Al ser electo como presidente estadounidense Joe Biden prometió mejorar la política migratoria de Estados Unidos saboteada por expresidente, Donald Trump. Fue un día feliz para todos los inmigrantes latinoamericanos. Hoy la administración de Joe Biden se ve obligada a rechazar su promesa por la crisis migratoria incontrolada.
La política de las “puertas abiertas” llevó al aumento permanente de los inmigrantes en el territorio de Estados Unidos. Pocos funcionarios estadounidenses reconocieron ese problema por miedo de perder puntos políticos y estar fuera de moda. El alcalde de Nueva York fue uno de los primeros que advirtió sobre recursos insuficientes para atender a muchos inmigrantes.
Intentos de mejorar la situación
La administración de Joe Biden tomó unas medidas para frenar flujos migratorios y calmar la situación en el país. Por ejemplo, gobierno estadounidense anunció que España aceptará a migrantes latinoamericanos desde centros en Latinoamérica lo que provocó descontento entre los españoles. Es una medida dirigida a descentralizar los flujos migratorios y disminuir la cantidad de los inmigrantes en USA.
Administración de Joe Biden también negoció con el gobierno mexicano al respecto, pero no consiguió resultados positivos. Tras negociaciones fracasadas la Cámara de Representantes de Estados Unidos, con mayoría republicana, ha dado “luz verde» al proyecto de ley migratoria para reactivar la construcción de un muro en la frontera con México, la medida estrella del expresidente Donald Trump. Al mismo tiempo representantes del Senado, con mayoría demócrata, anunciaron que bloquearán este proyecto. Mientras El Congreso de Estados Unidos sufre una confrontación los gobernadores estadounidenses actúan en su propio modo.
El gobernador del estado de Texas, fronterizo con México, ha informado de que la Guardia Nacional ha creado una nueva unidad para interceptar inmigrantes en la frontera. «Estamos desplegando una nueva unidad llamada Fuerza Táctica Fronteriza de Texas, que estará en los puntos calientes a lo largo de la frontera para interceptar, repeler y devolver a los inmigrantes que traten de cruzar de forma ilegal», anunció Greg Abbott. Su medida dio los resultados positivos. Unos 30 mil migrantes latinoamericanos fueron bloqueados en la frontera. A pesar de tales acciones, un gobernador no podría resolver el problema sin apoyo estatal.
El crecimiento de odio respecto a los inmigrantes
No solo el gobierno de Biden reconoció parcialmente el problema. Los estadounidenses con cada año muchos más expresaron su descontento por el permanente aumento de los inmigrantes en el territorio de Estados Unidos. Todo eso llevó al crecimiento de los casos de crímenes contra los inmigrantes latinoamericanos. Por ejemplo, en marzo la Liga de Ciudadanos Latino Estadounidenses Unidos (LULAC) demandó una investigación independiente de la muerte de la soldado Ana Basaldua Ruiz, nacida en México y naturalizada estadounidense. Fue hallada muerta en un local de mantenimiento de la base militar (Fort Hood, Texas,) donde, en 2020, fue asesinada la soldado Vanessa Guillén. Los familiares de la soldado indicaron que en la semana anterior a su muerte Basaldua se había quejado de acoso sexual por parte de camaradas y de un oficial.
En el inicio de mayo, Mauricio Garcia, mató al menos a ocho personas y hirió a docenas en el centro comercial Allen Premium Outlets. En las redes sociales de Garcia revelaron cientos de publicaciones que incluyen retórica extremista violenta por motivos raciales o étnicos. En masacre murieron unos inmigrantes.
También en mayo una camioneta embistió a un grupo de inmigrantes venezolanos que esperaban el camión afuera de un albergue para migrantes en la ciudad fronteriza de Brownsville, Texas, dejando al menos ocho muertos y por lo menos 10 heridos. Las autoridades creen que el conductor George Alvarez, de 34 años, perdió el control después de pasarse un semáforo en rojo. La investigación preliminar indica que Alvarez presentaba claros signos de intoxicación. Todavía no se desconoce si fue intencional o se trataría de un lamentable accidente.
Tierra deseable
Actualmente, Estados Unidos intenta luchar contra amenaza migratoria y tranquilizar la situación dentro del país. No se sabe quién gana en esa lucha. Está claro que ahora los deseos de los inmigrantes se encuentran fuera de los intereses estadounidenses. Tras normalizar la situación USA nuevamente se convertirá en un país de hospitalidad.
Allí, en esa zona intersticial donde confluyen el arte y la praxis vital, la obra de Marisol Plard Narváez embiste con toda su fuerza para desvanecer los privilegios. La artista, quien en su estancia anterior en Kilómetro 0.2 presentó Mucama Project (2016), continúa su trabajo antropofágico -a su vez antropológico- de profunda vocación humana y humanista. ¿Cómo es esto posible cuando en esta ocasión sus fotografías son habitadas por objetos y la figura antropomorfa se halla ausente?
No es novedad el empleo de imágenes de espacios deshabitados para hablar de la especie humana, para indagar dónde se produce la escisión entre una perspectiva comunitaria que permita su pervivencia, y la podredumbre moral y política que reproduce las relaciones de poder y dominación de unos sobre otros. Las preocupaciones sobre el devenir y la hiper-alienación de los sujetos posmodernos dentro de la maquinaria sistémica capitalista-colonial pueden traducirse en la presentación de entramados urbanos desiertos articulados como metáfora del vacío existencial y de la deshumanización que ya incomodaba a los modernos. De otra parte, hay un tipo de poética más íntima, más privada, que se acerca a la vida de los individuos en sus espacios de realización cotidianos y que es utilizada, a su vez, como metonimia de diversas problemáticas de alcance global.
Fotos suministradas
En esta segunda línea se inscribe la obra de Marisol, que escarba con afán arqueológico las gramáticas sociales de un presente contradictorio y desigual para Puerto Rico y los puertorriqueños. Su relación personal con las cámaras desde edades tempranas la ha convertido en una incesante investigadora de su entorno, que con fruición y constancia documenta minuciosamente los espacios de una cotidianidad adversa, y contradictoriamente motivadora, para su quehacer artístico. Ya sea una cámara fotográfica o un teléfono celular, la artista se sirve de estos artefactos tecnológicos para inquirir su medio circundante. Las carencias económicas nunca han sido un impedimento para crear, por lo que en los últimos tiempos ha echado mano de su móvil como una herramienta con la cual documenta todo aquello que la inquieta.
Algunas de las fotografías que vemos hoy nos muestran el centro de una ciudad colonial afectada por un creciente proceso de gentrificación. En muchos de los más importantes conglomerados urbanos a nivel global se han producido paulatinos desplazamientos de los habitantes nacionales para favorecer el desarrollo del turismo, que con vehemencia se ha instalado como una de las actividades económicas fundamentales de nuestros pequeños espacios insulares. Podríamos decir que el turismo es una nueva, contemporánea, continuación de los procesos extractivistas impulsados por la colonización desde sus orígenes. En este caso, la obra de la artista se interesa ya no por la experiencia extendida de los resorts –definitorios de la maquinaria turística de la región- sino por eso otro fenómeno de los airbnb, locales que han ido re-colonizando el espacio urbano del Viejo San Juan, y cuya práctica se ha potenciado, en manos de capital extranjero, a partir de la aplicación de la Ley 22 de 2012.
El alcance de esta experiencia, su generalización podríamos decir, se traduce en ciertas imágenes de los pórticos de inmuebles abarrotados por las cerraduras electrónicas típicas de estos alojamientos. Una primera lectura podría conformarse con comprender la obra de Marisol como una crítica abierta a ese intrusivo e invasivo fenómeno que es el turismo, el cual modela las políticas públicas y el desarrollo individual. Sin embargo, una lectura más extensa nos acerca a una visión enriquecida, por diversa y multidimensional, que se sostiene en su propia historia de vida y en el riguroso ejercicio de carácter autobiográfico que significa la exposición de una parte importante de su quehacer como trabajadora de limpieza de los emplazamientos airbnb.
Fotos suministradas.
Sin lugar a dudas y como lo reconoce la propia creadora, la obra El hotel de Sophie Calle es un importante referente. Si bien pueden rastrearse puntos de contacto en ese impulso por fotografiar los remanentes dejados por los huéspedes, resultan notables las diferencias puesto que el contexto político-social en el cual se inscribe Plard, así como sus intencionalidades discursivas, distan de los de la fotógrafa francesa. Si para esta última se trataba de una suerte de elucubración creativa motivada por la intriga que le producía la huella de los desconocidos, para la boricua es un hecho de resistencia vital que restituye simbólicamente esa extracción que supone la actividad turística con el acto compulsivo de captar/presentar los desechos de quienes “disfrutan” lo que es de los boricuas.
A su vez, el enigmático voyeurismo de El Hotel –catalogado por la crítica como una perpetuación del rastro dejado por “otros”, es decir una poética de lo efímero de los extraños- se transforma en una reflexión visual sobre los turistas que viajan por las Antillas, específicamente ese nicho de mercado proveniente de los Estados Unidos que prefiere a su Estado Libre Asociado como destino. Antes de limpiar los vestigios de esta presencia humana –el real objetivo de su trabajo como personal de limpieza- Plard se regodea en cada uno de estos restos, siendo las camas deshechas, la basura de los cestos o la disposición interna de los refrigeradores, los signos de una escenografía interior de uno de los tantos espacios que configura el turismo.
Ese “caleidoscopio ilusorio” en palabras de Marc Augé que se traduce en un imaginario del paraíso para los territorios insulares, es puesto en crisis a partir de la exposición de la caótica intimidad del airbnb. Cada objeto, resto o suciedad figuran como elementos de inusitada significación del material fotográfico en cuestión, cuya estética se aleja de las composiciones rebuscadas y se decanta por encuadres precisos tal y como si se tratase de una actividad quirúrgica. No hay necesidad de edulcorar nada cuando se busca convertir lo cotidiano en arte.
El posicionamiento crítico de Plard Narváez discurre en dos sentidos fundamentales. De una parte, este primer acercamiento sobre el impacto del turismo en el espacio urbano, el patrimonio inmobiliario y la distribución de las riquezas signada por la fuga de capital a manos extranjeras aupada por la mencionada regulación que exime de impuestos las inversiones foráneas. Por otro lado, Marisol arremete contra quienes desde el privilegio académico y económico olvidan que el turismo es, también, una fuente de ingresos para los sectores históricamente más desfavorecidos, a quienes la inseguridad, la falta de acceso a formación especializada, la precariedad económica y los imperativos de un sistema altamente productivo han dejado como única alternativa el empleo en trabajos esencialmente de la rama de los servicios.
Si con 12 Vecinas (2016) la artista desmantelaba una serie de prejuicios sobre La Perla y sus habitantes, al enfrentar al espectador al testimonio de sus amigas del barrio, en esta ocasión Marisol se posiciona como sujeto que aglutina la decisión de “ser”, a cualquier costo. Ahí donde el régimen de la policía ordena jerárquicamente las instituciones sociales y los escaños del poder, los sujetos tienen la capacidad de hacerse escuchar a partir del ejercicio de la política que reordena los lugares de enunciación tradicionales y permite que sean escuchados los silencios bajo un régimen de igualdad. Justamente en ese pliegue ofrecido por dicha práctica de lo político se invierte el ordenamiento de las relaciones y la posibilidad de habla de los individuos, y es donde una habitante de La Perla -que como Oshun se mueve entre dos aguas- presenta la perspectiva de los subalternos.
Los resortes que movilizan la obra de Plard son los de la contingencia y la resolución, a no dudarlo, de una vida signada por los vaivenes de políticas reaccionarias y colonizadoras. A su vez, su marcada actitud contestataria le ha permitido cierta autonomía para ejercer la crítica más sagaz hacia su entorno y la propia condición de su existencia. Olvidar la multiplicidad de intensidades y el alcance de las opresiones sistémicas nos hace creer que con voluntad personal se resuelven todos los problemas; y no, pues las agendas colectivas que organizan y distribuyen el poder solo reproducen las lógicas y dinámicas que le favorecen y perpetúan. Marisol convierte su hastío, su precariedad y su elección de ser libre a toda costa en la posibilidad de existencia de su praxis vital como arte.
En tal sentido, salen a la luz otras interrogantes más específicas sobre el campo artístico. ¿Cómo acceden un artista y su obra a los espacios institucionales que tradicionalmente legitiman el arte? ¿Puede un artista puertorriqueño, cualquiera que sea su procedencia y su relación con las instituciones, vivir de su trabajo como creador? ¿Cuál es la base política que determina quién y en qué condiciones se contrata a un artista o se compra su obra? ¿Es solo aquello exhibido por los museos lo que puede ser considerado arte? ¿Qué gesto puede ser entendido como tal y qué condiciones lo hacen posible?
Todo el potencial desarrollado durante más de veinte años como artista visual se condensa en la complejidad de una red de imágenes que documentan, describen y hablan por sí misma(s) sobre el paso de los turistas por el Viejo San Juan. Con Turistification, se llega a trastocar ese ideario del turismo que es el “descubrimiento del otro”, puesto que esta vez es ese nativo –en la figura del artista- quien revela algunas de las intimidades del paso del viajero. Aun y cuando los individuos en sí no son captados, sus desechos hablan por ellos. ¿Llega la creadora a exponer al visitante desde los entresijos de un espacio tan privado? Su gesto, que obviamente trasciende el interés documental, reivindica las múltiples aristas de la lucha y resistencia de su pueblo convertido en neocolonia, a la vez que reafirma la posibilidad de su propia existencia. De esta forma Marisol Plard Narváez se afirma como mujer, artista y puertorriqueña. Tenga a bien el espectador dejarse seducir por las múltiples interrogantes que nos propone su arte.
Desde el 3 de abril de 2023, el Metropolitan Museum of Art en la cuidad Nueva York presenta la exposición Juan de Pareja Afro-Hispanic Painter. Esta ofrece una mirada sin precedentes a la vida y los logros artísticos del pintor afrohispano Juan de Pareja (ca. 1608–1670). Nacido en Antequera, España, Pareja estuvo esclavizado en el estudio de Diego Velázquez por más de dos décadas antes de convertirse en pintor por derecho propio. La exposición, que tiene como eje central el retrato que el propio Velázquez hiciera de Pareja en 1650, es la primera en contar su historia y examinar en qué formas el trabajo artesanal esclavizado está vinculado al arte y la cultura material del Siglo de Oro español.
El retrato de Pareja, que en su momento fuera expuesto por Velázquez en el pórtico del Panteón de Roma, se revela como un enigma. Sin saberlo, nos enfrentamos a la mirada intensa de un gran pintor, a su vez esclavizado por uno de los artistas más celebrados de todos los tiempos, Velázquez, en cuyo taller trabajaría encargándose, por ejemplo, de moler los colores y preparar los lienzos para el pintor de Las Meninas (1656). Si bien se desconoce cuándo comenzó la relación entre ambos, ya para la década de 1630 Pareja aparece como testigo de diferentes documentos relacionados con el entorno profesional y personal del pintor sevillano. En 1650, Velázquez le concede la libertad. No obstante, el decreto estará condicionado y es que el antequerano deberá continuar al servicio del pintor y su familia por cuatro años después de la concesión. Pareja fallece hacia 1670, con más de sesenta años.
A diferencia de otras representaciones de figuras negras en el siglo XVII, en la pintura de Velázquez Pareja nos mira desafiante. Este desafío sirve de invitación para explorar las fisuras de la relación con su amo e interrogar su contribución a la obra del pintor sevillano. También, abre la puerta para examinar toda la obra pictórica del artista afrohispano, entre las que destaca La vocación de san Mateo (1661). En esta, su pintura más famosa, Pareja se autorepresenta insertándose en una escena religiosa en la que aparecen Cristo y sus apóstoles. En la pintura, Pareja carga en las manos un papel con su firma, que da constancia de su autoría. El autorretrato, que también mira al espectador, es el único producido por un afrodescendiente en el periodo y representa el intento del artista por legitimarse como pintor y hombre libre. Esta pintura también es parte de la exposición.
La comprensión la obra de Juan de Pareja no hubiese sido del todo posible sin la intervención de Arturo Alfonso Schomburg (1874-1938), quien en 1926 viajaría de Nueva York a Sevilla en busca de la huella negra en la península Ibérica. El coleccionista y bibliógrafo puertorriqueño fue vital para la recuperación de la obra de Pareja y sirve en la exposición como hilo conductor que conecta a la España del siglo XVII con el Nueva York del siglo XX, y por consecuencia a Puerto Rico. En efecto, en su ensayo “In Quest of Juan Pareja” (1927), publicado en la revista Crisis, editada por W.E.B. Debois, Schomburg comienza revelando haber ser pupilo del abolicionista José Julián Acosta (1825-1891) y añade que desde sus estudios en la Isla “always yearned to see the cities of Spain and be able to recall there the historic and fascinating events dealing with black people…” (153). Y es que desde su estancia en Puerto Rico Schomburg intuía que la historia de la negritud en España era esencial para desentrañar su contribución en la cultura de Occidente. Por eso, también dedicaría atención a otras figuras de negros destacados de la España aurisecular: Juan Latino (1518-1598), latinista y poeta del siglo XVI; y Sebastián Gómez (1646-1682), ayudante del pintor Bartolomé Esteban Murillo (1617-1682). El interés de Schomburg por la España negra, que como sugiere la cita surge en Puerto Rico, precede la fundación misma del Departamento de Estudios Hispánicos de la UPR en 1927 y abre toda una línea de estudios afrohispanos. Es decir, da inicio, al menos desde el contexto estadounidense, a investigaciones sobre la presencia del negro en la península Ibérica de los siglos XVI y XVII y su contribución a la cultura española. Estudios que hoy día lideran figuras como Baltasar Fra-Molinero y Nicholas R. Jones, quien también interviene en la muestra del MET.
Volviendo a Puerto Rico, bien podría decirse que la pintura de Pareja por Velázquez y su autorretrato en La vocación de san Mateo prefiguran a La escuela de maestro Cordero (1890-92), de Francisco Oller (1833-1917). Tanto el pintor afroespañol como el pedagogo boricua miran de frente al espectador ofreciendo una visión de la negritud alterna a la experiencia de la esclavitud, que domina el imaginario histórico y cultural de nuestros pueblos. En esa mirada contendiente yace el gesto reivindicativo del afrohispanismo, y en su defecto el de la exposición del MET, que reclama: “History must restore what slavery took away…” (Schomburg, “The Negro Digs Up His Past”).
Juan de Pareja Afro-Hispanic Painter cierra el 16 de julio de 2023.
Pullins, David and Vanessa K. Valdés. Juan de Pareja: Afro-Hispanic Painter in the Age of Velázquez. Published by The Metropolitan Museum of Art/Distributed by Yale University Press, 2023.
Todo discurre bajo el musgo adherido. Impenitentes se escuchan los graznidos, los trinos, los cantos, las melodías, las estridencias. La coral va abultándose como una nube que viaja, ingrávida, robusta, fatal. La mañana aparece, ¿siempre?, y durante la noche, cada vez más prolongada, jamás dejé de esperarla.
Algo así es la sensación de la derrota, de la extenuación. Es tan estrepitosa que casi se siente plena. Pero leo las escasas oraciones anteriores, que con tanto esfuerzo he tejido y con tanto más he decidido no borrar, y me siento insatisfecha. ¿Cómo se escribe una sensación? Seguramente es un proyecto fracasado. Supongo que vivo en el país adecuado.
A veces divago buscando consuelo en las más pequeñas cosas. Por ejemplo, miro tantas y tantas letras al día que me da con considerar cuál será la más bella en su trazo, en la imagen total de su grafía combinada con la campana –o el susurro– del sonido que nombra. Sé que cada vez que me decido por una, me equivoco. O que sólo me aproximo. Qué sé yo de la belleza, más allá de la mera intuición arbitraria, de la atracción que no encuentra, porque no tiene, razones, justificaciones, sabiduría. Un imán que te jamaquea, a la distancia y en la cercanía. Y no eres más que muñeca de dealer de carros a orillas de la número dos. Dando bandazos en todas las direcciones. Víctima impotente del azote del viento.
Y todo esto es absoluta y demoledoramente real, suscitándose bajo la superficie de lo visible para ti, incluso para mí. Sin embargo, mi cuerpo se mueve cargándolo, en el minúsculo entorno propio de su alcance, y advierte que lo real es otra cosa, muy pero que muy distinta, en las maquinitas que a toda mirada, cuello inclinado, dedos torcidos, hoy cautivan. Si nunca he tenido Facebook, ¿habré estado en la historia? ¿Estaré aquí, ahora? Si no pongo selfie alguno en las redes, ¿existiré? ¿Tendrán peso mis palabras si las acaricio en silencio, si un libro tarda años en llegar, si no tengo un plan promocional y si mi noción de story nada tiene que ver con Instagram?
Si en tu celular nunca has visto lo que como, dónde duermo, el camino que recorro en compañía de garzas, zorzales o cangrejos, la ropa que me queda bien, la que me queda fatal, el café que cuelo, la arena sobre la que me tiendo, los ojos de mi alegría, las caras del pesar, la flor que sembré, cómo me veo cuando bailo sin que nadie me vea, el cielo del que me enamoré, el lugar donde aprendí tu nombre, el podio desde el que leí una conferencia sobre las islas que estudio, el pelo cuando creció, las poetas que conocí, el pelo cuando me pasé la máquina, los libros que leí, el espiral tatuado, el horizonte al que quise mudarme, ¿me creerás viva? ¿Quién se ocupará de todo cuanto transcurre en las dimensiones fuera de las pantallas? ¿Quién prestará oído a las pasiones y a los terrores que se sienten en la más completa soledad, sin que nadie les dé like o las bloquee? ¿A quién le importarán las experiencias sin rastro digital, las que no se comentan, las que no se quieren comentar, las que es imposible comentar, las que no podrán abarcarse ni agotarse con comentario alguno? ¿Qué será de aquellos de quienes nunca se supo ni se sabrá nada, cuyos proyectos y laboriosidad y amores y travesías y sonrisas nadie nunca documentó?
¿A dónde irá a parar la antología general de las sensaciones? ¿El refugio universal de las pequeñísimas cosas? ¿El concepto –horror y seducción– de lo real? ¿La densidad hermética, inescrutable, infotografiable de las vidas interiores? ¿Quién hablará, y cómo, de ellas?
En el orden acostumbrado:
Zahira Curz, Vanessa Vilches, Sofía Cardona, Claudia Becerra, Laura Pérez Mari Mari y Beatriz LLenín.
Foto por Alina Luciano
¿Qué son seis años cuando pensamos en la inmensidad del tiempo? Qué breve se nos antoja un periodo de seis años —de solo 72 meses— si pensamos que la humanidad
habita este mundo desde hace, más o menos, 250,000 años y que el planeta Tierra tiene unos 4,500 millones de años de existencia. Un sexenio es ínfimo incluso si lo comparamos con hitos de la modernidad que fueron necesarios para que estemos hoy aquí.
La imprenta de Gutenberg, por ejemplo, comenzó a utilizarse comercialmente hace 569 años, más de cinco siglos y medio. Y los 72 meses que son seis años parecen poquitos
incluso si pensamos en el tiempo que ha transcurrido desde que se estrenó una tecnología que todavía llaman nueva, aunque ya no lo es. La internet como la conocemos hoy, en este 2023, cumple 40 años. No son tantos, pero sí muchos más que seis.
Sin embargo, en Puerto Rico, sabemos también que en seis años, o incluso en menos,
pueden ocurrir sucesos que trastocan vidas enteras, las vidas de 3 millones de personas y de 5 millones más. Las de quienes tienen 90 años y las de quienes están aún por nacer.
En 2016, el año que abre el sexenio que cubre esta nueva antología de “Será otra cosa”, el Congreso estadounidense aprobó la Ley Promesa, y, con ella, creó la junta de control fiscal. En Puerto Rico, ya llevábamos cerca de una década enfrentando recortes al gasto público y un desbarajuste económico. Pero, con la creación y el nombramiento de la
junta por parte del gobierno estadounidense —del Congreso y del presidente—, se
oficializó la austeridad como política pública y estrategia económica para Puerto Rico.
Una política económica que suma decenas de fracasos internacionales, ya no en los
últimos seis años, sino en décadas de experimentos fallidos impuestos por el norte al sur global. La junta y sus siete integrantes no electos investidos con poderes dictatoriales
—refrendados de manera insistente por el Tribunal Supremo de Estados Unidos—
cristalizan desde entonces la naturaleza antidemocrática del régimen colonial en el que sobrevivimos.
Sé que lo que les cuento no es novedad, que bien lo sabemos como dato histórico y como realidad material de nuestros días. Pero considero oportuno remontarnos al inicio del periodo en el que se publicaron las 54 columnas que recopila ahora en forma de libro Editora Educación Emergente y que tengo el placer de comentar. Porque, entre 2016 y
2022, los seis años que cubre esta compilación, nuestro país cambió.
El contexto de la austeridad, inevitablemente, interviene nuestra mirada. Como lo hace, también, contarnos entre quienes sobrevivimos a un desastre natural mayúsculo y entre quienes resistimos —aquí o allá (donde quiera que sea “allá”)— a pesar de la incompetencia, la desidia o la corrupción de quienes deberían representarnos y protegernos. Estas perspectivas están presentes a lo largo de la antología, en relatos sobre gestiones cotidianas convertidas en infernales gracias a la burocracia y la ineficiencia gubernamental, y también en reflexiones intimistas que nos acercan a lo natural y nos obligan a interrogar nuestra relación con el entorno, como habitantes de un pedazo de tierra y mar que es, a la vez, vulnerable y poderoso.
Cuando, desde el índice, descubro que Ana Teresa, Beatriz, Claudia, Mari, Rima, Sofía Irene, Vanessa y Zahira nos proponen un viaje de “querencias, distancias, devastaciones, encuentros y fugas”, entiendo que, incluso sobre sus historias más personales, planea ese compendio de belleza y agravios que define nuestra realidad caribeña.
En El jardín original, el patio donde doña Luz cultivó a su antojo —y cito— “para ver crecer lo que esté dispuesto a nacer”, Vanessa Vilches Norat nos acoge en la nostalgia familiar por un pasado, literalmente, florido, mientras dibuja una sensación atávica y, a la vez, muy de nuestro tiempo: ese vértigo de presenciar cómo nuestros vecindarios cambian aun sin nuestro consentimiento. Justo lo opuesto que puede ocurrir en el espacio más íntimo, si así lo queremos.
Y así fue como sobrevivió el recuerdo de un fantasma llamado Deusdedit, dentro de una vetusta edición del Ariel pegada por los años al estante de una biblioteca personal. En su búsqueda de ese Diosdado mítico y desconocido, Sofía Irene Cardona nos demuestra que la investigación rigurosa y la ternura curiosa pueden convivir y elevarse hasta recuperar la memoria, la que recuerda a un personaje condenado en vida al olvido y la que nos devuelve a aquellos meses de encierro y distancias forzadas por la pandemia.
Porque, en “Será otra cosa”, tenemos la rara oportunidad de reencontrarnos con las inquietudes y las aficiones, con los temores y las esperanzas que nos acompañaron durante estos años críticos. La inmediatez o cercanía de los escritos a tantos eventos que nos han marcado nos permiten revivir, a través de la mirada de las autoras, detalles importantes que, con el tiempo —y, tal vez, por simple supervivencia— tendemos a olvidar. No es solo recordar cómo sentimos el distanciamiento físico que nos obligó a comunicarnos, casi exclusivamente, a través de las redes sociales. Es también volver a ese espacio de soledad, a veces asfixiante, otras tantas reparadora, que nos hizo mirar hacia adentro, hacia rincones olvidados de la casa y a los resquicios del alma.
Ana Teresa Pérez-Leroux, en Las pesadillas, dormidos o despiertos, nos dice, contundente: “La pandemia, que tantas disputas agrias y vociferantes ha despertado, en realidad nos ha unificado en el verdadero mal de nuestros tiempos: el miedo”. Esa reflexión, publicada originalmente en abril de 2022 y que se beneficia de la distancia temporal que la separa del inicio de nuestra peste, evoca al relato vivo y latente que Mari Mari Narváez publicó en agosto de 2020, casi dos años antes. En Isleña, playera y otros crímenes pandémicos, Narváez narra el presente, pero nutriéndose a su vez de un recuerdo lejano y también oportuno. Los helicópteros de la Marina estadounidense que, a principios de este siglo, pretendían intimidar a una desobediente bañista en Vieques, dos décadas después, se transfiguran en los de la Policía de Puerto Rico, surcando las costas del archipiélago en los días pandémicos, ávidos de bañistas que desobedezcan las reglas más absurdas, esas enraizadas en el poder que se busca, y a veces se consigue, a través del miedo.
Fotos Alina Luciano/CLARIDAD
En “Será otra cosa”, encontramos esos recordatorios necesarios sobre lo que sucedió hace solo un par de años, pero, también, guiños a realidades que están hoy entre las más urgentes. No es casualidad, por tanto, que en el mismo centro del libro nos topemos con una casa, que son muchas casas. Eso de que “no es casualidad”, lo digo yo, por supuesto, que no tuve nada que ver con la edición o el diseño del artefacto, pero se me antoja más que indicado que, al centro de todo, esté una reflexión sobre la vivienda, ese derecho humano tan denostado y precarizado en el Puerto Rico austero, el del sálvese quien pueda.
Sofía Irene Cardona nos dice en Acaso una casa: “Desde niña, he sentido cierta fascinación por las casas vacías. En Toa Alta, había una de esas, cerca de titi Margó[…] Adentro no había muebles, pero era emocionante registrar entre los pocos objetos que quedaban e imaginar el pasado de aquella casa, inventarse fantasmas y una historia. No sabíamos entonces que, con los años, las casas encantadas nos iban a sobrar”. Y añado yo: Hoy, al fenómeno de las casas vacías en un país al que le achican sus posibilidades, hemos tenido que sumarle el de las casas sin alma, esas que se mantienen en pie, con fachada impoluta y mobiliario genérico, indiferentes a los espectros que todavía rondan el vecindario.
El vacío, ese que se ha quedado con casas, edificios y cuadras enteras de San Juan, Mayagüez, Caguas, de casi todos los pueblos del país, ese que nos recuerda que vivimos en la devastación, se yergue ahora, no solo como abandono, sino como anticipo del desplazamiento. Ante esto, llegan Beatriz Llenín Figueroa y Vanessa Vilches Norat. La primera, “harta de las metáforas coloniales sobre barcos y naufragios e islas desiertas”, se pregunta, necesaria: “¿Cuáles son las metáforas para esta devastación nuestra”? Ante la evidente primacía del visitante en el ideario del poder y la acelerada conversión de nuestro país en un parque de recreo para turistas, la segunda, Vilches Norat, concluye que vivimos en una “isla vergel en pixeles de esos miles de gentes que no saben, o no quieren saber, que las caribeñas desearíamos también habitar un paraíso”.
Dorothy Bell Ferrer disfrutó la presentación del libro. Foto Alina Luciano/ CLARIDAD
Las ocho autoras, que se ofrecen en columnas de opinión, denuncia o reflexión, sin dejar de lado la crónica, la ficción y la poesía, se alejan y se acercan entre sí en un diálogo continuo sobre la vida aquí, sobre la sociedad dominicana, sobre el Caribe, sobre la vida en el extranjero, sobre islas de basura, sobre el irse y el volver. Hay historias familiares, y dolores inevitables, como suele ser el dolor.
Zahira Cruz Gómez, en Su rostro en el mío, navega la depresión y el duelo tras la muerte de su mamá, dos sentimientos tan presentes en este país en los últimos años. Es una tristeza apabullante, pero generosa también, porque nos concede a los lectores una sentencia que, aunque parezca contradictoria, podría llegar a ser un consuelo. Dice Cruz Gómez: “La alegría, como tantas otras cosas, no siempre es posible. No sucede lo mismo con el dolor; de ese nadie se escapa”.
Fue un dolor colectivo el que —muchos coinciden— movilizó a gran parte de este país justo a mitad del sexenio que comprende la antología “Será otra cosa”. El Verano del 19 dejó huella, pero, a veces, mirando el estado de las cosas, cuesta recordar el asombro y la esperanza en que tantos se zambulleron aquellos días de junio. Es esa distancia, tan cercana en la inmensidad del tiempo y tan lejana debido a la intensidad de nuestros días, la que merece la pena salvar con la lectura. No solo para revivir entusiasmos, sino, también, para recordar, que incluso entonces, temimos a la fugacidad del momento.
Para Mari Mari Narváez, el Verano del 19 llegó “como un día llega la lluvia después de una larga sequía”. Pero, ya, en agosto de ese año, solo días después de que las movilizaciones populares obligaran a la renuncia del entonces gobernador, Narváez se permitía esta honesta reflexión: “Una no sabe qué va a pasar, si ese amor de dos semanas que nos salvó a todos de aquel naufragio va a comprometerse a largo plazo o si acaso se irá evaporando nuevamente, como la lluvia antes de la tormenta”.
Fotos Alina Luciano/ CLARIDAD
Y aquí estamos, cuatro años después, que no son muchos pero sí suficientes para seguir sumando querencias y distancias, devastaciones y encuentros, fugas y —yo añado—esperanzas. Porque, por más que crezca la lista de dificultades, nos quedan espacios—por ejemplo, como este libro; por ejemplo, como esta tarde— donde encontrarnos y sostenernos. Porque, por más que nos empujen y nos jamaqueen, en este archipiélago, como dice Vanessa Vilches Norat, “debemos tener futuro aunque parezca una temeridad”.
Presentación del libro de los escritos de Será Otra Cosa, mayo 18 2023.