Puerto Rico

22 de agosto de 2026

10:00 a.m.- 1:00 p.m

Teatro Francisco Arriví

El objetivo principal de esta primera Asamblea es recoger el sentir y las inquietudes de la comunidad teatral sobre la situación actual del teatro en Puerto Rico y definir qué factores están afectando directamente a nuestro ecosistema.

Este primer encuentro no estará enfocado aún en desarrollar soluciones específicas para atender las necesidades identificadas. El espacio está diseñado para visibilizar nuestras realidades, levantar un diagnóstico colectivo y trazar una agenda urgente de trabajo. Desde la organización colectiva, buscaremos puntos de convergencia y soluciones que sean viables para toda la comunidad teatral. 

Es un momento para escuchar, apalabrar nuestras necesidades y unirnos como gremio, trazando rutas en colectivo.

Su perspectiva y su voz son indispensables para mapear esta ruta. Sienta la total libertad de extender esta invitación a colegas de la dirección, la dramaturgia, el diseño, la regiduría, la actuación, las áreas técnicas, la producción, la gestión teatral, la educación, la administración de espacios, y cualquier otra persona que forme parte del ecosistema teatral del país.

Nos vamos de la vida, así, simplemente

Bernardo López Acevedo en las oficinas de CLARIDAD en Villa Capri. Foto :Archivo CLARIDAD

 

 

Especial para En Rojo

Para Damián, que supo el amor de su Padre

 

Compartimos una única vez, y descubrimos a un ser muy agradable, conversador y culto. Su hijo Damián, novio de nuestra hija Elizabeth, nos invitó un día a conocer a su padre: Bernardo López Acevedo. Bueno, la realidad es que compartimos mucho más: al leer su libro Sambumbia de plato principal y al conocer a su maravilloso hijo. Ese “guerrero de la palabra” partió a esa otra dimensión que a todos nos espera, pero dejándonos el regalo que supuso conocerlo y entender que a las palabras no se las lleva el viento cuando existen aquellos que se encargan de invitarlas a permanecer grabadas hasta darles vida.

 

Nos vamos de la vida. Así. Simplemente.

En un instante que apenas marca el tiempo y enlaza las palabras que vamos dejando y fuimos integrando en esos espacios de la vida. En un momento que apenas marca el tiempo, nos desconectamos del ritmo gentil que amerita respirar: inspirar, inhalar y exhalar, inspirar, inhalar y exhalar; tic tac, tic-tac, tic-tac.

¿Qué dejamos atrás?

Nuestras palabras, las huellas de su sentido en esos otros, los  que escucharon nuestra forma de decir y de hablar y de expresar.

Nuestras palabras, que una vez pasaron a habitar la superficie de un papel para encontrar su nido y habitar y que la mirada comprendió desplazándose entre ellas. Esas: las precisas, las irremplazables, las andantes, las que buscaron refugio, las que habitaban el alma, las del corazón y la razón, las firmes y las que de tanto guardarlas habitaban en lágrimas que bañaban nuestro espíritu.

Esas las palabras, por donde anduvo la mirada como mariposa tierna, danzante, anhelante de recogerlas para volar hasta la mente o el corazón o la acción o la espera de volver a ser andantes y a reencontrarse felices en otros espacios.

¿Qué dejamos atrás?

Las huellas de nuestros recuerdos como presencia y acciones y pasos entre vidas entrelazadas por lazos de amistad, de amor con vínculos indisolubles en el tiempo y en el espacio y en esta ahora soledad donde habitamos a la espera de esos que llegan a recibir nuestro abrazo y abrazarnos, a esperar nuestros pasos y convertirnos en huellas, a sentir nuestra presencia desvanecida en esta sensación que hoy es libre de ser.

¿Qué dejamos atrás?

El sonido de nuestra voz para esas otras frecuencias que habitan alejadas del oído humano que una vez encontró allí la realidad del silencio. Los que quedan lo saben: es esa sensación de reconocer que trascendemos la visión y nos vamos integrando a ese otro espacio real donde lo que escapa a la mirada del ojo humano se siente, lo que no se escucha se percibe…lo real va tomando esa otra presencia de presentir lo que habita en las cosas sencillas de la vida.

¿Qué dejamos atrás?

La espera de los días y las noches y el tiempo que una vez nos hizo transitar las experiencias vitales, las etapas de amor, la luz y la sombra, el viento y el mar, el cielo y las estrellas.

Y todo y todo eso que alguna vez nos mostró que la existencia, la presencia, la humanidad, es todo un espectáculo desde donde las palabras no alcanzan a expresarse ante las maravillas.

Y la sorprendente mirada que está tejida y entrelazada y vinculada a momentos que nos dejan sin palabras y sin voz y nos maravillan con esas hermosuras que una vez y muchas veces esperaron a ser apreciadas desde lo sencillo, desde lo profundo, desde esta eternidad con la que hoy resulta que observamos y escuchamos y olemos y gustamos y sentimos sin sentido… desde esta inmensidad para la que hoy sobran las palabras.

¿Qué dejamos atrás?

El todo y la nada. La esencia y los recuerdos.