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La afrosororidad de Bárbara Idalisse Abadía Rexach: del silencio a la memoria reparativa

Especial para En Rojo

 

 

A las niñas, adolescentes y mujeres afropuertorriqueñas que crecimos sin el referente de Bárbara Idalisse Abadía Rexach y sus generosas, audaces y reparativas letras.

Fueron distintos “entonces” y distintos “ayeres” los de las afropuertorriqueñas de hoy. En el turbulento “ahora”, afortunadamente, recibimos de la pluma de la antropóloga y activista antirracista Bárbara Idalisse Abadía Rexach una invitación a la “cofradía afrosorora” titulada AFROfeminista: Raza y Mujer en Puerto Rico (Periodística Editorial, 2025). En menos de doscientas hojas, Abadía Rexach nos traza una ruta hacia la sanación, encamina un ajuste de cuentas reparativo y ejemplifica lo que tan bien expresara la feminista chicana Gloria Anzaldúa: cuán difícil es “distinguir entre lo heredado, lo adquirido y lo impuesto”.

AFROfeminista integra una veintena de textos previamente publicados en medios del País durante la pasada década a los que se suma un texto inédito que cierra con broche de cimarronaje la compilación. Todos, en su cruda verdad y en su conmovedora prosa, resultan, “tristemente” vigentes en 2026, como bien reconoce la autora en la Embocadura del libro.

La impronta de Bárbara Idalisse Abadía Rexach:

Como acertadamente indica la antropóloga sociocultural Lidia Marte, en el prólogo de AFROfeminista, “nadie sale ilesa de la escritura de Abadía”. Su prosa es accesible, afectuosa, abierta, y nos convoca a conocerla desde el vientre mismo de su madre y a acompañarla en relatos auto etnográficos, personales e íntimos a lo largo de su racializada vida. Este desprendimiento de Abadía Rexach devela su franca y consistente devoción por rebasar perímetros académicos, por sacudir los cimientos patriarcales de la antropología y de las ciencias sociales en general y, como diríamos coloquialmente, por “tirarse al medio”. La autora se lanza al batey de las palabras con una genuina radicalidad que encuerpa el afrofeminismo que profesa en su trabajo intelectual, en su creación mediática, en su docencia, en sus relaciones interpersonales y en su vasta humanidad.

Sin embargo, la razón principal por la que no salimos ilesas tras la lectura de su texto es porque su prosa es también acertada, aguerrida, angustiante, atroz. El pasado y la memoria propia, colectiva y ancestral que apalabra la autora están minados por el dolor, el agotamiento, las confrontaciones, las indignaciones y la rabia. Reacciones viscerales en las que se nos va la vida porque, como bien dice la autora en el capítulo titulado Vidas Negras: “hoy, el hostigamiento y la violencia racial que se practican desde ciertas instituciones gubernamentales, principalmente, Educación, Salud, Vivienda, Trabajo y Seguridad, mantienen a cientos de cuerpos negros despojados, en un estado de vulnerabilidad y cercamiento constante”.

No obstante, la impronta de la autora no es derrotista. La denuncia y la rabia impelen su escritura, pero su libro enlaza pasado, presente y futuro y nos convoca así a construir la esperanza que alberga la afro-reparación. En el capítulo titulado Raza Negra, Abadía Rexach nos emplaza: “(Re)pensamos la negritud desde la solidaridad, como un acto de movilización y afirmación y como una fuente de conocimiento y resistencia. Traspasamos el umbral de lo negro desde la victimización para reconocer las voces que han sido silenciadas y analizar la conciencia negra como un movimiento político contrahegemónico, antipatriarcal y contestatario”.

Sankofa, ese pájaro cuyo cuello se yergue hacia atrás para posar su pico en el centro mismo de su cuerpo, es un referente recurrente en los textos de Abadía Rexach. Sankofa es un término que proviene del dialecto twi, perteneciente al akán, lengua viva en Ghana, Costa de Marfil y otras regiones de nuestro común continente de origen, África. Pero sankofa no es solo un ave, es una metáfora reparativa que ha alzado vuelo en todos los pueblos afrodescendientes. Simboliza el llamado urgente a emprender nuestra ruta de regreso: a mirar atrás y confrontar nuestro pasado; a rescatar, recuperar y reparar aquello a lo que le hemos dado la espalda no necesariamente por voluntad propia y sí por la primacía de una narrativa histórica que mancilla nuestro pasado ancestral. Nos dice Bárbara al cierre de su valiente entrega:

«Este libro es mi forma de reconocer a las que ya no están y de hacerles saber a las que están y a las que vendrán que nos tenemos, que siempre nos hemos tenido y que nunca hemos dejado de ser libres.»

 La afrosanación y la afrodignidad como ruta:

 AFROfeminista es de principio a fin una denuncia, un consustanciado archivo de evidencias de que el racismo antinegro y, especialmente, el racismo antinegro dirigido a niñas como Alma Yariela Cruz está vivito y coleando en nuestro País. Según nos recuerda la autora, a Alma, tras un patrón de dos años de acoso racial escolar, denunciado por su madre e ignorado por las autoridades escolares, no le quedó otro remedio que defenderse, y terminó siendo arrestada e imputada con cinco faltas ante el Tribunal de Menores en 2017 a sus once años. Abadía Rexach también narra su propia historia de acoso policial y las consecuencias de rehusarse a seguir la cautela recomendada en casa a la mayoría de lxs afropuertorriqueñxs  para enfrentar la autoridad represiva del estado. “The talk”, la llaman nuestres compañeres afroamericanos: “no hables, no respondas, obedece”.

Las denuncias de la autora, sin embargo, no se limitan al reclamo justiciero antirracista. Esto hubiese sido suficiente, pero Abadía Rexach conjuga este registro y lo potencia afirmativamente con propuestas colectivas de intervención antirracista y feminista. Insiste en que no habitamos una era post-racial. Subraya, además, que en la lucha por la visibilidad de las niñas y mujeres negras, deben salvaguardarse y respetarse todos sus derechos, según los tiempos lo ameriten.

Es de esperarse que con el pasar de los años la lucha se transforme, evolucione, adquiera otros matices y, por supuesto, acoja nuevas voces que han sido silenciadas. Nos dice Bárbara: “La lucha debe dirigirse a responder, con acciones concretas de educación y fortalecimiento de los movimientos de visibilización, si las prácticas de desvalorización, subestimación y desigualdad de las mujeres negras están ¿abolidas?”

Bárbara—la niña fajardeña, la nieta de Prin, “la prietita de Olga y Germán”, que no les nació con ojos verdes y a quien le alisaron su pelo “indomable” por primera vez a los cinco años—va mucho más allá de la denuncia. AFROfeminista es una guía para la afrosanación y la afrodignidad de las niñas y mujeres afropuertorriqueñas.

Afropuertorriqueñas es ese término que resemantiza todos aquellos epítetos con los que nos (des)calificaron a lo largo de nuestras trayectorias personales y, aunque en aquellos “entonces” y “ayeres” no lo sabíamos, también a lo largo de nuestra historia colectiva: trigueña, piel canela, prieta, negra sucia, pasúa, pelo de caíllo, negra linda, jabá, mulata, negrita pero buena, negrita pero inteligente, oscurita, quemaíta, exótica, morena, moyeta y otros tantos que Bárbara tiene la astucia y la valentía de examinar y cuestionar en su capítulo titulado “Yo soy negra”.

AFROfeminista: Raza y Mujer en Puerto Rico es indudablemente el texto que tantas afropuertorriqueñas necesitábamos cuando nos criábamos, crecíamos, nos formábamos y forjábamos un presente y horizontes de futuro que NO nos invisibilizaran y que nos acogieran, tal cual éramos o aspirábamos a ser: en un hogar, en una escuela, en una iglesia, en un equipo deportivo, en un salón de belleza, en un barrio, en una urbanización, en un pueblo, en una tienda de juguetes, en una oferta de programación de medios de comunicación, en una semana de la puertorriqueñidad, en un libro de texto, en un álbum familiar… En fin, en un archipiélago empecinado en invisibilizarnos y negarnos nuestra dignidad.

No tuvimos esta guía en aquellos “entonces”, pero, afortunadamente, la tenemos ahora. En AFROfeminista nuestros “ayeres” se reencuentran en el presente y labran, con la memoria ancestral como pancarta, un futuro digno en cofradía afrosorora.

 

A José “Piculín” Ortiz no hubo que inventarlo

Foto Alina Luciano

Domingo J. Marqués

Hay jugadores que meten puntos, tienen jugadas llamativas…

Y hay jugadores que le meten país al uniforme.
Piculín era de esos.
A nosotros, los chamaquitos de entonces, nos ayudó a sacar la bandera del pecho y a ponerla afuera, sin vergüenza, sin pedir permiso, sin hablar bajito. Con él, la selección no parecía un equipo: parecía una discusión antigua entre la dignidad y el tamaño del mapa. Él cogía esa pelea como la cogía todo puertorriqueño decente cuando todavía la rabia servía para algo: de frente, sin dejarse.

Cuando jugaba Puerto Rico en aquellos años, no era baloncesto nada más. Era una guerra sin armas, como él mismo decía. Una guerra donde los tiros eran triples y los codos diplomacia caribeña… Y el miedo se le notaba en todos los juegos importantes, una de sus lecciones, las cosas grandes se pueden hacer con miedo. Ahí estaba él, fajado con rusos, yugoslavos, americanos, canadienses, con cualquiera. No se dejaba de nadie.Y lo más lindo era eso: que tampoco nos dejaba sentirnos menos que nadie.

A mí me definió la adolescencia entre otras cosas por esas selecciones. Yo todavía me acuerdo de aquellas batallas contra Yugoslavia, de esa sensación de estar viendo hombres de carne peleando contra mitologías europeas. Me acuerdo de Piculín metiéndose a las entrañas de equipos que parecían hechos en laboratorio, y saliendo de allí con la frente sudada y el orgullo intacto, como si dijera: “sí, son grandes, pero nosotros existimos”.

Y eso, en un país como éste, no es poca cosa.
Porque hay gente que mete canastos.
Y hay gente que le enseña a un pueblo a no bajar la cabeza.
Después, la vida hizo lo que suele hacer con los grandes: les pasó factura.
Tuvo caída pública, vergüenza pública, juicio público.
Pero él hizo algo que no siempre se ve: peleó también ahí.

Se reinventa, monta sus negocios. Se puso a trabajar con las manos. Yo lo recuerdo bajando sacos de harina en su pizzería de Lajas, dejando el pellejo, sin pose de leyenda ofendida, sin esa arrogancia de estatua que a veces les da a los exatletas. Como si la vida le hubiera dicho “empieza de nuevo” y él, terco como era, hubiera contestado “pues dale”.

Eso también es una forma de gallardía cojonuda.

No la del highlight pa’ Instagram.

La del jornal.

Y quizá por eso el pueblo terminó viéndolo otra vez como uno de los suyos.

Pero si me preguntan dónde vive de verdad Piculín en mi memoria, yo no voy primero al Madrid ni al Barça, aunque esos clubes hoy lo lloren con razón. Voy a Puerto Rico contra Canadá, al Preolímpico del 2003, a ese juego contra Steve Nash. Real Madrid y Barcelona lo despidieron como leyenda, y con razón; pero nosotros lo llevamos más adentro, porque acá no fue sólo jugador: fue emblema.

Ya estaba bajando el pico de su destreza, engañando al tiempo con oficio y mala intención de veterano. Casi cuarenta años. Las rodillas pidiendo retiro, el calendario pidiendo misericordia. Y, sin embargo, aquella noche jugó como si la patria le hubiera soplado adentro un segundo pulmón.

Hizo casi un cuádruple doble: 21 puntos, 10 rebotes, 10 asistencias, 8 tapones y se quedó rozando la leyenda estadística con una actuación que todavía hoy se recuerda como una de las más grandes en uniforme nacional. Puerto Rico le ganó a Canadá y clasificó a Atenas 2004.

Aquella noche Piculín fue un sistema ofensivo por sí solo. Fue voluntad con Adidas. Fue testarudez hecha piernas. Fue ese deseo tan puertorriqueño de caer exhausto antes que decoroso. Parecía que cada rebote lo agarraba por el cuello y le decía: “todavía no”. Parecía que cada pase llevaba detrás una maldición vieja de isla pequeña cansada de que le expliquen sus límites.

Aquel día no jugó un centro.
Jugó una causa.
Y yo, que lo vi, no lo he olvidado.

Luego vino el cáncer, que es otra cancha, pero más mezquina.Él hizo con esa enfermedad lo mismo que hizo con todo: la anunció de frente, dio la pelea en público, ganó algunas batallas, perdió otras, se dejó ver cansado, se dejó ver agradecido, se dejó ver humano.No romantizo eso. El cáncer no ennoblece a nadie. Jode, duele, desgasta y humilla. Pero hay gente que, aun jodida, decide pararse como si la dignidad también fuera un músculo. Él hizo eso.

Y aun enfermo siguió sembrando.

Dejó un podcast. Dio consejos. Compartió sabiduría. Yo lo recuerdo hablándole a mi hijo sobre cómo desarrollar la mano izquierda: que hiciera cosas con ella durante el día, que obligara al cuerpo a entender lo que todavía no sabía. Qué cosa hermosa, cuando uno lo piensa: enseñarle a un muchacho a usar mejor la mano menos hábil. Casi una metáfora completa del país.

Eso hacen los maestros de verdad.
Te enseñan a fortalecer lo que tienes débil.
No necesito idealizarlo.
No creo en santos deportivos. Los santos, además, juegan muy mal. Él no fue perfecto, ni hace falta. Fue otra cosa, quizá más útil: fue grande. Y la grandeza verdadera siempre viene con barro en los tenis.
Yo solo sé que le debo emociones.

Le debo tardes enteras de garganta rota, le debo recuerdos de mi abuela feliz frente al televisor, de mi padre señalarme detalles de su juego cuando jugaba contra mis Capitanes. Le debo ese orgullo patrio que a veces sólo aparecía cuando sonaba La Borinqueña antes del salto entre dos. Le debo la imagen de un puertorriqueño que se medía con cualquiera y no pedía rebaja. Le debo la certeza, aunque fuera por cuarenta minutos, de que este país podía plantarse frente al mundo y decir: aquí estamos.

Y al tiempo, aquí abajo, nosotros, los que crecimos viéndolo, volveremos a hacer lo de siempre:

sacaremos la bandera, apretaremos la mandíbula, y diremos su nombre como quien todavía se prepara para la batalla

 

El concepto de desastres lentos, la nueva reforma de permisos como ejemplo

Marcos Quiñones Otero

Un desastre no comienza cuando el huracán toca tierra o cuando ocurre un terremoto. Comienza mucho antes, incluso antes de que identifiquemos el riesgo. Puede ocurrir de una manera lenta que con detenimiento podemos identificar y analizar. Es el resultado de decisiones, procesos y acciones acumuladas en el tiempo desde desigualdad, planificación desmedida y una relación en desequilibrio entre desarrollo y ambiente. A este proceso se le conoce como “desastre lento”. No se manifiesta de forma inmediata ni espectacular, pero se construye silenciosamente hasta que un evento extremo revela sus consecuencias.

En esencia, el desastre es una construcción social. En Puerto Rico, este concepto cobra una gran relevancia en el contexto actual. A semanas del inicio de la temporada de huracanes, el país se adentra en la discusión de una reforma de permisos caracterizada por la desregulación, la agilización y una visión que tiende a subordinar la planificación. Este enfoque, aunque presentado como una estrategia de desarrollo económico, debe evaluarse desde la gestión de riesgos y la planificación.

La flexibilización de los procesos de permisos no es una acción neutral. Tiene implicaciones territoriales concretas. El ser más permisivo sobre dónde y cómo se construye, reducir controles en áreas ambientalmente sensitivas o acelerar aprobaciones sin el debido análisis son decisiones que, acumuladas, aumentan la exposición al riesgo. En otras palabras, se convierten en factores estructurales de un desastre lento. Lo que hoy se presenta como eficiencia administrativa puede traducirse mañana en comunidades más vulnerables, infraestructura más frágil y sistemas de respuesta sobrecargados.

La historia reciente del país ofrece evidencia clara. Los huracanes Irma y María, la secuencia sísmica del sur y la pandemia del COVID-19 no solo fueron crisis aisladas, también expusieron debilidades preexistentes en nuestro modelo de desarrollo. Muchas de esas vulnerabilidades no surgieron de la noche a la mañana, sino que responden a decisiones de política pública, prácticas de uso de suelo y omisiones en la planificación.¿Cómo trabajamos esto? Ante este panorama, el camino no debe ser la simplificación y agilización de los procesos, sino su fortalecimiento estratégico y planificado.

La planificación debe asumirse como una herramienta central de gestión de riesgos, no como un obstáculo. Esto implica que debemos adoptar un enfoque interdisciplinario que integre dimensiones socioambientales y económicas. Debemos establecer criterios rigurosos para la evaluación de proyectos en zonas de alto valor ecológico, cultural o de riesgo. Y tenemos que alinear el sistema de permisos con instrumentos existentes como el Plan de Mitigación, Adaptación y Resiliencia al Cambio Climático (P-MARCC) y los planes de uso de suelos.

El desarrollo económico no puede construirse a costa de la improvisación ni del interés de unos pocos. Ignorar esta realidad no elimina los riesgos, los desplaza y los acumula. Y cuando finalmente se manifiestan, lo hacen con costos mucho mayores, incluso catastróficos. En ese sentido, la verdadera “supremacía” no será la del crecimiento económico inmediato, sino la de pérdidas económicas y socioambientales que pudieron haberse evitado. Todo esto por un desastre construido que puedo haber sido evitado. Ante la nueva temporada de huracanes necesitamos un cambio, si, pero no uno desarrollado por mecanismos artificiales sino por la retroalimentación de expertos y la plena participación ciudadana.

El autor es planificador y geógrafo

 

Encontrado en las redes-El periodismo que documenta sin interrogar: Santurce sin agua

 

Eliseo Colón Zayas

 

Estamos claros que la pregunta central no es si la prensa debe publicar comunicados de la Autoridad de Acueductos y Alcantarillados. Claro que puede hacerlo. EL PROBLEMA COMIENZA CUANDO EL COMUNICADO SUSTITUYE LA INVESTIGACIÓN, CUANDO LA NOTA DE PRENSA REEMPLAZA LA FISCALIZACIÓN Y CUANDO EL PERIODISTA TERMINA FUNCIONANDO COMO REPETIDOR TÉCNICO DEL LENGUAJE BUROCRÁTICO.

Ahí el periodismo deja de ser mediación crítica y se convierte en administración simbólica de la crisis. Esto es lo que ha ocurrido durante estas tres semanas con la crisis del agua, al igual que con todas las crisis del colapso de Puerto Rico. Desde julio del año pasado, la narrativa de “Carraízo”, “las bombas”, “las limpiezas”, “los trabajos programados” y “las averías” se ha convertido en una especie de liturgia mediática repetitiva que administra ansiedad pública sin producir conocimiento. Mientras tanto, sectores de Santurce llevan semanas sin agua y la ciudadanía recibe una sobreproducción de explicaciones técnicas sin una sola explicación estructural convincente.

Lo más grave es que la prensa corporativa muchas veces cubre el problema como si fuera un evento aislado y episódico, cuando ya claramente constituye una crisis sistémica de infraestructura, planificación y gobernanza. La repetición de notas sobre “trabajos”, “interrupciones” y “camiones cisterna” crea un efecto ideológico: naturaliza el colapso. Para el periodismo corporativo puertorriqueño, la precariedad se convierte en la atmósfera normalizada del presente. La ciudadanía termina administrando el desastre en vez de exigir responsabilidades políticas.

Las preguntas incómodas que deberían hacer los periodistas no son técnicas solamente. Son históricas, estructurales, financieras y políticas. Algunas serían devastadoras precisamente porque romperían el guion mediático de la AAA y del gobierno de Jenniffer González.

Mientras espero por los camiones cisterna del día de hoy, se me ocurren muchas interrogantes que un periodista de excelencia haría. Por ejemplo:

  • ¿Por qué una crisis que comenzó visiblemente desde julio del año pasado continúa agravándose si supuestamente cada interrupción era “temporera”?
  • ¿Dónde están los informes públicos completos sobre el estado real de la infraestructura hidráulica metropolitana?
  • ¿Cuántos tanques de distribución y estaciones de bombeo dejaron de operar desde la privatización parcial con Ondeo en 2002?
  • ¿Qué infraestructura fue eliminada, abandonada o no reemplazada durante el período de ONDEO?
  • ¿Quién autorizó esos cambios?
  • ¿Existe documentación pública sobre el desmantelamiento de reservas para las partes altas de Santurce?
  • ¿Cuántos millones se han invertido desde entonces en consultoría y privatización versus mantenimiento preventivo?
  • ¿Por qué las partes altas de Santurce parecen ser siempre las primeras en colapsar y las últimas en recuperarse?
  • ¿Existe un mapa actualizado de vulnerabilidad hidráulica del área metropolitana?
  • ¿Cuántas bombas están realmente fuera de servicio hoy?
  • ¿Cuál es la vida útil promedio de las bombas actualmente operando?
  • ¿Cuántas trabajan por encima de capacidad?
  • ¿Qué porcentaje del sistema depende ya de reparaciones temporeras?
  • ¿Cuál es el nivel real de pérdida por salideros en el sistema?
  • ¿Cuánto agua se pierde diariamente antes de llegar a los hogares?
  • ¿Por qué la AAA insiste en presentar cada interrupción como un evento excepcional cuando la recurrencia ya indica colapso estructural?
  • ¿Qué auditorías federales existen sobre el deterioro del sistema?
  • ¿Dónde están los contratos y subcontratos relacionados con mantenimiento y modernización?
  • ¿Qué compañías privadas se benefician económicamente de la emergencia permanente?
  • ¿Cuánto dinero se ha gastado en camiones cisterna durante el último año?
  • ¿Quiénes son los contratistas?
  • ¿Por qué parece existir más capacidad para relaciones públicas que para distribución estable de agua?
  • ¿Cuántos comunicados de prensa ha emitido la AAA este año versus cuántos informes técnicos detallados ha hecho públicos?
  • ¿Por qué las conferencias de prensa nunca incluyen ingenieros independientes?
  • ¿Por qué la prensa entrevista siempre a los mismos portavoces oficiales y rara vez a expertos externos en infraestructura hidráulica?
  • ¿Por qué no se investiga el efecto de décadas de privatización y subcontratación sobre el deterioro del sistema?
  • ¿Qué rol tuvo la Junta de Supervisión Fiscal en aplazar mantenimiento e inversión?
  • ¿Existe riesgo de que sectores del área metropolitana enfrenten racionamientos permanentes?
  • ¿Qué planes de contingencia existen si Carraízo falla nuevamente?
  • ¿Por qué la ciudadanía debe aceptar como normal vivir semanas sin agua en una capital del siglo XXI?
  • ¿Cómo afecta esto hospitales, envejecientes, comercios y escuelas?
  • ¿Cuál es el costo económico real de esta crisis?
  • ¿Quién responde políticamente por un año continuo de interrupciones?
  • ¿Renunciaría algún funcionario si esto continúa seis meses más?
  • ¿Puede el gobierno garantizar hoy que Santurce no volverá a quedarse semanas sin agua en verano?
  • Si no puede garantizarlo, ¿por qué no se declara una emergencia de infraestructura?
  • ¿Por qué “Carraízo” funciona discursivamente como explicación total de todos los males?
  • ¿No se está usando la represa como fetiche narrativo para ocultar fallas sistémicas más profundas?
  • ¿Por qué los medios repiten frases como “trabajos programados”, “avería”, “limpieza” y “eventos operacionales” sin traducirlas al lenguaje ciudadano?
  • ¿Qué significa exactamente “evento operacional”?
  • ¿Quién redacta los comunicados?
  • ¿Por qué el lenguaje de la AAA está diseñado para sonar técnico pero decir tan poco?
  • ¿Desde cuándo el periodismo puertorriqueño abandonó la confrontación técnica y documental?

El verdadero problema no es sólo la falta de agua. Es la administración simbólica del colapso. LA PRENSA REPRODUCE EL COMUNICADO PARA LLENAR EL VACÍO NOTICIOSO Y TERMINA LLENANDO TAMBIÉN EL VACÍO POLÍTICO. EL RESULTADO ES UN PERIODISMO QUE DOCUMENTA LA PRECARIEDAD SIN INTERROGAR LAS ESTRUCTURAS QUE LA PRODUCEN. AHÍ ESTÁ EL GRAN FRACASO.

 

 

Museo de la puertorriqueñidad Antonio “Toño” Martorell Cardona

 

 

Especial para En Rojo

La historia es el rostro de los pueblos y en ella se palpitan las distintas manifestaciones que la nutren y hacen de ella un proceso dinámico y lleno de grandes acciones humanas. Dentro de la vorágine de sucesos históricos se observa la cultura y, dentro de ella, el arte como una de las mayores expresiones de las civilizaciones a lo largo de la humanidad. Precisamente, el Museo de la Puertorriqueñidad Antonio “Toño” Martorell Cardona nace del deseo de plasmar lo acontecido y lo que acontecerá en el marco de las celebraciones de los Desfiles de la Puertorriqueñidad que, año tras año, se celebran en nuestra escuela. En efecto, la intención de los creadores de este salón de exhibición es preservar los trabajos realizados por nuestros estudiantes, con el fin de que con ello se sustente nuestra idiosincrasia cultural.

El proyecto también se enmarca en el crecimiento de espacios culturales y de la memoria en Villalba, por lo que se busca darle continuidad al enorme esfuerzo que han ido realizando entidades como la Fundación Walter Mck Jones y el Museo de la Bicicleta, quienes han sido pioneros en la cuestión de la preservación cultural. En este contexto de manifestación cultural, la inauguración del proyecto tuvo lugar el 4 de mayo, fecha que marca un nuevo capítulo en la afirmación de nuestra memoria colectiva. En un ambiente cargado de orgullo cultural y compromiso educativo, se celebró la inauguración del museo, cuyas paredes y pasillos honran la historia, el arte y la identidad nacional desde la perspectiva estudiantil y comunitaria.

Danny Rivera y Martorell Fotos suministradas por el autor

La actividad reunió a destacadas figuras del ámbito cultural y educativo, así como a miembros de la comunidad que han aportado significativamente al desarrollo de Villalba y de Puerto Rico. Además del artista “Toño” Martorell, entre las personalidades presentes estuvieron la voz nacional, Danny Rivera; la propietaria de la Librería El Candil, Tamara Yantín; las productoras culturales Caridad Sorondo y Viviana Torres Mestey; y el artista villalbeño Domitilo Negrón. De manera especial, se destacó la participación creativa del estudiantado, particularmente de los estudiantes de décimo grado, quienes asumieron un rol protagónico en el desarrollo del proyecto.

Asimismo, se extendió un reconocimiento especial al maestro Antonio “Toño” Martorell Cardona por aceptar que este espacio lleve su nombre. Este reconocimiento responde a su lucha constante por preservar el legado histórico-cultural de nuestro pueblo y a su amor por la conversación, por la difusión de ideas y por su espíritu altruista. Distinguir a este maestro del arte, de la comunicación y de la escritura no es solo contribuir al estudio del pensamiento artístico, sino también un intento por pensar el país en su máxima expresión, desde otras miradas y a partir de diversas experiencias. El museo es polifónico y Toño es diverso en voces, y su trayectoria ha sido de múltiples resonancias, lo que puede ayudar a alimentar nuestro espíritu puertorriqueño. Gracias, Maestro, por acompañarnos hoy, en este pueblo de gente buena, de hombres y mujeres que no se rinden en su empeño por amar a la Patria.

El autor esMaestro de la Escuela Lysander Borrero Terry, Villalba, Puerto Rico

4 de mayo de 2026