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Jugando a Promesa

 

 

 

Especial para En Rojo

En el 2022 se publica el juego de mesa Promesa. Tal y como señala el título, este toma como inspiración la ley PROMESA impuesta por el gobierno de los Estados Unidos en el 2016 para enfrentar la crisis económica y administrar el pago de la deuda que aún afectan al país. También, y según su creador, Mikael Jackobsson, coordinador del MIT Game Lab, Promesa es una respuesta directa a otro juego de estrategia, Puerto Rico, que coloca a la isla en un pasado colonial indeterminado y cuya premisa radica en la explotación de mano de obra esclavizada y la extracción de recursos naturales. En cambio, Promesa se inscribe en el presente y los jugadores deben deshacerse de la deuda del país invirtiendo en su educación, servicios sociales e infraestructura de la isla.

Lo primero que destaca del juego es el arte del tablero. Este fue desarrollado por la artista gráfica puertorriqueña Rosa Colón Guerras, quien se desplazó alrededor de la isla identificando espacios de importancia cultural y ecológica. Al echarle un vistazo se pueden ver edificaciones emblemáticas como la Torre de la UPR, el Observatorio de Arecibo, el Museo El Cemí en Jayuya y el Parque de Bombas de Ponce, que dan cuenta del patrimonio cultural de la isla. Asimismo, el jugador puede identificar sin problemas reservas naturales como el Bosque Seco de Guánica, el Cañón de San Cristóbal y El Yunque, que subrayan la biodiversidad del país. La cartografía del tablero echa a un lado las escalas y las proporciones de los lugares seleccionados para visibilizarlos. Si bien el resultado de este efecto hace que el tablero se parezca a un mapa turístico, al menos los jugadores no se enfrentan a una tabula rasa como en muchos otros juegos de estrategia.

Promesa también destaca por ser un juego colectivo, es decir, o ganan todos los participantes o nadie sale victorioso. Pero y ¿cómo se juega? El juego incluye a un grupo de piedras negras sobre una balsa de silicona azul, que se coloca en el centro del tablero. Estas piedras representan a la deuda acumulada por el gobierno de Puerto Rico y adjudicada al pueblo. La balsa azul a su vez simboliza los miles de toldos azules utilizados después del embate del Huracán María y que todavía cubren miles de estructuras a casi seis años del evento atmosférico. Los jugadores tienen que empujar la balsa fuera de la isla sin que ninguna de las piedras de la deuda caiga fuera de la barcaza. Para hacerlo, el equipo debe invertir en la educación, los servicios sociales e la infraestructura del país. Estos servicios están representados por piedras preciosas de color verde, azul y amarillo, respectivamente. Cada jugador va agregando las gemas de colores a la nave azul, que le permiten a los jugadores completar ciertas acciones, como eliminar algunas de las piedras de la deuda o empujar la balsa de regreso a Washington, D.C.

Al igual que en los géneros de la ciencia ficción y la fantasía, en muchos juegos de estrategia dominan escenarios que reproducen las ansiedades del colonizador frente al colonizado. Muchos tienen como meta instalarse en escenarios imaginados o remotos para extraer recursos naturales, explotar grupos marginados y colonizar una región determinada. The Settlers of Catan y Puerto Rico son algunos ejemplos emblemáticos. En respuesta a este discurso generalizado, Jakobsson decidió desarrollar un juego de estrategia anticolonialista. En el verano de 2018, se trasladó desde Boston hasta Puerto Rico para entrevistar a un grupo de residentes y asesorarse con académicos de la isla sobre la crisis que aún atraviesa el país, identificar los problemas centrales que la enmarcan y explorar si alguna de estas problemáticas podría servir de premisa para diseñar un juego de estrategia. Después de semanas de investigación y análisis, se decidió por el tema de la crisis de la deuda y por los toldos azules como emblemas de la crisis.

Al examinar Promesa resulta imposible manipular la balsa de silicona azul, o más bien el toldo convertido en yola, y no pensar en la nave al garete de Antonio S. Pedreira, en La Carreta, de René Marqués, o en La guagua aérea, de Luis Rafael Sánchez. En este sentido, el juego se entiende a sí mismo como un gesto por visibilizar la condición colonial de la isla, mientras propone que la solución a la crisis económica y social debe ser parte de un esfuerzo común. Ahora bien, el resultado de este esfuerzo solo puede ser parcial: el pago de la deuda no resolverá los problemas intrínsecos a la relación colonial de Puerto Rico con los Estados Unidos. De cualquier modo, el tablero de Promesa surge como un espacio de posibilidad para imaginar, aunque sea por par de rondas, una realidad distinta en donde los puertorriqueños tienen control de su destino.

Promesa aún no está disponible para la venta.

 

 

 

 

 

Será Otra Cosa-Reglas y herejías 

 

 

Especial para En Rojo

Llegué a mi nueva escuela como llegué a todas las demás: de paracaídas, a mitad de año, semestre o semana, con el incómodo hormigueo de la mirada ajena recorriéndome el cuello, la espalda, los tobillos, deteniéndose en el ruedo de la falda o la altura de las medias, ambas prendas siempre demasiado algo o insuficientemente otra cosa, muy altas o bajas o cortas o largas o blancas o desafiantes o parejas o disparejas, porque las reglas que definían sus dimensiones y carácter cambiaban según los tiempos, según la escuela, y según las gracias y desgracias dentro del grupo de nenas con mayor influencia en mi nuevo universo social.

El universo en cuestión era, para mi pequeño, perplejo e itinerante ser, otro planeta:la escuela era privada pero no de lujo; había monjas (¡monjas!) en salones y oficinas; tenía dos capillas, una gigante para celebrar misas y graduaciones y otra diminuta para hablar con dios en privado; y, claro, había reglas en todas partes y de todo tipo, más densas y abundantes que las de mis cuatro escuelas públicas anteriores. Había reglas formales que salían con frecuencia por las bocas adultas y las bocinas del intercom; reglas informales que las estudiantes compartían u ocultaban, dependiendo de la situación y la intención; reglas que sólo podían comunicarse en susurros; reglas que se aprendían con el cuerpo y la intuición porque se resistían a la claridad de la palabra; reglas gruesas como un manual o compactas como un aforismo.

Acostumbrada a no pasar más de un año en la misma escuela, al principio no me esforcé demasiado en entender las prácticas y valores de esa nueva y exótica cultura, pero en un desvío inesperado, la misma vida que me llevó a esa escuela me dejó allí por (casi) cinco grados seguidos, así que tuve que enculturarme como mejor pude. En las clases me iba bien, pero a las reglas de todo tipo llegaba siempre (si llegaba) insegura, inquieta y con retraso. Las reglas podían ser bobas pero complejas, severas pero flexibles. Por ejemplo: Para las niñas que llevaban allí muchos años, las categorías y camarillas eran bastante estáticas, como “las nerds”, las lindas, las atletas, las “raras”, las mojigatas, el ocasional grupo situacional, y las congregaciones fluidas en los márgenes. Había superposiciones, claro, especialmente entre atletas y lindas, dependiendo de cosas como deporte, clase social o color de ojos, o entre raras y nerds, pero con todo y sus bordes porosos, un etnógrafo cualquiera visitando el patio después del almuerzo hubiera podido definir con bastante acierto nuestras afiliaciones y sus implicaciones. En contraste, las “nuevas” teníamos acceso a un periodo liminal durante el cual podíamos tener alguna influencia sobre nuestra identidad y nicho final, dependiendo de nuestra apariencia, personalidad, o alguno de esos eventos banales que marcan estudiantes por muchos años, como ganar un trofeo importante, hacerse pipí encima, o levantar la mano en clase, usar correctamente la palabra “Manganeso” y quedarse con “Menso” de apodo por un día o para siempre.

Quizás esto es una cosa de los ochenta, pero les aseguro que navegar cultura y reglas sin lastimarme o lastimar me tomaba más tiempo y esfuerzo que estudiar.  Había reglas hasta para la regla, es decir, la menstruación: no llamarla por su nombre jamás (“tengo visita”, “ya soy señorita”), acompañar a la compañera afectada al baño, amarrarle un suéter a la cintura, guardarle el secreto excepto en casos de emergencia (“tiene dolor de cabeza”, “le cayó mal la comida”). ¿La regla más importante de la regla? No usar tampones nunca jamás, para no romper la membrana sagrada y ganarnos el rechazo del futuro marido. En serio.

Algunas de las reglas más complicadas eran simultáneamente borrosas e implacables. Les cuento del caso que en gran medida terminó por definirme a mí en ese universo: El tema del “criterio propio”. Allí aprendí que lejos de ser una cualidad absoluta, eso de “criterio propio” –que era un tema que me interesaba y que las monjas usaban con connotaciones positivas y sinónimo de “carácter”– tenía gradaciones y sombras, compartimientos, matices, dobleces y volumen. Me explico con un ejemplo que parece tonto pero era importante: No recuerdo cuándo cambió la moda y subió la altura y grosor óptimo de los calcetines hasta casi alcanzar la categoría de “leg warmer”, pero mi “criterio propio” no dijo ni jí cuando decidí seguir la moda. Formar una opinión sobre un asunto tan culturalmente complicado y con implicaciones serias (no bromeo, usar “la ropa que no es” te garantizaba, como mínimo, un mal día, y eso hacía que mis “casual days” fuesen odiosos) hubiera sido inútil. Por más caprichosas que fueran las reglas de la moda, en esta ocasión me resultaba más fácil seguirlas, como una veleta.  Y veleta fui, sin prurito alguno, al punto de comprarme las dichosas medias yo misma, porque mi abuela no entendía y amenazaba con ir a la escuela a preguntar si había un cambio de uniforme. Imaginen nada más el ostracismo, gente:¿llegar a la escuela con medias cortas y encima, de la mano de una abuela en lugar de una madre, y para colmo en el desagradable rol de chota y con una incipiente reputación de “rara” por usar palabras como “veleta” o “calcetines” en sexto grado? Me escapé a Woolworths sin permiso (y sin “criterio propio”) dejándole a mi pobre abuela sólo confusión y el recuerdo del día de “la rebelión de las medias”.

Pero en otros asuntos, ser veleta no me era opción. La escuela, como anoté al principio, era *muy* católica. Yo era *muy* agnóstica. Agnóstica no en el sentido de pensar que el dios de los cristianos o cualquier otro “quizás” existía, sino en el de pensar que las religiones eran puro cuento, que no podía ni quería afirmar nada sobre la existencia de cualquier cosa que no fuera parte del mundo material, que igual podría haber alguna cosa “espiritual” por ahí, en algún rincón del ancho mundo que no conocemos, pero que, al menos de momento, esa cosa no caía en el ámbito de los saberes sino en el de la fantasía. Que la “Virgen” de mi escuela era tan real como los elfos o las hadas.

La religión que me empaquetaba se caracterizaba por sus muchas certezas, y a mí tanta certeza me daba piquiña. Con la duda, para bien o para mal, siempre me llevé mucho mejor.

De mi turismo por el catolicismo recuerdo con cierto placer estético la arquitectura de una iglesia por aquí, un cántico por acá, algunas intrigas bíblicas por allá, el respeto por el intelecto de algún jesuita o el valor de alguna dominica, cosas así. Pero la imposición implícita y constante de la fe me resultaba cada día más pesada. No recuerdo que nadie me enseñara a ser agnóstica, o atea, o lo que sea que yo fuera a esa edad, pero sé que el resultado de mis debates filosóficos infantiles estaba claro: El catolicismo era, en el mejor de los casos, entretenido, y en el peor, mortal.

Romper esa regla, la de “creer”, era mucho más peligroso que romper la de las medias, pero en ese tema, de veleta yo no tenía nada. Sí tuve que aprender que a veces el criterio propio es tan, pero que tan propio, que es mejor dejarlo adentro sin hacer ruido a no ser que sea absolutamente necesario. Curiosamente, no se me hizo difícil guardar el secreto, porque (¡milagro!) la idea de que alguien NO creyera en el dios particular de los cristianos y su enrevesada mitología era tan inconcebible que nadie te preguntaba directamente. Ayudaba mucho el hecho de que la biblia tenía cuentos la mar de interesantes, así que leerla no le causaba a mi criterio mayor problema, todo lo contrario, y asumí la clase de religión y sus contenidos como quien asume la clase de literatura fantástica de un autor antipático.

Pero pasa que de alguna manera, en una suerte de absurda negociación con el universo y tal vez para balancear mi rebeldía con otra cosa, al momento de abrazar el ateísmo yo había abrazado también una adherencia bastante rígida a la meta de ser una buena persona, y esa meta incluía no decir mentiras. En mi sistema moral interno se valía escapar, cambiar el tema, hacerse el pendejo, distraer al oponente, pero no mentir. Mi historia y temperamento me habían legado una mezcla de culpa y vergüenza indefinidas que me acompañaba (y hasta cierto punto lo hace hoy) como una bruma que flota sobre mi piel y muta en forma y función: un puente para entender y disfrutar al mundo y sus habitantes, un hilo delicado que me sirve para enlazar pensamientos, y a veces una mortaja que dificulta la visión o el movimiento.

¡Cómo me gustaría recordar con claridad esa conversación personal y submarina, esa batalla no de ángeles sino de conceptos que estoy segura se da en el interior de todos los niños alrededor de esa edad, una batalla que nos forja pero eventualmente olvidamos! Sospecho que la inclinación hacia ese pensar medio ontológico entre preadolescentes es no sólo más frecuente de lo que la gente piensa, sino más profundo y sincero que el de muchos adultos. Que nuestras escuelas intermedias están llenas de pequeñas filósofas y pequeños poetas que no cuentan con la calma y el espacio para que sus mentes (cerebros encantadores que, contrario a las deidades y ridículas reglas que les imponen, sí existen) trabajen y se descubran en paz.  Pero dejemos ese tema para otro día.

El primer escollo serio para mi firme pero secreto “criterio propio” sobre la religión llegó un miércoles, el día en que uno de los curas vecinos visitaba la capilla de la escuela para confesarnos, porque (horror) se acercaba la época de la confirmación. Era un viejito muy viejito, de lentes gruesos, que se dormía durante sus propias misas y a quien apenas se le entendía el  “reza diez avemarías, yo te absuelvo” de la penitencia estándar que impartía en nuestro confesionario. Llegó mi turno, me arrodillé, pegué la nariz a la celosía, como era por algún motivo mi costumbre (creo que me imaginaba princesa en la Alhambra, o a saber qué otra cosa, para no aburrirme cada vez que me tocaba usar el artefacto ese), preparada para confesar algún pecado tonto pero verdadero y luego rezar los avemarías que hicieran falta sin mayor problema, con la melodía de una canción de La Pandilla.

Pero algo sospechaba el cura, porque en medio del ritual me preguntó directamente, con su acento gallego, lo inconcebible: ¿Pero tú sí crees en “Dios”, hija, no?  ¿Qué hacer? La pregunta era directa, el contexto no permitía hacerse el pendejo o distraer,  el viejo estaba más lúcido de lo que pensábamos, huir hubiera resultado en una verdadera garata que, contrario a la confesión, no estaba sujeta a la regla (¡las reglas!) del secreto sacramental…

De ahí me agarré. El hombre podía preguntar lo que quisiera, pero estaba obligado, gracias a sus propias reglas (¡já!), a guardarme el secreto.

“No, padre”.

“Pero, ¿entonces de qué religión eres?”

“De ninguna, padre.”

El silencio fue largo, tan largo que temí haberle provocado un soponcio y saboteado así mi proyecto de ser buena persona, pero no, estaba despierto y terminó abruptamente el sacramento con un “vete, y no peques más”. Ni un millón de avemarías nos sacaba de ésta, ni a él ni a mí.

Me regresé al salón y a mi vida de pecado. No sé si el cura me choteó (no creo), o si mi secreto no era tan secreto como yo creía, pero la noticia de mi falta de fe se regó por ahí. La subdirectora de la escuela me citó a su oficina y me hizo algunas preguntas sobre el tema, una serie de intentos flojos para llegar a alguna verdad que les permitiera tirarme la toalla y no expulsarme. Había bondad, en esa señora, pero también, claro está, reglas. ¿No eres católica pero sí cristiana? No. ¿No eres cristiana pero sí crees en Dios? No. Pero, ¿en qué tú crees, mi niña?  Y así, hasta llegar a mi criterio propio, que estaba más que listo para explicar la cosa, pero a quien (pese a toda esa plática sobre la importancia del “carácter”) no dejaron hablar.

Citaron entonces a mi (muy católica) abuela, y de ella obtuvieron algo de qué asirse, algo tipo “mire, la nena vive conmigo porque ha tenido una vida muy difícil, y no está muy bien de la mente, hay que tenerle paciencia, pobrecita, vamos educándola poquito a poco…”. No tengo la cita precisa, pero eso más o menos me dijeron. En fin, que la nena que no creía en criaturas imaginarias o en zamparse y tragarse un canto de cristo cada domingo estaba medio malita de la mente, contrario a la multitud de cuerdos que pensaba que la virgen se le aparecía por ahí cada tanto a un pobre iluso con algún capricho críptico y que había tal cosa como un infierno al que yo seguramente iría, por mejor persona que fuera.

El episodio marcó el final de mi periodo liminal y me plantó en la categoría de “raras” con sazón de “nerd”. La que más se benefició de toda la saga fue una nena evangélica, quien recibió acceso implícito y temporero al mundo de la gente normal porque al menos ella “creía”. Yo era más “rara” que las raras, un murciélago en el palomar. La noticia de mi extraordinaria falta de fe se difundió pero, de nuevo, era tan inconcebible que no llegó a convertirse en condena. El asunto asumió más bien la forma de un zumbido colectivo, intermitente, hoy musulmana, hoy espiritista, hoy pagana, hoy satánica. No es broma, por cierto, lo de satánica, los ochentosos recordamos esos pánicos locos, acabé en la oficina por cantar Led Zepellin durante la práctica del coro, por poco me suspenden, todo un rollo, tuve que llevar un disco a la escuela para que lo quemaran, no tenía en mi pequeña colección nada de Led Zeppelin pero llevé uno de Scorpions y nadie me cuestionó, el zumbido sólo quería quemar música “satánica”, cualquiera, quemaron hasta el disco de ABBA de una amiga mía, bendito.

Las reglas eran muchas y complejas, así que relajé un poco mis intentos de entenderlas y me concentré en navegarlas, toda una aventura. Un año un grupo de nenas me metía en un zafacón, por nerda, y al año siguiente la clase completa me celebraba con sinceridad por algún galardón  de nerditud nacional. Un año me suspendían y me sacaban el cuerpo por pegarle a una nena que me decía cosas crueles (se me fue la mano, literalmente, y me arrepiento), al año siguiente me eligieron abrumadoramente presidenta de la clase, menos de un año después mi carrera política sufrió el revés del rechazo total  (no recuerdo bien porqué pero hubo un motín ideológico de “lindas” involucrado) y me divertí cantando, charlando, actuando y escribiendo historias con amigas nerdas, raras o ambas, cuya ocasional preocupación y pena por mi inevitable y eventual mudanza al infierno aprendí a apreciar como un gesto cargado no de la malicia del zumbido sino de la generosidad de los afectos.

Yo no sé los de dios, pero los caminos de la vida sí que son misteriosos. En esa escuela, diseñada para domesticar mentes y cuerpos, aprendí lecciones importantes sobre navegación social, filosofía cotidiana y diversidad humana. Sobre una solidaridad femenina muy capaz de superar nuestra mezquindad infantil y dejar a un lado reglas, etiquetas y diferencias para defender a una compañerita en aprietos. Aprendí que la monja más dura y severa puede sorprenderte con la mayor y más profunda de las empatías. Cuatro décadas más tarde, creo que también aprendí que la felicidad es como el criterio propio, que tiene matices, dobleces y compartimientos, que a veces es callada y pequeña, y que en ese lugar tan extraño, con esa pelota de reglas y de gente tan distinta a mí, no sólo aprendí sino que fui, de vez en cuando, feliz.

 

 

Letras obreras: ¿cultura popular?

 

Especial para En Rojo

Fue durante los días de la revolución industrial, a fines de siglo XIX, cuando se incorporaron al mundo del trabajo numerosos obreros, inclusive niños y niñas. La prensa había tenido un gran desarrollo debido al crecimiento de los lectores en el mundo y se produjo un mayor acceso a libros y revistas, según la Historia de la lectura en el mundo occidental de Roger Chartier. Una de las primeras obras obreras del siglo XX sería Estercolero de José Elías Levis, también pintor, el cual retrata los daños del ciclón San Ciriaco de agosto de 1899 y la llegada a la zona urbana de jíbaros que habían perdido sus propiedades y cosechas agrícolas. Fue también maestro de pintura en el orfanatorio que fundara Manuel Fernández Juncos en San Juan.

Los obreros y obreras crearon centros de estudio debido a la ausencia de instituciones educativas para el pueblo. En las fábricas de tabaco había trabajadores que leían en voz alta el periódico, entre ellas la ensayista y activista sindical Luisa Capetillo, cuyo nombre es parte de la historia de la Universidad de Puerto Rico. En su honor una sala lleva su nombre en el Recinto de Cayey. Leían obras diversas como novelas de Tolstoi, lecturas políticas, periódicos y otras como las del filósofo alemán Karl Marx.

Así surgieron escritores obreros letrados que en medio de la carencia y como sujetos subalternos fundaron periódicos como La Miseria, El Trabuco, El Pan del Pobre, Obrero Libre, y Unión Obrera y otros que fueron censurados por la ley de la mordaza que continuaba la impuesta por los españoles a fines de siglo XIX. Su producción literaria y la cultura que promovieron impactó a otros autores pertenecientes a esferas sociales más altas económicamente como a Ana Roqué de Duprey, quien publicó la novela Sara la obrera en el 1895.

Los autores obreros publicaron novelas, ensayos, poesía y teatro. Se destacaron entre otros Venancio Cruz, Eladio Ayala Moura, Luisa Capetillo, Eduardo Conde, Ramón Romero Rosa, tipógrafo, fundador de varios periódicos como La Miseria y que pertenecía a la Cámara de Diputados junto a José de Diego. Este último escribió un extraordinario ensayo titulado La cuestión social y Puerto Rico en el 1904. Por eso el sociólogo Ángel Quintero ha afirmado que Romero Rosa es quien mejor articula el análisis social obrero de su tiempo, porque se alejó de la cultura patricia de Zeno Gandía y de Brau.

La literatura y la cultura obrera nos invitan a reflexionar sobre las producciones artísticas, sociales y literarias que no pertenecen al mundo universitario sino que se instalan en la periferia, al margen del lugar donde se estudian los saberes primordiales, las ciencias naturales y sociales junto a las humanidades, y que a veces se obvian en su corpus de estudio. Haciendo que estas a su vez admitan algunas simplificaciones y distorsiones de la cultura.

 

La bomba atómica como metáfora de la modernidad

 

 

Especial para En Rojo

La nueva película de Christopher Nolan Oppenheimer ha estallado en la pantalla grande logrando una ganancia estimada de 500 millones dólares en sus primeras semanas en cartelera, según CNN en español. Desde mi punto de vista esta película es una perfecta combinación de temática, actores y director. Este director que hemos asociado con la fantástica trilogía de Batman The Dark Night, ha logrado combinar la historia del científico y creador de la bomba atómica, J. Robert Oppenheimer, y los efectos especiales, o no tan especiales en este caso, relacionados a las películas del superhéroe. Es decir, que la película, vista desde un primer ángulo tiene una gran diversidad de elementos para captar la atención de un público heterogéneo. A su vez, y a diferencia de la gran mayoría de las películas sobre la Segunda Guerra Mundial, que se enfocan en la guerra de poder (ya bien sea en el campo de batalla o en escritorios y despachos donde se decide la vida de las personas) o el holocausto judío; esta película mantiene viva la idea del holocausto planetario, es decir, de la posibilidad de extinción del mismo planeta a partir de la inmensa probabilidad de la reacción en cadena que podría acarrear la bomba como tal. Esta duda, y preocupación de Oppenheimer, de la potencial reacción en cadena, que se muestra en las primeras escenas de la película en la conversación entre Einstein y Oppenheimer, es la certeza que sentimos muchos viendo la película casi 80 años después de Hiroshima. Certeza cada vez más avasalladora que va más allá de las bombas atómicas porque en nuestros países se sigue impulsando la energía nuclear como una alternativa verde a los combustibles fósiles. No podemos ignorar que todavía seguimos escuchando debates en torno al uso de esta energía, que muchos políticos y científicos la siguen defendiendo como la única alternativa real para mantener el ritmo de vida que hemos creado. Incluso, hace apenas unos meses, llegó a las carteleras el documental Nuclear Now del aclamado director Oliver Stone.

Mientras veía la nueva película de Christopher Nolan recordé la novela del escritor mexicano Jorge Volpi En busca de Klingsor, que se enfoca en un tema similar: la carrera armamentística entre EE. UU y Alemania por lograr construir una bomba cuya capacidad de destrucción fuera inimaginable. Al igual que Oppenheimer, En Busca de Klingsor es una novela que rompe no sólo con la temática sobre la Segunda Guerra Mundial, ya que nos abre al mundo de la ciencia, durante un momento histórico en donde el curso de la historia de la humanidad estaba a punto de cambiar, sino también con una estructura que nos recuerda a libros científicos, relatos testimoniales y diálogos platónicos entre otros. En la novela, Jorge Volpi utiliza eventos históricos sobre la Segunda Guerra Mundial, muchos de ellos poco conocidos, que al enlazarlos con una serie de teorías científicas logra crear una novela de intriga y suspense. La constante incertidumbre presentada en la novela de Volpi no solo se percibe en los personajes sino también en las teorías científicas presentadas en el texto literario. De hecho, me recuerda a la incertidumbre presentada en la película de Nolan en torno a lo que podría pasar a la hora de probar la efectividad de la bomba; esa ínfima posibilidad, menor al 1%, de no poder controlar la reacción en cadena y destruir el planeta tierra por completo.

Por último, ambos textos nos presentan los debates científicos a partir de un acontecimiento histórico. Oppenheimer nos muestra los debates dentro de la comunidad científica, tanto en el campo de las ciencias como también sobre los cuestionamientos éticos del proyecto Manhattan. En particular cuando los nazis ya se han rendido y aun así el gobierno de EE. UU quiere seguir empujando la bomba atómica. En la novela de Volpi también se muestran diferentes discusiones científicas e incluso el texto se organiza a partir del modelo de los postulados científicos: comienza con leyes, que en el ámbito científico, son proposiciones científicas que afirman una relación constante entre dos o más variables; después pasa a corolarios que son proposiciones que no necesitan comprobarse, sino que se deducen fácilmente de lo antes demostrado y termina con las hipótesis que son proposiciones provisionales y exploratorias y, por tanto, su valor de veracidad o falsedad depende críticamente de las pruebas empíricas.  Es decir que vamos de verdades “confiables” a verdades menos “confiables”, elemento que nos recuerda a la trayectoria de pensamiento de Robert Oppenheimer en la película de Nolan. Otro elemento científico interesante de En busca de Klingsor es que poco a poco, tanto en la estructura como en las explicaciones del desarrollo científico, vamos conociendo sobre la historia de este desarrollo y las implicaciones históricas que tuvo el descubrimiento de la física cuántica.  Al principio la física newtoniana, modelo narrativo de la primera parte de la novela, postulaba que lo que se ve son los resultados fiables, por otro lado, la física cuántica pone en entredicho esta aseveración e indica que los resultados ya no son fiables porque varían.  Es decir, que ya no hay verdades absolutas.  Muy a tono con la época de Segunda Guerra Mundial y la posmodernidad.

Entre la incertidumbre de nuestra época en cuanto a lo que nos espera debido al calentamiento global y la certidumbre de que en cualquier momento una explosión atómica en cadena desaparecería del universo nuestro planeta, no cabe duda que urge seguir reevaluando la historia y las implicaciones de los acontecimientos históricos en un futuro al parecer no muy lejano.

 

 

Comunidades eclesiales de base y espiritualidad liberadora

 

Especial para En Rojo

 

Hace pocos días, del 18 al 22 de julio, se realizó en Rondonópolis, ciudad del oeste de Brasil, el XV Encuentro nacional de Comunidades Eclesiales de Base (CEBs). El tema fue «Comunidades de Base, Iglesia en salida, en busca de vida plena para todos».

Las comunidades eclesiales de base surgieron en diversas regiones de Brasil, de América Latina y Caribe, en la década de 1960, como consecuencia del Concilio Vaticano II. Este Concilio enfatizó el carácter comunitario de la fe cristiana y el desafío de vincular la fe a la vida concreta, como testimonio de liberación y vida para todos.

Al proponer un camino de fe más centrado en el Evangelio, la Iglesia se hace lugar de comunión y de promoción de vida para todos. No sólo en el plano espiritual, sino en todas las dimensiones de la vida. Lamentablemente, el Cristianismo llegó al nuestro continente ligado a los imperios conquistadores. Hasta casi nuestros días, la jerarquía y el clero católicos parecían más ligados a las élites que a los pobres.

En la Iglesia Católica siempre han existido pequeñas comunidades que se reúnen en capillas en el interior y forman parte de parroquias. Las comunidades eclesiales de base son diferentes. No se reúnen solo para la catequesis y el culto. Asumen la misión de insertarse en el mundo social y político, como una nueva forma de ser Iglesia. El Papa Francisco propone hoy lo que llama «Iglesia en salida», es decir, una forma de vivir la fe abierta a los problemas del mundo y solidaria con las causas de los empobrecidos.

En 1975, algunos obispos y pastores brasileños que acompañaban a las comunidades propusieron un encuentro entre las iglesias (diócesis) que tenían Comunidades de Base (CEBs) para compartir experiencias y buscar caminos comunes. Así nació el I Encuentro Intereclesial en Vitória, ES.

En estos días, tuvimos el XV de esos encuentros. Contó con la participación de 1.500 personas, entre personas de base, agentes de pastoral, religiosos, sacerdotes y obispos. Entre los participantes, había un gran grupo de indígenas de todas las regiones del país, así como hermanos y hermanas negros y representantes de comunidades de otros países del continente.

Este encuentro fue una fuerte señal de resistencia por parte de la Iglesia, inserta en los caminos del pueblo empobrecido. Fue una fiesta en la cual se celebró la alegría de que el Cristianismo de Liberación está vivo. En Brasil, hay muchos grupos cristianos, empeñados en vivir la profecía del evangelio y el seguimiento de Jesús. Aun con el respeto que merecen las devociones medievales y barrocas, actualmente en boga en muchas parroquias católicas; devociones nacidas en una época en la cual el pueblo no tenía acceso al culto litúrgico de la Iglesia, las Ceb prefieren los círculos bíblicos y la lectura oral de la vida y de la Biblia. El mensaje final de los participantes de ese encuentro afirma:

«… Las CEBs, como una mujer embarazada, continúan generando lo nuevo, recreando caminos de la liberación, bajo el impulso del verbo salir, que funciona como hilo conductor de toda nuestra existencia. Desde el Génesis hasta el Apocalipsis, el camino del pueblo de Dios ha transcurrido bajo la inspiración del Espíritu Divino, propiciando un permanente salir. Del vientre de la mujer al vientre de la Pachamama, salimos siempre en busca de la vida plena. Eso nos invita a cuidar. Cuidar para que no perdamos el entusiasmo, para que no banalicemos la misión, para que las comunidades tengan siempre el corazón ardiente por la Palabra y los pies firmes en el camino de los pobres. Cuidar los grupos de reflexión bíblica como semillas de nuevas comunidades y mantener la memoria martirial y profética. Cuidar de las estructuras de comunión y participación, garantizar el protagonismo de las mujeres y jóvenes, la vida plena de los pueblos originarios, la alianza y asociación con los movimientos populares, la fuerza de la sinodalidad que hay en la comunidad y los procesos de formación permanente. Y en todo, ¡valorizar la fuerza de los pobres y no dejar que nos roben las comunidades!».

El autor es monje benedictino y ha escrito más de 40 libros.