Inicio Blog Página 45

El grosor nuestro de cada día (Reseña de GROSOR, por nibia pastrana santiago)

Especial para En Rojo

 

La propuesta coreográfica GROSOR de la coreógrafa y bailarina puertorriqueña nibia pastrana santiago, presentada el 15, 16 y 17 de junio en el Teatro Victoria Espinosa en Santurce, San Juan, Puerto Rico, fue tan impactante que decidí asistir dos veces. Viví esta doble experiencia en medio de un mes de investigación etnográfica en colaboración con estudiantes y colegas de la Universidad de Puerto Rico en Cayey, centrada en la adaptación ecológica y la agroecología feminista en Puerto Rico.

Para nosotros, ver GROSOR fue un clímax y una catarsis en el proceso colectivo de reflexionar sobre lo boricua, es decir, de analizar la cultura contemporánea y aprender a interpretar sus símbolos. Narrar el entramado que compone la cultura en Puerto Rico desde la experiencia vivida implica enfrentarse a un nudo imposible de desenredar; es contar un vaivén que hiere y abraza a la vez. Así entendí los cuerpos desnudos que se chocaban desenfrenadamente entre sí en esta coreografía de pastrana santiago. Los bailarines se lanzaban unos contra otros con tal fuerza que sus carnes resonaban, evocando choques automovilísticos e interpersonales que conducen a un cansancio íntimo y adolorido en la vida cotidiana.

Fotos suministradas por la autora

Describir la vida diaria en Puerto Rico con toda la amplitud de su agridulce grosor es una tarea que implica narrar o representar las energías contradictorias que recibimos en el espacio y tiempo que compartimos en este archipiélago invadido. Es nombrar un deseo que insiste y persiste a pesar de todo.

El antropólogo Clifford Geertz argumenta que “lo que en realidad enfrenta el etnógrafo (…) es una multiplicidad de estructuras conceptuales complejas, muchas de las cuales están superpuestas o enlazadas entre sí, estructuras que son al mismo tiempo extrañas, irregulares, no explícitas, y a las cuales el etnógrafo debe ingeniárselas para captarlas primero y explicarlas después” (La interpretación de la cultura, Basic Books, NY, 1973, p. 24). Siguiendo a Geertz, quien fundó la antropología interpretativa, interpretar una pieza como GROSOR solo es posible desde algún conocimiento compartido del entramado de multiplicidades y significantes que llamamos cultura.

GROSOR me colocó en el corazón de este (entr)amado enredo. ¿Cómo hablar de lo que ocurre en el presente con la falta de agua en Puerto Rico? ¿Qué más decir sobre lo que ha sucedido en los últimos diez años desde la aprobación de PROMESA en 2016, y a quién hay que decírselo? ¿Qué hacer con lo que aún se siente en el cuerpo desde el verano de 2019 o a casi una década de María? ¿Cómo y para qué describir el entramado de violencias, olvidos, gozos y creatividades inusuales que se entrelazan para sostener la vida en nuestro diminuto pero poderoso archipiélago y su diáspora hoy en día? En el bello y caóticamente preciso lenguaje artístico de pastrana, lo reprimido en la vida cotidiana retorna con energía y salvajismo, abriéndose espacio entre rabietas y momentos de descanso—un “bacalao pa’l público”.

En un final de la pieza que me resultó extático, los bailarines llenaron una casita de goma tipo “bouncy house”. La inflaron en el escenario hasta que se erguía, llena de aire, gorda, rica, temblorosa y acogedora. Uno a uno, los bailarines corrieron y se lanzaron dentro de la casita, brincando desnudos y abrazándose como niños. Saltaron juntos al ritmo de una música electrónica intensa, hasta llegar al cansancio, y luego se tiraron al suelo de entrada de la casita, buscando el aliento mientras esta se desinflaba. Las metáforas abundaron, desde la intimidad del sudor en el baile desnudo, hasta la incertidumbre de un gozo tan imposible de enunciar como ineludible.

A pesar de todo, ese gozo que no nos han podido quitar. La actriz Kairiana Núñez, quien asistió a una función especial el 15 de junio, me comentó durante el posterior jangueo que “nibia hace arte sobre su diario vivir.” Y así es. GROSOR es una pieza que aborda lo cotidiano y contemporáneo boricua desde una corporalidad fuerte, linda, lúdica, graciosa, tecnológica y, a veces, absurda, con una vulnerabilidad que no oculta ni por la que se rinde. Es una “reivindicación de la memoria” a través de la reincorporación del sinsentido de una lucha interminable desde el juego. El baile se convierte en una expresión de la frustración por la falta de democracia, de luz, de agua, de salud… Y por el vacío en el lenguaje que nos impide expresar eso que nos incita, el coraje infinito que nos motiva a seguir luchando, a seguir mirándonos con detenimiento, a veces sincronizando nuestros movimientos y a veces moviéndonos de forma explosiva.

Dentro del exquisito Teatro Victoria Espinosa, el público se sentó en el lugar donde normalmente se ubicaba el escenario, después de desfilar frente a enormes espejos que formaban parte de la escenografía. Al cerrar las puertas, los danzantes movieron los espejos frente a la audiencia y continuaron haciéndolo a lo largo de la pieza. Presenciamos cuerpos que bailaban con libertad, sin limitaciones impuestas artificialmente. Nos acostumbramos a ver bailes en los que se permitían todo tipo de movimientos, dentro de los cuales se valoraba cualquier intento de expresar algo que seguía siendo hermosamente inexpresable. La coreógrafa lideró el espacio, y los movedores Javier Cardona Otero, Awilda Rodríguez Lora y Pepe Álvarez Colón generosamente ofrecieron sus cuerpos. Todos demostraron una calidad de movimiento refinada pero rebelde, con una sutileza indómita y deliberada. Los gestos parecían simultáneamente improvisados y bien ensayados; sus pasos eran raros, conocidos y desconocidos, íntimos y descarados. El diseño de luces fue excepcional ambas noches en que pude ver la pieza, a cargo de Migdalia Luz Barens-Vera.

La iluminación, hermosa y compuesta de tonalidades refrescantes y ligeras, ofrecía momentos de descanso visual y permitía apreciar las variaciones de significado e interpretación sugeridas por los diferentes colores. El entrelazado de luces de Barens invitaba al placer y a la reflexión en diferentes momentos de la pieza, superando mis expectativas y complementando la coreografía.

El diseño de sonido a cargo de vaga (Kennie Miranda) fue divertido, con una sensación de novedad y singularidad. Se incluyeron muchos recursos culturales y refranes pasados y actuales en el diseño sonoro, como el ‘jingle’ de Kress y el de Glidden (“los colores de mi tierra”). Todos los elementos contribuyeron de manera coherente a la fuerza estética y afectiva de la pieza.

Ambas presentaciones que presencié pusieron en escena grandes talentos locales y una emocionante propuesta estética de una artista que sigue impulsándonos hacia el gozo de la danza como brújula liberatoria.

La autora es Profesora Asociada de Antropología en la Universidad Atlántica de Florida en Boca Ratón, agarrigalopez@fau.edu

La demagogia y su ilusionismo conducentes a la quiebra

 

Especial para En Rojo

Los puertorriqueños se han dejado engañar por el ilusionismo de la demagogia. Los problemas que iba enfrentando Puerto Rico se pretendieron resolver con taumaturgia política mediante continuas acreencias contraídas de manera desarbolada e irresponsable. Endeudamientos sobre endeudamientos sin respaldo cierto de una economía productiva para financiar el encantamiento demagógico de una aparente continuidad de progreso que desembocó en la quiebra fiscal y la bancarrota de Puerto Rico.

Las campañas electorales con eslóganes tales como “¡Pedro baila, Pedro!” convirtieron la política en un faranduleo sin contenido de ideas sobre buena gobernanza. El carisma de farándula sustituyó al carisma político. Lo que medió en las campañas electorales fue (y parece que sigue siendo) saber cuán cautivadora resulta ser la presencia escénica de un político, no cuán cautivadoras son sus ideas.

Poco a poco la política fue perdiendo contenido y la gobernanza de Puerto Rico fue atrapada por la financierocracia o financiarización sistémica. Un proceso económico en el que los mercados, instituciones y motivos financieros adquieren una influencia dominante sobre el funcionamiento de la economía y la sociedad. En lugar de que el sector financiero sirviera como una herramienta de apoyo para la producción de bienes y servicios (economía real), la acumulación de dinero a través de instrumentos financieros se convirtió en el centro de gravedad del sistema.

Para entender cómo esto opera, el fenómeno se puede dividir en tres niveles o dimensiones clave descritos por analistas en la materia:

Primer nivel: el gubernamental. Los gobiernos adaptan sus políticas públicas para satisfacer las demandas de los mercados de capitales. Elementos esenciales como la vivienda, la salud o los recursos naturales se transforman en activos financieros negociables (proceso conocido como bursatilización).

Segundo nivel: el corporativo. Las empresas no financieras priorizan maximizar el valor de las acciones a corto plazo. El capital se desvía de la inversión en fábricas, tecnología o empleo (economía real) hacia la recompra de acciones propias o la especulación en los mercados.

Tercer nivel: el doméstico. Las familias dependen de forma creciente del sistema bancario y del crédito para cubrir necesidades básicas como educación o vivienda. Los ciudadanos pasan de ser simples trabajadores o consumidores a convertirse en «gestores financieros» de sus propias deudas y fondos de pensión.

Los efectos y consecuencias se traducen en un aumento de la desigualdad en medio del enriquecimiento de correligionarios de élite a través del padrinazgo político.. El ingreso se transfiere de los salarios de los trabajadores hacia los poseedores de activos financieros, ensanchando la brecha social. Al ser más rentable la especulación financiera que la producción tradicional, se ralentiza el crecimiento de la infraestructura real. La desconexión entre el valor de los activos en el mercado y la economía real genera burbujas financieras recurrentes y crisis globales profundas. De ahí que la economía actual de Puerto Rico no sea realmente productiva, sino meramente funcional.

Siendo una economía cautiva de importaciones provenientes principalmente de Estados Unidos y centradas en el consumo, el aspecto de productividad característico de una economía real queda deformado. Bajo el dominio del consumo de las importaciones de la producción excedente de Estados Unidos y sin una economía productiva, Puerto Rico quedó a merced de la financierocracia.

Así, las prestaciones financieras del mercado de bonos mal utilizadas para crear un ilusionismo de progreso terminaron desembocando en la quiebra fiscal. La consecuencia de ello ha sido la Ley Promesa y la imposición desde Washington del supra gobierno de la Junta de Supervisión Fiscal para reestructurar la deuda y satisfacer el pago a los bonistas, principalmente de Wall Street.

Por no estar la economía de Puerto Rico sustentada en la producción de bienes, el pueblo puertorriqueño terminó atrapado en una burbuja financiera de excesivo endeudamiento. Y, por ende, en la quiebra fiscal y el colapso económico. La burbuja terminó explotando y todo se vino abajo. El endeudamiento sobrepasó los límites de la capacidad de pago relativa al valor total de su Producto Interno Bruto (PIB).Siendo la economía de consumo de Puerto Rico funcional, aunque no realmente productiva, la transferencia de fondos federales es lo que ha brindado al País la respiración artificial que mantiene la economía con vida. Y ante la insuficiencia de una economía real productiva de bienes y servicios, el sector financiero ha venido a ocupar un papel predominante en su economía.

El peligro estriba en no saber hasta cuándo dura la burbuja financiera. Eso no lo supieron detectar los taumaturgos de la demagogia política puertorriqueña. Su taumaturgia ignoró que para contraer tales acreencias se necesitaba una economía verdaderamente fuerte y sólida que complementara la actividad financiera con la riqueza creada mediante la producción de bienes y servicios. Era necesaria una economía real y no dependiente de endeudamientos que produjeron dinero que fue malbaratado.

 

Manual para intentar razonar tres días sin agua

 

Especial para En Rojo

Sacar de un clóset una gran nevera de playa. Encontrar adentro una caja con texto en chino y abrirla.

Confundirse ante lo que parece un experimento de escuela elemental o una instalación de arte contemporáneo. No entender cómo una regadera de ducha parece querer conectarse a un monitor de monóxido de carbono. Apretar primero un botón para luego descifrar el mecanismo. Descubrir una bomba de agua conectada a una regadera, guardada en una nevera de playa en un clóset.

Asimilar un producto inverosímil para cualquiera menos para quien tiene que desconfiar hasta de las funciones elementales del hogar.

Llenar la nevera de agua con la regadera permanente de la ducha, que en ese momento se va tornando más ajena. Comprender que el azar alberga cierta inteligencia. La bomba se sumerge en la nevera llena para hacer una nueva ducha.

Entender que cambian las reglas del juego y en cualquier momento lo elemental entra en estado de contingencia.

Intentar atajar lo previsible y aun quedarse corto. Prepararse con desconfianza para veinticuatro horas sin agua, a partir de las doce que estimaron y que la malicia no permitía creer, para encontrarse en la hora treinta y tres con un nuevo entendimiento de la crueldad del tiempo. No saber que terminarán siendo sesenta. Ir conociendo que hay otros que han dejado de contar las horas.Ver acabarse el agua de beber. Recurrir al agua embotellada y beber con timidez mientras se hace el cálculo ecológico de millones de botellas, por cientos de miles de consumidores, por incontables días y tener una nueva apreciación por el carácter contradictorio de nuestra existencia: que la escasez produzca derroche y que la infinidad astronómica de los números haya que imaginársela hecha de plástico.

Contemplar cómo el paisaje se trastoca con ensayos torpes de la normalidad. Por ejemplo, para evitar abonar a la acumulación de poliestireno, atreverse a comer en los platos de la casa. Recurrir al candungo diseñado para suplir agua en obras de construcción o en eventos deportivos, pero que en la vida aquí ha evolucionado hasta adquirir llave de grifo y hacerse dispensario de emergencia para los trastes del fregadero.

Abandonarse al lado oscuro de los objetos, que significa descubrirles nuevas funciones a cambio de que se les ponga en circunstancias infernales. Calcular cuánto falta para la hecatombe y considerar si pudiera elaborarse una arqueología de este desastre a partir de la ubicación inusitada de nuestros cachivaches.

Cualquier cubo de más de galón y medio para los inodoros. Cualquier vaso para sacar agua de la nevera de playa y poder lavarse las manos, una a la vez. Desplazarse al gimnasio del cuñado, que a diferencia de la tarde anterior sí tiene servicio de agua y, por suerte, tiene baños con duchas. Hacer del tatami de artes marciales el escritorio del día. Luego enterarse que, en la noche, el gimnasio estuvo sin luz. Observar cómo la catástrofe se va pareciendo al parpadeo de una constelación.Olvidarse de la ropa limpia y mirar con extrañeza la lavadora. Buscarle sitio a cisternas inexistentes que ya quieren reclamar un espacio en la casa. Sentir que la vida adquiere un carácter grotesco en la medida en que nada retiene su función o su lugar. Ir entendiendo que todo esto, que es innombrable y que trastoca el lugar de las cosas, también propicia que lo cotidiano se deforme con tal severidad y frecuencia que dificulta recordar propósito de las acciones. Abrir la pluma como si se tratase de una peregrinación de fe: ¿seremos dignos de que nos visite un milagro?

No darle más cabeza. Irse a la protesta de todos modos, apostando a un futuro de llegada incierta, pero probablemente posterior. Abrazar la disfunción impuesta como guía de comportamiento. Seguirle el compás al absurdo, como suena decir que uno puede congregarse frente a un edificio llamado World Plaza, que en dos ocasiones anteriores también ha sido nave espacial y ha aterrizado en un lugar llamado Milla de Oro. Arrestar el tránsito con un caminar circular, que allí debe ser fluido y lineal. ¿Qué mejor ordenamiento del espacio para evocar lo inapelable?

Hacerle ruido a una entidad incorpórea y omnímoda que desde allí ordena la realidad. Marchar y cantar consignas en un acto de ecolocalización, como quien dice “este es el lugar que ocupa aquello que desde la nada traza límites y hace las cosas desaparecer”. Encontrar dirección en el desorden de ese vacío.

Manifestarse es una práctica que queda fuera de la lógica de austeridad. Ante el mandato de guardarse en el mundo de los objetos trastornados, de economizar hasta el sudor y la sed, opone un derroche de existencia. Aparecerse en el espacio público reproduce lo insólito con un sentido constructivo. El cuerpo y la mente se ponen deliberadamente en un lugar inesperado y se disponen a producir algo que no se les ha solicitado.

¿Qué buscarán quienes dan vueltas en medio de la calle?

Los defensores tienen la mirada puesta en ello mientras los detractores afirman que se trata de algo que no existe. Permitirse intuir que es algo a medio camino, como una cosa que debería quedar a la mano y que a la vez tenga el carácter insólito de una dimensión nueva.

Debe ser algo tan simple como abrirle la pluma al agua y honrarla con un recipiente que no tenga la forma de la crisis.

Humor caribeño en estudio de Alejandra Cotto

 

En Rojo

 

El humor siempre ha sido un instrumento subversivo. Liberador. De Aristófanes al circo y al vodevil, o desde aquellas películas de Chaplin, Lloyd o Keaton, el humor ha migrado de las comedias estructuradas con sátira política y cantos, a las calles y teatros, al stand up, y al cine.

El periodismo ha sido también un ejercicio que se ha servido del humor y la ironía para atraer lectores y para hacerlos reflexionar sobre la sociedad. Porque de eso se trata.

Leí La risa subversiva: Humor e ironía en Paliques de Nemesio Canales e Indagación del choteo de Jorge Mañach. En el libro, el primero de la escritora Alejandra Cotto, pone a dialogar a dos escritores caribeños que utilizan la ironía como ingrediente principal de un humorismo que busca la transformación social. Canales, puertorriqueño, Mañach, cubano, escriben en un momento histórico en el que la intelectualidad asume un rol de guía de la sociedad revelando sus males. Obvio que Canales escribe en una colonia norteamericana y Mañach en una Cuba bajo la dictadura de Machado. Ambos quieren reformar actitudes a partí de una escritura amena pero que incite a la reflexión.

El libro es una versión de su disertación doctoral en el Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe. Por tanto, el aparato crítico está presente. Eso significa que no solo asistimos al diálogo de dos voces caribeñas en torno a la idiosincracia de nuestros pueblos, sino que nos ponemos al día con respecto a Bergson y Bajtín, dos teóricos que nos permiten seguir el análisis de la sociedad.

Es un acierto porque nadie escribió de manera más precisa sobre los mecanismos de la risa que Henri Bergson y Mijail Bájtin. En general, Bergson, consideraba que la risa tiene un papel educativo. Sirve para reforzar normas sociales al ridiculizar conductas que no se ajustan a ellas. La risa también se presenta como un medio para liberar tensiones y enfrentarse a la rigidez de la vida.

Bajtín, sobre todo en su análisis de la obra de Rabelais -¡tienen que leer Gargantúa y Pantagruel!-, destaca el concepto del carnaval como un espacio donde se invierten las jerarquías sociales. La risa, en este contexto, se convierte en una forma de resistencia y subversión.

Con ellos, sin olvidar a Sigmund Freud, se logra un análisis riguroso.

Cotto es profesora del Departamento de Español de la Universidad de Puerto Rico en Ponce. Allí dirige el Círculo literario. Ha publicado ensayos académicos y en el semanario cultural En Rojo, del periódico Claridad. Con este libro hace una buena aportación a la discusión sobre los modos en los que la escritura de principios del siglo pasado refleja e intenta definir nuestras identidades. Es un punto de partida para otros estudios sobre el tema.

La risa subversiva: Humor e ironía en Paliques de Nemesio R. Canales e Indagación del choteo de Jorge Mañach de Alejandra Cotto fue publicado por la Editorial Isla Negra, San Juan, 2026.

𝗖𝗿𝗼́𝗻𝗶𝗰𝗮 𝗽𝗮𝗿𝗮 𝗺𝗶𝗼𝗽𝗲𝘀

Especial para En Rojo

 

 

Boté mis espejuelos en el mar Cantábrico. La tarde extendida de las ocho, a finales de junio, y el clima agradable de Santander hicieron que me olvidara de que son las playas de Puerto Rico las que prefiero; pero llevaba tiempo sin tener contacto con el mar, así que me zumbé sin pensarlo.

Al salir del agua, me senté sobre la arena y, luego de varios minutos, decidí ponerme “las gafas”, que, en mi caso, siempre habían sido lunetas de esas que se superponen a los espejue… “¡Adiós, carajo, ¿y mis espejue…?! ¡Ay, no me digas que me tiré al agua con ellos!” Y salí corriendo como un loco hacia la orilla y, ya con el agua llegándome hasta las rodillas, me incliné a ver si con la poca visión que tenía, ayudado por lo transparentes y calmadas que estaban las aguas, podía dar con ellos. El chapuzón de hacía un rato había sido en lo llanito, así que más o menos por tres cuartos de hora yo era un siete de carne y hueso desplazándome por todo aquello. Lo único que terminé rescatando fueron las lunetas marrones que súbitamente divisé en el fondo. Lo demás, mis espejuelos, se habían perdido para siempre, a pesar de tener el “yo no me doy por vencido”, de Luis Fonsi, sonando en 𝘳𝘦𝘱𝘦𝘢𝘵 en la cabeza, con todo el optimismo que un sagitariano puede desplegar en estos casos. Un lugareño que me vio en ese predicamento me preguntó que si había perdido algo, y le dije “sí, mis gafas de ver… ¿conoce usted de alguna óptica por aquí cerca?” Me dijo que ya era muy tarde, pero que de seguro, si me apuraba e iba al centro comercial que queda cerca del aeropuerto podrían allí hacer algo por mí; cerraban a las diez, “así que, yo tú, voy ahora mismo”, me dijo. Le di las gracias por sacarme de mi testarudez, y entre buscar mi bulto y ponerme los pantalones y salir a la entrada de la playa, ya estaba yo, ciego como Mr. Magoo, gestionando el Uber que en quince minutos me tiraría en el 𝘮𝘢𝘭𝘭 aquel al que apenas le quedaría una hora para cerrar. Cuando llegué, al verlo todo empañado, me dirigí a una muchacha que estaba en un 𝘣𝘰𝘰𝘵𝘩 y le dije que por favor me dijera dónde estaba la óptica. “Es esta que está aquí detrás”, me dijo señalando el establecimiento que quedaba a menos de quince pies de donde estábamos, así de ciego estoy.

Las dos muchachas que me atendieron abrieron los OjOs cuando les relaté mi infortunio, y me dejaron saber que estaba algo apretado el poder hacerme anteojos graduados con carácter de urgencia. No obstante, me mencionaron que sería posible resolverme con lentillas que pudieran ayudarme con la miopía. Hacía más de un cuarto de siglo que yo no usaba lentes de contacto, y, aunque tengo tanto miopía como astigmatismo, yo lo que necesitaba era continuar mi viaje con cierta normalidad, es decir, poder ver de lejos, dejar de ver la vida empañada. Entonces, pasé a que una de ellas me hiciera el examen: la primera máquina del punto a lo lejos, y luego las consabidas letras. “Este mejor que el otro, déjame ver el anterior, sí, mejor ese…” Cuando, finalmente, ella montó la receta en el marco de prueba, puede ver con alivio los contornos de las cosas que estaban dentro de aquel cuartito y, de repente, me topé con la monoestrellada de azul clarito, que la tenía ella hecha en una de sus uñas. “¡Oye, esa es la bandera de Puerto Rico!”, le dije con una amplia sonrisa. “Sí, es que la semana pasada fui a Madrid ver a Bad Bunny”, y añadió “qué guay” cuando le dije que yo era boricua; también me dijo que el concierto le había gustado mucho.

Ella buscó unas cajitas con el material y me dijo que procediera. Llegó el momento de ponerme los lentes: mis ojos ven de forma muy diferente, así que me recordó que no debía confundir el izquierdo con el derecho. El diminuto 𝘴𝘲𝘶𝘪𝘴𝘩-𝘴𝘲𝘶𝘪𝘴𝘩 del contacto con la córnea fue una sensación que me resultó familiar y me los terminé poniendo sin dificultad. ¡Por fin vi! “Son lentes desechables. Aparte de estos cinco pares de prueba, tienes aquí suministro para treinta días, cada día te colocas un par nuevo”, me dijo. Recordé las bondades de la lubricación en los asuntos ojales, y le pregunté si tenían gotas. “Sí, tenemos estas. Pasa ahora con mi compañera”.

Desde que me senté frente a la primera máquina para hacerme el examen, me estuve mentalmente engrasando el 𝘥𝘦𝘳𝘳𝘪𝘦̀𝘳𝘦. “El sablazo va a llegar”, pensé. Saqué la cartera y respiré profundamente. “Son cincuenta y siete euros: cincuenta y cuatro por los treinta pares, los cinco de prueba son gratuitos, y tres por las gotas”. El examen no forma parte de la factura. Me quedé perplejo por lo acostumbrados que estamos a que nos claven solo con el examen; y, con lo demás, ni pa allá miremos.

Después de todo, fue una experiencia linda, llevaba más de quince años aferrado a aquella montura que se perdió en las aguas del Cantábrico, pero los ejercicios de desapego son necesarios, ya que nos hacen mirar las cosas con ojos frescos