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Solo falta la estatua de Pinochet…

Por Juan Pablo Cárdenas

En el entorno de La Moneda se ha instalado una estatua del ex presidente Patricio Aylwin. A su ceremonia de descubrimiento ha asistido el propio Jefe de Estado y un conjunto muy variopinto de autoridades políticas y de toda índole. El monumento quedará muy cerca del de Salvador Allende, Jorge Alessandri y del ministro Diego Portales, a quien se le atribuye ser el principal forjador de nuestra República.

Los tres discursos que se pronunciaron obviamente destacaron la trayectoria democrática de Aylwin, incluida las palabras que le dedicó Gabriel Boric, el mismo que ayer como dirigente estudiantil y diputado se expresara en los más duros términos por la responsabilidad que le cupo al mandatario demócrata cristiano en el golpe militar de 1973, como en los años de impunidad de su mandato en favor de los violadores de los DDHH de la Dictadura. De esta forma, el que defendió ante el mundo la insurrección militar pinochetista y después prometiera “justicia solo en la medida de lo posible” resultaba homenajeado no solo por sus camaradas sino por una amplia gama de los que fueran sus más duros adversarios políticos.

Este es el Chile de hoy. Los que ayer merecieron las más duras descalificaciones ahora se los homenajea y se instalan sus estatuas alrededor de nuestro palacio de gobierno. Empresarios, ex sindicalistas y otros acompañaron esta ceremonia oficial en que se exculpa a este mandatario, como si ello fuera un trámite necesario para afianzar nuestra endeble institucionalidad republicana y democrática. Pensamos que solo debemos esperar el fallecimiento de Sebastián Piñera para que su efigie también se instale en perenne bronce en el corazón de nuestra Capital.

Cómo no recordar en estos momentos aquel pronunciamiento de nuestro poeta Nicanor Parra en cuanto a que “la derecha y la izquierda unidas jamás serán vencidas”, una de las más notables expresiones de nuestro lúcido vate, con toda esa carga de ironía que ponía siempre en sus sentencias. Queda claro que en Chile al fallecer en menos de una o dos décadas se es reivindicado y llevado a los altares de la República. Tal como lo fueron un tirano como el mismo Portales, o un asesino como el propio Arturo Alessandri. ¡Qué insulto más agraviante es que entre estos quede ubicada la estatua de Salvador Allende!

Lo más extraño es que todo esto suceda bajo un gobierno como el de Boric. En una administración plagada de socialistas y comunistas, además de aquellos que solo hasta ayer eran considerados de ultra izquierda por la derecha y la clase empresarial. La misma que hoy es convocada a La Moneda para que ayude a resolver los conflictos con los camioneros y otros gremios. La que en pocos meses se ha hecho dilecta de las giras presidenciales y cuya opinión cada vez es más considerada por quienes se comprometieron a realizar una profunda reforma tributaria y otras que debieran afectar sus intereses.

Nunca la connivencia se había hecho más ostensible y grosera entre derechistas, centristas y socialistas “democráticos”. Más allá de las reyertas que se producen en el Parlamento que tienen mucho más de espectáculo farandulero que de realidad. Porque sabemos que todos los que allí dicen representarnos son los que se aseguran las más altas dietas y granjerías pagadas por los millones de chilenos que ya ven que los grandes cambios prometidos constituyen un total espejismo. Porque si ayer se criticaban los estados de excepción en la Araucanía, hoy estos han pasado a ser el recurso principal de la lucha del Estado Chileno contra los derechos de los mapuches.

Algunos podrán decir que nuestro país ha puesto en práctica una profunda reconciliación. Pero ni las iglesias se atreverían a celebrar este avenimiento ante las injusticias flagrantes que se prolongan y retrotraen nuestra economía. Provocando que los ricos sigan aumentando sus caudales, mientras el pueblo se empobrece y hasta se ve forzado a delinquir para subsistir.

La estatua de Aylwin en la Plaza de la Constitución es de una total desvergüenza si se considera su actitud pusilánime ante con los derechos conculcados por la Dictadura y una gestión presidencial en que fueron abatidas tantas esperanzas populares. Lo consecuente con todo este mundo de incongruencias sería que este gobierno y la clase política den el paso de erigir una estatua monumental a Augusto Pinochet, como el fundador del nuevo estado, la Constitución que todavía nos rige y el modelo económico más que sacralizado por los gobiernos que le sucedieron. Mal que mal siempre cualquier gobierno tiene sus aciertos.

Y si ya no quedara espacio en el entorno del Palacio Gubernamental, se podría levantar este monumento en la Plaza Italia, allí mismo donde fue removida la del general Baquedano con el Estallido social del 2019. De esta forma, este sitio asumiría sinceramente lo que hoy realmente somos: un país que se hunde en la indignidad de su política.

Se entiende que cambiar de opinión es un derecho humano. Sin embargo, ¿tanto y en tan poco tiempo?

Reproducido de www.rebelion.org

En Reserva: Control

Especial para En Rojo

Mayo, 1987. Claros en su objetivo mas ajenos a la fracción que proseguía, la legislatura de Puerto Rico veía bien el dividir a la isla en dos experiencias distintas de habitación. La ley 21 del 20 de mayo de 1987, conocida como la Ley de Control de Acceso, inaugura una nueva era, dando a los dueños de residencias con acceso en común la potestad para cerrar y decidir quiénes tendrían paso vehicular por sus enclaves.

Sería injusto, por la naturaleza misma de los actuantes, suponer que los proponentes de la ley, ni sus endosantes, intencionaban el alcance de la brecha que abrían, ni mucho menos pensar que hubiesen podido prever cómo desde ese momento el país se dividiría, de entre todas las fracturas que ya nos segmentaban, en uno de habitaciones intra y extramuros.

La verdad es que en aquel entonces Puerto Rico era un lugar muy distinto que se movía sobre el momento de las 936 hacia lo que sería la jauja del primer rossellato. Era una era de ebria prosperidad durante la cuál el inversionismo político construiría grandes fortunas personales hechas posible gracias a la contracción de una porción sustancial de la deuda que hoy justifica la existencia de PROMESA.

La era del control de acceso, dinámica que daría nombres a Residente y Visitante, sería parte integral de la euforia de privatizaciones que tomaría al país. La posibilidad no tardó en adentrarse en el imaginario de pudientes y aspiracionistas. En todas partes, contratistas cotizaban muros, portones corredizos, accesos de tele-tecla, brazos mecánicos. Incluso en comunidades ya existentes, un par de portones o tiestos lograban apartar cuadrículas de forma rápida.

La demanda por residir en comunidades privadas propulsó el rápido desarrollo de viviendas. Desde casas terreras hasta chalets, el control de acceso vino con aplanadoras sobre mogotes y humedales. Ingenieros, arquitectos y delineantes trabajaban día y noche para cumplir con las exigencias de los desarrolladores quienes aplanaban grandes extensiones de terreno incluso antes de procurar permisos para construir.

En las entradas de futuras urbanizaciones, casetas de seguridad se erguían sin ventilación, deparando asaderos para quienes atenderían la identificación de las visitas. Puerto Rico estaba al reparto y calladamente la noción de lo privado comenzaba a igualarse a prosperidad. ¿Cómo alteraban estos cierres nuestras vidas? Tal vez más importante, ¿qué sería de las parrandas? Nadie estaba seguro y la verdad a pocos parecía importarles.

Claro, para quiénes residirían en estos espacios el cercado tenía y tiene justificación: están velando por los suyos, por su seguridad. En Paseos de Cracovia, Miradores de Pecorino, y Chalets de Sacrebleu, una módica mensualidad cubre el homeowners association que no solo contrata a la compañía de seguridad, sino que además se encarga de instalar luces y empapelar festivamente los buzones durante la Navidad. Dos pájaros de un tiro. Tiro que igual se escucha desde el resguardo de lo privado, estando separado el complejo apenas por un poco de cyclone fence y el único mogote que quedó en pie tras la construcción aledaña a la vecina Barriada Olmeda a la cual seis generaciones de bichotes han llamado hogar.

Sin decirse en voz alta se propagó la ficción de que podíamos vivir en dos países. Uno, el Puerto Rico ese terrible que da sangre que reseñar a los noticiarios y otro, pastoreado por gracia de la seguridad privada que vigila sobre los bucólicos jardines de las facilidades deportivas donde ejercitarse. Las comunidades detrás de los portones no son sin gracia pero guardan semejanza a la vida que se desenvuelve en un terrario: un cernimiento mayormente ornamental del total de condiciones ambientales de las que procede la vida que allí se recrea.

Sé que habrá quien lea esto y no le siente bien. Después de todo, lo señalado es opuesto a una serie de promesas sociales que proponen ciertos espacios y accesos como parte fundamental del discurso aspiracionista y meritocrático que domina la vasta mayoría del pensamiento sociopolítico del país. Fíjese igualmente que no propongo ni sugiero, ni mucho menos quiero convencerle de nada.

No pido el detente “de sus copas elevadas y sus brindis de chalet”, es meramente una observación, no un reclamo, ni un juicio. It is what it is.  No pretendo una lección moral. Solo digo que tener presente las diferencias favorece la completud de nuestros juicios. Que cada vez me está más claro que aunque compartimos espacios y tránsito no habitamos el mismo país.

Que quienes han vivido sin los resguardos del control de acceso se han visto vis a vis con la dejadez del gobierno y la inutilidad de las fuerzas de ley. Por ello la desconfianza, el hartazgo y la desesperanza de los que enfrentan la intemperie no es igual a la de aquellos cuidados por el costo de la suscripción vecinal, por malo o insuficiente que resulte el servicio.

Tras debates al respecto con amigos y compañeros, me pregunto sinceramente si será posible negociar convivencia entre experiencias tan dispares. ¿Cuánto moldea el pensamiento del que habita tras el control de acceso a las políticas del país? ¿Cómo sirve al país una clase política cuyas experiencias no están a par con las de la mayoría del país?

Qué nociones alimentan sus tomas de decisiones y de qué forma la búsqueda de estos estilos de vida promueve el desparrame urbano, la desconexión y el aislamiento, y la dependencia del carro y por tanto, de una visión pro automóvil. ¿Será que inevitablemente se está cuajando un enfrentamiento frontal entre clases ante la creciente disparidad entre nuestras aspiraciones y experiencias? ¿Existe en realidad un proyecto de país en común o es que meramente cada cuál está luchando por su turno al bat?

Jíbaros, criollos, puertorriqueños: digresiones sobre la identidad

¿Qué significa lo jíbaro?

El concepto jíbaro aparece casualmente en la Relación del Viaje a Puerto Rico de la Expedición de Sir George Clifford, Tercer Conde de Cumberland, escrita por el Reverendo Doctor John Layfield, capellán de la expedición invasora inglesa de 1598.[1]  El texto de Layfield fue difundido en la obra póstuma de Samuel Purchas (c. 1575 –1626) titulada Hakluytus Posthumus también conocida como Purchas his Pilgrimes, containing a History of the World in Sea Voyages and Lande Travells, by Englishmen and others, impresa en Londres en 1625 en cuatro volúmenes.

Purchas fue un religioso e historiador inglés que estudió en el Saint John’s College de la Universidad de Cambridge quien, como Pedro Mártir de Anglería (1457-1526), nunca viajó a América e hizo la obra de un recopilador e intérprete. La segunda edición de su colección corresponde a los años 1905 a 1907 y alcanzó los 20 volúmenes. Se trata de una colección desconocida para los lectores de los siglos 18 y 19 cuando el concepto de lo jíbaro se formula y difunde en Puerto Rico.

Layfield era teólogo, académico y traductor de la Biblia muerto en 1617 en Londres. La inclusión de su Relación… legitimaba el discurso de Purchas dado que Layfield había estado en San Juan Bautista durante la invasión inglesa de 1598. El testimonio del capellán, fundamentado en la observación directa y en el interrogatorio a ciertos vecinos, sintetizaba la mirada inglesa en torno a la posibilidad de una colonia tropical útil para los intereses ingleses.

La literatura de exploraciones y viajes sajona, posee numerosas concomitancias con la crónica de Indias hispana que historizó la situación antillana durante el siglo 16 desde la condición del testigo. En ambas, el pintoresquismo y el interés empresarial, el dualismo maniqueo y la devaluación de lo local, se imbricaban para ofrecer al lector europeo, fuese un empresario en ciernes o un posible migrante, una imagen sobre la naturaleza y su potencial material. Layfield, como algunos cronistas de Indias, escribió sobre Puerto Rico in situ, elemento que le daba confiabilidad a su discurso.

Aparte de los datos fidedignos que el texto ofrecía sobre el carácter cimarrón de la ganadería y el valor económico de las corambres, y el cuadro preciso sobre el panorama industrial y agrario del territorio, el autor realizó unas distinciones interesantes entre la región costera o la bajura y sus ingenios azucareros, y el interior o la altura y sus estancias de jengibre de mucha utilidad para comprender el sustrato de lo jíbaro como núcleo de una identidad puertorriqueña.

La asociación de la industria azucarera a los sectores poderosos e influyentes, y la de las estancias a los pobres o a la gente de escasos recursos, era inevitable. Ese es un lugar común en la interpretación de la economía social de San Juan Bautista a fines del siglo 16 y principios del 17. En la América Hispana, las estancias de subsistencia se asociaban a la vida en la ruralía. En San Juan Bautista sugerían las granjas aplicadas a la producción de jengibre y, ocasionalmente, a la ganadería y los cueros.

Una aportación de la obra de Layfield fueron sus anotaciones sobre el ganado mayor y el ganado menor. El reverendo reconocía que los novillos eran más grandes en Puerto Rico que en Inglaterra; a la vez que destacaba que el ganado caballar era de menor gracia y que no comparaba con el inglés porque se trata de animales “trotones” o que andaban a saltos y  sin elegancia. Una de cal y otra de arena: todavía la naturaleza indiana o americana no había sido devaluada del todo ante la naturaleza europea, como sucedió en el discurso de los naturalistas del siglo 18.

En su evaluación del ganado menor, concluyó que el mismo era escaso por causa de los perros salvajes que pululaban por la ciudad de Puerto Rico y se refugiaban durante las noches en los bosques. Las observaciones sobre ese episodio son detalladas. Aquellas jaurías se alimentaban de los cangrejos que cazaban en los manglares, pero también comían ovejas, cabras y otros animales pequeños. Lo más interesante era que en Cuba, los perros realengos eran denominados jíbaros, concepto que equivalía a un animal doméstico que se había hecho montaraz o mostrenco y terminaba siendo un habitante de los bosques. La noción jíbaro en Cuba sugería la cimarronería o anarquía de la altura y, en cierto modo, la barbarie como negación de civilidad: un jíbaro era un ser arisco, difícil de controlar.

Como podrá verse, esa concepción no tenía nada que ver con la raza o el color de piel. De lo que se trataba era de cifrar una actitud ante la vida y una forma distanciarse del orden. Entre jíbaro y canalla, concepto que procede del italiano canaglia o “muchedumbre de perros”, existe algún parentesco. Ambos conceptos tenían un origen despreciativo. Voltaire, pensador ilustrado aristocrático, usaba en voz de uno de sus personajes de Cándido, Martín, el concepto canalla para referirse a los sectores más rebeldes e insumisos del pueblo francés.[2]

Lo más interesante de aquel juego es la relación que se pueda establecer entre el interior y los bosques y la animalización del jíbaro que sugería el retorno a la barbarie con la cultura rural. Recuerden que el interior montañoso central, seguía inexplorado a fines del siglo 16, hecho por el cual estaba marcado por el misterio. La pregunta es ¿cómo se convirtió un insulto en el signo respetable de la identidad nacional puertorriqueña?

¿Qué significa lo criollo?

Cuando observo, de otra parte, el sentido de lo criollo, reconozco que en este se manifiesta un acto de sumisión a los valores peninsulares. Afirmar la criollidad, si se me permite el neologismo, significaba suprimir la condición de indiano en la medida en que se adoptaba una hispanidad problemática, difusa y evanescente. La jibaridad implicaba aceptar una condición alterna, la de aquel que huye de la formalidades del poder, igual que los perros salvajes en la noche, y se refugia en un interior feral, en un Jáuja o en el Pipiripao de la barbarie más prístina.[3] El criollo suprime lo que el jíbaro celebra. Lo criollo y lo jíbaro se contradicen, son conceptos difíciles de vincular tanto como la naturaleza de la costa y la del interior. Su principal punto de encuentro radica en que, tanto lo criollo como lo jíbaro, se asumen desde la blancura.

El concepto criollo proviene del portugués crioulo, derivado del verbo criar. Conceptualmente sugiere la figura de aquel que es producto, sujeto y responsabilidad del padre. Posee un fuerte sentido patriarcal que afirma el carácter natural de la sujeción al otro a la vez que legitima su infantilización por parte de aquel que lo nombra. De un modo u otro el criollo, el indiano y el insular vienen a ser la sombra, el opuesto o el doble inferior del español, el hispano o el peninsular. Se trata de la reiterada dialéctica de los secos y los mojados. Semánticamente, la noción criollo constituye un reconocimiento de la diferencia y una justificación de la desigualdad al otro.

Aquella idea traducía un viejo prejuicio naturalista o cientificista a un plano etnocultural. Uno de las tendencias más visibles de los textos de Indias había sido la degradación del indio. Los observadores europeos apoyaron su actitud en el repudio de la naturaleza indiana o americana. La imagen devaluada se transmitió como si se tratase de un código genético: del indio pasó al mestizo y, de este, al criollo. A aquella conclusión se llegaba mediante procedimientos complejos. La presunción generalizada de que el progreso material era producto de la bondad del ambiente, condujo a la conclusión de que la inferioridad de otro indiano o americano, tenía una explicación  biológica. La naturaleza determinaba el temperamento. El temperamento era un derivado lógico de la temperie o el clima: un europeo y un americano tenía que ser seres distintos.

La realidad de que el criollo no era más que un hispano nacido en la Indias que compartía la mayor parte de sus valores, no era suficiente para aceptarlo como igual. Su nación, su lugar de nacimiento, eran las Indias o América. A lo más que podía apelar para contrarrestar la asimetría era al hecho de que España era su patria, es decir, el lugar de origen de sus padres. Ello no impedía que fuese considerado como un vasallo inferior. Las consecuencias políticas de ello fueron enormes: el criollo nunca tuvo acceso igual a los privilegios sociales de un hispano.

Visto desde esta perspectiva, la pregunta obligada es ¿qué justificaba el manifiesto orgullo colectivo por la herencia criolla? ¿En qué condición se insertó la conciencia criolla en el proceso de maduración de la puertorriqueñidad? Me parece que el orgullo se apoyaba en la sobrevaloración de su condición de descendientes de padres hispano-europeos y en una supresión tácita a la circunstancia de que nacer en las Indias y las ínsulas los excluía de ser españoles y peninsulares. El hecho de la hispanidad o la pensisularidad heredada por sangre, lo privilegiaba en su ámbito social colonial. Pero nunca lo equipararía del todo con el hispano-europeo. Ser criollo traducía una carencia que no le dejaba más opción que respetar por la fuerza a aquel que lo rechazaba. Ello condujo al criollo a expresar un exagerado afán por ser aceptado o asimilado por el otro con los ribetes políticos que ello tuvo durante el siglo 19.

Insisto en que el criollo reconocía en España el signo de una patria. La patria es la tierra de los padres: no se equivocaba. El proceso lo llevó a identificar la ínsula con la nación o la tierra en que nació: tampoco se equivocaba. Pero esa misma lógica lo apartó del resto de la comunidad. La condición criolla acabó por ser tan excluyente como la hispano-europea. La relación del criollo con el mestizo, el mulato, el negro esclavo o libre, fue tan contenciosa como la de los hispano-europeos con ellos. La inferioridad que le adjudicaba el hispano-europeo, el criollo la desplazaba hacia los grupos subalternos por lo que este podía ser tan prejuiciado y racista como el hispano-europeo. El criollo, incluso el que se (des)dibuja en el criollismo del siglo 19 y el neocriollismo del siglo 20, fue parte de una aristocracia elitista y orgullosa de su condición de clase.

Los símbolos de poder a los que apelaba el criollo eran los mismos a los que apelaba el hispano-europeo: honores y privilegios que se podía adquirir y sostener con dinero. La nobleza y la posibilidad de ser denominado don era crucial.  La nobleza de sangre, la que se adquiría en buena lid o por ciertas ejecutorias, estaba a la mano del criollo. Si a ello se añadían ciertas condiciones vinculadas al oficio y a la raza, sus privilegios estaban seguros. En el juego discursivo sobre Puerto Rico las voces criollas ocupan una posición incómoda: se vieron precisados a aceptar una herencia que los rechazaba.

¿Qué significa lo puertorriqueño?

Salvador Brau Asencio (1842-1912) es considerado uno de los precursores de la historiografía y la sociología y la historia social puertorriqueñas. Fue activista abolicionista, liberal y autonomista, y trabajó al servicio de España y Estados Unidos en el cambio del siglo 19 al 20. El documento de 1883 titulado “Puertorriqueños, así somos nosotros”, es un interesante juicio sobre la percepción de la identidad puertorriqueña a los ojos de este intelectual de Cabo Rojo.[4]

Brau Asencio era un criollo neto que afirmaba el papel fundamental de la hispanidad en la puertorriqueñidad en la figuración de la puertorriqueñidad. En su texto  llamaba la atención sobre ciertas cualidades “tan especiales” que solo podían ser nuestras pero reconocía que “se trataba de “cualidades inherentes algunas a toda la familia española”. Una lectura cuidadosa del escrito confirma que Brau Asencio reconocía que entre lo hispánico y lo puertorriqueño existían elementos de continuidad y de discontinuidad.

Sus argumentos en torno a lo que se heredaba de España eran histórico-sociales, producto de la observación social y de la racionalidad positivista propia de su tiempo. Colonizados por la gente del sur el puertorriqueño era vivo de imaginación como aquellos, pero carente de pasión en el obrar. El puertorriqueño más bien parecía heredero de la gente del norte siempre fría y frugal en el hacer social. Se trataba de dos prejuicios y generalizaciones culturales indemostrables científicamente. Pero cuando enfrentaba lo que nos hacía “tan especiales”, es decir, el color local, su reflexión  se desplazaba hacia el terreno de las consideraciones morales y emocionales. Después de todo, afirmaba con un tono de aceptación, “así somos nosotros”.

La descripción de Puerto Rico y los puertorriqueños como un pueblo “sufrido” y fantasioso, “fácil de dirigir y muy aficionado a dejar hacer”, “respetuoso con la autoridad, pero evitando todo lo posible el rozarse con ella” y “en sus deberes nacionales es un modelo”, racionalizaba la sumisión y la credulidad como virtudes o, en última instancia, como condiciones insuperables por naturales u orgánicas. El “aislamiento”, los “hábitos de la vida campestre”, el “régimen colonial” y la poca cultura social, explicaban aquella fisonomía moral.

El autor no quizo separar las virtudes de los defectos. La decisión de si lo expuesto era una cosa u otra la debía tomar el lector. Pero, en general, los rasgos que atribuía el caborrojeño al puertorriqueño eran como siguen:

  • La “vivacidad de imaginación y la delicadeza”
  • Lo “expansivo del carácter, lo generoso y sufrido, y lo propenso a resignarse con una promesa”
  • La “independencia de carácter” y el hecho de que el “puertorriqueño estima en mucho su libertad individual”.
  • La “parsimonia con que procede” y la ausencia de “vehemencia en el obrar”
  • Manifiesta “instintos solitarios” y tiene por virtud la “hospitalidad”
  • Son “los peores cortesanos del mundo”, distantes del boato, el formalismo, los protocolos y el lujo
  • Es un pueblo “decidor y jovial en sus reuniones, pero circunspecto y hasta desabrido en la vida pública”
  • Es un pueblo que posee una “calma estoica”, es “fácil de dirigir y muy aficionado a dejar hacer” y, a la vez, “respetuoso con la autoridad, pero evitando todo lo posible el rozarse con ella”, el cual cumpliendo “sus deberes nacionales es un modelo”
  • “¿Viene un gobernador nuevo? Le recibiremos con palmas”, pero “si el gobernador no cumple nada de lo ofrecido (…) no nos vemos obligados a ponernos en franquicia” o protestar y se guarda silencio
  • No cambian con facilidad: “apegados nos hallamos a nuestras costumbres” de donde deriva su tesis central de que “así somos nosotros”.

Las observaciones aludidas, de un modo u otro, han sido repetidas como una fórmula vinculada al mito de la docilidad natural del nacional ¿Eran así los puertorriqueños? ¿Era aquel acaso el borrador de como la elite política educada evaluaba a la canaglia o canalla insular? Eso sólo lo podría responder Brau Asencio pero, para su bien, ya no encuentra entre nosotros.

Notas

[1] Refiero a Mario R. Cancel Sepúlveda, notas (2010), “Reverendo John Layfield: Testimonio de 1598” en Puerto rico entre siglos. URL: https://puertoricoentresiglos.wordpress.com/2010/11/15/reverendo-john-layfield-testimonio-de-1598/ . Tomado de Samuel Purchas (1625) “Relación del Viaje a Puerto Rico de la Expedición de Sir George Clifford, Tercer Conde de Cumberland, escrita por el Reverendo Doctor John Layfield, Capellán de la Expedición. Año 1598” en His Pilgrims, Parte IV (Londres). Algunos fragmentos de la obra pueden ser revisados en  Eugenio Fernández Méndez (1981) Crónicas de Puerto Rico ( Río Piedras: EDUPR): 135-156.
[2] De una traducción anónima de 1882 del francés al italiano de Voltaire (1759) “Cap. 21. Candido e Martino si avvicinano alle coste di Francia e ragionano” en Candido, cito a Martino diciendo “Io vi ho conosciuto la canaglia degli scrittori, la canaglia de’ cavillatori e la canaglia de’ convulsionari; si dice che vi è della gente assai civile in quel paese: io voglio crederlo. En la traducción al castellano en Voltaire (1974) “Cándido” en  Obras inmortales (Barcelona: Bruguera): 328, cito la misma parte “Conocí a los canallas que escribían, a los que pensaban y a los revolucionarios. Se dice que en esa ciudad hay gente muy educada; quiero creerlo”. La ciudad a que se refiere es París.
[3] Sobre este país imaginario  inventado en el siglo 17 véase Julio Caro Baroja (1993) Jardín de flores raras (Madrid: Seix Barral) : 56-58.
[4] El texto poder ser consultado en Mario R. Cancel Sepúlveda (2010) “Documento y comentario: Puertorriqueños, así somos nosotros” en Puerto rico su transformación en el tiempo. URL: https://historiapr.wordpress.com/2010/03/31/puertorriquenos-asi-somos-nosotros/

Acompañar al olvido

 

La memoria, cimiento y raíz de nuestras historias personales, ha sido pilar esencial para el origen y desarrollo de la literatura para niños.  Deudora de la tradición oral, de cuentos y leyendas que pasaron de generación en generación, este género muy pronto desplegó un camino que se asfaltó sobre lo fantástico, las aventuras y las terribles pruebas a las que debían someterse los/las protagonistas, conformando un canon de héroes, princesas y príncipes que solo muchos años después derivó hacia historias más apegadas a la realidad inmediata. No obstante, se mantuvo un velo sobre ciertas cuestiones, para invisibilizarlas, para hacer creer que aquello otro no existía. Durante mucho tiempo, la sexualidad y las enfermedades, sobre todo los eventos relacionados con la salud mental fueron –y siguen siendo hoy en no pocas ocasiones– temas tabú para la literatura infantojuvenil.

No hemos sido capaces de mostrar con sinceridad los dolores, carencias, deterioros físicos y cognitivos, dificultades en general de nuestras «princesas» y «príncipes»,  ahora ya adultos y con lógicos conflictos de salud. No abundan los libros para niños que les muestre a los infantes la cara oscura de las enfermedades.  Hemos olvidado que los niños y niñas necesitan aprender cómo convivir con malestares y dolencias sin que se conviertan en enemigos. Convivir con ellos dentro de sus casas, pegados a sus costados, posados en el borde del jarro de la leche. Necesitan mirarles sin rechazarlos y hacerlo, sobre todo, desde el entendimiento, el afecto y la calidez

Esa ha sido la base fundamental  sobre la que la puertorriqueña María del Rocío Costa ha creado para los lectores su más reciente publicación: Abu siempre ha sido así/ Abu has always been like that. Una historia que, ilustrada por la misma autora, aborda, de manera especial y en pocas páginas, la enfermedad y sus repercusiones. Echando mano a la convivencia generacional y a la inclusión de relatos que pasan de boca en boca, desde abuelos, tíos y padres hasta llegar a los niños, la autora se atreve a hablar del Alzheimer y de pérdidas pero no desde el decir a medias o los murmullos, sino desde la empatía, la delicadeza y el humor.

Una abuela que va perdiendo facultades y una familia que sabe que de algún modo sus «despistes y distracciones» ya la habían convertido en un ser especial, son el centro del relato que da fe de un padecimiento muy difícil de explicar  a los pequeños pues no necesita gotas nasales ni compresas heladas, sino comprensión y cercanía. Costa sabe cómo aplicar estos otros «tratamientos médicos» y conoce las ventanas que es posible abrir para que la enferma pueda acceder a un poco de oxígeno y de paz. Con poder de síntesis, consideración y suave respeto logra que este libro se inserte en la nómina donde figuran ya algunos otros pocos que a nivel mundial se han ido atreviendo a acercarse a estos predios, difíciles pero necesarios. Reinvindicando el papel de la familia y desde una óptica donde el humor es fundamental, la narradora centra su historia a partir de la mirada de una niña sobre la enfermedad de su abuela, su modo de entenderla y su construcción de un mundo afectivo –y a ratos pragmático– que ayuda a la doliente y se esmera en colocar algo de luz en el túnel oscuro y solitario en el que estos enfermos van quedando encerrados.

Un valor agregado de Abu siempre ha sido así… es la magia de sus ilustraciones que transcurre no como simple apoyatura sino como la forma otra de un discurso que llega de manera muy efectiva a los lectores. Queda claro que el modo en que Costa aboga por la comunicación es simplemente comunicando, a través de palabra e imagen. Con ellas ha sabido anclar valores universales, modos de sentir que se repiten en cualquier latitud, sin alejarse, no obstante, del aliento caribeño, virtud que ya había quedado refrendada en sus obras anteriores La gran sorpresa del museo y El regalo del espino rubial. Ambas colmadas de la esencia del arte puertorriqueño, de sus fundamentos más sólidos y entrañables,

María del Rocío Costa se ha adentrado esta vez en un tema frágil dentro de la literatura para niños pero que conmueve y concierne a toda la familia. No hay duda de que, como buena literatura infantil que se precie de serlo, sus volúmenes también pueden ser leídos por adultos. El más reciente no es la salvedad ya que con este título, centrado en el poder y las limitaciones de la memoria, consigue salvaguardar de la extinción valores fundamentales como la solidaridad y los lazos familiares, tan caros a nuestra existencia.

La empatía, la elección de palabras adecuadas que conducen a una correcta gestión de las emociones y a una puesta en escena valiente y competente, en los marcos de la literatura infantil, hacen de esta edición bilingüe de Abu siempre ha sido así…una apuesta digna de aparecer no solo en la mesita de noche de nuestros niños sino también dentro de sus bolsos escolares. Los hará crecer con más generosidad y los acompañará, si fuera necesario, a vivir procesos y duelos como el que aparece en estas páginas. Los hará sentir menos solos y los auxiliará ante cualquier confusión o duda. Y, habremos de coincidir, en que nada de esto es un detalle menor no solo para el desarrollo de nuestros hijos, sino –y sobre todo– para el futuro de nuestras sociedades.

La autora es poeta y editora cubana. El libro esta a la venta en la CLARITIENDA

 

 

 

Crucigrama: Ofelia Domínguez Navarro

Especial para En Rojo

Horizontales

1. Ofelia _____ Navarro; maestra, abogada, periodista, defensora de la mujer y revolucionaria cubana. En la dictadura de Machado sufrió la cárcel y el exilio.

7. Letra «q».

8. Del verbo raer.

10. Carlos _____; historiador, sociólogo, abogado, periodista y profesor uruguayo.​​ Autor de «Dictadura y dependencia».

12. _____; país donde Domínguez vivió exiliada. Militó en el Partido Comunista de esa nación.

14. Departamento de _____ Internacional del Ministerio de Relaciones Exteriores; al triunfo de la Revolución Domínguez trabajó en esa división.

17. Satélite de Júpiter.

18. Dios islámico.

19. Símbolo de la plata.

20. _____ Lydia Vega; escritora puertorriqueña. Premio Casa de las Américas (1982) y Premio Juan Rulfo (1984).

22. Unión Laborista de _____; fue fundada por Domínguez en 1930.

23. Hogar.

25. Saludable.

27. _____; patria de Domínguez.

28. Mil cinco en números romanos.

29. 9 de _____ de 1894; nacimiento de Domínguez en Mataguá, Las Villas.

34. Existe.

35. Río de Suiza.

37. Onda.

38. Rocho, ave fabulosa.

40. Instrumento que sirve para medir el tiempo.

43. Hizo rala una cosa.

45. En Cuba, especie de bejuco que se utiliza para hacer canastas.

47. Verbales.

49. _____ Femenino de Cuba; Domínguez fue del grupo fundador y delegada del mismo en el I Congreso Nacional de Mujeres de 1923.

50. Negación.

51. Perezoso que vive en la cuenca del Orinoco y en la del Amazonas.

53. La _____; ciudad donde murió Domínguez.

54. _____ Domínguez Navarro; en 1935, fue la primera directora de un periódico en Cuba: «La Palabra», fundó la revista «Villa Clara» y fue la primera en proponer reformas al Código Penal tendientes a despenalizar el aborto.

Verticales

1. Periódico que se publica todos los días.

2. _____ Benedetti; profesor y escritor uruguayo. Autor de «El cumpleaños de Juan Ángel».

3. Común o habitual.

4. Emiliano _____; líder revolucionario y reformador agrarista mexicano.

5. Universidad de _____ Habana; Domínguez se graduó en 1921 en Derecho Civil de esa institución educativa.

6. _____ Palabra; dirigió el periódico en sustitución de Juan Marinello.

7. Emitir su voz la rana.

9. Antes de Cristo.

11. Tercera nota musical.

12. Efluvio maligno.

13. Capital de la provincia de Shaanxi, China, donde descubrieron los Guerreros de Terracota en 1974.

14. En la antigua Roma, clase social que carecía de los privilegios de los patricios.

15. Vivienda esquimal.

16. Destruye por completo.

18. Achaque, aje.

21. Ofelia Domínguez _____; estudió periodismo en la Escuela Nacional de Periodismo Manuel Márquez Sterling. Fundó la Unión Laborista de Mujeres. Trabajó en el Departamento de Política Internacional del Ministerio de Relaciones Exteriores.

24. _____ Santamaría; revolucionario cubano asesinado por la dictadura. La «Canción del elegido» de Silvio Rodríguez está dedicada a él.

26. Anno Domini.

27. Nombre de la c.

30. Cuatro en números romanos.

31. Asistiré.

32. De mi pertenencia.

33. Segunda nota musical.

36. Andar por las calles y otros sitios públicos.

39. Villa _____; revista fundada por Domínguez en 1924 en unión a otros compañeros.

40. Roberto _____ Vázquez; bongosero y director de orquesta puertorriqueño.

41. 7 de _____ de 1976; fallecimiento de Domínguez.

42. El Cubano _____; Domínguez fue designada editorialista del periódico en 1927. Desde él libró una campaña contra la explotación y el abuso patronal con la mujer trabajadora.

44. Pronombre personal.

46. Fantasma.

48. Preposición.

49. Símbolo del calcio.

52. Afirmación.