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A un año de la osada apuesta de Plan B Independencia

Carlos Rivera Lugo, Rolando Emanuelli y Martha Quiñones

Los elementos tácticos menores nunca deben nublar lo estratégico. La independencia, ya sea porque la metrópolis cumpla con el Derecho Internacional o porque la arranquemos con lucha se acepta y ya.

Edwin Hernández Feijoó

Especial para Claridad

Hace poco más de un año se dio a conocer la propuesta descolonizadora de Plan B Independencia, un grupo inicialmente integrado por doce juristas, economistas y profesores. “Una guerrilla de nerds” nos llamó la periodista Wilda Rodríguez. La propuesta fue divulgada inicialmente desde Londres el 7 de marzo de 2025 por el Daily Mail, cuyo corresponsal en Washington DC reportó que estaba moviéndose por los círculos de poder allí un borrador de Orden Ejecutiva (OE) para la firma del presidente Donald Trump dirigido a darle la independencia a Puerto Rico.

El fantasma de la independencia recorría la capital federal, opacando incluso la celebración de una llamada Cumbre por la Estadidad que se efectuaba allí en ese momento, organizada por el gobernante Partido Nuevo Progresista (PNP). Cundió enseguida el temor entre colonialistas y colonizados de que Trump pudiese emitir otra Orden Ejecutiva de las tantas firmadas por él en esos días, esta vez para traer la independencia a Puerto Rico, ya no por la cocina sino que por la puerta de enfrente. Concebida como una movida “outside the box” por los redactores y promotores del borrador, a modo de una ruptura paradigmática con el marco acostumbrado del debate político en Puerto Rico, tomó al país por sorpresa y revolcó el tablero político. La independencia aparecía tomarse la iniciativa estratégica.

En el borrador de Orden Ejecutiva para la firma del Presidente de Estados Unidos, se conminaba a éste a disponer de inmediato del territorio colonial de Puerto Rico para iniciar un proceso de transición hacia su soberanía e independencia, en cumplimiento de sus obligaciones bajo el derecho internacional. Rolando Emmanuelli, Edil Sepúlveda y yo, en representación del Plan B Independencia, nos reunimos para hablar de nuestra propuesta con representantes de las oficinas congresionales de los influyentes senadores John Thune, líder de la mayoría Republicana, y Mike Lee, líder Republicano en el Comité de Energía y Recursos Naturales, el cual está a cargo de los asuntos insulares, incluyendo Puerto Rico. En ambos casos reconocieron que era la primera vez que se les planteaba la independencia como una opción alternativa a la estadidad para poner fin a nuestra condición colonial.

Algo parecido protagonizó Eugenio María de Hostos en 1899, al frente de una Comisión Puertorriqueña, con su propuesta para que se reconociese nuestra soberanía para decidir libremente sobre nuestro futuro, la cual fue sometida al entonces mandatario de Estados Unidos, William McKinley. Ambas propuestas son tan democráticas como lo fue también la abolición de la esclavitud en su tiempo, para lo que no hizo falta hacer consultas previas. A nadie se le ocurriría exigir el consentimiento de los esclavos para validarla. El colonialismo es una condición que ha sido igualmente proscrita bajo el derecho internacional, como también lo ha sido el genocidio y la tortura. Alegar que se requiere el consentimiento del colonizado para ponerle fin es absurdo.

Un nuevo despertar del movimiento independentista

La iniciativa del Plan B Independencia, hoy organizado como centro de pensamiento para la acción, formó parte de lo que sería un nuevo despertar del movimiento independentista y una potenciación de lo que a todas luces es un crecimiento del apoyo a la independencia en nuestro país. Ello quedó claramente evidenciado, por ejemplo, en el marco de las elecciones generales de noviembre de 2024. En éstas, un candidato independentista a la gobernación, Juan Dalmau, obtuvo un 31 por ciento del voto, quedando en segundo lugar. Por otro lado, en la consulta plebiscitaria efectuada conjuntamente con las elecciones generales, el resultado obtenido por la independencia fue un 30 por ciento y un 12 por ciento para la libre asociación. No soy de los que me creo el cuento ese de que las maquinas electorales en lo único que se equivocaron fue con el resultado del apoyo por la independencia. Las opciones por la soberanía, junto a los votos en blanco sometidos en protesta, alcanzó un 43 por ciento, mientras que el voto por la anexión fue de un 48 por ciento, un claro descenso en relación a lo obtenido en consultas más recientes.

El pasado 11 de enero tuve el honor de ser invitado por la Comisión Nacional Hostos 180 para ser el orador principal en los actos conmemorativos del natalicio del insigne patriota puertorriqueño celebrados en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras. En mi mensaje comparé las propuestas de soberanía articuladas por Hostos entre 1898 y 1900, y la de Plan B Independencia, del cual soy uno de los portavoces. Ambas se dan en contextos similares caracterizados por guerras del imperialismo yanqui empuñando un alegado destino manifiesto para dominar sobre las Américas, tanto el norte como el sur, incluyendo las Antillas. Sin embargo, existe una gran diferencia entre ambas coyunturas históricas: la guerra hispano-cubana-estadounidense de 1898 se produce en un momento de ascenso del imperialismo estadounidense, mientras que la guerra mundial que ha desatado en la actualidad se da en un momento de franco declive de éste en un mundo caracterizado por su creciente multipolaridad.

Sin embargo, el declive estratégico de Estados Unidos se manifiesta asimismo al interior de ese país donde se están dando crecientemente las condiciones para que se desate una guerra civil ante la gobernanza autocrática o, si se prefiere, fascista impuesta bajo la presidencia de Trump. También, en Puerto Rico se vive el colapso del régimen colonial que, al igual que en Estados Unidos, se torna cada vez más dictatorial y corrupto, incapaz de atender las necesidades más apremiantes del pueblo. Así como ocurre con el régimen trumpista, en Puerto Rico el gobierno colonial se afana asimismo por tomar control del proceso electoral para asegurar, a la trágala, su continuidad. He allí el Plan A, el del régimen colonial, el cual incluye seguir promoviendo de boca la anexión a pesar de su rechazo en Washington DC, además de su sumisión a las nuevas políticas discriminatorias y antidemocráticas promovidas por el gobierno de Trump. Incluso, más recientemente, se han ido denunciando vínculos del partido anexionista gobernante con el narcotráfico, lo que ha llevado a que se empiece a describir a Puerto Rico como una narcocolonia.

Ante ello, tanto aquí como allá, se va devaluando el llamado Estado de derecho democrático, si acaso en la colonia se puede hablar de democracia. En el fondo, el estado de derecho colonial se ha quitado la mascara y han muerto sus ficciones seudodemocráticas detrás de las cuales se ocultan las relaciones sociales y de poder en que se basa realmente el régimen colonial-capitalista apuntalado aquí por Washington. De consentimiento, nada; más bien alegría de caballo capao’, sería como lo describiría crudamente un viejo compañero. Al desnudo queda el orden de batalla entre las fuerzas políticas y las clases sociales en que se divide nuestro pueblo y el imperio que nos sojuzga. Y al igual que en los tiempos de Hostos, así como de Albizu, nos enfrentamos a la suprema definición: yanquis o puertorriqueños. Y es hora de que se entienda de que sólo existe aquel derecho que en los hechos se logre imponer mediante nuestra lucha.

Negociar de tú a tú con Washington

Hostos insistía en la ilegitimidad del Tratado de París de 1898, ya que fue negociado a espaldas nuestras e impuesto sin nuestro consentimiento. De ahí que no tiene porque obligarnos jurídicamente. Ante ello, Hostos entiende que lo que correspondería es la revolución contra el orden de sujección colonial, aunque se ve forzado a admitir que no existen las condiciones para una independencia inmediata, dado que tiende a prevalecer entre las elites políticas de entonces un ilusionismo anexionista. De ahí que ante la inexistencia de una protesta revolucionaria y armada contra nuestra invasión y ocupación en 1898, y con la posterior consolidación del régimen colonial bajo la Ley Foraker de 1900, sólo quedaba la posibilidad de una protesta jurídico-política.

Es importante entender que para Hostos cualquier negociación con el imperio debía ser de tú a tú, entre dos pueblos soberanos. Sólo así, es decir, pensando, hablando y actuando como un pueblo soberano y demostrando la capacidad para autogobernarnos y hacernos cargo de nuestro propio desarrollo, es que se podría lograr el reconocimiento de nuestros derechos nacionales. Si nos pensamos y actuamos como meros subordinados coloniales, incapaces de ser protagonistas de nuestro propio futuro, no se adelantaría nada.  De ahí que su propuesta era esencialmente a favor de la terminación del régimen de ocupación colonial y su sustitución por un gobierno civil basado en la soberanía del pueblo puertorriqueño. Éste tendría a su cargo el desarrollo soberano de las instituciones políticas, económicas y sociales, incluyendo las educativas, que permitiese a Puerto Rico decidir su destino final como pueblo en un plebiscito al cabo de un periodo de transición de 25 años. Hostos favorecía la independencia y reclamaba que ese sería un derecho inalienable aún de ganar la anexión en la consulta.

Por su parte, la propuesta hecha por Plan B Independencia opta por una ruta diferente a la del plebiscito planteada por Hostos, ya que se entendió que la experiencia concreta habida con este mecanismo en Puerto Rico lo ha reducido a un concurso de simpatías en torno a opciones abstractas que no cuentan con compromiso concreto alguno de parte del gobierno estadounidense. Aparte está la cuestión de hasta dónde puede existir realmente una libre determinación en medio de la dependencia estructural existente, la cual es constitutiva asimismo de una subjetividad colonial.

En adición a lo anterior, el mecanismo del plebiscito ha sido el instrumento del que ha dependido el Congreso de Estados Unidos, en el ejercicio de sus poderes plenarios bajo la Cláusula Territorial de la Constitución federal, para alegadamente auscultar las preferencias políticas de nuestro pueblo. Se basa en una premisa engañosa: que el pueblo puertorriqueño decida. Sin embargo, en realidad la decisión final la tiene el Congreso y éste hasta ahora se ha negado a validar resultados favorables al mayor desarrollo autonómico del llamado estado libre asociado o a la anexión de Puerto Rico a Estados Unidos. Si algo ha quedado claro es que ninguna de esas opciones cuentan con una mayoría congresional y, más recientemente, ni de la presidencia en el caso de la anexión por entender que sería altamente destructiva para el balance de poder entre Republicanos y Demócratas. En todo caso, la anexión cuenta en la actualidad con mayor apoyo en el Partido Demócrata, aunque por razones de oportunismo político. Finalmente, está la dificultad demostrada para poner de acuerdo a 535 congresistas en torno a una cuestión tan altamente controvertible como la disposición del territorio colonial de Puerto Rico.

La política como la guerra por otro medio

Al igual que Hostos en su tiempo, entendemos que tampoco hoy están dadas las condiciones ni existen las fuerzas propias, incluyendo las armadas, que serían necesarias para proclamar unilteralmente nuestra soberanía e independencia. Ante ello, sólo nos queda negociar políticamente. La política es la guerra por otro medio, sentenció Clausewitz. No se trata de pedir permiso sino que de organizar y afirmar, eso sí, por medio de hechos concretos y no meros deseos, nuestra voluntad soberana para forzar una salida inmediata de nuestra condición colonial hacia la independencia. Hay que convertir a Puerto Rico en un problema que Washington no pueda seguir ignorando.

Dicho lo anterior, al igual que Hostos, Plan B Independencia se ha propuesto avanzar un proceso de descolonización hacia la soberanía de Puerto Rico por medio de la Rama Ejecutiva y no el Congreso. Una Orden Ejecutiva permitiría tomar el toro por los cuernos con una propuesta definitiva e inmediata de descolonización hacia la soberanía e independencia, lo que dificilmente facilitaría un proceso de legislación congresional. Descartamos las pildoras venenosas de la llamada estadidad o el desarrollo autonómico del ‘ela’ como opciones, por no contar éstas con el apoyo congresional o presidencial necesario. Tampoco se favorece la libre asociación como opción, por entender que ésta solo serviría para insertarnos en una relación neocolonial como las que existen entre Estados Unidos y el Estado Federado de las Micronesias, la República de las Islas Marshall y la República de Palau. El independentismo se tiene que concentrar en el objetivo de constituirse en una fuerza propia, con una agenda propia y dejar de verse como mero facilitador de proyectos históricos que no son el suyo y que no constituyen una solución definitiva a nuestro problema colonial.

Así las cosas, la Orden Ejecutiva propuesta lee inicialmente como sigue:

“De conformidad con la expansión constitucional de la autoridad presidencial que se ha experimentado en los últimos tiempos en Estados Unidos, encaminándose éste recientemente hacia un sistema presidencialista y, más específicamente, su autoridad para decidir y representar la política exterior, se decide la disposición del territorio y el fin de su status territorial como botín de guerra y mera posesión colonial, según legalizado por el Tratado de Paris de 1898 y la Cláusula Territorial de la Constitución de Estados Unidos.”

“Se dispone el traspaso de todos los poderes soberanos al pueblo de Puerto Rico en un periodo de dos años conforme al poder de política exterior del Presidente, acompañado del poder del Congreso para ratificar cualquier tratado que se suscriba o de aprobar cualquier legislación habilitadora en apoyo a la transición.”

Bajo la OE se establece una Comisión para la Transición, el cual operará a modo gobierno provisional que tendría a su cargo todo lo relativo a la transición. La vida de la Comisión  no se extenderá por más de dos años, al cabo de los cuales deben haberse dado el traspaso completo de poderes soberanos y funciones gubernamentales. Estará a cargo de administrar los fondos federales asignados para garantizar una transición ordenada. Se provee para que el gobierno colonial (territorial) siga a cargo de proveer los servicios públicos esenciales a la población, hasta el momento de que Puerto Rico acceda a la soberanía. En ese momento se disuelve el gobierno llamado territorial.

Por una Asamblea Constituyente y no meramente de Status

Asimismo, se provee paralelamente para la organización y operación de una Asamblea Constituyente para la revisión de la Constitución actual o la redacción de una nueva. Ésta debe ser aprobada por el pueblo en referéndum al cabo del primer año del periodo de transición. Una vez aprobada se pasará a realizar el proceso para elegir las nuevas autoridades del Gobierno soberano e independiente de Puerto Rico. También tendrá a su cargo disponer de una reestructuración de carácter constitucional de los procesos de consulta electoral o referendos.

Se trata de una Asamblea Constituyente que se diferencia de la Asamblea Constitucional de Status que promueven algunos sectores del independentismo, la cual se realizaría dentro del marco colonial, y bajo la cual se incluye, por ejemplo, la anexión como opción. En ese sentido, la propuesta de Plan B Independencia trata de una Asamblea soberana, es decir, con poderes constituyentes de la nueva República, tal y como impulsada por Pedro Albizu Campos y Filiberto Ojeda Ríos. Así también fue definida bajo la Resolución radicada por el congresista social demócrata Ronald Dellums en 1982, con el asesoramiento de Juan Mari Brás y el constitucionalista estadounidense Arthur Kinoy.

Se provee para un proceso de transición ordenada que posibilite romper con la dependencia colonial en fondos federales y encamine a Puerto Rico hacia el desarrollo de una economía social productiva, autosustentable y solidaria, de conformidad con una planificación estratégica que provea para el bienestar y el progreso general. Ello incluye la condonación de la deuda pública para facilitar la transición económica ordenada, pasándole al Departamento del Tesoro federal la responsabilidad para hacerse cargo de cualquier obligación existente o futura en relación a ésta. Se entiende que la deuda es odiosa y no nos corresponde asumir la responsabilidad de su pago. Además, el Plan B Independencia desarrolló y presentó públicamente un Plan Económico Nacional más concreto y elaborado para los primeros 20 años de independencia. En ese sentido, nuestra propuesta es también un mapa de ruta hacia nuestra prosperidad común como pueblo.

En cuanto al tema de la ciudadanía, se provee para una ciudadanía  puertorriqueña, así como para la ciudadanía dual para los que les interese seguir contando con la ciudadanía estadounidense. Se garantiza la ciudadanía estadounidense para los nacidos en Puerto Rico antes de la independencia. Se dispone para el libre tránsito de ciudadanos entre ambos países. Lo anterior resulta de fundamental importancia dado el hecho de que aproximadamente el 60 por ciento de nuestro pueblo reside actualmente en Estados Unidos.

Sobre política exterior y defensa, se afirma nuestro derecho soberano para decidir libremente al respecto, para integrarnos a aquellas organizaciones internacionales que estimemos como, por ejemplo, la ONU, y suscribir aquellos acuerdos internacionales que entendamos estén conformes a nuestros intereses como nación indepediente. Puerto Rico deberá organizar sus propias fuerzas militares y policiales para la defensa de su soberanía e independencia.

A menudo se nos pregunta si tenemos constancia de que el borrador de OE haya llegado a Trump. Y si bien no dudamos que nuestra propuesta llegó a circular también en Casa Blanca y en oficinas del Ejecutivo, si llegó o no a manos de Trump no tenemos cómo saberlo ni es lo más importante. El objetivo nuestro en última instancia era colocar nuevamente la necesidad y viabilidad de la independencia de forma destacada sobre el tablero político, tanto en Washington DC como en Puerto Rico, lo que claramente se logró. Aún así, pronto pudimos confirmar que muy poco se puede mover el asunto más allá que no sea con la mediación de cabilderos, lo que tiene un costo. A ese propósito se ha creado e incorporado en Estados Unidos una organización sin fines de lucro 501(c)(3), conocido como The Republic Project (El Proyecto de la República), la cual estará dedicada a promover políticamente la independencia de Puerto Rico, incluyendo la recolección de fondos para educar y cabildear hacia ese fin.

Seguir sumando y avanzando hacia la independencia

Más recientemente, Plan B Independencia ha estado participando, con la organización de la diáspora Puertorriqueños Unidos en Acción (PUA), de unos esfuerzos a favor de la iniciativa legislativa anunciada por el congresista republicano por California, Tom McClintock, a favor de la descolonización de Puerto Rico hacia su independencia nacional. A esos propósitos compartimos con su oficina congresional copia de un borrador de un proyecto legislativo, redactado por nosotros, que parte del traspaso previo de la soberanía al pueblo de Puerto Rico para que se pueda negociar con Estados Unidos los términos de una descolonización hacia la independencia. Copia del proyecto fue compartido también con la congresista Nydia Velázquez.

Ahora bien, más recientemente McClintock ha anunciado que estará solicitando previamente un estudio sobre la independencia, aunque también ha dicho que contempla ahora que cualquier consulta plebiscitaria que se disponga en su proyecto debe incluir también las opciones de la anexión y el actual territorio no-incorporado, es decir, la colonia. De prevalecer finalmente esta reorientación, me temo que estamos ante más de lo mismo. Habrá que ver si se puede lograr que el proyecto vuelva a su propósito inicial.

Por otro lado, no hay duda de que la deriva autoritaria y guerrerista de Estados Unidos, incluyendo la remilitarización de nuestro país en función de su renovada agenda intervencionista en Latinoamerica y el Caribe, tiende a complicar sobremanera  las circunstancias. Al igual que le ocurrió a Hostos con McKinley, Trump ha tendido a optar en lo inmediato por el reapuntalamiento de nuestra condición de subordinación colonial en función de su agenda geoestratégica de dominación, tanto fuera como dentro de Estados Unidos.

A pesar de ello, no damos por pérdida la apuesta jurídico-política hecha por Plan B Independencia. Sigue siendo válido nuestro argumento de que la independencia es la opción que permite una redefinición mutuamente beneficiosa de las relaciones entre Puerto Rico y Estados Unidos. Además, dado el rechazo reiterado de Trump a la anexión, sobre todo por entender que alteraría la relación de fuerzas en el Congreso federal en contra del gobernante Partido Republicano, no entiendo como éste y sus allegados más cercanos no logran tomar consciencia del hecho de que la manera más efectiva de cerrarle la puerta, de manera definitiva, a esa amenaza, lanzada reiterada y oportunistamente hace poco por algunos líderes del Partido Demócrata, es mediante la independencia de Puerto Rico. En ese sentido, los Demócratas se erigen igualmente en una amenaza autoritaria e colonialista al contemplar imponer la anexión de Puerto Rico en función de su propia agenda político-partidista.

En fin, el Plan B Independencia sigue vivo y luchando. Desde nuestros comienzos hemos también estado dedicado a promover la concertación necesaria de la pluralidad de fuerzas independentistas que organizaron la pasada Marcha por la Independencia de agosto de 2025, efectuada en San Juan, e incluyendo esta vez  al Partido Independentista Puertorriqueño, este próximo 18 de julio se vuelve a marchar a favor de nuestra liberación.

Nos reafirmamos en la creencia de que la coyuntura actual es para seguir sumando y avanzando en torno a la independencia. Aún una agenda de cambio centrado en el ofrecimiento de un buen gobierno, se quedaría corta sin el poder soberano para decidir y construir el nuevo Puerto Rico que se necesita, de conformidad con nuestra propia realidad y nuestros propios intereses nacionales.

 

 

El país de los «unos» separados: una cruda lucidez entre las ruinas del Líbano

Enviado especial de Claridad de Puerto Rico en El Líbano

 

El sur del Líbano se está borrando del mapa. Pueblos enteros como Zabdin o Ansar contemplan hoy cómo sus hogares quedan reducidos a escombros por una invasión israelí tan injustificada como programada, parte de un genocidio que parece imparable. Las cifras oficiales desde marzo pasado son espeluznantes: más de 2.800 muertos y aproximadamente un millón doscientas mil personas forzadas a huir de sus casas en un éxodo desesperado. Y sin embargo, a pocas horas de coche hacia el norte, en los vecindarios acomodados de Beirut, la vibrante vida nocturna no parece verse afectada. Es un contraste obsceno: la música retumba en los clubes de moda, las terrazas lucen llenas y el alcohol fluye con total normalidad mientras, a escasos metros, miles de tiendas de campaña de familias desplazadas se agolpan de manera precaria junto al exclusivo puerto deportivo y a lo largo del paseo marítimo de la capital.

Existe un mito internacional muy arraigado que alaba de forma casi romántica la «resiliencia» del pueblo libanés. Sin embargo, esa supuesta fortaleza colectiva es un espejismo que el viajero descuidado no percibe fácilmente, encandilado por la hospitalidad local. A poco que uno preste atención a las conversaciones cotidianas con los taxistas, los conserjes de los hoteles o los barberos de barrio, se va desvelando otra realidad. Emerge entonces la necesidad casi patológica de muchos libaneses de criticar al «otro», de culpar a la facción contraria de la miseria compartida y de marcar distancias insalvables dentro de un mismo territorio. En el Líbano, donde están reconocidas diecisiete sectas, la diferencia no es un punto de encuentro, sino un motivo sistemático de desprecio y una desconexión egoísta donde el sufrimiento del vecino es solo un ruido de fondo molesto.

«Nos preocupan más los ladrillos que tenemos encima y cuánto costaron que los niños y los hombres que mueren», denuncia una voz que disecciona la realidad con una precisión quirúrgica.

«Nos importan más nuestros matcha (té libanés) y nuestros capuchinos que defender a una persona a la que le están despojando injustamente de su casa por quinta vez».

 

El caballero del Levante

 

Rami Raef Kobeissi es un personaje extraordinario, poseedor de una capacidad narrativa y argumentativa completamente fuera de lo común. Rami evoca de inmediato el empaque magnético, la elegancia un tanto cínica y la voz profunda de un Jeremy Irons convulsivo levantino. Habla a borbotones, encadenando reflexiones geopolíticas y sociológicas de una densidad abrumadora, ya sea en un inglés aristocrático o en un árabe deslumbrante.

Aunque abandonó la educación formal en el décimo grado, despliega una amplia y generosa cultura general y un conocimiento profundo de las religiones y de la historia de la región que deja a cualquiera sin argumentos. Rami es un observador implacable de las taras de su propia sociedad, y su veredicto sobre el sectarismo estructural es devastador: el Estado no existe como una comunidad unida, sino como un archipiélago de egoísmos.

«En el Líbano no somos un solo pueblo. Somos uno, más uno, más uno, más uno… No somos uno; somos ‘unos’. Unos separados. Mientras no me esté pasando a mí, todo el mundo puede quemarse».

Para explicar la profunda desconexión moral que asfixia a su sociedad, Rami recurre a la lucidez satírica de Ziad Rahbani, el irreverente e icónico dramaturgo y compositor libanés que revolucionó el teatro nacional durante los años más duros de la guerra civil. Rahbani, célebre por abarrotar simultáneamente los teatros de Beirut con obras que desnudaban las miserias del conflicto, legó una célebre analogía matemática sobre la identidad de su país al afirmar que si varios libaneses se encuentran, no forman un colectivo, sino una fría suma de individualidades: «uno, más uno, más uno…». Rami rescata este concepto para ilustrar cómo el sectarismo estructural y las diecisiete sectas reconocidas en el territorio han pulverizado cualquier posibilidad de cohesión social. En esta fórmula de egoísmos confesionalistas, los ciudadanos no se consolidan como un tejido común ni como un verdadero Estado, sino como un archipiélago de fragmentos aislados donde la empatía se detiene justo en la frontera de la propia facción y el sufrimiento del vecino es ignorado mientras la quema no alcance el propio hogar.

Asegura Rami que si dos libaneses no tienen diferencias, las van a encontrar para enfrentarse aunque sea porque usen diferente talla de zapatos.

Un siglo de heridas cosidas con miedo

Esta indolencia generalizada no nace de la nada; es el sedimento de una historia profundamente fracturada. El Líbano arrastra un siglo entero de calamidades encadenadas que han pulverizado la cohesión social. Primero fue el diseño artificial de sus fronteras bajo los mandatos coloniales de franceses e ingleses, quienes sembraron las bases de las divisiones confesionales. Después llegaron las sucesivas invasiones de distintos países que han utilizado históricamente su suelo como un sangriento campo de batalla ajeno. A esto se le suma un desgobierno crónico y corrupto, magnicidios y una serie de crisis económicas asfixiantes que han evaporado los ahorros de generaciones enteras.

Todo este colapso histórico fue coronado por la cataclísmica explosión del puerto de Beirut en agosto de 2020, consecuencia de la negligencia gubernamental. El Líbano es hoy un cuerpo exhausto y traumatizado, acostumbrado a que el «sálvese quien pueda» sea la única ley de vida factible para sobrevivir.

El «hijo de la cuarta cultura»

La implacable lucidez de Rami no es gratuita; es el resultado de una biografía jalonada por traumas políticos y familiares. Nacido en Dubái de padres libaneses, se define a sí mismo no como un hijo de la tercera cultura, sino de la cuarta. La sutil diferencia radica en que él no solo creció lidiando con la distancia respecto a sus raíces geográficas, sino en medio de una violenta crisis ética e ideológica dentro de su propio hogar: una madre defensora de una religiosidad estricta y un padre de convicciones firmemente seculares.

Esa burbuja multicultural de la infancia en los Emiratos —deliciosa y feliz, donde convivía de forma intuitiva con decenas de nacionalidades sin percibir barreras— estalló a los 14 años. El tormentoso divorcio de sus padres lo obligó a regresar al Líbano para vivir con la familia materna, sumergiéndolo en la cruda realidad sectaria del país. El choque cultural lo quebró desde el primer día. Al llegar a su nueva escuela en Beirut, lo primero que vio fueron dos espadas cruzadas en la puerta de entrada, un símbolo militar que le causó un terror genuino. Poco después, presenció en el patio cómo una multitud de alumnos apaleaba brutalmente a un compañero por el único motivo de que su nombre delataba que pertenecía a una facción religiosa distinta.

Al regresar a casa conmocionado, buscó refugio en su madre y le preguntó inocentemente cuál era la diferencia entre esas religiones y si de verdad aquel chico era el enemigo supremo. La respuesta fue una paliza feroz.

«Nunca en mi vida me había pegado tan fuerte mi madre», recuerda Rami, reviviendo el eco de los golpes. «Perdía el conocimiento y lo recuperaba en medio de una tremenda paliza a bofetadas que me estaba sacando el alma. A los 30 años comprendí que me estaba pegando porque mi pregunta había activado en ella el trauma de la guerra civil. Mi pregunta desencadenó cada maldito bombardeo que cayó sobre su casa, cada bala que pasó cerca de ellos. Ese día, al ver que no había lógica y que temía por mi vida, me volví ateo. Decidí que Dios no existía».

Las aulas de la exclusión: heroína y literatura de presidio

El desamparo institucional y familiar empujó a Rami a los márgenes más oscuros de Beirut. A los catorce años y medio ya era adicto a la heroína; a los dieciséis, pisó la cárcel por primera vez. Su juventud se convirtió en una montaña rusa de extremos colonizados por la pura supervivencia. Tras pasar un año y medio en rehabilitación, demostró una agudeza ejecutiva inusual al convertirse, con solo 20 años, en el gerente asistente más joven de Pizza Hut en la región.

La tregua duró poco. A esa misma edad recibió la noticia del suicidio de su padre, lo que provocó una recaída fulminante en las drogas y un nuevo ingreso en prisión a los 21 años. Pasó un año entero encerrado, en el olvido más absoluto, sin que nadie de su entorno preguntara por él. Fue en esa soledad radical donde Rami decidió convertir el presidio en su aula de estudios. Devoró cada libro de literatura que las ONG dejaban en la precaria biblioteca. Impulsado por un TDAH clínico no tratable que le otorga una capacidad inmensa de retención cognitiva, absorbió conocimientos a una velocidad inverosímil. En esas celdas aprendió incluso a leer y pronunciar el castellano de forma autónoma.

«La única razón por la que puedo pronunciar las letras en español, leerlo y hablarlo, aunque no lo entienda del todo, es porque leí la Biblia en español en la prisión. No tenía otra. Pedí prestada una versión King James en inglés y la puse al lado para entender lo que leía. Allí descubrí que era inteligente de una manera diferente a lo que la sociedad y mi familia decían de mí».

En una sociedad como la de Oriente Medio, donde las familias ocultan las neurodivergencias o los problemas de salud mental bajo la alfombra de la vergüenza colectiva para proteger el apellido, Rami había sido catalogado como un desecho defectuoso. La cárcel le demostró que su mente solo necesitaba un lenguaje propio.

La cadena de dolores familiares, sin embargo, guardaba su eslabón más desgarrador para el final. Años después, Rami regresó para asumir la responsabilidad de cuidar a su madre enferma, arrastrando el peso de aquel pasado violento pero amarrado a un deber filial ineludible. Le tocó acompañarla en su agonía definitiva, un proceso profundamente traumático que coincidió con los días posteriores a la gran explosión del puerto en 2020. No fue solo el impacto psicológico del estallido lo que terminó por apagarla; su madre murió pocos días después, consumida por el pánico y el agobio financiero insoportable derivado del colapso de la libra libanesa frente al dólar, viendo cómo el valor de lo básico desaparecía en cuestión de horas. Verla morir asfixiada por la ansiedad económica de un Estado fallido consolidó el desprecio de Rami hacia las élites que gobiernan el país y hacia las dinámicas de sumisión psicológica que imperan en la sociedad.

La farsa de los señores de la guerra

Esa misma lucidez es la que utiliza para desarmar la retórica política que rodea al Líbano. Rami no muestra piedad con la impunidad de la maquinaria militar israelí ni con los líderes locales que se lucran con la miseria. Para él, la gran estafa histórica consiste en que los ciudadanos han sido condicionados para defender a los mismos señores de la guerra que masacraron a sus familias en el pasado, aceptando pagarles «tarifas de protección» mafiosas a cambio de una falsa seguridad frente al vecino de la facción contraria. Es un mecanismo de control basado en el miedo inyectado en vena desde la cuna.

Su análisis se extiende a la hipocresía internacional. Denuncia los llamados «certificados de último propietario» en el comercio internacional de armas, documentos que demuestran cómo las mismas monarquías árabes que en televisión se llenan la boca hablando del «honor árabe» y la hermandad regional, son las que financian y envían armamento para que las distintas facciones libanesas se sigan desangrando en guerras ajenas. Tampoco elude la responsabilidad de la brutal ofensiva exterior de Israel, reduciendo el panorama a una injusticia geopolítica básica donde el agresor sistemático manipula el relato para presentarse siempre como una víctima en defensa propia, mientras destruye vidas y mapas enteros de forma impune.

La utopía de la moneda humana

Frente a este desierto moral y político, cualquier otro habría abrazado el nihilismo puro. Rami, en cambio, ha decidido emplear su talento para diseñar un modelo revolucionario que desafía las lógicas del sectarismo y el capital. Su proyecto consiste en la creación de una red de hostales comunitarios donde la moneda de cambio no es tanto el dinero como las buenas acciones.

En este espacio proyectado, los viajeros internacionales pueden hospedarse de forma gratuita a condición de ganarse el derecho a extender sus noches realizando trabajos directos de ayuda a la población local: reparar infraestructuras básicas, enseñar idiomas o apoyar a comunidades desfavorecidas. Cada acción se valida mediante un breve registro audiovisual junto al beneficiario, creando un archivo de confianza que dinamiza la economía interna a través del consumo local, al tiempo que destruye los prejuicios xenófobos recíprocos. Es un intento directo de extirpar el dinero del centro de las interacciones humanas para recolocar la empatía colectiva en su lugar.

Rami sabe perfectamente que pelea contra estructuras gigantescas diseñadas para perpetuar el miedo, el aislamiento y la insolidaridad. Sin embargo, al mirarlo a los ojos, queda claro que aquel niño que sobrevivió a los golpes, a la heroína, a las prisiones y al colapso de su propio hogar sigue intacto, completamente blindado contra el desaliento. Su testimonio no es un lamento; es una victoria incuestionable contra el horror.

«Esto no es una historia triste, amigo mío; esta es una historia de éxito absoluto contra todo pronóstico. El mundo está programado para obligar a la gente a matar al niño que llevan dentro y para empujarlos a despedazarse por diferencias estúpidas. Yo planté cara. Me negué a que lo asesinaran y me aseguré de salir de este infierno con más amor del que una sola persona es capaz de contener. El niño que disfruta del mundo a través de los ojos de los demás sigue vivo en mí. Jamás lograron matarlo». ie

 

 

 

 

 

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Puerto Rico independiente y soberano: una propuesta moderna, ecológica y solidaria para el siglo XXI

 

 

Especial para CLARIDAD

A un año de presentar el Plan B Independencia seguimos pensando ese Puerto Rico independiente y soberano. Pero es algo más que una transición política: necesita una transformación integral que convierta la independencia y plena soberanía en un proyecto de vida. La independencia y la plena soberanía no son solo un cambio de estatus; son la capacidad real de decidir—con instituciones democráticas, economía próspera, justicia ambiental y dignidad social—cómo se vive, qué se produce y cómo se logra la equidad social y económica. Para que ese camino sea viable y esperanzador, debemos construir un país con una economía prospera, ecologista, integradora y conectado con las luchas del Sur Global, en especial con el Caribe: luchas contra la explotación, contra el extractivismo, contra el racismo estructural, contra la discriminación y contra las economías diseñadas para beneficiar a otros.

La soberanía plena en Puerto Rico debe construirse como un ‘pacto de bienestar. Una ruta política acompañada de un modelo económico sostenible, una política social integradora y una agenda ecológica que coloque la vida, la equidad y los cuidados en el centro.

La discusión sobre la independencia y la plena soberanía de Puerto Rico suele reducirse a preguntas económicas inmediatas o a debates jurídicos sobre el estatus político. Sin embargo, pensar la soberanía únicamente como una separación administrativa limita la imaginación colectiva. La independencia puede concebirse como un proyecto de transformación democrática integral: un modelo de país moderno, ecológico, feminista, socialmente inclusivo y conectado con las luchas y oportunidades del Sur Global. En este contexto, la soberanía no sería un regreso romántico al pasado, sino la construcción consciente de una nación capaz de garantizar bienestar material, dignidad humana y felicidad colectiva.

La plena soberanía implica que Puerto Rico tenga control sobre su política económica, comercial, energética, ambiental, social y diplomática. Actualmente, -en la colonia-, muchas decisiones fundamentales dependen de estructuras externas que restringen la capacidad de planificar un desarrollo propio. Un país soberano podría diseñar políticas industriales adaptadas a sus necesidades, proteger sectores estratégicos, negociar acuerdos internacionales y reorganizar sus recursos en función del bienestar social. La independencia y plena soberanía no tendrían que significar aislamiento; al contrario, supondría una inserción más activa y diversa en el mundo.

Uno de los pilares fundamentales de un Puerto Rico soberano debería ser la justicia y equidad social. La independencia solo tendría legitimidad si mejora concretamente la vida de las personas. Esto requiere reconocer la salud, la educación, las pensiones y la vivienda como derechos universales garantizados constitucionalmente. Un sistema nacional de salud pública, preventivo y descentralizado permitiría atender la crisis sanitaria y reducir la dependencia de aseguradoras privadas. La salud mental, la atención a personas mayores y la medicina comunitaria serían prioridades nacionales.

De igual manera, un modelo de educación pública gratuita y de alta calidad desde la infancia hasta la universidad debe convertirse en el corazón del proyecto nacional. La educación secundaria tendría un papel estratégico en la formación técnica, científica, humanística y artística de la juventud. La Universidad de Puerto Rico sería motor de investigación, innovación y desarrollo industrial, social y ambiental. En vez de exportar talento por necesidad económica, Puerto Rico podría convertirse en un centro regional de conocimiento en energías renovables, biotecnología tropical, agricultura resiliente, economía marítima, cambio climático y sus efectos en la isla y tecnología médica. Además de centro del conocimiento, creación y desarrollo de industrias culturales diversas. El país necesitaría vincular directamente la educación con una estrategia nacional de desarrollo productivo. Para eso, la educación debe ser descolonizada y diseñada para que responda a nuestros intereses.

La soberanía económica exige superar el modelo dependiente basado principalmente en incentivos contributivos externos y consumo importado. Puerto Rico podría desarrollar una economía mixta donde convivan cooperativas, empresas privadas, empresas públicas estratégicas y emprendimientos comunitarios. Un banco nacional de desarrollo permitiría financiar infraestructura, innovación y proyectos de pequeñas y medianas empresas. Asimismo, una reforma contributiva progresiva reduciría la desigualdad y fortalecería la capacidad fiscal del Estado, además del control total de sus herramientas macroeconómicas y monetarias.

El desarrollo económico de un Puerto Rico debe estar basado en modelos de planificación indicativa y transversal, para que sea competitivo, eficiente, con diversidad empresarial y anti corrupción. Con un enfoque en tasas impositivas bajas, planificación estratégica a largo plazo que busca atraer inversión extranjera (exógena), pero fortaleciendo la inversión endógena nacional para que no compita con esta, y mantener el presupuesto equilibrado. La deuda actual es deuda ilegítima y odiosa debido al contexto fiscal y político bajo el cual fue administrada por la Junta de Control Fiscal, por lo tanto, le pertenece a EE.UU. Nosotros debemos diseñar un sistema que no recurra a la deuda externa a menos que sea necesaria.

El desarrollo y crecimiento económico de un Puerto Rico independiente tendría que apoyarse en la transición ecológica. La crisis climática convierte al Caribe en una de las regiones más vulnerables del planeta, por lo que la soberanía energética sería una prioridad absoluta. La dependencia de combustibles fósiles importados puede ser sustituida gradualmente por un sistema distribuido de energía solar, eólica y marina. Esto no solo reduciría costos y contaminación, sino que también crearía empleos de alto valor técnico.

La agricultura sostenible también sería fundamental. Puerto Rico importa gran parte de los alimentos que consume, lo que lo hace vulnerable a interrupciones globales en las cadenas de suministro. Una política de soberanía alimentaria basada en agroecología, cooperativas rurales y tecnologías agrícolas resilientes fortalecería la seguridad nacional y revitalizaría las zonas rurales. La meta no sería el aislamiento económico, sino participar en cadenas regionales de valor con mayor autonomía y capacidad productiva.

En este sentido, la integración caribeña sería esencial. Puerto Rico podría convertirse en un puente entre el Caribe, América Latina y América del Norte. Su ubicación geográfica, infraestructura portuaria y capital humano le permiten desempeñar un papel estratégico en logística, investigación, comercio y servicios avanzados. Un Estado soberano tendría la capacidad de integrarse plenamente a organismos regionales caribeños y latinoamericanos, fortaleciendo vínculos económicos, culturales y diplomáticos con países vecinos.

La política internacional de un Puerto Rico independiente podría basarse en principios de cooperación, paz, justicia climática y solidaridad entre pueblos. La isla tendría la oportunidad de integrarse activamente a las luchas del Sur Global contra la desigualdad, el colonialismo económico y la devastación ambiental. Esto incluiría alianzas para la investigación científica compartida, acuerdos de resiliencia climática y cooperación tecnológica. Puerto Rico podría asumir un liderazgo regional en políticas ambientales y energías renovables, aprovechando su capacidad académica y científica.

La economía social y solidaria constituye una alternativa al modelo capitalista basado exclusivamente en la acumulación privada de ganancias. Este enfoque promueve formas económicas democráticas y colectivas, como cooperativas, mutuales, empresas comunitarias y redes de producción solidaria. El cooperativismo ocupa un lugar central dentro de este paradigma. Las cooperativas permiten que trabajadores y consumidores participen directamente en la gestión de empresas y servicios, promoviendo modelos productivos más igualitarios y sostenibles. Para Puerto Rico, el cooperativismo representa no solo una estrategia económica, sino una herramienta de soberanía nacional y democratización social.

La dimensión feminista de este proyecto nacional resulta igualmente indispensable. Un país verdaderamente democrático no puede sostenerse sobre estructuras patriarcales de violencia y desigualdad. Una constitución soberana podría garantizar igualdad salarial, sistemas robustos de protección contra la violencia de género, licencias familiares universales y reconocimiento pleno del trabajo de cuidados. Además, el desarrollo económico tendría que reconocer el valor social del cuidado, tradicionalmente invisibilizado y feminizado. Una economía para la vida pone el bienestar humano por encima de la acumulación ilimitada.

La vivienda digna también debe ser considerada un derecho básico. La especulación inmobiliaria y la gentrificación han agravado el desplazamiento de comunidades. Un Puerto Rico soberano podría establecer controles contra la compra masiva especulativa de propiedades, impulsar cooperativas de vivienda y desarrollar proyectos urbanos sostenibles y resilientes al cambio climático. La planificación urbana debe priorizar espacios públicos, transporte colectivo y acceso equitativo a servicios esenciales.

No obstante, la independencia requiere un proceso gradual, democrático y cuidadosamente planificado. La transición hacia la soberanía necesitaría acuerdos de cooperación económica, monetaria y migratoria durante un período inicial. Mantener vínculos económicos y humanos con Estados Unidos sería fundamental, especialmente considerando la diáspora puertorriqueña. La independencia moderna no tendría por qué construirse desde la confrontación absoluta, sino desde una negociación madura que reconozca la historia compartida y los derechos del pueblo puertorriqueño.

Asimismo, la construcción de una cultura democrática sólida será indispensable. La soberanía no puede reducirse al cambio de bandera o de representación internacional; requiere participación ciudadana, transparencia institucional y descentralización política. Las comunidades deben tener poder real en la toma de decisiones sobre energía, presupuestos, planificación y desarrollo local. Un país más democrático es también un país más estable y feliz.

Finalmente, la independencia de Puerto Rico solo tendrá sentido si logra crear una sociedad donde las personas puedan vivir con dignidad, seguridad y esperanza. La felicidad colectiva no surge únicamente del crecimiento económico, sino de la capacidad de una sociedad para garantizar tiempo libre, cultura, comunidad, salud, estabilidad y participación democrática. Un Puerto Rico soberano podría convertirse en un ejemplo de cómo un pequeño país caribeño puede combinar justicia social, sostenibilidad ecológica, innovación científica y solidaridad internacional.

La soberanía, entendida de esta manera, no es simplemente una meta política. Es un proyecto civilizatorio. Un Puerto Rico independiente podría demostrar que otro modelo de desarrollo es posible: uno donde la economía esté al servicio de la vida, donde el conocimiento sea patrimonio colectivo, donde el Caribe sea un espacio de cooperación y donde el bienestar humano se coloque por encima de la dependencia y la desigualdad.

La independencia y la plena soberanía para Puerto Rico pueden ser una oportunidad histórica si se convierten en un proyecto de vida: una economía ecológica que genere prosperidad, un sistema social que redistribuya poder y cuidados, y una democracia integradora donde el bienestar sea el objetivo. Al conectarnos con las luchas del Sur Global, Puerto Rico no solo reivindica su autodeterminación: aprende a construir justicia climática, solidaridad y transformación.

La pregunta no es si la independencia traerá cambios, porque inevitablemente los traerá. La pregunta decisiva es qué tipo de cambios: si serán extractivos o sostenibles, si profundizarán la desigualdad o construirán felicidad compartida. La propuesta del Plan B Independencia responde con claridad: independencia como soberanía que cuida la vida, protege la naturaleza y asegura dignidad para todas las personas.

La transición hacia la soberanía también implicaría retos fiscales, institucionales y comerciales que requerirían acuerdos multilaterales, disciplina administrativa y planificación de largo plazo. La independencia ya no puede concebirse únicamente como un acto de separación política formal, sino como la construcción de un proyecto nacional capaz de garantizar desarrollo sostenible, justicia social, soberanía democrática y bienestar colectivo.

 

Malas personas

 

 

Especial para CLARIDAD

No sabía lo que era una mala persona hasta que conocí a una. A simple vista parecía cualquiera: una figura más entre las que cruzan la calle, hacen fila en el supermercado o saludan sin mirar. Tenía el gesto común, la sonrisa aprendida, la cortesía automática. Pero detrás de esa apariencia ordinaria había un vacío: no conocía la vergüenza, ni la honestidad, ni la pena.

El sufrimiento ajeno no le rozaba. Caminaba entre las heridas de los demás como quien pisa hojas secas: sin cuidado, sin conciencia, sin memoria. Llevaba consigo un libro invisible —un manual de excusas— donde encontraba justificación para cada daño, cada abandono, cada crueldad.

Todo lo terrible que pudiera ocurrirles a quienes la rodeaban tenía, para ella, una explicación que los culpaba: por tonta, por creerse más lista, por humilde, por pobretona y de mal gusto, por estar donde no la llamaron, por querer ayudar a todo el mundo, por pensar distinto, por venir de ese lugar, por armar tanto lío, por protestar, por reclamar derechos, por ser demasiado solidaria. En su lógica torcida, el mal siempre tenía una víctima merecida. Y así, sin levantar la voz, sin mancharse las manos, se convirtió en lo que era: una mala persona. No de esas que se esconden en la vida cotidiana, en los pasillos, en las oficinas, en las familias. Una mala persona de las que existen porque los buenos —por cansancio, por miedo, por costumbre— lo permiten.

Una vez las conoces, puedes identificarlas a millas de distancia. Todo en ellas las delata: el gesto apenas contenido, la palabra calculada, la sonrisa que no alcanza los ojos. Pero para reconocerlas hay que andar con ojo avisor, porque se camuflan bien. Algunas de nuestras figuras públicas —y quienes pululan a su alrededor como satélites obedientes— califican sin esfuerzo como malas personas. Ahí está el que te desea los buenos días mientras siembra odio y caos, todo supuestamente por el bien… ¿del país? Intenta convencernos de que nada tiene que ver con la corrupción, con el estancamiento del gobierno, con la podredumbre que se acumula en los pasillos del poder. Jura que las piedras que lanza hacia el número 63 de la calle Fortaleza no responden a sus propios intereses, ambiciones, resentimientos o conveniencias.

Así, con una facilidad que asombra y duele, borra años de lucha por empoderar a los desventajados. Aprueba sin consulta proyectos que cercenan derechos de las mujeres, de los trabajadores, de la comunidad LGBTTIQ+, como si la dignidad fuera un lujo prescindible. Regala lo que no le pertenece a manos extranjeras, hipotecando la calidad de vida de quienes le pagan el salario y de aquellos a quienes juró proteger. Todo esto ocurre con el aplauso —o el silencio cómplice— de sus acólitos, que por miedo, conveniencia o ambición se rinden ante sus promesas o amenazas, según convenga el día.

Y mientras tanto, el país observa. Algunos con rabia, otros con resignación, otros con la esperanza terca de que la verdad, tarde o temprano, encuentra su camino. Pero la historia nos recuerda que el poder sin escrutinio se vuelve abuso, y que la indiferencia es el terreno fértil donde germinan estas malas personas que se disfrazan de servidores públicos.

A solo siete minutos del Capitolio, otro semillero de malas personas florece. Generalizar puede ser injusto, pero si los buenos no advierten, no delatan, no protestan, se convierten en cómplices, y eso los hace parte del mal. Un 64 por ciento de los votantes sabía que nada bueno podía salir de un gobierno con poder absoluto, pero aun así la minoría se impuso y regó con agua la semilla de malas personas. El resultado era previsible.

Cada escándalo vuelve a desnudar la podredumbre que se ha enquistado en el Palacio de Santa Catalina. Es como si cada semana se levantara otra losa del piso y, debajo, apareciera un nuevo rastro de humedad, de moho, de abandono moral. Una pareja que no fue electa por nadie decide contratos, renuncias y nombramientos, moviendo los hilos del poder desde la sombra, mientras —a son de reguetón y privilegio— quien sí figuró en la papeleta disfruta de los beneficios que el cargo le concede. Viaja, no paga hipoteca, come bien y alimenta un ego que crece gracias a quienes la rodean, esos consejeros que la empujan a decisiones contrarias al interés público, alejándola del pueblo al que también juró servir y proteger.

En días recientes, nuevos escándalos han vuelto a sacudir la confianza ciudadana: funcionarios señalados por presunto uso indebido de fondos públicos, contratos otorgados sin transparencia, investigaciones federales que se asoman como recordatorio de que la impunidad nunca es absoluta. Cada revelación añade otra capa de desasosiego, otra prueba de que la administración actual del PNP enfrenta cuestionamientos serios sobre su manejo del poder. No se trata de rumores aislados, sino de patrones reportados por la prensa y discutidos ampliamente en la esfera pública, que han obligado a renuncias, defensas improvisadas y comunicados urgentes. La ciudadanía observa, cansada de que la historia se repita con nombres distintos pero con la misma estructura de abuso y desorden institucional.

Parafraseando a Ernest Hemingway, Puerto Rico es un buen lugar; valdría la pena defenderlo. Y esa defensa —esa tarea monumental— está en manos de las buenas personas. Tendrían que superar una montaña de obstáculos, desde la maquinaria partidista hasta la indiferencia aprendida, pero nada es imposible cuando existe el deseo genuino y la tenacidad suficiente para lograrlo. La historia de este país está llena de mujeres y hombres que, sin más poder que su conciencia, lograron torcer el rumbo de lo inevitable. Esa es la herencia que aún late, aunque a veces parezca enterrada bajo el ruido.

Quizás el primer paso sea reconocer que la dignidad colectiva no se negocia, que el país merece algo más que administradores de crisis y repartidores de favores. Puerto Rico merece líderes que entiendan que el poder es un préstamo, no un botín. Y que la confianza pública, una vez rota, solo se recupera con actos, no con discursos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¡ Qué homenaje al Homenaje al ombligo!

En Rojo

Homenaje el ombligo es uno de los libros icónicos de nuestra literatura. Un poemario en el que dialogan dos de nuestros mejores poetas: Anjelamaría Dávila y José María Lima. Entonces, El Absurdo se propuso reinterpretar ese poemario en una historia de amor en clave surrealista y musical. Desde que lo supe me prometí no perderme ese atrevimiento.  Primero, porque ese libro lo conozco y lo atesoro. Segundo, porque Joaquín Octavio, Cristina Agostini Fitch y su formidable equipo de trabajo son capaces de crear belleza conmovedora.

Hace dos años, El Absurdo adaptó un cuento de Nikolai Gogol, La nariz, con un gran acierto. Hace unos meses  vimos, Hielo Seco, un comedia inspirada en relatos de Virgilio Piñera.  Excelente. Sin embargo, llevar al teatro un poemario es cosa de valientes. Recuerdo en mis años mozos como María Collazo llevó a escena fragmentos de Altazor, de Vicente Huidobro. Teatro Yerbabruja, uno de cuyos pilares era Aurelio Lima Dávila, realizó Historia Natural, que era prácticamente una antología de poesía puertorriqueña contemporánea. La idea de 30 años después, ver este libro amado en escena por una de mis compañías teatrales favoritas era una invitación a una fiesta. Insisto, hay que tener valor.

¿Por qué insisto en que hay que tener valor? Perdónenme el tono profesoral. O no me perdonen nada. Lo digo porque  adaptar un poemario al teatro obliga a traducir lo lírico (que es de suyo fragmentario, centrado en voz/imagen) a lo dramático (acción, personajes, tiempo escénico), es atravesar un camino que genera tensiones estéticas y prácticas que deben negociarse. Y, ¡qué bien se negociaron aquí las imágenes y las voces!

Para empezar hay que crear un hilo dramático (marco narrativo, uno o dos personajes que recorren los poemas) o agrupar poemas en escenas temáticas que progresen.

¿Otro problema? La poesía, digamos que hasta por definición, suele tener una voz interior, monológica o meditativa. El teatro exige interacción y escucha. ¿Qué riesgo se corre? El estancamiento expositivo o el exceso de didactismo. Quien hace dramaturgia, en este caso Joaquín Octavio, debe convertir voces poéticas en personajes, usar monólogos/soliloquios escénicos, transformar versos en réplicas, contrapuntear voces. Además debe “montar” metáforas y alusiones simbólicas que, si bien funcionan en la lectura de un poemario, pueden resultar abstractas o confusas en escena.

¿Cómo fueron resueltos estos problemas? Con la belleza. Me excusan aquí, pero quise decir belleza. Porque no hay pérdida de sentido ni exceso de literalidad visual. Luz, color movimiento. Un banquete. Digamos que se seleccionaron imágenes emblemáticas y fueron traducidas a signos escénicos (luz, movimiento, objetos simbólicos, vestuario, escenografía) y se mantuvo la abstracción mediante un diseño sonoro y una atmósfera coherente, sublime, como nos tienen acostumbrados.

Uno teme con los poemas llevados a escena que la ambigüedad y la densidad semántica desaparezca por hacer los versos “narrativos”. Pero eso nosucedio. Se mantuvieron pasajes poéticos como núcleos interpretativos, se permitió que el diseño (luz, espacio ocupado por cuerpos en movimiento, objetos en magia, sonido) convocara múltiples lecturas en lugar de explicarlas.

Por otro lado, si uno ha leído e interpretado el libro con pasión amorosa, puede pensarse que la lectura propia es la mejor. Lo cierto es que tu lectura es eso, tuya, personal. Que siempre haces una suerte de reescritura interpretativa que a veces puede que hasta traicione el tono o la ética original. Pero eso no lo sabemos. Cada interpretación tiene flujos y miradas libres. Yo vi en esta puesta en escena de El Absurdo que, como en el poemario se alternan tonos (irónico, elegíaco, político), y el montaje lo hace con coherencia estética. Así, por ejemplo, para mí fue un acierto memorable como los personajes de Esqueleto (Aurelio Lima Dávila) y  Ombligo (Yarimir Cabán, Mima) funcionaron como una estrategia unificadora que permitió diversidad sin dispersión con una gracia, humor, gestualidad, sublimes.

Los lectores de poesía esperan cierto tratamiento. Espectadores teatrales esperan acción y claridad. Cuando voy al teatro lo que espero es belleza, y El Absurdo nunca decepciona, hermoso balance entre fidelidad lírica y eficacia dramática. No me quité el sombrero allí porque no llevé mi sombrero.

Felicito a Joaquín Octavio por la dramaturgia y la dirección y por asumir el riesgo, que parece que es lo suyo.  La propuesta visual, de Cristina Agostini Fitch, amplifica la experiencia textual como lo ha hecho en las anteriores puestas en escena. Vemos de manera surreal. Nos ocupa sublimemente la mirada.

En escena, Aurelio Lima Dávila, fuerza interpretativa, gracia cinética. Voz clara y dicción perfecta. Como sus apellidos lo indican, es hijo de los poetas. Me consta que la poesía le corre por las venas. Rosa Lina Lima, maestra de danza, convirtió los poemas y sus metáforas sueltas en movimiento corporal. Lima, es hija de Lima. Y del 14 al 17 de mayo en el Teatro Arriví fue su intérprete. Awilda Sterling, maestra de generaciones y artista cabal, aportó, como la Luna, un enlace vital, una presencia que trasciende el espacio temporal porque sentimos ese mundo con el que se inicia este Homenaje al ombligo en escena. Evocó aquellas lecturas que en los años ‘60’s y ‘70’s fueron el ejercicio de los entonces jóvenes poetas. Por otro lado, siempre es un deleite ver a Iván Olmo. Es profesor de expresión corporal y es obvio. Quienes lo acompañan en escena, y nosotros los espectadores, asistimos siempre a una lección magistral.  También cumplieron con rigor y eficacia los jóvenes Camila Méndez, Millo Canetti y Kiani González. El Poeta y La Poeta fueron creíbles dentro de ese mundo onírica. A veces, por algún instante, creí ver a Anjelamaría en escena.

Por último, porque no quiero alargarme demasiado, aplaudo a rabiar al Ombligo. ¡Qué belleza de interpretación la de Yarimir Cabán! Escondida en un ombligo-nube-doughboy-muñequito de Michelin, pero irremediablemente ombligo, Mima se movió en escena con un balance precario en control. Yo sé que es contradictorio lo que digo, pero traten de entenderme. Era una figuración autónoma del ombligo que con su gestualidad, su instrumental uso de la voz, el uso de los brazos y las piernas, pequeñitas en relación con el gran ombligo, me pareció que con humor y ternura simbolizaba la conexión con la vida, la singularidad del mundo poético, un punto de equilibrio, introspección, ¡qué forma de capturar al público! ¡qué duo fenomenal con Esqueleto! ¡qué manera de complementarse Lima y Cabán!

En fin, mil gracias a todas y a todos, quienes seleccionaron la música antes y durante la obra, quien manejó las luces, quien diseñó el vestuario -por Dios, qué perfección- quien realizó el programa, a todo el elenco, gracias por hacer teatro. Gracias por la poesía.