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  ¿La misma historia?

 

Por David Brooks

 

La contradicción fundamental entre un imperio y una democracia acompaña a un país que por un lado se proclama como “la nación indispensable” dedicada a salvar al mundo e imponer su “libertad”, pero que por otro lado es “el país más violento del mundo”, como lo resume Jeffrey Sachs.

Desde sus inicios, Estados Unidos ha tenido que vivir entre las contradicciones de su propia existencia, algo que sólo se ha intensificado al volverse superpoder. La retórica de la igualdad, libertad, democracia, paz y respeto a las libertades civiles –palabras que se proclamaron desde que fue fundada esta república hasta hace sólo poco– han coexistido con la realidad de la esclavitud, conquista y casi exterminio de pueblos indígenas, e incesantes guerras, intervenciones, operaciones clandestinas hasta hoy día (según un conteo, la potencia ha intervenido en otros países más de 200 veces desde 1950). Y eso, a pesar de que una y otra vez se advertía que lo primero sería sacrificado o anulado con lo segundo.

En la Convención Constitucional de 1787, James Madison, uno de los padres fundadores de Estados Unidos, advirtió que “ninguna nación puede preservar su libertad en medio de guerra continua. Una fuerza militar activa, con un Ejecutivo demasiado grande, ya no serán compañeros seguros a la libertad. Los medios de defensa contra el peligro extranjero siempre han sido los instrumentos de tiranía en casa”. Esa advertencia compartida con otros fundadores sigue vigente, escribe Katrina Vanden Heuvel, directora de la revista progresista The Nation en la introducción de un número especial marcando el 250 aniversario de Estados Unidos (la revista fue fundada por antiesclavistas hace 161 años), donde recuerda que siempre ha existido una disidencia contra las acciones imperiales de este pais (https://www.thenation.com/article/society/anti-imperialism-nation-magazine/).

Esa larga historia de la contradicción fundamental entre un imperio y una democracia acompaña a un país que por un lado se proclama como una fuerza del bien bendecida por Dios, la “nación indispensable” dedicada a salvar al mundo e imponer su “libertad” (nunca preguntando quién la invitó a tomar ese papel), pero que por otro es “el país más violento del mundo”, como lo resume Jeffrey Sachs. Thomas Jefferson tiene una frase famosa que encapsula esta contradicción e intenta resolverla: “estoy convencido de que ninguna Constitución jamás antes fue tan bien calculada como la nuestra para un imperio extenso y el autogobierno”, escribió a Madison en 1809.

La idea de que la “libertad” individual requiere una expansión constante de un imperio benévolo promoviendo la democracia, de donde brota la idea de “policía del mundo” para garantizar la ley y orden, está al corazón de conceptos como la Doctrina Monroe y el Destino Manifiesto, recuerda el historiador William Appleman Williams en su libro Imperio como forma de vida. Pero inconformes y disidentes de este país durante décadas, hasta siglos, han rechazado ese papel del país en el mundo.

Antimperialistas y opositores a las guerras, intervenciones e invasiones desde los inicios del país hasta hoy día –entre ellos figuras como Mark Twain y Martin Luther King e innumerables voces a lo largo de la historia del país, muchos pagando las consecuencias de atreverse a cuestionar el poder– han advertido que las acciones bélicas injustas y criminales a nombre del imperio minan y podrían hasta destruir la democracia, la libertad y los derechos aquí en casa.

Actualmente se cuenta con el imperialista más honesto de la historia de Estados Unidos. El presidente lo deja claro, cuando habla sobre su “triunfo increíble” en la guerra de horas con Venezuela. No menciona democracia, libertad, igualdad, sino sólo petróleo y cuantos millones de barriles Estados Unidos ha sacado de ahí. Ese es el triunfo. Al igual, con la renovada Doctrina Monroe, la Casa Blanca lo dice claramente: nadie puede cuestionar el dominio de Estados Unidos en el hemisferio americano. Al mismo tiempo, los expertos y defensores de derechos señalan que dentro de este país, la democracia estadunidense está en jaque como nunca antes al anularse derechos al voto, de las mujeres y libertades civiles.

Tal vez es pura nostalgia imperial para otro tiempo y la retórica oficial es sólo el último grito de algo que ya empieza a desvanecerse.

Yo-Yo Ma, el Boston Symphony e invitados. We the People. https://www.classicalwcrb.org/show/the-boston-symphony-orches-tra/2026-03-25/we-the-people-part-2-yo-yo-ma-aoife-odonovan-and-jennifer-kreisberg-at-tanglewood

Reproducido de www.rebelion.org

El país en vilo

 

Especial para Claridad

Puerto Rico vive en un sobresalto permanente. Esto no es una metáfora, es la respiración diaria de un país empujado a la incertidumbre por la ineptitud de quienes han administrado el gobierno y el dinero público como si fueran botín, no una responsabilidad.

La escasez de agua y la inestabilidad eléctrica son síntomas visibles de un colapso que lleva años gestándose. No son accidentes ni fatalidades naturales: son el resultado directo de la mediocridad con que se ha gobernado. Cuando un país moderno no puede garantizar agua ni luz, lo que falla no es la tubería ni el cable; lo que falla es el Estado. Lo advirtió el sociólogo Ulrich Beck: las sociedades que no administran sus riesgos “se condenan a vivir en un estado de ansiedad crónica”. Puerto Rico está ahí, atrapado en esa ansiedad que se siente en cada apagón, en cada interrupción del servicio, en cada excusa oficial que pretende disfrazar la incompetencia.

La falta de agua en pleno siglo XXI es una humillación pública. Es la evidencia de que la planificación ha sido sustituida por la improvisación, y la improvisación por el abandono.  La crisis eléctrica, por su parte, es el espejo más claro de la decadencia institucional. Apagones constantes, plantas que fallan, excusas recicladas, promesas vacías. La ciudadanía vive en un estado de vulnerabilidad que no debería tolerarse en ninguna democracia funcional. Tenemos un gobierno desconectado del país y esa desconexión abre la puerta a la indignación, al rechazo y a la ruptura del pacto social. Esta situación se profundiza cuando el gobierno de Jenniffer González decide burlarse abiertamente del país.

El nombramiento de Norma Burgos como secretaria de la Gobernación es una muestra clara de esa burla. En lugar de buscar entre las decenas de profesionales competentes que abundan en Puerto Rico —personas con preparación, trayectoria, ética y capacidad para dirigir la administración pública con rigor— la gobernadora opta por revivir figuras de un pasado político desgastado, marcado por controversias y por una larga historia de desempeño cuestionado. No es un nombramiento, es un retroceso y una  bofetada al país.

El mensaje es claro y ofensivo, en vez de apostar por la excelencia, se apuesta por lealtades partidistas; en vez de promover renovación, se reciclan fantasmas; en vez de fortalecer la gobernanza, se perpetúa la mediocridad. Esa designación no solo revela la falta de visión de la administración, revela su desprecio por la inteligencia colectiva del país. Es otra mentira. Otra burla. Otra falta de respeto.

La incertidumbre se ha convertido en la atmósfera política del país. Una incertidumbre que no nace del azar, sino de la negligencia. De la falta de visión. De la incapacidad de administrar recursos públicos con rigor y ética.

La crisis de agua, la crisis eléctrica y la crisis de liderazgo revelan la distancia entre el país oficial y el país real. El país oficial vive de conferencias de prensa, de nombramientos reciclados, de narrativas vacías, de fiestas y mariachis. El país real vive de cisternas, plantas eléctricas, velas, filas interminables, gastos adicionales, pérdidas económicas y un cansancio que ya no se puede ocultar. Esa fractura es política, pero también es moral.

En Fortaleza deben poner oido en tierra porque la rabia y el colapso producen intolerancia. El país está como agua para chocolate. Estamos llegando a ese punto donde la paciencia se quiebra. La ciudadanía empieza a comprender que la mediocridad gubernamental no es destino, sino consecuencia de decisiones que pueden —y deben— ser confrontadas. Y esa tarea no puede seguir esperando.

 

 

Esto es agua

 

Especial para En Rojo

 

 Cavó la tierra, supuse, con las manos y con la rabia e incomprensión primigenias de los cavernícolas.

La noticia llegó contra natura en esta modernidad líquida en la que vivimos: vía texto, tal cual me hicieron llegar las exequias de mi tía abuela la semana anterior junto a las notificaciones de memes y artículos en otro chat sobre el próximo racionamiento de agua en el área metro puertorriqueña. Mi tía abuela atravesó el umbral de la muerte con cierta tranquilidad contrario a esta muerte particular que aconteció entre verja bayamonesa: un adorado can visitó a Cerbero y atravesó, muy sin querer, al valle del Érebo queriendo tomar el sol en el patio, o queriendo, al verse atorado por el torso felpudo, regresar a su hogar.

Sus alaridos de dolor ante la noticia tropellaron mi sueño y mareajaron mi mar interno durante los días por venir.

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Digiriendo estas dos noticias, pensé en el discurso de This is Water / Esto es agua del fallecido escritor David Foster Wallace (1962-2008). Agua, en boca de todos. Agua, que está en todas partes; en nuestro cuerpo, en este globo terráqueo, pero en parte nula, al parecer, ahora mismo en Puerto Rico. Bueno, sí: desbordándose por las calles humedeciendo el pavimento y humectando los pocos árboles de las aceras (ahí está quizás entre el 40 y el 60 % del agua potable malgastado del país).

Agua que necesitamos para vivir; agua que nos rodea por todas las costas. Agua.

 En el discurso, Foster Wallace cuenta que dos peces disfrutan de mutua compañía hasta que llega otro, el mayor, que les pregunta qué tal el agua, a lo que uno responde: «¿Qué diantre es agua?». Uno se preguntará: si eres pez, ¿cómo no sabes qué es agua? A lo que el orador de entonces responde: «Las realidades más obvias e importantes son con frecuencia las más difíciles de ver y sobre las que es más difícil hablar. Enunciado como una frase, por supuesto, éste es sólo un lugar común como cualquier otro, pero el hecho es que en las trincheras del día a día de la existencia adulta, los lugares comunes pueden tener una importancia de vida o muerte […]».

A continuación, Foster Wallace cuenta otra suerte de parábola en la cual dos hombres en una remota Alaska comparten anécdotas sentaditos en un bar; uno es ateo; el otro, creyente. El ateo cuenta que una vez se vio perdido entre la nieve y que se arrodilló y rezó por una señal, o salvación. Al rato apareció la ayuda. El creyente arguyó que Dios lo había ayudado y que ahora debía ser creyente, ¿no?. «Qué va a ser. Casualmente, un par de esquimales pasaron por aquí y me mostraron el camino de regreso». Durante el resto del discurso, el autor hace hincapié en la importancia de la atención, del criterio, de la observación; de la resistencia a los automatismos de la vida adulta e invita a los estudiantes a dilucidar las diferentes perspectivas que puede tener un mismo evento, como lo fue, por ejemplo, el rescate [milagroso, o no] del hombre perdido en la nieve.

Hacia el final discurso, dice: «Nada de esto se trata de moral, religión, dogma o sofisticadas preguntas sobre la vida después de la muerte. La cuestión aquí, es la vida antes de la muerte. Es llegar hasta los treinta, o tal vez incluso los cincuenta, sin querer dispararse a sí mismo en la cabeza. Es sobre el verdadero valor de la educación, que no tiene que ver con calificaciones o títulos sino con la simple conciencia: conciencia de lo que es real y esencial, tan escondido a simple vista alrededor de nosotros, que tenemos que recordarnos a nosotros mismos una y otra vez:

“Esto es agua.”

“Esto es agua.”

“Estos esquimales pueden ser mucho más de lo que parecen.”

Es inimaginablemente difícil hacer esto, vivir de manera consciente, adulta, día tras día. Lo que significa que una vez más el cliché es cierto: su educación realmente es el trabajo de una vida, y comienza ahora.  Les deseo mucho más que suerte».

Sentada en el sofá, con Barrilito y agua soda en mano, a la espera de que volviese mi pareja de enterrar al perro me murmuré «esto es agua» una y otra vez y pensé que Foster Wallace se colgó en el patio de su casa tras pulsear con su gran depresión en 2008.  Y que ambas realidades coexisten: que las palabras más optimistas acaso jamás pronunciadas hayan sido en boca de un gran deprimido. Que yo adolezca la falta de agua del pueblo aunque disfrute de tenerla. Que asuma todos los duelos y pugnas con ligereza y desasosiego.

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Directo de la oficina, salí al hospital al encuentro con mi abuelo bajo un chubasco tenebroso y deseado. El embalse de Carraízo se llenó en algo aquel día como se llenó mi corazón de fe al ver a mi patriarca pizpireto a pesar del asunto en mano. Tenía entonces la impresión de que podría diluviar cuarenta días y cuarenta noches con tal de que la familia se mantuviera en esa pecera de cuarto, nadando y subiendo y bajando con la presión, los niveles de azúcar y sodio de mi abuelo. Curiosa y no tan curiosamente, su afección fue debida a consumo excesivo de agua. Ingesta inmedible de agua; fuga de potasio.  

Ahí, en el hospital, me lamí los labios secos y observé los del abuelo. Estamos sedientos, y todo reenvía al agua. A su estado, a su presencia, a su ausencia. Agua.

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En la adultez, siempre hay una emergencia que aplacar: en Puerto Rico, estas se triplifican y amplifican a medida que los gobiernos se pasan la papa caliente, papa caliente, papa caliente ya al que toque, finalmente, tapar o destapar la verdad. La adultez son decisiones, pienso, en activo: como ciudadanos que sí somos, soportamos, aportamos, pero también portamos cada uno un poder especial.

Foster Wallace dijo en el mismo discurso que «el tipo de libertad más importante involucra atención, consciencia, disciplina, esfuerzo, y ser capaces de preocuparse realmente por las demás personas y sacrificarse por ellas, una y otra vez, realizando miles de pequeños, y nada sexys, actos, día tras día. Esa es la verdadera libertad». Liberación, revolución, sumisión, colonización. El verano 2026 que nunca transcurrió a pesar de la pregunta ¿qué tal el agua?.

En ello pienso a mediados de agosto y, cuando desespero, hirsuta como mis nuevas canas, intento volver una y otra vez a esta libertad que poseo según el escritor. Ninguna distracción, reunión corporativa, superestrella, desparpajo gubernamental, objeto de lujo es suficiente.

La muerte es la muerte. El amor es el amor. «Esto es agua», y de aquí no me han de sacar.

 

* Las traducciones del inglés al español del discurso Esto es agua son algunas mías y otras de Pablo Robles Gastélum (Círculo de Poesía).

No soy nostálgico o el vacilón dialógico en la obra de Luis Rafael Sánchez

 

 

Especial para En Rojo

A Federico Irizarry Natal

 

Indiferencia a la nostalgia aduce el fabulador. Encara, sin embargo, oposición de algunos personajes. Antígona ofrece su vida en aras de regresar a un tiempo en que se dignificaba la muerte mediante el ritual del entierro, término que suscita equívocos que le encantarían a Dafne la diva. Lo liminal, después de todo, configura las prácticas transgresoras de Dafne. Ella actúa convirtiendo la norma social en áreas grises. Imposible acudir a los parámetros de las buenas costumbres para evaluarla. Derrota las pretensiones regulatorias de la real academia. No hay precepto moral que encasille su proceder. No está codificado. Habita el ser o no ser de la impudicia.

Dafne expresa sorpresa fingida ante el aplauso que le concede el Congreso de Asuntos de la Familia. Se desarticula la nostalgia ante un futuro decodificado de antemano. Aspira al mito, sujeto de un imaginario que tritura la nostalgia porque suscita adulación infinita que trivializa el tiempo. La inmanencia que anima al mito oblitera el recuerdo, contraviene el sentido de pérdida.

Que no tiene fechas el aire concluye una voz en La importancia de llamarse Daniel Santos. Si la vida moderna nos descalabra el espíritu, dice Bianca, se busca solaz en un tiempo previo de sosiego.

El bolero, sin embargo, concreta el umbral que trasciende, confirma o niega la nostalgia. La ambigüedad propone polisemia, la palabra inasible, las aristas disímiles que suscita una percepción, la muerte del autor si, como dice Barthes, los lectores se apropian de palabras ajenas y configuran su propia interpretación. Si le creemos a Mandrake el Mago, la nostalgia es ensayada. En el libreto espontáneo de Papa Morrison, la nostalgia es un artificio, un recurso teatral que traza un hilo emocional con la audiencia dado que la vida consiste en una secuencia de pérdidas. ¿Qué constituye el bolero al que se accede en las velloneras de América que visitó Luis Rafael? Ensayar, repetir, reiterar, recordar enmarcan al bolero, animan el dialogo con la vellonera. Cerveza en mano, se intenta anular el tiempo revisitando una angustia primigenia. Se intentan difuminar aflicciones del corazón. Yo no he visto a Linda, pero sí la veo no la conozco.  La congoja performativa ocupa el primer palco existencial.

La nostalgia supone fronteras temporales, un antes y después que anula el ahora. Si la vida es una cosa fenomenal, lo mismo pal de alante que pal de atrás, nos ahorramos la elipsis, el presente que se disipa al momento de enunciarlo. Pero el tapón automovilístico que enmaraña al muy pulcro senador Vicente Reinosa oblitera la nostalgia dado que la inmovilidad concentra la energía en el aquí y en el ahora. Por eso recurrimos a la nostalgia porque el presente también puede ser una tara, que hay mucha doña deprimente y deprimida, confiesa el doctor Severo Severino. No hay mejor antiséptico que un viaje al pasado, al mundo imaginario de Disney, que el caos mental se remedia conversando con el perro Pluto, recomienda el galeno.

El primer perro Buddy Clinton apuesta también a contrarrestar la nostalgia mediante su incorporación al libro Guiness por ser el primer animal que opera como un Perry Mason, el primero en “interceder por el honor de un presidente norteamericano”. Su salto a la fama anularía el tiempo, constituiría un túnel cuántico que conecta al ayer con hoy. Merecida tiene la inmortalidad si logra librar al maculado mandatorio de su condena ciudadana por haber avasallado la inocencia de una púber, una relación de poder asimétrica similar a un peso pesado contrapuesto a un peso pluma. Se engañó a sí misma Mónica suponiendo un camino franco al primer dormitorio de la nación, ignorando las malas artes de Hillary, la misma que logró que una comentarista demócrata de CNN le adelantara unas preguntas del debate contra Bernie Sanders, lo que demuestra una afinidad de los Clinton con conductas indecorosas.

El perrito presidencial muestra un conflicto de interés al defender un amo que no solo le alimenta con Alpo gourmet, sino que además engalanó su pata izquierda delantera con un Rolex, y como no hay nada nuevo bajo el sol dicen que dijo Salomón, Buddy se propone actuar como el Michael Cohen de Trump. El affaire Lewinsky es de poca monta; lo que intentará Buddy es librar a su amo del lastre histórico que supone haberles declarado la guerra a los pobres, de intentar descalabrar la red social de protección a los estadounidenses más vulnerables a la vez que fortalecía el welfare corporativo. Que la presencia histórica de Buddy se concreta por los sobos recibidos en su barriga por gente importante como la voz primera del Vaticano y el Dalái lama.

Buddy reniega de la nostalgia, que agua pasada no mueve molino, que la inclinación temporal del primer perro coincide con la infalible brújula de Jack Sparrow, todo gravita hacia el norte, la vida gravita hacia el ahora dice Buddy, “solo en el presente radica toda vida” (97), fin de la cita filosófica del primer sujeto perruno.

¿Qué hace un general con un antiquísimo traje blanco? ¿Por qué Quintina le remienda el corazón a Don Goyito? Todo recala en la disolución de la nostalgia, en abrogar el pasado. Bien lo dice el General Cataplum en Farsa del amor compradito: “Las tradiciones pasaron de moda”, según consta en su proclama unilateral (28). De una acotación misma surge una nostalgia deshilvanada por la ambigüedad dado que hay “un viejo baúl que parece recuerdo de piratas” (7). Algo sabemos de piratas porque uno de los nuestros, Roberto Cofresí, ocupa un lugar en el salón de la fama de la piratería. Que Roberto evidenció las bondades de la globalización lo sabe todo el mundo porque se requirió una alianza mundial para poner fin a sus travesuras marítimas. De confrontar al enemigo resulta ducho el General Cataplum porque puede que aparezca con la escopeta de una bala o con la de dos. Ese equívoco militar impide que cuaje la nostalgia ante la indefinición que desarticula la sensación de pérdida o ausencia. Ni siquiera el final de La farsa acoge la nostalgia porque no se echa de menos lo que no es, que Pirulí Pulcinello abjura de la caída absurda del telón porque “esta obra ha sido alterada”, pero jura y perjura el Pirulí e invita a regresar al teatro para atestiguar un final diferente.

Devórame otra vez propone reiterar, alargar el presente. Nadie puede acusar a Luis Rafael de inconsistente, que en su texto “Palabras viajeras” destaca lo atemporal del bolero, “los boleros sin tiempo” y escribo las comillas de rigor para que nadie me acuse de plagio. Atestiguo que ha sido el escritor quien consagra la eternidad del bolero, que el reloj se ha tornado superfluo donde impera la inercia del tiempo. Newton no lo vio venir, pero Luis Rafael sabe que la imaginación tercia en la abolición del tiempo. Nos permite reinventar el siglo a lo Rabelais. El capital desequilibra sus bondades en favor de los suyos, pero la naturaleza, nos asegura el genial Darwin es democrática, dispensa sus parabienes a todos por igual. Gente con connections exuda privilegio, ostenta una falaz ecuanimidad, endeble fachada que descalabró un agresivo juey palancú en La Guagua aérea. El juey ancestral, de los 60’ digamos, devela lo prolífico de la naturaleza, el palancú horada una madriguera donde mejor le parece, convive con excelsos cañaverales, una caña brava enhiesta que opaca la explotación laboral que precedió a un tiempo muerto infinito, alardeando de su extinción, papel inolvidable de manos a la obra y el país se convirtió en un semillero de fábricas, loas a Santo Teodoro Moscoso. Escribo estas palabras y me invade la nostalgia que pretendo deslegitimar al recordar la Farmacia Moscoso instalada en la plaza de recreo de Ponce. Volvamos al palancú, inolvidable la indignación contagiosa que modela José Luis Chavito Marrero en la versión cinemática. Chavito nos abandonó y se llevó su furor ético, ausencia ideal en estos días de descontrol fiscal en los que procónsules financieros han gestado una descomunal transferencia de fondos públicos a manos privadas. Que solos se quedan los vivos.

El anhelo elusivo también suscita nostalgia. Píramo y Tisbe, protagonistas de La hiel nuestra de cada día, tratan de escapar de su pobreza superlativa retrotrayéndose a un pasado de plenitud que pudo haber sido realidad inefable o fábula. He ahí el eje de la ambigüedad.

Leo en La importancia que los empobrecidos de San Paolo apabullan a la nostalgia poniendo colores donde no existen; se apoderan de su imaginación y renuevan el presente, “reinventan la vida”, lo mismo pal de adelante que pal de atrás. Así dispensaba sus atenciones Daniel Santos. Leo que no tiene fechas el aire. Que no tiene fechas el fuego. Agente aséptico fue Daniel Santos que nos libró de las fútiles penurias que reparte la melancolía. Las velloneras de América eternizan su proceder bolerístico, cada moneda invalida la angustia que podría suscitar su deceso, esa voz única aniquila la melancolía, expone su sexualidad sin tiempos muertos, acota la voz de la Importancia.

Afortunadamente la naturaleza nos concedió herramientas para desarticular la melancolía. La voz del texto considera que la risa es un remedio congénito boricua contra la melancolía. Si se contrabandean esperanzas en los dos extremos del charco, existe la utopía posible que pregona Kant, se vive en un eterno presente a espera de la vida digna, que no todo el mundo puede vanagloriarse de un de Hostos, un Betances, un Tapia en un mismo siglo (guárdenme el secreto: estas últimas palabras no son mías, pertenecen a Félix Córdova Iturregui).

La prosa fragmenta, se tiende en el tiempo, tonifica al presente, induce a esperar el próximo fragmento, que la conferencia magistral El himno de la vida de Luis Rafael Sánchez consta de 15 fragmentos. En ese texto, el escritor abjura del sentimiento de insatisfacción o fracaso. Apabulla la melancolía al prometer que la frustración no sería ni el norte ni el sur de su vida. Como sentencia cuasi final nos recuerda las palabras inmortales de Martí: “Nuestro vino es amargo, pero es nuestro vino”.

Impropio resulta renegar de la melancolía. Se ha estipulado que se viene a sufrir a este valle de lágrimas, la muerte es jurisdicción de Dios, que Sócrates desmitologiza a la muerte prefiriendo el mundo de las ideas platónico a las incertidumbres de la vida material, “resolver el problema de la vida” es agenda inconclusa proclama Antígona.

La nostalgia venida a menos aplaca el sopor de la pérdida, bálsamo para el espíritu, paz que fructifica al amparo de un mohín de indiferencia, concilia y reconcilia con la madre fortuna. La muerte de la nostalgia concreta la disolución de la cultura determinista, un imaginario centrífugo que democratiza su dispersión, que consigna la vellonera, la santera del pueblo, que conjura los males del corazón, yo no he visto a Linda pero espero al cartero todas las tardes, la posibilidad, la espera que reniega de la melancolía, la fruición lúdica que no discrimina, que cobija lo mismo al de adelante que al de atrás.

 

 

 

 

 

Doña María Ledée: “Esos no son de aquí»

 

Especial para En Rojo

 

“‘Cuando los dedos de arena deshacen,
la dureza de la piedra solo es memoria del gesto inacabado”.

José Saramago

 

Estoy bien, en calma mientras el sol imponente se planta en occidente a la altura de los palmares de Isla Verde y Cangrejos. Son las siete de la mañana camino hacia la playa, busco un muro estratégico para observar. Me siento, disparo la mirada, a la izquierda un grupo de turistas que aún festejan la trasnochada con cervezas, nachos y mariguana. Son turistas de sol y playa. Por ese lado también camina un turista con barbas blancas. En su iPhone hace dos funciones: graba el momento mientras habla con alguien de Nueva York.  No se enteran de antiguos caseríos, ni de los actuales problemas que anuncian miseria.  Lo más que le interesa es la toalla tendida al sol.  No es importante para ellos el punto poético de ver estos paisajes costeros. Creo que este sitio se disfruta con una mayor sensibilidad poética para que el mundo del presente se haga más tolerable. Cuando las dudas se disipan aparece la melancolía, aparecen paisanos interesados en contar historias humanas de Puerto Rico, es decir, historias concebibles de un barrio legendario que llamaban Cangrejos.

La resaca durante la noche ha sido brutal. La erosión endiablada se ha comido la playa de Ocean Park.  El oleaje se acerca más a la calle, la cubre de arena, la corriente de la resaca llega al parque y al estacionamiento. ¿Cómo se explica este fenómeno? Es preocupante. Cada año es más fuerte la excavación de la ola en la costa.  La fuerte marejada desentierra metales, troncos de palmeras muertas, muros pesados, pilares de un desaparecido puerto, vigas de residencias y restaurantes. Es impresionante que un lejano paisaje playero quede al descubierto. El conflicto entre el mar y las construcciones urbanas pone al descubierto artefactos del pasado no muy lejano.  Sin duda, son vestigios de Cangrejos que salen a flote sin importancia.  Esto no es normal, ¿por qué no saltan las alarmas del cambio climático?

Esta indiferencia avanza desde que vengo aquí a reflexionar en solitario, al ritmo de las olas incansables que ya es música para mí el ritmo de las olas incansables que llegan a la orilla.  Pero también el rompimiento de la ola se mezcla con mis paisanos que conocen mejor la resaca de Cangrejos. Cada verano se materializa la pérdida de un poco más de playa. El océano Atlántico se nos viene encima y al parecer nadie ni el gobierno mismo, tienen un proyecto o idea para paliar el desastre que se ve venir.

Veo venir cada año la ruina de este hermoso paisaje para esta época estival. Se aproxima el final de un mundo que no fue mío ni tampoco del lector, probablemente. Los paisanos de Cangrejo, Machuchal y Villa Palmeras que aún viven salen a ver el final de una época. Los auténticos vecinos vienen aquí caminando en todas direcciones y se detienen con angustia a ver lo poco que queda de la génesis. No hay que darle muchas vueltas a la cabeza, esto se acaba. No hay poder que detenga al océano: las brutales marejadas, los sargazos y el turismo incapaz.  Y cómo golpean esos elementos hasta derribar a un vecindario para siempre. Soy de tierra adentro, me quedo patidifuso sin saber qué hacer para evitar el desastre de la memoria de Cangrejos.

Contemplo cada verano el interesantísimo final de la odisea que llevan los descendientes de Cangrejos.  La época estival ya no es la misma. ¿Dónde están las vacaciones veraniegas de los paisanos, obreros, empleados públicos o de los escolares? Este fenómeno del cambio climático no ha dicho su última palabra sin duda que no ha trazado aún sus límites. No hay banderas rojas, son playas desprotegidas, la adrenalina del Atlántico es alarmante. Los turistas americanos desconocen los lugares donde tienden toallas y sillas de playa. Desconocen la bachata que resuena con fuerza y gravedad en esta imponderable resaca de Cangrejos.

No acostumbro contemplar a Cangrejos a estas horas de la mañana. Es otro tiempo estival. A estas horas la reflexión no es forzada cuando con frecuencia me encuentro con doña María Ledée y su mascota. Es una cangrejera al cien por cien. Es una noventona que vive con su perrita poodle en el residencial Luis Llorens Torres. Lleva siempre un traje oscuro de algodón ya degradado por los años. Cuando está de buen humor se acuerda de San Mateo de Cangrejos, Villa Palmeras, Barrio Obrero y Machuchal.  Tenemos la misma costumbre de recordar. Esta mañana tengo la suerte de charlar con ella una vez más.

Llega a Ocean Park en busca de un banco solitario y se sienta a observar la lontananza cuando el mar estaba retirado, muy retirado de la costa. Entonces, Ocean Park era una playa de arenas extensas y blanquecinas que para alcanzar el agua había que cruzar una región de dunas, un bosque de almendros y palmeras, manglares, matas de icacos y uvas playeras. Y se llegaba con alegría. Entonces no eran playas de sol, neveras, sillas, ni sombrillas para turistas sino de anafres, senderos de arenales, marismas, villas de pescadores, cocoteros y nichos de cangrejos.

No es que antes se viviera mejor, quizás sí, pero tengo la sensación de que doña María levanta más la vista que nosotros porque su mirada nació aquí, es patrimonio, sus recuerdos fotografían otra realidad climática más generosa. La voz de ella está llena de historias, de escondites y juegos de la geografía costeña muy distinta a la del presente.  El padre fue el último pescador de Las Marías. La madre la llevaba a escuchar misa los domingos en la iglesia de San Mateo de Cangrejos. Aún lleva la imagen de la Virgen María colgada al cuello. La besa cuando se despierta. Me encuentro esta mañana estival a doña María caminando por la orilla recogiendo objetos frívolos que devuelve al mar y que sabe que no los iba a conservar.

La madre se llamaba doña Lisa Sampayo y le cantaba canciones de cuna en un lenguaje criollo de San Tomás. En cambio, acompañaba a su padre a pescar en el mar de Cangrejos. Era de la isla de Vieques, municipio situado al este de Puerto Rico. No me contó mucho de su padre, pero debo decirle que se llamaba Juan Ledée. Era un viequense blanco y nacionalista que de Vieques saltó al poblado de Juncos, luego a Caguas hasta finalmente instalarse en Santurce donde conoció a doña Lisa. La señora María, me señala con el dedo índice las rocas donde colocaba las trampas su padre para atrapar langosta mientras lo esperaba en la orilla. Su vida es un legado de una memoria histórica familiar, costera, atlántica, caribeña y cangrejera.

En tanto que mis paseos por la playa me hunden en una confusión azarosa, histórica y poética. Este horizonte que descansa en el infinito también me remite a un destino no muy alejado de asedios británicos y holandeses. Cangrejos fue y sigue siendo costa de desembarcos y ataques rechazados por la población cimarrona.  En esta orilla Cristóbal Colón vio una lumbre de leñas y siguió de largo. En esta ruta marítima del norte, entonces, eran los galeones de velas los que acercaban a la isla a la España ibérica y musulmana.  Por esa ruta entraron mercancías, esclavos, la Biblia, la guitarra, europeos y canarios. El poeta cagüeño don José Gautier Benítez adoptó esta navegación como un punto poético romántico y nos regaló un hermoso poema “A Puerto Rico” (Regreso de España.)

 

 A Puerto Rico (Fragmento)

¡Patria! jardín de la mar,
la perla de las Antillas,
¡tengo ganas de llorar!
¡tengo ganas de besar
la arena de tus orillas!

 

El Contemplado de Pedro Salinas es otro poema relevante que sigue el guión poético establecido por José de Gautier Benítez.  Es un poema de expresión de amor incondicional al mar y las arenas del Atlántico antillano.

 El Contemplado (Fragmento)

¡Si tú has sido para mí,
Desde el día
Que mis ojos te estrenaron
El contemplado, el constante
Contemplado!

 

Se nota a leguas cómo el horizonte marítimo del norte de la isla ha definido la textura poética de los paisajes del litoral de la Capital, el Condado, Miramar y Cangrejos.  Recuerdo poemas mientras María (la tuteo) recuerda boleros de Silvia Rexach, Mirta Silva y mucha salsa del sonero mayor Ismael Rivera, Maelo, de Tras Talleres y Barrio Obrero.

A sus noventa y tres añitos, no tiene masa muscular, la cara está enjuta, los hundido sus ojos, no se corta las uñas. Los pómulos están vacíos, se recoge el pelo con una gomita, usa chancletas mete-dedos; no suda, sino que le salen mieles de su piel cimarrona y anda en sus huesos seguida de su perrita la cual recibe regaños cuando quiere orinar en una esquina visitada antes por otro canino. Es callada y reservada, no sabe leer ni escribir. Parece que nunca le hizo falta. Además, es cálida a su manera.

De modo que, todos los días llega a la orilla de la playa para contemplar los paisajes desaparecidos de la juventud. Entonces, no había turismo masivo y llegaba en el trolley de Villa Palmeras a Ocean Park. También lo destruyeron, ya no existe. Su padre le contaba que después del 1898, la marina americana construyó cuarteles para la soldadesca invasora. Esos fueron los primeros turistas y nos trataban como si fuéramos un pueblo salvaje. Los americanos secaron la laguna, luego le tiraron capa relleno. Luego se comenzó a vender solares a los extranjeros. Así fue como se fundó este barrio de Ocean Park. Las nuevas calles fueron identificadas con nombres americanos personeros de la invasión. Tales como la avenida Ashford, McLeary, Taft, Washington, McKinley y muchas otras.  De modo que los lugareños de toda la vida se convirtieron en carpinteros, albañiles, choferes, estibadores, jardineros y  servidumbre. Los barrios de Cangrejos fueron los primeros en ser libres y los primeros también en ser sometidos. A pesar de todo, muchos cangrejeros conservan un rincón en estas orillas que despiertan fascinación y cercanía.  Llevan por orgullo que Cangrejos fue el primer lugar de la creación de Loíza, Carolina, el Condado y Santurce.

Donde estoy sentado puedo conversar con María cálidamente.  Y mientras la escucho pienso que me hace infeliz ver cómo la playa se va llenando de turistas y gente que desconoce que Cangrejos fue una comunidad antillana, fuerte, cultural y de larga vida. Este lugar no se vive como era. Se ha americanizado. No tomaron en cuenta la continuidad de Cangrejos. Por tanto, la americanización urbana y comercial derrotó al antiguo pueblo que intentó ser una ciudad, pero quedó inconclusa. El hecho es que Cangrejos ha desaparecido y la narrativa de su gente quedó abandonada. María me habla con un nudo en la garganta. La entiendo. Ha perdido su mundo de ayer.

Para ella los meses, días y noches, siempre fueron de época estival. Gracias a su lucidez, y la tenacidad de recordar, María recobra su razón de ser y su pasado, mamá y papá. Sus memorias de gente buena es lo que la retiene aquí en su mundo sobre cemento y asfalto; entre el caserío del poeta Luis Llorens Torres y la orilla de arenas de Ocean Park. Hoy, el mar luce al fondo como un retablo sin columnas, ajeno a mis paisajes de campo y piedras.  María conoce los olores del mar: el de la ola, la sal y la arena. Me siento tan pequeño recordando las mañaneras de buena conversación con María.

Esa arena es íntima para María, pero lejana a mí porque mi intimidad está adherida a memorias de una plaza esperando por los campesinos.   Llevo los nervios del campesino rural. Entonces, cabe decir que María pervive como «la filosofía que nace del asombro y la contemplación”. El poeta es el villano más libre de la humanidad. Ese carácter me lleva a frecuentar mañana y tarde la resaca que nos trae el Atlántico. Y lo más importante para mí es la tertulia que me regalan los paisanos que aún viven en las marismas de Ocean Park. He conocido tantas historias inacabadas de paisanos como don Esteban Díaz. Es un cangrejero que lleva más de cinco décadas recorriendo arenas con un aparato que detecta metales. Es un buscador de oro desde el litoral del Condado a Isla Verde.

Don Esteban nació en Villa Palmera. El mismo barrio de doña María.  Estas arenas, el mar y los cocoteros son un refugio fresco aún para los cangrejeros. En otra ocasión les hablo del buscador de oro que hoy se muere de cáncer. Su tenacidad y ganas de vivir son de piedra sobre piedra. María y Esteban tienen memorias de plomo, saben de dónde vienen, quién eres y hacia dónde vas. Un enjambre de turistas estadounidenses ocupa la playa del último Trolley. Es la alarma de que nuestro encuentro de hoy ha terminado. “¿Qué es eso María?” Y me responde: ”Esos no son de aquí». Nos despedimos, abandonamos la playa con garbo y mucha chispa.